Cuando la penicilina (doloridos culos)

Jeringuilla512

En la segunda mitad del siglo veinte ya no se practicaban sangrías ni aplicaban sanguijuelas para curar algunas dolencias, pero tal como se dice en “La farmacopea” había gran profusión de remedios caseros como llaves serenadas para los orzuelos, hoja de llantén para las verrugas o cebolla para los diviesos que más bien tenía que ver con la superstición que con la salud. Las estanterías de las farmacias estaban llenas de botes con potingues y el boticario aún usaba el almirez y la probeta para preparar las prescripciones de los médicos. Una neumonía o la infección de una herida te pasaportaban al otro mundo en un santiamén hasta que Fleming descubrió casualmente que el hongo Penicillium frenaba el crecimiento de las bacterias, poniéndose su eficacia de manifiesto en los últimos meses de la segunda guerra mundial al salvar a muchos heridos. A España comenzó a llegar con cuentagotas y de estraperlo, pero ya en los años cincuenta del siglo veinte su uso era habitual. En la calle que divide los dos bloques de Pérez Vega de Villablino vivía el médico que supervisaba nuestra salud, un hombre voluminoso que cada vez que lo veía introducirse en su Renault 4-4 verde claro me asombraba pues parecía no estar subordinado a las leyes del espacio. Cuando nos visitaba, sabíamos que al enfermo le caerían varías inyecciones de penicilina. Recuerdo que en Villablino había practicante, pero en casa las inyecciones las ponía mi padre. Los que teníamos la suerte de no ser destinatarios del pinchazo, asistíamos curiosos al ritual preparatorio, que se las traía. Primero se hervía en un cazo la jeringa de cristal y las agujas. Mientras se enfriaban se preparaba alcohol y algodón, se abría la caja de la penicilina que contenía un frasquito con polvo blanco precintado con una lámina de metal blando, una ampolla de cristal con agua destilada para disolver la penicilina y una sierra metálica. Mi padre quitaba la parte central del precinto del frasco y clavaba una de las agujas recién hervidas en el tapón de goma que había debajo del precinto. Aserraba un poco el cristal de la ampolla por un estrechamiento que tenía, la descabezaba con una ligera torsión y con la jeringa extraía el disolvente que luego impulsaba a través de la aguja dentro del frasco para diluir la penicilina. Cogía el frasco entre las palmas de las manos y lo hacía rodar energicamente adelante y atrás para mezclar el polvo y el agua sin que se hicieran grumos. Recuerdo como si lo estuviera oyendo ahora mismo, el tic-tic-tic que hacía el cristal del frasco al pasar por encima de la alianza. Hay que ver como la tranquilidad de espíritu facilita la capacidad de observación y como la percepción de aquel ritual cambiaba cuando eras el destinatario del Penicillium. Cuando le parecía que todo estaba bien mezclado, ponía el frasco boca abajo y extraía la penicilina con la jeringa. Si había entrado algo de aire en la jeringuilla, apretaba el émbolo hasta que salían un par de gotas por la punta de la aguja. Mojaba un poco de algodón en alcohol y se dirigía a donde estaba el interfecto tumbado en la cama panza abajo, con el culo al aire y el corazón encogido. Desinfectaba la piel con una pincelada de alcohol en el sitio elegido y daba unos golpecitos en el culo con el borde de la mano que empuñaba la aguja hasta que, por fin, la clavaba. Estos golpes estaban dirigidos a distraer al del culo al aire para que no supiera cuando le iban a pinchar y que así relajara un poco esa parte de la anatomía. Tiraba un poco del émbolo para asegurarse que no había pinchado en vena y luego lo empujaba con cuidado. Desclavaba la aguja y volvía a limpiar con el algodón el punto del pinchazo, mientras se oía un suspiro de alivio del paciente que se subía los pantalones o la falda sin levantarse de la cama, pensando en los dos o tres días en que le dolería el culo. Se lavaba la jeringa y la aguja bajo el grifo, se ponía un fiador dentro de la aguja para que no se atrancase y se guardaba todo en la cajita plateada para la siguiente ocasión. El fiador era un hilito de cobre de los que formaban los cables eléctricos, de donde se deduce que la sección de las agujas no era despreciable. Si mi padre creía que la aguja no había pinchado bien me decía que la afilase y yo, muy ufano, cogía la piedra pómez del baño con la que se quitaban las durezas de los pies y me dedicaba a afilar la aguja lo mejor que podía esperando que mis hermanos, que yo creía me miraban llenos de envidia por aquel gesto de confianza de mi padre, agradecieran suficientemente mis esfuerzos la próxima vez que les tocara ser ensartados. Probablemente aquellos desagradecidos me maldecirían a mí tanto como al médico que les recetó el remedio y a mi padre que era el ejecutor. Por aquello de que “Tanto peca el que mata como el que tira de la pata“. Como se puede observar la asepsia del proceso dejaba bastante que desear si se compara con lo que sucede hoy día en el hospital, que se ponen guantes y mascarilla nuevos hasta para tomarte la tensión. La misma aguja podía haber pinchado varias veces todos los culos de la casa y los de algunos de nuestros vecinos de la planta alta de la casa de Correos, que nos pedían la cajita de las inyecciones cuando la necesitaban.  Probablemente la aguja que pinchó mi culo hizo lo propio con el muy ilustrado de don José Boves que fue profesor mío de Matemáticas y director del Instituto Laboral o con Salvadorel Rubio“, maestro de pescadores, lo que me enorgullece. Mis conocimientos de Matemáticas distaban mucho de los de don José, pero en cuanto a culos estábamos parejos. Todos los vecinos de la casa debíamos estar básicamente sanos y menos mal que aún no se había inventado el sida ni la hepatitis, pues hubiéramos caído como moscas merced a aquellas agujas que se usaban hasta que se rompían. Hoy, unos polvitos disueltos en agua y a correr. Y si tienes la mala suerte de tener que pincharte, es todo un lujo usar cada vez una jeringa nueva pre cargada con la medicación y con una aguja tan fina y afilada que casi ni sientes el pinchazo, ni tampoco debes sufrir durante minutos la larga preparación de antaño. Así cualquiera puede ser valiente. La penicilina solo fue el comienzo hasta desembocar en una industria farmacéutica desaforada que se enriquece desmedidamente con nuestros padeceres. Aunque todavía quedan devotos de los remedios caseros, la grasa de serpiente para “la reuma” que yo vi y escuché vender a charlatanes en el mercado de León y otros ungüentos similares quedan ya muy lejos. Ahora las impresoras 3D están recreando partes de nuestro organismo y dentro de poco, si perdemos un miembro en un accidente nos pasará como a las lagartijas cuando pierden el rabo, un poco de pomada de células madre en el muñón y al rato nos empezarán a crecer las uñas. La contrapartida será perder a pasos agigantados la reciedumbre de antaño a que nos obligaban aquellas inyecciones y nos convertiremos en unos blandengues.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: todocoleccion.net

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

4 pensamientos en “Cuando la penicilina (doloridos culos)

  1. Genial. Cortito, descriptivo y evocador. Y por cierto, los charlatanes siguen entre nosotros y triunfando. No creo que antes se vendieran mas productos milagro que ahora.

  2. No se si todo ese ritual formará parte del inconsciente familiar, pero al leerlo se me han puesto los pelos como escarpias solo de acordarme.

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