Valor, se le supone (cómo salir de dudas)

Dentista
Ahora que me están reforestando las mandíbulas con diminutos plantones de titanio, desgajados de un árbol valiosísimo al parecer, echo de menos que la evolución de la especie humana vaya tan despacio. Estaría bien que naciéramos ya con estas prótesis implantadas en nuestra boca y evitarnos así sufrimientos sin cuento. A primera vista puede parecer buena cosa que primero te salgan los dientes de leche que apenas desgastados serán sustituidos por los definitivos. No tendría nada que objetar si la sustitución se hiciera como el que se cambia de jersey. El problema es que la muda era muy sufrida, al menos para mí que no debía ser muy valiente y que ni siquiera la expectativa de que el ratoncito Pérez pudiera dejarme algo bajo la almohada me compensaba de tanto miedo. A cada diente que se movía lo trataba con sumo cuidado retrasando al máximo el momento de atarlo con un hilo para arrancarlo de la encía. Una vez atado el hilo podía estar remoloneando durante horas, hasta que en un descuido mi madre resolvía el trance en un santiamén dejándome casi siempre sorprendido de que ni siquiera dolía. Lo que realmente dolía era el miedo. Mudados todos los dientes de leche, tuve una etapa de tranquilidad bucal hasta que a causa de una caída de morros uno de los paletos empezó a salir de medio lado. Aguanté con mi sonrisa que desde entonces fue una sonrisa a medias para disimular el problema, hasta que me dio por pensar que me iría mejor con las chicas si la mejoraba. Le pedí dinero a mi madre y fui al dentista con consulta en la misma casa que el comercio Gurdiel, pero la espera, las caras de los que salían y algún lamento que oí, me minó la moral y escapé cuando entró el paciente que me precedía. Tardé varios meses en armarme de valor nuevamente y por la vergüenza del anterior fracaso decidí ir a otro dentista que creo se había establecido recientemente en Villablino. Creo recordar que tenía la consulta en una de las casas de varios pisos construidas recientemente, apoyadas en el gran escalón que había entre el camino del cine viejo y la carretera, bajando de la plaza hacía San Miguel y un poco antes de llegar a la oficina de Telégrafos. Llevaba cincuenta pesetas en el bolsillo y me iba sugestionando de lo fácil que iba a ser aquello pues no se trataba de extraerme nada, que era lo que dolía, y porque me habían dicho que la consulta tenía los mayores adelantos técnicos. La consulta, resplandeciente, me causó buena impresión y ocupé confiado el sofisticado butacón que me venía un poco grande, explicándole al dentista que no quería que me sacase nada, que se limitase a arreglarme la sonrisa. Le noté extrañado por mi proposición pero no puso objeciones. Mientras  preparaba todo un arsenal de herramientas, me fije en un artilugio que parecía un brazo articulado que no había visto nunca y que luego supe era el recién inventado torno de dentista. Digo recién, porque no me cabe en la cabeza que el primer torno de dentista que me topé pudiera tener más de uno o dos años desde su invención, de tan tosco como parecía. De tener más tiempo, era imposible que no hubiera sufrido algún remozamiento. El brazo articulado que terminaba en el portaherramientas donde el dentista montaba los artilugios con los que luego te martirizaba, tenía a la vista unas poleas movidas por correas de cuero cilíndricas que impulsaba un motor eléctrico, similares aunque más finas a la que movía la rueda de la máquina de coser de mi madre. Cuando el dentista apretó el pedal del contacto aquello empezó a moverse de forma amenazante, con las correas oscilando como si fueran a romperse o salirse de sus poleas, haciendo un ruido infernal y agudísimo que se metía por los oídos hasta el cerebro que tal parecía que te lo estaban agujereando ya antes de empezar. Y nada de usar líquido refrigerante que rebajara la temperatura que la fricción de la herramienta de fresar imprimiría al diente y que haría la intervención insufrible. No recuerdo que me anestesiara ni que me avisara que el diente se iba a poner al rojo vivo. El dentista apoyó la fresa con toda su alma en mi diente y le dio al pedal a tope con lo que el ruido alcanzó un nivel insufrible. Enseguida sentí sabor a polvillo y ví humo, o me lo imaginé, mientras el paleto se calentaba más que una castaña asándose en el fuego. Como buen tímido, en vez de quejarme me aguanté y el dentista siguió hasta que se le cansó el brazo. Cuando paró la primera vez me sentí aliviado pensando que había acabado, pero volvió a atacarme a los pocos segundos tan pronto recuperó el resuello. Cuando ya no podía más del miedo, del ruido y sintiendo que el diente me ardía, metí la mano en el bolsillo y saqué la moneda de cincuenta pesetas enseñándosela al dentista mientras emitía sonidos guturales para llamar su atención y dándole a entender, creía yo, que me daba por satisfecho con lo conseguido. El dentista se echó hacia atrás sorprendido y sacó la herramienta de mi boca, interrogándome con la mirada. Aprovechando su momento de desconcierto, puse la moneda en la bandeja de las brocas, me levanté como un rayo mientras me quitaba el babero de papel y salí de allí sin esperar por las vueltas. Aunque en la categoría de “interruptus“, aquello fue una huida en toda regla, la segunda. Bajé las escaleras lamiéndome el diente para enfriarlo y palpándolo para valorar los cambios antes de sonreír delante del espejo. Para alejar la sensación de fracaso mientras caminaba cabizbajo hacía casa bordeando la pared de piedra de la huerta que había al otro lado de la carretera, me iba convenciendo que toda chica a la que no le gustara mi diente de perfil no era merecedora de mi interés. La próxima vez que fui al dentista tenía treinta y tantos años, viviendo entretanto casi feliz sonriendo a medias con un paleto que ya no se veía torcido de tanto como me lo había limado y que más parecía el diente afilado de un cocodrilo. Cuando nos licenciábamos del servicio militar sin haber participado en hechos de armas, el apartado “Valor” de la cartilla militar indicaba un prudente “se le supone“. En la vida civil todos podemos creernos o sentirnos valientes hasta el momento de sentarnos en el sillón del dentista. Si el dentista de Villablino llevaba una lista de valientes con seguridad que en ella no estaría yo, pero me hubiera gustado que algún condecorado con la medalla al valor lo hubiera contrastado sentándose como yo en el sillón de aquel aprendiz de sádico, para comprobar cuan valiente era.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: growingupinauroranc.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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10 pensamientos en “Valor, se le supone (cómo salir de dudas)

