La cuesta de la estación (abordaje a las máquinas rodantes)

Placa en Murias de Paredes conminando a los conductores a poner sus vehículos a la velocidad de los viandantes.

Placa en Murias de Paredes conminando a los conductores a poner sus vehículos a la velocidad de los viandantes.

Cada vez que me veo obligado a parar el coche en el arcén de una autovía, el turbonazo de aire que desplazan los coches a gran velocidad me recuerda que me estoy jugando la vida. Esa misma velocidad que no se percibe si vas al volante, cuando eres un viandante te parece desproporcionada, poco humana, y pone en evidencia que los caminantes y los vehículos ocupan dos mundos distintos, como paralelos, que cuando se cruzan suele resultar fatal para los de a pie. En mi época de chaval, los vehículos y las personas convivíamos en el mismo espacio casi sin molestarnos. Las calles podían cruzarse por cualquier parte, los conductores sabían que estaban invadiendo territorio ajeno y solían ser bastante pacientes y considerados aunque algunos empezaban a reclamar su espacio tirando de bocina. En los puntos de conflicto de algunas ciudades como León o Ponferrada aún sin semáforos, el guardia urbano con su casco y manoplones blancos, un espectáculo imposible de pasar por alto, decidía cuando pasaban los coches y cuando los viandantes, todavía en un tono amable y sin conflictos. En los pueblos los vehículos aún no resultaban molestos y a veces se tomaban como una oportunidad para divertirse o ahorrarse una caminata, pues eran muy asequibles sobre todo cuesta arriba. Cuando llegué a Villablino en 1954 ya me había desconchado muchas veces las rodillas en Roa de Duero al tirarme en marcha de la parte de atrás del coche del médico, al que nos subíamos cada vez que lo encontrábamos subiendo una cuestecita donde aminoraba su velocidad de forma importante. Era un coche negro con la rueda de repuesto colocada en la parte de atrás, que utilizábamos de asidero hasta subir los pies al parachoques trasero al que arruinábamos el niquelado con nuestras botas llenas de barro. El conductor no se enteraba que llevaba un polizón, pues las ventanillas eran muy pequeñas, no tenía espejo retrovisor y solo se percataba de lo que sucedía delante de su parabrisas. Subir era relativamente fácil, pero complicado tirarse en marcha si te entretenías lo suficiente como para que el coche se embalase remontada la cuesta. La baja velocidad y la ausencia de visibilidad hacía atrás, propiciaba que los peatones “abusáramos” de las máquinas rodantes. En esta época aparecieron en Villablino las isocarros y recuerdo como le echábamos carrerillas a Ferreras cuando él iba empujando a su moto, cargada hasta los topes de carbón, con la mente y rezando para que no se le parase en mitad de la cuesta. Aquella velocidad de isocarros y camiones, tan próxima a la humana cuando llegaban a las cuestas, facilitaba que algunos chavales en bici se engancharan a las cajas de los camiones cuando pasaban por su lado y así subir sin esfuerzo las curvas que subían desde Rioscuro o la cuesta de la estación. O si coincidías con el autobús de Beltrán cuando casi se paraba, no había ningún reparo en subirse a las escalerillas traseras para ahorrarte una caminata hasta el bar Aída, donde te apeabas como si tal cosa. Las cuestas igualaban la velocidad de las máquinas y las personas y los descerebrados nos aprovechábamos de ello sin parar mientes en el riesgo que corríamos. Yo era un ciclista que asumía que las cuestas había que subirlas a base de piernas y pulmones y las afrontaba estoicamente intentando no tener que echar pie a tierra. Y así era casi siempre menos con la cuesta de la estación. La empezaba con furia, embalando la bicicleta en la plazuela de la estación y me iba desinflando poco a poco hasta que cerca de arriba, antes de llegar a la zapatería de Rouco, me apeaba mientras apretaba el freno para evitar que la bicicleta se escurriese hacía atrás y a menudo bajando la cabeza avergonzado si había alguien observando. Aquella cuesta me minaba la moral. Vez tras vez fracasaba en mi empeño mientras veía como algunos chavales la subían tan ricamente, enganchados a la caja de algún camión que se atrevía a trepar por aquel