Hermano mayor (¿quijada de asno o plato de lentejas?)

Jacob recibe la bendición de su padre Isaac.

Jacob recibe la bendición de su padre Isaac.

A estas alturas de la película y con el coronavirus rondando, me resulta evidente que ser el hermano mayor solo tiene desventajas. Eres el primero de los hermanos al que los huesos le avisan de que están ahí cada vez que cambia el tiempo y el primero en dejar de ser una persona “normal” para convertirte socialmente en viejo y que, si se diera el caso de estar muy malito, algún burócrata podría apuntarte en la lista de los que no valen un respirador porque ya has vivido bastante y no pasaría nada si se te llevan los gusanos. También serás el primero en confundir las historias que te contaron porque están hechas un revoltijo en tu memoria desgastada. Al final tendrá razón el burócrata del respirador, porque….. ¿para qué sirve un tío que ni siquiera recuerda las cosas a derechas? Buena prueba de mi cacao mental es cómo recuerdo el derecho de primogenitura vigente en tiempos pasados, quizá la única ventaja de ser el hermano mayor.

Creo que la primera vez que oí hablar del derecho de primogenitura fue en la clase de Religión de la Academia Carrasconte de Villablino cuando don Urbano, el mejor contador de historias bíblicas que recuerdo (ver Mane, Tecel, Fares) introdujo en nuestro imaginario infantil historias fantásticas de las que la Biblia está repleta (probablemente es el compendio más completo de grandezas, debilidades, traiciones y miserias humanas del que han sacado buen partido pintores, escritores y profesionales de religiones varias) y que por entonces yo era capaz de mantener bien clasificadas y separadas unas de otras en mi cabeza. He comenzado esta historia sobre hermanos mayores convencido de que Caín y Abel eran los hermanos del plato de lentejas y la quijada de asno. Pero no, craso error. Al buscar imágenes para acompañar al texto me he asombrado por mi batiburrillo mental: Caín, Abel y la quijada de asno asesina eran una cosa y otra que para hablar del derecho de primogenitura, es decir el plato de lentejas, tenía que echar mano de Esaú y Jacob dos hermanos gemelos hijos de Isaac, a su vez hijo de Abraham y ambos grandes patriarcas de Israel con los que Jehová hablaba a la mínima de cambio porque estaba muy interesado por influir en el curso de los acontecimientos que Él había desencadenado cuando creó a Adán y Eva.

Volviendo a Esaú y Jacob, parece que ya se las tenían tiesas en el vientre de su madre Rebeca. Esaú nació el primero a pesar de que Jacob le sujetaba por el calcañar porque no quería que su hermano se le adelantase. Esaú fue el primogénito lo que significaba que en su momento heredaría tierras y ganados de su padre. Pero un día que volvía de cazar muy cansado vio a Jacob comiendo un suculento plato de lentejas y le propuso cambiar su derecho de primogenitura (que intuía tardaría mucho en disfrutar pues su padre Isaac iba para centenario y de echo llegó a los 180 años) por la inmediatez del humeante plato cuyo aroma interpelaba a su apetito e impaciencia. Jacob, que además de taimado seguramente tenía más lentejas en el puchero, no lo dudó un momento y le entregó las lentejas, situándose en primera línea hereditaria que consolidaría posteriormente cuando recibió la bendición de su padre engañándole con malas artes ayudado por su madre Rebeca, de quien era favorito, y él mismo porque se vistió con las ropas de su hermano para hacer creer a Isaac, ya casi ciego, que estaba dando la bendición a Esaú. Una historia de envidia entre hermanos como tantas que se narran en la Biblia.

