Hermano mayor (¿quijada de asno o plato de lentejas?)

Jacob recibe la bendición de su padre Isaac.

Jacob recibe la bendición de su padre Isaac.

A estas alturas de la película y con el coronavirus rondando, me resulta evidente que ser el hermano mayor solo tiene desventajas. Eres el primero de los hermanos al que los huesos le avisan de que están ahí cada vez que cambia el tiempo y el primero en dejar de ser una persona “normal” para convertirte socialmente en viejo y que, si se diera el caso de estar muy malito, algún burócrata podría apuntarte en la lista de los que no valen un respirador porque ya has vivido bastante y no pasaría nada si se te llevan los gusanos. También serás el primero en confundir las historias que te contaron porque están hechas un revoltijo en tu memoria desgastada. Al final tendrá razón el burócrata del respirador, porque….. ¿para qué sirve un tío que ni siquiera recuerda las cosas a derechas? Buena prueba de mi cacao mental es cómo recuerdo el derecho de primogenitura vigente en tiempos pasados, quizá la única ventaja de ser el hermano mayor.

Creo que la primera vez que oí hablar del derecho de primogenitura fue en la clase de Religión de la Academia Carrasconte de Villablino cuando don Urbano, el mejor contador de historias bíblicas que recuerdo (ver Mane, Tecel, Fares) introdujo en nuestro imaginario infantil historias fantásticas de las que la Biblia está repleta (probablemente es el compendio más completo de grandezas, debilidades, traiciones y miserias humanas del que han sacado buen partido pintores, escritores y profesionales de religiones varias) y que por entonces yo era capaz de mantener bien clasificadas y separadas unas de otras en mi cabeza. He comenzado esta historia sobre hermanos mayores convencido de que Caín y Abel eran los hermanos del plato de lentejas y la quijada de asno. Pero no, craso error. Al buscar imágenes para acompañar al texto me he asombrado por mi batiburrillo mental: Caín, Abel y la quijada de asno asesina eran una cosa y otra que para hablar del derecho de primogenitura, es decir el plato de lentejas, tenía que echar mano de Esaú y Jacob dos hermanos gemelos hijos de Isaac, a su vez hijo de Abraham y ambos grandes patriarcas de Israel con los que Jehová hablaba a la mínima de cambio porque estaba muy interesado por influir en el curso de los acontecimientos que Él había desencadenado cuando creó a Adán y Eva.

Volviendo a Esaú y Jacob, parece que ya se las tenían tiesas en el vientre de su madre Rebeca. Esaú nació el primero a pesar de que Jacob le sujetaba por el calcañar porque no quería que su hermano se le adelantase. Esaú fue el primogénito lo que significaba que en su momento heredaría tierras y ganados de su padre. Pero un día que volvía de cazar muy cansado vio a Jacob comiendo un suculento plato de lentejas y le propuso cambiar su derecho de primogenitura (que intuía tardaría mucho en disfrutar pues su padre Isaac iba para centenario y de echo llegó a los 180 años) por la inmediatez del humeante plato cuyo aroma interpelaba a su apetito e impaciencia. Jacob, que además de taimado seguramente tenía más lentejas en el puchero, no lo dudó un momento y le entregó las lentejas, situándose en primera línea hereditaria que consolidaría posteriormente cuando recibió la bendición de su padre engañándole con malas artes ayudado por su madre Rebeca, de quien era favorito, y él mismo porque se vistió con las ropas de su hermano para hacer creer a Isaac, ya casi ciego, que estaba dando la bendición a Esaú. Una historia de envidia entre hermanos como tantas que se narran en la Biblia.

En mi familia de once hermanos no hubo gemelos por lo que las disputas nunca fueron tan prematuras como las de Esaú y Jacob, pues él Génesis afirma que ya reñían en el seno materno, ni nos sacudíamos con quijadas de asno como Caín a Abel pero tampoco éramos unos angelitos. Con mis siguientes hermanos varones, tercero y cuarto, me llevaba dos y cinco años por lo que teníamos amigos diferentes y como parábamos tan poco en casa no recuerdo que hiciéramos muchas cosas juntos ni que hubiera conflictos permanentes. Otra cosa era cuando teníamos que permanecer en casa, algo que sucedía en Villablino en las grandes nevadas que aislaban varios días a todo el Valle de Laciana del resto del mundo. Y claro, siete u ocho hermanos abandonados a los Juegos Reunidos y a su propia inventiva, forzosamente provocaban algún momento conflictivo. Algo debió ayudar que había una cierta rivalidad con mi hermano Fernando, seguramente porque nos llevábamos solo un par de años y él no debía aceptar fácilmente mis aires de hermano mayor. Hubo un par de ocasiones en que queriendo demostrar que yo era más valiente y listo que él, resulté trasquilado y quedó en evidencia lo insensato e ignorante que yo podía ser.

