El retorno (los “sin vacas”)

Casa de Ana la de Ceferino en Vegarienza, entre la carretera y el camino de la fuente de El Valle.

Casa de Ana la de Ceferino en Vegarienza, entre la carretera y el camino de la fuente de El Valle.

Si tuviera que responder deprisa sobre a que se dedicaban las gentes de Vegarienza, hubiera dicho sin dudar que todos eran agricultores y ganaderos. Efectivamente, la actividad dominante en Vegarienza era la agricultura y la ganadería y a ello se dedicaban aproximadamente entre dieciséis y dieciocho vecinos del pueblo, entre los que se encontraban mis abuelos. Esa respuesta a bote pronto seguro que estaba influenciada porque a todas horas se veía por la carretera un trajín de vacas con sus pastores o carros llevando y trayendo algo necesario. Salvo unos meses de invierno, trabajaban de sol a sol y estaban los trescientos sesenta y cinco días del año pendientes de que no le faltase nada al ganado, la base de su sustento y escuálida economía. Era una vida muy esclava que les aseguraba la subsistencia, con más o menos holgura según venía la meteorología que condicionaba las cosechas y la mejor o peor suerte con la salud de sus animales. En sentido estricto se podría decir que no pasaban hambre, lo que sus sudores les costaba y que sólo dependían de su trabajo. Eran sus propios jefes y no había nada destacable de su vida salvó el ahínco con que se dedicaban al trabajo.

Pero hubiera sido una respuesta errónea, pues había más gente por allí que se dedicaba a otras cosas o que siempre les veíamos en actitudes más sedentarias que les hacía pasar más inadvertidos.

Dando soporte a la actividad agrícola vivían en el pueblo artesanos como el herrero, que en su potro calzaba a vacas y caballos y en la fragua remendaba rejas y machados (hachas) o ponía llantas de hierro a las ruedas de carro que fabricaba el carpintero, además de muebles y utensilios para las casas o el maderamen para las obras que hacía Humberto el albañil. Algunos compatibilizaban su oficio con las tareas de agricultor, como el herrero que tenía vacas y Milagros, la mujer de Humberto, que en su corte tenía cabras, gallinas y algún otro animalito y un huerto, entre el río y el muro de la carretera juntó a su casa, que ayudaba a la manutención del matrimonio y de don Pedro, el médico, que paraba en su casa.

Aún siendo un pueblo tan pequeño, había varios vecinos que vivían de un sueldo como el secretario del ayuntamiento, el médico, el cura y el señor maestro. Alguno de ellos complementaban su economía teniendo vacas y labrando algo como el maestro Cordero o cultivando un huerto como el también maestro, creo que de Cirujales, don Manolo que recuerdo nos enseñó a hacer injertos en los frutales.

También había gente industriosa como la familia de Selima que regentaba la cantina, o la frutera cuyo negocio no sé cómo se articulaba. O quizá ni siquiera fue negocio y fueron las estrecheces lo que la hizo derivar una Semana Santa hacia un cierto embeleso religioso que la llevó a colocar, a modo de viacrucis, pequeñas cruces hechas con dos palos en las peñas de la carretera de debajo del campanario, que recorría acompañada de sus hijos pequeños mientras se restregaba las manos en una corona de espinas de zarza que le colgaba del cuello. Probablemente no era del pueblo y un buen día desapareció y no volví a verla. O el panadero Octavio, que intentaba convencer a sus vecinos agricultores que su pan blanco era mejor que el oscuro de centeno y a las mujeres de que comprándoselo a él se evitarían la trabajera del amasado. Como los habitantes del pueblo se contaban con los dedos de pocas manos, vendía por los pueblos próximos parte de la producción que transportaba en los serones de su caballo, hasta que se compró un moto Lube color granate a la que acopló los serones y se le veía por los caminos haciendo equilibrios cada vez que rozaba con un piorno que invadía la rodera. A medida que se amasaba menos centeno, aumentó la producción de pan de trigo instalando una amasadora a gasolina y se compró una furgoneta dos caballos que era inmune a las ramas de los arbustos que sobresalían de la cuneta. Siempre me llevé bien con él a pesar del incidente que se relata en “Por si acaso“.

