Sacar el agua del río (el frailecillo de Selima)

FraileDelTiempo512

Desde la época de los romanos las laderas de Peña Cefera y montes aledaños, estaban surcadas de canalizaciones, incluso talladas en la pura roca, para lavar el mineral y obtener el oro. Probablemente con poca cantidad de agua era suficiente para esta actividad minera, pero cuando se trataba de empapar el terreno de la parte baja del valle, se necesitaba llevar el río a las praderas. Y eso es lo que se hacía todos los veranos, una vez acabada la siega de la yerba, en los pueblos de la ribera del río Omaña y de todos sus afluentes. Era una tarea comunal que se denominaba literalmente “sacar el agua del río“.

En un punto del río cuya cota aseguraba que el agua regaría los prados de varios cientos de metros aguas abajo, se construía lo que se denominaba un puerto consistente en una barrera para detener el agua, embalsándola para así derivarla hacia la orilla del río donde estaban los prados que se quería regar. Con robustos troncos de aliso que es una madera que se conserva en el agua durante mucho tiempo, se preparaban varios zancaos en forma de letra ele con su ángulo enlazado a hacha, y se colocaban en mitad del río con las dos puntas bien asentadas en al cauce quedando río abajo el extremo de la parte corta de la ele, a una distancia de dos o tres metros un zancao de otro. Transversalmente entre cada dos zancaos se colocaban ramas resistentes de los mismos alisos o de palero apoyadas en la parte larga de la ele, de manera que se iba formando una rampa desde el cauce del río hasta la parte más elevada de los zancaos, el ángulo de la ele. Encima de estas primeras ramas se colocaban otras en el sentido de la corriente, con el tronco en la parte alta de la rampa y para que no se escapase el agua entre el ramaje, se echaban encima varios carros de tierra roja que se compactaba haciendo de impermeabilizante.  Para que con la crecida del invierno la corriente no socavase por debajo del ramaje, se colocaban piedras bien pesadas donde las ramas se juntaban con el cauce y cascajo más menudo con lo que se creaba un nuevo cauce que con el tiempo las ocas y otras plantas acuáticas ayudaban a fijar.

En la zona de Vegarienza recuerdo grandes puertos como los de La Fontanina y El Requejo, aunque el más espectacular estaba poco antes de Aguasmestas, en el Campo del Borro. Tampoco era manco el de la sierra de El Castillo.

El resultado era que el agua se embalsaba hasta la parte superior del puerto, alcanzando el nivel necesario para desaguar por la acequia lateral que iniciaba el complejo sistema de riego. Los que solo caminaban por la carretera, ignoraban que toda la zona de praderío estaba surcada de un sistema de canalizaciones que llevaban el agua hasta la última brizna de hierba. A partir del puerto el agua llegaba a cada prado por una zanja principal excavada en el terreno, que empalmaba con la del prado que le precedía, lo atravesaba y continuaba en la siguiente finca. Nada de cemento ni obras de fábrica que mantener, solo limpiarlas de hierbajos de vez en cuando. Con una compuerta de madera colocada transversalmente en la zanja o presa y que se apoyaba en un tronco de madera que cruzaba la presa, el agua se embalsaba y salía por zanjas laterales menores que repartían el agua por todo el prado y que finalmente se derramaba en el terreno por canalillos o torcas superficiales. Era lo más parecido a un sistema circulatorio en árbol que volvía a arrojar el excedente de agua al río.

El río quedaba tan menguado tras la sacada del agua, que las mujeres tenían que correr los lavaderos más hacía el centro del cauce para poder seguir lavando la ropa y buena parte de las truchas que vivían en las corrientes tenían que refugiarse en los pozos próximos. Mientras todo el año era necesario usar el puente de casa Selima para pasar de una margen del río a la otra, ahora, con el caudal tan reducido, por muchas partes del río se podía atravesarlo sin mojarse pisando en piedras “pasaderas” que, a cambio de un buen ejercicio de equilibrio o con la ayuda de un palo, evitaban grandes rodeos. Los pescadores se las veían y deseaban para meter la boya y los mosquitos en el agua, que en muchos sitios era tan escasa que solo corría debajo de las ramas de los salgueros. El río Baltaín que venía desde Pico Pelao quedaba tan exhausto después de los riegos de Sosas, Garueña y los prados de El Valle de Vega, que era incapaz de sobrepasar la casa de Corsino. De allí en adelante todo eran piedras secas y el cauce era invadido por las olorosas hortelanas.

