La Cuesta (las peñas del DNI)

Niños al sol en las peñas. A la izquierda, pared de la casa de Nela.

Niños al sol en las peñas. A la izquierda, pared de la casa de Nela.

Cada verano cuando llegábamos a Vegarienza, tras un saludo apresurado a abuelos y tíos lo realmente urgente era acercarse al río a ver si todo estaba en su sitio. Comprobar si el tacto de las piedras era el mismo de siempre, ensayar los primeros rebotes sobre el agua y verificar si la cosecha de renacuajos había sido buena. Sin duda la segunda visita era a las peñas del otro lado de la carretera, enfrente a la casa de los abuelos, entre la casa de Nela y la corte de las ovejas de Urbano. Detrás estaba la rodera que permitía descargar la hierba en los pajares de Manolón, de Urbano y en la Casa Vieja de tío Baldomino, que daba una extensa vuelta para subir hasta la Era Vieja, que de tanto tiempo de no usarse para la maja estaba colonizada por escobas. Debió ser la era de más difícil acceso, junto con la de Manolón al lado del campanario. De lo que no había duda es que era la de mayor altitud, pues estaba casi tan alta como el campanario y desde allí se divisaban los dos ríos, toda la parte umbría desde La Puebla hasta Valdegrisa, y todas las casas que iban desde la de Santos hasta la de mis abuelos pasando por la de Corsino, la escuela, así como las traseras de las casas de Nela, Urbano y Ulpiano.

Entre las peñas de la carretera y la Era Vieja estaba “La Cuesta“, una ladera a casi cuarenta y cinco grados, repleta de diminutos saltamontes verdes y otros mayores, del mismo color de las peñas y que daban unos saltos espectaculares ayudados de sus élitros azulados, y de unas bolitas oscuras que llamábamos cisco de lobo, que cuando las abríamos soltaban un polvillo parduzco y mal oliente. Detrás del pajar de Urbano había una zona de peñas bastante escarpada y musgosa, donde toda la gente menuda habíamos hecho nuestras primeras armas de escaladores con sus correspondientes momentos dramáticos en los que el miedo nos impedía avanzar o retroceder en mitad de la escalada.

Cuando llegaban el resto de los primos, la Era Vieja era nuestro lugar habitual de juegos. Subíamos palos, algún andrajo de tela, restos de cuerda y algún trasto más para la primera tarea importante del verano, consistente en construir una cabaña con palos atados con cuerdas que techábamos con escobas cortadas con las navajas recién recuperadas de su abandono desde el verano anterior. Perfilábamos con piedras las estancias de las casas imaginarias y enseguida surgían las comiditas y el juego de los médicos en un afán de imitar a los mayores que habíamos dejado unos cincuenta metros más abajo. Era el mundo a donde nos empujaban los mayores cuando querían perdernos de vista un tiempo, diciéndonos “niños subiros a La Cuesta un buen rato“.

Esta maniobra de desembarazarse de la chiquillería se producía sobre todo por la mañana después del desayuno, ya que el sol, que en Vegarienza sale por Pandorado y se pone por el campanario, hacía que La Cuesta estuviera bien soleada desde primera hora, mientras la huerta estaba aún sumida en la umbría de los altos chopos. A los mayores les tranquilizaba que estuviéramos allá arriba, bien distantes de la carretera, donde el mayor peligro era alguna caída normalmente sin consecuencias y ya éramos mayores como para que nos inquietara el planeo de los milanos sobre nuestras cabezas. Quizá su tranquilidad hubiera sido menor de haber sabido la profusión de inyecciones que ponían aquellos médicos infantiles, que sólo se suspendían cuando alguna de las cocineras anunciaba que la comida de flores y acederas estaba lista o por alguna excitante cacería de grillos que sacábamos de sus agujeros hurgándoles en el culo con una pajita introducida por la boca de la madriguera.

Esta luminosidad de La Cuesta hacía que muchas de las fotografías familiares se tomarán en las primeras peñas al lado de la carretera. Aquellas máquinas de entonces, tan rudimentarias, agradecían la abundancia de luz y cuando no se tenía ese factor en cuenta y se optaba por un escenario más bucólico como la huerta, el resultado era desastroso con fotos con los rostros manchados de sombras de hojas de peral y manzano. Las peñas facilitaban también que los presentes en la foto se pudieran distribuir en varias alturas, como si fuera un teatrillo. La cámara podía ser mejor o peor, pero aquella luz magnífica hacía que las fotos entre la casa de Nela y el pajar de Urbano salieran siempre bien. Hay muchas fotos familiares en aquellas peñas y ninguna es mala, incluso aquellas cuyo tamaño era poco mayor que el de un sello.

