Dolce far niente (a la omañesa)

Pausa en el baño del pozo La Puente en Vegarienza (desde la derecha el autor, Emilio García de la Calzada, Loli la de Corsino y Jose, primo del autor)

Pausa en el baño del pozo La Puente en Vegarienza (desde la derecha el autor, Emilio García de la Calzada, Loli la de Corsino y Jose, primo del autor)

Mientras mi abuelo mantuvo el estatus de labrador y ganadero, los veranos en Vegarienza estaban repletos de las obligaciones inherentes a esta actividad. Había que guardar las vacas a diario y participar en las tareas del campo como uno más y no podíamos considerarnos, en modo alguno, veraneantes desocupados. Solo guardar las vacas podía ocuparnos seis u ocho horas al día. Si tocaba arar el patatal de La Puebla, estabas caminando delante de la pareja de vacas desde bien temprano hasta la hora de comer. Cuando llegaba la siega de la yerba, eran días de no parar. Y así todo el verano. Había trabajo para todos, todos los días.

Cuando el abuelo dejó aquella incesante actividad por imperativo de la edad, pasamos a ser veraneantes como los demás y nuestra principal ocupación fue estar desocupados. No encuentro mejor forma de expresar lo que hacíamos desde entonces, que tomando prestada la consagrada frase italiana “dolce far niente” o, sin tanto idioma, nos diluíamos dulcemente en el encanto anestesiante del no hacer nada. Ya éramos igual que María Jesús la de doña Amelia o Tomasín el de Cándida o Loli la de Corsino o las hijas de Ulpiano. Salvo que tuviéramos alguna asignatura pendiente, el principal problema de cada día era como rellenar el tiempo libre. Aquello se convirtió en una escuela de holgazanes y descubrimos el dulce encanto de no hacer nada, solo perturbado por ramalazos de la mala conciencia que no se acostumbraba a tanta mangancia.

El patrón de cómo transcurría cada día solía ser una copia del día anterior, con muy pocas variaciones. No levantarse demasiado temprano pero tampoco descuidarse si querías probar la nata en el desayuno, que transcurría sin demasiada prisa hasta que había que dejar sitio en el escaño de la cocina a los que iban apareciendo, esforzándose en ver claro a través de las legañas. Después había que arreglar algo la habitación, sin pasarse o, en el colmo de la pereza que nos atosigaba desde bien temprano, remolonear lo suficiente para que la tía Pili se te adelantara. Un poco de charla intrascendente en el corral o la huerta, vigilando como iban las manzanas y las ciruelas claudias, cuidando no humedecerte las alpargatas con el orbayo (rocío) mañanero. Leer algo de lo poco que se tenía a mano y sentarse un rato en la escalera de la carretera a ver quien pasaba por allí y por si en el autobús se vislumbraba a alguien conocido. Si la mañana se alargaba mucho, era muy socorrido tumbarse a la sombra de los chopos, en la ligera pendiente con que El Pradico descendía hacía el río, a contar nubes hasta que la musiquilla de las hojas de los chopos batidas por la brisa del río Omaña te hacía perder la conciencia y zambullirte en una ligera siesta matinal.

Cuando ya el sol te había calentado un poco el cuerpo, y tras vencer la tentación de posponerlo de nuevo, te ponías a hacer algún arreglo aplazado ya infinitas veces pues te habían puesto en las manos el martillo y las puntas en clara alusión a que la cosa pasaba ya de castaño oscuro. A veces había que coger la azada y un bote para sacar morucas (lombrices) para que mi padre pescara, cuestión que a medida que avanzaba el verano era cada vez más difícil pues los gusanos ahondaban más y más en el terreno buscando la humedad huidiza. Malditas lombrices, estas si que nos obligaban a trabajar. Así de difícil era el transcurrir de la mañana hasta llegar al mediodía en que iniciábamos, un poco agalbanados por el sol en todo lo alto, el paseo hasta el pozo La Puente, junto a casa de Floro, para bañarnos. Hay que tener en cuenta que al no ser veraneantes de toda la vida, que manejan el tiempo de ocio con mucho oficio tras generaciones de entrenamiento, vivíamos el estar desocupados con una cierta sensación de culpa por tanta holgazanería, después de muchos años de oír que había que ganarse la vida con el sudor de la frente. Y esto cansaba casi más que el trajín a que nos sometía mi abuelo, con lo que la galbana que nos invadía era entendible.

Al otro lado del río, en la zona de cantos rodados que era lo más parecido a la arena de la playa o sobre la hierba de la orilla del camino, extendían sus toallas y cremas María Jesús, las de casa Gallo y alguna veraneanta más que no recuerdo. En la orilla de acá, encaramados en las peñas, estábamos los “sin toalla“, que tras cada zambullida teníamos que tumbarnos sobre la pizarra casi negra para secarnos, mirando al cielo con la esperanza de que ninguna nube se interpusiera entre el sol y nuestra carne de gallina. Solo quien se haya bañado en un río suficientemente caudaloso como el Omaña, entenderá el expolio de calorías a que aquellas aguas veloces sometían a nuestros entecos cuerpos. Unicamente Neo, con una cobertura corporal más que suficiente, era capaz de aguantar más de una hora dentro del agua, tentando piedras y recovecos de las peñas a la busca de truchas. Tras tres o cuatro zambullidas de escasos minutos en que intentábamos depurar nuestro perruno estilo natatorio, que en nada se parecía al elegante crol de Tomasín, y al borde de la hipotermia, iniciábamos la tertulia a pleno sol sentados en un tronco seco de chopo que había al lado de la era de Pedro, en la misma actitud que los lagartos, y empezando ya a pensar en las reconfortantes lentejas bien calientes que nos esperaban en casa. Ciertamente, era una vida muy sufrida.

