Los primos de Guinea (los buenos tiempos perdidos)

Carmencita, Federe y Piluca.

Carmencita, Federe y Piluca.

De la familia de mi padre que conocí, sin duda la persona más vitalista era la tía Epi. Pelirroja y pecosa como mi padre y la tía Ante, siempre la recuerdo risueña o con una franca sonrisa en la cara. Al verla nada hacía pensar que Epi hubiera vivido los trágicos hechos familiares que sumergieron en una profunda tristeza y actitud de dignidad herida sin solución a sus hermanas Ante e Ita (ver Mi otra Familia). Aparte de su vitalidad innata, algo tendría que ver en la superación de aquel revés de fortuna familiar su marido, el tío Federico, que según la prima Mariera una de las personas más graciosas que he conocido”, al que tía Epi conoció “….en tiempo de guerra. Ella estaba de voluntaria haciendo de enfermera y él llegó herido“. Una historia realmente romántica y casi de película. De nuestro álbum familiar siempre me llamó la atención una foto de ellos dos en una actitud parecida a la que solían presentar los protagonistas de las películas de la época en los carteles anunciadores de los cines, quizá por la muestra de cariño que manifiestan y que tan poco usual era en las fotos familiares de entonces.

Tía Epi era la segunda de siete hermanos y mi padre el más pequeño, pero creo que a pesar de la diferencia de edad los dos congeniaban hasta el punto que mientras vivimos en Roa de Duero creo que nos visitaron todos los veranos. Para nosotros recibir a tres primos mayores que nosotros representaba una revolución, sobre todo el primo Federe que era dos años mayor que yo y que enseguida se constituía en líder natural de la patulea constituida por mis hermanos y yo mismo. Carmencita era la mayor y no recuerdo que participara en nuestras travesuras pues tenía unos años más que sus hermanos y la considerábamos casi una señorita. A Federe y Piluca les rodeaba un aura de distinción por el simple hecho de ser gemelos, algo tan inusual que nos tenía permanentemente asombrados y yo al menos les consideraba antes gemelos que niños, una categoría especial. A esta admiración propia de los pequeñajos hacía la soltura con que se manifestaban aquellos primos un poco mayores, se añadía la fantasía de que ellos estaban o habían estado en Guinea Ecuatorial, con todas las connotaciones que tenía vivir en el África negra al estilo, suponíamos, de lo que leíamos y veíamos en las películas de aventuras con exploradores con salacot y fusil y porteadores negros en mitad de la selva, pues el tío Federico trabajaba o tenía allí una empresa maderera.

Federe y Piluca eran divertidos y bulliciosos, con nueve o diez años plenos de energía que necesitaba liberase. A la plenitud física de Federe se unía un espíritu muy competitivo y cierta tendencia al desafío que a veces nos hacía ser a los más pequeños un poco temerarios al intentar emularle, como se verá. El excusado en la casa de Roa, sería hacía 1952, era un cuartucho en el que había una especie de banco de mampostería con una tabla por asiento provista de un anatómico agujero en el centro, bajo el que había tres o cuatro metros hasta el suelo de la planta baja. Un día Federe descubrió que era excitante saltar por encima del negro agujero y así estuvo un buen rato con mirada retadora a los primos que le observábamos entre admirados y temerosos pues sabíamos que al poco nos diría algo así como, “¿a que no os atrevéis?“. Expresado el inevitable desafío, yo que era el mayor me subí a la tabla con tanta aprensión como miedo y con mucho cuidado salté por encima del boquete. Detrás fueron Loli y Fernando que también superaron la prueba bajándose aliviados al suelo. Federe no se rendía fácilmente y reaccionó subiéndose de un salto al rudimentario váter y comenzó a saltar por encima del agujero a la pata coja, retándonos con una sonrisa burlona mientras a los tres hermanos se nos encogía el alma imaginándonos ahogados en el montón de mierda que había bajo la tabla. Se bajó de un salto y dándome con el codo me espetó “me juego lo que quieras a que a esto no te atreves“. Yo era un corre calles y sabía que aquello no era más difícil que saltar entre dos bancos próximos de la plaza de la iglesia como hacía frecuentemente, pero mientras entre los bancos solo había tierra y un fallo se saldaba con un despelleje de rodillas, aquí me esperaba un colchón tan movedizo como nauseabundo y no se me ocurría cómo iban a sacarme de allí. Pero estaba el honor familiar por medio así que me santigüé y salté por encima del redondel sin más problemas. Loli acostumbrada a jugar a la rayuela también superó la prueba sin dificultad. Solo quedaba Fernando que tendría escasamente cinco años y que, por tanto, era menos consciente del riesgo que aquello tenía, además de no tener el grado de habilidad de Loli y mío. Loli y yo debimos impedirle probar, pero la afrenta era tan grande que le dejamos subirse a la tabla confiando en que no le sucedería nada. Pero no fue así. En el primer salto sólo alcanzó el borde del redondel con la puntera del pie y vimos cómo giraba el cuerpo hacia nosotros y se precipitaba por el agujero con cara de terror. Cuando todos nos abalanzábamos para mirar por el agujero a ver qué le pasaría, vimos que su cabeza no desaparecía de nuestra vista porque tuvo la suerte de poder agarrarse con las manos al borde de la tabla mientras lloraba asustado. Le agarramos como pudimos y le devolvimos al mundo de esta parte de la tabla, que sin duda era más sólido de lo que le hubiera esperado allá abajo aunque no sé si menos peligroso pues volvió a la compañía de cuatro descerebrados incapaces de protegerle. Solo fui consciente de lo que pudo haberle pasado a Fernando cuando meses más adelante vi lo que los poceros sacaban de aquel excusado donde toda la familia depositaba sus excedentes.

