La hora de las ovejas (el tiempo que nos rodea)

La frase que más repetía mi madre cuando nos veía distraídos durante el tiempo de estudio era “El tiempo es oro…” y tras una pausa añadía con contundencia y mirándonos preocupada “ …y el que lo desperdicia es un tonto”. A veces remataba con otra sentencia no menos efectiva “El tiempo que se pierde, nunca se recupera”. Aquellas frases me daban mucho que pensar aún teniendo entonces la sensación de que los días y años que tenía por delante eran casi infinitos. Qué importancia podía tener distraerse un momento con alguna ensoñación o recuerdo, mientras las jóvenes neuronas se reponían del esfuerzo que suponía memorizar todos los ríos de Asia o cuestiones similares o casi tan inútiles.

Entonces yo tenía la percepción de estar quieto y que era el tiempo el que se deslizaba lentamente hacía mi espalda, como los postes cuando se viaja en tren o como el agua del río que te sobrepasa y se aleja de ti sin pausa mientras estás parado en medio de la corriente.

Mí tiempo tenía una corporeidad transparente como el aire o el agua pero más consistente. Lo percibía como si fuera una barra de gelatina extremadamente larga, cortada en rebanadas como el pan de molde, en cuyo interior yo vivía y que alguien empujaba hacía mí sin descanso desde su extremo final. Sin rozarme, la gelatina me bordeaba alejando de mí su extremo inicial, de forma que cada día me sobrepasaba una rebanada de tiempo. Aún hoy tengo esa misma sensación en relación con el tiempo, pero ha cambiado algo mi percepción. Antes ni siquiera pensaba que aquel discurrir tuviera final. Ahora si percibo, lejos aún, esa última rebanada acercándose a mi lenta pero inexorablemente.

No supe dividir con precisión mi rebanada diaria de tiempo hasta los doce o trece años en que mi tío Baldomino me regaló su reloj de muñeca, que seguramente antes había pertenecido a otros miembros de la familia a juzgar por lo desgastado de las partes doradas de tanto rozar con las mangas de la ropa y por lo amarillento que estaba el plástico que protegía la esfera. Claro que como veréis, el entorno no nos exigía mucha fineza a la hora de precisar cuándo habían sucedido o sucederían los acontecimientos.

Mi madre ha tenido once hijos. Jamás fue al ginecólogo y, salvo Isa y Olga, todos nacimos en casa. Yo soy el mayor y había nacido hacía poco más de un año cuando mi madre estaba de nuevo embarazada de mi hermana Loli. Sabía que estaba embarazada, pero no tenía ni idea de cuándo daría a luz ni si sería chico o chica. Así eran las cosas antes, sin ecografías en tres dimensiones. Coincidiendo que mi padre había pedido permiso para estudiar las oposiciones a técnico de Correos y que los abuelos estaban viviendo en León, nos establecimos en Sosas del Cumbral aquel verano mis padres y yo.

Las necesidades alimenticias más perentorias estaban aseguradas gracias a unas gallinas, una vaca de nombre “La Italiana” a la que mi madre ordeñaba con Loli en la barriga y supongo que algún resto de la última matanza colgando de los varales de la cocina vieja, así como un montón de patatas viejas de la última cosecha. Mi padre compartía sus estudios con la sustitución como maestro en la escuela a mi abuelo Emilio de la Calzada. Dudo que alguna embarazada de hoy día se aventurara a dar a luz en semejante confín del mundo, con la única ayuda de su marido y teniendo que estar todo el día pendiente de un mequetrefe de poco más de un año.

El veintiséis de Junio de 1945 se iniciaba la siega de la yerba en el Valle del Cumbral y mi padre había ido con Máximo para ayudarle. El Valle del Cumbral es una zona de pradera que Sosas compartía con Villadepán y que distaba de Sosas unos cinco kilómetros monte arriba. El inicio de la siega en este valle era todo un acontecimiento, hasta el punto que ese día todas las mujeres estrenaban delantal para ir a llevar la comida a los segadores. A media tarde de un día tan señalado, Loli dio muestras de querer salir a la luz en ausencia de padre, abuelos y demás parentela.

