Cerrando el círculo – Los Rodero y los Castel (banqueros y farmacéuticos)

(Conviene activar el Árbol Genealógico para situar a los personajes)
Emilio Rodero de la Calle

Emilio Rodero de la Calle

En la familia materna de mi mujer no he encontrado el mismo empeño en conocer sus orígenes y dejar constancia de ello, que en la rama paterna, los Sánchez Servet. Quizá sea porque no había tanto abolengo en el que recrearse o simplemente que no les interesaba. No me había encontrado con árboles genealógicos ni otros documentos y solo disponía de la memoria de Mari Paz, madre de mi mujer y última Rodero Castel, que no alcanzaba más allá de dos o tres generaciones.

Hasta que, preguntando y preguntando, me encontré con La Historia de los Rodero que arranca de 1865 y El mirador de la Plazuela que algo informaba de los Castel y que me han proporcionado algunas fotos, anécdotas y fechas que usaré.

Los Rodero

El pueblo de San Felices de los Gallegos parece que surgió con una de tantas repoblaciones que tuvieron lugar durante La Reconquista, cada vez que arrebataban un territorio a los moros. Situado al oeste de Salamanca, su proximidad a la frontera portuguesa supuso ser objeto frecuente de litigio con Portugal y hasta en dos ocasiones fue considerado territorio portugués. De ahí procede la familia Rodero.

La figura más relevante de la familia es Emilio Rodero de la Calle. Fue interventor general del Banco de España y su firma aparece en los billetes de la época que emitía el banco.

Billete de 50 pesetas de 1906 firmado por E Rodero (abajo izquierda)

Billete de 50 pesetas de 1906 firmado por E Rodero (abajo izquierda)

Era una persona muy apreciada y competente que publicó dos obras, Cartas Comerciales y Tratado teórico y práctico de cálculos mercantiles y operaciones de banca, usadas para la preparación de oposiciones al banco e internamente para la formación de su personal, así como textos de consulta. La Biblioteca Nacional tiene digitalizadas las dos obras que se pueden consultar en datos.bne.es/autor/XX1420120.html. En la página 5 del Tratado teórico y práctico se puede ver su firma.

Como curiosidad decir que ambos libros fueron impresos en la imprenta de su hermano Alfonso, sita en la calle Hortaleza y que su venta se publicitaba en los periódicos donde se decía que podían adquirirse en librerías y, tras su muerte, la familia lo vendía en su propia casa de Los Madrazo 24.

Se casó con Carmen Gregory con la que tuvo cuatro hijos. Su hija Rosario estuvo casada con el doctor José Verdes Montenegro y Páramo que la familia dice que fue médico de la Casa Real.

Su hijo Emilio Rodero Gregory, abuelo de mi mujer, también trabajó en el Banco de España. Fue coleccionista compulsivo de tarjetas postales de las que tenemos en casa más de un centenar, donde se puede ver que eran una familia pudiente que viajaba por el extranjero, hacía vacaciones en la costa norte y frecuentaban los balnearios. A través de las tarjetas conocemos que trabajó en la sucursal del Banco de España en Badajoz hacía 1906 y en la de Cáceres hacía 1908. Debió ser aquí donde conoció a Joaquina Castel, una mujer muy guapa, con la que se casó. Finalmente trabajó en la sede central del Banco de España en Madrid.

De él contaba mi suegra que “era tan elegante que no llevaba nunca abrigo y en invierno prefería ponerse papel de periódico debajo de la ropa, porque decía que le abrigaba más y así mantenía intacto su palmito

Me lo imagino todo estirado por el Paseo de Recoletos, camino del banco, caminando casi sin respirar para que no se oyese el crujido del papel y cómo ni se atrevería, si se le soltaba el cordón de un zapato, a agacharse para atarlo pues todo él sonaría como cuando se estruja un periódico. Elegante en verano y elegante y crujiente en invierno. También decía mi suegra que era tan señorito, que se murió de hambre en la guerra por no comer “las porquerías” que había entonces, en alusión a las mondas de patata cocidas que cocinaban cuando no había otra cosa. Eso sí, no protestaba por que le pusieran de comer otras cosas que no había. Simplemente no comía y, claro, se murió.

