Los de la Calzada de Posada (mujeres sin historia?)

El bisabuelo Joaquín de la Calzada, el abuelo Emilio, tío Eliezar, tío Gregorio, tío Federico y Belarmina.

El bisabuelo Joaquín de la Calzada, el abuelo Emilio, tío Eliezar, tío Gregorio, tío Federico y Belarmina.

En otoño de principio de los años cincuenta del siglo veinte, los días que había mercado de ganado en El Castillo, los chavales de Vegarienza gastábamos los últimos instantes antes de marchar hacia la escuela observando con curiosidad cómo pasaba carretera abajo un desfile incesante de gente a caballo o a pie. Algunos llevaban del ramal una ternera de andar distraído o un toro de aspecto intimidante bien atado con una soga terminada en una anilla que sujetaba al animal por la nariz convirtiéndolo en inofensivo. Un día de estos oí por primera vez hablar del Valle Gordo cuando alguien dijo “estos son del Valle Gordo”. ¿Cómo puede ser un valle gordo, me pregunté?

El Valle Gordo es un rosario de pueblos que arranca en Aguasmestas y termina en Fasgar, ruta obligada para los peregrinos que en la época de la Reconquista elegían el Viejo Camino de Santiago para llegar a Compostela sorteando las zonas en conflicto de más al sur. Atravesando el Campo de Santiago los peregrinos pasaban de la vertiente del río Omaña a la del Sil, para entroncar en el Bierzo con el Camino Francés.

En estos días de mercado yo estaba atento por si veía pasar al tío Eliezar, hermano del abuelo Emilio, muy tieso sobre la silla de montar y con las alforjas a la grupa del caballo. Solía llevar un trote reposado que creo tenía como principal finalidad la de exhibirse, algo común a los caballistas omañeses orgullosos todos de tener el caballo de mejor planta y más cuidado. El caballo solía ser un animal privilegiado, quizá el único en aquella economía tan utilitarista, que gozaba de una vida relajada, solo requerido para cubrir las distancias largas y el lucimiento del dueño. El trabajo duro de la casa se reservaba para el sufrido burro.

De allí, del Valle Gordo era la familia de mi abuelo Emilio de la Calzada. Concretamente de Posada de Omaña, el penúltimo pueblo del Valle y patria chica de David Rubio de la Calzada, autor de la novela picaresca Peralvillo de Omaña (1919) que relata las andanzas por el Valle Gordo de un pícaro omañés, de su estancia en Vegarienza, irreconocible para mí cuando lo leí, donde sufrió los rigores del domine que les instruía, amén de otras aventuras por tierras maragatas.

Aunque se conocen los nombres de hasta cuatro generaciones de la Calzada anteriores, del primero que he tenido noticias directas por mi madre y sus hermanas, es del bisabuelo Joaquín de la Calzada García. Además de agricultor y ganadero regentaba una bodega donde se expendía vino, tabaco y algunas otras cosas de primera necesidad al estilo, aunque quizá a menor escala, del negocio que tuvo en Sosas del Cumbral y Vegarienza el bisabuelo Bernardino (ver El bisabuelo Bernardino), del que fue coetáneo y a no dudar se conocieron y trataron pues sus familias emparentaron. Efectivamente, Gaspar de la Calzada, padre del bisabuelo Joaquín, se casó con Antonia García natural de Sosas y un hermano del bisabuelo Joaquín, Víctor, se casó con una hermana de la bisabuela Ana, mujer de Bernardino. Sin duda, este es el nexo que motivó que el abuelo Emilio conociera en Sosas a la abuela Honorina, se casaran y dieran origen a los de la Calzada González. Sosas, un pueblo situado en el fin del mundo río Baltaín arriba, unido por lazos familiares con Posada, casi al final del Valle Gordo, otro lugar donde parecía que el mundo se acaba, que más allá ya no había nada. Eran gente que gustaba del agua clara y los cielos limpios que había que buscar en la parte alta de los valles.

Mi madre estuvo viviendo alguna temporada en Posada como recurso para descongestionar la superpoblada casa escuela de Sosas, se acordaba del bisabuelo y decía que en algunas ocasiones durmió en su cama, lo mismo que me sucedió a mí años más tarde con el abuelo Emilio en Vegarienza. La facilidad familiar para mearse en la cama parece que venía de lejos y a mi madre le sucedía de vez en cuando, motivando que su abuelo Joaquín la riñera y que una tía suya tuviera que salir en su defensa diciendo “No riñas a la niña, que ha sido una gitana“. El bisabuelo Joaquín se casó con Fabiana Calzón con la que tuvo siete hijos de los que solo conocí al abuelo Emilio y a los tres varones, Eliezar, Gregorio y Federico. Eran hombres de buena planta, ojos azules, amplia mandíbula, nariz y orejas grandes y algo despegadas. Aunque en realidad era sobrino suyo, en su casa también vivía como si fuera un hijo más el tío Jesús que se había quedado huérfano. Esta era la familia de la Calzada Calzón.

