El gran salto (hombre rico, hombre pobre)

En Vegarienza, coche de línea parado ante la plazoleta de la casa de los bisabuelos maternos del autor, Bernardino y Ana, que aparecen en primer plano junto a dos nietos. Detrás la casa de Nela y, al final de la cuesta, la Era Vieja.

En Vegarienza, coche de línea parado ante la plazoleta de la casa de los bisabuelos maternos del autor, Bernardino y Ana, que aparecen en primer plano junto a dos nietos. Detrás la casa de Nela y, al final de la cuesta, la Era Vieja.

La vida con mis abuelos en Vegarienza se desenvolvía bajo los usos y costumbres habituales de la mayoría de los vecinos del pueblo, nada diferente a lo que también yo conocía de la etapa en Sosas del Cumbral y que me parecía común con los demás pueblos de la comarca. Era una vida centrada en el cuidado de los animales que aportaban elementos básicos del sustento diario y que ayudaban en la ardua tarea de mantener productivos los prados y las tierras que con sus productos completaban las necesidades de aquella vida sencilla, gobernada por una tradición y técnicas de labranza y pastoreo que venían de muy antiguo.

Los días se sucedían de forma rutinaria solo alterada por la sucesión de estaciones que imponían tareas diferentes. Poco después de la llegada de las golondrinas, a la rutina veraniega se superponía la llegada de los hijos que vivían fuera, algunos con numerosa prole, y todos nos poníamos a las órdenes de los abuelos incorporándonos con naturalidad a las tareas del campo. Éramos una segunda y tercera generación que estábamos ausentes la mayor parte del año pero que nos sentíamos muy próximos a aquella forma de vida.

De vez en cuando aparecían por allí los hermanos de mi abuela en visitas fugaces de pocas horas. Lo suficiente para ponerse al día de las novedades familiares y disfrutar del refrigerio con lo mejor de la matanza con que la abuela les obsequiaba. Por allí pasaba Heliodoro cuando bajaba a León desde El Villar de Santiago, Bernardino con tía Evelia desplazándose desde León donde vivía, y Paco que casi siempre lo hacía acompañado de alguno de sus hijos que aprovechaban para ir de caza con mi tío Pepe y el primo Paco. Heliodoro era el único que aún mantenía la boina en su indumentaria, pero todos vestían con traje y zapatos al modo ciudadano y llegaban en sus propios coches, signo entonces de cierta holgura económica.

Para los que habíamos llegado montados en el autobús de Beltrán acarreando nuestro equipaje al único sitio donde podíamos permitirnos veranear al amparo de la despensa de los abuelos, aquellas visitas familiares nos traían el aroma de la gente importante, de la gente rica. Está sensación se reforzaba cuando contemplábamos pasar por delante de la casa los rebaños de ovejas, flanqueados por “encarrancados” mastines y seguidos por varios pastores y yeguas percheronas que acarreaban la impedimenta, propiedad de los tíos Paco y Bernardino. Yo me preguntaba cómo era posible que aquellos hombres desenvueltos, con pinta de ricos y que parecían disfrutar de gran desahogo económico fueran hermanos de mi abuela que no había dejado de trabajar ni un solo día de su vida para tener justo lo necesario para vivir. Cómo podían proceder de la misma familia.

Mis noticias sobre la familia de mi madre comienzan con los bisabuelos Bernardino y Ana viviendo en Sosas del Cumbral en una casa cerca del puente, contigua a la de Don Restituto el cura, con un amplio corral que al fondo terminaba en las peñas y al frente daba al camino. Recuerdo una enorme galería de madera que recorría casi toda la fachada. Bernardino debía pensar en algo más que en sus vacas y sus fincas y algún tiempo debió dedicar a atisbar el futuro, concluyendo que el arado y el ordeño solo conducían a una vida trabajosa y esclava. Lo compaginó con una incipiente actividad comercial que se desarrollaba en una estancia en la planta baja que debió ser cantina y tienda donde se vendían ultramarinos y otros enseres. En una visita a Sosas con trece o catorce años, Almudenina nos enseñó la casa y en los cajones de lo que fue cantina encontré cartas de la época de las que arrasé todos los sellos y seguramente perdí la ocasión de conocer noticias ciertas sobre la familia y su actividad comercial, algo imperdonable y solo achacable a la inconsciencia.