A falta de la abuela, experta en partos propios y ajenos, Benilde y la madre de Almudenina oficiaron de comadronas. No sé si lo habían hecho antes, pero habían visto parir a vacas y otros animales domésticos tantas veces que alguna idea tendrían de cómo sacar a la luz lo que viniera, mientras luchaban por apartarme a mí de la cama a la que pretendía subirme a toda costa para estar presente en el acontecimiento que estaba teniendo lugar y que parecía ser interesante, a juzgar por los gritos de mi madre y las carreras y el alboroto de las dos ayudantes.

A nadie se le ocurrió mandar recado a mi padre pues tardaría más de dos horas en presentarse en casa cuando ya sería tarde y, probablemente, no quedaba nadie disponible en el pueblo que pudiera hacer de mensajero. Mi padre llegó cuando todo había terminado y yo ya no estaba en casa, pues Benilde me había llevado con ella para que esa noche no diera la lata. Cuando mi padre le preguntó a mi madre a que hora había nacido Loli, la respuesta fue: “A la hora de las ovejas”, refiriéndose a esa hora imprecisa pero que a todos nos sugería un momento inequívoco del día, que siempre sucedía a la misma hora. Era el instante en que las ovejas entraban en el pueblo impacientes, precedidas de un rumor de balidos y esquilas después de todo un día pastando en el monte. Alguien que se hubiera situado con su reloj a la entrada del pueblo cuando aparecían las ovejas, habría constatado que las agujas del voluble artefacto cada día marcaban una hora distinta. Todos los demás tendríamos claro que las ovejas llegaban siempre a su hora, como sucedía todos los días desde tiempo inmemorial.

Ahora todo el mundo tiene reloj, puede ver la hora en el móvil o en el ordenador o en cualquiera de las pantallas distribuidas por la casa y la ciudad. Así es fácil acordar una cita a las cuatro de la tarde, una hora tan precisa como aséptica. Todos los relojes marcan la misma hora en el mismo instante, siendo el reloj el que determina cada momento del día.

En la época a que me refiero eran los acontecimientos repetidos desde tiempo ancestral por la comunidad, los que marcaban la hora del día con la misma determinación que ahora lo hacen los relojes. La hora de las ovejas era, ni más segundos ni menos, cuando las ovejas aparecían en la cimera del pueblo entre una nubecilla de polvo y dejando el camino sembrado de bolitas negras, con prisa por amamantar al corderillo que había quedado en el corral todo el día.

Con la misma precisa imprecisión con que mi madre fijó la hora en que nació mi hermana, a lo largo de siglos de rutina se había dividido el día en momentos singulares que, sin reloj de por medio, todos sabíamos cuando acontecían. La costumbre y pequeños indicios nos hacían prepararnos con antelación para estar listos si era nuestra responsabilidad estar presentes o simplemente como mirones. Recuerdo varios ejemplos.

Uno de estos momentos era “Las Diez“. Casi siempre sin haber desayunado, los segadores de la yerba o del pan salían al amanecer hacía los prados o las tierras del centeno. A fuerza de riñones iban echando abajo con el guadaño la yerba en marallos paralelos o agrupando en haces las espigas que habían cortado con sus hoces, encorvados como si fueran animales de cuatro patas. De cuando en cuando un descanso para estirar la espalda mientras afilaban el guadaño o echar un trago de la bota de vino, para continuar con la interminable faena mientras las tripas empezaban a reclamar algo con que reponer las fuerzas consumidas en cada golpe de guadaño o de hoz. A eso de las diez de la mañana alguien de la casa aparecía trayendo “Las Diez“, la primera comida del día. Podía ser una marmita con leche fresca, pan, mantequilla o queso, chorizo, algo de jamón o cecina, amén de un botijo con agua recién traída de la fuente y otra bota de vino o un poco de cuajada para apagar el ardor que producía el vino por la pez de los pellejos. Los segadores dejaban la tarea, se erguían con dificultad y acudían renqueando a la sombra del chopo o rebollo más cercano donde el portador de “Las Diez” había extendido las viandas. Era momento de reponer fuerzas y dar un descanso a los riñones, mientras se escrutaba el cielo por si aparecía alguna alarmante nubecilla. Entretanto ellos comían, el portador de “Las Diez” se dedicaba a deshacer los marallos extendiendo la hierba para que se secara al sol. La importancia de “Las Diez” hacía que solo se confiase como porteador a personas con juicio suficiente para no derramar la leche o romper el botijo en recorridos casi siempre dificultosos, monte arriba y abajo o cruzando el río como un equilibrista sobre las piedras pasaderas. La hora de las diez, dijera lo que dijera el reloj, era cuando llegaba la comida denominada “Las Diez“, que debía su nombre a que solía aproximarse a cuando el reloj marcaba esa hora. Terminado el refrigerio, los segadores liaban un cigarrillo que fumaban pausadamente antes de enderezarse con trabajo para continuar con la faena hasta el mediodía.