Ya se sabe que la vida indolente afecta también al cerebro que reduce su biorritmo, por lo que en este duro transitar por el ocio era imprescindible el acompañamiento de los amigos y también los primos y los primos de mis primos, de forma que la acumulación de neuronas compensase su baja actividad. Mi primo Jose era un año menor que yo y todos los veranos llegaba a Vega con su madre, la tía Honorina, y sus hermanos desde Madrid. En la época de los abuelos hacíamos infinidad de cosas juntos, como ir con las vacas (ver La estampa) o ir por los pueblos próximos a comprar huevos (ver Guardianes del camino). Por el simple hecho de vivir en Madrid, me parecía que era un privilegiado y yo le miraba con la envidia del pueblerino. Todos los veranos traía alguna cosa que a mí me llenaba de envidia. Podía ser unas gafas de plástico irrompibles, con cristales también de plástico y de colores imposibles, que se podían tirar al suelo y pisarlas sin que les pasase nada. O una pistola con perilla de goma en la culata, que al apretarla lanzaba un chorro de agua muy fino con el que te dejaba empapado. Por él conocí a Diego Valor y a Mortadelo y supe que en Madrid había museos tan interesantes como el del Ejército y el de Ciencias Naturales. Era un suertudo, pensaba yo.

Su abuela paterna vivía en Garueña, a dos o tres kilómetros camino de Sosas, así como unos cuantos tíos y primos a los que visitaba periódicamente. De sus familiares de Garueña aprendía cosas ingeniosas, como hacer saltos de agua en el río que servían para mover pequeños rodeznos de madera que fabricaban a navaja y que daban vueltas incansablemente durante todo el verano. Debía ser una familia muy devota de san José pues dos primos suyos también se llamaban como él, con lo que para evitar líos con los nombres les llamábamos Pepón y Pepín, atendiendo a criterios de edad y volumen. A su paso por Garueña y en pleno verano, el río Baltaín traía tan poca agua que no había un solo pozo donde poder bañarse, por lo que era habitual que los dos pepes vinieran a Vega a bañarse en el pozo La Puente en lo que, según lo dicho, podría denominarse un “baño tertulia” con poco tiempo dentro del agua heladora y mucho de charla.

En alguna ocasión, ya con el traje de baño en la mano, el día comenzaba a nublarse a la hora del baño y había pocos valientes que se aventurasen a zambullirse sin la garantía de que la candela solar iba a lucir plenamente. La consecuencia era que había un par de horas de descoloque que había que llenar de forma improvisada. Y ya se sabe que, como decía mi abuela, “cuando el demonio no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo”. Uno de estos días semi nublados, estábamos los tres pepes y yo en una habitación de la casa de mis abuelos en Vegarienza cuando a uno de nosotros se le escapó una alegría intestinal, no puedo asegurar si fue un descuido o una provocación premeditada, que inmediatamente fue contestada debidamente y con rotundidad por los demás. La cosa se animó y aquello parecía el Orfeón Donostiarra con ribetes de cochinada. Cuando ya íbamos teniendo agotada la capacidad musical del intestino, Pepón nos asombró con un solo que duró un par de minutos de continuos alardes gasísticos, muy afinados y delicados por cierto.

Después de esta experiencia, más de un día nublado nos dedicamos a perfeccionar la técnica intentando emular a Pepón, pero no fuimos capaces. Pepón era algo mayor que nosotros, tenía cuerpo de atleta y practicaba algún deporte de lanzamiento como el disco o el peso, lo que le había aportado ciertas técnicas de entrenamiento y concentración y un espíritu de superación de las propias marcas que establecía una gran diferencia con nosotros, puros diletantes. Siempre ganaba estos concursos musicales, yo creo que por su capacidad de concentración y ya no sé si tras duros entrenamientos en privado. Era una gloria verle de rodillas en el suelo de tabla de la habitación, con los codos apoyados en la cama y la cabeza entre las manos, con sus distinguidas gafas de estudiante universitario que daban al experimento un cierto tono científico, bien concentrado para controlar el intestino que vaciaba con sonoridad de órgano catedralicio, mientras nosotros íbamos contando …….catorce, quince, dieciséis ……… Era un fenómeno en esta disciplina en la que a buen seguro jugaba un papel importante tener la musculatura abdominal y glútea bien entrenada. Y algo de música debía saber por lo armónico de la ejecución, que siempre terminaba con felicitaciones algo envidiosas de los presentes.