Aunque hablando con propiedad, la única industria del pueblo era la sierra y el molino movidos por el agua que derivaba hacia su presa el puerto que había delante de la huerta de mis abuelos. Lo explotaban Manolo y Fernando cuyas familias también tenían animales y cosechaban. Disponían de una turbina que, cuando no estaba estropeada, insuflaba en las bombillas una luz tan mortecina y huidiza que obligaba a tener siempre a mano los candiles de carburo y faroles de aceite.

Había otros cuantos que no tenían animales ni cultivaban nada y que no se sabía muy bien cómo se las arreglaban para vivir. Así como las vidas de los agricultores eran muy similares entre sí y tan ancladas a aquel modo de vida tan tradicional que no introducía variaciones en décadas, este otro grupo que podría denominarse “los sin vacas” estaba formado por personas heterogéneas, con cursos vitales diferentes que a algunos les había llevado a una situación próxima a la indigencia.

Ana la de Ceferino cuya historia pasada no me sé, vivía en una casa pequeña apoyada contra las peñas del campanario en el vértice que forman la carretera y el camino de la fuente de El Valle. Tenía gallinas y era fácil verla en la galería de madera espantando a los pardales que se comían el grano que ella había atropado trabajosamente en las eras, cuando había acabado la maja o en los caminos al paso de los carros cargados con haces de centeno. Cada vez que el hojalatero llegaba a Vega, colocaba sus achiperres y numerosa familia entre la casa de Corsino y el camino de la fuente y allí reparaba los estropicios de los cacharros que le traían las mujeres o construía de cero un farol de aceite o una cañada para el ordeño. Por la noche, toda la familia se recogía en el corral de Ana. En el recreo la molestábamos con nuestros gritos y carreras jugando al tus entre su casa y el puente de la escuela por lo que nos miraba con rencor cuando pasábamos en grupo por delante de su casa. Casa que sin tener un aspecto estupendo, la recuerdo en mejor estado que como figura en la foto de cabecera.

Las Ernestas eran dos o tres hermanas, familia del maestro Cordero, alguna de las cuales debió ser maestra y probablemente vivían de su pensión. Se las veía poco por el pueblo y algo teníamos que ver con ellas todos los veranos a causa de sus exquisitas cerezas que vigilaban con celo.

Entre la casa de Antonio el carnicero y la de doña Amelia, vivía Fermina hija del médico don Eulogio, que yo no conocí pero del que me ha llegado la peculiar forma de actuar que probablemente pertenece a las leyendas del lugar. Dicen que en una ocasión, ya a caballo para salir hacia otro pueblo, le trajeron una niña con dolor de muelas. Sin descabalgar le dijo “ven acá rapacina“, se inclinó con las tenazas en la mano y, asiendo la muela con fuerza, pico espuelas resolviendo el problema de manera expeditiva. A Fermina la recuerdo de ojos azules, con todo el pelo blanco y fama de no estar muy bien de la chaveta, pero yo creo que tenía bastante gracia y que no prestábamos atención suficiente a lo que decía, que solía hacerlo sin remilgos. No sé de qué vivía. En aquel rinconcito vi a Antonio el carnicero hacer los preparativos para convertir un jatín en filetes y, con cierto morbo, decidí observar toda la operación. Tenía por allí varios cacharros, una artesa de madera, cuchillos de todos los tamaños y una maza de hierro que supuse estaba allí olvidada, hasta que vi como la empuñaba Antonio para asestarle un mazazo en la testuz al pobre animal, que se desplomó como sí se le hubieran soltado por dentro todos los alambres que le mantenían de pie.

