Cuatro estrellas (agua domesticada)

Balde de zinc para baño.

Balde de zinc para baño.

Salvo estancias esporádicas en la casa familiar de León capital, hasta que en 1954 llegamos a Villablino todas las casas en que vivió mi familia no tenían grifos. No hacían falta pues el agua o bien llegaba en cántaros de barro acarreados desde la fuente pública en Roa de Duero o en calderos que traíamos del río Omaña cuando veraneábamos en Vegarienza. Era un bien que había que dosificar con cuidado, no porque fuera escaso sino porque había que transportarlo a mano. En las casas se usaba un tanque, que el hojalatero fabricaba colocando un asa a un bote alargado de tomate, para extraer agua en pequeñas dosis de la tinaja de barro o de los calderos y del depósito de agua caliente de la cocina de leña, para cocinar, fregar y lavarse. Lavarse a diario significaba quitarse las legañas por la mañana, ir bien peinados a la escuela y lavarse las manos antes de comer, asuntó este último al que los chavales no éramos demasiado aficionados contribuyendo con ello al ahorro. En Roa el sábado tocaba bañarse, para lo que mi madre calentaba agua en el depósito de la cocina con la que llenaba un balde de zinc por donde pasábamos todos los hermanos, utilizando el mismo agua con algunos añadidos de agua caliente entre niño y niño. Ni que decir tiene que el retrete era bastante rudimentario y su uso hasta peligroso pues uno de nosotros a punto estuvo de morir ahogado de la forma más afrentosa que se pueda imaginar (ver Primeros tiempos en Roa), en los subproductos que se acumulaban debajo de la tabla con agujero que servía de asiento hasta que unos obreros vaciaban el receptáculo cada unos cuantos meses. Partiendo de esta situación la casa de Correos de Villablino, en pleno barrio de Pérez Vega, nos pareció un hotel de cuatro estrellas. Las esquinas eran de mampostería de piedra vista que también enmarcaba puertas y ventanas y el tejado de pizarra bastante pendiente para evacuar la nieve antes de que cayera la nevada siguiente. Tenía tres plantas y las esquinas que daban a la calle principal que bajaba hasta El Cruce estaban achaflanadas. La planta baja estaba dedicada a oficina de Correos y la tercera tenía dos pisos en alquiler, donde vivieron entre otros don José Boves que me dio clases en el Instituto Laboral y Salvadorel Rubio” maestro de pescadores. Antes de nuestra llegada mi padre había negociado con el dueño, don Paulino el primer hombre que vi ataviado con boina y corbata, que uniera los dos pisos de la segunda planta para dar cabida a la ya numerosa familia. Teníamos cuatro habitaciones dedicadas a dormitorios, un cuarto de estar, un comedor, una despensa grande, un cuartito trastero, la cocina, el baño y un recibidor muy grande. Desde las ventanas dominábamos las cuatro fachadas de la casa que daban a cuatro calles diferentes, teniendo en la que daba al bar Cadenas un mástil para izar la bandera en las fiestas señaladas. Eran unas ventanas de madera reseca por el sol, ya sin rastro de barniz y agrietada por la intemperie, con cristales más bien delgados y clavados a los junquillos con puntas sin cabeza que no impedían que traqueteasen bajo el impulso del viento que se colaba por todas partes. A pesar de estas ventanas tan poco aislantes, nunca pasamos frío. A diferencia de Roa donde el calor lo producían la cocina y una estufa que alimentábamos con tizos de leña que tenía que serrar mi padre, en Villablino la carbonera siempre estaba repleta del carbón que nos traía Ferreras en su isocarro (ver Ferreras el transportista). Además de la amplitud de la casa lo que realmente marcaba la diferencia con nuestras viviendas anteriores, era que disponía de grifos de los que hasta salía agua caliente gracias a un calderín de unos cincuenta litros que caldeaba la cocina. Agua a tutiplén sin más que girar el grifo. Aquí ya no había disculpa, el que no andaba limpio no era por economizar agua, simplemente era por ser un guarro