El tío Emilio (un hombre ensimismado)

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

El tío Emilio fue el sexto de los diez hermanos de la Calzada y, como todos, nació en Sosas del Cumbral, en la casa-escuela donde su padre era el maestro. Él fue el primero en ponernos un mote a los sobrinos: yo era Carcoma en alusión a mi apetito desmedido, Fernando era Tiriti sin que recuerde el por qué y Eduardo, el más pequeño, era Fardel porque llevaba los pañales siempre cargaditos. Loli era Lirila, pero no sé si el mote se lo puso tío Emilio o lo hicimos los hermanos para que no se fuera de rositas.

Él y mi madre, que le precedía, fueron los primeros hermanos que los abuelos mandaron a León con la finalidad expresa de estudiar. Como aún no disponían de lo que luego sería la cabeza de puente para el desembarco del resto de los hermanos, el piso de Ramiro Valbuena, tuvieron que estar de alquiler en casa de unos conocidos compartiendo una habitación de dos camas con dos hijos de JoaquínEl Tremoriego” de Sosas, chico y chica, una cama para las chicas y otra para los chicos, al puro estilo omañés: una cabeza en cada extremo de la cama. Al año siguiente Emilio cambió aquella precaria pensión por los rigores de un colegio de frailes.

Cuando llegó la hora de la universidad se fue a Madrid y no sé si que sus tíos Paco y Bernardino fueran médicos pudo tener alguna influencia en que cursara Medicina. Siempre he escuchado que era muy inteligente. Quizá el estar sobrado de aptitudes para el estudio le hizo entretenerse con algún tema ajeno a la carrera, incluido una cierta dedicación a la poesía. Estas distracciones alarmaron a tía María, era la encargada por los abuelos de mantener el orden y la autoridad sobre los sucesivos hermanos que salían del pueblo para estudiar, que viajó a Madrid a restablecer el sano orden de las cosas que parece ya no volvieron a descabalarse nunca más.

Recuerdo que al término de las prácticas de milicias universitarias que hizo en alguna plaza africana con el grado de alférez, nos visitó en Roa de Duero y le trajo como regaló a mi madre, con la que creo estaba muy unido, una bolsa moruna de cuero y base redonda que se cerraba con unos cordones también de cuero y que nos acompañó en nuestras compras durante muchos años, incluidas las incursiones veraniegas a la búsqueda de huevos en los pueblos próximos a Vegarienza (ver Guardianes del camino). También le regaló, posiblemente con los primeros dineros que ganó como médico, una máquina de coser Alfa con la que mi madre consiguió vestir a once hijos a lo largo de muchos años sin que sufriera percance mecánico alguno. Aún hoy sigue en perfecto uso, silenciosa eso sí, a la espera que alguna de mis hermanas la herede. Una maravilla técnica ajena a la obsolescencia programada y, sin duda, la pieza más importante del ajuar familiar.

Cuando acababa el curso el tío Emilio regresaba a Sosas, se despojaba de su pátina de universitario y participaba como uno más en los quehaceres de aquella familia de labradores, no exentos de riesgo como cuando estuvo a punto de que se lo comieran los lobos camino de Manzaneda (ver El lobo), y en los ritos y costumbres de aquella sociedad tan tradicional y adaptada al entorno rural, donde las trastadas (ver A nateras y quesos) eran una forma de incorporar alguna diversión a la rutina diaria, aunque fuera a costa del escarnio de algún convecino.

Creo que fue el primer miembro de la familia en disponer de cierta holgura económica y cuando venía por Vegarienza siempre traía algún artilugio que nos asombraba, lo que no era muy difícil en aquel entorno tan tradicional donde cualquier elemento del ajuar o las herramientas habían sido inventados siglos antes. Podía ser una maquinilla de afeitar eléctrica (que no solía funcionar por lo escasos voltios que producía el generador de la Sierra), o una de reserva y manual a rodillos con la que se desollaba la cara. También fue el primero que trajo un transistor a pilas con el que intentaba inutilmente oír, debido a las montañas que nos rodeaban, lo que decían Radio Pirenaica y Radio España Independiente del régimen de Franco y su inminente caída.

