La cuadrilla de los pantanos (malditos atajos)

Entre los árboles, pedrizas de cuarcita.

Entre los árboles, las pedrizas de cuarcita.

Un chiste de albañiles cuenta que todos los días a la hora de la comida uno de ellos tiraba el bocadillo por encima de la barandilla del andamio, mientras decía con cara de disgusto “Puag!, otro bocadillo de tortilla“. Al cabo de varios días observando esta actitud, un compañero le preguntó que cómo sabía que el bocadillo era de tortilla si ni siquiera lo abría, a lo que respondió “No te jode!, porque me lo preparo yo mismo“. Yo estuve como el obrero del chiste llevándome un bocadillo al tajo durante casi dos años, aunque, a diferencia del albañil, yo me comía siempre mi correspondiente bocadillo de tortilla francesa. El premio por aprobar con buenas notas tercero de bachillerato, fue empezar a trabajar como peón de los topógrafos del INI que estaban estudiando qué pantanos hacer en el Alto Sil, el tramo lacianiego del río. Aunque yo tenía ya algunas nociones de Geometría, está claro que me contrataron por mis piernas y brazos, por no decir claramente que como animalillo de carga. Esta gran especialización suponía que mi estado natural era estar yendo de un lado para otro con las manos ocupadas con todo tipo de achiperres como miras, jalones, trípodes, aparatos topográficos, etc, de forma que no tenía manera de llevar conmigo ningún objeto personal. Como los planes era presentarme a los exámenes de cuarto estudiando por mi cuenta y alguna clase particular de refuerzo, mi madre me hizo una cazadora de mahón azul con un inmenso bolsillo interior que ocupaba todo el lateral izquierdo de la prenda y que permitía meter un libro de texto sin doblarlo y el bocadillo. Una perfecta conjunción de ciencia y subsistencia. La mayor parte de los días el libro volvía para casa abierto por la misma página, pero del bocadillo no regresaban ni las migas pues estaba en pleno crecimiento y el tute a que nos sometían a diario requería reponer fuerzas. Aunque trabajamos con mayor intensidad en la zona entre Villarino y la estación de Villablino donde llegaría la cola del pantano de Las Rozas, hacíamos incursiones frecuentes en Palacios, Matalavilla y Salientes y Susañe, creo que aún territorio de Laciana aunque la morfología de los montes y la vegetación me parecieran bastante diferentes. En todos los lugares la rutina era siempre la misma. Primero los topógrafos establecían los vértices de triangulación y definían una base medida escrupulosamente, para pasar luego a los trabajos más de detalle como los taquimétricos y nivelaciones. Esta segunda fase era realizada por un equipo de segundo nivel donde ya no solía haber topógrafos. Éramos una cuadrilla de seis o siete personas que pisoteábamos palmo a palmo la zona de la que había que levantar los planos. Nos desplazábamos en un Land Rover carretera de Ponferrada abajo, donde nuestros culos llevaban a diario la cuenta de baches que Garrido el conductor, experto en mujeres y buen catador de cazalla, no podía sortear. Llegados al destino, Garrido se aposentaba en el bar más próximo para averiguar si la altitud del pueblo había introducido en la cazalla El Clavel algún matiz diferenciador y ver si podía liar la hebra con alguna moza. A la vuelta, caliente por sus indagaciones libatorias y galantes, aprovecharía para avergonzarnos a Parrilla y a mí, tiernos como pan recién salido del horno, preguntándonos si sabíamos la diferencia entre cazar un conejo de monte o uno de pueblo, mientras hacía signos ostensibles de cómo proceder en cada caso soltando las manos del volante y riéndose con voz aguardentosa. Lo del conejo de monte nos lo aclaraba dando mandobles sobre las imaginarias orejas de un conejo. El gesto para rematar al otro espécimen, no es reproducible así como nuestras caras de bochorno. El número de baches en los que caían las ruedas del todoterreno a la vuelta, superaba con creces los que habíamos contado por la mañana y Parrilla y yo llegábamos a Villablino con los muslos morados del golpeteo de los teodolitos que llevábamos en el regazo como sí fueran bebés. De vez en cuando era necesario establecer nuevos hitos topográficos para extender el área de actuación. Había que hacer un hoyo en el suelo y situar verticalmente en su centro un trozo de tubo que sujetaría un jalón, afirmándolo con cemento y piedras. Y estos hitos había que ponerlos por todas partes, en el valle, en las laderas y en los picos. Entonces no había mochilas por lo que había que llevar un cubo con el cemento mezclado con arena, el tubo, la paleta de albañil y agua en la cantimplora para amasar el cemento. El caldero al uso entonces era de cinc, con un reborde en la parte de abajo que se hundía en el hombro como un cuchillo. Toda la impedimenta, incluido libro y bocadillo, podía pesar unos quince o veinte kilos. Y había que tener muy presente a lo largo de todo el camino que podía tropezar y caerme, pero el cubo no debía volcarse ya que sin cemento no había hito. Y con toda aquella impedimenta había que subir monte arriba, casi sin manos para agarrarse a las matas o a las rocas y habitualmente sin conocer cuál era el mejor camino que hubiera tomado sin dudar de haber sido un lugareño. Para suplir la falta de conocimiento del terreno, me plantaba unos minutos ante la ladera intentando discernir cual sería la mejor ruta y tomando, las más de las veces, decisiones equivocadas. Como decidir subir ladera arriba por las pedrizas de cuarcita que había por la zona de Palacios del Sil. Mostraban un camino despejado de árboles hasta la cumbre, el atajo ideal. Pero escondían la dificultad para transitar por ellas que dejaría claro lo acertado del dicho “no hay atajo sin trabajo“. No recuerdo algo más penoso que intentar avanzar por las pedrizas de cuarcita suelta, pues avanzabas un paso y retrocedías medio al hundirse el pie en las piedras que se deslizaban hacia atrás. A fuerza de riñones y de jurar, avanzaba poco a poco mientras el cubo se me clavaba en el hombro, de forma que cada diez minutos tenía que cambiarlo de lado. Me terciaba en el hombro la cazadora, con libro y bocadillo incluidos, para aminorar aquella cuchilla que me partía el hombro en dos. Llegar arriba era un milagro y casi sin descansar tenía que ponerme a hacer el hoyo, amasar el cemento, colocar el tubo bien vertical y finalmente llegaba el momento del “Puag!, otro bocadillo de tortilla”, que además tenía que comerme a palo seco pues todo el agua de la cantimplora se había ido en hacer la pasta de cemento. Recuerdo que en los altos de Palacios buscando alguna fuente encontré unos manzanos silvestres y creí que sus frutos me ayudarían a sacarme algo del secaño que me había dejado el bocadillo. En mala hora se me ocurrió hincarle el diente a manzanas de aspecto tan apetitoso, pero que resultaron ser lo más amargo que he probado nunca. Todo lo malo que las pedrizas habían sido para subir al alto, se volvía ventaja en el descenso ya que un paso normal se convertía en un deslizamiento de metro y medio hacía abajo, aún a costa de buenos destrozos en el calzado. Ya sólo quedaba que al día siguiente lloviera para no tener que salir al campo y poder recuperarme de la paliza alrededor del tablero donde Dugi Almarza sacaba a la luz mediante curvas de nivel las vallinas y los montículos que habíamos pateado días antes por el campo. Si sucedía así, ese día comería en casa algo caliente que aliviaría mi empacho de bocadillos de tortilla francesa. Dejé el trabajo cuando fui incapaz de aprobar cuarto de bachillerato por lo poco que estudié en aquellos libros asolados de lamparones de grasa de bocadillo, en los escasos momentos de asueto que me dejaba aquel trajín de peón. No fueron suficientes las clases particulares con don José Boves, con Jesús Bances y con Barajas, el administrativo del INI, discreto y culto, que me pagaba treinta pesetas por cada día de trabajo en el INI y que también me ayudaba a localizar los ablativos absolutos en las traducciones de latín. Rendidos a la evidencia de que así no acabaría los estudios nunca, dejé de trabajar en la época en que una extraña máquina, que llamaban excavadora, empezaba a desbrozar la zona donde iría el cierre de la presa de Villarino. Arrinconé la cazadora de mahón que servía de porta libros y bocadillos, me reintegré a la Academia Carrasconte muy agradecido de comer todos los días en casa y solo eché en falta las tertulias alrededor del tablero de dibujo de Dugi Almarza.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: altosil.blogspot.com.es

