Mis calles de León (Pulgarcito en la ciudad)

1947. El autor, Emilio García de la Calzada, y su hermana Loli en la Plaza Circular de León.

1947. El autor, Emilio García de la Calzada, y su hermana Loli en la Plaza Circular de León.

Aunque hasta los dieciocho años siempre viví en diferentes pueblos, mis comienzos fueron ciudadanos. Nací en León en el número ocho de la calle de Ramiro Valbuena, en el segundo piso al que se llegaba por una amplia escalera de madera con barandilla de hierro y pasamanos de madera, de las de antes cuando los espacios donde se vivía eran amplios. Esta vivienda era la cabeza de puente donde la familia de mi madre afianzó su desembarco en la capital en un movimiento imparable (ver El vaciamiento de Omaña) del plan trazado por mis abuelos para dar estudios a sus diez hijos y asegurarles una vida menos esclava que la que el oficio de agricultores les había proporcionado hasta entonces en Sosas del Cumbral. Era un piso grande con seis o siete habitaciones de techos altos por donde fueron pasando todos los hermanos y nacimos algunos nietos. Ocupaba el chaflán de Ramiro Valbuena con Juan Madrazo. El suelo era de madera encerada que relucía a fuerza del lustre que le sacaban mis tías, montadas permanentemente cual patinadoras en bayetas de tela o con un pesado cepillo de hierro. Era el suelo más cuidado y reluciente que conocí, protegido por un hule claveteado a lo largo de todo el pasillo.

Recuerdo como me despertaban sonidos característicos de la calle que no eran familiares a un niño de pueblo. El chisporroteo del agua de las mangueras con que los barrenderos regaban la calle y el golpeteo de la chapa de los cajones laterales de un rudimentario camión de la basura. Cuando me asomaba a la ventana veía el asfalto mojado como si hubiera llovido, sobre el que las mujeres que repartían leche fresca por las casas circulaban en sus bicicletas portando sendas lecheras a horcajadas. Desde la ventana del cuarto de estar me entretenía viendo el ajetreo del taller mecánico al otro lado de la calle de Juan Madrazo con su martilleo y el petardeo de motores de explosión. Todos eran sonidos que detrás tenían alguna actividad desconocida para mí. Después del desayuno aquel piso era un revoltijo de corcheas y semifusas que nos invadían provenientes del piano del piso de abajo, donde una chica hacía impetuosos ejercicios a lo largo de toda la mañana. De nada servía que tía Pili batiera con fuerza las bayetas encerando aquel suelo del que manaba la música sin cesar. No había descanso hasta que la concertista en ciernes le dolían los dedos y todo quedaba en silencio, dejándonos un poco tocados de la cabeza por tantas escalas y ejercicios de dedos.

Recuerdo la casa siempre limpia y ordenada, algunos óleos de tío Baldomino y dibujos a carboncillo de tío Aecio adornando las paredes y un comedor en semi penumbra de escaso uso que yo visitaba con asiduidad para rapiñar algún cuadradillo de azúcar del azucarero que presidía el centro de la mesa. En el cuarto de estar había algunos libros de los que me llamaba especialmente la atención unos pequeños como joyas, de la colección Crisol, con unas hojas tan finas que sí te descuidabas las pasabas de cuatro en cuatro y había que soplar para separarlas.

Yo que me tenía por intrépido en mis andanzas pueblerinas, en mis estancias cortas y esporádicas en León me invadía el síndrome de Pulgarcito. Caminar por Roa de Duero era algo natural pues todo el pueblo estaba lleno de referencias: el campo de La Cava donde jugábamos a las chapas y a la tarusa y donde fui al colegio por primera vez, la plaza de amplias aceras donde jugábamos al lado de la Colegiata y la droguería de los soportales donde mi madre me mandaba cada poco a por artículos de limpieza y me regalaban cuentecitos de Calleja, la calle del estanco, la de la farmacia, y otras calles donde vivía tal o cual amigo. En Vegarienza todas las casas estaban esparcidas a lo largo de la carretera o del camino de Sosas por lo que era imposible perderse, conocía a todos los vecinos, los perros, no se me despintaba ni una sola vaca y sabía de quien era cada oveja por el corte característico de sus orejas. Todos los arroyos y vallinas tenían sus nombres y había estado allí cien veces con las vacas o con el abuelo a por leña o a abonar las tierras. No había pérdida posible.