Aparte de los continuos desafíos de Federe que siempre ponían a prueba nuestro valor y sentido común, la visita de los primos a Roa era una fiesta para nosotros y frecuentemente nos íbamos las dos familias de excursión a pescar cangrejos al río Duero o por las eras que rodeaban Roa. Recuerdo las incursiones de tía Epi por las viñas, agachada como un indio, en busca de racimos que comíamos sin más o acompañados con el pan sobrante de la merienda. También solía caer en sus manos algún melón cuyas semillas rociadas de sal y extendidas sobre una hoja de periódico secábamos al sol en el balcón de casa y que en nada tenían que envidiar a las pipas que comprábamos los domingos en la plaza de la iglesia.

En una de estas visitas se decidió que yo les acompañaría a León para pasar con ellos todo el curso. Fue la primera ocasión en que uno de los hermanos dejaba la casa paterna por una larga temporada para vivir con alguien de la familia. Supongo que representaba un alivio para mi madre, que ya tenía cinco arrapiezos a su cargo, y que también sucedió más tarde con otros hermanos para vivir todo un curso con los abuelos en Vegarienza o en otros destinos familiares. Vivían en un piso alquilado del barrio de El Crucero, en la carretera de Trobajo del Camino a unos cientos de metros del puente de San Marcos, una carretera sin aceras bordeada de casas típicas de la época que exhibían en sus fachadas la ropa puesta a secar. Asistí allí a la escuela y secundé al hiperactivo Federe en correrías por los huertos que había entre las casas y la vía del tren, que sin barreras de separación ni otra defensa nos avisaba de su paso con un estridente silbido escasos segundos antes de echársenos encima. Dos años de diferencia cuando yo tenía seis o siete años eran muchos y seguir a Federe no siempre era sencillo. En una ocasión en que tuvimos que salir pitando por alguna trastada, comprobé que intentar correr tanto como mi primo y al mismo tiempo mirar donde ponía los pies no era fácil y lo pagué con un paleto roto y el tabique nasal desviado. Con el tiempo el paleto salió atravesado, siendo un rasgo peculiar de mi fisonomía (ver Valor se le supone), y mi nariz empezó a parecerse a la de un boxeador.

De esta etapa recuerdo las películas en el cercano cine Crucero de las que salíamos en invierno bien arropados con la bufanda hasta los ojos y sorprendidos por el vaho que expulsábamos por la boca, los caballitos de Papalaguinda y los cucuruchos de castañas calientes o las bolsitas de almendras garrapiñadas. Todo aquello representaba para mí actividades que no eran posibles en Roa de Duero, un pueblecito sin esa variada oferta de ocio y que por otra parte las estrecheces económicas de una familia ya bastante numerosa no permitían. De esta etapa recuerdo especialmente la Nochebuena que pasamos en casa de las tías y la abuela con el correspondiente pavo, creo que el único pavo navideño que he comido en mi vida, y que los Reyes me dejaron una escopeta que disparaba un tapón de corcho, también la única escopeta que tuve. Al terminar el curso me reincorporé a la disciplina familiar en Vegarienza y al final del verano retornamos todos para Roa.

