Jirones VIII. Cuarto Grado. Don Gildo: un cura de armas tomar

Autor: FEDE GARCÍA. 11 de Agosto de 2014

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…las Reglas de Urbanidad que el Sr. Maestro del último grado en las E. Graduadas de Villablino , pregonaba a última hora de clase ante unas decenas de alumnos que ya empezaban a vestir pantalón largo y a dibujárseles encima del labio superior un amago de bello rebelde, que en poco tiempo la naturaleza transformaría en proyectos de pre-barbasafeitables por decreto biológico a cada uno en función de la edad: doce, trece, o catorce años. Estas modificaciones naturales incluían algo tan invisible, pero apreciable, como era el tono de voz. Eran premoniciones de que algo cambiaba, sin que nadie lo avisara. Eran misterios naturales de la adolescencia: palabrota indescifrable que todo el mundo utilizaba, pero que nadie se atrevía a explicar y, por supuesto, menos a los afectados. Afectadas no había, al menos en las aulas, segregadas por razón de sexo – ahora de género – en el sistema educativo tradicional impuesto, permitido y aplicado por la razón de la fuerza, que no por la fuerza de la razón, con la inestimable colaboración y control material incluido de la omnipresente y siempre visible Iglesia de toda la vida.

En el caso del Rubiajo de Ojos Azules de apenas nueve años – los diez los cumplía a principios del mismo, por tercera o en cuarta ocasión ya, se encontraba, una vez más, en franca minoría grupal: era el de menos edad, y además – sin ser consciente de ello – pasaba de curso y de grado, debido acircunstancias casi misteriosas: La historia indocumentada e imaginada de la Mula Francis; la lectura forzosa  – subido en una silla de haya encerada -del texto de G. y G. – “El embargo”- recitando el mismo, con la suficiente convicción, como para dejar bien sentado, a juicio del Sr. Maestro, que mi lugar ya no estaba en el tercer grado, sino que debiera de estar en el Grado y Curso siguiente. Por supuesto, sin considerar la edad, ni otras apreciaciones singulares, como por ejemplo: eran las de primar con cuidado a otros niños en función de la pertenencia al “stablisment” local. No era el caso del hijo de Pedrosa-El Barrenista, Fede “El Rubiajo”…

El curso fue pasando en el orden natural que imponía la dedicación mono-laboral de los padres de la mayoría de alumnos: el trabajo en las minas de la Minero Siderúrgica de Ponferrada de carbón: – hulla, antracita – que por miles de toneladas eran arrancadas de los pozos en condiciones muy duras – aunque a los niños nos parecían normales – en una época, donde el salario se abonaba mensualmente en metálico, con libramiento personalizado, donde se incluían los pluses de Puntos por Hijos, el jornal base, la antigüedad, la prima del destajo, y el plus por “Desgaste de Herramientas”, menos el antipicipo , por las compras de productos de alimentación de primera necesidad, obligatoriamente debían de seradquiridos en la COOPERATIVA de la MSP, que se encontraba en medio de las praderías y patatales de la vega entre la carretera de San Miguel a la estación del Ferrocarril de Villablino…

Lo cierto, es que el  Cuarto y último Grado, no fue aburrido. En absoluto.

Una vez a la semana, pasaba revista el Sr. cura Don Gildo, todo vestido de negro y tonsurado. Era un señor relativamente joven o mayor ¿40, 45 años? bien plantado, enérgico, sin ser  – al menos ante los ojos de los ya adolescentes escolares de pantalón largo y cintos de cuero crudo – especialmente humillante. Se paseaba paciente y lentamente entre las dos vacíos, que las tres filas de pupitres imponían por aplicación de las reglas de la Geometría Elemental, elucubrando sobre historias, epístolas, etimologías, deuteronomios, testamentos antiguos, nuevos, etc. Estaba claro, que esos libros del Viejo Testamento: Génesis, Pentateuco, etc, habían sido escritos por orden e inspiración divina, en unas épocas indefinidas, en las que al parecer, algunos elegidos ¿Visionarios del futuro..?: anticipaban castigos multitudinarios a los que incumplian la Ley de DIOS, en versión Mosaica: El Sr. Moises había recibido las tablas de piedra con XII órdenes concretas iluminado en una esquina perdida en un monte de nombre olvidado.