Lo acertado de aquel lugar para tomar fotografías fue corroborado por un profesional de la fotografía allá por la década de los cincuenta del pasado siglo, cuando tuvo lugar la campaña del DNI en todos los pueblos dependientes del ayuntamiento de Vegarienza. Apareció por allí un fotógrafo que no se sí plantó su trípode en otros lugares del pueblo, pero si lo hizo al lado de la pared de Nela que daba a las peñas que mi familia había adoptado como escenario preferente para las instantáneas veraniegas. Tenía un ayudante que sobre una pequeña mesa tomaba nota de los datos personales de cada uno de los fotografiados. Durante unos cuantos días por aquel improvisado taller fotográfico desfilaron hombres y mujeres de los pueblos próximos, seguro que muchos de ellos para hacerse la primera foto de su vida. Dejaban las caballerías a la sombra de la corte de Urbano mientras esperaban su turno. Ellos tocados con boina, las mujeres con sus atuendos oscuros y la cabeza cubierta con el habitual pañuelo negro que tenían que quitarse para la foto. Todos encontrábamos natural aquella profusión de cabezas femeninas empañoladas y ahora, sesenta años más tarde, nos enojamos porque las musulmanas que viven con nosotros llevan las cabezas cubiertas como lo hacían no hace tanto nuestras abuelas.

Normalmente los citados para la foto solían ser madrugadores y esperaban al sol mañanero que daba de lleno en las peñas a que llegara el fotógrafo, que creo recordar paraba en casa de Carola. Enseguida se ponía a disparar sus placas mientras el amanuense tomaba los datos de los “afotados”. Todo lo que sucedía lo veíamos nosotros desde el otro lado de la carretera, cómodamente sentados en las escaleras de piedra oscura que daban a la carretera, aún mordisqueando la última rebanada de mantequilla del desayuno. Un día observamos un inusual bullicio, mucha gente alrededor de las peñas y ni rastro del fotógrafo, que tal parecía se le habían pegado las sábanas. La gente empezaba a enojarse, pues quien más quien menos quería resolver el trámite rápidamente para reintegrarse a sus tareas en el campo y con los animales. Cuando ya algún exaltado hablaba de subir a casa de Carola y tirar al fotógrafo del DNI al río, recurso este que surge cada vez que los omañeses estiman que alguien les está chuleando, llegó todo apurado el ayudante con la noticia de que estaba aquejado de un grave desarreglo intestinal, que nadie supo explicar si procedía de los guisos de Carola o si le había sentado algo mal en las libaciones vespertinas en casa Selima. Al día siguiente el artista apareció para cumplir con su tarea bastante demacrado y tuvo que soportar la coña de sus ya más calmados modelos fotográficos.

Desde la peña de El Garabato hasta Murias, la margen derecha de la carretera linda con las peñas sin apenas sitio en su transcurso por los pueblos para las casas y algún huerto. En Vega, excluyendo el espacio que hay delante de la casa de Tomasín, el único espacio libre era el de las peñas de enfrente a la casa de mis abuelos. No se sí fue esta circunstancia o simplemente que también estaba hospedado en casa de Carola, el caso es que también estas peñas sirvieron de escenario para que un maestro, natural de Oterico y llamado José María, volara globos de papel caldeando el aire de su interior con algodón empapado en alcohol ardiendo. Recuerdo ver los globos ascender lenta y majestuosamente hasta pasar por encima de El Vallado empujados por un viento suave, mientras algunos aventurábamos donde caerían y si incendiarían el monte o un sembrado. Como los maestros de su época parece que don José María, al que no consigo situar si fue maestro de Vega antes o después de José Cordero, calentaba las orejas de lo lindo según recuerdan algunos que dieron clase con él así como los muchos trabajos manuales que hicieron, entre ellos una maqueta de una casa típica de Omaña, y los zafarranchos que montaba cada poco para la limpieza de la escuela.

Cuando por la casa empezaron a aparecer máquinas fotográficas más modernas, las peñas siguieron siendo el escenario preferido para las fotos familiares. Con los negativos en color y la inestimable ayuda de la esplendorosa luz de la mañana que daba de pleno en las peñas, hasta el más zote se las podía dar de artista. Son tantas las fotos familiares tomadas en este rincón, que he tenido dificultades para seleccionar una. Me gustan todas.

Jóvenes asoleándose en las peñas. A la derecha el pajar de Urbano.

Jóvenes asoleándose en las peñas. A la derecha la corte de las ovejas de Urbano.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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2 pensamientos en “La Cuesta (las peñas del DNI)

  1. Tienes una memoria prodigiosa para contar “nuestras” andanzas infantiles
    El fondo de esas fotos, además de luminoso es bonito. Recuerdo algún avispado fotógrafo que ponía una sábana pegada a la pared donde nos apoyábamos y ahí está ahora la foto con el fondo de sábana blanca con los dobleces marcados por la plancha incluidos.
    Un cordial saludo.

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