Venenos cotidianos (polvo de carcoma)

Calber512

Hace tanto que nacieron mis hijos, que solo me pongo al día en las nuevas tendencias en partos y cuidados de los bebés cuando nace algún miembro de la generación de mis nietos. A Jorge, el hijo de una sobrina, le han tenido todo un día sin comer hasta que su madre pudo darle el pecho y sin lavarlo, pues dicen los entendidos que los bebés están más protegidos en las primeras horas bien embadurnados con los fluidos uterinos. No importa a estos expertos que Jorge apareciera en las fotos como si hubiera tenido un accidente. Pero lo que me ha dejado impactado no ha sido la foto desaliñada de Jorge, sino el comentario de su madre afirmando que ya no se usan los polvos de talco en la higiene de los pequeños porque puede ser cancerígeno. Los polvos higiénicos Calber usados entonces, eran el paradigma de lo suave y lo confortable y estuvieron presentes en mi higiene y en la de mis hermanos cuando recién nacidos. Era el único bálsamo que conocieron nuestros culitos imberbes, enrojecidos de tanta caca y pis que no alcanzaban a empapar los pañales de gasa reutilizables con que nos vestían. Los polvos Calber no solo suavizaban nuestros culos, sino cualquier superficie. Era frecuente que cuando el mal tiempo nos impedía salir a la calle, extendiéramos polvos talco por los baldosines del pasillo que se convertían en una pista de patinaje, como los “resbalitos” de hielo que hacíamos en las calles de Villablino a la primera nevada. Nunca se me hubiera ocurrido pensar que algo tan aparentemente inocente fuera cancerígeno. Al comentárselo a mi madre, recuerda que oyó decir que también se usaba para este menester suavizante el polvo de madera que dejaba la carcoma al devorar vigas y muebles. Cuesta imaginar cómo podían obtener la cantidad necesaria de este subproducto de la dieta de las carcomas para tener seco el culo incansable de un bebé. El asunto de los polvos me ha hecho recordar con cuantas sustancias convivíamos en mi época, que ahora la ciencia y los irreductibles ecologistas catalogan como dañinos, o directamente como venenos, y que lo hacíamos de forma totalmente despreocupada. Además de la jeringuilla reutilizable, el termómetro ocupaba un lugar principal en el equipamiento sanitario de la casa y era tratado con el mayor cuidado, pero tantas manos y gripes conseguían que alguno se rompiera dejando el suelo lleno de cristales y bolitas de mercurio brillantes. Yo estaba pendiente de estos incidente y me ponía a rebuscar las minúsculas esferas de mercurio, que se desparramaban por todos los rincones, para guardarlas en un envase de cristal con tapón de goma de los de la penicilina. Termómetro a termómetro, llegué a mediar el frasco de lo que parecía ser un líquido plateado muy pesado. Me atraían aquellas gotas de líquido que no mojaba, que se devoraban unas a otras cuando entraban en contacto, como fagocitándose, y que rodaban en cualquier superficie como pelotas ligeramente aplastadas. Cuando una gota golpeaba con un objeto, se dividía en innumerables esferas de menor tamaño que se volvían a refundir en una sola al ponerlas en contacto, maniobra que yo realizaba incansablemente asombrado por aquel comportamiento. Entretanto, me escarbaba las narices y comía la merienda con las mismas manos que manipulaban el mercurio. Y, si era necesario, me metía un dedo en la boca para liberar una muela de un pegotillo adherido de pan con chocolate. Veneno puro en manos de un indocumentado. La primera escopeta de aire comprimido no apareció en casa hasta que yo tuve diecisiete o más años, pero siempre había algún chaval en la vecindad que la