El Pradón (zapatero a tus zapatos)

El Pradón, repleto de chopos.

El Pradón, repleto de chopos.

Durante años toda la familia seguimos el ritmo frenético de mi abuelo que no entendía un solo día sin actividad ya fuera labrando o en tareas de mantenimiento de las fincas, preparando útiles para la inminente recogida de la hierba, del pan, las patatas, etc, el corte y recogida de la leña, abonando las tierras o alguna tarea de reparación en las dependencias de aquella casona de Vegarienza. No teníamos descanso. Cuando murió, nuestra mayor ocupación fue estar ociosos y mirábamos con cierta nostalgia como la gente del pueblo seguía con el trajín de sus tareas de campesinos.

Cuando murió el tío Federico, fraile agustino que vivió muchos años en Perú, mi madre heredó unos pocos miles de pesetas. Creo que fue la única vez que en mi familia hubo algo de dinero cuyo destino no estaba ya establecido con bastante antelación para cubrir las necesidades de aquella prole en crecimiento imparable. Desde tiempo atrás mi padre quería tener una finca para plantarla de chopos de crecimiento rápido, pues creía que sería un buen negocio, y le dijo a mi madre que aquel dinero representaba la ocasión soñada. Mi madre, que era quien llevaba el peso de lidiar con las escaseces diarias y estaba harta de arreglar la ropa de cada uno de nosotros para el hermano siguiente, le dijo “Mejor gastarlo en comprar ropa para vestir a los hijos“, a lo que mi padre sentenció “Eso, con lo que sobre“.

A medias con el tío Baldomino, que compartía la idea de que plantar chopos sería un buen negocio, compraron a Urbano el de Carola un prado a la orilla del río, enfrente de El Salgueral, conocido como El Pradón por su extensión de no se cuantos carros de tapín, la peculiar unidad de superficie utilizada en Omaña. Era una época en que “ser millonario” era un meta que se consideraba solo al alcance de muy pocos. Aquí parecía que la ocasión la pintaban calva pues la cuenta era así de sencilla, mil chopos vendidos a mil pesetas cada uno nos convertirían en millonarios. A nadie se le ocurrió pensar que aquello podía ser el cuento de la lechera transmutado en “el cuento de la chopera“.

Habíamos sido aplicados ayudantes del abuelo pero él, que frecuentemente solía sentenciar “zapatero a tus zapatos” cuando alguien se ponía a hacer algo sin el conocimiento necesario, era el que realmente sabía y, de haber vivido, nos hubiera llamado botarates cuando mi padre y mi tío tuvieron la ocurrencia de hacerse ricos con aquellos chopos de crecimiento rápido. Porque mi abuelo sabía que en Omaña la primavera es tardía y el otoño llega pronto, de forma que casi cuando la savia ha terminado de llegar al pico del chopo, es el tiempo de retornar hacía las raíces y las hojas empiezan a amarillear. Los chopos crecerían rápido pero durante muy poco tiempo.

Además del olor del millón, algo debió influir en la aventura la intensa actividad anterior con mi abuelo que nos había dejado la sensación de que vivir en el pueblo sin nada que hacer era hasta aburrido. También que de vez en cuando solíamos comentar que determinadas cosas del campo podían hacerse mejor que con la aparente desidia de los lugareños, cómo podía ser el tapar el agua que discurría por las presas de los prados con un simple tronco cruzado, dos tablas medio pochas apoyadas en el tronco y terrones de tapín para tapar los agujeros por donde se iba el agua. En vez de entender que los de por allí hacían las cosas con lo que tenían a mano, elucubrábamos con que sería mejor una compuerta con tablas bien escuadradas y apoyada sobre sendos muretes de piedra recibida con cemento que no dejaría pasar ni un chorrito de agua. Olvidábamos que el cemento había que comprarlo y que serían varios los muretes a hacer en cada finca, detalles sin importancia que sólo podían pasar por alto los veraneantes que veníamos de fuera, aún incluso con un amplio entrenamiento como habíamos tenido nosotros al lado del abuelo. Si no se lo habíamos visto hacer al abuelo, ¿no sería descabellado innovar en la técnica secular?