No recuerdo bien cómo empezó la cosa pero en uno de estos confinamientos en que me creí en la obligación de dejar claro que yo era el mayor, reté a Fernando a meter la mano en el tanque del agua caliente de la cocina de carbón que podía estar a 70 grados, suficiente para quedar escaldado para toda la vida. Cuando Fernando dijo “tú primero”, me forré la mano y el brazo con una buena capa de papel de periódico atado con hilo de bramante y lo metí sin pensarlo dos veces en el depósito del agua mientras miraba desafiante a la nutrida concurrencia de hermanos, pues ya se sabe que no hay momento suficientemente dramático sin espectadores. Durante los primeros instantes todo parecía ir tal como yo había planeado porque la envoltura de papel me protegía del calor y, tan henchido como estaba por mi triunfo sobre los novatos, permanecí con el brazo en el agua hasta que empecé a sentir algo de calorcillo y creí prudente sacar el brazo del depósito que chorreaba agua porque el papel actuó de esponja. El calorcillo solo era el aviso de que el agua estaba caliente y enseguida la piel empezó a arderme porque lo que realmente estaba muy caliente era el papel de periódico atado a mi brazo. Las pasé canutas hasta conseguir soltar el bramante con que había atado el envoltorio de papel, mientras los hermanos se partían el culo viendo mi cara de susto y los aspavientos que hacía. Gracias a que metí el brazo bajo el grifo fue un milagro que no me quedara la piel escaldada. ¿Más tonto que el que asó la manteca? Si, seguro.

Tardé en recuperarme de aquel episodio vergonzoso del que fueron testigos todos los hermanos y en vez de meditar sobre lo descabellado y peligroso de aquel alarde de superioridad, cual Caín o Jacob busqué con ahínco la forma de desquitarme. En casa yo era el encargado de cambiar los fusibles y las bombillas cuando se fundían y se me ocurrió que mis conocimientos de electricidad servirían para este propósito. Reté a Fernando a meter un alambre en forma de U en un enchufe esperando que le diera un calambrazo que le pusiera en su correspondiente sitio del escalafón, sin que se me pasara por la cabeza que podría electrocutarse. El ansia de desquite y la ignorancia no tenían límites. Fernando, que siempre ha sido más astuto que yo, me volvió a responder “tu primero”. Convencido de mi superioridad y más ufano que el cuervo de la fábula al que el zorro adulador intenta robarle su queso, metí el alambre en el enchufe cogido con un simple papel. Además de vengativo, tonto, porque ignoraba lo qué harían los amperios: el enchufé pegó un petardazo y me dio tal calambre en el brazo que pegué un brinco con el rostro desencajado sin terminar de comprender qué había pasado. Menos mal que se fundieron los plomos evitando mi electrocución y tras el sobresalto inicial que también alcanzó a mis hermanos todos arrancaron a reírse de mí torpeza sin ningún disimulo y no dejaron de señalarme de forma humillante durante el rato que tardé en cambiar el hilito de cobre en la caja de fusibles. Otro tiro por la culata en mi intento de reafirmar mi superioridad y la verdad es que no sé cómo he llegado a tan mayor habiendo sido tan insensato de chaval.

Tardé en recuperarme de aquellos incidentes afrentosos basados en fenómenos físicos en los que me estaba jugando el tipo por mi desconocimiento y como el confinamiento continuaba y mi descrédito era insufrible, eché mano de mis habilidades de equilibrista intentando asombrar al respetable con el rollo de las empanadillas y una tabla a la que superponía taburetes y otros trastos que a mi entender evidenciaban lo arriesgado del asunto y que el artista estaba jugándose la vida. Por mucho empeño que puse no conseguí reivindicarme porque mis hermanos ya me habían perdido definitivamente el respeto. Fue un alivio cuando algún vecino voluntarioso comenzó a abrir camino en la nieve para poder salir de las casas, terminó el confinamiento y todos nos reintegramos a la vida extra familiar donde era más fácil disimular que no eras el mejor. Fueron episodios frustrantes en los que, además, ni siquiera estaba en juego el ya inexistente derecho de primogenitura. Solo eran ganas de destacar y en mi ignorancia empleé medios tan contundentes como la quijada de asno de Caín, de las que vi unas cuantas por el campo en mi época de pastor por Omaña.