A ninguna de las tres mujeres, Aurora, Belarmina y Sabina, las he conocido, ni en persona ni en fotografía, una técnica incipiente y poco extendida que como ha venido sucediendo en casi todo primero interesó a los hombres que en sus visitas a los mercados de ganado o a poblaciones más importantes para hacer alguna gestión se encontraban con los fotógrafos ambulantes o tenían ocasión de hacerse una foto de estudio vestidos de gran personaje y en poses ceremoniosas. Las mujeres tardarían casi una generación en aparecer en las fotografías familiares, de forma que cuando quise montar el árbol genealógico fotográfico de los de la Calzada a las tres hermanas tuve que representarlas como siluetas anónimas. Sin ojos ni sonrisa, sin alma.

Solo me llegó de ellas dos apuntes intrascendentes. Me decía mi madre que Aurora era de una extraordinaria belleza y que Belarmina fue la referencia más alejada de episodios epilépticos en la familia, que han reaparecido en alguno de nosotros en las siguientes generaciones. Parece que después de cada crisis sacaban a la pobrecilla a la puerta de casa para que le diera el aire y, cuando se reanimaba, le decían “Hombre, la muerta resucitada”.

2006. Casa familiar en Posada de Omaña.

De todos los varones, solo el tío Eliezar siguió viviendo en la casa familiar de Posada compatibilizando el oficio de campesino con el de cantinero, estanquero y comerciante al por menor. De tiempo en tiempo necesitaba rellenar de vino cubas y pellejos y reponer en las alacenas los productos que se iban acabando, para lo que viajaba con el carro valle abajo a comprar el género que necesitaba, al estilo como lo hizo su padre y el bisabuelo Bernardino. Hay una anécdota curiosa que se refiere en El Lobo, y que resumo aquí. En una ocasión que iba camino adelante bajo una intensa nevada, vio que le seguían varios lobos que cada vez se acercaban más al carro y no se le ocurrió otra cosa que entretenerlos tirándoles trozos de la merienda que la tía Chon le había preparado para el viaje, intentando ganar tiempo para llegar a Marzán a donde parece que llegó sano y salvo. Si no hubiera sido así, yo no habría tenido ocasión de conocerle y oír sus bromas cuando a la vuelta del mercado paraba en Vegarienza a charlar con los abuelos. Me parece recordar que estaba un poco cojo, aunque bien podía ser el efecto del tiempo pasado a caballo o que volvía del mercado un poco achispado. Siempre estaba alegre y los chavales le esperábamos con la ilusión de que nos montara en el caballo, con una mezcla de emoción y susto por el tamaño tan impresionante con que desde nuestra pequeñez percibíamos al caballo. A veces venía con su hija Adela, a la que recuerdo con los labios muy pintados de carmín y cómo intentábamos escabullirnos para evitar que nos besara con aquella boca roja y parlanchina.

El tío Gregorio fue guardia de asalto antes de la guerra que le cogió en Madrid, es fácil imaginar las situaciones que vería y viviría, y fue reconvertido tras la contienda en policía nacional. Vivía en León y hacía guardia en la puerta del Gobierno Civil, a escasos tres minutos de la casa de Ramiro Valbuena, en un costado de la Plaza Circular que yo solía frecuentar. Cuando entraba o salía una personalidad del Gobierno Civil, el tío Gregorio se ponía firme, el pecho abombado, mirada al frente, barbilla como quilla de barco, el mosquetón con la bayoneta montada bien pegado a la pierna derecha y tan inmóvil que parecía una estatua, haciéndome dudar si respiraba. Se le notaba estirado y tenso dentro de su uniforme color gris ribeteado de rojo, insignias y hebillas relucientes, guantes blancos, los zapatos y correajes brillantes, la gorra de plato bien sujeta en la mandíbula con una correa. Cuando el personaje había desaparecido, el tío Gregorio pasaba a la posición de descanso, dejaba de ser una estatua y hasta a veces me pareció que me sonreía en la distancia, reforzando mi sensación de orgullo por tener en la familia una persona tan importante. Mi paso por la universidad en plena revuelta estudiantil y con los “grises” a la puerta de la facultad, la porra siempre lista y mirada torva, me hizo olvidar que un día sentí admiración por la marcialidad del tío Gregorio. Vivía con la tía Inés y su hija Belarmi en una casita individual al lado de la Catedral, donde tenían un pequeño huerto. Cultivaban unos tomates cuyo gusto aún recuerdo, así como el olor dulzón a guiso de repollo y berza que tanto asco me ha dado siempre. Recuerdo a la tía Inés parlanchina y risueña con su sempiterno delantal y a su hija Belarmi que a mí me pareció siempre muy guapa.

