La cocina de tía Blanca (¿tíos o primos?)

El Cielo siempre presente. Sacrificio, oración y la bula protectora.

Cuando murió la bisabuela Ana, los hijos se plantearon vender la casa de Vegarienza. Entonces mis abuelos Emilio y Honorina vivían en Sosas del Cumbral y como él ya estaba jubilado, había sido maestro del pueblo durante toda su vida, creyeron que era la ocasión de acercarse a la carretera que era sinónimo de “acercarse a la civilización” y decidieron comprar la casa de Bernardino y Ana, padres de la abuela Honorina.

Es una casa de tres plantas al pie de la carretera con diez u once habitaciones, varias estancias de uso diverso, dos cocinas, amplias cuadras y pajar y lo que llamábamos “cocina vieja” o cocina tradicional en la que se hacía fuego en el suelo y los cacharros de los guisos se colocaban sobre trébedes o colgados en las pregancias, en una esquina había un horno de gran tamaño para cocer el pan, maseras donde se amasaba harina de centeno para hacer las hogazas y del techo colgaban los varales ennegrecidos donde se ponía la matanza a curar al humo y al frío.

En el momento de la venta de la casa vivía en ella la familia de tío Baldomino y tía Blanca, que estaban pendientes de edificar su casa al lado de la de Ulpiano a escasos metros del cauce del río Baltaín. Se acordó que seguirían viviendo en la casa familiar hasta que la suya estuviera construida.

En esa época estoy seguro que era la casa más bulliciosa de toda Omaña. Donde tía Blanca eran doce o trece personas, tres donde mis abuelos y en verano nos incorporábamos siete u ocho de mi familia y cinco o seis de la tía Honorina a los que se añadía alguna persona más de las familias de mis otros tíos. La casa era grande, pero era inevitable que el follón discurriera de forma habitual por pasillos y estancias, el amplio corral y la huerta aledaña a los ríos Baltaín y Omaña.

Las vacas de mis abuelos y las de tío Baldomino convivían en la misma cuadra, las gallinas de ambas familias escarbaban juntas en el corral, ponían huevos por doquier y probablemente compartían nidos, cuestión no menor y fuente de algún conflicto. Las personas nos entrecruzábamos durante todo el día por todas partes, pero cada uno sabíamos a qué cocina acudir a la hora de comer. En la planta baja los de tía Blanca y en la de en medio toda la patulea que descendía de mis abuelos.

La gente menuda jugábamos en lo que había sido la tienda, que ocupaba media planta baja y que conocíamos con el nombre de Despacho. Aún conservaba las estanterías donde se almacenaba la mercancía a la venta, una gran caja de caudales cuya combinación insistíamos en descubrir sin éxito, un molinillo de café y diversos achiperres habituales en todo comercio. Era tan espacioso que hasta andábamos en bicicleta por allí los días de lluvia. Además de jugar también discutíamos tonterías, una de las más notables era si los de tía Blanca eran tíos nuestros, lo que suponía un cierto grado de superioridad por su parte, o eran primos. En realidad eran primos de mi madre, pero la edad de los más pequeños era similar a la nuestra y de ahí surgía la camaradería y el trato de primos.

La otra mitad de la planta la ocupaba la cocina de tía Blanca. En la pared que daba al corral estaban la cocina de leña y el fregadero de piedra que desaguaba directamente a los rosales del corral y dos o tres alacenas que cubrían el resto del frente. A lo largo de la otra pared estaba el escaño y, en medio, la mesa cubierta con un hule a cuadros rodeada de más bancas y sillas.

Algunos días, no recuerdo si el motivo era que no estaba en el pueblo el cura don Abundio, a la caída de la noche cuando ya se había ordeñado las vacas y recogido las ovejas, en la cocina de tía Blanca rezábamos el Rosario todos los habitantes de la casa. Mis abuelos, la tía Blanca y tío Baldomino sentados en el escaño según correspondía a su dignidad, el resto de personas mayores ocupaban las sillas y las bancas con alguno de los más pequeños sentados en su regazo y los demás sentados dónde podíamos o simplemente recostados en la pared. La cocina era grande pero nosotros éramos demasiados y algunos seguían el rezo en el escalón que daba al Despacho o en la otra puerta de la cocina que daba al corral, dos espacios que favorecían un cierto relajo en el seguimiento del rezo.

Del techo colgaba una bombilla que, en vez de iluminar, parecía irradiar la penumbra que se adueñaba de la cocina a medida que oscurecía. Casi todo el agua del río se empleaba en regar los prados y al generador de la sierra llegaba un hilillo que producía una corriente eléctrica muy débil que ascendía trabajosamente hacia las casas por cables de hierro atados a los postes por las jícaras de porcelana, algunas de ellas rotas de nuestras pedradas y por donde se debía perder una buena parte del fluido de forma que el sobrante apenas enrojecía los filamentos de las bombillas. La mortecina luz fluctuaba según en las otras casas del pueblo se encendían o apagaban las bombillas y era frecuente el apagón total, por lo que siempre había que tener a mano un farol de aceite o el candil de carburo.

Era una escena en penumbra intensa que favorecía el recogimiento necesario para el rezo y donde las caras eran manchurrones de sombra, pero todos sabíamos dónde estaba cada cual por la voz con que contestaban al rezo. La inconfundible voz profunda y rezadora de mi abuelo, que solía dirigir el rezo, iba desgranando las avemarías de los cinco misterios que tocaban ese día ayudándose de las cuentas de un rosario para desembocar en la letanía en latín que daba paso a oraciones y jaculatorias diversas. Los demás contestábamos al unísono lo que correspondía a la cansina entrada, cinco veces diez avemarías, que nos daba mi abuelo.

