Crueldad innecesaria (perros fornicadores)

Pelea de gallos.

Cuando nos hacemos mayores son inevitables las comparaciones entre lo que sucede hoy y las cosas que pasaban “en nuestros tiempos“. En el telediario han dicho que un hombre se ha encontrado con su ex pareja, la ha invitado a una tónica para romper el hielo y a renglón seguido la ha matado con un cuchillo que llevaba en una bolsa, casualmente. Satisfecho con semejante acto supremo de autoridad con su ex mujer, se ha clavado él mismo el cuchillo y se ha pasaportado al otro mundo, quizá con la idea de reunirse con ella en la otra vida, eso sí, una vez escarmentada. Me he preguntado si antes éramos así de violentos y la respuesta, por demás complaciente, ha sido que no, que no con las personas que frecuentábamos. Pero se ha colado por un resquicio de mi mente el maltrato que a veces ejercíamos con los animales domésticos, en Omaña el contacto con ellos era permanente, unas veces para procurarnos el sustento y otras gratuitamente y he recordado muchos episodios.

Hoy se compran los pollos muertos y descuartizados de forma que solo hay que echarlos a la cazuela o, si tenemos prisa, los compramos ya asados y solo falta comérselos. En Vegarienza criábamos los pollos en casa para comérnoslos y antes de comerlos había que guisarlos y, como no era caso de echarlos vivos y con plumas a la cazuela, primero había que matarlos y desplumarlos. Recuerdo a la abuela o a mi madre con que técnica tan depurada convertían aquel revoltijo de plumas y cacareos en un manjar digno de la mesa de un marqués, con el que nos chupeteábamos los dedos después de haber mojado abundante pan en aquella sabrosa salsa que acompañaba a los muslos y alones del interfecto. Sujetaban el plumífero bajo el sobaco y, si era de armas tomar, alguien tenía que ayudar sujetándolo por las patas tal como me tocó a mí en muchas ocasiones. Con la mano izquierda le doblaban la cabeza hacia adelante y le pelaban las plumas de detrás de la cresta para poder trabajar con limpieza mientras el justiciable protestaba de manera ostensible. Con el cuchillo daban un tajo entre dos vértebras, sin que les temblara el pulso para que el chorro de sangre no se saliera del cacharro en que se recogía para luego hacerla encebollada. Los pataleos del pollo se iban apagando al mismo tiempo que el chorro de sangre se hacía más y más débil. Ya solo quedaba desplumarlo, chamuscarlo, descuartizarlo y a la cazuela. Todo un tratado de anatomía gallinesca. La mayor parte de los que se chupaban los dedos con el guiso, ignoraban el largo proceso que había sufrido el pollo hasta convertirse en aquel manjar. Al día siguiente cualquiera de los comensales llamaríamos a las inconscientes gallinas, con un tono de voz inocente que no denotaba en absoluto nuestras aficiones gastronómicas que tanto les incumbían, para que se acercaran a comer el grano que les echábamos mientras las observábamos con atención intentando adivinar cuál sería la próxima en convertirse en guiso.

No había el más mínimo cuidado para evitar que los pequeños presenciáramos estos episodios, más bien parecía que se quería que aprendiéramos bien temprano que aquella violencia era necesaria. Así se explica que asistiéramos a la encarnizada matanza del cochino sin que a nadie le entrara la duda de si aquel espectáculo era apto para menores. Veíamos cómo se le convencía al cerdo para que saliera de la cochiquera enganchándole con un garfio por la papada y se le clavaba un cuchillo enorme en el cuello, manteniéndole vivo lo más posible para que sangrara bien y las morcillas fueran abundantes. Luego se le quemaba la piel con antorchas de paja para eliminar las cerdas, aunque aquí se puede esgrimir el atenuante de que el cerdo ya estaba bien muerto. Todo ello entre bromas y chascarrillos, bajo la mirada curiosa de la gente menuda de la casa. Afortunadamente aquí yo no tenía que participar sujetando patas o desollando cuerpos. Solo mirar con ojos asombrados aquel ritual sangriento y casi tribal, pues allí se juntaban para ayudar unos cuantos vecinos.