Vivieron en la calle Los Madrazo, esquina con Marqués de Cubas, en el mismo piso que había pertenecido a la familia de Federico de Madrazo, pintor de la corte y director del Museo del Prado. Dice mi suegra que cuando entraron a vivir en la casa, en una de las paredes se habían dejado un cuadro del pintor titulado La cabeza de San Juan Bautista, no recordando que pasó con él. La casa era grande, con dos salones con chimenea y profusamente amueblados con varios conjuntos de tresillos y sillones de caoba, tan bonitos como incómodos, dos pianos (Emilio y Joaquina parece que tocaban bastante bien), aunque para el aseo aún tenían que usar un barreño, según era habitual entonces.

Desde uno de los varios balcones que daban a las dos calles, mi mujer Mari Paz y sus hermanos escupían a los viandantes que pasaban por debajo, que cuando miraban hacia arriba cabreados, justo debajo del balcón siguiente, recibían entre ceja y ceja el salivazo definitivo.

En esta casa asistimos a las primeras Navidades familiares, en las que nos juntábamos más de treinta personas, presididas por la abuela Joaquina que era conocida familiarmente por mi suegro como “Mamá Po”, por eso de mamá política, y Moby Dick por mi mujer y sus hermanos debido a su rotunda humanidad. A su muerte hubo que dejar la casa y apenas si hubo sitio en casa de hijos y nietos para albergar la cantidad de muebles que había en aquella casa. Me dicen que en la actualidad es frecuente el uso de la casa para rodaje de interiores en películas y series de televisión de época.

Los Castel

Lo más que conseguí saber a través de Mari Paz, la madre de mi mujer, sobre los orígenes de su familia materna fue que procedían de Chía (Huesca), de Ablanqué (Guadalajara) y de Cáceres. Y que Castel se escribía con una sola ele. Menos mal que ella y mi mujer tenían la costumbre de pasarse todos los años unos días en Cáceres donde se reencontraban con parientes y conocidos de las familias Castel, Carrasco, Leal, Bacas y otras ramas relacionadas, la mayor parte mujeres y alguna casi centenaria, y que tenían el vicio de escribir sobre sus familias. En un par de ocasiones regresaron a Madrid con varios libros de los que he podido extraer información interesante.

De El mirador de la Plazuela de Felisa Leal, tía-prima de mi suegra, he podido incluir en el árbol genealógico de Joaquina Castel (1891-1980) los nombres de un par de generaciones y algunas fotografías. Pilar Bacas me ha proporcionado algunas fotografías y algún dato más sobre los Castel.

Joaquín Castel atravesó la península desde Huesca a Cáceres para vivir con un tío sacerdote y allí se casó con María Paula Carrasco. Era farmacéutico y se hizo cargo de la farmacia de su suegro Rafael Carrasco, que desde entonces se conoce como farmacia Castel, que aún puede verse en los soportales de la denominada Casa Castel en plena Plaza Mayor de Cáceres.

Joaquín Castel, Casa Castel y farmacia Castel en la Plaza Mayor de Cáceres.

Joaquín Castel, Casa Castel y farmacia Castel en la Plaza Mayor de Cáceres.

Según cuenta Felisa Leal, era una persona con una amplia formación e interesado en la mejora del abastecimiento de agua y electricidad a Cáceres. Participó en la creación de la Revista de Cáceres donde publicó diversos trabajos como Algunas ideas sobre el engrandecimiento de Cáceres o Hidrografía de Extremadura y medios de mejorarla.