Pero en León todo era diferente. Casas enormes y calles que salían en todas direcciones sin orden ni concierto por las que deambulaba gente a la que no conocía. Las tiendas, todas parecidas, tampoco servían de referencia. En el pueblo andábamos a la pata la llana sin más peligro que pisar una boñiga de vaca. En la capital no había demasiados vehículos, pero había que estar al tanto al cruzar las calles cuando no había un guardia urbano regulando el paso. Aparte de la normal curiosidad y el atractivo que producen las cosas y sitios nuevos, caminar por León me producía un cierto desasosiego que creo era por temor a perderme. Un leonés capitalino que mudó en pueblerino, que se encontraba perdido en el laberinto de las calles de la ciudad.

Por eso cuando salía de casa sin ningún objetivo concreto, iba repitiéndome machaconamente “Ramiro Valbuena número 8, segundo derecha” y ajustaba mis pasos a un itinerario casi invariable por calles que recorría con cautela para no perderme. Trayectos en círculo que empezaban y terminaban en el número 8 de Ramiro Valbuena, pasando siempre por la Plaza Circular. Salía del portal y me detenía un momento en los escaparates de casa Poli, la tienda de ultramarinos que había nada más salir a la calle, aspirando con fuerza el olor a café molido mezclado con otras especias y tiraba hacía Padre Isla parándome en la carbonería de la esquina para observar como salían, como por arte de magia de una especie de cadena sin fin, los ovoides fabricados con polvo de carbón con los que alimentaban la cocina de casa. Caminaba por Padre Isla hasta la esquina, miraba hacía Renueva con aprensión por dónde sabía se llegaba hasta las murallas y la catedral, sabiendo que era un terreno demasiado extenso como para tener asegurado el regreso. Asegurándome firmemente que algún día tiraría por allí, finalmente torcía por Suero de Quiñones que me llevaría hasta San Marcos, donde echaba un buen rato observando a distancia a Corsino, que conocía porque era de Vegarienza, trajinando entre los coches y los surtidores de la gasolinera del tío Paco.

Tomaba por la Gran Vía de San Marcos, que no se sí entonces se llamaba así, para desembocar con alivio en la Plaza Circular donde me entretenía otro buen rato ante la fachada del Gobierno Civil para observar a tío Gregorio cuando estaba de guardia en la puerta de la fachada principal. El tío Gregorio era guardia nacional y hacía la guardia muy marcial, con su uniforme de color gris y ribetes rojos, con correajes acharolados y brillantes y apoyado en su mosquetón. Se sujetaba la gorra de plato con una correilla que pasaba por la barbilla robusta de los Calzada de Posada de Omaña. Podía pasar horas sin moverse y a veces me parecía que ni siquiera respiraba. No perdía ocasión de mirarle desde lejos, mientras sentía una sensación de orgullo por tener una persona tan importante en la familia. Era el mismo sentimiento de importancia que percibía al pasar por delante de la gasolinera del tío Paco, como si me tocara algo de aquel negocio. Debían ser los primeros actos de inútil autoafirmación de un chavalín que apuntaba a tímido. Cuando estudié en la universidad, mi opinión sobre los “grises”, después de correr muchas veces delante de ellos, llegó a ser muy diferente a la que sentía entonces al ver al tío Gregorio, aunque él siempre quedó al margen de esta fijación estudiantil y siguió siendo antes tío Gregorio que “gris“.

