El tío Baldomino (volutas fascinantes)

1946. El tío Baldomino con el autor y el primo Paco, en la Plaza Circular de León.

Cuando se llega a mi edad hay que mirar cada poco por el rabillo del ojo hacia la espalda, porque la señora de la guadaña suele estar atenta a cualquier descuido para llevársete del bracete. Ya hace muchos años que se llevó a mi padre y a sus hermanos y ahora se está aplicando con saña con los hermanos de mi madre. Acabamos de enterrar al tío Baldomino, sin duda el hermano de mi madre con el que más he convivido. En la misa funeral se me vinieron a la mente los años de mi niñez en que tantas veces él actuó como tío próximo, paciente y complaciente, satisfecho de su papel de tío tal como se entendía en las familias de entonces, cuando los tíos eran una institución familiar casi tan potente como los abuelos.

Bien parecido y yo diría que hasta guapo según los cánones de los Calzada, su aspecto e indumentaria eran siempre cuidadoso, incluso cuando participaba en las tareas del campo vestido con aquellas camisas caqui que debió traerse de su mili en Zaragoza y que eran tan recias que duraban toda la vida. Aunque hubiera que ir a cortar leña o a segar, siempre bien rasurado y aseado y que usara unos guantes para coger el hacha o el guadaño no significaba más que era consciente de que tenía que proteger sus manos de trabajador no manual de la aspereza de las herramientas, porque en cuanto a esforzarse en la tarea no ponía ningún remilgo. Hasta liando un cigarrillo se veía que su actitud era cuidadosa y que estaba pendiente de hacerlo de la mejor forma posible. Cuando nos obsequiaba a los sobrinos con los aros de humo que impulsaba a golpe de nuez y que se retorcían sobre si mismos mientras se agrandaban, a mí me fascinaba su perfección y siempre me veía echando la cuenta del tiempo que me faltaba aún para ser mayor y poder imitarle.

De alguna manera, crecer para los chavales de entonces también era ir aprendiendo las cosas que veías que hacían los un poco mayores. Incluido tonterías como eructar o simular tirarse pedos con el sobaco que no servían para otra cosa que competir con los iguales o destacar haciendo escarnio del profesor que escribía en la pizarra de espalda a la clase. También era importante silbar de diferentes modos o imitar sonidos. Recuerdo que tío Baldomino me enseñó a imitar el canto de las perdices punteando un moflete henchido con un dedo y el silbido de las locomotoras de vapor soplando por la rendija que dejan los pulgares cuando se juntan las dos manos formando una cavidad donde resuena el aire. Tampoco hacía tanto que él mismo habría aprendido aquellos trucos iniciáticos.

Una vez iniciado el salto de Sosas del Cumbral a León capital de los hijos de la familia para estudiar, a Baldomino le tocó regentar el único negocio familiar que he conocido. Una minúscula mercería en la calle Ramiro Valbuena que resultó un negocio ruinoso y que no tardó en cerrar. Metió todas las existencias que no lograron vender en un cajón de madera muy grande y, cruzando la calle, la depositó en una habitación de la vivienda familiar donde yo recuerdo haber hurgado toda la vida a la búsqueda de algo interesante que no fueran los imperdibles, automáticos y carretes de hilo. Aparte de que entonces no se tiraba nada, creo que la caja se mantuvo allí durante años para enfriar los ánimos de cualquiera que se planteara iniciar otro negocio. El abuelo había sentenciado “Si en vez de una mercería hubiéramos puesto una sombrerería, los niños empezarían a nacer sin cabeza“. Casi todos los hijos eligieron como mejor opción el funcionariado.

Esta ocupación inicial y su trabajo en la Fiscalía de Tasas que compatibilizó con los estudios de facultativo de minas hicieron que durante bastantes años viviera en León, por lo que coincidí con él unas cuantas veces. Me llevaba a los caballitos del Paseo de la Condesa y me compraba una bolsa de almendras garrapiñadas, que no tenía que repartir con nadie, o me invitaba al cine. Acostumbrado a los espartanos cines de pueblo, aún recuerdo la impresión que me produjo el lujo del cine Trianón donde vimos Violetas imperiales. Era una experiencia única tener un tío para mí solo, que estaba pendiente de mí y me hacía sentir importante.

Cuando coincidíamos en Vegarienza, yo siempre andaba revoloteando a su alrededor como un perrillo faldero, viendo como arreglaba cualquier cosa estropeada y salía zumbando a por el bote de las puntas o el martillo tan pronto me lo decía. Volvía de hacer el encargo saliéndoseme el corazón por la boca, impaciente por si volvía a pedirme otra cosa y atento para que nadie se me adelantase. Era muy mañoso y recuerdo verle construir con una sierra y un taladro bastidores de madera y alambre donde colocaba paneles de cera virgen para que anidaran las abejas del tío Aecio. El verano que nació Julia le hizo una cuna, con la misma técnica que los cestos de mimbres, en la que mi hermana dormía unas espléndidas siestas en la huerta. Era concienzudo y cuidadoso con cualquier cosa que hacía y yo tomaba buena nota de ello. De hecho creo que le sustituí como arreglador de cosas cuando él no estaba en el pueblo.