redomado. Pudimos prescindir del balde de zinc, en el que ya con diez años había que bañarse encogido, pues en el cuarto de baño había una magnífica bañera en la que se cabía tendido. Siguió instituido el baño obligatorio semanal, aunque siendo tantos no era posible que cada niño dispusiera de una bañera de agua caliente y limpia para él solo, por lo que unos cuantos hermanos usábamos el mismo agua para el baño. Como nuestra vida en la calle no era especialmente cuidadosa con el barro y la tierra, a medida que pasaban hermanos por la bañera la capa blanquecina de roña y jabón que quedaba en la superficie del agua iba en aumento y recuerdo que había que apartarla del cuerpo antes de salir de la bañera. Además de la bañera y el lavabo en el cuarto de baño disfrutamos por primera vez de un váter, un elemento sin el que hoy día nadie sería capaz de vivir y que las últimas generaciones ven natural disponer de él en las casas. Para nosotros después de tanto tiempo jugándonos la vida usando el retrete de Roa o acuclillados en el Salgueral de Vegarienza, era un placer sentarse en la taza del váter. Hasta entonces yo había tenido totalmente separadas la actividad de descomer y la lectura, pero aquello era tan confortable y privado que enseguida convertí el cuarto de baño en salón de lectura y rara vez entraba allí sin un tebeo o algo para leer. Si la lectura era más o menos prohibida o de mayores, aprovechaba la abertura que había en el pie del lavabo por detrás para guardarla de una vez para la siguiente y así tenerla bien a mano a cubierto de olvidos. Se estaba tan a gusto leyendo, que solo era consciente de que había que levantarse cuando ya las piernas estaban dormidas y acalambradas. Y entonces, era muy difícil levantarse. Acorde con tanto dispositivo novedoso comenzamos a usar papel higiénico El Elefante, que hoy no usaría nadie por rasposo, y que para nosotros era un auténtico lujo viniendo de utilizar papel de periódico arrugado o piedras de río. Desde luego se podía considerar que aquella era una vida de lujo comparada con la que tuvimos en la mesetaria Roa de Duero. Y detrás de todo ello estaba algo tan simple como que de los grifos saliera agua que, en vez de ir a buscarla al río o a la fuente pública, había sido domesticada y discurría por conductos de hierro hasta las casas desde la ladera del Muxivén o la fuente de Riospino. Indudablemente la introducción de la penicilina en el siglo veinte fue trascendental, pero creo que para muchos de mi generación la aparición de los inodoros Roca en nuestras vidas no lo fue menos. Los paréntesis veraniegos en Vegarienza siguieron siendo tan rústicos como siempre, hasta qué en el pozo se instaló una bomba sumergible Vibroberta que llevaba el agua hasta la cocina y a dos cuartos de baño que mandó construir el abuelo. Adiós a los palanganeros y jarrones de porcelana que pasaron a ser puramente ornamentales. El sistema se completaba con una fosa séptica que era incapaz de contener tanto volumen de desecho como se producía en aquella casa, con varias familias de las de antes, de ahí que unos cuantos siguiéramos visitando el Salgueral asiduamente. No hace tanto que se produjo el milagro del agua en los grifos que, además, no costaba ni un duro y de hecho en las casas no había contadores. Del baño semanal hemos pasado a la ducha diaria, al desodorante, a las cremas y no sé cuántas cosas más. Ahora que el agua vale casi tanto como la leche y ya se han fijado en el negocio los mismos que han hecho el agosto con las autopistas, la enseñanza privada, los hospitales y tantas otras áreas de servicios esenciales, poco faltará para que tengamos que volver al balde de zinc y al tanque dosificador. Hasta que el fracking lo estropee todo y ni siquiera haya agua para llenar el balde y el agua pura pase de medirse en litros a hacerlo por lingotes.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: tallerdebelenismo.forocreacion.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