Cuando se preguntaba la hora a los pocos poseedores de reloj y te respondían, se les repreguntaba si la hora que te daban era “solar” u “oficial”. Estas disquisiciones solo se presentaban cuando había un reloj de por medio, ya que todos los demás nos regíamos por el ritmo que marcaba el Sol, mientras los relojes se empecinaban en marcar una hora no recuerdo bien si de más o de menos. El mediodía solar, que se asociaba con el momento de arrear las vacas para salir del prado y llevarlas a casa, era cuando el palo que todos los pastores llevábamos no arrojaba sombra al ponerlo vertical sobre el suelo. El resto de las horas del día venía fijado, más o menos, por la longitud de la sombra de los árboles, de las casas o de cualquier otro objeto.

El mediodía marcaba también la hora del Ángelus. El abuelo era de una religiosidad acendrada, de misa y rosario diarios, amén de infinidad de rezos al levantarse, al acostarse y antes de las comidas. Por si el mediodía le cogía arando o en cualquier otra tarea que le hiciera olvidarse del rezo del Ángelus, todos los días antes de levantarse lo rezaba: “El Ángel del Señor anunció a María” y le contestábamos la abuela y yo “Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo”…… . Aun habiendo hecho este rezo tempranero, si al mediodía se acordaba dejaba el arado o el hacha o lo que estuviera haciendo, se quitaba su descolorida boina que comenzaba a girar lentamente con las dos manos mientras se concentraba en el rezo, al que contestábamos todos los presentes al unísono. Toda una vida rezando no podía terminar de otra manera: murió en la iglesia de Vega después de haber tomado la Comunión. Fue una muerte tranquila y desde luego inesperada ya que él debía sentirse bien, pues al ir hacia la iglesia le dijo al primo Julio que estaba reparando una pared de piedra “A la vuelta te echaré una mano y así acabarás antes”. A lo largo de su vida había construido muchos metros de pared para cerrar las fincas,  pero fue incapaz de ver que a su última rebanada de tiempo le faltaba menos de media hora para rebasarle definitivamente e impedirle levantar un último tramo de muro.

En Sosas y también relacionado con la religión, no sé si solo en Semana Santa o durante toda la Cuaresma, antes de ir a trabajar había otra hora con la que cumplir. Era la hora más temprana de todas, la del Calvario. Al amanecer todo el pueblo iba a la iglesia con prisa esperando que don Restituto no les entretuviera demasiado con los rezos y poder volver a sus tareas que no daban tregua.