Estaban totalmente blanqueadas por el sol y siempre me parecieron inofensivos despojos hasta que oí a don Urbano contar el uso tan poco compasivo que convirtió a Caín en el primer fratricida, en el prototipo de hermano abusón. Aunque quizá seamos un poco injustos con Caín pues a ver quién es el guapo que aguanta sin soliviantarse que, un día y otro también, Jehová le ponga ojitos a las ofrendas de tu hermano y mala cara a las tuyas con el mal rollo que esto acarrea. Hasta dónde estaría Caín de tanto desdén divino que, disponiendo de toda la Tierra para sus padres y ellos dos, llegara a la conclusión de que no había sitio suficiente para Abel. No quiero justificarme, pero los líos con mi hermano eran una minucia.

Que me perdone don Urbano por haberme metido en su terreno, pero es que en la Biblia está escrito todo lo que somos.

Abril 2020, cuando el coronavirus.

Caín discutiendo con Abel.

Caín discutiendo con Abel.

Imágenes tomadas de: blogs.timeofisrael, wikipedia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La tía Milce y el coronavirus (el fuego purificador)

La tía Milce

La tía Milce

Es 10 de Marzo de 2020, víspera de que los hospitales de Madrid dejen de atender en consultas y operar todo lo que no sea urgente o grave por la amenaza del coronavirus, ese bichito que vino de Asia y lo ha trastocado todo. Todo parece normal aparte de alguna gente con mascarilla. Deambulando por el hospital, uno de los lugares que frecuento, me sorprendo pulsando los botones del ascensor con el dedo doblado o abriendo la manilla del aseo con el mango de la muleta o con el codo. Inevitablemente me acordé de tía Milce.

Himilce de la Calzada González, familiarmente tía Milce, era la segunda de los diez hijos que tuvieron mis abuelos maternos y desde que recuerdo siempre vivió con ellos, aunque recientemente he visto una foto con una indumentaria que no se correspondía con la habitual de Sosas del Cumbral y he sabido que hizo unos cursos de primeros auxilios y que trabajó en el hospital del Niño Jesús en Madrid, antecedentes que me cuadran con que fuera ella quien ponía las inyecciones en casa de los abuelos. No sé si fue durante esta época cuando comenzó su obsesión por la limpieza extrema, por la asepsia, o fue una reacción provocada por el contacto continuo con animales domésticos que eran auténticas fábricas de excrementos: boñigas inmensas de vaca, oblongas caballunas que se recogían para complementar la comida de los cerdos (ver Síndrome de Diógenes) y que ellos devolvían en forma de abundante estiércol que no recuerdo si tenía una denominación específica, las gallinazas de las aves de corral, cagalitas de cabras y ovejas, etc, etc. Unos daban leche, otros huevos, otros jamones, otros lana, otros….. y todos sin excepción producían mierda de todos los tamaños, colores y texturas con la que había que convivir, que a diario había que limpiar y almacenar en el estercolero pues sin tales sustancias las tierras de solano darían espigas de centeno muy magras, según el dicho “boñigas hacen espigas”. Es lógico pensar que tanta porquería con la que estaba obligada a convivir a todas horas, pudiera haber provocado un rechazo tan extremo.

Tía Milce era la encargada del ordeño y acudía cada mañana y cada noche a la cuadra llena de aprehensión, con un caldero, un paño blanco y una cañada para aliviar las ubres de las cuatro o cinco vacas del abuelo, a la luz vacilante de un precario farol de aceite. Calzaba madreñas que evitaban el contacto directo con el estiércol y un pañuelo negro en la cabeza que le cubría ambos mofletes para protegerse de los rabotazos, inevitablemente manchados de restos de boñiga y orín, que prodigaban las vacas incomodadas por los tirones acompasados con que tía Milce les exprimía los tetos. Cada vez que llenaba la cañada vertía la leche en el caldero tamizándola a través del paño blanco y que luego en la cocina volvería a colar de forma más minuciosa. Hiciera frío o calor, terminaba de ordeñar con prisa por acercarse a la cancilla de la huerta donde confluían los ríos Baltaín y Omaña para limpiarse a fondo de tanta inmundicia.

De tanto frotarse tenía el cutis brillante como un espejo y las manos hinchadas y agrietadas por los sabañones, inevitables de tanto lavarse en el agua helada del río hasta no sentirlas y que después de las abluciones intentaba reanimar acercándolas a la chapa de la cocina de leña. Era la misma agua helada donde lavaba la ropa de la casa incluso en invierno, con aquel jabón áspero que la abuela fabricaba con todo tipo de desperdicio graso, huesos y sosa cáustica, muy eficaz con la colada pero que agravaba aún más su ya maltratada piel.

