Cerrando el círculo – El Cristo del papa San Pío V (una historia fantástica)

Fragmento de la portada de CONFIANZAS, de Modesto Lloréns.

Fragmento de la portada de CONFIANZAS, de Modesto Lloréns.

Entre los escritos de Modesto Lloréns relacionados en “Modesto Lloréns i Torres” no se incluía el librito “CONFIANZAS” que Modesto escribió en Agosto de 1911, “llegando al término de mi vida“, en el que se despide de este mundo, incluye alguna de sus poesías y cuenta la historia de un crucifijo propiedad de la familia que salvó la vida de un papa. Todos los entrecomillados proceden de su relato.

La familia se reunía con suma devoción en torno a un crucifijo de gran tamaño varias veces al año para orar, en el convencimiento de que “con la atención puesta en la preciosa imagen de la que creía que mientras tuviere ojos para mirarla, ó corazón para sentirla, mientras permaneciese en nuestros lares, no me había de acontecer nada deshonroso ni funesto“. Es una explicación meridiana de cómo la fe aporta seguridad a algunas personas.

Cristo de la familia de Modesto Lloréns i Torres.

Cristo de la familia de Modesto Lloréns i Torres.

Las fechas señaladas para esta oración familiar en torno a la cruz eran las novenas de San José, de la Virgen de las Mercedes, patrona de Barcelona, y de San Pío VI. Que una de las fechas elegidas fuera la de San Pío V no era para celebrar la onomástica de su padre, Pío Ignacio, sino porque el crucifijo de ébano claro y estilo italiano de 78 centímetros de altura perteneció al papa San Pío V, según afirma Modesto,

Se contaba desde remotos años – y hemos confirmado después – que perteneció al pontífice Pío V, que rigió la Iglesia el siglo XVI, quien lo tenía en su cámara y lo besaba continuamente antes de acostarse, y que tras haber sido emponzoñado por los enemigos del Santo Padre que querían darle muerte, la imagen, en el punto en el que el Pontífice iba a posar los labios efusivos y ardientes, desvió los pies, salvando del peligro al Soberano, que quedó advertido. En efecto, la imagen muestra, a primera vista, una marcada torcedura de los miembros inferiores ……….”

El papa Pío V, en actitud de besar al Cristo.

El papa Pío V, en actitud de besar al Cristo.

La imagen anterior, dice Modesto Lloréns que la “tomamos de una de las más antiguas biografías de este jefe de la Iglesia, ………. que parece corresponder al acto, en que, por intervención del Cielo, se salvó de la muerte”.

La historia del crucifijo se remonta a su séptimo abuelo, Juan Alba, descendiente del linaje Alba de San Feliu de Gixols cuyo miembro más antiguo fue un capitán Alba que, según los libros de los Condes de Barcelona, murió en 810 en la batalla de Agramunt a manos de un gigante moro llamado Artabazo. Juan Alba, “mercader y hombre muy rico“, se fue a vivir a Roma donde se hizo muy amigo de Miguel Ghisleri, fraile dominico. Cuando fray Miguel tuvo que venir a España acompañando a un embajador papal, “Juan Alba le dio ropas, dinero y muchas letras de cambio sobre Cataluña, para ayuda de costes de viaje“. Y cuando Miguel Ghisleri fue nombrado cardenal “con renta escasa y Alba le socorrió para el sostén decoroso de su jerarquía, hasta que, vacante la cátedra de San Pedro, el Colegio de Cardenales eligió pontífice a Ghisleri, que ciñó la tiara bajo la advocación de Pío V“.

Cuando en 1569 Juan Alba tuvo que volver a Gerona por cuestión de una herencia, el papa “puso a su disposición las galeras de Florencia para que lo llevasen seguro“. A finales de ese mismo año regresó a Roma,

Juan Alba el 8 de Noviembre de 1569 partió de Gerona para volver a Roma, por llamamiento del Pontífice, habiéndose embarcado en las mismas naves que lo trajeron a España. Allí volvió a la probanza del Santo Padre, que le hizo de nuevo muchas honras y mercedes, habiendo permanecido a su servicio hasta el 29 de Junio de 1571, día de San Pedro, en que murió en la casa de mosén Antich Bofill, mercader, habiéndole visitado Su Santidad a la hora de su muerte y otorgándole su bendición, como asimismo al siguiente día celebró misa de pontifical en sufragio de su alma“.

El hermano del difunto “Rafael Alba, llegó a Roma el 21 de Noviembre de 1571, donde se hizo cargo de los bienes que componían el ajuar del finado, todos de gran valor. Besó los pies del Santo Padre, del que recibió muchas dádivas y regresó a Gerona el 26 de Agosto de 1572“. Dice Modesto Lloréns que “uno de los donativos – el más valioso sin duda – hecho por el Santo Padre a su leal servidor Juan, fue el Santísimo Cristo, objeto de este relato“. Finaliza el relato así,

Mi patrimonio consiste en esta joya del arte. Se transmitió a manera de vínculo, desde el Vaticano a la casa de mis mayores, sin pacto escrito, ni orden marcado de sucesión, ni otro registro de propiedad que el del amor, y sin asomo alguno de perecederas granjerías. Lo poseo dichoso; hagan lo propio mis herederos; consérvenla mis hijas primero, custodiándola en la morada en la que sea mayor el número de ellas; y después, cuando le corresponda suceder a la rama de mis nietos, les ruego que observen idéntico sistema, esto es, el de tener la imagen donde sea mayor la suma de aquellos que compongan el hogar; pues no dudo que el bien mayor para nuestras familias, cuando vuelvan a rezar a los pies de este madero augusto, al subir de nuevo la marea en su ritmo constante, lo encontrarán – cómo lo hallábamos nosotros – sintiendo dentro del alma, el hierático deleite de ser señores de un castillo roquero fortaleza invencible de la fe y lazo de fraternal unión entre los hijos. Madrid-1906“.

