Lanfrey, el mago (aquellas rifas de Navidad)

Reloj de la estación de Villablino que ahora, en vez de contar minutos, anota desastres.

No estoy seguro pero creo que allá por 1954 coincidí con Alfredo en el Instituto Laboral de Villablino. Yo iba a primero y él debía estar en el curso de los más mayores con Pío Almarza y otros, motivo más que suficiente para que gozara de mi admiración. Pero es que además Alfredo nos encandilaba a cada poco con sencillos trucos de magia de proximidad, haciendo desaparecer un cigarrillo o sacándonos una moneda de la oreja, que luego intentábamos reproducir con poco éxito.

Alfredo vivía en el del bar de la estación de ferrocarril, escenario habitual de correrías mías y de Juanjo “el Polisia” tan bulliciosa de viajeros y trabajadores del carbón y hoy escenario triste del desastre que sigue al cese de una industria pujante, y era usual verle ayudar acarreando cajas de cerveza y refrescos del almacenillo hasta el bar. Estatura media pero bien hecho, fisonomía agradable, a mí me parecía elegante, si es que en aquella época de indumentarias más bien toscas era apropiado usar el vocablo, incluso cuando se le veía subir de la estación con una bolsa de la compra para hacer algún encargo en el pueblo, imagen poco habitual entonces. Seguramente yo le asigné la cualidad de elegante quizá de forma inconsciente, tras haberle visto varias veces en el escenario completamente vestido de negro, asombrándonos con sus increíbles trucos donde no recuerdo que hubiera palomas ni conejos. Solo algún objeto sencillo como bolas, cajas, vasos, naipes, monedas, la varita de mago y sus vertiginosas manos que los escamoteaban o convertían en otra cosa mientras nos distraía con sus comentarios y bromas. Creo que le vi actuar en el mismo Instituto Laboral y en el cine viejo con motivo de alguna celebración, ocasiones en que dejaba de ser Alfredo y se transmutaba en el mago Lanfrey.

Pero sin duda su mejor truco lo reservaba para la rifa. En ocasiones señaladas como podía ser el domingo anterior a Navidad, el descanso del espectáculo se aprovechaba para efectuar una rifa. El premio solía ser una vistosa cesta de Navidad con algo de turrón, un tarro de melocotón en almíbar, un salchichón, bolsas de peladillas y pasas, polvorones, una botella de anís de La Asturiana que serviría de instrumento musical navideño, más una de coñac y otra de licor 43, todo envuelto en papel de celofán y adornado con cintas de colores brillantes y doradas y hábilmente distribuido para que pareciera aún más suntuoso, que se exponía a la vista del público para incitarle a participar en el sorteo. Los números estaban impresos en tiras de papel que el mismo Lanfrey vendía. Se ataba a la cintura un mandil negro corto, acorde con su indumentaria de mago, con dos grandes bolsillos donde guardaba los mazos de rifas y el dinero que iba recaudando. Impacientes como estábamos por seguir con el espectáculo, recuerdo que la venta de papeletas se hacía interminable y no dejaba de vigilar el grosor del taco de rifas que mostraba Lanfrey, que cada poco insistía en que se terminaban. Cuando parecía que le quedaban dos o tres, un inapreciable golpe de muñeca y las tiras se multiplicaban en su mano como en los trucos de naipes y seguía vendiendo papeletas durante media hora con una insistencia exasperante. Al final, alguien elegido entre el público sacaba una bola de una bolsa de tela y la cesta pasaba a ser propiedad del afortunado poseedor del número premiado, entre los aplausos de unos y las envidias de otros. Dejando a un lado mi nula liquidez, nunca jugué en estas rifas porque pensaba que rompían el ritmo del espectáculo y yo quería volver a los prodigios del mago.

El interminable truco de las tiras de papel me exasperaba tanto que veía el resto del espectáculo con disgusto y algo de resentimiento hacia mí admirado Lanfrey. Si en los días siguientes a la rifa le veía acarrear cajas de cerveza del almacenillo hasta el bar, me preguntaba maliciosamente que qué tipo de mago era que no se le ocurría un truco para que las cajas aparecieran por sí mismas debajo de la barra del bar. Ya se sabe, hay momentos en que la adhesión inquebrantable a los héroes flojea.

