Mi otra familia (dignidad malherida)

Lázaro y Teófila, abuelos paternos del autor.

Lázaro y Teófila, abuelos paternos del autor.

De mi familia materna lo sé casi todo pues toda mi vida ha transcurrido en su seno, de ahí la cantidad de recuerdos que aún conservo. En cambio, de la familia de mi padre casi solo sé lo que me ha contado mi madre. Con mi padre hablaba de pocas cosas y no recuerdo haber hablado nada de lo relacionado con su familia. Mi madre decía que era algo de lo que no le gustaba hablar.

Hasta que nos fuimos a vivir a Villablino visitaba una o dos veces al año la casa de mis abuelos paternos en León, coincidiendo con nuestro paso por la capital a la ida y vuelta de las vacaciones en Vegarienza. Vivían en la planta baja de una casa muy humilde en la calle Mulhacín, cerca de la Plaza Mayor, con el piso de las estancias de tosca baldosa roja muy desnivelada y un patio interior empedrado de pequeños cantos rodados al estilo de los corrales de Omaña. Se entraba por un portal en permanente penumbra que obligaba a tentar la pared para llegar a la puerta de la vivienda. Inmediatamente antes de que abrieran la puerta oías el clic de la llave de la luz que al instante se entreveía tímidamente por las rendijas de la puerta que daba paso a la cocina, la primera estancia de la casa. Enfrente de la puerta estaba la cocina de carbón y leña y un fregadero alargado, también de baldosa roja, con un único grifo y un hueco debajo donde se guardaba el cubo del carbón, la leña, un recogedor y otros útiles de limpieza ocultos por una cortinilla de tela. A la izquierda del fregadero una alacena para la vajilla y las cazuelas. En la pared de la derecha una ventana que daba a la calle con el alféizar a pocos centímetros del pavimento, delante de la que mis tías Ita y Ante se mal ganaban la vida cosiendo en unas condiciones de iluminación que no me explico cómo conseguían enhebrar las agujas y coser las costuras rectas. Entre la ventana y la puerta de entrada había una mesa con sus sillas y enfrente de la ventana había una puerta por la que se accedía al patio empedrado que comunicaba con las habitaciones y en una de cuyas esquinas había un retrete rudimentario.

El año que viví con tía Epi en Trobajo del Camino, celebramos en esta cocina la cena de Nochevieja que recuerdo perfectamente. Cenamos un pavo comprado pocos días antes en el mercado de la Plaza Mayor que me pareció exquisito y turrones y peladillas. Como no había radio y las campanadas de la catedral no llegaban a aquella cocina en semisótano, mi tía Ante cogió el caldero del carbón a guisa de campana y armada con el gancho de la cocina nos marcó muy ceremoniosamente el ritmo al que teníamos que engullir las doce uvas. El día de Reyes aparecimos por allí a recoger los juguetes que nos habían dejado a mi primo Federe y a mí, que resultó ser una escopeta que disparaba un corcho atado con un hilo de bramante. Para una familia que vivía con tantas estrecheces, me imagino el esfuerzo que supuso aquel regalo que fue la única escopeta que me han dejado los Reyes y, lo más importante aún, a título personal pues los juguetes en mi casa siempre eran compartidos con los demás hermanos.

Al abuelo Lázaro le recuerdo siempre enfermo y habitualmente recluido en su habitación, en semipenumbra para no gastar electricidad y fría, y a la abuela Teófila muy callada y de tez blanca, seguro que acentuada por la nula exposición al sol. De los siete hijos que tuvieron solo conocí a cinco que no parecían pertenecer a la misma familia. Dos de ellos morenos y con el cutis liso y otros tres pelirrojos y con el cuerpo lleno de pecas. No conocí a Asterio el mayor, que murió en la guerra en Asturias, ni a la pequeña que se llamaba Susana y que parece murió en el pueblo muy joven a consecuencia de un desgraciado accidente, no sé si doméstico o en alguna tarea del campo.