Siguiendo los pasos del Peralvillo, el tío Federico estudió con el domine de Vegarienza, profesó como fraile y vivió hasta su muerte en Perú. Lo conocí bastante durante las temporadas que cada dos o tres años pasaba en casa de los abuelos cuando yo le hacía de monaguillo. Mis recuerdos de él los cuento en El tío fraile.

Solo el abuelo Emilio permaneció fiel al campesinado aunque fuera en el terruño de adopción, Sosas del Cumbral, porque allí tenía su trabajo de maestro y quizá porque ¿a dónde podría haber ido con diez hijos a los que tenía intención de dar estudios? Creo que también influyó ser campesino vocacional y hombre práctico que sabía que en el pueblo, por muy mal que vinieran las cosas, tenían el sustento asegurado.

No tengo ni idea de qué vida tuvieron sus hermanas Aurora y Sabina, si quedaron en Posada o no. Si tuvieron descendencia, tampoco supe de ella. Mujeres sin fotos y sin historia.

El tío Jesús.

Mi madre me contaba que el tío Jesús se quedó huérfano muy pequeño porque sus padres murieron de la gripe de la moda, que creo se refería a la epidemia de 1918 también conocida impropiamente como gripe española, tan dañina que acabó con millones de personas en todo el mundo. El abuelo Joaquín lo prohijó y le dio la carrera de maestro como al abuelo Emilio. Se casó en segundas nupcias con su prima Belarmina. Yo lo conocí cuando vivía en Susañe del Sil, un pueblo entre Villablino y Ponferrada. Mi madre que durante años actuó de comodín para descongestionar las apreturas familiares de la casa escuela de Sosas, vivió tanto tiempo con ellos que llegó a creer que era su hija y recuerda los tremendos celos que tuvo cuando nacieron sus hijas Edita y Ángeles, que también fueron maestras. Varias veces en Agosto mi padre y yo les visitamos con motivo de la romería de la Virgen de la Nieves que celebraban en unos prados al lado del río. Recuerdo el saborcillo de la empanada y de las truchas escabechadas, técnica de la que tomamos buena nota y que mi madre reprodujo con éxito en Vegarienza. Me llamó la atención los abundantes castaños, un árbol que no conocía y más de un otoño me acerqué en tren a Susañe a por unos cuantos quilos de castañas que consumíamos asadas o cocidas hasta aburrirnos. Recuerdo el camino que ascendía desde la estación al pueblo, en todo lo alto, y el caserón en que vivía el tío Jesús que además de maestro tenia fincas y ganado. Conocí la zona muy bien cuando trabajé en el INI ayudando a levantar los planos necesarios para la construcción de un pantano en el río Sil y recuerdo haber encontrado por aquellas peñas varios cristales de cuarzo que almacenaba en una caja de zapatos junto a otras cosas bastante inútiles, pero que guardaba con celo en los recovecos secretos del armario ropero de mi cuarto.

Poco a poco la estirpe de los de la Calzada fue abandonando su lugar de origen y recalando casi sin excepción en León, algunos directamente para trabajar y los más a estudiar, siguiendo la pulsión de alejarse del arado y del ganado que habían visto cómo esclavizaban a sus progenitores. Un movimiento imparable que despobló todos aquellos pueblos (ver El vaciamiento de Omaña) en un abrir y cerrar de ojos. De aquella hornada de omañeses salieron infinidad de maestros y profesionales diversos que se repartieron por el país. Como las golondrinas, en verano retornaban a sus lugares, a los olores y sabores tan familiares y queridos. Pero, como las golondrinas, ninguno volvía para quedarse.

En 2006, al rebufo de las primeras páginas de Lembranza, fuimos con los nietos a Posada donde creo recordar que solo estaba Adela, ya sin los excesos de carmín de antaño. Contradiciendo al poeta, todo pasa y nada queda.

En los jardines de La Condesa, una buena representación de los de la Calzada, una familia de narices.
Atrás tío Pepe; por la izquierda en la fila siguiente Edita, tía Tere, Belarmi, tío Baldomino y tía Pili; delante tío Gregorio, tía María, Ángeles, tía Inés y tío Emilio.
Total, seis tíos carnales del autor, un veterinario, un facultativo de minas, cuatro maestras, un policía nacional, una enfermera y un cirujano. Pero ningún campesino.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Nota del autor: con posterioridad a la escritura de esta entrada, las hijas de tío Jesús me han proporcionado una foto de su madre Belarmina.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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