6 pensamientos en “Cuatro estrellas (agua domesticada)

  1. Hoy en día, para las madres es un suplicio que los niños tiren de la cadena o no salpiquen la taza. Volvemos a lo mismo de siempre cuanto más fáciles tienen las cosas menos las valoran… Eso sí, mi hijo de casi 12 años, utiliza también su momento de ir a hacer sus necesidades no para leer, pero si para jugar una partida con su iPad, esta es la única diferencia porque por lo demás, llega al momento de calambres en las piernas tras minutos interminables sentado en el vater (Roca también)
    Y respecto al asunto del coste del agua mejor no hablo, pero estoy en absoluto de acuerdo con todo lo que en tu post escribes, hay una película que se llama El libro de Eli donde la moneda de cambio es el agua, y cuando la vi, pensé que no sería difícil acabar así…

  2. Después de una temporadita por mi Villager natal, acabo de regresar a mi domicilio habitual. He leído tus últimas entregas, que son tan amenas e interesantes como las anteriores.
    De tu relato dedicado a las familias numerosas, seguro que todo era tal y como lo cuentas. En mi familia no tenemos, ni de lejos, tal experiencia. Mi familia paterna eran cinco hermanos, que entre todos tuvieron nueve descendientes. Mi familia materna fueron ocho hermanos. Por diversos motivos la mitad no tuvieron descendencia y los otros cuatro aportaron ocho vástagos al mundo. En total diecisiete sucesores. Tus padres casi hicieron la misma labor que todos mis antepasados juntos.
    En cuanto a las incomodidades de nuestra niñez y adolescencia, los chicos de hoy no pueden ni imaginárselo.
    Una de las tareas que teníamos encomendadas, al llagar a la pubertad, era el acarreo del agua. Unas veces la transportábamos desde la fuente de “La Lechería” y otras desde el pozo de “La Viuda”. Para ello contábamos con unos rudimentarios calderos de cinc. Esta agua tenía un uso doméstico, fregar, lavar platos, aseo personal… Para cocinar y beber se transportaba en unos preciosos calderos de porcelana blanca, que estaban adornados con motivos florales.
    No recuerdo con exactitud el año que el alcantarillado y el agua corriente llegaron a Villager. Tu familia, al vivir en “la capital”, pudo disfrutar del progreso varios años antes que los piltrafillas de los aldeanos.
    Recuerdo que el agua venía del puerto Leitariegos. En verano entre las fugas de la tubería y los que regaban el huerto, el grifo apenas manaba un hilillo similar al de muchas fuentes. En la actualidad han construido depósitos en más lugares para asegurar el suministro todo el año.
    La expresión:”A cagar a la vía” la tomábamos al pie de la letra los que la teníamos cerca. En mi caso el ramal del cargue de Calderón estaba a menos de cien metros. También eran usados para tal fin “Las Quemadas, Sanceu… El papel higiénico de antaño, como bien dices, era totalmente ecológico: hojas, hierbas y cantos. De ahí el dicho:” En el campo se limpia el culo con un canto”.
    En otro orden de cosas, estuve charlando un ratín con mi primo Marcelo y me contó sucintamente vuestro proyecto común. ¡Ojalá salga adelante!
    Un abrazo.

    • Eulogio, mis padres eran unos fenómenos y convencidos de que había que mantener alto el índice de natalidad.
      No sabía que se nos tenía por capitalinos (con retranca, eso si) a los de Villablino, ni que en Villager se tomara al asalto las vías en aquella época. Creía que todos aquellos pueblos con el agua tan abundante disfrutaban ya de cuarto de baño.
      En cuanto al proyecto de La Montaña Leonesa, esperemos que en esta ocasión vaya la vencida. Un saludo.

  3. Recuerdo aquellos baños de agua compartida, que al ir creciendo íbamos reclamando que fuese individual y privado. La condición era que cada uno tenía que acarrear su agua y buscar el momento idóneo de privacidad. El proceso era: primero de la cintura para arriba y después de la cintura para abajo. En el barreño de zinc, claro.
    Peor que compartir el agua, recuerdo compartir la toalla, después del segundo ya estaba mojada y fría que daba grima echarla por encima.
    Ahora tanta ducha, tanto gel y producto de higiene y las pieles con más dolencias que nunca. Hasta el punto de tenerlos alguno prohibidos por prescripción facultativa.
    Un cordial saludo.

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