Del pueblo de mi padre solo conocía el nombre, Velilla de Valderaduey en plena Tierra de Campos y próximo a Sahagún, y de la familia tuve vagas referencias. Había sido una familia con la vida “resuelta” en el sentido de que solo dependían de su trabajo y de la meteorología. No sé cuan grande era su hacienda, pero si debían gozar de una cierta holgura que le permitió al abuelo “redimirse” con mil quinientas pesetas de entonces para no ir a la guerra de Cuba. Así fue hasta que tuvieron que abandonar el pueblo con una mano delante y otra atrás. Parece que el motivo fue que mi abuelo avaló un préstamo a un familiar que, al no devolverlo, se tradujo en la pérdida de la casa, hacienda y remate público de sus enseres domésticos. Pasaron de vivir al aire luminoso de Castilla a la lobreguez de una casa en la capital con las bombillas apagadas, como para reconcentrarse en la amargura de la dignidad maltratada. Ya viviendo en León, un día regresó tía Ita a casa emocionada diciendo que al pasar por delante de una ventana entreabierta había reconocido las campanadas del reloj de pared de la familia que les había sido “arrebatado” en la subasta. El sentimiento de injusticia de lo que les había sucedido por un exceso de generosidad del abuelo, les perseguía hasta su exilio capitalino. El trance debió ser tan penoso que se translucía en el semblante de mis abuelos, que no se repusieron del revés y ya no levantaron cabeza, y en el deje de amargura de mis tías Ita y Ante que tuvieron que ponerse a servir para hacer frente a la situación familiar en una época ya de por sí difícil. Cuando Ante hizo un curso de corte y confección comenzaron a ganarse la vida malamente, pero sin verse obligadas a salir de casa a fregar escaleras. Debió ser un pequeño alivio para su dignidad malherida que, aún así, siguió presidiendo sus vidas.

Al desastre familiar se superpuso la desgracia de la guerra civil y las miserias posteriores. Los tres hijos varones estuvieron en la guerra, cada uno en el lado a que su ideología le llevó o en el bando que controlaba el lugar donde le sorprendió la guerra. El tío Asterio estuvo en Asturias con los republicanos y creo que nunca se supo que había sido de su cadáver. No sé a ciencia cierta en que bando peleó el tío Glicerio aunque no debió ser en el nacional pues al finalizar la guerra estuvo en la cárcel por motivos políticos. A mi padre la guerra le cogió en León, tomado ya por los nacionales, y anduvo por la zona de Levante en algún destacamento conjunto con tropas italianas volviendo a casa con un balazo en la muñeca por toda condecoración. Ni siquiera para los que las ganan las guerras traen algo bueno y las contiendas civiles son las peores, pues producen situaciones como esta en que hermanos pelean en bandos distintos.

Sólo los hermanos que se casaron cambiaron su actitud ante la vida. El tío Glicerio después de la guerra trabajó como viajante de comercio, tuvo cuatro hijas y vivió siempre en León. La tía Epi también se casó, tuvo dos hijas y un hijo y vivió durante muchos años en Guinea donde su marido trabajaba en el negocio de la madera. Nos visitaban de vez en cuando mientras vivimos en Roa de Duero y son los primos con los que tuve mayor relación. Mi padre había estudiado en los salesianos y después de la guerra sacó oposiciones a Correos, se casó con mi madre y han tenido seis hijas y cinco hijos. Todos los hermanos con familia tuvieron la preocupación inmediata de sacarla adelante y eso les permitió superar el duro trance familiar que les hizo abandonar el pueblo, pero que seguro mantuvieron rondando en su cabeza en un segundo plano. En el caso del tío Glicerio siempre le vi con un cierto halo de tristeza que yo achaqué a esa circunstancia. Mi padre se integró muy bien con mi familia materna, pasando de ser un terracampino escarmentado a omañés entusiasta. Mis dos tías solteras, en cambio, parecía que vivían reconcentradas en los recuerdos, revestidas de una dignidad muy castellana que las impedía recibir ayuda de la familia. Mi madre insistía periódicamente en que pasaran una temporada con nosotros en Villablino o en Vegarienza y ellas se resistían como si en ello les fuera la honra familiar. Creo que en tantos años solo estuvieron una vez en cada sitio y solo unos pocos días.