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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4 pensamientos en “La cuadrilla de los pantanos (malditos atajos)

  1. A buen hambre no hay pan duro, dice el refrán.
    Emilio, tuviste suerte, pudiste elegir estudiar cuando no podías con las dos cosas. También se daba el caso contrario.
    Como burros de carga éramos en algún tiempo. Después llegó el progreso y todo fue más fácil, pero entonces sobraban los obreros y algo fallaba. Se supone que el progreso tiene que beneficiar a todo el mundo, sino, algo le falla al progreso.
    Saludos cordiales.

  2. Años duros para ser obrero aquellos sesenta, amigo Emilio.
    Los peones de caminero de la mañana a la noche reparando cunetas, rellenando los innumerables baches con gravilla y brea, apenas con pico, pala y otras herramientas sencillas. Los peones de albañil preparando mortero, tirando de materiales y todo a brazo limpio, sin apenas maquinaria. Y que decir de los mineros, que como protección en la cabeza para los costeros llevaban una boina de paño, picaban con martillos de viento y se protegían con una mascarilla de goma para prevenir la silicosis… Y que te voy a contar a ti de los peones de topógrafos.
    La verdad es que fuiste un valiente. A tan corta edad trabajar y estudiar a la vez, y en una época en la que era imposible conciliar estudios y trabajo. Solamente el esfuerzo y una fe inquebrantable, casi rayando la osadía, en tus posibilidades te permitieron tal hazaña. Aunque el resultado no fuera el que habías previsto, no le quita ni un ápice de gloria a tu valiente gesta.
    Los pueblos de Palacios, Matalavilla, Salientes y Susañe no pertenecen a Laciana. Son del Municipio de Palacios del Sil, que está enclavado en la zona del Alto Sil. En el año 2005 el Ayuntamiento votó su integración en el Consejo Comarcal del Bierzo y aunque su lengua, tradiciones e historia tienen más que ver con Laciana, Babia, Omaña, Degaña, Ibias… es decir, con los municipios del noroccidente de León y suroccidente de Asturias, prefirieron vincularse, aunque sea administrativamente, con los bercianos.
    Un saludo y continúa deleitándonos con tus recuerdos, que gracias a ellos se reavivan los de tus lectores, al menos los míos.

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