El jabón no era suficiente para sentirse limpia. No lo presencié nunca pero parece que, con gran alarma de la abuela porque se quemase o provocase un incendio, a veces encendía papeles y pasaba las manos y los antebrazos por las llamas en un rito extremo de purificación. No sé si además de esterilizarse la piel, al modo en que la abuela desinfectaba las agujas con que extraía los pinchos de cardo o gatiña de las curtidas manos del abuelo, era una especie de entrenamiento para los rigores del Infierno del que toda la vida intentó huir a base de rezos. Con la duda permanente de si las oraciones serían suficiente para ganarse el salvoconducto hacia el Cielo o si tendría que comparecer ante Pedro Botero, amo de las calderas infernales, más valía estar entrenada en eso de la chamusquina. Cada vez que oí el chiste de un infierno donde los pecadores vivían en una piscina llena hasta al cuello de mierda y que cada poco un diablo pasaba una inmensa guadaña al ras por encima de las cabezas, me acordaba de tía Milce. Nunca se lo pregunté, pero probablemente a ella le hubiera aterrorizado más la piscina con mierda y la guadaña que obligaba a sumergir las cabezas, que las llamas con que nos pintaban el infierno como summum de los martirios.

Siempre la recuerdo trabajando, tejiendo, rezando o lavándose. Esas manos maltratadas por excesiva higiene y la esterilización a fuego, tenían que empuñar con fuerza el escavín para quitar las malas yerbas de los pies de la patata o la hoz para segar el centeno o sujetar el cepillo de raíces con el que blanqueaba las maderas de pisos y escaleras ayudándose de agua y lejía que le quemaban la piel indefensa pues los guantes de goma aún no se habían inventado.

Salvo en verano cuando los sobrinos la sustituíamos, también era la encargada de llevar a pastar a las vacas mañana y tarde, incluso sábados y domingos, ir a la fuente a por agua y todo tipo de recados más propios de niños. Además ayudaba al abuelo en las tareas del campo y era la encargada de subirse al carro para organizar las forcadas de yerba seca que nosotros le aupábamos hasta conseguir darle un volumen similar al autobús de línea. Entretenía las largas horas de pastoreo tejiendo a ganchillo cantidades ingentes de hexágonos o cuadrados con los que formaban primorosas colchas, tapetes y fundas de cojines o metros y metros de puntilla para ribetear servilletas y manteles o tejía artísticos paños para colocar en el respaldo de sillas y brazos de sillones o debajo de jarrones y candelabros de la iglesia.

Cuando llegaba a casa después de estar con las vacas o ayudando en otras tareas del campo, mientras los demás se daban un respiro, ella sucumbía a su necesidad de limpiar y de estar limpia. Se la veía atravesando a la carrera el corral y la huerta camino del río a lavarse o lavar algo. Cuando volvía evitaba mancharse abriendo las puertas con la mano usando el antebrazo o el codo (como hago yo ahora en el hospital por miedo al coronavirus), pero antes de llegar a casa ya había tocado algo con las manos y vuelta a lavarse al río, en un trajín interminable. Para ella tener las manos limpias era vital y se la podía ver de pie apoyando en las caderas la doblez de la mano y el antebrazo, una postura forzada que solo adoptamos los “normales” con las manos sucias de pintura o algo así.

En verano, cuando las tareas eran más intensas y el calor apretaba la necesidad de higiene se incrementaba y la sorprendíamos de vez en cuando en un rincón apartado del río bañándose en enaguas, el traje de baño habitual de las lugareñas que también vi usar a Mari la de Carola y alguna prima, con el consiguiente enfado por su parte al sentirse descubierta.

Esta obsesión por la limpieza provocaba que a veces la riñeran con una cierta severidad, lo que se traducía en un enfurruñamiento por su parte, pero no por ello desistía de la obsesión que no podía controlar. La limpieza extrema era una obligación más, una pesada tarea añadida a toda una vida dedicada a ayudar a sus padres, no sé si por decisión propia o por la obediencia debida a los progenitores, tan vigente entonces. Progenitores tirando a severos, a los que se trataba de usted y se profesaba un respeto y obediencia extremos, casi bíblicos. Mientras el resto de hermanos estudiaban, creaban familias y tenían trabajos más llevaderos, ella dedicó casi toda su vida a acompañar a los abuelos. El sacrificio de un hijo permaneciendo al lado de los padres y renunciando a su propia vida en beneficio de los demás hermanos, era algo habitual en las familias y seguramente no siempre reconocido y agradecido. Nunca la oí quejarse por ello, ni disputar o meterse con los demás. Trabajaba de forma incansable y solo necesitaba algo de tiempo para el aseo y para sus rezos.

