Charlatanes (perdido en el barrio húmedo)

Charlatan

A pesar de haber nacido en la calle Ramiro Valbuena de León capital, mis visitas esporádicas y cortas solo me permitieron familiarizarme con el entorno de la Plaza Circular, el Paseo de la Condesa, la plaza de Santo Domingo y poco más.

Cada vez que me adentraba por las callejuelas del barrio húmedo para ir a la calle Mulhacín donde vivían mis abuelos paternos, tenía que estar atento para no perderme por aquellas calles tan parecidas. Desde la Calle Ancha torcía por Regidores hasta llegar a la plaza del mercado donde me resultaba complicado caminar por entre la gente y las carretillas de mano que movían mercancías de un lado para otro. De las puertas del mercado llegaba nítido el olor a pescado y verduras y de las tiendecitas circundantes reconocía entre todos el olor a pimentón dulce que me recordaba al aroma de la matanza de mi abuela.

A la salida de la plaza a la calle Azabachería algunos días me encontraba con un grupo de gente arremolinada alrededor de un hombre de tez morena y con bigote, subido en una especie de altillo que no paraba de hablar y que gesticulaba continuamente. Tenía arremangada la manga de la camisa de un brazo, que lucía venas abultadas, y que frotaba con una especie de crema que extraía de una cajita pequeña, con un dedo meñique adornado por una larga uña amarillenta de la misma tonalidad del bigote. Estos meñiques terminados en largas uñas eran frecuentes cuando yo era niño y no recuerdo muy bien su utilidad aparte de los concienzudos sondeos nasales que sus portadores realizaban.

Se trataba de un charlatán intentando convencer al auditorio de las bondades de la grasa de serpiente que lo curaba casi todo, desde enfermedades de la piel, problemas circulatorios y de los huesos y hasta “la misma reuma“, que tanto padecían los habitantes de más edad de aquel barrio de casas antiguas en las que, quitando un par de meses de verano, el frío y la humedad eran permanentes. Cuando su antebrazo relucía por el unto de serpiente, con gesto teatral se dirigía a alguno de los presentes y le preguntaba “¿Cuanto pagaría el caballero por este remedio?“, a lo que el aludido contestaba con entusiasmo “¡Por lo menos cincuenta pesetas!“. El charlatán contestaba enseguida “Caballero, usted entiende de esto, pero no se lo voy a vender  por cincuenta, ni por cuarenta, ni por treinta, ni por veinte, sino solo por nueve pesetas y además le voy a regalar un peine irrompible para su abundante cabellera y un mechero y….”. Enseguida vendía a tres o cuatro entusiastas la cajita de grasa de serpiente, recogiendo el dinero con la misma mano con que les entregaba la mercancía con la habilidad de un prestidigitador, mientras decía “Anímense señores que no se si habrá para todos….” con lo que algunos de los mirones se apresuraban a pedir su cajita, no fuera a ser que perdieran la oportunidad de curarse el dolor en el hombro o la hinchazón de las piernas a un precio tan ventajoso.

Yo me quedaba embelesado como un papanatas ante aquel personaje que hablaba tan deprisa que no te dejaba tiempo ni para pensar. Entraba en el juego de la embaucación sin sospechar siquiera que los compradores entusiastas que contagiaban a los mirones el impulso de comprar aquella maravilla medicinal, formaban parte del equipo del charlatán. Estoy seguro que si hubiera dispuesto de dinero y estuviera aquejado de algún dolor corporal, inhabitual a edad tan temprana, habría comprado sin dudar el ungüento milagroso.

Cuando el ansia compradora de los presentes se había agotado, el charlatán comenzaba a pregonar la calidad de las mejores mantas zamoranas, frescas en la siesta y calurosas por la noche, o mostraba la flexibilidad de unas cuchillas de afeitar señalando una de sus mejillas con la uña del meñique para que admiraran lo apurado de su afeitado, o garrapateaba algo sobre una libreta con una estilográfica alemana que escribía maravillosamente y que al no despuntarse duraba toda la vida y aún la podrían usar sus hijos y nietos. Con cada producto se repetía el mismo despliegue verborreico cantando sus virtudes, la correspondiente pregunta a uno de los  ganchos sobre lo que él pagaría y la retahíla de rebajas del precio y regalos adicionales para provocar el morbo comprador de los incautos mirones como yo.

Cuando ya me dolía el cuello de mirar hacia arriba y agotado por la vitalidad y los argumentos del charlatán difíciles de seguir, recordaba que me esperaban en casa de mis abuelos y me alejaba con pena de aquel espectáculo tan vital y tan barato para los que no comprábamos, camino de la calle Azabachería donde volvía a concentrarme para no pasarme de la calle que me llevaría a la plazuela alargada de donde arrancaba la calle Mulhacín, toda empedrada de cantos rodados.

Cuando me dejaba invadir por los cálculos de si podría comprarme en la tiendecita de la calle Santa Cruz con la propina que me darían mis tías un coche a cuerda topolino, tan pequeño que cabía en una mano, era casi seguro que me pasaría de calle y tendría que volver sobre mis pasos hasta encontrar una tienda o un bar que me resultaran familiares, lo que me permitía retomar el hilo de aquellas calles estrechas que me llevarían hasta caminar por los incómodos cantos rodados de la calle de mis abuelos.