En mi familia de once hermanos no hubo gemelos por lo que las disputas nunca fueron tan prematuras como las de Esaú y Jacob, pues él Génesis afirma que ya reñían en el seno materno, ni nos sacudíamos con quijadas de asno como Caín a Abel pero tampoco éramos unos angelitos. Con mis siguientes hermanos varones, tercero y cuarto, me llevaba dos y cinco años por lo que teníamos amigos diferentes y como parábamos tan poco en casa no recuerdo que hiciéramos muchas cosas juntos ni que hubiera conflictos permanentes. Otra cosa era cuando teníamos que permanecer en casa, algo que sucedía en Villablino en las grandes nevadas que aislaban varios días a todo el Valle de Laciana del resto del mundo. Y claro, siete u ocho hermanos abandonados a los Juegos Reunidos y a su propia inventiva, forzosamente provocaban algún momento conflictivo. Algo debió ayudar que había una cierta rivalidad con mi hermano Fernando, seguramente porque nos llevábamos solo un par de años y él no debía aceptar fácilmente mis aires de hermano mayor. Hubo un par de ocasiones en que queriendo demostrar que yo era más valiente y listo que él, resulté trasquilado y quedó en evidencia lo insensato e ignorante que yo podía ser.

No recuerdo bien cómo empezó la cosa pero en uno de estos confinamientos en que me creí en la obligación de dejar claro que yo era el mayor, reté a Fernando a meter la mano en el tanque del agua caliente de la cocina de carbón que podía estar a 70 grados, suficiente para quedar escaldado para toda la vida. Cuando Fernando dijo “tú primero”, me forré la mano y el brazo con una buena capa de papel de periódico atado con hilo de bramante y lo metí sin pensarlo dos veces en el depósito del agua mientras miraba desafiante a la nutrida concurrencia de hermanos, pues ya se sabe que no hay momento suficientemente dramático sin espectadores. Durante los primeros instantes todo parecía ir tal como yo había planeado porque la envoltura de papel me protegía del calor y, tan henchido como estaba por mi triunfo sobre los novatos, permanecí con el brazo en el agua hasta que empecé a sentir algo de calorcillo y creí prudente sacar el brazo del depósito que chorreaba agua porque el papel actuó de esponja. El calorcillo solo era el aviso de que el agua estaba caliente y enseguida la piel empezó a arderme porque lo que realmente estaba muy caliente era el papel de periódico atado a mi brazo. Las pasé canutas hasta conseguir soltar el bramante con que había atado el envoltorio de papel, mientras los hermanos se partían el culo viendo mi cara de susto y los aspavientos que hacía. Gracias a que metí el brazo bajo el grifo fue un milagro que no me quedara la piel escaldada. ¿Más tonto que el que asó la manteca? Si, seguro.

Tardé en recuperarme de aquel episodio vergonzoso del que fueron testigos todos los hermanos y en vez de meditar sobre lo descabellado y peligroso de aquel alarde de superioridad, cual Caín o Jacob busqué con ahínco la forma de desquitarme. En casa yo era el encargado de cambiar los fusibles y las bombillas cuando se fundían y se me ocurrió que mis conocimientos de electricidad servirían para este propósito. Reté a Fernando a meter un alambre en forma de U en un enchufe esperando que le diera un calambrazo que le pusiera en su correspondiente sitio del escalafón, sin que se me pasara por la cabeza que podría electrocutarse. El ansia de desquite y la ignorancia no tenían límites. Fernando, que siempre ha sido más astuto que yo, me volvió a responder “tu primero”. Convencido de mi superioridad y más ufano que el cuervo de la fábula al que el zorro adulador intenta robarle su queso, metí el alambre en el enchufe cogido con un simple papel. Además de vengativo, tonto, porque ignoraba lo qué harían los amperios: el enchufé pegó un petardazo y me dio tal calambre en el brazo que pegué un brinco con el rostro desencajado sin terminar de comprender qué había pasado. Menos mal que se fundieron los plomos evitando mi electrocución y tras el sobresalto inicial que también alcanzó a mis hermanos todos arrancaron a reírse de mí torpeza sin ningún disimulo y no dejaron de señalarme de forma humillante durante el rato que tardé en cambiar el hilito de cobre en la caja de fusibles. Otro tiro por la culata en mi intento de reafirmar mi superioridad y la verdad es que no sé cómo he llegado a tan mayor habiendo sido tan insensato de chaval.

