El desván (leer y fisgar)

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Si no era verano, cuando oscurecía en Vegarienza había que estar recogido al calor de la cocina de leña para cenar y rezar el Rosario. Cuando el abuelo no estaba por contar alguna historia, el tiempo que iba desde los rezos hasta la hora de ir a la cama había que llenarlo con la lectura de cualquier cosa que tuviéramos a mano, que no solía ser mucho. A los ocho o nueve años me dejé los ojos, por la escasa luz de la bombilla o del candil que la suplía cuando en el generador de la sierra había algún problema, leyendo por dos veces la versión para jóvenes de El Quijote que había en la escuela, no solo porque me divertía sino porque llenaba el tiempo. También echaba mano de los libros de la biblioteca de la parroquia que había creado don Abundio el cura, de algún ejemplar del diario Proa que de vez en cuando llegaba a casa y de las hojas del calendario del Sagrado Corazón cuando no había podido leerlas a la hora del desayuno, los días que el pastor del rebaño del pueblo se había adelantado y me obligaba a sacar pitando las ovejas del abuelo.

Cuando subía a dormir, miraba codicioso un ejemplar de Los cipreses creen en Dios que estaba encima de la mesilla de la habitación de mi tío Pepe. Pero me intimidaba su tamaño y el que pudieran pescarme leyendo un libro para mayores, que era casi pecado. Cuando mi tío Pepe volvió de permiso de sus prácticas de milicias universitarias, colocó su pistola Luger de oficial sobre el libro, y allí estuvo durante un tiempo como reforzando la prohibición de leer algo que no era para infantes. Seguí sin leer el libro, pero dediqué buenos ratos a observar la pistola de cerca, sentir la frialdad del cañón y pasar la uña por la madera estriada de la culata mientras atendía a los ruidos que venían de la planta de abajo para esfumarme y no ser sorprendido en actitud de fisgar donde no debía.

Como muchos chavales de la época que no disponíamos de otro entretenimiento que no fuera la lectura en los momentos de ocio en casa, yo era un lector compulsivo y andaba siempre a la busca de algo que llevarme a los ojos. Cuando estaba de pastor en solitario, me ensimismaba en la lectura hasta el punto de olvidar que mi misión era cuidar de los animales. Esta actitud de lector reconcentrado hizo que en una ocasión (ver El lobo) ni me enterase de que el lobo estaba a menos de cien metros de mí, ajagando (hiriendo) a unas cuantas ovejas del rebaño del pueblo. O como cuando era pastor en solitario que se me iba el santo al cielo enfrascado en la lectura, hasta el punto que se pasaba la hora de arrear las vacas para casa y, cuando volvía a la realidad, estaban todas paradas al lado de la portillera con las ubres tan llenas que se les salía la leche a chorritos por la punta de los tetos, y tanteando las talanqueras con los cuernos intentando salir del prado para llegar a casa y que su jatín hambriento y las manos de las ordeñadoras les liberasen de la pesadez de las ubres que casi no les cabían entre las patas.

Ya un poco mayor el problema no volvió a ser el lobo, pues aprendí a estar atento con semejante bicho, sino buscar sitios reservados para leer lo que los mayores nos prohibían. Algunos eran tan incómodos como los árboles de la huerta, que impedían la concentración adecuada pues un descuido podía costar un descalabro y era necesario no pasarse de la hora, pues debajo de su sombra tenía lugar la tertulia familiar posterior a la siesta ya que  si empezaba a llegar gente no podías bajarte hasta que todos se hubieran marchado un par de horas más tarde. Pero el lugar de lectura más incómodo que recuerdo era el tejadillo de las puertas carreteras del corral, donde no se podía ni estar sentado por la escasa altura ni tumbado pues las vigas te partían el espaldar. Pero un buen rato de lectura bien merecía alguna incomodidad.

Usar sitios recónditos para leer a escondidas, a veces llevaba aparejado algún hallazgo que irremediablemente conducía al fisgoneo o provocaba enterarse de cosas que hablaban otros, no conscientes de mi presencia. Leyendo subido en el peral mientras transcurría debajo la tertulia familiar, no me dejaba otra opción que enterarme de lo que se hablaba unos metros debajo de mí, aunque no recuerdo haber conocido ningún secreto familiar pues en mi familia todos eran muy discretos y si había habido alguna conducta inconveniente simplemente no se hablaba de ello. Leyendo en el tejadillo del corral, pude observar los preparativos de repostería para la fiesta de San Salvador almacenados en una habitación contigua, con balcón al corral y accesible desde mi sala de lectura, lo que me permitió dar buena cuenta de aquellas delicias reposteras con total impunidad (ver La culebra). Pero de todos estos lugares de lectura ocultos a los demás, ninguno como el desván.

