La abuela Honorina (en el valle de lágrimas)

La abuela Honorina en 1978 con su biznieta Eva, en Vegarienza.

La abuela Honorina en 1978 con su biznieta Eva, en Vegarienza.

Menuda y de tez blanca, casi transparente, con el pelo recogido en un moño del que no se despistaba un solo pelo, la recuerdo siempre vestida de negro de pies a cabeza, indumentaria que se alegraba un poco en verano con vestidos moteados de minúsculos lunares blancos y algún mandil gris oscuro a rayas. No es que estuviera de luto pues su madre había fallecido ya hacía muchos años, era la indumentaria habitual de las mujeres de la región. Quizá tuviera que ver con que algunas prendas como rebecas y mantones confeccionadas con lana cogían mejor que ningún otro color el negro de los sobres de Tintes Iberia. O que el negro de los elegantes de hoy día fuera el color que más se ajustaba a su idiosincrasia, a sus vidas hechas de sacrificio y rezos. Blusa y falda negra hasta mitad de pierna, medias negras y zapatos del mismo color, cuando se ponía la pañoleta negra y el chal de lana con flecos, la indumentaria de entonces de las mujeres de Omaña, no se diferenciaba mucho de la imagen de algunas gitanas de centro Europa que vemos ahora por nuestras calles y que tanto nos llaman la atención e incluso les discutimos el derecho a cubrirse la cabeza, olvidando que nuestras abuelas se vestían así no hace tanto. Al salir ya anochecido del Rosario, eran unos cuantos bultos negros caminando con prisa que se repartían por las casas del pueblo.

En ella se compendiaba el saber de siglos de tantas mujeres que habían compaginado el parir hijos con infinidad de tareas domésticas encaminadas a la manutención y la salud de personas y animales domésticos, a vestir a toda la familia con lo que había a mano y a mantener el ajuar y utensilios de la casa sin dejar por ello de participar activamente en las tareas del campo.

Nunca la vi ociosa ni sentada, mano sobre mano. Su vida era un continuo trajín en la cocina y otras partes de la casa o en su trozo de huerta donde cultivaba personalmente todo tipo de hortalizas. Participaba en las conversaciones que los demás manteníamos en la cocina, concentrados solo en lo que decíamos y escuchábamos, mientras ella movía pucheros y cacerolas o tenía las manos ocupadas tejiendo un jersey para alguno de los nietos o repasando unos calcetines. Así cómo mi abuelo se partía de risa al ver nuestra cara de asombro o de temor oyendo sus historias, a ella no recuerdo haberla oído reírse a carcajadas. La sonrisa era el máximo que le permitía su estado de concentración permanente, siempre pensando tres o cuatro pasos por delante de los demás sobre qué pondría en la próxima cena o que ya era tiempo de escardar las cebolletas de la huerta o que la luna entraba en la fase adecuada para dar una vuelta a la patatera y evitar así que se grillaran las patatas. Esa concentración se extendía también a los muchos momentos que dedicaba a la oración, al despertarse, en misa, el Ángelus de mediodía, el Rosario, al acostarse. Algo que para los demás era tan tedioso y mecánico como repetir las cincuenta avemarías y los ora pro nobis del Rosario, ella lo hacía con gran sentimiento que se observaba en su recogimiento y en el cuidado con que pasaba entre sus dedos las cuentas del rosario. Siempre concentrada en los rutinarios asuntos de la casa o en los más trascendentes encaminados a ganarse la otra vida.

La cocina de mi abuela era lo más parecido a los modernos puntos limpios de hoy día. Nuestros dos cubos de basura que llenamos de ingentes cantidades de desperdicios, son una minucia frente a la refinada técnica de mi abuela. Mondas de patata y de fruta junto con las peores hojas de berzas y lechugas, vainas de guisantes, etc, iban a parar al cubo donde se cocinaría la comida de los cerdos. Huesos que habían dado sustancia a los guisos, pieles de chorizo, bordes de cecina y jamón, cortezas de queso y pan requeteduro iban a parar a la lata del perro. Cabezas y espinas de pescado junto con algo de leche deburada y suero sobrante de hacer los quesos terminaban en la cazuela de barro del gato. Las cáscaras de cada huevo que se freía o se empleaba en la abundante repostería, las estrujaba con la mano reduciéndolas a cascaruja sobre la lata de las gallinas. Cortezas de tocino que no se freían quedaban a la espera de que el abuelo las utilizara para introducirlas en el eje del carro y acallar así sus chirridos o guardaba las cortezas de queso para cebar las ratoneras. Latas, botellas y tarros se limpiaban a fondo y quedaban en una alacena a la espera de su reutilización. El único subproducto no comestible era la ceniza de madera quemada en la cocina o los posos del café de achicoria que o bien se echaban en los rosales o en el esterquero, pues algo añadirían al abonado de tierras y prados.