Tardé en recuperarme de aquellos incidentes afrentosos basados en fenómenos físicos en los que me estaba jugando el tipo por mi desconocimiento y como el confinamiento continuaba y mi descrédito era insufrible, eché mano de mis habilidades de equilibrista intentando asombrar al respetable con el rollo de las empanadillas y una tabla a la que superponía taburetes y otros trastos que a mi entender evidenciaban lo arriesgado del asunto y que el artista estaba jugándose la vida. Por mucho empeño que puse no conseguí reivindicarme porque mis hermanos ya me habían perdido definitivamente el respeto. Fue un alivio cuando algún vecino voluntarioso comenzó a abrir camino en la nieve para poder salir de las casas, terminó el confinamiento y todos nos reintegramos a la vida extra familiar donde era más fácil disimular que no eras el mejor. Fueron episodios frustrantes en los que, además, ni siquiera estaba en juego el ya inexistente derecho de primogenitura. Solo eran ganas de destacar y en mi ignorancia empleé medios tan contundentes como la quijada de asno de Caín, de las que vi unas cuantas por el campo en mi época de pastor por Omaña.

Estaban totalmente blanqueadas por el sol y siempre me parecieron inofensivos despojos hasta que oí a don Urbano contar el uso tan poco compasivo que convirtió a Caín en el primer fratricida, en el prototipo de hermano abusón. Aunque quizá seamos un poco injustos con Caín pues a ver quién es el guapo que aguanta sin soliviantarse que, un día y otro también, Jehová le ponga ojitos a las ofrendas de tu hermano y mala cara a las tuyas con el mal rollo que esto acarrea. Hasta dónde estaría Caín de tanto desdén divino que, disponiendo de toda la Tierra para sus padres y ellos dos, llegara a la conclusión de que no había sitio suficiente para Abel. No quiero justificarme, pero los líos con mi hermano eran una minucia.

Que me perdone don Urbano por haberme metido en su terreno, pero es que en la Biblia está escrito todo lo que somos.

Abril 2020, cuando el coronavirus.

Caín discutiendo con Abel.

Caín discutiendo con Abel.

Imágenes tomadas de: blogs.timeofisrael, wikipedia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

4 pensamientos en “Hermano mayor (¿quijada de asno o plato de lentejas?)

  1. Tan acertado como siempre, Emilio. Aqui en Madrid, parece que van a tardar en “hacernos senda” a los de edad provecta. Voy a pedir empadronarme en Villablino,(si me dejan). REcibe un abrazo fuerte. Salud.

    • Hola Gregorio, me alegra saber de ti en estos tiempos complicados. Lo del respirador lo decía medio en broma, pero he oído en la radio que a un ex fumador de 50 años le desconectan del respirador para ponérselo a otro paciente de 25. Están bajando el listón y miran tu hoja de antecedentes, así que vale más no ponerse malito.
      No había oído la expresión “hacernos senda”, ¿es de por allí?.
      Cuídate, un abrazo.

  2. Hola Emilio. En este nuevo azote, humano que no bíblico, el excesivo tiempo de asueto nos lleva de los cuentos de “las mil y una noches” a las “historias sagradas”, y aún nos queda tiempo para elucubrar y lanzar hacia el pasado la memoria para comprobar si aún nos queda algún recuerdo digno de ser sacado a la luz.
    Con respecto a la primogenitura, en mi caso soy el “moirazu”; ya que mi hermana es cuatro años menor y nunca sentí la menor rivalidad con ella. Sin embargo, soy el menor de los primos varones y, teniendo en cuenta que todos vivíamos en dos casas enfrentadas, podía haber conflictos; pero como el menor de ellos era un lustro mayor que yo, pues no me considerarían digno de sus cuitas. Entre ellos, seguramente tendrían sus rivalidades y sus conflictos, aunque yo fui siempre ajeno por manifiesta inferioridad.
    En cuanto “al abrir senda” que manifiesta Gregorio Campelo, por Asturias, la cosa está difícil. Tenemos a la guardia civil en todos los lugares de paso entre Asturias y Galicia, León y Cantabria haciendo guardia permanente para prohibir el acceso entre territorios. Ya estoy pensando una estrategia, para San Lorenzo, y es dejar el coche en Villar de Vildas (Somiedo) y pasar andando a Orallo, reviviendo tiempos de estraperlistas.
    Un saludo y que te sea leve “el confitamiento”.

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