muro. Yo despreciaba a aquellos ciclistas ventajistas, mientras seguía estrellándome una y otra vez contra la cuesta por mi falta de fuerza. Pero igual que la virtud de un anacoreta dura hasta que se topa con una doncella maciza, yo empecé a pensar que aquella cuesta me la subiría con la gorra si en vez de tanto bache y piedra suelta, a causa de las torrenteras que formaban las lluvias, estuviera bien asfaltada. Que si la bicicleta de Correos que yo usaba era muy pesada, que el problema no estaba en la pendiente sino en las piedras, que si la cuesta acabara cincuenta metros antes estaría chupado, que la gravedad en Villablino tenía muy mala leche,….. Cuando se empieza a echarle la culpa a la gravedad, estaba claro que no tardaría en sucumbir a la tentación de dejarme ayudar un poco para vencer aquella cuesta y pronto empecé a preguntarme si tendría valor para agarrarme a algún saliente de la caja de un camión y si sería capaz de controlar con la otra mano la trayectoria de la bicicleta que saltaría entre las piedras sueltas que abundaban en los bordes de aquella carretera sin asfaltar y tan estrecha que a duras penas cabía el camión. Me atreví a hacerlo después de fijarme como lo hacían otros chavales, algunos de los cuales consideraba que eran peores ciclistas que yo. Dejé pasar bastantes camiones por mi lado hasta un día que, con la insensatez subida de tono, respiré hondo y me enganché a un saliente de la caja, con el sillín bien apretado entre los carrillos del culo, los pies firmemente puestos en los pedales a media altura y sin mirar a las ruedas del camión que proyectaban las piedras sueltas hacía la cuneta, intentando gobernar el manillar con firmeza pero con flexibilidad y preocupado solamente de por dónde iba la rueda delantera de la bici para controlar los rebotes en el suelo. De vez en cuando miraba fugazmente hacía adelante para no pasar por encima de algún caminante o caer en un agujero, mientras me preparaba para soltar el asidero en el momento oportuno. Las congojas en todo lo alto y la adrenalina a tope. Al llegar a la altura de la zapatería de Rouco me soltaba del asidero, adornándome con unas pedaladas sin esfuerzo aprovechando el último impulso del camión y teniendo cuidado de no enfilar el camino que bajaba hacía la bocamina del Travesal. A la sensación de alivio al separarme del camión se superponía el regusto desasosegante de los triunfos tramposos. Había cambiado el esfuerzo por el riesgo, venciendo a la cuesta de la estación fraudulentamente. Así empezamos claudicando de los principios y terminamos subiendo al Everest con bombona de oxígeno y subidos en la chepa de un serpa. Aunque respirase aliviado en su parte alta, sabía que la cuesta de la estación me había vencido nuevamente. No sé si fue por miedo o por ese poso de disgusto que dejan las actitudes tramposas, coincidiendo que me hice amigo de Juanjoel Polisia” deje de subir la cuesta de la estación, dopado con camionina, y me dediqué durante un tiempo a tirarme en marcha del tren en la recta de Rabanal (ver Villablino territorio comanche), otra muestra más de la falta de respeto que teníamos a los ingenios rodantes de la época. Hasta a los más inconscientes hay un momento que se les enciende el piloto rojo que les impide ir más allá y pronto dejamos de abordar a los vehículos con los que convivíamos. Pero como la cabra tira al monte, años más tarde me vi alguna vez yendo desde Moncloa a Paraninfo sujeto con una mano al asidero de la plataforma del autobús, lleno a rebosar, mientras con la otra mano sujetaba los libros y sintiendo como los coches casi nos rozaban la espalda. Ahora los coches van como centellas y no tienen ni un resalte del que agarrarse, por lo que los descerebrados de hoy se dedican al puenting y otros deportes extremos. Hoy los coches nos han desplazado totalmente de los caminos, que se denominan carreteras y autovías, y yo mismo soy un conductor pausado que hasta se asusta de los coches cuando camino por la acera. Quién me ha visto y quién me ve.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Autor de la fotografía: A. de la Villa

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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