El tío Pepe (en un rincón de tu memoria)

El Jay observa atento el más mínimo ademán de tío Pepe, impaciente por obedecer sus órdenes.

Esta foto me encanta pues creo transmite de forma genuina cómo éramos entonces en Omaña. El tío Pepe con un atuendo que un cursi podría calificar de informal, en realidad representa la forma en que se vestía por allí, ropa que resguardaba del frío y apropiada para caminar por el monte, siempre a riesgo de sufrir algún desgarrón que rápidamente repasaría la abuela, la boina muy usada y bien calada y el bolso de la chaqueta repleto de cartuchos que él mismo habría recargado una y cien veces. Se apoya en la escopeta calibre 12 de la familia, que siempre estuvo colgada del perchero de la entrada principal de la casa y que de vez en cuando acariciábamos los chicos imaginando cuando seríamos lo suficientemente mayores para que nos dejaran utilizarla. Recuerdo que nunca percibí como algo peligroso que la escopeta estuviera al alcance de los niños. Era un elemento más del ajuar de la casa, tan útil e inofensivo como la máquina de coser o el molinillo de café. Aunque no se ve en la foto, debajo de la chaqueta y bien sujeto al cinto, el tío Pepe llevaba un manojo de tiras de cuero rematadas con una anilla que servían para colgar por el cuello las perdices abatidas al vuelo o las tórtolas cazadas al acecho. Las piezas cobradas colgaban a lo largo del muslo bamboleándose al ritmo de la marcha, punteando de sangre el pantalón y hubo veces que algunas eran tan pesadas que se le perdieron al tronchase el cuello. El escenario podría ser el alto que hay entre las Llamas de Castriello de Vegarienza y Garueña. El perro Jay era de Paco el de tío Baldomino y hasta muy viejo siempre estuvo dispuesto a acompañar a cualquiera de mis tíos en sus cacerías.

En todas las casas solía haber una escopeta y la caza era consustancial con la vida en el campo. Era útil para las batidas al lobo cada vez que había una matanza de ovejas (ver El lobo) o cuando se le intentaba cazar al acecho en invierno ya que el número de aquel implacable depredador y protagonista de casi todos los cuentos infantiles debía mantenerse a raya, aunque también servía para algo más lúdico como la caza de perdices, codornices y palomas torcaces. Cuando el tío Pepe había juntado unos cuantos cartucho vacíos, bajaba a la cocina la lata de galletas maría con la pólvora, los perdigones, los tacos separadores y la rebordeadora que fijaba a la mesa con un tornillo cuidando no estropear el hule a cuadros que hacía las veces de mantel. Una vez relleno cada cartucho con las dosis adecuadas de pólvora y perdigones y debidamente señalado el calibre de los mismos, recuerdo eran del 10 para las codornices del 6 para perdices y torcaces y postas para el lobo, me lo pasaba a mí para colocarlo en la rebordeadora que los dejaba tan bien cerrados como los que se compraban en las armerías de León. Aquellos preparativos se desarrollaban con toda normalidad en la cocina, mientras la abuela trajinaba con las nateras junto al fregadero o repasaba unos calcetines cerca de la ventana y el abuelo releía un periódico atrasado o pensaba en que había que bajar los piértigos del desván porque el centeno ya estaba granado y la maja era inminente. Quizá esta normalidad explicara por qué no se consideraba peligroso que la escopeta colgara de una percha a la vista de todos.

Claro que el sentido común de los mayores pudo pasar por alto que la atracción o curiosidad por las armas de alguno de los chavales que veíamos a diario aquella preciosa escopeta de dos cañones y perrillos a la vista podría provocar alguna travesura más o menos peligrosa (ver Asustando grajos) que tuvo en vilo a todo el pueblo durante días al escuchar disparos a deshora y por doquier. También recuerdo que cuando tío Pepe vino de permiso de las prácticas de milicias, en la mesa de su habitación, que como todas estaba siempre con la puerta abierta y que periódicamente yo visitaba ya fuera para realizar el encargo de recoger algo o por mera “curiosidad“, me sorprendió ver una pistola Luger sobre el libraco Los cipreses creen en Dios, dos objetos que miraba con respeto. La pistola por precaución, pues no conocía su mecanismo ni sabía si estaba cargada y el libro porque su tamaño sugería indigestión segura. Hay una foto mía con catorce o quince años en que se me ve simulando encañonar con la escopeta a un grupo de gitanos mayores y niños que pasaban por la carretera que, para colmo, parecen divertidos con la broma que fue consentida, lo cual no es óbice para que me avergüence cada vez que la veo pues refleja la consideración que entonces teníamos de los gitanos y lo poco gracioso de la broma. Si, las armas me atraían, pero tras los primeros tiros con la escopeta familiar en el monte al filo de los diecisiete o dieciocho años, jamás he vuelto a participar en ninguna cacería.