Si el puerto estaba bien hecho y la avenida primaveral no era excesiva, lo normal era que durase de un año para otro y solo era preciso tareas de mantenimiento añadiendo más ramaje y tierra. En invierno el agua rebosaba por encima del puerto y caía en cascada por delante de los zancaos, por lo que a continuación del puerto solía formarse un pozo de dos o tres metros de profundidad, refugio de abundantes truchas que se encontraban seguras en el entramado de leña del puerto. Solía haber buenos ejemplares que acostumbrábamos a observar tumbados sobre el ramaje del borde del puerto, soñando con que alguna picaría en la línea de mosquitos de nuestra caña. Río arriba del puerto, el agua remansada se denominaba tablada y solía ser un buen lugar para pescar truchas al sereno, cuando empezaba a anochecer, momento en que las truchas no cesaban de cebarse comiendo los mosquitos que hacían su puesta en la superficie del agua. Aquello era un festival de truchas saltando a por los mosquitos que volaban o de silenciosas boqueadas para engullir los mosquitos que flotaban en la superficie y que llenaban la balsa de ondas concéntricas que se entrecruzaban.

En las llamas o prados más altos donde no llegaba el riego del río, se aprovechaba el agua de arroyos y fuentes como la de Riospino, para embalsarla en cuencos de tres o cuatro metros de diámetro y uno o dos de profundidad formados en el terreno. Tenían una salida en el fondo que se tapaba con una losa o pizarra, que la presión del agua empujaba contra la pared del receptáculo evitando que el agua se escapara. Cuando el cuenco estaba lleno, se empujaba la losa con un palo desde el exterior del pozo hasta tumbarla, de forma que el agua se precipitaba por las zanjas en un riego intenso y de corta duración. Apenas si quedaba algo de agua en el fondo para la subsistencia de ranas y salamandras.

El agua era un bien preciado, pues de ella dependía que los prados dieran un buen otoño y que las patatas y otros cultivos de regadío cubrieran las necesidades de todo un año. Entonces ni siquiera habíamos oído hablar del anticiclón de Las Azores, pero allí estaba desde tiempo inmemorial sobre las islas y algunos años que se obcecaba en no dejar pasar las borrascas, sus efectos perniciosos llegaban hasta Omaña en forma de sequías que secaban las fuentes y los ríos y agostaban los pastos. Se revisaban los puertos con esmero para que no dejaran pasar el agua que necesitaban los prados y tierras de regadío, pero aún así era insuficiente y la gente no dejaba de mirar al cielo a ver si se barruntaba el más mínimo indicio de que llovería.

Como sucede casi siempre que el hombre no encuentra soluciones ordinarias a sus problemas, comienza a mirar al cielo esperando alguna ayuda excepcional. Con ocasión de alguna sequía prolongada, yo asistí en Vegarienza a una procesión con el santo sobre las andas y varios curas vestidos con alba y portando hisopos, seguidos por todo el pueblo rogando que lloviera. Recorríamos todo el pueblo detrás del santo, el cura haciendo aspergis con el hisopo de tanto en tanto como símbolo del chaparrón que se esperaba, salmodiando una cantinela interminable en la que el cura, creo que era don Abundio, iba invocando a una serie interminable de santas, a cada una de las cuales el populacho rogábamos, medio  en castellano y medio en latín, que oyera nuestras súplicas y nos mandara la lluvia:

……………………………………………….
Santa Águeda – Te rogamos, audi nos
Santa Brígida  – Te rogamos, audi nos
Santa Eudovigis – Te rogamos, audi nos
………………………………………………..

Después de cada procesión de rogativas por la lluvía, yo me apresuraba a ir a casa Selima y ver que decía la varita de un fraile capuchino, casi irreconocible de tanta cagada de mosca como tenía encima tras muchos años de estar de guardián del tiempo, para valorar si la procesión tendría éxito o no. Era evidente que ni los profesionales del rezo tendrían buenos resultados si el tiempo estaba de no llover, porque así lo había decidido el anticiclón de Las Azores. Aunque yo era monaguillo y crédulo, pensaba que más les valdría a los curas tener un monje como el de Selima para épocas de sequía y no hacer el ridículo con la procesión y los rezos si al monje no se le empinaba la capucha.