Sin duda la peor parte se la llevaban los pobres animalejos que tenían alguna utilidad gastronómica, que sufrían eso que eufemísticamente se puede llamar violencia útil o utilitaria o práctica o necesaria, buscando el bien de la especie dominante. Pero también la sufrían aquellos animales con menos utilidad o que no formaban parte de nuestros hábitos alimenticios. Era el caso de los perros y gatos, presentes en todas las casas del pueblo, que ayudaban al pastor a cuidar de vacas y ovejas o a tener a raya a las ratas para que no se comieran los granos de centeno. De las camadas de perros alguno se salvaba si un conocido había manifestado su interés por un perrito. En el caso de los gatos, como gato había en todas las casas, no se salvaba ni uno salvo que el gato que estaba en nómina fuera viejo y hubiera que asignarle un compañero más joven antes de jubilarle. Todas las demás crías hubieran sido bocas a alimentar y no estaba la cosa para despilfarrar. Cuando más encariñados estábamos con los gatitos o perritos recién nacidos, un buen día por la mañana al ir a jugar con ellos habían desaparecido. Mientras la gata o la perra recién parida buscaba inquieta por la casa, olisqueando por todos los rincones para encontrar a su prole, nosotros nos dirigíamos a la orilla del río angustiados, imaginándonos como habrían hecho glu-glu-glu mientras se hundían en el agua pataleando, con la esperanza de encontrar a alguno que hubiera tenido la suerte de acercarse a la orilla. Y es que ya sabíamos que alguna persona mayor habría hecho lo que había que hacer: tirarlos al río para así mantener en su justo término el equilibrio de los animales de la casa. El desconsuelo nos duraba unas cuantas horas, hasta que nos rendíamos a la evidencia de lo irremediable y jurábamos no volver a encariñarnos nunca más con aquellos pequeñines, condenados de antemano. Poco a poco nos endurecíamos y dábamos por sentado que así tenían que ser las cosas. Si hubiéramos sido chinos, en vez de tirarlos al río nos los habríamos comido.

Las ovejas y las cabras ocupaban un escalón intermedio dentro del conglomerado de animales que convivían con nosotros. Eran demasiado pequeñas para realizar ningún trabajo físico y gracias a ello llevaban una vida relativamente muelle, todo el día en el monte comiendo y sesteando. Solo tenían que soportar algún que otro mordisco del perro que ayudaba al pastor a tenerlas a raya y algún que otro susto o dentellada del lobo. Su justificación era la lana, indispensable en aquellos tiempos, la leche para hacer quesos y los corderines y cabritines que tenían cada año. Se las podría haber dejado en paz, pero no. Así como cada vaca o la burra tenían características fisonómicas que las distinguían de las demás, todas las ovejas y cabras del pueblo se parecían salvo que tuvieran alguna mancha o rareza singular. Era necesario distinguir de forma inequívoca las que eran de cada casa para separarlas cuando el rebaño retornaba del monte a última hora de la tarde. Seguro que se podría haber encontrado procedimientos más o menos indelebles y mucho menos agresivos, pero se utilizaba uno que, desde luego, era permanente y barato. Se les cortaba a tijera un trozo de oreja con la marca característica de cada casa y problema resuelto. Sin gastar un duro y para siempre. A los borregos se les castraba por el procedimiento de estrangularles con un alambre los testículos, que al cabo de unos días se desprendían espontaneamente. Económico y eficaz.

Los chavales contemplábamos, de tarde en tarde, como los mayores manifestaban su ira y enfado dando tremendos pinchazos con la ijada a las vacas para sacar el carro de un atolladero o para subir una cuesta, cuando debería haberse cargado menos el carro o arreglado bien el camino y dejar tranquilas a las vacas que hacían lo que podían. Esto lo aprendíamos de los mayores y lo incorporábamos a nuestro comportamiento con los animales que estaban a nuestro cargo. Como cuando moscaban las vacas por efecto de las moscas rocineras, pobrecillas vacas que se volvían locas sin manos para quitarse la mosca donde no les llegaba el rabo, y que pagaban nuestras carreras detrás de ellas con algún bastonazo tan pronto las teníamos al alcance.