Esta mención a don Restituto me recuerda que aún queda por rematar lo del nacimiento de mi hermana Loli. A los cuarenta días de dar a luz, don Restituto recibió a la puerta de la iglesia a Loli y a mi madre, que portaba una vela con un lacito azul solicitando su purificación. Las parturientas eran consideradas impuras (siempre dándole vueltas al Sexto Mandamiento) y no podían salir a la calle ni entrar en la iglesia hasta pasada la cuarentena. Ni siquiera podían asistir al bautizo de los hijos, que solía suceder al cabo de la semana de vida. En el caso de Loli, la llevaron a bautizar actuando como padrinos tía Milce y el abuelo, que gracias a ello abandonó su exilio en la capital. El cura hacía con el hisopo un aspergis de agua bendita sobre la madre y el pequeño mientras pronunciaba unos latinajos, con lo que la madre recién parida volvía a ser pura y podía entrar en la iglesia reintegrándose así a la comunidad de feligreses. Hasta once veces fue sometida mi madre a este rito que más parecía un exorcismo para traerla al buen camino de la decencia y que, con la distancia que da el tiempo, me parece que era totalmente humillante. Por hacer lo que se esperaba que hiciera toda mujer joven (aquello de “Crecer y multiplicaos” que dicen que dijo Dios) tenía que aguantar, delante de toda la comunidad que observaba maliciosamente la ceremonia, que el cura la purificara. Las mujeres corrientes no estaban protegidas como la Virgen María por el dogma: “Y concibió por obra y gracia del Espíritu Santo“. Este dogma se lo inventaron en no sé qué concilio o sínodo los Padres de la Iglesia, para dignificar el único embarazo en el que no participó un hombre y, de paso, convertir a todas las demás mujeres en indignas por el hecho de parir. En su Catecismo el Padre Astete nos intentaba explicar el prodigio diciendo que La Virgen había dado a luz al modo en que un rayo de luz atraviesa un cristal “sin romperlo ni mancharlo“.

Algún anticuerpo contra la impureza debía tener el agua bendita en que mojaba el hisopo el cura o aquellos latines del rito debían afectar a las tiernas mentes de todas las criaturitas que éramos sometidas a aquel exorcismo, pues a todos nos quedaba fijado en el subconsciente que el sexo era intrinsecamente malo y sucio. Cuando íbamos a confesarnos, si habíamos incurrido en alguna actividad relacionada con el sexo (daba igual que fuese de pensamiento, palabra u obra) siempre nos referíamos a ello, contritos y con vergüenza, diciéndole al cura que habíamos hecho cochinadas o tenido pensamientos impuros. Pensamiento, palabra u obra. Como si ahora el juez nos abriera causa por pensar en robar un banco o comentárselo a un amigo. Después de esta digresión sobre las normas morales y ritos al uso entonces, volvamos al tema del tiempo.

Que yo recuerde, en casa de los abuelos solo había dos relojes. Uno era el de pared que había en el cuarto de los abuelos y que daba las horas golpeando una espiral metálica cuyo sonido reverberaba por toda la casa durante varios segundos. El otro era el de mi abuelo, un reloj de bolsillo que sujetaba con una cadena desgastada a un ojal de su inseparable chaleco. Pero todos sabíamos manejarnos perfectamente sin semejante artefacto. Además de los hechos rutinarios de que he hablado y que nos situaban perfectamente en los momentos singulares de cada jornada, teníamos mucha información que nos ayudaba a navegar por las veinticuatro horas del día sin despistarnos.

En Vegarienza había más acontecimientos que te ayudaban a situarte en el tiempo. Si oías pasar al Rápido (el autobús que iba a León), sabías que eran las ocho y había que prepararse para no llegar tarde a la escuela. Si lo que se oía era el traqueteo de las madreñas de Palmira que volvía de ordeñar, ya eran las ocho y media. Enseguida pasaría el pastor de las ovejas y habría que estar listo para entregarle las del abuelo y salir pitando para la escuela. Cuando la bocina del Correo (el autobús de León a Villablino) se oía al pasar por las curvas que bajaban de Pandorado a Guisatecha, sabías que iban a ser las diez y media y que tenías diez minutos escasos para llegar a la casa del cartero si tenías que viajar en él. También anunciaba que el maestro nos soltaría al recreo en unos minutos. El mismo autobús volvía a marcarnos las cinco y las ocho de la tarde. De la escuela se salía a la una y se entraba a las tres para volver a salir a las cinco. Había tiempo para merendar, hacer los deberes, ir a por agua a la fuente, cortar leña y demás cosas que te mandaran los abuelos antes de que llegara el pastor (a la mencionada hora de las ovejas) para estar dispuesto a separar del rebaño las ovejas del abuelo, contarlas y meterlas en la corte. Si faltaba alguna, había que apresurarse a encontrarlas en las cuadras de las demás casas del pueblo, para llegar a toda prisa al Rosario que ya anunciaban las campanas. En medio de todos estos momentos, había infinidad de segundos y minutos que solo servían para empalmar una obligación con otra. Tarea tras tarea, todo el día marcado por acontecimientos que sucedían indefectiblemente a “su hora“.