Modesto explica claramente que en las sucesivas generaciones la familia más numerosa debía ser la depositaria del Cristo, para que así se mantuviera el rito de los rezos en familia alrededor del crucifijo. Tal como deseaba Modesto, el Cristo pasó inicialmente a manos de sus hijas Guadalupe y María Mercedes que parece no estaban dispuestas a cederlo mientras vivieran. O bien no se habían leído el librito de su padre o decidieron conscientemente alterar su voluntad, desencadenando mediante un documento manuscrito quienes serían los depositarios del Cristo salvapapas en las dos siguientes generaciones, en clara contradicción con lo que había aconsejado su padre.

Documento que establece que la destinataria del Cristo será sor Ana Carmen.

Documento que establece que la destinataria del Cristo será sor Ana Carmen.

En el documento que antecede, Guadalupe y María Mercedes Lloréns manifiestan que el crucifijo pasaría en usufructo a su sobrina María Fuensanta Sánchez Lloréns (tía Pica), que era soltera, aun habiendo en la familia dos hermanos varones con hijos. Contravienen de nuevo el protocolo de transmisión establecido por su padre al indicar que a la muerte de tía Pica pasara a ser propiedad de su sobrina-nieta sor Ana Carmen Sánchez Servet, monja dominica de clausura y que, salvo accidente conventual, no tendría familia. Como en el caso de tía Pica, sor Ana Carmen tenían varios hermanos con bastante familia.

Probablemente Guadalupe y María Mercedes estimaron que los Sánchez con familia eran poco rezadores y prefirieron que el círculo del Cristo que fue de aquel fraile dominico italiano Ghisleri, se cerrara ubicándolo en un convento dominico español para que inspirase los rezos de una hermana dominica, probablemente la última de la familia con capacidad para emocionarse ante la imagen al modo en que lo hacía su tatarabuelo Modesto Lloréns.

El Cristo nunca llegó a manos de sor Ana Carmen, su propietaria. Aquella imagen capaz de salvar milagrosamente la vida del papa San Pío V, no intercedió para que se cumplieran los deseos de Modesto Lloréns. Cuando Guadalupe y María Mercedes fueron mayores, pasaron a vivir en una residencia madrileña hasta su muerte. No sé el interés que puso la familia en recuperar aquella imagen tan milagrosa a la que Modesto Lloréns profesaba tanta devoción, aunque me consta que María Paz, la madre de mi mujer que visitaba a las hermanas en la residencia con cierta frecuencia, se interesó por el crucifijo en varias ocasiones. La cuestión es que el crucifijo no se recuperó y probablemente algo de culpa debió de tener la historia de san Pío V para que alguna mano, ávida de milagros o con intención de hacerse con la fortuna que semejante joya pudiera proporcionarle, le hurtara a sor Ana Carmen su legítima posesión.

A sor Ana Carmen solo le llegó el librito “CONFIANZAS” de su tatarabuelo Modesto, del que leyó y subrayó los pasajes más interesantes, y la nota manuscrita de sus tías-abuelas designándola heredera del Cristo. Parece que los subrayados de las palabras inmediatamente y usufructo en el documento de Guadalupe y María Mercedes son de la monja, que intentaría así presionar para obtener el crucifijo. Las mujeres mencionadas participaron, conscientemente o no, en una conspiración “cuasi vaticana” para torcer la voluntad de Modesto Lloréns. Seguramente para todas ellas fuera irresistible la idea de poseer y vivir cerca de aquella imagen que podía obrar un prodigio en cualquier momento.

De no haber sido así, mi mujer o alguno de sus primos Sánchez hubiera custodiado en su casa el Cristo milagroso, aunque no sé si hubiéramos continuado rezándole en familia con tanta devoción como antaño. Mi mujer recuerda haber visto el crucifijo de los pies torcidos siendo muy pequeña y que su historia la impresionó, pero no sabe precisar si fue en casa de las hermanas Lloréns o ya en la residencia de donde nunca regresaría a los lares familiares. Hoy solo queda en la familia una foto del Cristo como testigo de esta bonita historia.

Lo sucedido con el crucifijo de Modesto Lloréns tiene las mismas resonancias que la opulencia perdida de los Servet y el eco de apellidos como Vidal-Abarca y Aledo-Coutiño, subsumidos en uniones con otros linajes de menor alcurnia. Algunos miembros de la última generación de los Sánchez con los que he intercambiado información sobre su familia, me han manifestado que sería bueno interesarse por la posible herencia de su abuela Ana Servet o que deberíamos indagar lo que pasó con el Cristo familiar. A buenas horas mangas verdes, cuando hace pocos meses que han muerto sor Ana Carmen y su hermana Maruja, las últimas Sánchez Servet que vivieron de primera mano todas las historias familiares.

Incluso a los agnósticos nos habría venido bien en época tan confusa como la actual tener a mano una imagen tan milagrosa, para mirarla con arrobo y percibir que bajo su protección no nos “había de acontecer nada deshonroso ni funesto“. Sin ella estamos a la intemperie, a merced del destino que parece cada vez menos interesado en las personas corrientes, incluidas las que proceden de familias tan encumbradas. “Alea jacta est“, tal como subtituló Modesto Lloréns sus “CONFIANZAS“. Sin la sombra protectora del crucifijo del papa Pío V, nuestra suerte está echada.

Agradecimientos:
Vicky Sánchez Lara, por sus comentarios y haberme facilitado toda la documentación sobre esta interesante historia.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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