  1. Ves ? No es necesario extenderse tanto ni escribir durante tanto tiempo. Este relato te ha quedado redondo: sencillo, al grano, vivido…y salpicado de anécdotas. Sin olvidar los acertados comentarios pre y post relato que tan bien apuntalan.

    • David, esta cuestión ya es vieja. El blog está claramente dividido en dos partes muy distintas. Los post de Villablino son intencionadamente cortos en los que no es fácil irse por las ramas aunque no siempre lo consiga. El resto son más extensos porque aluden a algún aspecto de las costumbres de entonces, que si quieres ilustrarlas con ejemplos pintorescos que empiezan y terminan para pasar al siguiente, es más difícil mantener el ritmo y no acabar con la paciencia de lectores impacientes y perfeccionistas como tu. Los trato con el mismo cariño unos y otros. Un abrazo.

  2. Estupendo relato Miguel. Tienes otro fan en mi mujer( que es de Orallo, por mas señas). Nos hemos reido un buen rato.
    Recuerdo el dentista que relaconas con el comercio de Gurdiel. Efectivamente era el mismo edificio; la entrada la tenía por la zona donde había una carnicería de caballo y enfrente del “martiecho”.
    Mi experiencia con el dentista que comentas es mas traumática; en mi caso se consumó la extracción. Un mal recuerdo que he llevado toda mi vida.
    El otro dentista, de que hablas, creo que estaba en la casa de Rodama. Era de Caboalles.
    Te reitero la felicitación por el relato.

  3. D. Antonio, el dentista de Caboalles que tenía la consulta en la casa de Rodama, lo recuerdo como de hacer menos daño que D. José, que es al fuiste la primera vez. Creo recordar una consulta y sobretodo un sillón mucho más moderno. Pero lo que más me llamaba la atención era el Biscuter en el que se desplazaba desde Caboalles. Hubiera querido uno igual.

    • Costa, no dudo que la consulta fuese más moderna que la de la foto tomada de internet con la única intención de mostrar el artefacto con el que te reparaban la dentadura, que seguro recuerdas, cuya tecnología me recordaba más a la rueda de los afiladores que a un sofisticado aparato. El Biscuter del dentista creo que fue el primero que vi, justo en la placita que había delante de vuestro bar, entre la farmacia y la gasolinera, un lugar muy aparente para reuniones de mirones y desocupados. Un abrazo.

  4. Mu bien tirado “Miguel”. El dentista que cuando llegamos a Madrid, el de la calle Vinateros, Don Valentín para mas señas, tampoco parecía que se hubiera sacado la carrera en Oxford.

  5. Acabo de leer este relato y, en los comentarios, creo haber reconocido a una persona. Se trata de Costa García, que según creo es la hija de los dueños del antiguo Bar Costa de Villablino. Si bien, físicamente no podría reconocerla, si recuerdo su nombre, que para mí va asociado a su hermano Paco.
    A Paco le había perdido la pista desde la adolescencia, pero como el mundo es un pañuelo y la vida una caja de sorpresas, hace unos tres años, me enteré que estaba de Jefe de Estudios en el colegio de Laviana. Fue mi mujer, que ya lo conocía, porque trabajaba para la editorial Everest, quien por mera casualidad supo que era de Villablino y, siendo yo de Villager enteblaron conversación, dándose cuenta que nos conocíamos de La Academia. A los pocos días lo llamé yo desde mi colegio, en Pola de Siero, al suyo y charlamos un rato de nuestras andanzas infantiles, de nuestras familias, amigos de entonces… Ya sé se está jubilado. Yo también “pasé a una vida mejor” en el actual curso.
    Un abrazo.

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