Creo que en la cocina había varios grupos de orantes. Mis abuelos y algunas de sus hijas para los que cada avemaría les acercaba un paso más al cielo prometido tras el tránsito por el valle de lágrimas, que realmente interiorizaban el rezo y sus voces parecían un poco compungidas como pidiendo perdón por no ser más buenos. El resto de adultos creo que también compartían la convicción de que algún día su paso por la vida sería enjuiciado y más valía llegar a ese momento bien rezados. Parte de la chiquillería estaba pendiente de la mecánica del rezo para no equivocarse y seguir respondiendo Miserere nobis cuando ya había que decir Ora pro novis, lo que seguro le valdría un pescozón del adulto más próximo. El resto de los menores que aún no habíamos sido penetrados por la inquietud de la vida trascendente, estábamos impacientes por que acabara aquel rezo repetitivo, que había creado un cierto callo de indiferencia en nuestro cerebro a fuerza de no entender, Rosario tras Rosario, alguno de los pasajes como “venga a nos el tu reino” o “Llena eres de gracia el Señor es contigo”, y poder reanudar los juegos con los primos antes de que nos mandaran a la cama. Por último había algunos que se habían levantado al alba para trabajar en el campo y estaban tan molidos que la trascendencia del momento no impedía súbitas cabezadas de las que salía sobresaltados gracias al codazo de sus vecinos de rezo.

Cuando mi abuelo comenzaba su oración preferida,

Por todos los caminantes y navegantes del mar y de la tierra

Por los moribundos y agonizantes del día y de la noche

Y para que Dios nos libre de muerte repentina y males desconocidos ……..

era la señal de que el rezo terminaba y unos salían del trance religioso, otros del duermevela y otros salíamos pitando a retomar los juegos interrumpidos que era lo que realmente nos hacía felices. Eso sí, todos con precaución de no tropezar con tanto obstáculo mal perfilado por la escasa luz de las dispersas bombillas y los mayores ayudándose de algún farol o palmatoria que facilitaban el trasiego hacia las últimas tareas o a las habitaciones, con prisa para reponer fuerzas porque amanecería pronto.

Cuando los de tía Blanca se fueron a vivir a su casa, aquella cocina apenas se usaba. Se convirtió en zona de paso hacia el corral y de almacén para los cacharros con los que se trajinaba en las cuadras y en la huerta. Alguna vez se encendía la cocina para hacer una fisuelada con su correspondiente chocolate o las rosquillas de tía Pili, pero dejó de ser escenario de la vida intensa y rezos multitudinarios de antes. En el Despacho ya no se jugaba y desaparecieron las frecuentes discusiones bizantinas sobre si tíos o sobrinos y si tal o cual cosa era mejor que la de la otra familia.

Se dividió la cuadra con un muro que separó a ambos lados las vacas de cada familia. Las gallinas de tía Blanca pasaron a picotear en las peñas y a la orilla del Baltaín y los buscadores de nidos ya nunca tuvimos duda de si los huevos encontrados eran de nuestras gallinas o ajenos. Los rezos tenían lugar en nuestra cocina donde casi todos teníamos acomodo, pero ya no había las miradas cómplices entre primos-tíos que anunciaban la intención de retomar el juego tras el rosario.

Resumiendo, se ganó en orden pero en aquella casa hubo menos vida, menos roce. Seguimos viéndonos con los de tía Blanca a diario, en el río a la hora del baño, intercambiando libros y confidencias o pastoreando las vacas (ver Las llamas de Castriello), pero faltaba el roce continuo de antaño. Aquellos tíos con los que nos relacionábamos como si fueran primos, pero no aceptando su pretendida prevalencia de edad. Dos generaciones distintas que compartimos juegos y rezos en casi total armonía.

Texto de la bula papal de 1957: “Beatísimo Padre, Emilio de la Calzada y Familia, humildemente postrados a los pies de Vuestra Santidad suplican la Bendición Apostólica e Indulgencia Plenaria “in articulo mortis”, aún en el caso que, no pudiendo confesar ni comulgar, previo un acto de contrición, pronuncien con la boca o con el corazón el Nombre Santísimo de Jesús”. ¿Seguirá protegiéndonos a toda la familia?

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

2 pensamientos en “La cocina de tía Blanca (¿tíos o primos?)

  1. Cada vez que leo un post en este blog, no puedo dejar de pensar los diferente que es la vida ahora mismo para los niños, parece que no hay diversión en ninguna parte que no sea en cualquier chisme con pantalla táctil. Ver que descifrar un número secreto de una caja fuerte podían ser horas de entretenimiento, me reafirma en la idea, de haber perdido la esencia de la vida, el entretenimiento, la imaginación y como no, el roce humano. Es triste que los chavales de hoy en día valoren el roce con su tableta y su móvil como si fuera el mayor de los entretenimientos. Gracias al escritor por recordarme los años de mi infancia que esa si, que fue feliz!

    • Eva, los que nacimos en el siglo pasado resistimos un poco mejor que los niños y jóvenes actuales la fatal atracción por estos cacharritos mágicos que en su interior parece que tienen todo lo necesario para no aburrirse. De haberlos tenido, estoy seguro que habríamos caído en la misma trampa y no habríamos jugado como locos en la calle para lo mismo que ellos: no aburrirnos.
      Además, somos nosotros los que les ponemos esos trastos en sus manos.
      Espero que ellos y nosotros no terminemos atontados. Un beso.

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