Ya dueños de El Pradón, la primera tarea fue decidir como podía dar cabida al número mágico de los mil chopos que nos harían millonarios. No valía ni siquiera con uno menos, pues nos dejaría fuera del club de millonarios por un pelo. Aún siendo muchos los carros de tapín de El Pradón, los chopos finalmente tuvieron que plantarse demasiado juntos, circunstancia de la que seguramente advertirían el primo Julio y los demás hombres que participaron en la plantación de aquellos ejemplares de chopo, de piel lisa verde claro y muy esbeltos, procedentes de La Ribera. Luego vinieron los adornos que introdujimos en El Pradón, que supongo debieron dar mucho juego a los comentarios maliciosos de los naturales del pueblo.

En la orilla del río hicimos una caseta de ladrillo de dos metros y medio o tres de lado, tejado de uralita y puerta de madera con cerradura, para las herramientas, una carretilla y algún saco de abono mineral. No recuerdo una sola finca de por allí que tuviera semejante instalación. Y seguro que ni falta hacia, pues el que iba a regar tenía suficiente con llevar la azada al hombro o un hacha y la palanca si iba a reparar un cierro o el guadaño y el rastrillo si iba a segar. Aquello era simplemente un indicio del tiempo que pensábamos dedicar a aquellos alevines de chopo.

Siguiendo nuestra teoría sobre cómo mejorar la técnica de los lugareños, en cada punto de la presa donde era necesaria una compuerta para que el agua remansada saliera por las torcas y regara los plantones, construimos con piedras del río y cemento un murete a cada lado de la presa para sujetar la compuerta y un fondo plano donde asentar la tabla bajera. Todo muy aparente, pero finalmente seguía siendo necesario echar mano de los terrones de tapín para evitar las fugas de agua. Era un poco como jugar a las casitas y probablemente motivo para que los lugareños se partieran el culo de risa con lo que considerarían cursiladas de campesinos de nuevo cuño.

Cuando al río Omaña se le hinchaban las narices había pocas cosas que se le resistieran. Pasaba por Vegarienza con el importante caudal que aportaba un largo valle que arrancaba en Murias de Paredes, con sus dos laderas plagadas de arroyos y riachuelos, y la crecida que le llegaba del Valle Gordo que se le unía en Aguasmestas. Le habíamos visto llevarse por delante los mejores ejemplares de chopo y aliso de El Pradico, bien enraizados tras muchos años, y no queríamos ni pensar en lo que haría con aquellas crías de chopo que ni siquiera eran del país. Tuvimos claro desde un primer momento que había que guarnecer el ribazo que daba al río con unos gaviones que desviaran el agua del prado. Compramos unas mallas de alambre galvanizado que se convertían en un cajón de unos tres metros cúbicos y que rellenamos con piedras del río a lo largo de un par de semanas. Fueron unos cuantos días encorvados, con el agua hasta el ombligo, arrancando piedras del lecho del río Omaña que transportábamos hasta la orilla semi sumergidas pues así parecían ligeras como plumas, tal como mandaba el principio de Arquímedes. A cada piedra que sacábamos a la orilla, ya sin el concurso del sabio griego, se ponía en evidencia lo complicado que era sujetar fuera del agua aquellas piedras redondeadas y cubiertas de la pátina resbaladiza color mermelada que las cubría cuando las aguas manseaban en verano.

Creo recordar que Paulino el guardarríos estuvo a punto de meternos mano por alterar el hábitat de “sus truchas” a las que dejábamos sin piedras en las que sestear, por el susto que estábamos dando a las gusarapas al levantar los pedruscos donde se refugiaban y por trastocar la placentera vida de los marabayos, que vivían pegados a las piedras con su cuerpecito amarillo y carnoso enfundado en un traje cilíndrico de piedrecitas del que solo asomaba su cabeza oscura y las patitas. Nos expropiaban las truchas para que pescaran los de fuera y casi era delito sacar piedras del río para defender los prados de sus envites invernales.