La tía Ita se quedó sola cuando murió Ante y siguió viviendo en la casita de Mulhacín hasta que la echaron con una pequeña indemnización para construir allí una nueva casa, momento en que se cambió a otra vivienda próxima a la Catedral. Yo la ayudé a transportar a la nueva casa infinidad de sacos de astillas para la lumbre, que no sé sí era el acopio de leña que había comprado por sí venían mal dadas en el invierno o el resultado de las maderas que recogía por la calle. Además del dinero de la indemnización disponía de una reducida pensión, pero siguió viviendo más miserablemente de lo que sus posibilidades le hubieran permitido. Por mucho que mi madre insistió en que fuera alguna temporada a vivir con ella, nunca quiso. Era una especie de dignidad inútil, consecuencia de no haber aceptado aquel golpe de mala fortuna que les había hecho pasar de ricos a pobres en un santiamén. Cuando murió, siendo sin duda la persona más necesitada de la familia, nos dejó en herencia a cada uno de los dieciocho sobrinos unas trescientas mil pesetas. En total unos cuantos millones que debió tardar veinte o veinticinco años en ahorrar y que, de haber dispuesto de ellos, le hubieran hecho más llevaderos aquellos años finales de su vida, con más bombilla encendida y calor en la cocina, por ejemplo. Cada vez que lo recuerdo, me da bastante rabia este empecinarse en el sufrimiento innecesario.

Precisamente en su testamento fue cuando se me hizo más evidente lo poco que sabía de mi familia paterna. Ni siquiera supe los nombres de alguno de ellos. Me quedé de piedra al ver que mi abuela se llamaba Teóclia, no Teófila como yo la había nombrado siempre, y que mi tío Glicerio en realidad se llamaba Licerio. La guinda de un desastre de desconocimiento de la propia familia al que no dejo de darle vueltas.

Cuando empecé a recopilar mis recuerdos, el capítulo de la familia de mi padre apenas si ocupaba media página. Nunca había estado en su pueblo ni nadie me había dado noticia de cómo era o cómo se vivía allí, lo que siempre fue una especie de agujero mental en el que pensaba con cierta frecuencia. Intentando rellenar el hueco con alguna imagen, recurrí a Internet con escasos resultados pero descubrí que el pueblo tenía una web y pude contactar con Mónica, la encargada de su mantenimiento. Le conté mi interés en el pueblo por mis antecedentes familiares y amablemente me envió algunas fotos y se ofreció a preguntarle a su abuela por mi familia. Resultó que su bisabuela era familia de mi abuela y averiguó algunas cosas que me comentó en varios correos, de los que transcribo lo esencial:

“…. Cuando mi abuela era joven recuerda haber ido a casa de tus abuelos a comprar algo, no recuerda sí leche o aceite, pero algo vendían en su casa. Recuerda a tu padre y tus tíos, todos rubios. ….”

” …. Tu abuelo Lázaro tenía una hermana en Villavelasco, a pocos kilómetros de Velilla, que tenía una hija siendo ambas unas derrochadoras. Cuando se vieron sin dinero se lo pidieron a tu abuelo que, a su vez, pidió un préstamo para ellas confiando en que se lo devolverían. Pasó el tiempo y siguieron gasta que te gasta sin devolverle el dinero, así que la justicia de aquellos tiempos embargó a tu abuelo la casa y las tierras y las precintaron. Se trasladaron a otra casa hasta que pudieran solucionar las cosas y uno de los hermanos se fue para León donde trabajó como carnicero. Como las cosas no se arreglaron, también les echaron de allí y fue cuando se trasladaron todos a León. ….”.

Mónica no me descubrió nada esencial pero aportó un relato más preciso que todo lo que yo había conseguido sonsacar en cincuenta años. Corroboraba que la familia había sido despojada de todo lo que había sido su vida, más o menos muelle, y cómo esto había precipitado su destierro a la capital sumidos en la amargura que sigue a las situaciones injustas. El relato clásico de la cigarra y la hormiga hecho realidad, donde mi abuelo hizo de hormiga incauta causando la ruina económica y el hundimiento vital de parte de la familia.