Miguel Ángel Muñoz habla en estos términos de Joaquín Castel en El Periódico de Extremadura (27/03/2011)

Joaquín Castel Gabás llegó a Cáceres procedente de Chía, un municipio de la provincia de Huesca. Y lo hizo por mediación de su tío, José Gabás, que era presbítero y administrador de los bienes de la marquesa de Ovando. Castel era un científico de reconocido prestigio, progresista y de gran valía que echó raíces en la ciudad.

Fue un hombre avanzado a su tiempo que en torno a 1887 abrió en la Casa del Sol una fábrica de gaseosas y sifones con el nombre de La Extremeña , aunque lo que le dio mayor fama fue la farmacia droguería que a finales del siglo XIX instaló en los soportales de la plaza Mayor, en un local que había sido de su suegro, Rafael Carrasco, y al que también trasladó la fábrica.

El negocio que Castel fundó todavía se conserva en forma de droguería-perfumería y sigue llevando su nombre. Aquella célebre y acreditada farmacia tenía una rebotica-laboratorio que se convirtió en sede de una tertulia de destacados intelectuales en la que se gestó la Revista de Extremadura, de la que junto a Publio Hurtado y a algunos más, Castel fue fundador.

El farmacéutico vivió en un contexto histórico heredado del desastre del 98, es decir, pertenecía a ese grupo de eruditos que abogaban por la regeneración de España. Así que Castel vio enseguida la necesidad de articular mecanismos para avanzar en la consecución del bienestar de una sociedad muy atrasada, en la que la propiedad de la tierra se concentraba en muy pocas manos, y siempre en las mismas.

…. en esos años el único hielo que existía en la capital estaba en lo que muchos conocían como Pozo de las Nieves, en una casa del Paseo Alto que tenía un pozo muy profundo al que, en los duros inviernos, caía la nieve, que se amontonaba y se conservaba allí durante meses. ….

En ese escenario, Castel, consciente de que aquel pozo era solo un remedio pasajero y dado su filantrópico espíritu, fundó a finales del siglo XIX La Providencia, una fábrica de hielo, gaseosa y aceites que se instaló desde sus orígenes en Aguas Vivas y que se mantuvo en Cáceres hasta la década de los 80. El científico fue durante años propietario de aquel negocio hasta que el 31 de diciembre de 1928 se firma un contrato de compra venta de la fábrica ….”

Al poco llegó a Cáceres su hermano José Castel (1863-1899), que al ser también farmacéutico regentó con Joaquín la farmacia, que casó con Josefa G. Aguilera Carrasco (Cáceres, 1865-1950) y tuvieron cuatro hijos. Joaquina la mayor (Cáceres 1891-1980) se casó con Emilio Rodero Gregory, los abuelos de mi mujer.

José Castel y Josefa García Aguilera.

José Castel y Josefa García Aguilera.

Los abuelos maternos de Joaquina Castel fueron Demetrio García Aguilera (1831 Castellar de Santiago, Ciudad Real) y Paz Carrasco Guerra (Cáceres, 1837). Demetrio se licenció en Física, Química y Matemáticas e ingresó en el Cuerpo de Telégrafos. Tuvieron doce hijos de los que solo sobrevivieron tres.

Demetrio García Aguilera

Demetrio García Aguilera

Como no sé más de la historia familiar, solo me quedan las anécdotas que narra Felisa Leal, que creo son ilustrativas de cómo se vivía entonces y que no tienen desperdicio. Dice Felisa:

Conservo una interesante carta que escribió Demetrio, estudiante en Madrid, a su padre, en 1851. La carta está escrita por una sola cara y doblada de modo que hace al mismo tiempo de sobre. Aún quedan restos en ella del lacre que la cerró. No tiene sello ni remite, y la escueta dirección que figura es la siguiente: ‘Extremadura. Sr. D. Pedro García Aguilera. Cáceres’.