La casa de mis abuelos era una casa enorme con tres plantas y doce o trece habitaciones más otras cuantas estancias, estaba construida sobre unas paredes exteriores muy gruesas y con tejado de losa y si excluimos algunos balcones y las fallebas de las ventanas que eran de hierro, el resto de elementos constructivos eran de madera: las ventanas, las puertas, las vigas que soportaban el tejado y los pisos de tabla de las distintas estancias. Entre las losas del tejado y el techo de las habitaciones de la última planta estaba el espacio más amplio, reservado y lleno de cosas variopintas: el desván. En un recodo del pasillo de la planta superior había en el techo una amplia trampilla, a la que se accedía subiendo por una escalera de madera de dos tramos colgada de la pared y que se desplegaba formando un solo tramo en ángulo de unos setenta y cinco grados con la pared. Los chavales teníamos prohibido subir al desván, al que solo accedían los mayores venciendo el reparo a subir por una escalera tan pendiente, sin barandilla y que se bamboleaba un poco. Una vez visitado el desván, cerraban la trampilla y recogían el último tramo de la escalera que quedaba colgada verticalmente al lado de la pared, creyendo que así nadie de la gente menuda subiría a aquella estancia.

Tuve necesidad acuciante de disponer de un lugar para la lectura aún más reservado que los usados hasta entonces, cuando empecé a leer las novelas del Oeste que me proporcionaba la prima Estela. Además yo era incapaz de sustraerme a mi inclinación a fisgar en aquellos lugares que estaban fuera de las estancias habituales en las que se convivía, sobre todo si había alguna prohibición expresa de entrar allí. Indudablemente el desván desafiaba aquellas dos inclinaciones mías aportando, además, total impunidad a lo que allí sucedía pues a ninguna persona mayor se le ocurriría pensar que podía haber alguien en el desván si la escalera estaba plegada y la trampilla cerrada. Era el escondite perfecto pues yo era capaz de subir sin desplegar la escalera, sujetándome con una mano mientras con la otra abría la trampilla y llevando el libro entre los dientes. Solo era cuestión de no hacer ruido. Además tenía la sensación de tener controlada mi “desaparición”, pues desde allí arriba se oía con claridad lo que se hablaba en las habitaciones, en el corral, en la huerta y hasta en el lavadero del río, por lo que siempre me enteraba si alguien me estaba buscando y era muy sencillo reaparecer en el momento y punto precisos con cara de no haber roto un plato.

Aunque el desván era extenso, la luz que entraba por una claraboya era suficiente para llegar a todos los rincones. Por la exposición del tejado al Sol, la primera sensación al entrar era de un ambiente recalentado y se sentía la presencia del polvo depositado por todas las partes, ya que hasta allí no llegaban las intensas campañas de limpieza de mis tías. Por todas partes había cagalitas resecas de ratón a pesar de las numerosas ratoneras cebadas con queso que, aún sigo sin entender por qué, no se habían disparado a pesar de que el cebo estaba roído por los ratones. Si en alguna visita encontraba algún ratón ya acartonado en las ratoneras, no lo podía decir por razones obvias pero recurría al truco de soltar a la hora de la comida, como sin querer, “Ayer oí ratones corriendo por el desván”, sabiendo que la abuela recordaría que había que revisar las ratoneras, con lo que el tufillo de ratón muerto dejaría de castigarme en la próxima visita al sancta sanctorum.