Sin embargo y a consecuencia del interés que yo había manifestado de ir por Velilla, Mónica decía en sus correos algo que me dejó encandilado:

” …. Me ha dicho mi abuela, que cuando queráis vayáis para el pueblo y, si se acuerda de algo más, ya te lo contará. Me ha dicho también que si puedes llevar alguna foto de tus abuelos, padre o tíos, puede que recuerde algo más. También me ha dicho que si viven alguno de tus tíos, que se lo hagas saber. Ella es Matilde, hija de Silverio, por si viven y se acuerdan …. ”

” …. Me ha dicho Lupicinia, prima de mi abuelo, que la avisemos si vas a ir a Velilla y así va ella también -tiene su casa en Villavelasco- y te cuenta más cosas …. ”

Estos correos los intercambiamos a principios de 2006 y no dejé de darle vueltas a la posibilidad de obtener más información sobre el terreno atendiendo a su amable invitación. En el verano de 2007 me las arreglé para llevar a mi madre a sus vacaciones en Vegarienza incluyendo en la ruta pasar por Velilla, después de asegurarme que la abuela de Mónica iba a estar en el pueblo y rebuscar fotos de la familia de mi padre.

Con la emoción contenida durante varias horas llegamos a Velilla. Las casas tenían buen aspecto y el adobe casi no se veía por ninguna parte. En algún recodo pude ver útiles de labranza esperando ser enganchados al tractor. Preguntamos por Matilde a varias personas que nos indicaron por donde encontrar su casa y que nos seguían con la mirada y la expresión de estar preguntándose quiénes serían los componentes de la cuadrilla. Volví a preguntar a un grupo de mujeres que estaban comprando en la furgoneta de un vendedor ambulante. Una de ellas dice, “Yo soy Matilde” y cuando me identifiqué como la visita que le había anunciado su nieta Mónica, mirándome, aseguró convencida “Ya decía yo que esa cara me resultaba familiar”. Seguramente Matilde estaba predispuesta a encontrar parecidos.

Su casa estaba allí mismo y nos hizo entrar a una espléndida huerta con piscina, una zona sombreada por varios árboles frutales y un buen espacio con césped bien cuidado. Nos sentamos en unos bancos a la sombra de unos manzanos acompañados por su hermana Cecilia, ataviada con bata y sombrero de paja. Cuando les enseño las fotos de la familia, dicen señalando a la abuela “Mira, Teóclia”. Luego van recitando a dúo los nombres que les recuerdan las fotos: Epigmenia, Licerio, BenedictaQue guapa era”, AntelmaSi, si, era muy pelirroja. Era modista”, OrencioEran todos muy rubios”. Cuando se acabaron las fotos y los comentarios Matilde sugiere ir a ver la que fue casa de los abuelos, a cien metros de allí. En realidad lo que nos enseña es el lugar donde estuvo la casa, ahora ocupado por una casa de ladrillo. Matilde recuerda la almoneda que hicieron al irse de la casa para vender las pocas pertenencias que sobrevivieron al embargo.

Volvemos hacia casa de Matilde y al llegar a la puerta veo que mi madre, que se había quedado un poco rezagada, viene hablando animadamente con una pareja de viejecitos que caminan ayudándose de sendas cachaba y muleta. Él es Eusiquio Ríos del que mi madre dice “Eusiquio fue quinto de tu padre e hicieron la guerra juntos”. Eusiquio estaba visiblemente emocionado y me dijo que durante la guerra estuvieron por Valencia, Castellón y Cataluña. Que al principio si pegaron algunos tiros, pero que cuando mi padre consiguió un puesto en las oficinas, él fue su enchufado y siempre le asignaba servicios auxiliares que le evitaron los destinos con peligro. Al final de la guerra, siguieron viéndose cada vez que Eusiquio iba a León, hasta que a mi padre le trasladaron a Gijón. Le brillan los ojillos mientras relata como el tío Licerio se cayó al agua cuando cruzaban el río sobre dos palos atravesados para ir a las fiestas de un pueblo cercano. Me sorprendió el castellano tan limpio, sin ninguna entonación, que hablaban todos.