Yo creo que aquel empeño por oír la radio era porque si Franco moría él no quería demorarse en saberlo. Y es que creo que era un poco rojo y descreído, una auténtica oveja negra en una familia tan de orden y cristiana, que no desperdiciaba ocasión de tomar el pelo a sus hermanas cuando las veía tan dedicadas a rezos y visitas a la iglesia, empeñadas en ganarse la otra vida en la que seguramente él, tan conocedor del aspecto puramente físico del cuerpo humano, no creía. No es de extrañar que su paso por la universidad de finales de los años cincuenta del siglo veinte donde ya existía un fuerte movimiento de oposición, basicamente promovido por el partido comunista, al régimen franquista y al sindicato universitario oficial, el SEU, le hubiera impregnado de ideas anti franquistas. Yo viví en ese ambiente estudiantil unos cuantos años más tarde y lo entiendo perfectamente. Creo que ninguno de sus hermanos estuvo en contacto con un entorno tan politizado, de ahí que se mantuvieran hasta el final como creyentes y políticamente conservadores. No sé cómo valoraba la familia el distanciamiento del tío Emilio de los asuntos religiosos y sus ideas políticas, pero no recuerdo haber presenciado ni discusiones al respecto ni reproches.

También fue el primero de la familia en tener coche. Era un seiscientos en el que todos los que nos montamos pasamos mucho miedo porque teníamos conciencia de lo que significaba la velocidad (algunos habíamos experimentado lo peligroso que era afrontar en bicicleta las curvas demasiado deprisa y terminar en las zarzas) pero que al tío Emilio parecía traerle sin cuidado. Durante la carrera de Medicina tuvo que familiarizarse con conceptos físicos tales como la presión, la gravedad, la temperatura, etc. Nadie debió hablarle de la inercia que tiende a sacarte de las curvas o él por su cuenta había decidido prescindir de tan importante parámetro. Así que mientras los pasajeros apretábamos el culo en las frenadas viendo como nos echábamos encima de camiones y autobuses o nos mirábamos asustados sin atrevernos a rechistar en las curvas de Omaña o de la carretera de Ponferrada, el tío Emilio tiraba impasible del volante para mantener al bólido en la trayectoria, se ayudaba inclinando un poco el cuerpo como si fuera un motorista, y ajeno al canguelo de sus acompañantes. Pudiera ser que nosotros fuéramos unos miedosos inexpertos en la materia, acostumbrados como estábamos a la pachorra del manso autobús de Beltrán y al bicicleteo, y que él hubiera evolucionado a técnicas de conducción desconocidas para nosotros. Esto añadía a la atracción que en aquella época suponía subirse a un automóvil, el morbo de las sensaciones de una montaña rusa. O nosotros los autobuseros enjuiciábamos demasiado severamente su manera de conducir o tuvo mucha suerte, pues no recuerdo que tuviera incidente alguno en aquellas carreteras salvo un encontronazo leve con una vaca.

Recuerdo, como si fuera hoy, el día que llegó en el rápido de Beltrán con la que sería nuestra tía Quinita para presentarla en familia. Era una morena guapa, alta y delgada, labios pintados de rojo intenso, sombra de ojos y rímel en pestañas, falda blanca finamente tableada, un niqui de punto a rayas azules y blancas bastante ajustado y zapatos de tacón tan alto que no sé cómo pudo llegar desde casa de Selima hasta la de los abuelos sin torcerse un tobillo entre las desiguales piedras de la carretera. Tuve la sensación de que nunca habíamos visto por allí una mujer como ella, pues me pareció una reina. Yo estaba tan deslumbrado por mi nueva tía que no percibí o reparé en las reacciones de mis abuelos y tías, tan discretos en su atuendo y sobrios en sus manifestaciones, ante aquella mujer que parecía llegada de otro mundo en el que lucir bella y atractiva era lo normal. Pero presumo que, al menos, debieron quedar muy sorprendidos por aquel exceso de espontaneidad. Tuvieron tres hijos que casi nunca aparecieron por Vegarienza en aquellos veranos omañeses tan superpoblados de nietos. Vivieron en un chalecito en Ponferrada donde el tío ejerció de cirujano y fue director del hospital-residencia de la Seguridad Social.