Pido disculpas por esta digresión escatológico musical, pero me ha parecido ilustrativa de hasta qué punto teníamos que aguzar el ingenio para rellenar el tedio veraniego los que éramos veraneantes sobrevenidos y que no requerían los veraneantes de toda la vida, entrenados ya a no hacer nada desde la cuna. Abandonemos estos territorios escabrosos y volvamos a lo políticamente correcto, pues aunque no lo parezca a juzgar por los últimos párrafos éramos gente decente, para seguir contando como discurrían nuestras tardes.

Después de las reparadoras lentejas que reponían algo del calor perdido en el río, una potente siesta bajo la colcha que, a veces, daba lugar a alguna pesadilla en la que el abuelo nos urgía a bajar al corral para ayudarle a uñir las vacas pues había que traer un carro de arena para alguna obra en la casa. Era la mala conciencia de tanta holganza, después de años de no parar. Para transitar del mundo onírico al real era muy apropiada la sombra de los perales en la huerta, donde las mujeres de la familia se congregaban con sus labores y su charla reposada que nos ayudaba a regresar poco a poco al mundo de los despiertos. Estas laboriosas mujeres que no habían cambiado su ritmo de trabajo después que el abuelo dejara su actividad campesina, seguían a lo suyo cosiendo, tejiendo y pensando en cómo resolverían la cena, pues aunque nos habíamos convertido en una pandilla de holgazanes no por ello comíamos menos que cuando trabajábamos duramente.

Si mi padre no pescaba esa tarde y una vez bien despierto, me ponía a revisar sin prisa los anzuelos y tanzas para echar unas cañadas en el río con Tomasín y Pepe el de Faustino. Era una travesía río arriba, que transcurría entre las ocurrencias de Pepe y subirse a los salgueros para soltar el enganche de la cuerda de mosquitos, y que solía terminar en Aguasmestas en una timba de subastado en la que Pepe intentaba engordar la escasas pesetas que Pacita nos había dado por las truchas. Otra alternativa para la tarde era jugar un partido de tenis en la era de enfrente de casa, con una pista vagamente delimitada, una cuerda entre dos palos como red y mucho entusiasmo, que se traducía en infinidad de bajadas y subidas a la carretera a por la única pelota que teníamos en juego.

Por la noche después de cenar, calecho (reunión) en alguna parte del muro de la carretera que iba desde casa Milagros a la panadería, comentando las incidencias del baño o del partido de tenis o planeando como embromar con la caza del gamusino a algún visitante ocasional que no sabía de la existencia del mítico animal de la fauna omañesa (ver La trastada). Decidir si las cerezas de las Genuarias o a las del maestro Cordero estaban suficientemente maduras, también nos llevaba su tiempo. Todo el calecho transcurría bajo una bóveda estrellada, casi lechosa por la abundancia de estrellas de la Vía Láctea, como no he visto en otro lugar y todos muy juntitos para que el relente de la noche no se colase dentro del grupo. Comentar donde serían las próximas fiestas y quiénes y cómo íbamos a ir, también podía estar dentro del orden del día del calecho. Cuando ya empezábamos a tiritar por la brisa que subía del río, alguien comentaba que sería bueno empezar a considerar que quizá fuera razonable que alguien decidiera pensar que no sería descabellado plantearse la conveniencia de ir cerrando el calecho y volver para casa a refugiarse bajo los cobertores de nuestras camas. A la media hora de resolver el embrollo mental en que nos sumía tanta molicie, el más friolero iniciaba la retirada y cada grupo de mochuelos salíamos en busca de nuestro olivo, con el cuerpo dolorido de tanta actividad y dudando si habría fuerzas suficientes para superar el siguiente día del agotador verano en Omaña. ¡Ay abuelo, de tanto trabajar nos dejaste desamparados para afrontar una vida muy dura para la que no estábamos suficientemente preparados!

Cuando ya parecíamos aclimatados al dolce far niente omañés, se acabaron los estudios, hubo que empezar a buscar trabajo y aquellos interminables veranos de casi tres meses llegaron a su fin. Volveríamos a Vegarienza fugazmente cada verano, pero ya nada volvería a ser igual. Sin valor para zambullirnos en el pozo La Puente y con la incipiente familia propia que no daba tregua un solo momento, ni siquiera para añorar la época en que teníamos que quemar el aburrimiento como fuera.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi como las cuento. De las sensaciones no tengo duda)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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4 pensamientos en “Dolce far niente (a la omañesa)

  1. Estoy casi segura de que tú en esos veranos de fina holganza ya estabas ocupado archivando recuerdos para narrarlos ahora de esta forma tan vívida.
    Qué moral teníamos, bañándonos en el río que cuanto más al norte más fría estaba el agua por estar más próxima la de “fuentes blancas”. Pero era eso o nada, ni siquiera ducha había en muchas casas, así que, al río aunque nos castañetearan los dientes, tampoco mucho porque en verano precisamente era cuando no había tiempo ni para rascarse. Un saludo.

  2. Se te han olvidado los episodios de casi ahogamientos que se produjeron en el pozo. Me acuerdo de toda esa gente. A Pepón le vi en el entierro de Tia María pero no me acerque pues ni se acordaría de mi.

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