A mi abuela Honorina el tiempo se le quedaba tan corto que ni podía permitirse el lujo de caer enferma. Solo se permitía algún dolor de cabeza porque era una dolencia compatible con su trajín. Muy pocas veces, cuando la jaqueca era insoportable, se daba un respiro retirándose un rato a su habitación con las contraventanas echadas, lo suficiente para coger fuerzas y reanudar la faena. Su cabeza, llena de Dios y de sus santos y de la apretada lista de tareas de los siguientes días, se cobraba estas crisis periódicas. Nunca tuvo reloj porque no lo necesitaba. Las tareas que desarrollaba de forma incesante, la situaban en su hora del día independientemente de lo que dijeran los relojes y si se distraía o se retrasaba algo, ahí estaban las campanas anunciando la misa, el Ángelus o el Rosario o el mugido de las vacas que volvían de las llamas para recordarle el tiempo en que vivían los demás. Era cariñosa con los nietos pero no disponía de tiempo para sentarles en sus rodillas y contarles un cuento. Esa tarea se la había encomendado a mi abuelo que le desempeñaba gustoso disfrutando manteniéndonos en suspense o con un punto de miedo con sus historias.

Seguro que olvidaré alguna de las tareas que realizaba a diario, pero será suficiente con lo que recuerde para dar una idea de lo que podía hacer aquella menuda mujer a lo largo del día. Se despertaba muy temprano iniciando las oraciones en voz alta a las que contestaba mi abuelo desde su cama situada al otro lado de la puerta de la habitación y que los más desvelados oían desde las habitaciones del piso de arriba a través de las tablas del suelo. Enseguida se ponía a encender el fuego, dejaba calentando los cacharros con la leche y el café del desayuno y armada de un caldero y una cañada se dirigía a la cuadra para ordeñar las vacas. Vuelta a la cocina y mientras los demás desayunábamos ella colaba la leche recién ordeñada, deburaba la leche de las nateras puestas al fresco durante la noche, añadía la leche desnatada a la comida de los cerdos, la nata a la mazadora y fregaba las nateras para rellenarlas con parte de la leche ordeñada y que durante la noche criarían una buena capa de nata. Ponía a hervir el resto de la leche, bajo la vigilancia de alguno de nosotros, y hacía un primer paréntesis para ir a Misa y retornar rápido pensando en las tareas siguientes que tenían que ver con los preparativos de la comida. Si era necesario escogía las lentejas que echaría a remojo o unos garbanzos del eiro del Retiro o se acercaría a la huerta por los fréjoles, las lechugas y las cebollas necesarias, amén un cesto de patatas de la patatera, el complemento casi obligado de cualquier plato. Con los pucheros ya a fuego lento, se pondría con la mazadora al sol para girar la manivela con infinita paciencia hasta que las pellas de mantequilla se separaban de la leche. Vuelta a la cocina para lavar escrupulosamente la mantequilla y darle forma de rollo con un par de cucharas que hacían saltar chispazos de agua. Cuando tocaba, acarreaba agua y harina de centeno hasta la cocina vieja donde en una masera de madera amasaba con sus brazos hundidos hasta el codo docena y media de hogazas que comeríamos los próximos quince días. Mientras la masa fermentaba, traía leña para encender el horno donde cocería las hogazas. Cada poco, idas y venidas a la cocina para ver la marcha de los pucheros. Si sobraba leche, le adicionaba unas gotas de cuajo y cuando se había convertido en requesón lo escurría y vertía en cinchos de esparto, prensándolos con piedras del río y los colocaba en la zona más oscura y fresca hasta que los quesos tuvieran la consistencia adecuada.

Luego venía el gran trajín de la comida, que en verano transcurría en dos turnos por la cantidad de gente que éramos, después a recogerlo todo, limpiarlo y colocarlo en cajones y alacenas. Obviamente en las tareas de poner la mesa, servir, retirar y limpiar contaba con la ayuda de alguna hija, pero el peso de elaborar los platos y complementos recaía sobre ella. Algo más de una hora de siesta, que seguramente incluía algún rezo al alimón con el abuelo pues tenían oraciones para todas las horas del día, y a dirigir el taller de costura que se montaba todas las tardes en la cocina, que compatibilizaba con preparar las meriendas de los que se iban con las vacas y de los que se quedaban por allí haraganeando. Sobre merienda en la huerta, donde se daba un repaso a las cuestiones familiares y acaecidos del pueblo que ella aprovechaba para seguir tejiendo y haciendo en silencio planes para la cena. O simplemente cuando la conversación decaía se apartaba del grupo, echaba un vistazo al recuadro donde crecían las hortalizas y retiraba algún yerbajo que les quitaba fuerza o salpicaba con agua la ropa que se blanqueaba al sol.