En esta carta relata su primer viaje en tren y comenta a su padre, con todo respeto, que su gabán está inservible y acaso sería conveniente hacerse una levita, pues todos los estudiantes van a clase con levita o frac y él no tiene más remedio que asistir con su capa, a pesar del calor que hace.

Madrid y Mayo 4 de 1851

Querido padre:

(…) El domingo como le dije a V. salimos de esta para Aranjuez a las once en punto de la mañana, y lo que es lo que hay por el camino no le puedo decir a V. nada, por que es tal la velocidad que ni los que van dentro se ven, baste decir a V. que estaban paseando por allí gente y entre ellos algunos amigos y no los conocimos, por lo demás es muy cómodo, no da vaivenes ni nada absolutamente, (…)

Quisiera, si es posible, hacerme una levita o lo que a V. le pareciera, porque en esta hace bastante calor, y todos van ya a la clase de levita o frac y yo con mi capa. El dos de Mayo no quise salir de casa, vinieron algunos amigos para ir al Prado, y no los acompañé por no ir de capa; el gabán cada vez peor, ya le han hecho otra compostura que no la he puesto a la cuenta porque ha sido poco y de lo mío, poco, que no sobra, lo he pagado, lo que he sentido porque ya está otra vez como estaba, me está muy estrecho, y si he de tomar el grado y me había de hacer algo lo mismo es ahora que luego, esto ya digo, si es posible.

No se ofrece más por hoy. Mis respetos a toda la familia y mande V. lo que guste a su affmo. Hijo, Demetrio.

Cuenta de Abril

Cargo,  
Pedido al Sr. Garrido 226 r. vn.
Data  
Para la casa 180 r. vn.
Lavandera y gastos 24 r. vn.
Medias suelas a unos zapatos 12 r. vn.
Suma 216 r. vn.

Resta.                                                      10 r. vn.

Además, 50 r. vn. que he gastado en el viaje.”     (r. vn. indica reales de vellón)

Otra anécdota se refiere a José María Rodero, tío de mi mujer, cuando puso su primera farmacia en Sevilla:

Como entonces no tenía dinero, decoró la farmacia con unos cuantos frascos y un gran letrero. En seguida tuvo clientes, pero, como no tenía existencias, colocó unas buenas sillas, y les decía, ‘siéntense un minuto que va el chico al almacén que está aquí cerca’. El chico salía a toda prisa por la puerta de atrás, en una bicicleta, compraba la medicina solicitada y se la entregaba al cliente, que se iba encantado, por la amabilidad del farmacéutico”.

Felisa se refiere a su padre León Leal que a la sazón era director de la Caja de Ahorros de Cáceres:

Hubo una temporada en que a mi padre le gustaba desayunar sopas de tomate y, para que no tuvieran que preparar con prisas este desayuno, se marchaba sin desayunar y allí (a su despacho) le enviaban las sopas, en un recipiente de barro, con su tapadera, por lo que llegaban calentitas y las comía con un gusto que daba envidia a cualquiera”.

Evidentemente, eran otros tiempos. Hoy, ya ni fumar se puede en el trabajo.

María Paz, la última Rodero Castel (1922-2014)

María Paz, la última Rodero Castel (1922-2014)

La última Rodero Castel fue mi suegra María Paz, “La Jefa”, “La Bisa” para los biznietos, “Pachuli” según las amigas y Mari Pacita según su marido. Voluntariosa y desprendida, habilidosa pintora a la acuarela, todo lo que cuento a continuación lo he conocido por ella misma.

Decía que fue “espía” durante la guerra, llevando recados de los nacionales de un lado para otro. Su hermano Emilio conseguía tabaco que intentaban cambiar por comida en un cuartel cerca de lo que ahora es el Ministerio del Ejército, muy próximo a su casa de Los Madrazo. Primero lo intentaba el ama Juana que, al verla mayor y toda vestida de negro, parece que no tenía mucho éxito. Volvía a casa con las manos vacías y le decía a María Paz que entonces era una jovencita, “Anda, guapita, vete tu a ver si te lo cambian. Y no le digas nada a tu madre”. Y allá se iba con los cigarrillos que los soldados le cambiaban a un chusco por cada dos cigarrillos.