Al poco llega Lupicinia Conde, elegante y pizpireta, tocada con sombrero de paja y nos dice que es hija de un primo carnal de mi abuelo. Dice que su hermano Lucio también fue quinto de mi padre y que estudió con él en los salesianos. Hago algunas fotos del grupo y Eusiquio me dice emocionado que esta visita “Es lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo”. Se notaba que, más de sesenta años después, recordaban a mi padre con mucho cariño. Matilde insiste en que pasemos a su casa, pero nos disculpamos diciendo que aún nos queda mucho camino y que tenemos que irnos. Nos despedimos con la sensación de haberle dedicado poco tiempo a la visita al pueblo de mi padre. A la salida del pueblo, vemos a varios vecinos limpiando de hierbajos el cauce de un arroyo que nos miran, extrañados de tanto visitante, mientras tomamos la carretera en dirección a Sahagún con la sensación de que allí la familia de mi padre tuvo parientes y amigos que les habían apreciado y que lamentaron su infortunio. Que sin duda ellos también habían sido felices allí hasta el mazazo final.

Probablemente Eusiquio y todos los demás nos hubieran podido dar más detalles sobre la familia si nos hubiéramos detenido a charlar con un poco más de pausa. Pero, al menos, he estado en el pueblo que durante toda la vida esperé visitar algún día. Habían pasado más de sesenta años desde que comencé a preguntarme cómo sería el pueblo de mi padre.

Hasta cierto punto es explicable que mi padre no quisiera hablar de un pasado tan poco grato. Pero ahí permaneció enquistado en su cabeza y quizá eso explique que mi hermana pequeña se llame Susana, un homenaje a su hermana muerta a edad temprana y de la que nunca supimos por su boca. He tenido la sensación de ser medio huérfano en recuerdos familiares. De no haberse empecinado en la amargura del fracaso, seguro que ellos también tendrían bonitas historias, tal como intuímos en la visita a Velilla, para habernos contado y que hubieran servido como bálsamo para rescatarles de su abandono de la vida. Mi padre era muy inteligente, pero privarnos de la mitad de nuestra historia familiar considero que fue un error. Si fuera verdad lo que dicen y nos reencontráramos entre las tapias de Castriello, allí donde el tiempo no tiene límites y ya no hay prisa para nada, sería buena ocasión para rellenar este hueco absurdo sobre mis antepasados terracampinos. Aunque sólo fuera por eso, merecería la pena que fuera verdad lo que dicen algunos, muchos en mi familia omañesa, sobre el reencuentro al final de los tiempos.

Velilla 2007. Melitona, Cecilia, Lupicinia, Eusiquio y su mujer, Matilde y la madre del autor.

Velilla de Valderaduey 2007. Melitona, Cecilia, Lupicinia, Eusiquio y su mujer, Matilde y la madre del autor.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

25 pensamientos en “Mi otra familia (dignidad malherida)

  1. Qué historia, para un guion de cine o una novela tienes aquí material.
    Yo también considero que fue un error marginaros de esa parte de la familia, así como enrocarse en el sufrimiento en vez de partir de cero y seguir adelante.
    No sé si me he perdido, pero en el pie de foto tendrías que haber puesto abuelos paternos ¿no?
    Saludos cordiales.

      • Emilio…soy tu prima Mari…hija de Glicerio……que es Glicerio ….no Licerio….se equivocaban mucho en los documentos con su nombre….Por casualidad vi tu Blog…..nos hemos visto en pocas ocasiones…A Loli la recuerdo más ….porque quedó en León …y venía a comer algún domingo a nuestra casa……Mi padre era el mayor y fué el primero que llegó a León y con 14 años….tuvo que trabajar de zapatero….lo de carnicero fué después de la guerra …..ya que en la misma carnicería…conoció a mi madre ….y él ya tenía 36 años….Vi a tu padre unos días antes de morir…que vino a ver a la tía Ante ..ingresada en el hospital….dió la casualidad que murió tu padre antes…..tu padre se desvinculó de nosotros ….tal vez por motivos …en los distintos frentes que pelearon en la guerra….Mi padre estuvo preso en el UPO MENDI…barco prisión y en S. Marcos de León condenado a muerte….Habría mucho que hablar pero de mi familia sé yo más que tú y de las tías también……Un saludo…
        .