Tan pronto saludaba y tenía las monedas en mi poder, balbuceaba alguna disculpa y me iba a por el topolino pensando en lo bueno que hubiera sido que el charlatán, en vez de vender peines irrompibles, hubiera pregonado coches topolino que me habrían salido a mitad de precio y me habría podido llevar dos o tres. Eran tan pequeños y ligeros que con la cuerda al máximo eran los más veloces de todos en las carreras y con una palanquita podían girar a izquierda o derecha. Cuando la carrocería estaba muy deteriorada por los choques y pisotones accidentales, les quitábamos la carcasa superior dejándole con las tripas al aire, de manera que lo que quedaba aún corría a mayor velocidad.

Después de probarlo en las aceras de la Plaza Mayor, pasaba por casa de los abuelos hasta el momento de volver para casa. El retorno era mucho más relajado pues tal parecía que las calles discurrían de forma natural hasta la placita donde a la ida había estado un buen rato cautivado por las palabras y gestos del charlatán, que a buen seguro estaría repartiendo con sus socios las ganancias del día o fabricando más grasa de serpiente con unto de vaca y alguna esencia que evitara su identificación o partiéndose el culo de risa por lo provechosa que les había salido la función. Los incautos compradores estarían sobándose el pellejo con el unto de vaca, con la esperanza de aliviar sus dolencias. Esta esperanza duraría lo que la cajita de grasa de serpiente.

Hoy los sucesores de aquellos charlatanes de mi niñez, que han prescindido de la uña asquerosa en el meñique para no ser identificados, usan la televisión y la radio para vender productos igualmente milagrosos e inútiles. Desde que murió Franco hay otra nueva raza de charlatanes que cada cuatro años nos venden sueños infumables que no nos curan ni arreglan nada, mientras ellos se forran sin necesidad de marcharse las manos con el unto de vaca. Estos si que son avispados pues engañan, vez tras vez, a millones de nosotros de un sol envite. Algún día habría que pensar en emplumarles como hacían en el Oeste Americano con los tramposos.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: ejemplary word|mountebank

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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6 pensamientos en “Charlatanes (perdido en el barrio húmedo)

  1. Ves lo que puede sacarse de un pequeño recuerdo ? no hace falta que un post provenga de toda una infancia sino que un pequeño recuerdo puede generar una historia. A mi este no me ha gustado mucho, no se porque. Quizás la mención extemporanea del final estaba de mas.

  2. Qué bien escribes, es un placer leerte. Estoy totalmente de acuerdo contigo, no escarmentamos y siempre habrá compradores incautos y aprovechados de la ingenuidad de los demás. Qué me dices de las excursiones comerciales donde sangran a los pobres pensionistas con trastos tan caros como inútiles que ellos creen el remedio de sus achaques por lo que tiene más delito.

  3. Este tema lo recuerdo de mi estancia en León, cuando me fui a estudiar magisterio. Hasta ese momento mi universo se reducía a Laciana, Ponferrada, el pueblín de mi madre en Cangas, y algún otro de Babia, Omaña y alto Sil donde me llevaba la bicicleta.
    A principios de octubre del año 1969 viajé por primera vez a León. Mi padre me acompañó en “El Fernández” y me dejó en la pensión de Segundo y Segunda (de La Majúa), en la calle Fernández Cadórniga. Allí permanecí por espacio de un curso, siendo Corsino García Valero (de San Miguel) mi compañero de habitación.
    Una mañana cuando regresaba de la Escuela de Magisterio, me encontré en la Plaza de las Palomas, un corrillo de gente escuchando a un individuo que pregonaba cuchillas de afeitar. Cómo a mí ese género no me hacía falta, simplemente me dediqué a escuchar. Poco después comenzó a ponderar las excelencias de una pluma estilográfica. Mi ingenuidad y desconocimiento de este tipo de negocio, unido a que disponía de las 15 pts, que terminó pidiendo por la pluma y otros accesorios, me hicieron caer en la tentación y adquirir tan impresionante máquina de escribir. Cada vez que pasaba por allí y me encontraba con el corrilo, me paraba a escuchar a aquel magnífico orador, capaz de convencer a un calvo de adquirir la caja de peines que esgrimía en su mano.
    No volví a comprarle más artículos, porque prefería gastarme mis ahorros en unos ricos pasteles acompañados de un butano, que vendían en un bar de la calle La Rua; aunque me paré muchas veces a escuchar sus discursos.
    Un abrazo. ¡Ah!, creo que ya me puse al día en la lectura de tus fantásticos relatos. Han sido unos compañeros excelentes en estas tardes invernales de mi primer curso de jubilado. Muchas gracias.

    • Eulogio, yo coincidí en la Academia Carrasconte con Conrado, el hermano de Corsino. Y en cuanto a compartir residencia con otros lacianiegos, en tercero de Físicas viví con Agustín Cosmen en la misma habitación de una pensión de Gaztambide en Moncloa y colegio mayor en quintó curso con Paco Otero de Palma cuya familia debía ser de San Miguel. Un abrazo.

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