Cada vez que veo la foto de tío Pepe cazando no puedo por menos que reparar en el contraste entre su indumentaria de cazador omañés y el elegante terno con que se casó con tía Vilma en Perú, otra foto familiar que constituyó por mucho tiempo el disparador de las añoranzas sobre el tío al que de pronto dejamos de ver siendo unos críos, pero del que ya atesorábamos buenos recuerdos. Como era usual en aquella época, Sudamérica era tierra de emigración para muchos españoles y en la familia de mi madre hubo al menos cuatro miembros que formaron parte de ella. El primero fue el tío Federico, fraile agustino hermano de mi abuelo, que emigró a Perú donde murió (ver El tío fraile) y le siguió la tía María que trabajó durante muchos años en Brasil como enfermera. El tío Pepe debió irse hacia 1956 y tras una estancia de meses en Brasil sin encontrar trabajo, siguiendo las indicaciones de tío Federico recaló en Perú donde se estableció y formó su familia, regresando en contadas ocasiones en viaje de visita familiar. Desde hace unos años esta corriente migratoria ha cambiado de sentido y algunas de sus hijas se han establecido con sus familias en España. Es el vaivén de la historia y de las familias. Aunque quizá no pueda considerarse en sentido estricto como emigrante, la cuarta persona de la familia que se fue a Sudamérica fue la tía Tere que vivió unos cuantos años en Ecuador.

Como sus otros nueve hermanos, tío Pepe nació en Sosas del Cumbral y allí sucedió la primera historia que me llega de él. Parece que los hermanos habían estado tirando un nido de pájaro ayudándose de un varal (palo largo) de los que se usaban para colgar los chorizos y morcillas al humo en la cocina vieja. Estos varales, si se utilizaban para remover las brasas del horno donde se cocían las hogazas de centeno y las empanadas, a fuerza de quemarse tenían el extremo aguzado como una lanza. El caso es que después de tirar el nido mandaron a Pepe, como era el menor de los varones tenía que hacer todos los recados, que devolviera el varal a su sitio y parece que iba tan a prisa para volver rápido y no perderse lo que hacían sus hermanos con los pajarillos, que la mala fortuna hizo que pinchara con el varal el pellejo en el que el abuelo guardaba el vino que se sacaba a diario para las comidas y rellenar la bota que llevaba al campo. Empezó a manar vino como si fuera una fuente y la abuela y las hermanas no daban abasto a poner cacharros para evitar que se desperdiciara aquel preciado líquido (de primera necesidad podría decirse) mientras se devanaban los sesos sobre cómo decírselo al abuelo para dejar a salvo a Pepe, sin incurrir en mentira.

Creo que hasta que me casé he pasado todos los veranos en Omaña, los primeros en Sosas donde debí encariñarme con todos los tíos pero especialmente con Pepe. En uno de sus viajes a España me contó que en una de sus vacaciones de estudiante, yo tendría unos dos años y él quince o dieciséis, cuando yo me despertaba y no le encontraba por casa me ponía a gritar a todo pulmón, “Pepeee, Pepeee, ….“. Debía ser muy niñero y los sobrinos siempre andábamos a su alrededor pues nos dejaba acompañarle incluso cuando podíamos ser un estorbo, como en la perpetración de “delitos” tan serios por aquellas latitudes como quitar el agua a un vecino para regar los prados propios. Lo he contado en El fin del mundo y no me resisto a transcribirlo:

“En una ocasión el tío Pepe nos llevó a los pequeños con él para que le avisáramos si aparecía el Tremoriego, porque él iba a quitarle el agua que le correspondía y así regar el prado de La Tablada, que era del abuelo. Nos quedamos jugando en el camino, pero vigilando. Yo no era consciente de ser cómplice de un ‘delito’ y que, por tanto, era exigible una cierta discreción. Cuando vi venir al Tremoriego, siguiendo las órdenes recibidas dije a grandes voces ‘Pepeeee…, ¡que viene el Tremorieeeego!’. El Tremoriego me oyó y, cuando estuvo a nuestro lado, me dijo muy enfadado ‘Oye chaval, yo me llamo Joaquín. ¿Es esa la educación que te están dando en tu casa?’ y con toda la intención pues, no en vano, yo era nieto del señor maestro. Yo me quedé todo corrido y, a partir de entonces, daba grandes rodeos para no cruzarme con él.”