Enseguida aparecían las vacas y vuelta al ordeño y preparar algo con lo que haría la cena a la vuelta del Rosario, donde con devoción y recogimiento pondría alguna piedra más a su camino hacia el cielo. Nos daba la cena, arreglaba la cocina y cuando aparecía la baraja para que los que habíamos holgazaneado durante el día jugáramos una brisca mientras otros se entretenían haciendo sombras chinescas con la llama del candil, ella se iba a la cama para estirar el cuerpo que se le había ido encogiendo a lo largo del día, por aquel sin parar en que se había visto sumida. Nuevos rezos con el abuelo con vistas a una salvación que seguro la salvaría de aquel sin vivir que eran sus días.

Esto podía ser un día normal sin acontecimientos especiales como sucedía durante la recogida de la yerba, del pan, de las patatas o el samartino. Además de las cuestiones logísticas de más comidas para segadores, bercianos, majadores y demás mirandas que estábamos por allí, era la primera esmarallando, dando la vuelta a la hierba o en subirse al carro para extender bien las forcadas de yerba que los demás le apurríamos sin descanso o desriñonándose majando el centeno en la era. Cuando llegaba la siembra de las patatas, ella era la que las partía en trozos y doblaba el espinazo como la primera a la hora de escavarlas (quitar las malas hierbas con el escavín) y sulfatarlas o desenterrarlas cuando el abuelo las había removido con el arado en la recolección. Mientras los demás descansábamos cuando llegábamos a casa, ella seguía con las tareas domésticas que no admitían demora. Los hombres y los cerdos impacientes y hambrientos esperando sus guisos, mientras ella apenas si tenía tiempo para tomar un bocado. Así de menuda era, pero incansable, aunque estoy seguro que vivía en estado de agotamiento permanente.

Alrededor del día de San Martín se mataban los cerdos y ella dirigía toda la compleja operación. Muerto y troceado el cochino, los hombres lo festejaban con una copa de orujo y las vecinas que habían ayudado se iban a sus respectivos quehaceres. Cuando mi abuela se quedaba sola iba para el río a lavar las tripas en las aguas ya frías del río Omaña, donde luego embutiría chorizos, morcillas, lomos y yoscos. Salaba las piezas de tocino y jamones y adobaba todo lo que luego picaría y embutiría para formar las ristras de chorizos que los demás nos comeríamos en verano. Así estaría varios días embutiendo y colgando morcillas y chorizos en los varales de la cocina vieja donde a diario achismaría lumbre para que el humo ayudase a secar toda la matanza. Los demás nos comeríamos sabrosos chichos con el picadillo sobrante de los chorizos, que seguro ella ni probaba.

Al final de la primavera llegaban los esquiladores y entregaban a mi abuela por cada oveja un vellón de lana amarillenta y apelmazada tras un año de tumbarse en la cuadra sobre orines y cagalitas y llena de restos de yerbajos, carrapitos y briznas de arbusto del monte bajo por entre el que habían ramoneado a diario. No se cuántas veces tenía que cocer aquellos vellones en la caldera de cobre hasta que cada vellón parecía una nube blanca y esponjosa. Con todo esto lo único que habría hecho era prepararse tajo para muchas noches del invierno, cuando convertiría la lana en hilo tosco dándole vueltas al huso o transformándola con unas cardas, que apenas conseguía mover con sus delgados brazos, en planchas livianas con la que haría edredones. En la huerta varearía parte de la lana para rellenar los colchones más necesitados. No terminaba aquí su tarea con la lana, pues habría que tejer algo con las madejas de lana obtenidas y en verano llegarían sus nietos que, cual ovejas incontinentes, volverían a teñir de amarillo con sus meadas la lana confinada en los colchones y periódicamente tendría que volver a pasarla por la caldera de cobre hasta dejarla inmaculada y esponjosa tras agotadoras sesiones de vareo (ver Sensación de vergüenza). Aquello era un tejer y destejer continuo, donde ella era la única de todos nosotros que tejía.

En resumen podría decirse que cocinaba bien, obtenía todo lo que era posible sacar de la leche y de la lana, era buena repostera, amasaba el pan, organizaba y administraba toda la matanza y conocía todas las hierbas útiles para las infusiones o que remediaban alguna dolencia. Hacía jabón recio con huesos y otros restos, sombreros de trenza de paja y con su máquina de coser vistió a toda la familia. Recuerdo que ella me hizo los primeros pantalones largos, que me regaló por Reyes junto con unas cuantas nueces. En verano administraba aquella casa de locos con casi treinta personas, sin desatender su huerta o a los segadores y bercianos o a los animales y sacando un par de horas al día para cuidarse de su más allá. Y aún tuvo tiempo para tener diez hijos y cuidar durante los inviernos a alguno de los nietos. No recuerdo verla enferma nunca, salvo los mencionados dolores de cabeza. Muy religiosa, creo que entendía la vida como un tránsito hacia el cielo. Su frase preferida ante las malas noticias o las desgracias, era “Todo sea por Dios y nada más” todo un canto a la resignación cristiana y la asunción de que la vida era un transcurrir por un “valle de lágrimas“. Sufre y ofréceselo a Dios sin quejarte. Cuando nos reñía y quería aparecer convincente, nos amenazaba con un “Porreteros, voy a daros unos tarantanes...”, cosa que no cumplía nunca quizá porque no podía desperdiciar fuerzas en cosas tan inútiles.