Cuando les visité por segunda vez para estar con ellos una temporada, se habían construido un chalet en la carretera de Alfageme que arrancaba a la izquierda de la carretera a la Virgen del Camino. Era una casita de una sola planta en mitad del campo, de la que recuerdo los elefantes de ébano y algunas figuritas de marfil propias de la artesanía africana o quizá más especificamente guineana. Cerca de la casa había unas vallas metálicas y casetas restos de lo que debió ser una granja, un negocio familiar con poco éxito y por donde recuerdo merodeábamos. Vivir en mitad del campo, con pocos chicos alrededor, no proporcionaba demasiadas emociones y había que fabricárselas. Desde allí nos íbamos caminando hasta la zona del río Bernesga, entre el puente de San Marcos y el de la estación, con la intención de pescar en un cauce con abundancia de cantos rodados y escaso caudal. Yo seguía siempre a Federe a ojos cerrados a cualquier aventura por descabellada que fuera, pero poner como cebo unas bolitas de pan, creo recordar que condimentadas con algo de pimentón o con trazas de chorizo, siempre me pareció un empeño imposible, acostumbrado como estaba a la sofisticada pesca de la trucha omañesa que requería de cebos más aparentes. Saltábamos de un canto rodado a otro recorriendo todos los remansos, más bien charcos estivales, echando la miguita de pan que se desmigajaba por si a algún barbo despistado y con hambre le convencían nuestras artes de pesca. Para mi aquello era un poco frustrante pues sabía que por muy tontos que fueran los barbos el pan, aún sabiendo a chorizo, no les atraería demasiado. Solíamos volvernos para casa apesadumbrados bajo el peso del fracaso y la expectativa de una larga caminata por el borde de la carretera, con las manos vacías.

Hubo un momento en que toda la familia se fue a vivir a Guinea y aunque ellos venían de vez en cuando a León, solo nos vimos esporadicamente. Cuando yo estudiaba preuniversitario en León, coincidiendo con una de sus visitas, una tarde estuve paseando con Piluca en la inevitable procesión dominical por Ordoño II, con la misma sensación de camaradería y cariño con que nos relacionábamos de niños. En otra ocasión Carmencita, ya casada y creo que con niños, nos visitó un verano en Vegarienza. Solo fueron ramalazos de la antigua convivencia que tan grata había sido para mí.

Tras el proceso de descolonización de Guinea que finalizó con la independencia en 1968, el creciente clima de inseguridad obligó a los españoles a dejar el país precipitadamente abandonando todo lo que habían conseguido tras muchos años de trabajo. La familia Andaluz García al completo regresó a la Península donde se les ofreció algún tipo de trabajo, no sé si a modo de compensación por tener que abandonar sus negocios en la colonia. Se afincaron en la costa levantina y nos vimos en contadas ocasiones. El primo Federe sé que estuvo alguna vez por casa de mis padres, cuando yo trabajaba fuera de Madrid y no le vi. Años más tarde, con motivo de la boda de mi hermana Julia en Murcia, vi por última vez a la tía Epi y a Piluca, hará de esto más de treinta años.

Aunque de vez en cuando he sabido algo de ellos por mi madre, los afanes de cada cual y la vida, que a cada uno nos lleva por un lado, no han facilitado que nos viéramos. Ahora que me he puesto a escribir sobre lo que recuerdo y tras haber intercambiado información y algunas fotos con la prima Mari, con la que afortunadamente he podido contactar a través del blog y telefónicamente, he sentido la necesidad de hablar con ellos para comentar cosas sobre la familia que no tengo claras y que probablemente ellos, que eran los mayores de la generación de los primos, podrían aportar nueva información sobre esta parte de mi familia paterna para aliviar tanto desconocimiento. Solo tengo dos números de teléfono a los que no se pone nadie. Dos familias que inicialmente se mantuvieron en estrecho contacto durante años, nos hemos perdido la pista, al parecer, definitivamente. Sin duda, hemos sido poco cuidadosos de estos antiguos quereres.

Tía Epi y tío Federico.En el centro de la foto de la derecha, tía Epi con Carmencita en brazos y el tío Federico en su casa de Guinea. Todos, hasta la pequeña Carmencita, ataviados con el obligado salacot.

Tía Epi y tío Federico.En el centro de la foto de la derecha, tía Epi con Carmencita en brazos y el tío Federico en su casa de Guinea. Todos, hasta la pequeña Carmencita, ataviados con el obligado salacot.

Agradecimientos: a María Guadalupe García López por sus comentarios esclarecedores y fotografías familiares.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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5 pensamientos en “Los primos de Guinea (los buenos tiempos perdidos)

  1. Hoy en día con Las redes sociales el distanciamiento es menor, pero la creatividad para disfrutar de juegos y aventuras desaparece por minutos. Las dos caras de la moneda… Me sigo quedando con cómo era la vida antes.

  2. Gracias por mencionarme ..seguro que si te pones en comunicación con los primos ..ellos te podrán comentar el por qué de las cosas,porque es su vida..Nosotros quizá tuvimos más contacto con ellos más tiempo al estar en León…Besos ..Mi nombre entero sabes que es maría Guadalupe..au nque siempre me llamaran Mari…

  3. El chalet en Trobajo de los tíos ,que vendieron en su tiempo,estuvo no hace mucho con ocupas..Ahora está con puertas y ventanas tapiadas..Que pena con lo bonito que era y la cantidad de terreno que tenían..Se está dejando caer..

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