Y qué decir de nuestro celo persiguiendo a los perros fornicadores, tan imbuidos como estábamos de la doctrina imperante sobre el sexto mandamiento. Los pobrecillos no habían asistido nunca a la catequesis del cura don Abundio y no sabían que no estaba bien visto el ayuntamiento si no eras casado y aún menos en lugares públicos. Eran tan poco leídos que en vez de hacer “la bestia de dos espaldas” con que Shakespeare aludía el acto sexual, solo alcanzaban a formar un triste ciempiés de ocho patas y dos cabezas tirando obstinadamente cada una por su lado para deshacer aquel incomprensible nudo que les mantenía unidos e inermes. Tan pronto veíamos a dos perros haciendo simplemente lo que su instinto les ordenaba, la emprendíamos a palos y patadas exigiéndoles cumplir con la doctrina y la moral con que don Abundio nos gobernaba a nosotros. Creo que había una cierta envidia por nuestra parte, por la naturalidad con que ellos se comportaban y que a nosotros nos estaba vedado. ¿Dónde estaba aquí la utilidad de la violencia? ¿Qué componente atávico nos conducía a este comportamiento? ¿Solo imitábamos lo que habíamos visto hacer a los chavales un poco mayores? Lo dicho, envidia cruel.

También nos divertíamos cuando algún murciélago se metía en casa o lo cazábamos al vuelo con el procedimiento de lanzar una boina al aire a su paso. No había un solo murciélago capturado que se librase de fumar un cigarrillo de Ideales entre el jolgorio y la excitación de todos nosotros. Y suerte si no acababa pinchado en una tabla con dos chinchetas por las alas. Era un animalito que surgía de la oscuridad y que tenía la mala suerte de parecerse al diablo, todo negro, con garras, orejas puntiagudas y ojos brillantes, y sobre el que ejercíamos una violencia que dejaba traslucir el susto que nos producía lo desconocido, lo diferente. Alguna vez que yo ayudé a sujetarlo mientras le arrimaban el cigarrillo al morro, recuerdo el estremecimiento que me producía el tacto cálido y suave de sus alas membranosas, tan parecido al de la piel humana, pues al fin y al cabo era un mamífero como nosotros. Pero era diferente y tenía que pagar por serlo.

A veces, la diversión a costa de los animales alcanzaba extremos de ensañamiento injustificables. Lo más canalla que recuerdo lo vi en las fiestas de Riello, a media tarde, lo que me autoriza a pensar que a aquella hora la gente todavía no estaba borracha y ya se debía haber disipado la cogorza del día anterior. No cabe, por tanto, atribuirlo a un estado de conciencia disminuido. A juzgar por el jolgorio, se trataba de diversión pura y dura. En mitad de la plaza, donde los días de mercado las vacas esperaban a que algún tratante de ganado se fijase en ellas, habían hecho un hoyo con la profundidad suficiente para que cupiera el gallo acuclillado y lo tapaban con una tabla que tenía un agujero en el centro por el que el pobre bicho sacaba la cabeza para ver la luz. Los mozos tiraban pedradas por turno intentando descabezar al pollo, que metía la cabeza debajo de la tabla cuando veía acercarse una piedra. Sabido es que las gallinas y sus consortes no se distinguen por su inteligencia (junto con “Eres un Pánfilo”, el mayor insulto que nos podía dirigir mi padre era “Tienes menos seso que una gallina”). El caso es que el gallo en vez de quedarse debajo de la tabla a buen recaudo en vista de la que estaba cayendo, ya fuera por curiosidad o por no estar a oscuras, volvía a sacar la cabeza cuando las piedras dejaban de golpear la tabla. De nuevo algún gañan hacía demostraciones de puntería, de fuerza y de saña arrojando una andanada de piedras que hacían que la cresta roja del volátil desapareciera por el agujero, salvándose milagrosamente de aquel diluvio y burlando al asesino en ciernes. Hasta que la mala pata del gallo hacía que sacara la cabeza por el agujero en el momento en que una piedra anticipada volaba por encima del agujero y le cortaba en seco el último cacareo. Mientras el tirador exhibía en alto el cuerpo desmadejado del gallo ignorante como si se tratara de una pieza de caza mayor, los aplausos y felicitaciones celebraban su puntería y se pedía a gritos que pusieran otro gallo debajo de la tabla. Eran muchos los ansiosos por demostrar la puntería que habían adquirido tras muchos años de pedradas a las ovejas y a las jícaras de la luz. Y a nadie nos daba vergüenza esto. De hecho, el tiro al gallo figuraba en el programa de festejos como un acto (¿cultural?) más. Extraño mejunje entre tradición y crueldad.

