Síndrome de la página en blanco (o cómo llenar huecos)

Chiste512

Viñeta del periódico La Montaña Leonesa.

Es fácil imaginar la angustia del director de turno de un periódico como La Montaña Leonesa de Villablino al ponerse ante las seis dobles páginas en blanco que había que llenar de contenido en cada edición. Un periódico sin reporteros, ni redactores, ni maquetadores, ni nada de nada. Solo un hombre entusiasta actuando de director a tiempo parcial y algunos colaboradores ocasionales que le enviaban poesías o cartas al director o sesudos estudios sobre la higiene en los establos o cualquier otro tema. Sabe que algunos espacios se llenarán solos echando mano de la lista de defunciones, nacimientos y bodas, o incluyendo los acuerdos del pleno municipal o la lista de aprobados de fin de curso y los programas de las fiestas patronales. Pero aun así seguirían quedando muchos espacios en blanco, un blanco que en los momentos de mayor desánimo se torna oscuro, muy oscuro y todo será sufrimiento y ansiedad para cazar a lazo colaboraciones por aquí y por allá. Y si las colaboraciones no llegan, allí estará él con su máquina de escribir para ir recubriendo las malditas páginas en blanco con algo de sustancia. Él mismo escribirá algún espacio fijo y tomará al vuelo noticias singulares y anécdotas en periódicos o revistas, que aunque no tengan que ver con Laciana se leerán con interés. O eso quiere creer, aunque sabe que el principal uso que se hace en la región del papel periódico es envolver el bocadillo de la mina. Pero confía que las hojas de su periódico se salven de tal afrenta, pues le han dicho que se consideran pequeñas para tal menester y porque empapan mal la grasa. Contestará a las cartas al director y quizá se invente alguna sobre un asunto candente del que quiera manifestar su opinión, sin esperar a que alguien se lo pregunte. Y qué mejor que auto responderse a una carta para dejar las cosas bien claras y que, además, rellena el último hueco que faltaba para enviar todo a la imprenta. Por fin podrá respirar tranquilo durante lo que queda de día, para empezar otra vez mañana con la próxima edición, en una rueda que no cesa. Cuando mi padre sustituyó a Jesús Bances como director del periódico, se vio inmerso en un sin vivir como el que se ha descrito. Yo le veía buena parte de su tiempo libre delante de la máquina de escribir, metiéndose en el pellejo de El Duendecillo Hablador que contaba con mucha guasa las cosas que estaban por resolver en los pueblos de la comarca, buscando en alguna revista extranjera noticias que fueran aprovechables, preparando el crucigrama en forma de casita que ocupaba el centro de una de las páginas, revisando las escasas colaboraciones que le llegaban y calculando cada poco cuanto espacio le faltaba aún por completar. Tal como se dice en Así vivimos La Montaña Leonesa, varios de los hermanos ayudábamos en tareas rutinarias de etiquetado y distribución del periódico, pero eso no llenaba las páginas en blanco. Yo quise dar un paso más y me propuse ayudar a rellenar aquellas páginas huérfanas que tanto obsesionaban a mi padre. Me di cuenta que La Montaña Leonesa debía ser el único periódico del mundo que no tenía chistes gráficos y se me ocurrió intentar llenar ese hueco y, de paso, darme pote con los amigos por aparecer en el periódico como colaborador. Sobre un retazo de papel vegetal que no le servía a Dugi Almarza para delinear los planos del pantano de Villarino y con los útiles del último curso de dibujo, me propuse interpretar lo que yo creía que sucedía en el cielo terrestre al final de la década de los cincuenta del siglo veinte. Acababa de comenzar la carrera espacial que tenía a rusos y americanos enzarzados en una competición tecnológica y propagandística que acentuaba la guerra fría entre Estados Unidos y Rusia, que se dotaban con arsenales atómicos crecientes con los que cada uno buscaba amedrentar al otro. Sin haber vivido aquel ambiente de tensión que dividía al mundo en dos, no se entenderá lo que yo quería transmitir con la viñeta que encabeza el post. Dos perritos astronautas, uno ruso y otro americano y ajenos a esta pelea, se saludan amablemente cada vez que sus cápsulas se cruzan en el cielo, con el beneplácito de una Luna de tebeo. Contemplando el resultado, que de tan naif parecía hecho por un niño de párvulos y evidenciaba mis escasas dotes de dibujante, decidí no enseñárselo a mi padre hasta no refinarlo un poco más, pero al ver sus angustias de cierre de edición por el escaso material disponible, se lo enseñé con cierta aprensión. Miró al dibujo y a mí alternativamente varias veces, sopesando como decirme que aquello le parecía una mamarrachada y, sin mediar palabra, lo dejó sobre el batiburrillo de originales con los que ensayaba una y otra vez lo que serían las páginas de la próxima edición, por si milagrosamente alguno aumentaba de tamaño y le permitía rellenar todos los huecos. No volví a saber nada del chiste hasta que al abrir el periódico vi mi tosco dibujo en la esquina de una página. Tuve un subidón de autoestima hasta que enseguida me sentí avergonzado al reparar en lo ridículo de la firma, Emilito Majareta con claras reminiscencias de lector de TBO, que seguro me harían pagar cruelmente mis amigos y, como un fogonazo, percibí que mi dislexia había convertido el Sputnik en Spuknit y el Explorer en Exploret. No había dado ni una en el clavo y allí estaban todos los errores a la vista de mis amigos. Creo que hice otro chiste más pero no recuerdo si se publicó o no y aquí acabó mi historial de humorista gráfico de La Montaña Leonesa, empeñado en ayudar a llenar huecos. Decidí que tal vez podría ayudar en asuntos más prosaicos, menos pretenciosos que los chistecillos, y acepté sin dudar cuando mi padre me dijo que podía ocuparme del cobro de los recibos de publicidad, que junto con las suscripciones y la venta del periódico permitían la supervivencia económica. Sudores aparte de tanto subir cuestas a lomos de la bicicleta de Correos hasta Villaseca y Caboalles, a primera vista podría parecer que cobrar recibos sería una tarea sencilla, pero no siempre era fácil. En contraste con el desprendimiento muy profesional con que me entregaba las quinientas pesetas el cajero de La Minero Siderúrgica por su anuncio, en algunos comercios y bares mi visita de cobrador provocaba una desazón más que evidente a cuenta de recibos de no más de veinticinco pesetas. El dueño cogía el recibo con las dos manos y lo revisaba de arriba a abajo, estudiando con minuciosidad si él era el aludido y si el importe o la fecha eran incorrectos por si podía rechazarlo. Cuando se convencía que todo estaba en regla, entraba y salía de la trastienda con la mirada ausente intentando recordar en qué lugar había guardado el dinero para la ocasión. A veces se demoraba conversando en la trastienda con alguien, o quizá hablando consigo mismo, hasta el punto que me daba tiempo a pensar que en vez de buscar el dinero lo estaba “poniendo”, al modo en que las gallinas ponen los huevos. En estos casos cuando me entregaba el importe, aunque los billetes estuvieran tersos y las monedas relucientes, yo los recibía con cierta aprensión precipitándolos, casi sin tocarlos, en el bolsillo del pantalón. No recuerdo el dinero que me pagaban cada vez que realizaba el cobro, pero sí que lo guardaba con esmero en una caja metálica que había sido de cigarrillos. Mis ahorros crecieron mes a mes hasta que en el Campo Municipal se instaló una pista de coches de choque con una musiquilla machacona que incitaba a subirse a aquellos chismes, pues me gasté una buena parte de mis caudales compulsivamente, como no había hecho nunca antes. Pero, digo yo, ¿cómo resistirse a aquella excitante diversión que, además de mostrar lo hábil que yo creía ser conduciendo aquellos bólidos que se movían dejando una estela de chispas en la rejilla del techo, te permitía interactuar de forma tan brusca y excitante con las chicas? Así pasé de los chistes a los coches, concluyendo que era más sencillo conducir un coche que hacer chistes buenos y que era más eficaz llamar la atención de una chica con un buen choquetazo que andar rondándola cien años. No hay como las simplificaciones para auto motivarse tras la frustración por no triunfar como chistero. La Montaña Leonesa continuó su peripecia sin chistes gráficos, como hasta entonces, y mi padre tuvo que escribir algunas líneas más en cada número para rellenar el hueco que habían dejado mis esputniks.

