Jirones V. Segundo tramo escuelas graduadas. ¿Booling…..?

Autor: FEDE GARCIA, 25 de Julio del 2014

FedePradoColominas512

Fede García González en un prado de Colominas.

…la llegada al aula de segundo grado, fue tan deprimente como lo fue en su momento la entrega fuera de plazo por mi padre, a la enseñanza primaria-elemental, – no había parvularios…- No entendía nada, por segunda vez.

Un nuevo maestro más joven que Don Rafael Calzada, continuó en esta segunda ocasión alimentando las riendas de mi educación, tras ser añadido por decreto y sin consulta formal al segundo grado, en pleno curso. Las materias comunes pasaron de ser las previas – escritura – aritmética elemental – lectura ordenada del primer grado, a las que en aquel tiempo, y aún hoy, siguen siendo: ¿materias troncales…? del sistema educativo de siempre. Por cierto no había gimnasia, ni música: ¿estaría mal visto…? ni tampoco las “humanidades”, que eran de otro mundo.

Los niños podíamos ser castigados, por ejemplo, en función del número de faltas de ortografía cometidas en el dictado diario, detectadas de forma hábil, siempre por encima de los hombros, por la vista de halcón del Sr. Maestro de Segundo Grado. El Sr. Maestro se paseaba entre las líneas de aplicados alumnos perfectamente equilibradas por alturas, sin osar levantar la cabeza de la pizarra, o en su caso, del cuaderno de dictado – único cuaderno personalizado – porque, además, había de servir para todo, en todo tiempo y circunstancia.

Las tachaduras sobre las palabras con faltas de ortografía, destacaban en rojo-colorado, porque, – es bien sabido, que el color rojo estaba proscrito y desterrado del lenguaje inocente de la niñería en formación. También de la población en general – por voluntad expresa de un tal Franco – Casi siempre los desacuerdos se podían resolver con un pescozón, o un buen y largo tirón de orejas – la elección de la oreja sancionada, izquierda o derecha dependía del nivel de recuperación de los tirones anteriores aplicados por similares razones de desacuerdo, u otras distintas cualesquiera que estas fueran.

Los cuadernos manuscritos, los recogía el Sr. Maestro de forma metódica para a continuación mantenerlos agrupados por filas sobre la gran mesa de su hábitat-funcional. Eran corregidos con un lápiz octogonal de puntas azul-mar y colorado-bermellón, manejado siempre con la impronta y la habilidad manual de un batería de rock de bombo único.

Agrupaba los cuadernos y pizarras – todos desiguales – distintos colores, dimensiones, conservación, etc, en las tres dichas filas. Apenas una hora, era el tiempo que habitualmente concedía a la grey, para que mientras en absoluto silencio, fuéramos pensando en cómo escapar de aquella tregua de silencio, para que pudiéramos proponer al final, siempre en voz alta, sobre qué tema, o temas, nos parecía bien, que podrían ser abordados la próxima semana, aunque nunca se abordaban.

Con la cabeza del maestro inclinada sobre cada uno de los cuadernos recogidos. en su diaria labor de aplicar el Nihil Obstat de modo irrebatible, era capaz, sorprendentemente de mantener el dominio visual completo sobre las actividades clandestinas, que en cada pupitre-conyugal se llevaban a cabo, por ejemplo: jugando a los barquitos, mientras el tic-tac, del reloj de pared de los pie de estatua y de madera ennegrecida por el tiempo y el polvo, marcaba lentamente el consumo inexorable de la espera… los susurros del C4, y contestación D8, y la exacerbación natural del: ¡HUNDIDO! daba sentido a aquella interminable hora de penitencia grupal forzosa.

Los cuadernos – 40, quizá 45 – volaban entre sus ágiles manos, corrigiendo con aparente eficacia los desórdenes gramaticales cometidos por los escolares – entre nueve y diez años – en la reescritura del dictado a voz alzada previo.

Acababan los cuadernos en tres montones ordenados por número y gravedad de faltas de ortografía cometidas; menos de tres, más de tres, y los del grupo de “ vuelve niño mañana con el dictado repetido”, como deber extraescolar y sin faltas de ortografía.

Uno a uno íbamos pasando a por nuestro cuaderno o pizarra, recogiéndolos rápidamente previa identificación visual anticipada de la situación de los mismos, entre el barullo normal provocado por las prisas en salir los primeros de clase, sobre todo si hacía buen tiempo – también, si hacía mal tiempo o simplemente nevaba, que era lo común, excepto en primavera y verano.