tenía y al que, indefectiblemente, le salían infinidad de amigos para disparar por turno. Yo entre ellos. La forma usual de guardar los minúsculos balines de plomo usados en estas escopetas, era metérselos en la boca para no perderlos y tener las manos libres en el momento de disparar cuando te tocaba. Entretanto, los balines estaban bañados en saliva y en continuo recuento con la lengua para saber los que quedaban. Seguramente, todos nos habíamos tragado alguno y a lo largo de la tarde ingeríamos algún decilitro de saliva bien impregnada de plomo. Probablemente no nos pasaba nada por chupar plomo, pues debíamos tener el cuerpo habituado después de años de beber el agua que llegaba a las casas por tuberías de plomo y jugar con soldaditos y otros juguetes del mismo material que también mordíamos y chupeteábamos. El atontamiento que de vez en cuando me afectaba, ¿debiera haberse tomado por síntoma de saturnismo?. Ahora científicos y ecologistas se preocupan por microgramos por millón de plomo que hay en el aire, y yo me lo metía puro cien por cien en la boca como si fuesen caramelos. En aquella época se hacían pocas fotografías y en casa nunca hubo máquina de fotos, pero de vez en cuando caía en mis manos algún negativo sin que pueda recordar de donde provenían. Después de mirar y remirar las imágenes del negativo intentando reconocer a los fotografiados y comprender el por qué de aquella técnica absurda que presentaba en negro lo que en la realidad era blanco y al revés, mi atención se trasladaba al propio material del film cuya flexibilidad me asombraba. En una época aún sin plásticos aquello resultaba llamativo. Después de doblarlo infinidad de veces hasta que terminaba partiéndose, terminaba con el negativo en la boca y salivándolo hasta notar que se ablandaba la emulsión de bromuro de plata, que entonces se podía rascar con las uñas y así el film quedaba totalmente transparente y limpio de todo resto de emulsión y usarlo en lugar del cristal en las chapas de las carreras ciclistas, las más ligeras que tuve. Chupando aquel sucedáneo de chicle, sabor Kodak, ¿cuánto bromuro de plata habré tragado? Como se puede ver he sido un especialista en la mala manipulación de algunos metales y compuestos venenosos, o cuando menos insanos, aunque sin secuelas aparentes. Era la conducta más propia de un químico demente o de un suicida. Podría justificarse en la inconsciencia de los pocos años, pero también al desconocimiento general y la nula prevención que del contacto con ciertas sustancias hacían las autoridades sanitarias. Paso por alto que he tocado con las manos el sulfato para el escarabajo de la patata, repleto de DDT, que me ha goteado las manos y he respirado el del matamoscas Flit, he jugado con bolas de naftalina, he chupado el fósforo de los restralletes para frotármelos en la piel por su efecto fluorescente, etc. En suma, he estado en contacto con todas las sustancias venenosas que he tenido a mano y no he chupado caramelos radiactivos porque no los había. ¿Cómo me ha podido afectar esto? No lo se, pero lo recuerdo cada vez que oigo hablar de los agentes tóxicos nos rodean hoy día y pienso si estaré vacunado gracias a mi pasado insensato o estaré hecho una ruina por dentro. Sus razones tendrán los médicos que atendieron a Jorge al avisar del potencial maligno de los polvos de talco, pero a mí me parece una minucia. Mirándome esta pierna tonta que tengo, me da por pensar si mi madre me habrá empolvado en exceso la rodilla con los higiénicos Calber. Quizá si, a la antigua usanza, me hubiera puesto polvo de carcoma aún estaría ahora montando en bicicleta. Mecachis!