En el post Periódico La Montaña Leonesa, puede verse la reproducción de algunos ejemplares.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi como las cuento. De las sensaciones no tengo duda)

Imagen tomada de: periódico La Montaña Leonesa

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

2 pensamientos en “Síndrome de la página en blanco (o cómo llenar huecos)

  1. Qué historia más tierna, supongo que tendrás la página enmarcada.
    Además de para envolver el bocadillo, también eran muy buenos para limpiar los cristales. Había un componente en la tinta que les hacía brillar y no quedaba otra que frotar y frotar con la incómoda bola de periódico seco. Un saludo.
    P. D. He llegado a la conclusión de que David es alguien muy allegado a ti. Yo me preguntaba por qué te daba tanta caña con lo bien que lo haces.

    • Que va, aún me da vergüenza ver la viñeta. Hacía más de cincuenta años que no la veía hasta que me la envió hace unos meses Marcelino Fdez Llanos de Villablino que dispone de todos los ejemplares del periódico.
      Efectivamente, se me había olvidado el buen resultado que dan las hojas de periódico para secar los cristales.
      Si, David es, además de mi crítico de cabecera, hijo. Ya sabes lo de la cuña de la propia madera, pero le agradezco su constancia además de que muchas veces tiene razón.
      Saludos, Greta.

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