Hasta hace poco que vi una foto con la leyenda San Miguel de Escalada donde se ve a Pepe y otros dos compañeros con sotana, no supe que estuvo en el seminario bastantes años, no sé si con la intención de ser cura lo que hubiera sido todo un acontecimiento en una familia tan pía o simplemente para estudiar a expensas de la Iglesia. Estudió veterinaria en León y estudioso e inteligente como era acabó número uno de su promoción y fue alumno interno del decano Ovejero, que venía a ser como ayudante de cátedra. Terminada la carrera, las milicias y no encontrar trabajo, algo incomprensible con su expediente académico en una provincia con ganadería tan abundante, estuvo una temporada en Vega ayudando a los abuelos y haciendo sus primeros pinitos como veterinario. Creo que cobraba una pequeña cantidad (iguala le decían a aquella modalidad de contraprestación) a los que tenían ganado, lo que les daba derecho a que atendiera a sus animales ya fuera para un parto o cuando las vacas entelaban (el vientre hinchado por los gases a consecuencia de una ingesta abundante de hierba tierna o alfalfa) o cualquier otro percance de salud. Parece que tenía la vista puesta en una plaza de veterinario en la Diputación que se iba a convocar de forma inminente, pero la impaciencia, el ímpetu juvenil y quizá el sentimiento que entonces se tenía de Sudamérica cómo tierra de oportunidades con extensas haciendas ganaderas le hizo tomar la decisión de emigrar. Paradójicamente, al poco tiempo de irse a América salió convocada la plaza de la diputación que probablemente hubiera obtenido y su vida habría sido radicalmente distinta.

Su oficio de veterinario autónomo en Vegarienza, antes sus tíos los doctores Paco y Bernardino González habían hecho lo propio con las dolencias de los paisanos de la comarca, fue el causante involuntario de que por primera vez yo tomara consciencia de que hasta los más valientes tienen sus momentos malos. La Montañesa era una magüeta (vaca joven) del abuelo a la que le había salido un bulto enorme en el anca derecha y después de un tiempo tratándola con antibióticos sin que la hinchazón bajara, Pepe decidió sajarle el absceso. Era un día de bastante calor cuando llevamos a la Montañesa al potro que usaba el herrero para herrar vacas y caballos, donde una vez inmovilizada le hizo una raja con el bisturí en la hinchazón por donde empezó a salir a presión un chorro purulento como si fuera un surtidor. Se me aflojaron la piernas al instante y, aunque me senté, empecé a sentir un vacío en el estómago mientras observaba aquel surtidor infecto que no cesaba. A punto de perder la conciencia y a pesar de lo interesante del momento, me tuve que alejar despacito del chorro amarillento y, como flotando, me llegue hasta casa para intentar recuperarme a la sombra reparadora del nogal. El mismo fenómeno de flojera me ha ocurrido luego en alguna visita al hospital cuando veo tubos saliendo y entrando en bolsas vertiendo líquidos extraños.

Creo que el desempeño como veterinario le ocupaba tan poco tiempo que le permitía ayudar en las tareas del campo y los cuidados ordinarios de los animales de casa. En una ocasión en que el tío Pepe estaba limpiando la cuadra de las vacas y sacando el estiércol al corral, al pisar el garabato (pala de pinchos curvos) se hizo un agujero en el pie y recuerdo como gritaba del dolor mientras se limpiaba y vendaba la herida él mismo. También había tiempo de sobra para la caza y la pesca que practicaba de forma muy original con un arco hecho con ballenas de paraguas y usando como flecha una ballena afilada en el asperón y atada al arco con un bramante. Se le podía ver a menudo pescando bajo los salgueros de la huerta donde las truchas acostumbraban a posarse a mediodía a la sombra de palos y piedras, acompañado de su amigo Genarín de Santibáñez, el médico.