Las explicaciones excluyentes que justificaban la veracidad de la ¿propia y única verdad..? por ejemplo, eran del tipo de : “Matusalén, había vivido 200 ó 300 años, sin mas explicaciones, por la gracia de no se sabia quien, cuando la existencia de cualquiera no era superior a los treinta o cuarenta años. Había que tener Fe, que traducido, quería decir, que había que creer por decreto, en aquello que carecía de lógica y de una explicación convincente para los adolescentes. Nunca nos explicaron, por qué razón las muy visibles Tablas de la Ley, estaban escritas en piedra y en números romanos, cuando el supuesto iluminado que las escribió, no sabía escribir y menos en números romanos, que por cierto, pertenecían a un futuro medido en cientos de años.

Siempre me pregunté, también con lógica implacable, que razón  obligaba a Don Gildo a llevar la coronilla afeitada y redonda con tanto esmero y rotundidad. Podría ser – pensaba – que por allí le entraba la ciencia infusa y la iluminación de que tanto hablaba. Se trataba del misterioso ¿Espiritu Santo…?

El librito del Catecismo era de manual de los de bolsillo, impreso en papel de color indescifrable, que se enrollaba como si fuera un artefacto que cabía en el bolsillo del pantalón, por la simple razón de que se llevaba encima el día en que se anunciaba previamente que Don Gildo iba a hacernos el honor de visitarnos. Leerlo y memorizarlo, era obligado, porque si las preguntas de control aleatorias que Don Gildo, no solo imaginaba, si no que lanzaba, con aviso de pescozón previo en la nuca del agraciado de turno – siempre por la espalda – no era contestada con convicción y convencimiento a su gusto, la sanción imaginada sería la de asistir a determinadas clases extraescolares en la Catequesis después de misa mayor de las Doce, en domingos y fiestas de guardar.

Don Gildo, era simplemente Don Gildo. Creo recordar que fuera del horario escolar, en el deambular por las calles y plaza de Villablino, devocionario en mano de los de piel oscura, canto y sobre cantos colorados, determinados alumnos, le besaban la contra-palma de la mano ¿izquierda o derecha? no lo recuerdo… Don Gildo iba siempre impecablemente vestido. La larga botonera corrida de la sotana– decenas de botoncitos redondos, todos ellos forrados de negro – eran, para el Rubiajo, un problema, porque la pregunta obligada era, ¿Cómo era capaz de abrocharse tanto botón sin equivocarse nunca…? Dudas y preguntas, que el tiempo y el sentido común fue aclarando, al comprobar por ejemplo, que debajo de aquellas sotanas siempre pulcras, llevaba unos pantalones como los demás. Eso sí, eran pantalones NEGROS, y además los botones estaban fijos y firmemente cosidos a la sotana. No era necesario desbrocharlos, porque la misma se ajustaba y se fijaba, con unos simples corchetes clandestinos. Dilema resuelto.

Una tarde de primavera de sol radiante y cielo azul  sin manchas de ningún tipo en el mismo – no recuerdo qué día de la semana era -, me quedé sentado en las escaleras de acceso a la Escuela. Eran de piedra, bastante inclinadas. Por el acceso de la izquierda subían los niños, por el acceso de la derecha subían las niñas. Esas Escaleras aún existen, y son las del acceso desde la carretera de Villablino a San Miguel de toda la vida al Colegio, donde me quedé sentado, rumiando sobre algún desencuentro previo con los compas de más edad, que en la mañana de ese mismo día se habría producido en el patio del Cole. Esa tarde, no entré al Cole. Hice por primera y única vez: ¿novillos…? pensando que mi padre: Pedrosa “ El Barrenista”, no se iba a enterar, porque él y el resto del relevo de mañana, pasaban andando desde el Pozo Calderón, al terminar el turno por la misma carretera, hacia las seis de la tarde. Me había hecho el firme propósito de retirarme a las cinco, antes de que pasaran los mineros de vuelta a sus casas – entre ellos, mi padre – No fue posible cumplir el mismo: simplemente me dormí.

Me despertó una voz muy familiar, que me decía; ¡Fede, despierta…!
Era mi padre, que me espabilaba, ante el silencio y miradas interrogantes del resto de sus compañeros…

Me dijo: ¡Coge la cartera y camina delante nuestro sin parar hasta casa! ¡Ya hablaremos…! Aún hoy, muchos años después, aún sigo esperando la necesaria reprimenda… El Sr. Pedrosa “El Barrenista” – hace ya algún tiempo que se olvidó de todos y de todo…- creo, que no se olvidó jamás de la reprimenda. La reprimenda estaba envuelta implícitamente en la orden: ¡Ya hablaremos…! en la propia imaginación del Rubiajo, a la espera de cómo me iba a castigar por haber hecho, con razón o sin ella, una vez “Novillos” en el Colegio de las Escuela Graduadas de Villablino, una tarde soleada de primavera…

Imagen tomada de: mscperu.org

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