El Camino Omañés (¡el camino es mío!)

Marcelo Fraga Iribarne

Marcelo Fraga Iribarne

La carretera que surca toda Omaña era cañada desde tiempo inmemorial y en “Trashumancia” cuento el trasiego incesante de personas y animales que pasaban por delante de la casa de mis abuelos en Vegarienza a lo largo de todo el año. No sabía que formara parte de las rutas de peregrinos a Santiago, pues en este trajín permanente no recuerdo haber visto a nadie adornado con la concha de vieira del peregrino, pero haberlos los hubo. Al menos uno según me cuentan en mi familia, pues yo llevaba varios años trabajando y no fui testigo de la aparición de un peregrino a caballo que llegó a Vegarienza un verano diciendo ser Marcelo Fraga Iribarne, hermano de Manuel Fraga.

Nadie sabe explicarme como llegó a Vega, una ruta inusual para los peregrinos, por lo que lo que digo son puras especulaciones. Pasados San Marcos y el puente sobre el río Bernesga, probablemente el peregrino iría distraído con sus rezos al Santo u otras fantasías pues sabido es que andar a caballo y en solitario durante tiempo prolongado y a plena solanera provoca momentos de ensimismamiento, por lo que al llegar el caballo al Crucero y no sentir firmeza alguna en las riendas, echó mano de su libre albedrío y en vez de seguir derecho hacia Astorga como dicen los códices del camino y que seguro eran los planes del peregrino, escogió un camino menos frecuentado y más sombreado metiéndose por el túnel verde de chopos que jalonaban en toda su longitud la carretera de la Magdalena.

Cuando el hambre hizo al caballero retomar conciencia de que estaba peregrinando a Santiago ya debía estar por Lorenzana. Como hombre estudiado y acostumbrado a tomar decisiones, valoró que era mejor seguir hasta Villablino y retomar en Ponferrada el camino francés que no debía haber abandonado nunca. Al llegar a La Magdalena, buscando el noroeste que sabía apuntaba a Santiago se adentró en Omaña y así creo que llegó hasta Vegarienza a media tarde de un día de verano de 1971 que era fiesta en el pueblo.

A la altura de la era del abuelo donde tenía lugar el campeonato de tenis de cada verano, debió preguntar por el alcalde con intención de pedir, exigir más bien, el hospedaje debido a los peregrinos. Los asombrados tenistas que no habían visto nunca semejante espécimen de jinete, le encaminaron hacía casa de Blanca ya que el tío Baldomino, hermano de mi abuela, era el que detentaba el cargo de edil.

No sé lo que sucedió en las etapas omañesas anteriores si las hubo, pero en Vegarienza don Marcelo dio muestras de un carácter atrabiliario parejo al de su ilustre hermano. Después de haber oído a su hermano afirmar rotundamente cuando era ministro de Gobernación sin ningún reparo “la calle es mía” y no de los trabajadores que querían celebrar el primero de Mayo, él probablemente debió creer que el camino era suyo como se verá.

Al poco de llegar a casa mi familia que había estado pescando cangrejos en el río Luna, entró mi hermana Olga toda agitada en la cocina diciendo que “en el corral hay un caballo y un caballero andante que exige agua caliente, vinagre y trapos limpios para curar los cascos del caballo“. Seguramente por su aspecto algo alucinado después de todo el día al sol, debió parecerle don Quijote redivivo.

Mi padre acudió al corral y le dijo que el caballo no podía quedarse allí pues había muchos niños en la casa y el equino podía contagiarles alguna enfermedad. A don Marcelo le surgió la vena autoritaria familiar y sacó a relucir la frase ritual “No sabe con quien está hablando, soy fulano de tal, el caballo es un purasangre del Ejército, está vacunado contra todo tipo de enfermedad contagiosa y el señor alcalde me ha dado permiso para alojar mi caballo en esta casa“, sin parar mientes en que la casa no era del alcalde sino de las personas que tenía delante.

Parece que al conocer el alcalde los insignes apellidos del peregrino le dijo que podría dejar el caballo en las cuadras de la casa de mi abuelo, a la sazón vacías pues hacía años que ya no había vacas. En vista de que el tío Baldomino estaba de por medio se zanjó el asunto diciéndole que podía dejar allí el caballo, aunque dejando traslucir que se hacía de muy mala gana por el tono tan despótico usado por don Marcelo, de forma que cuando preguntó dónde podía dejar la silla recibió por respuesta un “déjela usted por ahí“. Quitó la silla al caballo y la dejó desafiante sobre los tadonjos del carro que estaba en la parte cubierta del corral diciendo con tono amenazador “si se cae de ahí la silla, tomaré medidas“.

A mi padre y al tío Balbino se les llevaban los demonios por tener que aguantar aquellas maneras que hacían del acto de hospitalidad una imposición. Ya anochecido aún seguía la trifulca hasta el punto que Susana, mi hermana pequeña que dormía en la primera planta sobre el corral, se despertó al oír el alboroto. Se asomó con precaución a la ventana y vio en el corral al peregrino rodeado de mi padre, tío Balbino, mi madre y alguno más que discutían con el caballero afeándole sus maneras, pese a lo cual él no se achantaba ni pedía disculpas ni agradecía nada. Susana vio los ánimos tan exaltados que cree que faltó poco para que ante tanta desfachatez le tiraran al río, pues ya se sabe que en Vegarienza a los caballeros andantes no se les mantea sino que se les echa al río. Mientras el peregrino Fraga aseaba los cascos a su montura en la cuadra y llenaba el pesebre con hierba del pajar del alcalde, parece que se apaciguaron los ánimos aunque no le dieron ni las buenas noches cuando salió bufando hacia casa de don Eloy el cura donde pasó la noche.