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: original-poster-barcelona.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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12 pensamientos en “Venenos cotidianos (polvo de carcoma)

  1. Genial, Emilio. Yo, hasta recuerdo una Nochevieja de jovenzuelos bebiendo sidra achampanada El Gaitero por una madreña con abundantes restos de “cuito” y, que recuerde, creo que aún vivimos sin mayores problemas. Madre mía, la de barbaridades que cometimos según las filosofías actuales ¿verdad? Y no sabíamos lo que eran las alergias salvo cuando nos ortigábamos. En fin, es el progreso.

  2. Hola Emilio:
    Después de la “tournée” veraniega, y de regreso a los cuarteles invernales, aunque en lo climatológico seguimos con un clima estival, he dedicado un poco de tiempo a la lectura tanto de las narraciones de Fede como a las tuyas.
    Es curiosa tu reflexión a cerca de los venenos cotidianos. Hoy día casi todo es venenoso, antihigiénico, contaminante… y tratamos de protegernos de casi todo lo que nos rodea. Sin embargo, tenemos que pensar que nuestro entorno es parte esencial de nuestra vida y que es imprescindible adaptarnos e él. Si tratamos de esquivarlo y no le hacemos frente tendremos perdida la batalla de antemano.
    La mayoría de las alergias, que tantos niños padecen hoy, están producidas por la mala adaptación al medio físico. Antes jugábamos en la tierra, en prados, eras… con lo que nuestro cuerpo, desde la más tierna infancia, tenía que lidiar con todo tipo de ácaros y demás microbios. De este modo nuestras defensas estaban siempre en acción. Hoy día vivimos entre algodones: se juega en parques embaldosados, en canchas de tarima… siendo la higiene un bien esencial. Tanta asepsia nos impide batirnos cara a cara con las malévolas huestes microbianas, puesto que pretende interponer una barrera entre ellas y nuestro sistema inmunológico.
    Cuando éramos niños, comíamos el bocadillo, a la vez que jugábamos al gua o nos revolcábamos por el prado o sacábamos con los dientes el palo espetado en la hierba, que también degustábamos. Nos ateníamos al dicho:”lo que no mata engorda”.
    Hace unos meses, la hija de un compañero y amigo, tuvo una nena preciosa. Mientras se alimentó de la teta, todo fue bien. Al comenzar a tomar papillas con pescado o carne comenzó para la pobre niña un calvario. En varias ocasiones estuvo al borde de irse. Después de un montón de pruebas le diagnosticaron intolerancia a casi todo tipo de carnes y pescados y aún no han terminado de concluir el diagnóstico. Los padres son altos, guapos y sanos. La madre trabaja en un gran centro comercial (no parece un entorno peligroso para la salud) y el padre es funcionario de prisiones en Soto del Real (puede que aquí este el foco contaminante).
    Un saludo.

    • Tienes razón, Eulogio. Pasar del baño semanal a la ducha diaria tenía que traer, necesariamente, algún problema. Ahora, una mota de polvo nos des estabiliza. En cuanto a Soto del Real, en los últimos tiempos allí se puede pescar cualquier cosa. Saludos.

  3. Gracias por el post, Emilio. Se te echaba mucho de menos. Ya lo habéis dicho todo y muy bien.Quiza añadir que ls nuevos materiales, productos y este medio ambiente que sufrimos tiene la culpa de tantas alergias.

  4. Hola Emilio, te he encontrado buscandote en Google con una prima tuya (Maria Luisa de la Calzada Fernandez), por coincidencias de la vida, trabajo con ella en Valencia, y, tambien trabaje contigo en Dragados en la Delegación de Valencia. Me encantan tus relatos. Aunque solo sean del pasado muyyyy pasado. Me Llamo Dolores Calderon, supongo que no me recordaras, pero yo si me acuerdo de todos los problemas que tuvimos que solucionar hasta que pusimos en marcha el sistema informatico de la Autopista.
    Un abrazo

    • Hola Dolores. Qué casualidad que conozcas a Marisa y qué coincidencia que también me conocieras a mí. Mi memoria se comporta de una manera rara. Hay cosas relativamente recientes que han sucedido a mis hijos o gente cercana, que cuando me hablan de ellas me parecen nuevas. En cambio, lo que me pasó de chaval se mantiene nítido a través de los años. Probablemente las neuronas donde se fijan los recuerdos fueran de mucha calidad en los primeros años. Seguramente allá por 1973 ya estaban un poco deterioradas, lo que me impide recordar tu nombre. ¿En qué departamento trabajabas?

      Tienes razón, mis historias son viejas como yo mismo, pero eso es lo que pretendía transmitir a mis nietos: el mundo aquel tan distinto del actual.

      No se si os habréis topado con la historia del tío Aecio, el padre de Marisa: está en el apartado Sosas.

      Un fuerte abrazo para tí y otro para Marisa.

      • Hola, en primer lugar no me parecen historias viejas sino antiguas, y ademas muy bonitas. Te mando el correo electronico de tu prima Marisa: delacalzada_mlu@gva.es.
        Los recuerdos son selectivos y hacen lo que quieren, y son mas reales los mas importantes de tu vida. Los recuerdos laborales no son los mas bonitos. Entre a trabajar en Dragados cuando se estaba montando en Valencia la estructura informatica para la Autopista. Eramos un chico andaluz (Rafael) y yo. Tu eras el Jefe. Despues ya entro mucha mas gente en el Departamento de proceso de datos (M.Angeles, Rosa, M Carmen, Juan, Miguel etc… Iba a mandarte una foto de la epoca pero no he podido adjuntarla.
        Lo volvere a intentar.
        Un abrazo. Lola

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