Por encima de la casa de doña Cándida y de la del cartero vivían tres hermanas, Benilde, Florinda y Jesusa cuyo padre había sido sastre y al que no conocí. Tampoco conocí a un hermano que murió violentamente en Sosas en disputa por una mujer, al parecer de gran belleza. En la época de mis bisabuelos las tres hermanas venían a coser a casa y, ya en tiempo de mis abuelos, rara era la tarde que no aparecían por allí para echar un rato de charla. Mi abuela aprovechaba para darles algo de comida o algunas truchas de las que pescaba mi padre. Debían vivir de lo que sacaban de coser mandiles, batas y algún que otro vestido sencillo. Cuando Jesusa quedó sola, creo que vivió en casa de Selima una temporada.

Como se puede ver, a dieciséis o dieciocho agricultores había que añadir casi otros quince o dieciséis vecinos del grupo de los “sin vacas” que vivían de un sueldo, de una pensión o vaya usted a saber de qué. Sin hacer este repaso, nunca hubiera pensado que en el pueblo casi eran más los que nada tenían que ver con el campo.

Este era el pueblo que conocíamos y que durante muchos años siempre tuvo los mismos vecinos, salvo en verano cuando llegábamos los veraneantes. Pero hubo un momento que empezaron a aparecer por el pueblo algunos de los que se habían ido (ver El vaciamiento de Omaña), por haber llegado a la jubilación o situaciones parecidas. Cada familia traía detrás una historia diferente, conocida por algunos o imaginada por otros a partir de las apariencias.

Un buen día vimos en El Pradico a un chico espigado saltando a pértiga sobre una ijada colocada sobre dos palos verticales, cosa que nos llamó la atención pues por allí solo se practicaba el juego del tus o de la bigarda. Era Pepe, sobrino de Urbano y de Carola, que había llegado con su familia para quedarse. Su padre Faustino era funcionario que debió estar destinado en el norte de África y al que no habíamos visto en la vida por el pueblo. Tras una temporada en casa de Urbano, se instalaron en la casa que hay en el arranque del camino de El Vallado (la conocíamos como “la casa de Enrique” y en la que al parecer hubo una fragua) y veíamos a Faustino subir pueblo arriba para jugar la partida con su sahariana blanca y sombrero de jipijapa. La viva imagen del señorito forjado en las colonias. Fui muy amigo de Pepe el de Faustino y junto con Tomasín pasábamos buenos ratos pescando en el río o en las fiestas de por allí.

También volvió Emilio, hermano de Isaac, con Chon su mujer y acondicionaron un trozo de la que debió ser casa familiar. Emilio debió ser militar y se le vio durante mucho tiempo caminando pensativo arriba y abajo por la carretera, enviando las piedras sueltas a la cuneta a golpes de cachaba y luciendo camisas color caquí. Para redondear la pensión, la cocina de su casa hacía de estanco y allí se surtían de tabaco los fumadores.

Junto a casa de Santos se instalaron Filiberta y su marido Luciano con su hijo Manolo. Creo que Luciano había sido guardia civil y desde que llegó a Vega se le veía ir de pesca a la parte no acotada, con sus botas y la cesta, caña enteriza de bambú al hombro y sombrero en el que llevaba enrolladas las cuerdas con los mosquitos. Manolo empezó a ir a la escuela con nosotros aunque no se integró completamente en nuestros juegos de pueblerinos. Se le veía a menudo conduciendo un camión imaginario, con marcha atrás incluida, y por los sonidos que emitía sabíamos que hacía a la perfección el doble embrague en las cuestas para meter la marcha más corta. Se metía tan dentro en la conducción que parecía ajeno a lo que pasaba a su alrededor. Otras veces recorría el pueblo con los brazos extendidos, porque pilotaba un avión cuyas alas se inclinaban arriba y abajo en las curvas. Un día le vimos bajar de las peñas del campanario todo magullado y cuando le preguntamos que le había pasado, nos contesto con aplomo que “al camión se le habían roto los frenos“.

