Dulce compañía (¿coartada para descerebrados?)

AngelGuarda512

En varias ocasiones he descrito cómo el riesgo estaba presente en muchos ratos de ocio como cuando, con mi amigo Juanjoel Polisia“, nos tirábamos en marcha del tren minero en la recta de Rabanal tal como veíamos en el cine, o cuando me enganchaba temerariamente en la caja de los camiones que pasaban por mi lado subiendo en bicicleta por la cuesta de la estación de Villablino. O cuando emulábamos a los cohetes de la Nasa lanzando hacia el cielo un bote de hojalata al arrimar una llama al gas que se desprendía por la reacción del agua con el carburo, que habíamos robado en los talleres del Instituto Laboral, con grave riesgo para el artillero y los mirones. O cuando en grupo lanzábamos contra un árbol las navajas, que salían rebotadas o pasaban de largo hacía donde alguno de nosotros recogía la suya, que no se había clavado en la madera. La lista de prácticas de riesgo sería inacabable. A veces he pensado que la insensatez con que nos comportábamos pudiera tener algo que ver con el componente fantástico que impregnaba las clases de Religión impartidas por don Urbano en la Academia Carrasconte o los sermones de don Gildo que incorporaron a nuestro acervo conceptos sobrenaturales y promovieron entes como el Ángel de la Guarda. Se nos decía que cada uno teníamos asignado un ser alado y superior cuyo cometido, encomendado por el propio Dios, era velar por su protegido incluso aunque estuviera en pecado. Era una especie de guardaespaldas celestial que cuidaba de su “angelito” humano siguiéndole a todas partes. El concepto está bien representado en el grabado de cabecera, donde un ángel vela por unos niños que cruzan un puente inseguro sobre un cauce caudaloso. El Ángel de la Guarda nos hablaba, nos aconsejaba, nos ayudaba a superar las tentaciones y nos seguía allá donde fuéramos, pero no estaba autorizado a forzar nuestra voluntad. Aseguraban que nosotros podíamos y debíamos hablarle, que él nos escucharía. Por eso nos encomendábamos todos los días a él al acostarnos “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería”. A juzgar por lo que he contado al principio, el ángel conmigo hacía su trabajo muy bien y solo debía descansar cuando yo cerraba el ojo después de rezar la plegaria con la que le conminaba a seguir pendiente de mis actos. No me explico cómo podía seguirme a todos los sitios donde yo iba, si a veces ni yo mismo sabía dónde estaba. Como cuando exploramos a la luz insegura de una vela, las bodegas abandonadas que había debajo de nuestra casa de Roa de Duero, donde alguno de nosotros pudimos morir ahogados en los numerosos hoyos malolientes de hollejos de uva que había allí o respirando monóxido de carbono. O como cuando nos dedicábamos a explorar a oscuras los extensos muros palomeros que sostenían el tejado del edificio construido en el campo municipal de Villablino donde junto a mi inseparable Juanjoel Polisia” viví uno de los momentos más angustiosos de mi vida, pudiendo habernos quedado allí adentro para siempre, agotados de tantas vueltas como dimos. Buena falta nos hacía el amparo del ángel con lo insensatos que éramos. Aunque si te lo creías a pies juntillas tenía el inconveniente de que podías comportarte más insensatamente aún de lo que propiciaba tu natural condición asilvestrada. Semana tras semana, tanto en clase de Religión como en la Iglesia, oíamos hablar de prodigios y milagros con muertos resucitados, enfermos incurables sanados y panes que se convertían en peces, bajo una fuerte presión moral y sicológica del cura de turno para que te lo creyeras a pies juntillas. Recuerdo cómo nos contaban una de las tentaciones de Cristo en que el Diablo le condujo al pináculo del Templo y le decía algo así “Si eres Hijo de Dios, lánzate desde aquí al suelo, porque Él enviará a sus ángeles que te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en las piedras”. Si estabas un poco pirado y no eras capaz de distinguir entre el plano evangélico y la vida ordinaria, podía ocurrir que te desengancharas de la caja del camión más tarde de lo prudente, pensando que no te iba a pasar nada con la ayuda del Ángel de la Guarda. Después de varias experiencias exitosas, te podías convertir primero en un temerario y después en un cadáver o un lisiado. Visto desde esta perspectiva, aún podíamos pasar por juiciosos. Pasado un tiempo, las imprudencias amainaron, dejé de rezar a mi ángel protector y no sé qué habrá sido de él. No sé si ha sido abolido por Woijtila al mismo tiempo que el Purgatorio, o si, habiendo sido abolido, ha vuelto a ser restituido en sus funciones tal como hizo el papa Ratzinguer con el Infierno, donde tiene a Pedro Botero atizando de nuevo las calderas. Es difícil seguir el vaivén de cambios propuestos por estos últimos papas, tan fundamentalistas por un lado y tan proclives por otro a hacer más atractiva a la parroquia los intríngulis del dogma y las entelequias celestiales. Se les ha debido pasar por alto la potencialidad de un símbolo como el Ángel de la Guarda y bien harían promocionándole con algún cómic que le hiciera tan popular como Superman o Batman, héroes de doble vida, que no pueden rivalizar con el ángel custodio ni en bondad ni en ubicuidad. El ángel tiene alas de verdad y no necesita disfrazarse para actuar. Está siempre dispuesto. Le escribiré una carta a Ratzinguer, aclarándole que fui monaguillo para que me considere como colega y no me de la callada por respuesta, para que me aclare si mi ángel aún está en activo. No sé si era verdad lo del ángel, pero era bonito.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: es.forwallpaper.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Anuncios

2 pensamientos en “Dulce compañía (¿coartada para descerebrados?)

  1. Hola Emilio:
    Me parece que tus reflexiones sobre El Ángel de la Guarda son muy acertadas. Pero como todo lo bueno se acaba o se termina por corromper, y para confirmarlo sobran los ejemplos, creo que al alado bienhechor no le sucedió ninguno de los sofismas anteriores, simplemente está en jubilación activa. A esta conclusión he llagado por mera observación del mundo infantil y su entorno, que como sabes, fue mi profesión durante cuatro décadas.
    En la actualidad sus angelicales servicios han sido sustituidos por una “troupe” de abuelos y abuelas, tíos abuelos y tías abuelas, tíos y tías, canguros y canguras…
    Por lo que es absolutamente imposible que los infantes sufran ningún percance serio. Los niños, hoy en día, tienen el tiempo programado desde que se levantan hasta que se acuestan y están siempre supervisados por algún adulto. Esto, que parece una gran ventaja para su formación, es el mayor inconveniente; ya que no disponen de tiempo propio que gestionen por su cuenta, con sus iguales. Solamente existe un ámbito en el que es absolutamente imprescindible la actuación del Ángel: velar por la chiquillería en el patio de recreo.
    Un saludo y buen otoño.

    • Hola, Eulogio. Efectivamente, rodeados de mayores y de cámaras web desde la cuna hasta la guardería. Como tu dices, el recreo es otra cosa y ahí bien vendría el alado protector. Luego con trece o catorce años se tiran al agua sin protección, cuando empiezan a ir a las discotecas para adolescentes y en un plisplas se puede arruinar todo el esquema protector que les ha rodeado antes. No hay término medio. Un saludo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s