Contaba que en su juventud en Extremadura fue amiga de las hijas del conde de Mayorazgo, cuya finca frecuentaba y donde conoció a la duquesa de Alba, grande de España.

Y a punto estuvo la familia de ser ricos para toda la vida. En una ocasión fue con sus primas las de Castañeda a una boda y allí conoció al ahijado de Juan March, el banquero, que era amigo de su padre Emilio Rodero. Al verla le dijo a su padre de manera elogiosa “El día que hiciste a esta niña, Emilio, te quedarías a gusto”. Un poco a la fuerza, María Paz empezó a salir con el millonetis hasta que un día la invitó a ir al cine. Cuando él le pasó el brazo por la espalda, María Paz se puso en guardia y, dando un respingo, se echó hacia adelante en el asiento. El galán, que ya debía ser un fenómeno en eso de las inversiones y no acostumbraba a malgastar el tiempo, al ver su reacción le preguntó a quemarropa “¿Sabes besar?”. Ahí fue cuando María Paz arruinó las posibilidades de hacer rica a la familia. Se levantó de su butaca y se fue del cine, no fuera a creerse el tipo que ella era una fulana. Su hermano José María le comentaba preocupado a su madre cómo su hermana había dejado plantado al millonario, por si ella podía convencerla de que no fuera tan virtuosa. Pero María Paz siempre contestaba que “A ver que se había creído ese señorito tan fresco”.

Federico, su marido, debió tener más suerte que el millonetis, aunque ella aseguraba que “nunca en su vida la vio desnuda”, lo que no fue obstáculo para tener ocho hijos. Federico debía tener sus trucos pues, según contaba María Paz con cara pícara, casi todo le estaba permitido en los probadores de El Corte Inglés a la hora de elegir ropa interior.

Fueron viajeros impenitentes y María Paz siempre se apuntaba a las experiencias más arriesgadas, como montar en globo, ultraligero, elefante, tirarse en parapente, meterse en un acuario con tiburones o dejar que las serpientes de los faquires le rodeasen el cuello. Federico entretanto, aún siendo descendiente de los aguerridos Vidal-Abarca, se mantenía a prudente distancia con la disculpa de sacarle fotos.

Siempre aseguró que viviría hasta los 200 años. No quería ver a los médicos ni en pintura y hasta los últimos meses de su vida no tomó ni una pastilla. Todo se lo curaba con limón, alcohol de romero que ella misma fabricaba, Cicatral y Mercromina. Decía que controlaba su cuerpo a voluntad y que no le permitía sentirse cansado. Aseguraba que si ella quería ni orinaba ni lo otro durante días, ni se tiraba punes nunca. Su biznieto Paquito, extrañado de este control absoluto, le preguntaba a su madre hace poco: “¿Es verdad que la Bisa no se tira pedos?”. Cuando iba al cuarto de baño, hasta el pasillo se extendía el aroma a perfume de marca. Tal parecía que en vez de vejiga tuviera un dispensador de esencias.

A los 86 años y debido a unos episodios de mareo, fue a una revisión en el hospital y no me resisto a describir lo que el doctor decía en su informe en el epígrafe EXPLORACIÓN CLÍNICA: “….TA xx/xx FC xx, FR xx, Peso 58Kg, Talla 1,57, IMC xx,x. Buen estado general. Bien vestida, con abrigo de visón, pendientes de brillantes y maquillada. Se mueve con facilidad. Conversación fluida. Consciente, orientada y colaboradora. ……”. Si no hubiera estado yo presente en la visita, al leer el informe hubiera pensado que el médico, de unos treinta y tantos, le estaba tirando los tejos a través de un documento oficial.