Cuando murió el abuelo se fue a vivir a León con sus cuatro hijas solteras, pasando del no parar a ser centro de todos los cuidados. Imagino la inquietud de sus manos, que no habían estado ociosas nunca, apenas mitigada por el mover incesante de la aguja de ganchillo y el concienzudo transcurrir de las cuentas de su rosario. Ya bisabuela, pudo dedicar a sus biznietos el tiempo del que no dispuso para sus nietos. En el cielo por el que tanto había rezado, ni siquiera tendrá rosario que acariciar o aguja de ganchillo que alivie su impaciencia, pues allí todo es tiempo de holganza y contemplación de la divinidad. Me cabe la duda de sí se habrá acostumbrado a estar mano sobre mano hasta el fin de los siglos o se las habrá arreglado para zurcirle la túnica a san Pedro o hacerles unos canutillos de crema a los arcángeles.

Bula apostólica familiar de Indulgencia Plenaria “in artículo mortis, aún en el caso que, no pudiendo confesar ni comulgar; previo un acto de contrición, pronuncien con la boca o con el corazón el Nombre Santísimo de Jesús”, horno de pan, pan de centeno, rollo de mantequilla. Cincho para prensar quesos, embutiendo, cardando lana, hilando lana.

Bula apostólica familiar de Indulgencia Plenaria “in artículo mortis, aún en el caso que, no pudiendo confesar ni comulgar; previo un acto de contrición, pronuncien con la boca o con el corazón el Nombre Santísimo de Jesús”, horno de pan, pan de centeno, rollo de mantequilla.
Cincho para prensar quesos, embutiendo, cardando lana, hilando lana.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: 1.bp.blogspot.com, elrinconcunqueiru.com, revistacomarcal.es, patagonesgob.ar

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

10 pensamientos en “La abuela Honorina (en el valle de lágrimas)

  1. Emilio: Como siempre un placer leerte, lo de apurrir, ya lo tenia olvidado, pero me parece una palabra preciosa, la voy a poner en practica, seguro alguien dirá que hablo en polaco….

  2. Algunas fases de la luna sin tu espléndido suplemento semanal (ya lo echaba de menos) y ahora, en luna llena, reluce la historia de la abuela Honorina, ejemplo de las mujeres de su época.

    Coincido con tus recuerdos y con tus sensaciones.

    Saludos.

  3. ¡Qué agotamiento! Sudando estoy sólo por leerlo. Había una ley no escrita, en la que en la mujer de la casa recaía todo el trabajo habido y por haber y los demás lo veían como lo más natural, ni siquiera se planteaban que pudiesen estar cansadas.
    Saludos.

  4. Estoy agotada después de leer este post.
    Se me hace difícil entender la vida como puro sacrificio, será por la época en que he nacido pero sí hubiera tenido que cambiar los rezos por reírme a carcajada limpia de vez en cuando con algunas amigas o con mi familia, creo que no habría sido capaz de ser feliz.
    Soy de las que pienso que la vida está para vivirla y sufrirla más bien poco.
    Creo que los peldaños al cielo si van en base al rezo, voy en sentido contrario, espero que en el cielo se valore alguna cosilla más…

  5. Emilio; he ido leyendo todos tus relatos y me han entusiasmado. No soy omañesa pero amo a vuestra tierra a pesar de no sentirme nunca especialmente querida en Vegarienza. Después de 43 años casada con uno de vosotros y tener tantas vivencias a partir de las costumbres del pueblo, creo que has plasmado el día a día, las labores, las estaciones del año, los perfiles humanos….etc. con una exactitud impresionante. Yo no viví todo lo que cuentas pero lo he escuchado millones de veces a mi esposo y me da un placer enorme leer y releer todo lo que escribes. Me encanta cuando hablas de “la mujer” especialmente; porque la retratas tal y como allí se consideró que las mujeres omañesas debían de actuar; y !claro! yo choqué con esos principios y no “caí” bien. De todas formas he llegado a la conclusión de que las gentes de esa Comarca son especiales y además tienen por principio mantenerse en un lugar que les distinga de los que no somos de allí.
    Pero te repito “”Amo a Omaña”.
    Un abrazo.
    Natita.

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