      • Mari, me alegra tener noticia directa de ti pues unicamente sabía de vuestra familia por mi madre de vez en cuando. Este post sobre nuestra familia común lo he estado posponiendo casi dos años pues no estaba seguro de si debía publicarlo. Finalmente mi intención de que estuviera ahí reunido todo lo que yo sabía de mi familia para conocimiento de mis nietos ha pesado más, aunque sea más que nada un alarde de desconocimiento. Ahora estoy seguro de que hice lo correcto, aunque sólo sea porque nos ha permitido entrar en contacto.
        Yo oía Glicerio y así me referí a tu padre siempre, pero supuse era un error cuando vi Licerio en el testamento de la tía. El post lo dejaré tal como está pues ilustra lo poco seguro que estaba yo de mis conocimientos familiares. El que lea tu comentario lo tendrá claro.
        No me cuesta nada creer que sabes más que yo de la familia, no en vano has vivido al lado de las tías hasta el final. Espero que en algún momento podamos hablar de ello. Ahora no estoy en casa, pero cuando vuelva te escribiré a tu correo y te enviaré tres fotos de tu padre, por sí nos las tuvieras. Un beso.

      • Cuando estalló la guerra mi padre Glicerio ..trabajaba en el Ayuntamiento de León ….como guardia municipal……Cuando embargaron al abuelo Lázaro…..Mi padre con 14 años vino para León a trabajar de zapatero …para traer a su familia…..vivieron un tiempo en la calle Santa Ana …en unas casas viejas que tenían soportales….compró los muebles más imprescindibles…..que tenía la tía todavía…..Hablas de la herencia de la tía Ita ….Éramos 22 a heredar …porque en el testamento estaba también su abogado….y tocamos aproximadamente a mil ochocientos Euros cada uno…..teniendo en cuenta que a última hora estuvo en la residencia de ancianos Virgen de la Guia….y pagaba mil seiscientos Euros al mes…..no me parece que tuviera poco dinero …..cuantos quisieran tenerlo …hoy día…..Teniendo en cuenta que ella trabajó poco tiempo a principios de los 40… en una fábrica…..y no recuerdo bién si fué a principios de los 70…en la licorería Conde Luna …que le buscó el trabajo mi padre…..pero estuvo como 2 años…..Ahora si…..seguían pagando su seguridad social….y por eso les quedó la pensión….Hace como 57 años …que la tía Ita enfermó….y tuvo que llevar un tratamiento psiquiátrico….en contra de lo que opinaban sus hermanos ….mi madre dijo….no se la encierra …..y me acuerdo que estábamos nosotros en el chalet de la tía Epi ….que nos lo dejó algún verano ….para que lo tuviéramos abierto y limpiar…..(porque ellos estaban en Guinea)….y como iba diciendo dijo mi madre ….veniros las dos …Ita y Ante con nosotros….y cuando acabó el verano y volvimos a casa …..estuvieron yendo bastante tiempo…desde por la mañana hasta la noche a nuestra casa a comer….se iban adormir a su casa porque Ita quería dormir en su cama…..La modista era Antelma…..y muy buena por cierto….me acuerdo mucho de ella cuando veo los cosidos de la ropa de ahora….siempre digo si esto lo viera la tía Ante…..había aprendido con un sastre…..y la tía Ita la ayudaba a sobrehilar…..pero nunca aprendió a coser……Hablas de Lázaro nuestro abuelo….y de las habitaciones tan frías…..En León de aquella casi nadie tenía calefacción …..por eso se apiñaban todos en la cocina ….que tenían la cocina de carbón…tampoco había duchas ni baños….pero la gente se lavaba en baldes grandes que se ponían en la cocina…y calentando el agua….o sea que era normal en aquella época…….y suma y sigue…..Yo solo sé que mi padre fué la persona más liberal que he conocido …él no iba a misa …pero nunca prohibió que los demás lo hiciéramos…y así con muchas otras cosas…..Tu padre dices que se adaptó a la familia de tu madre…..claro eran de la jet set…..y sé del distanciamiento de tu padre sobre todo hacia mi padre…..cosa que dolió a mi padre toda la vida…..pero no es para contar aquí…..Nosotros del pueblo de Velilla conocíamos a Marcos …Valentín…Fonsín y su mujer Liceria…..El que tenía tantos hijos mudos …que no me acuerdo del nombre….etc……porque cuando venían al médico a león …siempre comían en nuestra casa………….Un saludo…….