El repaso detenido sobre cómo nos comportábamos con los animales, me ha dejado un regusto incómodo. Ejercíamos violencia con los animalitos que teníamos alrededor, unas veces para convertirlos en alimento y otras de forma gratuita o por pura diversión. Quizá sea excesivo hablar de violencia, pero cuando menos éramos crueles con los animales que nos ayudaban a sobrevivir. Nos regalaban su esfuerzo, su leche, su lana y sus crías para alimentarnos o para venderlas y obtener así otras cosas necesarias. En vez de estarles agradecidos, a la menor ocasión ejercíamos con ellos una crueldad innecesaria e injusta. ¿Se puede ser más desagradecido?

No puedo por menos que pedir disculpas a todos los animales sobre los que tenía jurisdicción: la burra, la Garbosa y demás vacas moscantes, el Jay y el Pol y cualquier otro perro al que haya perseguido con saña por no cumplir con el sexto mandamiento. Era la costumbre y no fui capaz de discernir sobre la irracionalidad de aquellos comportamientos. Debí ser más cuidadoso y crítico en mi trato con los animales.

Como la tele ha sido la culpable de estas reflexiones tan poco amables, me impongo el castigo de no ver el telediario en toda la semana. Me ahorraré ver como tratamos ahora a los inmigrantes y refugiados o la penúltima incursión de los judíos en la franja de Gaza. Esta sí que es violencia de la buena, de la bíblica. A falta de animales, maltratemos a los más débiles.

Imagen tomada de: cartagena-indias.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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Un pensamiento en “Crueldad innecesaria (perros fornicadores)

  1. Hola Emilio:
    Leyendo tus recuerdos infantiles, veloces como el viento sur, invaden mi memoria los míos. Si bien en ciertos aspectos, no existía verdadera crueldad; ya que para que ésta esté presente es necesaria la voluntad de infringir daño, no es menos cierto que en otras muchas ocasiones, aún sin quererlo, la tortura era el resultado de llevar a término nuestras ocurrencias. A vuela pluma llegan a mi recuerdo algunas de ellas:
    En las cálidas noches veraniegas, si nos encontrábamos un sapo, siempre había alguien que tenía la luminosa idea de echarlo a volar. Para ello se cogía una tabla, se ubicaba en una pared y seguidamente se colocaba al batracio en un extremo golpeando con fuerza el otro extremo de la tabla. El pobre desgraciado salía volando por los aires. Ni que decir tiene el resultado de su aterrizaje.
    También capábamos grillos, cazábamos lagartijas y otras lindezas. Pero lo más asombroso era que, salvando las distancias, hacíamos lo mismo con nuestros semejantes sin la menor piedad. Por ejemplo, nos forrábamos a cintazos jugando al “cinto quemao”. Embadurnábamos a un incauto la mano con abono jugando a “Gonzalo, toma el palo”. Pasábamos una ortiga por las manos de alguien, jugando a “la lechuga” y otro montón de jueguecitos similares, que pretendían ser educativos; ya que eran los mayores quienes nos iban enseñando los jueguecitos que nosotros transmitíamos a la siguiente generación.
    Un saludo.
    PD: ¿No vas a jugar unas chapas en Pascua?

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