El sastre (del jersey a la arruga)

Sastre512

Considerando como la moda marca hoy nuestras vidas, no puedo por menos que extrañarme lo poco que nos preocupaba nuestra vestimenta allá por mil novecientos cincuenta y tantos en Villablino. La indumentaria de la gente joven era sencilla y repetitiva. La misma ropa para le brega semanal y algo más nuevo para los domingos. Era normal que la ropa de los mayores pasara a los más pequeños, contribuyendo así la indumentaria al parecido físico familiar. Recuerdo especialmente como callejeábamos en pleno invierno bajo la nieve o aquella lluvia persistente que podía durar semanas, a cuerpo, con un simple jersey o una americana. Nada de gabardinas o prendas impermeables, con lo que andábamos buena parte del tiempo mojados, pues solo se conocían las torpes prendas de hule negro de los mineros que les preservaban de la lluvia pero que casi les impedían trabajar. Al rato de entrar en los futbolines de Blas, de los jerseis se desprendía un vaho indicativo de que la lana se estaba secando por la energía que generábamos al girar las varillas con los futbolistas de hierro fundido. Nadie nos dejaba un paraguas pues los devolvíamos muy perjudicados y nosotros mismos los rechazábamos pues seríamos el hazmerreír de los amigos. Preferible pasar frío o mojarse. Cuando fuimos un poco mayores y había que asistir a algo más solemne que las partidas de futbolín, como era la noche de fin de año en el Casino donde no podías entrar sin corbata y traje, al ser el hermano mayor fui el primero en necesitar un traje. No sería exactamente mi primer traje, pues a la primera comunión fui vestido de almirante con uno heredado de un primo. Mi madre había tenido buen aprendizaje como costurera, lo que le ayudó a vestir a su abundante prole. De sus manos salían blusas, vestiditos, pantalones y un sinfín de prendas. En sus escasos momentos de descanso tejía y tejía sin cesar, intercalando sus pensamientos con el control de los puntos que había que dar del derecho y del revés. De sus agujas salían jerséis para todos. Con cuello vuelto o cerrado o de pico, lisos o haciendo ochos o rombos, de un solo color o mezclando lana distinta para darles un aspecto jaspeado. Otra de sus habilidades eran los arreglos de las prendas que quedaban chicas, para adecuarlas al siguiente hermano o hermana de la lista. En esta ocasión descartó desde un principio arreglarme un traje de mi padre, pues tenían un uso tan prolongado que la tela no habría aguantado nuevas costuras. Entonces era frecuente que por las casas pasaran vendedores de cosas variopintas, como el mielero o Ipe con arena para fregar los cacharros. Coincidiendo con la necesidad de mi “puesta de largo“, un buen día llamó a nuestra puerta un vendedor de telas anunciando unas calidades y precios irresistibles. Mi madre aprovechó la ganga que el vendedor le presentaba y compró unos cuantos metros de tela de discreto color marrón y lo necesario para los bolsos y forros. Convencida de que confeccionar un traje excedía sus conocimientos de costurera, decidió que echáramos mano del sastre. Compró unos botones a juego con la tela y me mandó con todo ello a la sastrería. Creo que en Villablino había varios sastres. Yo fui al que tenía la sastrería al final del muro de piedra de la huerta que había a mano izquierda bajando de la plaza hacía San Miguel, antes de llegar a la fábrica de refrescos Anaical. No recuerdo su nombre pero sí que tenía dos hijas que no se si eran gemelas, pero a mí me lo parecían cuando las veía caminando juntas subidas sobre unos monumentales tacones y tocadas con unos enormes moños a lo Fhara Diba, tan de moda entonces y muy socorridos pues entre tacones y moño podía aumentarse la talla hasta quince centímetros. He sido muy respetuoso con todo lo que he escrito en el blog y no quiero dejar de serlo, pero no me resisto a mencionar, por ingeniosa, la frase que se decía de estas dos hermanas que arqueaban un poco las piernas probablemente por el difícil equilibrio a que les obligaban aquellos tacones excesivos. Con terminología matemática se decía maliciosamente que las hermanas “meaban entre paréntesis“. Perdón si molesto. La sastrería estaba en la planta baja con escaparate a la calle, desde donde se podía observar estanterías con abundantes cortes de tela que yo veía desenrollar con soltura al sastre al pasar por delante de la tienda. Era frecuente verle trabajar inclinado sobre una mesa, marcando la tela con jaboncillo o cortándola con unas enormes tijeras. Allí entré con mi corte de tela y los botones, un poco preocupado por cómo me desenvolvería en aquel trance nuevo para mí, advirtiéndole que dejara tela suficiente en los bajos para alargar las perneras y que era imprescindible que estuviera terminado antes de Navidad. Supongo que no le gustaba que el cliente llevara el género y le vi fruncir el ceño cuando tanteó la tela plegándola entre los dedos y dando tirones, pero no dijo nada y se puso a tomarme medidas que apuntaba en una libreta donde yo miraba intentando descubrir el significado de las anotaciones. En esas estaba cuando me sobresaltó un abrupto movimiento en la entrepierna, donde el sastre había impulsado la cinta métrica intentando medir la longitud que debían tener las perneras. Aún estaba dilucidando si debía reclamar un poco más de delicadeza con zonas tan sensibles, cuando me preguntó “¿Hacía donde cargas?