Caminito de Sosas (antes polvo, ahora, como todos)

Placa del camino de Vegarienza a Sosas del Cumbral.

Placa del camino de Vegarienza a Sosas del Cumbral.

Seguramente algunos de los que viven en Vegarienza, de fijo o solo durante el verano, nunca hayan reparado en una placa de mármol colocada en la fachada del Centro de Salud que da al camino de Sosas con la inscripción “CALLE Y CAMINO DEL Dr Fco GONZALEZ GARCIA” agradeciendo a don Paco, así se conocía al hermano de mi abuela, su intermediación para la mejora del camino. Esta placa se colocó inicialmente en la fachada de la escuela y cuando se derribó para edificar en el solar el consultorio médico pues en el pueblo ya no quedaban niños que desborricar, se ha repuesto recientemente tras muchos años de estar extraviada en el ayuntamiento de Riello. Creo que es la única placa en Vegarienza que da nombre a una calle, un pueblo constituido por casas que bordean este camino y la carretera de la Magdalena a Villablino. Aunque no lo parezca, esa cinta de asfalto de seis kilómetros que va de Vega a Sosas pasando por Garueña, antes fue un rústico camino de tierra donde las pisadas se amortiguaban por una fina capa de polvo. Ahora sigue siendo calle y carretera, pero no camino.

Si prescindo de tareas tan anodinas por repetitivas como ir al trabajo o a clase, creo que no hay camino que haya pisado tantas veces en mi vida como el de Sosas del Cumbral. Allá, allá se irá con el camino de las llamas de Castriello a donde íbamos tarde tras tarde con las vacas. La primera vez lo recorrí con poco más de un mes, montado en el carro de las vacas con el que mi abuelo vino a buscarnos al autobús a mis padres y a mí en el primer verano de mi vida en Sosas. Y así sucedió en los cinco o seis veranos siguientes en que cada vez íbamos más apretujados en el carro, pues cada año éramos más en una carrera descontrolada hacia la familia numerosísima. Con seis años acompañé a mis abuelos camino abajo cuando se trasladaron a vivir a Vegarienza al dejar él de ser maestro de Sosas, montado también en el carro de las vacas en el poco espacio que dejaban los enseres domésticos y rumiando cómo iba yo a vivir sin los amigos que dejaba atrás y sin los rincones del pueblo que me gustaba frecuentar.

Ya en Vega recorrí muchas veces el tramo inicial del camino acompañando a mi abuelo a segar verde en el prado de El Valle. Iba caballero de la burra y quedaba encargado de hacerla pasar el río mientras mi abuelo afilaba el guadaño. Hubo veces que fue imposible hacer que la burra se mojara los cascos y era mi abuelo con cerca de setenta años quien tenía que cruzar el río por las pasaderas con el saco de verde al hombro. A la vuelta iba correteando al lado de la burra, agarrado una esquina del saco de verde y maquinando como vengarme del jumento que, como tantas otras veces, me había dejado en evidencia. Este trayecto se repetía a diario en otoño cuando las vacas pastaban la hierba del prado durante varias semanas. Allí iba también con mi abuelo a regar y a colocar trampas para los topos, que tenían el prado tan minado que la escasa agua de riego disponible se colaba por las topineras.

Hasta llegar a casa de “el Asturiano”, el camino era calle del pueblo y lo recorrí en innumerables idas y venidas para ir a la iglesia por la mañana y por la tarde durante años. O a echar un vistazo a los guindales de al lado del río, pasada la iglesia, para que no se pasasen las cerezas y se las comiesen los pájaros.

Era un camino de tierra en suave ascenso hasta Sosas, emparejado en muchos tramos con el río Baltaín. El pausado caminar del carro, animales y vacas hacía que el polvo no molestase. Ni siquiera la moto de Antonio el guardamontes con su rodar tranquilo, hacía que el polvo se alborotase. Solo se evidenciaba cuando algún caminante con prisa por llegar al autobús veía como se había depositado sobre sus zapatos y las vueltas del pantalón. Por eso algunas mujeres más coquetas y previsoras, hacían el camino en alpargatas y solo se ponían los zapatos al llegar a Vega. Fue con la llegada de los primeros coches, como el Land Rover de Angelín que acarreaba la leche del valle del Baltaín al camión lechera, cuando nos percatamos que había polvo en cantidad por la polvareda que nos ahogaba cada vez que nos cruzábamos con un vehículo.

Cuando ya no había carreteras en el país donde emplear el asfalto, alguien tuvo la genial idea de sepultar el polvo del camino bajo una capa negra de aglomerado. Aquí ya no fue necesaria la intervención de don Paco, era el signo de los tiempos que aconsejaba este método para desembarazarse de los excedentes de aglomerado. Desapareció el polvo, las boñigas y el encanto de pisar por aquel mullido camino de siglos.