Allí estaba la bicicletona del tío Balbino, los palos de varear la lana, las manuecas con las correas para atarlas a los piértigos que el abuelo prepararía en la maja siguiente, somieres, cabeceros y piezas de cama, alguna maleta vieja de cartón, baúles, algún jarrón para el agua descascarillado, una silla de montar con estribos como los que había visto usar al cura don Restituto que supongo eran del bisabuelo Bernardino, una estufa de petróleo, unas maneas para sujetar las patas de los caballos que era un rompecabezas armarlas y desarmarlas, restos de la antigua tienda de los bisabuelos como recipientes metálicos de medida, cajas con cristales de ventana e infinidad de armatostes más que ya no recuerdo. La única zona despejada de trastos era donde, desde el otoño, se colocaba la cosecha de nueces y varias docenas de manzanas sobre un mullido de pajas que servirían de postre en Navidad. Las manzanas se reducían un poco de tamaño, pero seguían tersas tres meses después de cogerlas del árbol.

A todos aquellos trastos les dediqué tiempo de estudio suficiente como para que dejaran de intrigarme, momento en que el desván pasó a ser simplemente un lugar de lecturas prohibidas y muy adecuado para desaparecer cuando había que escaquearse de algún encargo o había que dejar pasar unas horas sin ser visto después de alguna fechoría y seguir al tanto de los comentarios al respecto que se hacían en toda la casa. Si la lectura era abundante, las visitas al desván menudeaban. Sentado en el suelo o en una caja de madera, me quedaba absorto en el libro hasta que se acababa o las tripas avisaban que era la hora de comer o cuando ya no sentía el culo como parte de mi cuerpo. Solo quedaba escuchar atentamente a que no hubiera nadie en la planta de arriba, para levantar la trampilla y descender al mundo ordinario.

En el fondo, leer es un poco fisgar en la vida de los personajes de cada historia. Cuando me cansaba de leer y el lugar era propicio, me relajaba fisgando por aquí y por allá, siendo casi inseparables emocionarse con la lectura y relajarse revolviendo entre los trastos. Pero a veces la actividad del fisgoneo se iniciaba por si misma, no como continuación de la lectura.

En una de las habitaciones de la planta de arriba había una vitrina cerrada en la que siempre nos habían prohibido tocar. Sabíamos que había sido del tío Paco o de Bernardino, los hermanos de la abuela, que habían sido médicos en Sosas y Vega y suponíamos que en su interior debía haber cosas interesantísimas. Las puertas eran de madera con cristales y estaban cerradas con llave, pero uno de los cristales se había roto y estaba sustituido por un cartón. Sabido es que las prohibiciones sirven hasta que alguien decide saltárselas y yo, después de tantos años observando la regla, decidí un día que había llegado el momento de meter las narices en aquella vitrina que sugería hallazgos sin cuento.

A través del cartón pude alcanzar algunas cosas que sacaba de una en una, mientras estaba con el oído atento a que no subiera alguien por las escaleras, cosa bastante sencilla con aquellas escalera y suelos de madera que crujían nada más posar el pie en las tablas. Salvo que se fuera un experto y supieras donde poner el pie en cada tabla de la casa. Había herramientas clínicas y quirúrgicas, todas ellas niqueladas, jeringas y agujas de todos los tamaños, frascos etiquetados que habrían contenido alguna medicación, bisturís y útiles que parecían de dentista, una lupa, aparatos singulares, un tapón de bronce del radiador de un coche con forma de cabeza de jefe piel roja, un candil de carburo niquelado para coche, y un sin fin de objetos más nada corrientes. Explorar todo aquello me llevó varias sesiones, pues era muy concienzudo analizando cada cosa e imaginando para que podría servir. Cuando ya no tuve al alcance más cosas, me las arreglé para alcanzar la aldaba que sujetaba las puertas contra una de las estanterías de la vitrina, con lo que las puertas se podían abrir y me dediqué a revolver con comodidad en toda la vitrina. En uno de los rincones encontré un revólver descargado que me dejó inicialmente helado. Cerré la vitrina y abandoné la habitación un poco asustado, pensando que el revólver era la causa de la prohibición de hurgar allí. Impresionado por el hallazgo, tardé varios días en volver, hasta que la curiosidad pudo más que la prudencia. Volví a abrir la vitrina y me dediqué a estudiar el arma con todo detenimiento durante varios días, extremando las precauciones para que no me sorprendieran. Cuando ya me había familiarizado con el revólver, me dediqué a ensayar los movimientos que hacían los vaqueros según había leído en las novelas. Le daba vueltas con el dedo metido en la guarda del gatillo, para empuñarlo y apuntar a alguien que estaba en la huerta como si se tratase de un enemigo imaginario o intentaba enfundar en los bolsillos que resultaban pequeños para tal cometido. Cuando me cansé de hacer el ganso, dejé de visitar la vitrina con asiduidad y solo volvía de tarde en tarde a mis sesiones de aprendiz de pistolero.

