Sensación de bienestar (hojas y nubes)

ElPradico512

El Pradico era un prado singular, ya que era el único en aquella parte de Omaña que podía presumir de estar regado por las aguas de dos ríos diferentes. Claro que viéndolo convertido en un secarral todo el verano, hace difícil usar el término regado ya que la única presa que podía traerle algo de alivio a su sequedad provenía del río Baltaín y este cauce se agotaba al llegar a la escuela o antes, de forma que a la altura de El Pradico se podía vadear a pie enjuto sobre el lecho de cantos rodados. Más adecuado sería decir que estaba flanqueado por dos ríos.

Era triangular, con el vértice hacía la confluencia de los dos ríos, y su nombre dejaba a las claras que era de pequeño tamaño, lo cual no era óbice para que tuviera tres dueños tal como se podía ver por los mojones, simple piedras de río. La partición más grande se correspondía con la base del triángulo y era de Urbano, mientras que la más chica era la del vértice y había correspondido a mi abuela en el reparto familiar, siendo la franja central de tío Baldomino. El minifundio llevado al extremo.

El continuo arañar de los dos ríos en sus cauces, hacía parecer al Pradico como una joroba de terreno que se levantaba casi dos metros sobre el nivel del agua. Por el lado del Baltaín terminaba a pico sobre el río, bordeado por una pared de morrillos que le defendía de sus mordiscos invernales y que mantenía a raya las raíces de manzanos, perales y ciruelos claudios plantados a lo largo de toda esta ribera. La joroba terminaba por el lado del río Omaña en un declive bastante pronunciado, que llegaba hasta la hilera de chopos que flanqueaban toda la orilla y que hacían de frontera entre el agua y la tierra, entre las truchas y las personas. Las raíces de estos chopos defendían al Pradico de las acometidas invernales del río y proporcionaban a las truchas un inmejorable refugio entre sus raizones y, a nosotros, un lugar excelente para echar el naso intentando pasar por la sartén alguna de las pupilas del guardarríos.

Este declive en forma de diván, donde la hierba se mantenía verde todo el verano por la humedad que aportaba el río y la sombra de los chopos, era un lugar donde se concentraban los ruidos y sensaciones más característicos de la zona. Por eso era frecuente encontrar a alguien de la familia en aquel ribazo en actitud de meditación profunda, con los pies apuntando hacia el río y la cabeza hacía la parte alta de la joroba, con los ojos entreabiertos, los brazos cruzados debajo de la cabeza y la mirada un poco perdida viendo como desfilaban las nubes, intentando discernir entre tantas sensaciones y sonidos que se concentraban en aquel espacio.

Más que sonidos eran rumores. El rumor casi inaudible del río, que no se sabía distinguir bien si era un rumor o simplemente el frescor que subía por el ribazo y envolvía toda la silueta tumbada; el burbujeo que hacía la corriente doscientos metros más arriba, enfrente a la casa del herrero; las conversaciones de las mujeres lavando, treinta metros más abajo, mezcladas con las voces de los niños que se entretenían en la orilla tirando piedras al agua o pescando renacuajos. Otro rumor era el resultado del aleteo de miles de hojas de chopo movidas al unísono por una brisa imperceptible o, si había un poco más de aire, el sonido relajante producido por una especie de oleaje verde en que se convertían las ramas de los chopos y que hacía balancear sus copas en un movimiento algo mareante. En la orilla de enfrente las hojas de los alisos, más pesadas, apenas las movía la brisa pero también contribuían con su rumor al concierto de rumores. Incluso el estridente graznido de los grajos que volaban por las linares de más allá de los prados de Las Huertas, al otro lado del río, llegaba como con sordina y se superponía armoniosamente a los rumores más próximos.

Si no controlabas la situación de quietud en que te encontrabas y te dejabas llevar por el movimiento reposado de las nubes y el mecer de las ramas de los chopos, terminaba por adueñarse de tu conciencia una somnolencia agradable. Cuando ya no eras capaz de distinguir entre el sonido sordo que hacían las truchas al zambullirse después de haberse merendado un mosquito y el que hacían las piedras de los niños al capar el agua o confundías el movimiento de las nubes con el de las ramas de los chopos y el frescor del río te había inundado la piel, la sensación de bienestar era tan inaguantable que surgía el sueño liberador durante unos instantes. El repique de las campanas llamando a misa o el leve ruido de platos en la cocina anunciando la hora de comer, te devolvían al estado de conciencia y hacía necesario recolocarte en aquel diván verde, pues en el relajo del sueño te habías deslizado un poco hacía el río.

En el sopor que me entraba tras mucho tiempo mirando hacia arriba, parecía que las hojas movidas al compás del aire eran como pequeños remos de una trirreme verde que hacían avanzar a los chopos en el mar azul del cielo y se producía la ilusión que eran las nubes las que estaban quietas. En pleno proceso de sumirme en el sueño, cuando la mirada ya no tiene ninguna intención de ver, a veces me alarmaba al percibir una especie de rasguños o gusanos que flotaban en el globo ocular obligándome a incorporarme y recobrar un mínimo de conciencia que borraba aquellas imperfecciones de mis párpados y me permitía volver e ocuparme de las nubes o del ramaje.

Siempre que después he leído u oído lo de “ ….la higuera frota su viento con la lija de sus ramas…”, he recordado este rincón del Pradico donde la música de los chopos, producida al filtrar el aire con sus hojas, sonaba tan afinada y adormecedora que la sensación de bienestar era abrumadora. El romance sugería aspereza, aquí en El Pradico todo era suavidad y armonía. Tan solo nuestro estoicismo hacía que aguantáramos allí un buen rato, como sonámbulos, en el duermevela de contar hojas y nubes. En el Pradico comprobé muchas veces que contar nubes era mucho más relajante y eficaz que contar ovejitas para pasar al otro lado de la consciencia. Nunca más como en aquel diván de El Pradico he sentido esa embargadora sensación de bienestar que anulaba la voluntad y borraba el pulso del tiempo. De haber sido un conejo montés, en este trance hubiera sido presa fácil de la raposina.

Sospecho que al lado de cada casa, de cada familia que vivía en alguno de aquellos apacibles pueblos de Omaña, había un rincón para la introspección somera del alma como la que se producía en El Pradico. Podría ser un poyete bajo el nogal, la sombra de una peña, la placidez de una campera entre robles o el cobijo de un manzano en la huerta, donde en el curso de la meditación la conciencia se transmutaba en ligero sueño que liberaba los cuerpos de la fatiga del día y las mentes de las preocupaciones. Seguro que sí.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: judiabadia.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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2 pensamientos en “Sensación de bienestar (hojas y nubes)

  1. Después de leerte, cierro los ojos y puedo sentir el cálido colchón de la mullida hierba y escuchar el rumor del agua deslizándose por el río, así como el susurro del viento entre las hojas de los chopos. Todo ello me retrotrae a momentos felices, porque estas sensaciones que describes solo pueden sentirse cuando se está en plena armonía.
    Un cordial saludo.

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