“. No sabía a qué se refería y debí poner cara de extrañeza, pues me espetó algo impaciente “Que hacía dónde pones lo de mear, chaval”. Me lo pensé un instante y le dije que hacía la izquierda, aunque no estaba muy seguro de si era así. La próxima vez tendría que fijarme cómo lo había estado haciendo durante tantos años, sin que fuera para mí un tema de preocupación donde dejar el instrumento, que seguro se colocaba el solo sin necesidad de más ayuda. Cuando terminó de anotar las medidas y tras un repaso somero de comprobación, me preguntó si en la parte de atrás de la chaqueta quería una raja o dos. En aquella tierra de hombres recios, lo de llevar raja en la chaqueta estaba muy mal visto pues se asociaba a una determinada tendencia sexual, así que contesté rotundamente que no quería raja alguna, pues conocía de antemano cuales hubieran sido los comentarios de mis amigos. Total, que me marché de la sastrería un poco confuso por las preguntas insidiosas del sastre, para las que no estaba preparado. Después de las sesiones de prueba pertinentes, me entregó el traje muy bien planchado y a tiempo para la Nochevieja. Toda la vida vistiendo jersey, me encontré raro dentro del traje y agobiado con el nudo de la corbata que me hizo mi padre, pero la necesidad de bailar con prestancia en la noche de fin de año con lo patoso que yo era, me hizo olvidarme de tanta incomodidad. Cuando llegué a casa medio dormido después de mi primera Nochevieja fuera de casa, doblé el traje con cuidado sobre el respaldo de una silla y me metí en la cama. Al día siguiente cuando fui a colgarlo en el armario, me costó entender lo que veía. Mi flamante traje estaba hecho una completa arruguina. En los lugares correspondientes a las articulaciones y junturas corporales, había surgido tal número de arrugas que el pantalón parecía la funda de un acordeón y la parte posterior de la chaqueta un campo recién arado, de tantas arrugas como la surcaban. O yo había bailado de una forma muy desacompasada o aquella tela era tan olvidadiza que no recordaba el lugar donde la plancha había trazado la raya de los pantalones y, en cambio, parecía tener simpatía por las rayas casuales que surgían al sentarse o cruzar las piernas, arrugas que persistían tozudamente. Eran tan abundantes las arrugas que llegué a pensar que alguna culpa debí tener yo al decirle equivocadamente al sastre hacía donde cargaba o que seguramente la chaqueta habría tenido más movilidad y menos arrugas si yo no me hubiera negado a que tuviera alguna raja posterior. Pero empecé a sospechar que debía haber una norma desconocida por los pardillos, que establecía que el número de arrugas es inversamente proporcional al precio de la tela. Aparte de acordarme de la madre del vendedor, tomé buena nota del comportamiento díscolo de la maldita tela y cada vez que me ponía el traje intentaba mantenerme erguido permanentemente, para así lucir un aspecto medianamente presentable. Al verme tan estático, mis amigos se desvivían haciéndome sitio para que me sentara entre ellos, pero yo me excusaba diciendo que estaba harto de estar sentado. Mentira cochina, era el pánico a la arruga. Menos mal que los festejos en que había que ir de traje no abundaban entonces, pues, como estaba previsto, aquel traje me duró bastante. Creo que también fue mi último traje hecho por un sastre, pues al poco el prêt à porter cobró tal relevancia que nunca más tuve que confesar a nadie hacía donde cargaba. Quien me iba a decir a mí que con aquel traje hubiera sido la envidia años más tarde, cuando algún modista de vanguardia determinó que la arruga era bella. En aquel traje había belleza para aburrir, pero yo no supe apreciarlo. Y tengo que confesar que, lejos ya de Villablino, he tenido chaquetas con una raja e incluso dos, confiando a la suerte no encontrarme con alguno de mis amigos de entonces.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: elaristocrata.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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13 pensamientos en “El sastre (del jersey a la arruga)