Hoy día todo cirujano debe especializarse durante años en una porción mínima del cuerpo humano ya sea el hombro, la mano, columna, etc. Entonces un cirujano era un médico todoterreno que había superado la aprensión a la sangre y que no le temblaba el pulso ante escenarios quirúrgicos más propios de un matadero o de una guerra. Su campo de acción abarcaba todo el cuerpo, desde la coronilla a los dedos de los pies. Sin más ayuda que acaso una radiografía, todo empezaba cogiendo el bisturí para dejar al descubierto el órgano a reparar, decidir sobre la marcha que hacer ante lo que veía, cortar y unir para terminar recolocándolo todo y cosiendo lo mejor y más rápido posible aquel batiburrillo de vísceras y músculos, confiando en que su ojo clínico y sus manos hubieran resuelto la dolencia. Y a esperar que el paciente no se muriera. A mí me operó de la uña gorda de los dos pies, algo que seguro no venía en sus libros de Medicina pero que él supo cómo afrontar para que dejara de ser un problema para mí.

Salvo cuando estaba de broma o tomando el pelo a alguien, era frecuente verle pensativo y ensimismado, como ausente y poco participativo en las conversaciones, ejecutando algunos tics como estirar el cuello o tocarse la mandíbula con el hombro y moviendo las manos sin finalidad aparente. A veces he pensado que él ensimismamiento pudiera deberse a un proceso mental de elaboración de estrategias para la próxima cirugía complicada que tendría que afrontar; que con el gesto del hombro reproducía cómo detener una gota de sudor que descendía por la barbilla mientras operaba y que el estiramiento del cuello era una forma de aliviar la tensión que se vivía en el quirófano por el esfuerzo físico y la responsabilidad de tener en sus manos la vida del paciente. Sus movimientos de manos podían corresponder con el ritual de lavado estricto de manos y puesta de guantes quirúrgicos ayudado por una enfermera. Gestos repetidos en el quirófano miles de veces, que se habían convertido en tics en su día a día fuera de la sala de operaciones. Obviamente se trata de una especulación, pero encajaría con un entendimiento obsesivo de su trabajo de cirujano, que tengo entendido que le llevó alguna vez a coserse a sí mismo alguna herida que se produjo, con toda sangre fría.

Siguiendo en el terreno especulativo, otra posible explicación a esa actitud ausente y poco participativa, pudiera ser haber asumido que su posicionamiento en lo político y religioso era tan incompatible con el ideario familiar, que debía evitar a toda costa que afectase al buen clima reinante. Conozco estas situaciones familiares en las que discutir acerca de lo que cada uno cree solo produce, en el mejor de los casos, melancolía.

Con mis otros tíos yo tenía mucha familiaridad y seguro que a veces debí resultar un poco cargante intentando que me prestasen atención. Con el tío Emilio a veces tuve la incómoda sensación de que mis preguntas o comentarios de imberbe estaban de más, pues él estaba a lo suyo, dándole vueltas en el caletre a cosas que le preocupaban. Era la ecuación perfecta, un tío ensimismado y un sobrino tímido y apocado que hacía que a veces los silencios fueran casi dolorosos.

Su conocida tendencia política, tan poco saludable en aquella época, y que no disimulaba lo más mínimo, le trajo algún problema judicial. Por esas ironías del Destino, luego fue médico militar y tuvo un papel destacado como cirujano en un hospital militar de Madrid. Cuando Franco murió, algo que durante tantos años esperó impaciente que anunciara Radio Pirenaica, no sé cómo lo celebró o si cuando sucedió ya sus inquietudes políticas se habían sosegado.

Cuando murió, su cadáver fue velado en su hospital militar. El Destino está siempre ahí dispuesto a ponernos en evidencia y, en una última pirueta, hizo que el tío Emilio fuera despedido por familiares y amigos en una institución militar, algo que nunca debió imaginar en sus años de disidencia y rojería. Así somos, muy vehementes en ocasiones sin reparar en que quizá la vida nos ajustará cuentas y contradecirá a la primera ocasión. Como nos ha pasado a casi todos, que coqueteamos con el progresismo en la universidad y de mayores viramos hacia posiciones menos comprometidas. De lo que no tengo duda, a pesar de la relativa distancia que imponía su actitud introspectiva, es que el tío Emilio, al igual que sus otros hermanos varones, fue para mí alguien a quien quise, admiré y deseé parecerme de mayor.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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