Las campanas eran otra forma de situarse en el tiempo. Avisaban a diario de la hora de la Misa y del Rosario. Yo mismo fui campanero durante mi etapa de monaguillo en Vega, siendo los abuelos los que se preocupaban de que saliera con tiempo hacia el campanario. El toque de la misa del Domingo te situaba en el mediodía, pero si ibas a comulgar tus tripas se convertían en el mejor reloj recordándote cada pocos minutos y desde muy temprano que la mañana iba a ser interminable. También nos avisaban las campanas que en medía hora había que reunirse en concejo para decidir cuando había que arreglar tal camino o cual puerto para sacar el agua del río a los prados. Un toque de campana atropellado era el toque “a rebato” anunciando no una hora del día sino un acontecimiento grave: una casa o pajar del pueblo estaba quemándose y había que acudir sin pérdida de tiempo con calderos para acarrear agua del río y con hachas para cortar vigas y evitar la propagación del fuego. Un toque lacónico y espaciado de campana, anunciaba que a alguien del pueblo se le había agotado todo su tiempo y había fallecido.

Esta forma de medir el tiempo en base a la rutina a través de generaciones, empezó a entrar en crisis en el entorno temporal de la muerte de los abuelos. Eran representantes de la última generación que vivió plenamente integrada en el campo como medio de vida y que con sus hábitos y rutinas diarios mantenían un perfecto equilibrio con la naturaleza y llenaban su tiempo en quehaceres campesinos y ganaderos, encaminados principalmente a la subsistencia de las familias. Pero cometieron un error, aunque es cierto que totalmente justificado. Se empeñaron en que sus hijos tuvieran una vida mejor, ya fuera estudiando o buscando un trabajo menos esclavo que el suyo. Y con gran esfuerzo y la constancia que les caracterizaba, lo consiguieron plenamente. Hoy todos llevamos reloj y corbata o mono de repartidor de algo, pero desconocemos aquellas rutinas de siempre que regían el tiempo y se traducían en, por ejemplo, disponer de mantequilla para untar el pan y que hoy obtenemos de los anaqueles de los supermercados sin siquiera saber cual ha sido el proceso de su obtención.

Con el fin de estas rutinas, la única forma que nos queda de medir el tiempo es el reloj. Antes se deseaba tener tiempo para completar las innumerables tareas que te permitían subsistir. Hoy reivindicamos tener tiempo libre para el ocio. Hasta que te quedas parado y el ocio es permanente.

Conocí aquel territorio pleno de actividad y cada vez que tengo ocasión de visitarlo es más evidente su decadencia y abandono. Los caminos han desparecido colonizados por robles y escobas y el río no tiene orillas, invadidas por alisos y salgueros. Siempre he oído que el tiempo lo cura todo, pero en este caso, ante la falta de actividad humana, es obvio que el tiempo empeora lo que no se cuida. También es cierto que el tiempo termina permitiendo que casi cualquier cosa pueda suceder: en casa de Selima he visto una enorme foto de un ufano Maxi junto a Joan Manuel Serrat que un día estuvo allí metiéndose entre pecho y espalda un cocido leonés. Quien iba a decir que con el tiempo hasta Serrat cenaría en un pueblín como Vega. El tiempo. Al tiempo se le puede achacar cualquier cosa. Incluso que a cada uno de nosotros nos vaya dejando sin tiempo.