      • Creo que en algún lcomentario he puesto que mi padre era el mayor ….era el mayor de los varones …porque la mayor era ´´´´Ante y después Epi….luego mi padre ….Así que cuando mi padre vino para León con 14 años ….ellas eran mayores y buscaron trabajo sirviendo….tía Epi conoció a una familia de Madrid y trabajó con ellos…..allí conoció a tio Federico …porque en tiempo de guerra .ella estaba de voluntaria haciendo de enfermera…y él llegó herido…..Luego el tío tuvo oportunidad de marchar a Guinea y se fué ….lo que no sé es si marchó la tía con él….porque yo he visto fotos de Carmencita pequeña en la Guinea……Hablas de las calefacciones……cuando el tío Federico(que era una de las personas más graciosas que he conocido) hizo el chalet en Trobajo …no le pusieron calefacción ….lo hicieron cuando ya obligatoriamente tuvieron que salir de Guinea….que Federico y Epi estuvieron una temporada en él…..hasta que marcharon para Alicante con los primos……que decidieron aceptar allí el trabajo….que se les ofreció a todos los españoles expulsados…..Ahora aunque yo la sepa …la historia de sus vidas la tienen que contar ellos….El chalet lo vendieron casi regalado ….pero hoy ya no existe ….el terreno está ocupado por una gasolinera….estaba en la carretera Alfageme de Trobajo…..Antes de construir el chalet vivían en un piso alquilado en el Crucero…cerca de Trobajo……..Si necesitas preguntar algo y lo sé……puedo ayudarte…..Un saludo …recuerdos a Loli….a alguno de vosotros no os conozco….los más pequeños……Y de tu madre no he vuelto a saber nada……

      • Mari, tampoco en casa de mis tías en León había calefacción ya que debía ser algo reservado a las casas de gente importante, y la cocina de carbón era la única fuente de calor pero en general la casa era confortable en invierno, una sensación debida quizá a luz de las ventanas. La estrechez de la calle de los abuelos y las ventanas más bien pequeñas que dejaban pasar poca luz hacen que recuerde esa sensación de habitaciones oscuras y frías.
        Mi madre está bien, camino de los noventa y dos años. Ahora mismo está en Vegarienza con sus dos hermanas pequeñas, pues María y Milce murieron recientemente.
        A tu correo te he enviado tres fotos de tu padre. ¿Tienes tú fotos de Asterio y de la hermana pequeña que creo se llamaba Susana? Un beso.

      • He recibido tus fotos …dos ya las teníamos….Yo sabía que eran dos niñas las que murieron….una al nacer……pero no me acuerdo que se llamara Susana ….como a todos les ponían nombres tan raros……preguntaré a mis hermanas…..o a lo mejor los primos por parte de tía Epi se acuerdan….si consigo algo te lo paso….Mi hermana Gema dice que de Asterio le parece que si hay alguna foto de las que guardaba mi madre….tendremos que mirarlo y ya te lo comunico….Gracias por lo que has mandado……Dale a tu madre un beso de mi parte….

      • Emilio mi hermana tiene una foto de Asterio bastante deteriorada….otra de los abuelos con Ante y Epi ..cuando aún no había nacido mi padre…de los tíos Federico y Epi en su juventud ….alguna de los primos……dime si las quieres todas o sólo la de Asterio…..A ver si mi hermana consigue sacarla bién y te la mando …está vestido de militar…..Un saludo….