Siempre miré al fraile de Selima con curiosidad, preguntándome por el principio misterioso de su funcionamiento. Más adelante supe que todo el misterio radicaba en un pelo de crin de caballo que aumentaba su longitud con la humedad, de forma que el brazo del fraile descendía hasta el letrero Húmedo o Lluvia y le cubría la cabeza con la caperuza. Un mecanismo tan sencillo como la plomada, no podía fallar. Y estaba claro, si la varita del fraile señalaba tiempo seco y tenía la capucha quitada, de nada valdrían procesiones y plegarias. Sería igual que si por medio de una procesión o muchos rezos a san Salvador, se consiguiera que la cuerda de la plomada tirase de ella hacia arriba. Lo que además de difícil es imposible, vale más no intentarlo ni con la intermediación de santos y santas.

En estas situaciones, denominadas de “pertinaz sequía” en el lenguaje oficial del régimen, los veraneantes encantados pues el asunto no iba con ellos y los lugareños echando las muelas y leyendo con ansiedad cada día la hoja del calendario del Sagrado Corazón por si anunciaba algún indicio de agua. Pero lo más que el cielo inmisericorde concedía, era alguna tormenta a destiempo que mojaba la hierba segada o las facinas de centeno que esperaban la maja. Aquella sequía solo era buena para los surfistas de secano, que nos entreteníamos bajando en tabla sobre la hierba agostada de las pendientes de las Llamas de Castriello (ver Las Llamas de Castriello), mientras las vacas rebañaban una y otra vez la yerba amarillenta y sin sustancia.

Varios meses después de que el cura lo pidiera, los cielos se abrían y no paraban de enviar nieve y lluvia que se llevaba los puertos y los chopos de la ribera del río Omaña que protegían los prados. El río crecido y con ganas de desquite de tan prolongada escasez, aprovechaba para dibujar un nuevo cauce después de merendarse algún que otro prado, con su tendencia atávica de tirar por derecho. Hasta el Baltaín, aprendiz de río, se envalentonaba y atascaba con troncos y ramas el puente haciendo que el agua pasase por encima de la carretera, de forma que Urbano tenía que subir por la cuesta para llegar al pajar donde guardaba las ovejas. Creo que en pocos sitios se rezaba más que en aquellos pueblos, pero de poco servía tanta inversión en asuntos celestiales cuando el anticiclón de Las Azores le decía al fraile de Selima que de subirse la capucha, nada de nada.

Salvo pedir la intercesión a los santos, todo el proceso se encuadraba en la ecología natural que practica sin saberlo todo el que vive de la naturaleza y la cuida. Aún sacando grandes cantidades de agua del río a los prados, quedaba agua para las truchas y las lavanderas y el fraile de Selima funcionó durante décadas sin una maldita pila. Vive y deja vivir, era la consigna no escrita. Al poco, en las costumbres tradicionales se incrustaron las bombas de gasolina PIVA que sin gran trabajo permitían sacar agua del río en cualquier punto y el plástico negro, cien por cien impermeable, sustituyó a la tierra roja de los puertos, de forma que el río se quedaba casi seco cada verano. Los hijos y nietos de aquellos constructores de puertos buscaron en otros lugares un modo de vida más cómodo y ahora son los valles de la cuenca del río Omaña los que se han quedado secos de gente, creo que ya para siempre.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: distrito22.es

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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4 pensamientos en “Sacar el agua del río (el frailecillo de Selima)

  1. Cómo pueden cambiar tanto las cosas en tan corto periodo de tiempo, tiempo que en este contexto sería adecuado medir por clepsidra. Decía Saramago que la persona que más le enseñó en la vida era un campesino analfabeto. Su abuelo. Qué sabias eran las personas que habitaban estos pueblos, capaces de hacer e intuir cualquier cosa mejor que cualquier universitario, autosuficientes para todo.
    La desesperación por la miseria que conllevaba la sequía les obligaba a salir en rogativas, porque ellos, sólo escuchando el crujir de la hierba ya sabían si la lluvia estaba próxima o no. Por lo menos eran dueños de los pocos recursos que tenían, ahora con la amenaza de que desaparezcan las juntas vecinales; hasta eso está en riesgo.
    Siempre aprendo algo de ti, nunca había oído “zancaos”. Saludos.

    • Greta, esa reflexión sobre cuanto han cambiado las cosas en tan poco tiempo fue lo que me movio a escribir estas historias para mis nietos por difíciles de imaginar hoy día.
      Hablando de clepsidras, los rodeznos de los molinos omañeses podrían haber servido para medir eltiempo, aunque en verano habrían retrasado algo tras la sacada del agua.
      Saludos

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