Otro día vi en el poyete de casa de doña Cándida, la del escudo nobiliario, tumbado como sí de un triclinio se tratase, a un hombre pequeño y con bigote. Era Indalecio, tío de Tomasín, que para entretenerse puso en marcha el molino que había debajo del muro de la carretera. Algo como la molienda, que hasta ese momento no planteaba dudas, a partir de ese ahí hubo que decidir si seguir moliendo el grano en el molino de la sierra o convenía llevárselo a Indalecio porque salía mejor a cuenta.

El cura don Eloy también fue uno de los regresados, supongo que buscando un último destino más cómodo aunque no falto de polémica por cómo nos bañábamos juntos los chicos y las chicas en el pozo La Puente y que sacaba a relucir en el sermón de todos los domingos del verano, diciendo que en vez de cristianos parecíamos “ranas y ranos“. Vivió con sus hermanos que formaban parte del núcleo de agricultores y ganaderos y se le veía ir y venir a la iglesia todo ensotanado, con sombrero de fieltro de ala ancha y bajo un enorme paraguas, lloviese o hiciese sol. Todo un contraste tras los curas jóvenes postconciliares que vestían pantalones vaqueros y que durante algún tiempo pastorearon las almas de aquel pueblo, almas un tanto confusas que no sabían si tenían tres curas en el pueblo o tres mozos más.

Curiosamente, de los nueve hijos de mis abuelos que se fueron del pueblo, sólo Tere apareció por allí cuando fue maestra en Lazado, Omañón y El Castillo, para volver a marchar. Era más fácil irse que volver. Por quienes volvieron, también supimos que el pueblo, como toda Omaña, había contribuido con sus gentes a nutrir el país de funcionarios, militares, curas, maestros y guardias civiles.

Estos regresos aumentaron el número de habitantes de Vega y llenaron algunas casas vacías o provocaron que se partieran y acondicionaran algunas viviendas ocupadas por la familia que se había quedado en el pueblo. Al cabo de unos cuantos años, este efecto de los retornados quedó anulado porque ellos y los que nunca se habían ido pasaron a estar domiciliados en el cementerio de Castriello, con lo que el pueblo sufrió el vaciamiento definitivo que propicia con constancia la señora de la guadaña en todos los rincones del planeta. Ahora en Vegarienza los pocos que quedan forman parte del grupo de “los sin vacas“, y sólo en verano aumenta el censo con las fieles golondrinas y los veraneantes, muchos de los cuales no recordarán algunos de los nombres que he mencionado aquí. Con vacas o sin ellas, vayan mis recuerdos por todos con los que conviví durante tanto tiempo en aquel entrañable pueblo de Omaña, que en su composición sociológica seguramente era muy parecido al resto de pueblos de por allí.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: pueblos-espana.org

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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5 pensamientos en “El retorno (los “sin vacas”)

  1. Esta señal de a Sosas 6, me hacía sentir (y aún me pasa) un pellizquito en el estómago cuando pasaba para León o viceversa. Allí tenía familia que yo quería mucho, con la que de tarde en tarde pasaba días muy a gusto en la infancia. Iba andando, por una cuesta que hay junto la Seita, bastante antes de llegar a Vega, de tierra de color chocolate. Siempre iba con algún adulto, la primera vez que me recuerdo haciendo ese viaje iba obsesionada por adelantar la luna que tenía enfrente, pero llegué a Sosas y la luna seguía impertérrita sin cambiar un milímetro su posición, era invierno y tenía siete años. Cuánta añoranza.
    Saludos cordiales.
    Un besito R.

  2. Casi no recuedo esta casa en píe, es curioso la pared hecha de palos y barro. Respecto al cartel de Sosas, Creta me doy por aludida… y a mi también me pasa ese pellizco cuando llego y leo a 6 km.
    Emilio y eso de desvaríos de memoria nada de nada, nos has hecho recordar vivencias que teniamos olvidadas.

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