      • Mari, a tu correo te he enviado un enlace con todas las fotos de la familia que tengo para que podáis disponer de ellas. Por supuesto que me interesan todas las fotos que tengáis estén deterioradas o no. Tener una foto de Asterio o de los abuelos cuando eran jóvenes, será considerado como un tesoro. Besos.

      • Tengo ya las fotos en mi facebook …..pero yo no se pasártelas al correo….tendrás que esperar a que venga mi hija …únicamente que quieras que te las pase al blog…y tu las cojas de ahí …si tuvieras Facebook te las pasaba por mensaje……A ver como me las arreglo…

      • Emilio ya tienes las fotos pasadas….dice mi hija ….una es la casita de los tíos en Guinea…..una de tu padre de crío ….el militar con el escobón es Asterio…los tíos en Guinea con Carmencita…..Carmencita de bebé…..etc…..Todas las que tenemos……Un beso para tu madre…..

  2. Hola Emilio:
    Últimamente, tus publicaciones exceden con mucho mi capacidad para seguirlas. La cuestión es que de primavera a otoño vivo a salto de mata entre Palencia y Asturias, con alguna visita a Madrid y Villager.
    He leído tanto el relato de tu abuela como el de tu familia paterna. La diferencia entre la vida de unos y otros fue notable; sin embargo, estas circunstancias se han dado y aún se dan con frecuencia. En mi familia materna sucedió algo parecido, aunque por distintas circunstancias.
    Te diré, que el 12 de julio pasé por Vegarienza camino de Villager para asistir a un acontecimiento familiar. Al pasar frente a la casa de tus abuelos me acordé de ti y supuse que no estarías al no ver coches al lado de la casa.
    Este año también me acerqué a Roa. Fui a ver “Las Edades del Hombre” a Aranda y luego me pasé por Roa, Peñafiel y Dueñas. Este tipo de tours por pueblos y ciudades de Castilla suelo hacerlos todos los años.
    Hacia el 7 de agosto iré a Villager para pasar San Lorenzo. Si piensas pasarte por Villablino en esas fechas, te invito a un café o a una tila o …
    Un saludo y feliz verano.

    • Hola Eulogio. Veo que transitas por los sitios de mis escritos con más frecuencia que yo.
      Aludes a la abundancia de mis publicaciones y tengo que decirte que últimamente más bien escasean. Probablemente es porque no te hayas dado cuenta que algunos de los post no son míos. He abierto una sección de colaboraciones a raíz de que Fede García González, al que quizá conozcas, decidió pasar de los comentarios a contar sus propios recuerdos con la serie titulada Jirones de memoria. Pienso que lo que él cuente complementará a mis escritos dando una visión más completa de cómo vivíamos entonces en Laciana. Sus post se inician indicando que el autor es Fede.
      Es una sección abierta para que todos los que decidan hacerlo lo hagan. Si fuera así podríamos llegar a constituir un blog cuyo centro sería Laciana y que contendría los escritos de todos los que ponemos por escrito lo que recordamos. Si te animas, ya sabes, pues tus comentarios son pequeños post.
      Me gustaría coincidir contigo, pero este año ya he cumplido con mi cita anual con Vegarienza, aunque de forma meteórica que consistió comer con mi familia el día 19 de Julio, de paso para Asturias. Otra vez será.
      Un saludo.

  3. Pingback: Los primos de Guinea | Lembranza

  4. Hola Emilio! soy Monica, la nieta de Matilde…que bonito todo lo que has escrito de Velilla…me alegro mucho de haberte ayudado en tu pequeño puzzle familiar.
    Un abrazo!
    Monica.

    *Siquio y su mujer Maria fallecieron ya, pero te aseguro que conociendo a Siquio, realmente le hizo muy feliz vuestra visita… 🙂

  5. 😉 pues mira, os hemos estado buscando, porque perdí los correos que nos enviamos y gracias a San Google, te he vuelto a encontrar… un abrazo!! y recuerdos de parte de mi abuela… 😉

  6. *estoy buscando el post de un tal Fernando, que decía que su padre y abuelos paternos eran de Velilla, pero no lo encuentro…tengo algo de información que darle…gracias!

  7. Pingback: Mis rojos y nacionales (el drama dentro del drama) | Lembranza

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