A veces desde San Marcos tomaba un poco más de riesgo y me aventuraba por el Paseo de la Condesa para ver si estaban instalados los caballitos y dejarlo caer en casa como sin querer para ver si el tío Baldomino caía en la trampa, pues seguro que me compraría una bolsa de almendras garrapiñadas. Llegaba hasta Guzmán el Bueno cuya figura me atemorizaba por su gesto fiero. Era un viejo conocido pues lo primero que veíamos al salir de la estación del tren cuando llegábamos de Roa de Duero camino de Vegarienza, era al impresionante Guzmán El Bueno en bronce. Más tarde supe que el gesto de la mano que sujetaba el puñal era para arrojarlo a los sitiadores de la fortaleza de Tarifa y que con él mataran a su hijo prisionero. Pero entonces tenía metido en la cabeza, como tantas veces me habían repetido mis tíos, que el dedo índice señalando la estación por la que acabábamos de llegar era un claro mensaje a los forasteros, nosotros mismos, : “El que no esté a gusto en León, por allí se va a la estación”, por lo que le miraba de reojo intentando pasar desapercibido. Cuando tomábamos un helado sentados en la terraza de La Coyantina no me entraba en la cabeza que las palomas estuvieran tan panchas encima de personaje tan fiero y, además, poniéndole perdido de cagadas desde el puñal hasta el escudo.

No me distraía demasiado observando a Guzmán el Bueno y enseguida tiraba por la avenida de Roma hacía la Plaza Circular, el centro de gravedad de la ciudad para mí. Con sus jardines cuidados y todavía sin la presencia de la Virgen, fue el escenario de mis primeros paseos en cochecito y allí empecé a caminar persiguiendo a las palomas que eran más veloces que yo y me asusté con los graznidos de las choyas negras que en otoño cubrían el cielo.

Satisfecho cual Pulgarcito de haber arribado a terreno amigo, tiraba para casa con parada obligada ante el escaparate de la minúscula tienda de mercería con la que mi familia había intentado sin éxito establecerse como comerciantes en la capital. El negocio fue tan ruinoso que mi abuelo decía que si en vez de una mercería hubieran puesto una sombrerería, los niños hubieran empezado a nacer sin cabeza. Me encandilaba la mano que había en el escaparate con los dedos abiertos elegantemente y enfundados en una delicada media “de cristal“, al lado de un cartelito que anunciaba que allí se cogían puntos a las medias. Cuando cerraron la tienda, la mano junto con cintas de pasamanería, imperdibles y demás artículos sobrantes del naufragio empresarial, estuvieron durante muchos años en una gran caja de madera en la habitación que hacía de despensa y que tío Baldomino usaba de taller para montar cuadros para las colmenas que tío Aecio tenía en el eiro de el Retiro en Vegarienza. Bastantes veces revolví en aquella caja a la búsqueda de algo interesante pero todo eran botones, gomas elásticas y puntillas de encaje, síntesis del éxito empresarial.

Ir a casa de mis abuelos paternos cerca de la Plaza Mayor (ver Charlatanes) era una aventura que suponía atravesar media ciudad y me obligaba a estar muy atento para no pasarme de esquina en aquellas calles estrechas, plazuelas irregulares y cantidad de cosas y olores que distraían la atención. Sólo se aliviaba mi intranquilidad cuando, a la vuelta, vislumbraba el palacio de Los Guzmanes desde donde estaba seguro llegaría a la Plaza Circular, mi estrella polar que me ayudaba en las travesías por la ciudad. Nunca me acerqué solo a la catedral, siempre fui acompañado por algún mayor. Recuerdo como me impresionaba su enormidad hasta el punto que creo que yo disminuía de tamaño, todo encogido bajo tanta magnificencia. Cada poco me tenían que estar tironeando del brazo para que atendiera al culto, pues no dejaba de mirar para atrás intentando descubrir cuál de los bultos que había sobre la puerta principal era el topo gigante que derrumbaba cada poco con sus túneles lo que los canteros habían construido con tanto esmero. Tardé mucho en ser consciente de cómo mis tíos abusaban de mi credulidad con historias como las del topo y Guzmán el Bueno, que luego compensaban con su cariño, las almendras garrapiñadas o las castañas asadas y alguna vuelta en los caballitos a la orilla del río.