Además de “sobrino faldero“, cuando el Pol ya había muerto y el Jay estaba muy viejo y maltrecho de tanto atropello, también hacía yo de perro de caza de tío Baldomino. Cuando ya se había segado el pan en las tierras de secano salíamos a cazar codornices. Disimulando la escopeta llevándola vertical a lo largo del cuerpo cruzaba la carretera en dos zancadas, a mí me costaba por lo menos cinco, y comenzábamos a subir la cuesta raudamente bajo la atenta mirada del milano que vigilaba a las gallinas desde un poste de la luz y que alzaba el vuelo al acercarnos a la Era Vieja. Pasado el escobal donde empezaban las tierras, ya estábamos a salvo de las miradas de los que pasaban por la carretera, la pareja de la Guardia Civil y Antonio el guardamontes eran los que más nos preocupaban, y ya solo quedaba alejarse unos kilómetros en dirección a Garueña para que no se oyeran los tiros. A falta de olfato canino para hacer la muestra de las codornices, yo tiraba piedras a los matojos y al barbecho para levantar las piezas mientras Baldomino tenía la escopeta preparada. Entre que había pocas codornices y que solo se echaban a volar cuando estábamos a punto de pisarlas o si alguna piedra les caía casi encima, gastábamos pocos cartuchos y yo me encargaba de que ni uno solo de los disparados se quedara en el monte. Los recogía para volver a recargarlos y para mí era un verdadero tesoro quedarme con los muy deteriorados. Otra cosa era encontrar las codornices abatidas y más de una debió quedar en el monte quedándonos siempre con la duda de si yo era mal perro cobrando las piezas o es que no le habíamos atinado. La abuela hacía un arroz con codornices, que una vez desplumadas abultaban como un pajarillo, que el abuelo se comía con fruición.

Cuando el abuelo nos daba una tregua en aquel no parar de cada día y había que ir a algún sitio o a ver a alguien, era fácil vernos por la carretera con el Pol a la izquierda de tío Baldomino meneando el rabo y yo a su derecha. Si no llevaba ocupada la mano de ese lado con el cigarrillo o portando una herramienta, lo normal es que me llevara cogido suavemente por el cogote lo que yo interpretaba como un gesto protector y de confianza, de forma que iba tan contento y ufano que no movía el rabo porque no lo tenía, solo turbado por un cierto punto de prevención pues sabía que aquella situación confianzuda tenía algún riesgo. A veces, cuando más confiado estaba yo y sin haber aprendido a detectar ninguna señal de aviso, la mano se cerraba sobre mi cuello suave pero firmemente y en un rápido movimiento me pasaba la cabeza por su retaguardia y me obsequiaba con un sonoro cuesco, dejándome todo corrido mientras él se desternillaba de risa y me frotaba la cabeza para hacerse perdonar la afrenta y el jolgorio que aquello le producía. Esta muestra de cariño, el paso por el arco fétido podría denominarse, era común a todos mis tíos y a otros mayores de por allí y seguramente yo la practiqué a mí vez. Aunque me resultara afrentoso, este rasgo antropológico omañés yo me lo tomaba como muestra de confianza y era el tributo por la sensación de felicidad que me producía ir al lado de mi tío Baldomino. Si, era el precio de la felicidad y, cuando sucedía, me permitía un cierto relajamiento durante una temporada en la vigilancia del próximo cuesco que seguro me regalaría.

Tío Baldomino era hábil pescando truchas a mano y sabía dónde echar el naso bien sujeto con una cuerda. Recuerdo que cuando coincidíamos en Vegarienza en Semana Santa, pescábamos truchas dejando una tanza atada a los alisos de la huerta con una lombriz enhebrada en el anzuelo. Íbamos a los oficios religiosos y a la vuelta casi siempre teníamos una buena trucha enganchada que ayudaba a guardar la obligación de no comer carne en días tan señalados. Era la época de la freza (desove) y, si no tenías cuidado y apretabas en exceso la barriga de la trucha para que no se escurriese, soltaba un chorro asalmonado de huevas. Visto con ojos de hoy parecería una insensatez, pero entonces los propios del pueblo y los asimilados como yo teníamos la omnipresente sensación de que los pescadores de fuera esquilmaban las truchas que eran nuestras y eso nos empujaba a saltarnos las reglas, aunque supusiera actuaciones un poco insensatas contra la especie emblemática del río Omaña.