En Perú se casó con la tía Vilma y trabajó en una hacienda ganadera. Creo que luego tuvo su propia ganadería, pero los vaivenes económicos y la inestabilidad del país debió hacerla inviable. Desde su marcha ha venido tres o cuatro veces a España y siempre tiene la amabilidad de vernos, o cuando menos llamarnos, a los sobrinos que dejamos de convivir con él cuando yo debía tener doce años. Por teléfono su forma de hablar me recuerda a Vargas Llosa, pues el deje peruano ha vencido al del castellano de Omaña. Siempre me ha parecido juicioso y cuando habla tengo la sensación de que tiene las ideas y las opiniones bastante bien elaboradas. Revisando documentos de mi madre he sabido que su nombre completo era José Joaquín, el segundo nombre supongo que por su abuelo paterno de Posada.

En plena canícula madrileña de 2017 le he visto por última vez en casa de sus hermanas Pili y Tere donde nos juntamos varios sobrinos con algunos hijos y, a la vieja usanza, compartimos una tarta, pastas y algún refresco bajo conversaciones entrecruzadas que hacían difícil entenderse. El tiempo que a ninguno perdona ha hecho de aquel mocetón de las fotos bien parecido, abundante pelo negro muy peinado hacia atrás, sonrisa franca y contagiosa, cuya fortaleza física contrastaba con mi endeblez de crio hasta el punto que me tenía doblando mis brazos cada poco intentando adivinar si mis bíceps podrían parecerse alguna vez a los suyos, se ha convertido en un viejecito de 87 años, no muchos más que yo que también voy para viejito, que se ayuda de un bastón para caminar y con algunas vacilaciones de memoria que requieren de la ayuda de tía Vilma. Aquellos brazos que amenazaban romper las costuras de las recias camisas verde caqui que trajo del servicio militar, y que durante décadas formaron parte de nuestra indumentaria para las labores del campo, hoy parecían los de un niño de pura delgadez. Apenas pudimos hablar en aquella concurrida reunión sobrinesca y mi familia fue la primera en despedirse. Cuando estábamos esperando el ascensor acompañados por tía Tere, vi que se acercaba a nosotros despacio y muy erguido por el pasillo de la casa y me dijo, creo que algo emocionado, “Yo te llevé a Sosas” refiriéndose al viaje que hacíamos desde Vegarienza hasta Sosas cuando llegábamos de León para pasar el verano, subidos en el carro de las vacas que rebosaba de equipaje, padres y gente menuda con la emoción desbordada por la añoranza de colores, olores, sabores y cariños ausentes. Las vacas con su insufrible parsimonia ponían a prueba nuestra paciencia y nos hacían dudar si alguna vez llegaríamos a aquel pueblecito cerca del fin del mundo, donde nos esperaban abuelos y tíos sonrientes y con los brazos extendidos, el perro que nos cubriría de lametones, la mantequilla untada en pan de centeno, los renacuajos en la presa de al lado del camino y el permanente olor a boñiga que hacía tiempo había dejado de ser incómodo y era más bien como un aroma que nos confirmaba que estábamos en Omaña, el paraíso de nuestra infancia. Yo fui el primer sobrino que hubo en la familia y el tío Pepe, a pesar de su memoria menguante, aún recordaba aquel episodio de setenta y tantos años atrás. Para mí fue una muestra impagable de ese cariño que la distancia impide que sea cotidiano, que casi no se ha desgastado y que permanece ahí agazapado esperando la ocasión de manifestarse aunque sea muy de tarde en tarde con motivo de una visita, alguna noticia o una foto que llega en el correo. Reviviendo luego la escena, yo también me he emocionado. Gracias, tío Pepe, por mantenerme en ese rinconcito de tu memoria y larga vida. Seguramente, lo que se olvida es porque realmente no fue tan importante y uno puede desprenderse de ello para ir más ligero a medida que pasan los años.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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4 pensamientos en “El tío Pepe (en un rincón de tu memoria)

  1. Muy bien Emilio, me ha encantado. Conocí a tu tío este verano cuando tu pariente Jose Mallo de la Calzada lo trajo por el Vallegordo de visita turística. Ha sido un placer

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