Toda la vida he tenido relojes de medio pelo hasta que me jubilé y mis compañeros me regalaron un librito lleno de frases cariñosas y laudatorias (incluso he creído ver la dedicatoria de alguno que me había apuñalado cordialmente por la espalda meses atrás) y un excelente reloj TAG Heuer que marca los segundos implacablemente. A la vejez, viruelas.

Ahora que no tengo prisa para casi nada, dispongo por primera vez en mi vida de una herramienta muy precisa para medir el tiempo, mientras espero mi última rebanada de gelatina sin prisa. ¿Llegará a la hora de Las Diez o a la hora del Ángelus?  Puede que llegue a la hora de las ovejas. Pero, …… ¿qué ovejas?. Sea cual sea la hora, con mi TAG Heuer podré tomar nota de los segundos que me concede la señora de la guadaña, dueña absoluta del tiempo de todos nosotros, para tomar conciencia de que ya no seré.

Imagen tomada de: relojesdesolonubenses.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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7 pensamientos en “La hora de las ovejas (el tiempo que nos rodea)

  1. Un poco disperso pero esta bien. Hay lugares comunes (cosas que ya he leído en otros relatos o temas que ya has tratado) y una inclinación a abuelo cebolleta que en su justo termino no esta mal pero muy repetido cansa. Vuelve a aparecer la figura de la generación que lo cambio todo mas rápidamente que cualquier otra en toda la historia de la humanidad y que (sin mencionar que antes erais dueños de vuestro destno y ahora miranos), nos pinta un futuro muy interesante.

  2. Me ha encantado el relato, se refresca la memoria, que cosas pasaban… Sigo diciendo que las mujeres de antes eran heroínas, aguantaban embarazos y partos con la única ayuda de las entendidas del pueblo, y encima el rito de la purificación, menos mal que en algo hemos mejorado.
    Gracias por dejar plasmadas tus vivencias. Supongo es esta generación que como bien dices no sabe cual es el proceso de la mantequilla o no saben que las patatas crecen debajo de la tierra no podrían imaginar que fue antes de ayer cuando pasaban estas cosas.

    • Hola Raquel. En realidad el relato surge de una conversación de verano hace un par de años en la huerta de Vega con mi madre y mis tías. Cuando mi madre me dijo que Loli había nacido “a la hora de las ovejas”, no me quedó más alternativa que seguir preguntando por el resto de la historia. Me pareció tan definitorio de aquel tipo de vida, que bien merecía la pena escribirlo. Un abrazo.

  3. ¿Tu abuelo era familia de Máximo? Parte de este relato es lo que me hizo descubrirte en el foro de Manzaneda. Es un placer leerte y revivir aquellos tiempos, tienes una memoria prodigiosa y mucho arte escribiendo. Al fin y al cabo adornar las palabras para contar un acontecimiento eso es literatura.
    Siempre me pareció que la iglesia como institución es lo más machista y misógina que existe. Esto que cuentas de que considerara a las mujeres impuras por parir lo demuestra. Recuerdo un año en que mi madre se perdió el bautizo de una hija y la primera comunión de un hijo por esta razón.
    Qué mujeres, heroínas eran todas, bueno para los hombres también había lo suyo. Un saludo.

    • Hola Greta. No tengo a mi madre a mano que es la que me ayuda a dar las puntadas familiares más lejanas, pero creo que sí era familia de mi abuelo. Mi abuelo y otro hermano llegaron de Posada en el Valle Gordo a Sosas del Cumbral cuando su tío Víctor era cura del pueblo. Allí conoció a mi abuela y se dio la circunstancia de que mis dos abuelos tenían primos comunes.
      Viendo las lápidas del cementerio se ve la profusión de calzadas, gonzález y garcías que habitaron en Sosas.
      No se si es misoginia, homofobia o miedo o las tres cosas juntas y el nuevo papa que parecía un poco aperturista en algunas materias, ya ha dicho que en lo relativo al sacerdocio femenino seguirán igual. Además son unos suicidas, pues creo que solo incorporando a las mujeres al ministerio obtendrían un balón de oxígeno a su imparable declive.
      Un saludo.

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