Los recreos eran precipitados: media hora o tres cuartos. No recuerdo bien. Si recuerdo el patio polvoriento en cuesta, sin jardín y embarrado, porque la hierba había sido desahuciada por los cientos de pisadas, patadas y carreras de los niños en libertad vigilada y temporal. Las porterías para jugar el fútbol se señalaban por dos piedras arrancadas de los centenarios muros de cerca de los prados vecinos. Las mediciones de las distancias del diseño a tanto alzado del campo eran avaladas y aplicadas, por los escolares de más edad, o corpulencia, ya que el patio y los espacios para el recreo eran comunes: los de tercer grado, con los de segundo. Los de primer grado – seis – siete años – eran tratados aparte. En el partido entre grados, siempre ganaban los de tercero: el tiempo y el silbato o campana de la llamada a filas, calmaban las interminables discusiones, sobre si era, penalty, o hay que sacar la falta, que por supuesto era ¿córner…? o no era nada. Las dudas eran transcendentales para aquello niños que empleaban de oído unos términos de fútbol, sacados de los partidos radiados que no entendíamos – la Tele estaba por venir. Estaba en el futuro próximo-indefinido. Duda infantil muy importante, saber si la falta – patada en la espinilla – era córner, o vaya usted a saber qué era. La solución aparente, sin mediación alguna, estaba en la vuelta a filas para entrar al cole de nuevo. Nunca nadie llegó a explicarnos que “Korner” en inglés era esquina, y no falta de obra o de palabra: simplemente había que lanzar el balón desde la esquina…

A mí nunca me interesó ni mucho ni poco ser parte de aquello. Continuaba siendo el rubiajo de ojos muy azules y, en parte, el menos interesado en ser un “broncas” de oficio. Era el de menos edad del aula. Naturalmente pocas veces me invitaron a ser parte del equipo: siempre que lo hacían era por interés: Por la merienda: La llevaba en un pequeña talega de tela de cretona y sujetador fruncido de bota de vino. Era de los pocos niños que llevaba merendola al cole. En parte por ello se disputaban – algunos. los de más edad y estatura – la originalidad de probar lo ajeno sin pedir permiso alguno. No ceder por mi parte a aquel – ¿Booling..? colegial era acabar, sin poder jugar en el equipo.

Un buen día, mis padres descubrieron de modo accidental que la merendola, era comunitaria: La taleguilla de cretona que llevaba a casa a la vuelta del cole, siempre estaba limpia. No tenía ni migas de pan, ya que mi merienda, era la merienda de los más avispados o más “machos-decían ellos” del lugar. Mi padre: Pedrosa “El Barrenista” me dijo: Fede, tu verás lo que haces. Si te dejas quitar la merienda yo no voy a defenderte. Mi decisión, por “el soplo animador” de mi madre: Isabel “la Andaluza”, fue: Fede: hoy no llevas merienda de chocolate. Metes una piedra en la talega y espabilas. Así lo hice. Llegada la hora del patio, el comando de requisa – que cambiaba de componentes de un día pata otro – intentó probar el chocolate, pidiéndome de buenas formas pero con malas intenciones que compartiera el bocata – “Les dije que sí”. Que les daba la talega en el patio, pero en la esquina norte. Allá fuimos, y sin dudar un instante ni pensar en las consecuencias les entregué el botín en especie, estampándole la talega de la merienda con la piedra dentro, en la cabeza del más interesado en la presa. El efecto fue perturbador: “la brecha en el cabeza del compa fue espectacular. Creí asustado, que se la había roto porque se le llenó de sangre la parte derecha inmediatamente.

Intervino el Sr. Maestro: y se acabó el recreo. Llevó al Médico al herido, y al día siguiente el compa estaba en clase, con un espectacular remiendo en la cabeza. Sin duda no fue grave el efecto del talegazo en la solvencia física del dañado, pero sí fue efectiva en la dignidad del rubiajo de ojos azules. A partir de ese día siempre pude escoger de qué me apetecía jugar: central, defensa, o portero, etc. Siempre opté por ser portero, las veces que me apetecía jugar, que eran pocas. En general, prefería no hacerlo…

Prefería jugar al guá, con mis bolas de barro o de cristal. De acero no tenía, esas eran para los de tercer grado o de cuarto. Había también algunas bolas de piedra pulida, pero eran caras: una o dos “perronas” 10 céntimos de peseta, moneditas de las de aluminio y no se sabe qué componentes más eran todo un capital para el niño rubiajo de ojos azules y tres hermanas, – los de Colominas – que madrugaba todos los días, a por la leche para el desayuno, antes de ir al cole…

Autor fotografía: Piti

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