Durante los primeros inviernos mirábamos orgullosos nuestros gaviones pues todo parecía ir bien gracias a nuestro esfuerzo y previsión. Hasta que en una hinchada de narices el río tiró por derecho en la curva de por encima de la casa del herrero, bajando una buena parte de la crecidas por los prados que apenas sufrieron daños, hasta llegar a nuestra chopera de plantas recientes con raíces aún poco profundas donde arrancó bastantes y partió las más débiles de forma que hubo que replantar unas cuantas. A cada riada era forzoso meditar sobre lo duro que era hacerse millonarios.

No creo que hubiera chopos más mimados y regados que los de El Pradón en toda la redondada. No se sí fue el crecimiento rápido o que no eran del país o el exceso de mimo, el riego sobreabundante o la poca distancia entre ellos que propiciaba menos sol y ventilación, el caso es que enseguida les entró la cochinilla, una especie de hemíptero que se sitúa en la corteza y en las hojas chupando la savia y frenando el crecimiento, la principal característica en la que cifrábamos el cambio de la fortuna familiar. Tuvimos que echar mano de la sulfatadora, que hasta entonces solo se había usado para combatir el escarabajo de la patata, para rociar con una solución de cobre los mil plantones en varios años sucesivos. Operación en la que era imposible que el sulfatador no resultara remojado con el chorro que había que lanzar casi vertical desde el pie de los chopos, debido a la escasa distancia entre plantas. Afortunadamente el tal sulfato no debía ser muy dañino ni para los ojos ni la piel, pues estuve expuesto a él durante varios días en cada campaña anti cochinilla.

Una vez concluidos todos los adornos con los que dotamos a El Pradón, la responsabilidad de la chopera quedó en mis manos. Fuera de día o de noche, me gustaba regar y disfrutaba del espectáculo cuando el agua era abundante. Otra cosa era cuando tocaba regar la tarde del Domingo y veía desde el otro lado del río las sucesivas oleadas de chicos y chicas que carretera abajo iban a divertirse a El Castillo, el lugar de asueto de entonces. Ellos endomingados y yo embutido en las botas de goma, apoyado en la azada y rumiando lo esclavo de la vida campesina. Solo me animaba el éxito final de la empresa, el consabido “mil chopos por mil pesetas, un millón“.

Pasaban los años y aquellos chopos de crecimiento rápido progresaban con lentitud desesperante, entre riadas que los diezmaban, la cochinilla que los consumía y el espacio entre plantas que se reducía a medida que crecían. De vez en cuando aparecía alguno partido no se sabía si por el viento o por su frágil constitución o el debilitamiento que les producía la cochinilla. Cuando fue evidente que los chopos ya no progresaban más, se tomó la decisión de buscar un comprador para aquella mimada madera.

Costó bastante trabajo encontrar compradores para la chopera y creo recordar que el destino de aquella madera, a la que habíamos cuidado como si estuviera destinada a las manos de un ebanista para producir con ella primorosos muebles, fue tan prosaico como fabricar cajas para el transporte de pescado fresco. Desde luego no supuso el encumbramiento económico de la familia y no creo que se recuperase ni lo gastado en comprar El Pradón, plantar y requete plantar los estilizados chopos, en la construcción de la caseta, compuertas y gaviones y en los litros y litros de sulfato de cobre para la cochinilla. No sumo el importe de los jornales empleados por todos nosotros, con gusto eso si, pues el resultado del mal negocio sería insufrible.

Tampoco creo que nuestra elaborada técnica en compuertas, abriera los ojos de ningún lugareño para refinar su ancestral sistema de taponar el paso del agua con el tapín que tan a mano con un golpe de azada.

