En primera línea (la obsolescencia de los cuerpos)

2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza. 2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza.

Hace dos días recogí de casa de mi madre los recuerdos personales que me habían correspondido: un original mecanografiado de La sonrisa de la fortuna novela con correcciones a mano de mi padre, su muestrario de anzuelos y secretos para la pesca de la trucha, una foto de mis padres y algunas más del álbum familiar donde aparezco yo o alguien de mi propia familia, dos tomos de Historia de las cruzadas de J.F. Michaud con bonitas ilustraciones de Gustavo Doré y un bolsito bandolera de ganchillo que había sido de mi madre. Era la última vez que estaba en la casa de mis padres en Madrid donde había vivido solo unos cuantos meses allá por 1968 y visitado bastante a menudo a mi madre durante sus últimos años de vida.

Mi madre había muerto dos años y medio antes, pero ahí estaba todavía la casa como un nexo que me unía materialmente a mis padres, como si aún no se hubiera producido el adiós definitivo. Ahora sí, ya solo quedan sus recuerdos y las pocas cosas suyas que mencioné. Los hilos materiales que me unían con la historia de mis orígenes se han cortado definitivamente con esta última visita a la casa paterna. Solo recuerdos y sus cenizas en sendas urnas en Vegarienza, en el cementerio de Castriello, en la ladera de Santa Colomba que ni es solano ni avesedo, pegadito al arroyo que huele a menta por cuyo cauce escurren las aguas que manan de las tierras ferruginosas de las llamas donde tantas tardes pastoreé las vacas de mis abuelos (ver las Llamas de Castriello y La estampa). Ahora sí fui mucho más consciente que cuando mi madre murió de que yo ocupaba la primerísima fila de los que, inexorablemente, seremos llamados al ajuste final de este tránsito corpóreo (valle de lágrimas decía mi abuela Honorina) que es la vida.

En Castriello descansan también, en la tierra al estilo tradicional, mis abuelos y bisabuelos maternos y seguramente algún antepasado más de la rama González y García. Cuando a mi madre le dio por pensar dónde quería estar cuando se le acabase el tiempo, ya no había espacio en el suelo de aquel modesto cementerio omañés colmatado de cristianos más o menos rezadores. Modesto pero tan antiguo como la misma Omaña. La falta de espacio para tanto muerto se resolvió al modo en que lo solían hacer los invasores romanos del valle del Omaña, añadiendo un columbario con unos cuantos nichos (palabra horrorosa donde las haya) mortuorios que destacan sobre el yerbazal de las tumbas. Mirando al cementerio y más concretamente al columbario donde ya estaban las cenizas de mi padre, en el verano de 2016 y tras rezar un padrenuestro mi madre musitó emocionada “Que nos reunamos todos en una vida mejor” en lo que me pareció la expresión de un deseo intenso, anhelado, cinco meses antes de dejar esta vida que ya se le estaba haciendo demasiado larga.

Entre lo que nos dejó había unos papeles manuscritos que decían que mi madre era propietaria de uno de estos nichos y un notario de Madrid ha anotado en sus protocolos que yo soy dueño junto a mis hermanas de semejante aposento para la eternidad. No conozco a nadie capaz de llevar la contraria a un notario. Yo desde luego no lo haré, así que allí me llevarán cuando llegue el momento si los que me sobrevivan atienden mis deseos.

No sé a qué edad comenzó mi madre a preocuparse por estas cosas que a los de la siguiente generación nos hacía sonreír condescendientemente, pero el tiempo pasa para todos y forzosamente tengo que agradecerle que pensara con tiempo suficiente en algo tan obvio como dónde acomodarse para los restos, dónde estar sin molestar a los vivos. Porque hace tiempo que siento los efectos de la obsolescencia escrita en los defectuosos genes que me han tocado en suerte, de los que sin duda son responsables involuntarios unos cuantos de mis antepasados con los que un día compartiré espacio en el cementerio de Castriello. He sido, soy todavía, el trasunto de lo que ellos fueron, de lo que llevaban escrito de forma indeleble en su ADN fruto de tantas vidas entrecruzadas durante siglos y que ha cristalizado con mejor o peor fortuna en individualidades concretas como yo mismo.

Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello. Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello.

Ha hecho fortuna la expresión obsolescencia programada aplicada a los electrodomésticos y otras máquinas que usamos a diario, pero a fuerza de percances de salud, aparentemente sin relación alguna con mi estilo de vida, cada vez estoy más convencido de que somos nosotros los que tenemos bien escrito en los genes, con tinta invisible a simple vista, la fecha de caducidad de nuestros cuerpos. Los cirujanos van extendiéndonos prórrogas a esta fecha de caducidad, pero finalmente la obsolescencia nos alcanza de forma inexorable. Da igual que hayas sido alto o bajo, ocurrente o aburrido, valiente o cobardón.

Por eso mismo le estoy agradecido a mi madre por ocuparse sabiamente de dónde dejar su propia obsolescencia y, de paso, la mía. Y qué mejor sitio que el cementerio de Castriello, donde aún cantan las ranas en el arroyo y los saltamontes despliegan sus esplendorosos élitros del mismo azul que el ala de los grajos que se oyen entre los chopos del cercano río Omaña; donde por las tardes se siente el alivio de la sombra que proyecta Santa Colomba cuando ya se hace inaguantable la solanera con que el sol aprieta desde bien temprano en las mañanas de verano o dónde en invierno se agradece el solecito mañanero que atempera la tiritona de la helada nocturna, porque habrá que ver cómo se siente el frío y el calor cuando en vez de huesos y carne se sea solo polvo o ceniza.

Polvo o ceniza. Hasta la época de mis abuelos era cierto lo que decía el sacerdote cada Miércoles de Ceniza mientras nos ponía una pizca de ceniza en la frente, “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás), frasecita que nos helaba el alma y que a mí me sugería con desagrado el roer de los gusanos reciclando la carne en tierra vegetal, en polvo. Ahora que ya salimos reducidos a ceniza desde la capilla mortuoria, sin gusanos de por medio, no sé si habrán tenido que cambiar este recordatorio que nos decía a las claras que éramos muy poca cosa. Y así es, hay que admitirlo.

A medida que te haces mayor hay que ser consciente de que las leyes de la probabilidad van dejando de ser neutrales, que la cara y la cruz de la moneda no pesan estadísticamente lo mismo. En los próximos días se lanzará de nuevo mi moneda, que tantas veces ha salido cara, y veremos qué sucede.

Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho. Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho.

Si sale cruz, mi familia tendrá que encargar una plaquita con mi nombre y pegarla en la losa de mármol negro que cubre el nicho de la familia García de la Calzada, tan pulido que en él se reflejan los robles y escobas de la ladera de enfrente que recuerdo servían de refugio a las vacas que moscaban en las tardes de verano cuando yo las llevaba a las llamas de Castriello, el paraje donde fui feliz de chaval.

No se me ocurre un sitio mejor para esperar que se desperecen los cuerpos cuando suenen las trompetas del Juicio Final en que creían muchos de los residentes del cementerio de Castriello. Y para los descreídos sólo quedará sentir como nuestras cenizas se esponchan o acurrucan según haga calor o hiele, mientras se oye el manso discurrir del arroyo de Castriello entre juncos y matas de menta. El mundo seguirá dando vueltas y en unos cuantos años los hoy jóvenes de mi familia serán candidatos también a residir en Castriello o, si lo prefieren, a la sombra de las hortensias familiares.

17 de Junio de 2019, en vísperas.

La moneda salió cara, otra vez. Aunque algo desvaída por una maldita e inesperada FA.

22 de Junio de 2019.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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