No llegó a vivir tanto como se proponía, pero hasta los ochenta y tantos aún bajaba los tramos de escaleras de carrerilla, dando saltitos como las niñas. Semanas antes de cumplir los 87 años, nos acompañó en el Camino de Santiago, haciéndose entera la etapa de Sarria a Ferreiros, casi diez kilómetros de gran dificultad por mitad del monte. Fue su último alarde de jovencita. Después de algunas caídas por no mirar donde ponía los pies, tuvo que empezar a caminar más como correspondía a una viejecita.

En cuanto a creencias, le tenía mucha fe a San José a quién invocaba cuando necesitaba algo importante como que un hijo encontrase un buen trabajo o, incluso, en temas menores como pedirle encontrar un sitio para aparcar el coche, tema en el que decía convencida que el santo no le ha fallado ni una sola vez. Lo que no decía era el tiempo y las vueltas que le costaba a su marido que se produjera el milagro de poder aparcar. Cuatro de sus hijos llevan el nombre del santo.

Tenía unas creencias tan acendradas como grande era su confianza en su propio criterio. En una ocasión en que un albañil estaba haciendo unas reformas en su casa, después de mirar fijamente a uno de los tabiques, sentenció: “Ese tabique está torcido”. El albañil la miró sorprendido y colocando la plomada al lado del tabique le replicó “Señora, como puede ver, la plomada demuestra que el tabique está perfecto”. Sin inmutarse, le fulminó con su lógica aplastante: “Pues mande a reparar ese trasto, porque yo le digo que ese tabique está torcido”. Con esta actitud de firmes convicciones y un cierto despiste, no es de extrañar que al carnicero le pidiera “criadillas de ternera” porque eran más tiernas. O asegurar impertérrita a sus amigas mari sabidillas, que tenían otra versión distinta, que “sexo oral” era hablar de sexo.

Todo lo anterior lo he hablado con ella en muchas ocasiones con manifiesto tonillo de incredulidad por mi parte, buscando alguna contradicción o duda, pero su relato siempre era el mismo y el tono de convencimiento invariable.

Tuvimos la suerte de que viviera con nosotros sus últimos ocho años de vida. Murió a principio de 2014, cuando ya solo se le iluminaba la cara al ver a su biznieta Lola y ya impaciente por reunirse en el Cielo con Pepe, su marido José Federico. Por si las cosas no fueran tal como nos las cuentan, sus hijas decidieron intervenir para que los deseos de su madre se cumplieran. Mezclaron sus cenizas, pensando que a falta de un encuentro en cuerpo mortal buena era la promiscuidad de las cenizas, y las enterraron en el Parque del Retiro bajo el banco donde ellos pelaban la pava de novios. Ojalá, como creía, se haya reencontrado con su Pepe. Nosotros nos quedamos sin su presencia y sin el chocolate y golosinas de que nos proveía. Descanse en paz y que el chocolate y los caramelos de café no le falten allá arriba.

Fuentes consultadas:
El mirador de la Plazuela, de Felisa Leal
Historia de los Rodero, de Julián Rodero Carrasco
Web Datos.bne.es
El Periódico de Extremadura (27/03/2011), Miguel Ángel Muñoz

Agradecimientos:
A Charito Rodero y Concepción Sanz Rodero que me proporcionaron la Historia de los Rodero
A Pilar Bacas que me ha proporcionado fotos, nombres y fechas.

Imágenes tomadas de:
Demetrio G Aguilera, El mirador de la Plazuela
Joaquín y José Castel, Josefa García Aguilera y Farmacia Castel proporcionadas por Pilar Bacas.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

2 pensamientos en “Cerrando el círculo – Los Rodero y los Castel (banqueros y farmacéuticos)

  1. Emilio, la descripción que haces de mamá me encanta y me hizo llorar porque me refrescó muchas cosas, y se nota en la descripción que haces el cariño que la tenías, explicando con humor sus defectos y virtudes y dejando una buena idea de ella.

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