Cuando estábamos en la huerta en aquellas concurridas tertulias que se preparaban después de la siesta, era frecuente verle liberando los troncos de los frutales de los trozos de corteza a punto de desprenderse y que servían de refugio a las tijeretas, pues debía creer que eso les ayudaba al crecimiento. El impulso imitador de la gente a la que admiras, hizo que yo mismo me haya sorprendido en muchas ocasiones reproduciendo esa manía descascarilladora de tío Baldomino. Para evitar la trabajera que daba recoger la fruta de aquellos árboles de más de seis metros de altura, plantó en el centro de la huerta unos cuantos frutales de poca altura que le habían recomendado por su producción temprana. Para mejorar la fruta que iban a dar consiguió esquejes de árboles que tenían fama de ser buenos ejemplares, alguno se lo debió proporcionar don Manolo el maestro, y con él aprendí a injertarlos con sumo cuidado y a proteger el injerto con pez o con cera. No sé si los árboles que plantó eran malos de por sí o que los injertos con especies del país les sentaron mal, pues no recuerdo que dieran mucha fruta. También pudo ser que al dejar Baldomino de frecuentar el pueblo no recibieron las podas y atenciones necesarias. Allí siguen, con su porte contenido pero inútiles en cuanto a su cometido de dar fruta.

Era muy amigo de mi padre y cuando comenzó a trabajar con el INI en la construcción de presas y centrales en el Bierzo, venía con frecuencia a Villablino pasando con nosotros algunas Navidades. En el Bierzo conoció a la tía Dulce, siendo el último de los hermanos en casarse. Una buena parte de su vida profesional la pasó en la zona de Barbastro, lo que, junto con su trasmutación en berciano, contribuyó a que cada vez nuestras familias se vieran menos frecuentemente. Cuando se jubiló se asentó definitivamente en Salas de la Ribera, esa zona fronteriza donde León y Galicia se confunden, y allí pasaba sus días cuidando la huerta y haciendo buen vino allá por Septiembre con una técnica que nos explicó cuando les visitamos en 2007. En el sitio donde partía las almendras y las nueces tenía un tronco de madera a modo de yunque y un martillo, tras lo que pude advertir su ancestral manía por las cosas bien hechas que a buen seguro le permitía partir la cáscara en dos, limpiamente y sin dañar para nada el fruto.

Siendo yo mayor, en la época en que había partidos políticos que facilitaban que cada cual acomodase sus gustos según distintas ideologías, no fui suficientemente consciente de que yo era un poco rojillo dentro de aquella familia tan de orden y con un acendrado sentir religioso. En alguna reunión familiar en la que me olvidaba de esta circunstancia y yo formulaba o defendía alguna propuesta fuera de lugar, del lugar en el que me encontraba quiero decir, ya fuera política o sobre creencias, quedaba claro que el tío Baldomino estaba en el lado del orden y la tradición. Era el momento de aparcar la política y hablar de asuntos menos intensos y más próximos. Era la vida, que nos había hecho mayores, pero el cariño y el respeto ahí seguían.

Cuando esperaba en la Ermita del Cristo la llegada del cortejo fúnebre, se me acercó un hombre mayor y me preguntó si yo era familia de Baldo, que él era pariente de tía Dulce. Se le notaba emocionado cuando me dijo, “Baldo era un buen hombre, de lo mejor de por aquí. Le queríamos mucho“. Y así debió de ser, pues la gente no cabía en la ermita. Yo hubiera querido decirle que había sido un buen tío para mí, pero no pude. Cada vez que pensaba en él en estos largos meses de penosa e infructuosa lucha contra lo irremediable, la sensación de frustración y el convencimiento de que el sufrimiento no sirve de nada eran inevitables. Será un consuelo para los que creen que hay un Más Allá, pero, aun así, no sé a qué ayuda el sufrimiento.

Terminados cánticos y rezos, los varones de la familia le miraron por última vez a través del ventanuco del ataúd y se lo llevaron a hombros, seguidos hasta el contraluz de la puerta por los ojos enrojecidos de tía Dulce, hasta el cementerio contiguo. Sin duda un buen sitio donde descansar, a la sombra del muro de la ermita donde os casasteis hace ya tanto tiempo, en la ribera izquierda del Sil. Seguro que hubieras querido llevarte contigo, como los egipcios, tu rincón de cascar almendras para, con tanto tiempo por delante, seguir buscando el golpe de muñeca capaz de partir la cáscara en dos mitades perfectas o un paquete de picadura de caldo para intentar mejorar tus aros de humo, ya casi insuperables, por si alguno de tus sobrinos llegáramos a coincidir contigo en ese vasto espacio a donde terminará llevándonos a todos la esquelética señora, que bajo su macabra indumentaria y torva mirada ya empieza a seguirme a prudente distancia. Yo al menos espero que al llegar a ese impreciso lugar post mortem aún te quede algún cigarrillo de caldo para que me obsequies con tus insuperables volutas de humo. Tío Baldo, contigo se ha ido parte de mi infancia. Descansa en paz y hasta siempre.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

2 pensamientos en “El tío Baldomino (volutas fascinantes)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s