En los últimos veranos que he estado por allí, día si y día no me iba caminando hasta Sosas. Era un paseo muy entretenido pues cada curva, camperita o tramo del río Baltaín me traía algún recuerdo. En el tramo hasta Garueña recordaba las veces que lo recorrí con mi primo Jose a ver a su abuela o a comprar huevos (ver Guardianes del camino) y pude constatar que ya no había que preocuparse por los aguerridos perros guardianes, pues ya no había ovejas ni vacas que guardar. En el tramo de río por encima de Garueña me costó trabajo ver por entré los árboles los pozos en la roca donde alguna vez intentamos pescar truchas. Poco antes de llegar al arroyo Rugís me detenía ante la peña en la que la intervención divina (ver El milagro) evitó que las malas artes de la burra de mi abuelo destruyera definitivamente la confianza que él había depositado en mí, cuando me envió con siete años a cobrar unos cuartales de centeno en pago de la renta de algunas tierras arrendadas en Sosas. Pasado Rugís enseguida intentaba reconocer cual era la campera en que los lobos habían comido la burra de Benedito, pero eran todas muy parecidas y no conseguía decidirme por ninguna pues no vi por lado alguno los huesos del jumento que señalaron durante años el incidente y que seguramente habían sido consumidos por el sol. O cual era el prado de La Tablada donde mis tíos le dieron un gran susto a Joaquínel Tremoriego” fingiendo que eran huidos de la guerra, para que se fuera a casa y les dejará regar a ellos. O cuidando que no me pasase inadvertida la escombrera de carbón, que siempre me hizo preguntarme cómo era posible que allí hubiera carbón y que la gente siguiera cocinando con madera de roble.

Con unas cosas y otras, impaciente en cada curva por divisar las casas del pueblo, entraba en Sosas y en las primeras casas me encontraba con Elpidio al que reconocí al instante y con Benilde que tienen las casas frente por frente. Ellos a mi no me reconocían pues delante tenían a un hombre ya mayor, al que no veían desde que yo tenía seis años. Me plantaba un buen rato delante de la que fue casa de mis abuelos, en el puente rememoraba la pesca de renacuajos y sastres a la orilla del río y recordaba el olor a jabón casero que desprendía la ropa que las mujeres aporreaban sobre las tablas de lavar. Subía hacía la iglesia y releía en su fachada la placa del centenario de Bernardino, el otro médico de la familia, y me detenía viendo evolucionar a los peces de colores en la fuente del barrio de La Villa antes de acercarme al cementerio y constatar que allí había muchos Calzada, González y García, responsables en parte de que yo esté aquí haciendo este ejercicio nostálgico y muestra de la endogamia que durante generaciones se producía en aquellos enclaves. En breves instantes pasaba por delante de mí, todos los recuerdos de infancia en aquel rincón del fin del mundo donde todo parece mantenerse igual, menos la vida, la actividad incesante de otros tiempos.

La última vez que lo caminé hace poco más de un año, ya con la pata quebrada que me impedía hacer la caminata hasta Sosas, fue una noche despejada de Julio, en compañía de mi hija Eva, mi nieta Lola de escasos dos meses y mi suegra María Paz, muy andarina a pesar de sus noventa años. Todas ellas poco pueblerinas, se asombraron del cielo incendiado de estrellas acentuado por la ausencia casi completa de luz artificial. Acostumbradas a los cielos de Madrid, no creían el espectáculo que veían y no se cansaban de mirar hacia arriba. Nos cruzamos con Fuencisla que había llegado hasta Garueña y con una pareja que luego Corsino, su mujer y Matilde me dijeron que era Tomasín y su mujer y nos aclararon que al camino de Sosas se le conoce ahora como “el camino del colesterol“. El colesterol que criamos lejos de allí, intentamos que se quede prendido en las cunetas y arbustos que orillan el camino, ahora carretera, donde antes se asentaba el polvo. El colesterol aún no me ha afectado gravemente la parte de la memoria que almacena los recuerdos, que a medida que me hago mayor se me escapan con más facilidad como aquí queda demostrado.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Autora de la fotografía: Estela García Carro

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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6 pensamientos en “Caminito de Sosas (antes polvo, ahora, como todos)

  1. El manto de estrellas, es algo que nunca dejará de sorprenderme… Voy poco a León pero las pocas veces que voy, estoy deseando que anochezca para ver ese espectáculo de estrellas que nunca me decepciona…. Como bien dices hay cosas que nos cambian y una de ellas es el cielo que se ve desde el ahora llamado “camino del colesterol”

  2. Después de pasar tardes de costura con mi madre haciendo muñecas con los retales que desechaba, mientras reparaba la ropa de toda su familia. Después de estar todo un día soleado en la era con ella y con mi abuela oreando y vareando la lana de los colchones; o, de ayudarle a pelar hojas de negrillo para los cerdos: me llevas ahora a aprisionar sastres en piscinitas de piedras en la orilla del río mientras ella lava la ropa, hasta que tengo edad para empezar a ayudarle con prendas pequeñas cuidando sobre todo que no me las lleve la corriente.
    Decía Walt Whitman: “cuando yo escribo de mí, escribo de ti”. Pues eso, tú escribes tus recuerdos pero son mis recuerdos, nuestros recuerdos, por eso la empatía es instantánea y por eso, nos vas liando y liando en tu telaraña entre nostalgias.
    Nunca he visto estrellas más brillantes ni cielo más azul que el de Omaña. Mis hijos dicen que también parecen estar más cercanas a la tierra que en otros lugares.
    Un cordial saludo.

  3. La próxima vez que pase por junto al Consultorio médico buscare la placa, no recuerdo verla nunca, aunque siempre oí hablar de D. Paco con mucho cariño y agradecimiento. En ese rincón del fin del mundo como tu dices, ya nada es igual, excepto el cielo azul y las noches estrelladas dignas de contemplar, bueno los peces de colores en el pilo de la fuente la Villa perduran a pesar de los crudos inviernos.

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