A la mañana siguiente no se que otras lindezas dijo y hubo otro conato de bronca. Menos mal que don Marcelo al barruntar que la gente de la casa no estaba para más bromas se apresuró a ensillar al purasangre, se caló el sombrero, montó sin más dilaciones y enfiló la puerta del corral sin despedirse, con gran alivio de los presentes.

No se si el caballo era de natural inquieto o se contagió de su dueño que se había alterado por la bronca con mi familia, el caso es que al llegar a la carretera el jinete fue incapaz de dirigirlo carretera arriba hacía Villablino, medio se encabritó e intentó subirse por las peñas de al lado de la casa de Nela, por donde seguro que no hubiera llegado a Santiago sino a Pico Pelao y Babia. Al llegar al puente de piedra sobre el Baltaín el caballo con la tozudez característica de los purasangre se negó a pasar, hasta que el rojazo de Manolón le condujo por las riendas hasta el otro lado, seguramente ignorante de que ayudaba al hermano de un ministro de Franco, pues de haberlo sabido en vez de ayudarle a franquear el puente don Marcelo hubiera terminado en el río con caballo y equipo. Todo invitaba a pensar que aquel día de peregrinaje se presentaba complicado.

Siguiendo con las suposiciones, no sé si don Marcelo Fraga pararía en casa de Selima para cumplir con el trámite de sellar la compostela, enterándose por los presentes que no encontraría una fuente hasta Omañón, unos cuantos kilómetros más adelante. Con el caballo atado a la sombra de la casa de Floro y la poca prisa que caracteriza a aquellos peregrinos que piensan que más importante que llegar a la tumba del Apóstol es disfrutar del camino, seguramente decidió refrescar el gaznate antes de seguir camino y así aplacar el disgusto que le habían provocado aquellos pueblerinos que no atendían a jerarquías.

Debió de salir de casa Selima un poco perjudicado pues si no es difícil entender lo que pasó a la cimera del pueblo. Tras la casa del secretario la carretera da una curva pronunciada que provoca que muchos coches avisen de su paso tocando la bocina insistentemente por la poca visibilidad y no sé si el caballo se asustó por esta circunstancia o el jinete iba distraído como solía y un poco ajumado o el purasangre se encabrito sin más como ya había hecho antes, el caso es que en un rebrinco caballo y peregrino cayeron al huerto del secretario.

Tuvieron que ayudarles a salir del huerto y el jinete, tan valiente un rato antes, se dolía del pecho y resultó que se había roto una costilla. No pudieron seguir camino y don Marcelo convaleció durante días en casa del cura, apareciendo por el pueblo su mujer y una hija que tuvo ocasión de disfrutar en las fiestas acompañada de mi hermano Fede. Ya se ve, los padres a la greña y los hijos confraternizando. Al cabo de unos días avisaron a alguien del Ejército y aparecieron por Vega varios militares con un camión que retornaron a León al purasangre, a aquel hombre engreído que sacaba a relucir a su hermano el ministro cada dos por tres y a su familia.

He leído que finalmente don Marcelo Fraga Iribarne llegó a Santiago aunque no se dice cual fue la ruta que siguió con posterioridad al percance  de Vegarienza. Parece ser que era aficionado a los viajes en caballo y que la prensa solícita solía reflejarlo refiriéndose a él como hermano de Manuel Fraga, lo que contrariaba a don Marcelo grandemente, cosa impensable para los que le oyeron mencionar cada poco que era hermano del hermanísimo. Con tanto viaje a nadie le hubiera extrañado que muriera de una caída del caballo con menor suerte que la que protagonizó en Vegarienza, pero murió en 1983 en un incendio en el consulado de Montpellier.

De haber acabado don Marcelo la ruta por Omaña que inició creo que por azar y que hubiera sido publicitada por la prensa afín, es posible que en las guías de peregrinos figurase hoy el Camino Omañés a Santiago a la par del Camino Francés y los otros muchos que llevan al Monte do Gozo. Y siguiendo con las especulaciones, posiblemente Selima habría tenido que montar un albergue de peregrinos bajo las peñas del campanario. No habría sido mala cosa para rescatar a nuestra querida Omaña de su inexorable decaimiento. ¡Ay don Marcelo, don Marcelo, si no hubiera sido usted tan arrogante!, algo menos Fraga que su hermano el ministrísimo que nos corría a porrazos cada primero de mayo. Lo que podría haber sido una gesta más de los Fraga, se quedó en pura anécdota de un pueblecito de Omaña.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como me las contaron. De sus sensaciones no tengo dudas)

Imagen tomada de: elcorreogallego.es

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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7 pensamientos en “El Camino Omañés (¡el camino es mío!)

  1. Fenómeno el relato. Aunque nunca dejas entrever que es ficción y que realidad (precisamente por eso) tiene fuerza y viveza y al personaje lo clavas. Tiene gracia ponerse a pensar en el “what if” de haberse convertido el camino de Omaña en famoso.

  2. Creo recordar que también estaba Baldo en la discusión. Y también creo recordar que vosotros os habíais ido poco tiempo antes con un Dani mu chico. En general está clavado.

  3. Pingback: Moros y cristianos | Lembranza

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