  1. Me ha sorprendido, tiene una serie de florituras y detalles en el texto que no te las conocía. Esta muy bien pero aunque tu no lo reconozcas, se va asentando un patrón: destilas y destilas una pequeña anécdota o recuerdo y lo adornas con detalles, recuerdos o referencias actuales. Pues que sepas que te queda perfecto.

  2. Lo siento Emilio, no me acuerdo del nombre del sastre, cuyo local tengo localizado, un poco mas hacia San Miguel de la escuela
    del Ave María, de la que soy antiguo alumno. Era un centro de la M.S.P, para hijos de productores. Recuerdo algun compañero de clase, como Valderrey, Maruchi( la del Bodegón)……A ver si sale alguno a la luz.
    Volviendo a tu tema de hoy, es curioso comprobar cómo los chicos de hoy prefieren ponerse sopas que llevar paraguas….todo es igual. Como lamento no acordarme de las hijas del sastre, a pesar du defecto en las piernas, perfectamente descrito con la expresión, que, por cierto, no lo había vuelto a escuchar. Lo de la raja o rajas en la chaqueta, confirmado en todos sus extremos.
    Saludos muy cordiales.

    • Estas chicas eran de una generación anterior (tres o cuatro años mayores, lo suficiente como para que no te echasen en cuenta) de la época de Luis Dobarco, Dugi Almarza o Román el de la zapatería (este era de los pocos que se atrevían con la raja en la chaqueta). Creo recordar que una de ellas se llamaba Pili. Saludos.

  3. Ay, ay, aquellas telas que vendían por buenas a precio de ganga. Lo normal era que llevasen ya la cantidad calculada, osea que vendían un corte de traje.
    Nunca había oído la expresión “mear entre paréntesis”, entre ésto y la forma de cargar tus atributos personales, me he reído mucho. Hay mucha visualidad en tu forma de narrar y te veo con cara de susto, de sorpresa o tieso como un figurin para no arrugarte.
    Sabías que los refrescos “Anaical” se llaman así porque es La Ciana al revés. Saludos.

    • Claro, Greta. A pesar de ser un lacianiego postizo, esas cosas que hacían gracia era de lo primero que se aprendía. Había cierta aficción a usar ese truco. ¿Conoces la librería RODAMA, cerca de la sastrería de la historieta? Pues más de lo mismo. Un saludo Greta.

  4. Sí,era la sastrería Gómez..También estaba la de Salvador,al lado del Rodama,la de Marcial,encima de la tienda de Nemesia,otra por debajo de Rouco,otra en San Miguel y la de Fernández en Villager.Mi hermana Elisa recuerda haber recorrido casi todas con nuestro padre,que ,por cierto ha cumplido también noventa y un años el diez de agosto.Entoces era el marrón el color de moda.Así era también el traje de tu padre y el de Don Manuel,el celebérrimo profesor de Latín.Un saludo para ti y tus lectores

  5. ¡¡¡¡¡¡Gómez, es cierto¡¡¡¡¡¡. Qué bueno que entre todos sumamos nuestros recuerdos. No creo equivocarme, si te digo Mari Carmen que había otro sastre en el edificios enfrente del martiecho, por donde la carnicería de caballo, aqui mencionada.
    No me acuerdo del traje de D. Manuel Menéndez Nayada, pero me acuerdo mucho de su persona, con la que mantuve una buena amistad, hasta hace unos años que le perdi la pista por Oviedo.
    Saludos para Mari Carmen y su padre.

  6. Recurriendo a lamemoria de mi madre, me dice que había otra sastrería enfrente a la casa del martiecho, donde estaba la carnicería de caballo, de Adolfo. El sastre se apellidaba Ochoa. Se ve que el negocio eraboyante enVillablino. Saludos.

  7. Me llamo Eulogio Llanos y soy natural de Villager. Estudié en La Academia de 1963 a 1969. Mis primos Enrique, Joselo y Antonio Fdez Llanos lo hicieron antes que yo. Quizás conozcas o hayas estudiado con alguno. Otro primo llamado Marcelino Fdez Llanos estudió en el Instituto. Creo que es el más famoso, pues fue futbolista de Laciana.
    En cuanto al sastre, por la referencia de sus hijas, creo que se trata de Salvador. Este hombre estaba casado con Idalina, hija mayor de Pepe “El Síndico” de Villager. Tuvieron dos hijas: Nati y Pili. Las dos se casaron con sendos guardias de tráfico. En la actualidad la mayor,Nati, vive en León y Pili en Palencia.
    A mi también me hicieron mi primer traje a los 17 años, y fue con motivo de la boda de mi primo Enrique, en Benavente. Me lo hizo Salvador y la chaqueta tenía una raja.
    Saludos y enhorabuena por tus relatos.

    • Hola Eulogio. He hablado en diversas ocasiones con Marcelino Fernández Llanos sobre su proyecto de reeditar el periódico La Montaña Leonesa y, en cierto modo, fue el causante de que empezara a dar a mis recuerdos sobre Villablino el formato en que se publican en el blog.
      De las hijas de Salvador el sastre, si recordaba que una se llamaba Pili.
      La gracia de los comentarios como el tuyo es que redondean las historias.
      Un saludo.

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