Estas estancias esporádicas y cortas de mi infancia en León duraron hasta los diez años, cuando nos fuimos a vivir a Villablino y ya no era necesario pasar por la capital para llegar a Vegarienza. A los dieciocho viví todo un curso cuando estudié preuniversitario en el instituto Padre Isla y para entonces ya era capaz de deambular por sus calles sin la ayuda del rastro de migas de Pulgarcito y sin tener que recalar siempre en la Plaza Circular. Entonces añadí a todas las calles por las que había transitado con precaución, una muy singular. Ordoño II, el tontódromo dominical. En la acera que bajaba de Santo Domingo a Guzmán El Bueno, estábamos en la última parte de la tarde de los domingos todos los jovenzuelos y mozuelas caminando de forma compulsiva arriba y abajo. En aquella acera a rebosar era imposible tener miedo a perderse. Como mucho, miedo a no encontrar respuesta a la pregunta de qué hacíamos allí dando vueltas y vueltas hasta la hora de cenar todas las tardes de domingo. Como se puede ver nunca tuve una relación relajada con las calles de mi ciudad natal. Seguramente por pueblerino y miedoso.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

6 pensamientos en “Mis calles de León (Pulgarcito en la ciudad)

  1. Cómo las prisas no son buenas consejeras, no me había dado cuenta de la autoría de los relatos que había publicados en tu blog. Al leer tu respuesta y también al disfrutar de su lectura me percaté del error.
    No recuerdo a FEDE, aunque por las fotos debería recordarlo. Tal vez nuestros parámetros espacio-temporales no hayan coincidido o lo más seguro, que mi mala memoria me haya fallado de nuevo.
    Mis vivencias de León son de dos años estudiando en “La Normal de Magisterio” y viviendo un curso en Fernández Cadórniga, en casa de Segunda la de La Majúa y otro en La Avenida Peregrinos, al lado del Bernesga, en casa de unos amigos de la familia.
    Recuerdo, como tú, los paseos dominicales por Ordoño, las sesiones de cine en El Trianón, El Emperador y El Azul. También mis primeros escarceos por la sala de fiestas del hotel Riosol y por una discoteca llamada Studens.¡Qué cantidad de calabazas se cosechaban! A mí me tocaron carrocetadas.
    Lamento no poder encontrarme contigo en esta ocasión. Espero que algún día la vida me conceda ese honor.
    Un saludo y buen verano.

    • Eulogio, quizá me puedas ayudar pues veo que eras un habitual de los bailongos. He intentando recordar el nombre de una sala de fiestas emblemática de León, visita obligada para todo el que llegaba de fuera, y de la que tampoco he encontrado rastro en Internet. Algunos estudiantes se referían a ella de forma poco elegante, en la que era fácil ligar pues abundaban las “marmotas”, en alusión a que era frecuentada por chicas de servir. ¿Sabes a cual me refiero?. Un saludo.

  2. Hola Emilio:
    Desde Villager, en un día gris, con niebla en Cueto Nidio y La Brañina, voy a intentar responder a tu demanda; aunque no estoy seguro de acertar.
    El día de San Lorenzo, le pregunté a un primo que vivió siempre en León, y él me dijo que la sala de baile a la que te refieres estaba en la plaza de La Pícara Justina y se llamaba Club Radio. También me informó que era la frecuentada por las “chachas”.
    Espero haberte sido útil.
    Un saludo y buen verano.

    • Hola Eulogio. Te agradezco tu dedicación y seguro que tu primo está en lo cierto, aunque leer Club Radio no me ha provocado esa sensación reconfortante y satisfactoria que se produce cuando por fin recuerdas algo olvidado. Quizá tenga el sistema de la memoria definitivamente averiado. Un saludo.

  3. Hola, no se si podrás ayudarme. Estoy buscando alguna foto de la tienda de ultramarinos que había en tu edificio, casa poli. Era de mi familia y quiero tener algun recuerdo.
    Gracias

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