No recuerdo si los mayores se enteraron de la existencia del revólver porque me pescaron un día haciendo de El Coyote, o se lo dije yo motu proprio o como fue. El caso es que alguna persona mayor se hizo cargo del revólver y supongo que lo hizo desaparecer en mitad de un zarzal o en un lugar del río donde no se pudiera encontrar. Las cosas no estaban para bromas con las armas en aquellos momentos de la oprobiosa. Una vez explorada en su totalidad, perdí interés por la vitrina. Cuando me acerqué por allí años mas tarde, había sido saqueada totalmente. Hoy es el mueble bar en casa de mi hermana Julia. Como el comer y rascar, en aquellos tiempos para mi leer y fisgar solo era cuestión de empezar y el desván de mis abuelos acogió durante tiempo estos dos vicios inconfesables.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Autora de la fotografía: Julia García de la Calzada

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

9 pensamientos en “El desván (leer y fisgar)

  1. No cabe duda de que has sido un niño privilegiado, con ese largo y amplio abolengo intelectual en tu familia. Has tenido acceso a libros y artilugios que para otro niño lugareño eran una utopía.
    Cuántas cosas hacen los críos a escondidas de los adultos. O, quizá no tantas. No puedo imaginar las veces que me hice “la sueca” ante cosas en que pillaba a mis hijos y consideraba que no merecía la pena darme por enterada y echar la reprimenda.
    Ya lo dice el cuento, ante la proeza del niño, los mayores se preguntan cómo pudo hacerlo, la respuesta es fácil, porque no había un adulto que le dijera que no podía.
    Yo también me escondía para leer los pocos libros que conseguía, pero no porque no fuesen aptos, sino porque “era perder el tiempo” y más si eras niña, así que los iba escabullendo por los lugares de las tareas para irles robando páginas en momentos también robados.

    • Hola Greta. Como en muchas familias, en la de mis bisabuelos maternos había una parte más afortunada que la otra y te puedo asegurar que la mía era la que todavía se quedó apegada al terruño unos cuantos años más y, por tanto, con una vida muy similar a lo que tu pudiste vivir. Lo que si he pensado algunas veces es cual es el proceso por el que una familia de Sosas del Cumbral, campesina y ganadera, decide que alguno de sus hijos se dedique a estudiar y así cambiar radicalmente su destino. Saludos.

  2. Mi comentario no tiene que ver con tu escrito. Solo quiero poner de manifiesto mi preocupación por no encontrar nuevos escritos en tu estimado blog, sin haber mediado una despedida.
    Mis mejores deseos para ti. Espero algún comentario tuyo o de David.
    Un fuerte abrazo. Gregorio.

    • Hola Gregorio. David y yo tenemos debilidad por los hospitales y en eso estamos en las últimas semanas. No se cuando podré publicar algo nuevo de lo poco que tenía pensado, pues ni yo estoy seguro de su interés.
      Gracias por tus buenos deseos y un abrazo. Emilio.

  3. También nosotros estamos preocupados. Lo sentimos, deseamos que todo pase con buenos resultados. Esperamos tus escritos con ilusión.
    Un abrazo Antonio – Pili

  4. Emilio: Te deseo una rápida recuperación, y esperamos con impaciencia que nos deleites con mas relatos que nos transportan a otra época pasada pero reciente en nuestra mente. Un abrazo.

    • A Greta, Raquel, Higinio, Pili, Gregorio y todos los que seguís esperando nuevos posts quiero agradeceros vuestro interés por mi salud. No soy yo el enfermo sino mi hijo David del que habréis leído muchos comentarios en el blog, pues es el seguidor más crítico y entusiasta a la vez de mis ocurrencias. A la postre, el resultado es el mismo pues ni la cabeza ni el tiempo ya son lo mismo. Esperemos que las cosas vuelvan a su sitio y pueda seguir con las pocas cosas que me quedan por contar. Gracias y un saludo para todos.

  5. Emilio, mis mejores deseos de recuperación para tu hijo y animo, como tu dices las cosas volverán a su sitio y ya sabes que tienes lectores echándote de menos.

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