Cuando al bisabuelo Bernardino se le quedó pequeño Sosas, el pueblecito que yo siempre asimilé al fin del mundo, se fueron a vivir a Vegarienza al pie de la carretera de Villablino a León, justo donde desembocaba el camino de Sosas y se juntaban los ríos Omaña y Baltaín. Por aquel cruce de caminos pasaban los habitantes de los pueblos del valle del Baltaín, del Valle Gordo y pueblos del río Omaña arriba camino de los mercados de ganado. A partir de una casa tradicional de renegrida cocina con sus correspondientes trébedes y pregancias, edificó una casa grande con trece o catorce estancias, cuadras para más de una docena de vacas, amplio corral rodeado de diversas cortes y de una zona porticada comunicado con la huerta que lindaba con los dos ríos. Se decía que “el buen paño en el arca se vende“, pero el bisabuelo debió pensar que era conveniente acercar al arca al lugar por donde transitan los compradores. Era el sitio ideal para que un comerciante avispado pusiera su tienda. Dedicó más de la mitad de la planta baja, dotada de amplias estanterías, a comercio donde despachaban comestibles, útiles y herramientas y todo lo que solía ser habitual en la época, que reponía yéndolo a buscar carretera abajo con un carro tirado por bueyes con el que llegaba incluso hasta Astorga (ver El bisabuelo Bernardino).

No se si antes alguien de la familia se dedicó al comercio o fue el bisabuelo Bernardino el primero en dedicarse a ello, el caso es que debió ser un hombre hábil para los negocios. Parece ser que iba por los pueblos comprando ganado que después de tenerlo pastando en prados y montes vendía. En la foto de cabecera está ataviado con un guardapolvo parecido al que usaban los tratantes de ganado que yo conocí en los mercados de Riello y El Castillo. Probablemente se dedicará a otras actividades comerciales pues uno de sus nietos, mi tío Emilio, se refería a él como el “abuelo cambalache” aludiendo a su habilidad para comprar, vender y cambiar. Entretanto seguía pendiente de la marcha de las fincas y cuidado de los animales pero las tareas del día a día las tenía encomendadas a varios criados.

Seguramente la bonanza de los negocios reforzó su antiguo convencimiento de que la vida de agricultor que había llevado anteriormente no era lo más adecuado para alguno de sus hijos que apuntaban espabilados y los mandó fuera a estudiar con acuerdo del mayor, Heliodoro, que se hizo cargo de las obligaciones en la casa que hubieran correspondido a sus dos hermanos. Paco y Bernardino volvieron con su título de doctores y ejercieron de médicos en la zona, pasando a ser don Paco y don Bernardino. Paco debía ser un buen otorrino y enseguida dispuso de clínica en León y Madrid donde pasaba consulta y operaba. Con facilidad para relacionarse, fue diputado a Cortes por Zamora y se decía que tenía acceso a determinados círculos de influencia lo que le permitió conseguir que el camino de Sosas, su pueblo natal, se convirtiera en carretera. Cuando yo conocí a tío Bernardino vivía en León y creo que ya no ejercía de médico, ocupándose de la fundación Carballo, de la gasolinera de San Marcos y de una ganadería en Mansilla de las Mulas, negocios que creo compartía con su hermano Paco. Heliodoro también dejó Vegarienza estableciéndose en El Villar de Santiago donde se dedicaba a la industria del carbón. Desde entonces, a ellos y a sus hijos solo les vimos en Vega en visitas fugaces.

Concha se casó y vivía en León aunque nunca percibí en ella el aura de gente rica que acompañaba a sus tres hermanos. Entretanto mi abuela y el tío Baldomino, el menor de los hermanos, siguieron la tradición campesina en Sosas del Cumbral y Vegarienza respectivamente donde sacaron adelante con mucho trabajo a sus abundantes proles de diez y trece hijos. No se sí también ellos tuvieron la oportunidad de estudiar y la actitud necesaria para cambiar de vida, pero está claro que la familia se partió en un bloque continuista que se mantuvo en el mismo lugar donde habían vivido sus antepasados por siglos y otro más osado que tuvo que aprender a bandearse en un entorno desconocido hasta entonces para ellos y en el que parece ser que triunfaron. A mí me correspondió descender de la rama tradicional, lo que me ha permitido conocer a fondo como se vivía en Omaña y que intento contar en este blog.

No deja de asombrarme que un hombre de pueblo entendiera con tanta clarividencia que seguir apegado al terruño y las costumbres no era el único camino y empujó a parte de la familia a dar el gran salto. El resultado fue que tres de sus hijos gozaron de una buena posición económica y social que de alguna forma influyó en los padres que quedaron en el pueblo. Lo efectos más vistosos que conozco de la transición del campesinado a hijos bien situados y con costumbres más mundanas, es un busto del bisabuelo Bernardino que replica sus acentuados rasgos, impensable en un campesino de Vegarienza, y que a la muerte de la bisabuela Ana (García González) se publicaran esquelas en ABC y PROA avisando de las indulgencias concedidas por el obispo de León y un obituario del corresponsal de PROA en Murias de Paredes refiriéndose a ella como Ana García de Cumbral González. Se había iniciado el salto del anonimato omañés a la sofisticación mundana. El resto de la familia, seguramente menos osados, seguimos la trillada senda de la sencillez y la intrascendencia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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