Salvo el piano que tocaba en el Instituto doña Dolores el día de Santo Tomás de Aquino y las orquestas de las fiestas, Villablino era un erial musical con la única excepción de los tocadores de armónica muy en boga entonces, seguramente auspiciado por la escucha del Trío Biok y sus armónicas mágicas que casi a diario ponía en antena Radio Villablino. Este era otro pilar de mi admiración por Lanfrey que tocaba con mucha convicción una armónica de cambio. El fue el culpable de que yo me comprara una armónica Honner normal, que rápidamente puso de manifiesto mi torpeza de lengua y pocas dotes musicales. Tras mucha saliva y con los labios cortados, ni siquiera fui capaz de entonar los primeros compases de la facilona canción de moda, Doce cascabeles tiene mi caballo. Con poco discernimiento y menos autocrítica, terminé convencido que para tocar aquella cosa era preciso ser como Lanfrey, un poco mago.

No sé qué fue de Lanfrey, si como tantos jóvenes de la región buscó su vida en otro lugar o simplemente ha desaparecido de mi memoria como último truco. Casi todo es un truco. Como señala el reloj de la estación, los años de bonanza que trajo a Laciana el carbón sólo era un truco que duró mientras convino a los mandamases. En la foto de 1960 al pie de la farola de la estación, a Juanjo “el Polisia” y a mí nos parecía que podíamos ponernos el mundo por montera (ver Villablino, territorio comanche) pero no era más que un truco o, más bien, un espejismo. Cuando los años van pasándote por encima, el espejismo se va diluyendo y cada vez nos parecemos más al reloj de la estación.

1960. Juanjo “el Polisia” y el autor (Emilio García de la Calzada), en la farola de la estación de Villablino
2017. El autor. Una vida entre las dos imágenes.

Imagen tomada de: muxiven.blogspot.com, autor José.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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8 pensamientos en “Lanfrey, el mago (aquellas rifas de Navidad)

  1. Me alegra un montón el reencuentro con tus memorias lembranzas. No consigo recordar al mago Lamfrey aunque si tengo vagos recuerdos de un tal Alfredo que hacía magia pero éste vivía en San Miguel. De la Srta Dolores tengo muchos y maravillosos recuerdos, ¡qué gran profesora!. En fin, cuento con seguir leyéndote.

  2. Emilio, me alegra volver a encontrarte por este medio. Mi recuerdo en lo que comentas está vacío. Como HIginio, expreso mi más sincero de volver a leerte. Hoy ha sido por casualidad. Mis mejores deseos de salud para ti y familia. Un abrazo.

    • Hola Gregorio. En primer lugar felicitar las fiestas a ti y a todos los que aún tenéis la paciencia de seguir leyendo a este bloguero aficionado y miedoso de repetirse.
      En segundo lugar expresar preocupación porque alguno de los temas de que escribo no los recuerde nadie y puedan ser fruto de una memoria descontrolada. Ya me pasó cuando conté mi experiencia en la imprenta del Instituto Laboral, con la salvedad que entonces hubo algún comentario que confirmó su existencia.
      La imagen del mago Lanfrey (no soy capaz de precisar si le vi actuar en el Instituto, el cine viejo o en el de San Miguel) y su encarnadura en Alfredo el de la estación, paraje que yo frecuentaba, para mí son nítidas. No sé si sois mucho más jóvenes que yo (1944) y eso pueda explicar que no lo recordéis.
      Pero si es cierto que a veces yo mismo dudo de alguna parte de lo que recuerdo y, desde luego, cómo lo cuento pudiera no ser exactamente como pasó. Lo único que puedo asegurar es que cuento lo que recuerdo, aparte de las libertades estilísticas y de opinión.
      Un abrazo.

  3. Hola, soy Carmen una de las hermanas de Juanjo ” el polisy”. Estuve muchas veces en vuestra casa.Conocí a Loli, Federico,Mari y sobre todo a tu madre.Alfredo,el mago Frediny,no vivía en la estación, vivía la
    familia de Emilio Baelo y nosotros.Te recuerdo de niño. Un abrazo

    • Hola Carmen. Tu comentario ha sido una sorpresa muy agradable. Otra más de las que me ha aportado este blog donde he reunido algunos de mis recuerdos que necesariamente tenían que incluir la estación de ferrocarril de Villablino donde tan a menudo iba a buscar a tu hermano Juanjo, compañero de muchas correrías y que creo es la persona más mencionada en los post referidos a Villablino. En no menos de seis he incluido su nombre. Salúdale de mi parte.
      Ha sido un alivio para mí que tú recuerdes a Alfredo, pues por los comentarios recibidos empezaba a dudar de mi memoria.
      A tu correo envío las fotos de que dispongo de tu hermano.
      Un abrazo fuerte.

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