Mi padre le había dicho a mi madre que nos comprarían ropa “con lo que sobre” de la herencia del tío Federico. No sobró, sino más bien faltó, de forma que mientras fue necesario mi madre siguió poniendo coderas, sacando los bajos de pantalones y faldas como había venido haciendo casi desde el principio. Está claro que conviene nacer millonario o cuando menos, si de chopos se trata, irse a plantarlos a otras latitudes. Zapatero, a tus zapatos.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Nota del autor: Hablando con mi madre tras haber escrito esto, me dice que la historia de El Pradón transcurrió en vida del abuelo Emilio, que incluso ayudó con el carro de las vacas a llenar los gaviones con piedras recogidas en el pedregal de El Salgueral. Por pereza y un cierto regodeo en contar las cosas tal como las recuerdo, he mantenido lo escrito tal cual. Tendré que dejar de hablar con mi madre sobre lo que escribo para no verme en la tesitura de dudar de lo que recuerdo, terreno que parece que sin darme cuenta convierto en algo subjetivo y maleable. Claro que nunca tuve la intención de que lo que escribo fuera un tratado de historia. Se trata, simplemente, de mis historias.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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6 pensamientos en “El Pradón (zapatero a tus zapatos)

  1. Emilio, como siempre tan descriptivo y cstumbrista.Me encanta leerte. Higinio, dícese que la medida del carro de tapin es imprecisa, ya que depende de si el prao es de secano o regadío, !!!genial!!!. Por lo que quizá 1000 metros cuadrados sea poco. Aunque, bien mirado, tambien depende del tipo de carro….En cualquier caso, resultar entrañable comprobar como nuestros ancestros pasaban del sistema métrico decimal.
    Bienvenido Emilio. Saludos Higinio.

    • Hola Higinio y Gregorio. La verdad es que nunca me ocupé de la equivalencia entre el carro de tapín y las unidades de superficie que estudiábamos en la escuela, aunque recuerdo que cada vez que oía mencionar los carros de tapín de un prado me daba por pensar que sería la superficie de la que se arrancaría con la azada las rebanadas de tapín ovaladas (que yo veía se usaban para taponar aguas arriba los puertos cuando se sacaba el agua del río) hasta cargar un carro con las tablas de acarrear el abono.
      En el foro de Garueña Paco Álvarez dice:
      “El carro de tapín es una medida de superficie “imprecisa”, o sea que solo se puede pasar al sistema métrico de una manera relativa.
      Los prados que se cortan a guadaña (gadaño) se medían por carros de tapín, pero no es lo mismo un prado de regadío (primera), que uno de secano (segunda), puesto que esta medida está directamente relacionada con la producción de dicho prao, equivaliendo a un “Carro de hierba” y ya sabemos que el tamaño de los carros dependía a su vez de otros factores, de la “pareja”, si era buena o mala, de lo cuesto que esté el prao y de la valentía y fuerza de quién los carga.
      Prescindiendo de todos esos factores imprecisos, podemos prometer y prometemos salvo error u omisión que: El Carro de tapín de Regadío o primera tiene unos 3.354 metros cuadrados y el de segunda o secano equivale a 6.708 metros cuadrados.”
      Vaya usted a saber. Saludos.

  2. Hola Emilio:
    ¡Qué alegría volver a disfrutar con tus recuerdos!
    Cómo te comenté alguna vez, de trabajos agrícolas-ganaderos-madereros… “rien de rien”. Sólo una vez ayudé a mi padre a plantar chopos, para D Eloy, en un prado cerca de Orallo, al lado del río.
    Lo único que hice fue meter los plantones en la poza, que previamente había cavado mi padre. No sé si al dueño de Hidroeléctrica “La Prohida” le habrán rentado más que a tu familia, pero si recuerdo que dedicó varias fincas al negocio maderero.
    En cuanto a las medidas de superficie antiguas, por Asturias se usan “Los días de gües”o días de bueyes, que equivale a 1.257 metros cuadrados.
    Un saludo y buen invierno.

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