Porque, siguiendo la tónica familiar, su otra obsesión era ser buena cristiana de misa diaria y rosario y estoy seguro que mientras tejía y vigilaba de reojo a las vacas, rezaba y meditaba sobre cómo ser mejor. Cuando por la noche, cansada de trajinar, se ponía a rezar o leer, tardaba horas en pasar una página o rezar un misterio pues se dormía y tenía que volver a comenzar. La recuerdo con mucho recogimiento, los ojos entrecerrados y musitando las oraciones con los labios como haciendo un puchero, en aquellos rosarios en penumbra en los que participábamos toda la familia. A la primera cabezada de tía Milce los sobrinos estábamos pendientes de cómo entraba en sucesivos trances de los que salía como con estupor y algo asustada por semejante flaqueza de espíritu y cómo recuperaba el aire de recogimiento mientras avanzaba las cuentas del rosario por las avemarías que calculaba se había saltado en la ensoñación. Los sobrinos malandrines intercambiábamos sonrisas maliciosas sin reparar en lo cansada que estaría del trabajo diario y seguro que alguna vez fuimos un poco injustos con nuestras bromas o tomaduras de pelo inmerecidas. Disculpa, tía.

Muerto el abuelo, la abuela y tía Milce fueron a vivir a León con las otras tres hermanas solteras y allí trabajó en una fábrica hasta la jubilación. Entre que tenía mucho tiempo ocupado, que el río no estaba tan a mano y que los excrementos se habían quedado en Vegarienza, parece que la manía por la limpieza remitió.

Los últimos diez o quince años los vivió en un ensimismamiento que no la impidió enterarse de todo lo que sucedía a su alrededor. Dedicaba buena parte del día a leer de manera repetitiva un libro de El hermano Rafael, monje trapense, que de tan releído se había desencuadernado y era un manojo de hojas sueltas. Si le dabas la entrada a una frase escogida al azar, ella la completaba de memoria. No sé si trataba de exprimir al límite las enseñanzas del fraile trapense o un método para mantener la cabeza ágil. No parecía consciente de lo mayor que era pues con noventa y muchos años cada vez que sus hermanas Pili y Tere, bastante más jóvenes que ella, salían de casa les preguntaba preocupada por si ellas no volvían, “¿Creéis que os volveré a ver?” Murió con 99 años como había vivido, mansamente, sin dar la mínima lata.

Si el malhadado coronavirus se hubiera encontrado de frente con la tía Milce, no creo que hubiera sido capaz de llevársela por delante, de tan limpia, bruñida y desinfectada como estaba siempre. Ciertamente el cuerpo de tía Milce era el espejo de su alma, obsesionada por su salvación pero limpia, sin dobleces, sin rencor. Si acaso algún resquemor con la vaca Garbosa por sus certeros rabotazos que la ponían perdida de boñiga cuando la ordeñaba. Tía, espero que al otro lado de la vida hayas encontrado por fin el reposo necesario en un sitio sin polvo ni manchas y por si acaso un río cerca, transparente como el Omaña y con aguas más templadas a poder ser, quizá lo más parecido al Cielo que pudiste desear en vida.

Mujer ordeñando.

Mujer ordeñando.

Imagen tomada de: botanical-online

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Pepe “el Portu” (filósofos de cantina)

Pepe "el Portu"

Pepe “el Portu”

Nunca he entendido como están organizados los foros de los pueblos de Omaña, Laciana y Babia de verpueblos.com. Entro cada vez que un email avisa que se ha publicado algo nuevo y allí estoy un rato husmeando entre fotos antiguas y comentarios. A veces doy un primer vistazo y dejo para más adelante leer con detenimiento los comentarios. Cuando vuelvo sobre el tema el enlace ya no apunta a la foto o comentario que me interesaba y soy incapaz de encontrarlo. O soy un torpe o este foro es muy enrevesado. También puede ser que cambie adrede la primera página para que salgan a la luz fotos y comentarios antiguos y así provocar nuevas reacciones de los visitantes. Me pasó la semana pasada cuando lo primero que vi en el foro de El Castillo fue una foto de “El Porto” que había sido publicada hacía cuatro años, junto a muchos comentarios elogiosos. Yo había incluido algún pasaje sobre él en varios puntos del blog, pero enseguida que vi la foto tuve claro que Pepe merecía tener su propia entrada en la galería de personajes omañeses.

Me chocó que todos los comentarios se refirieran a él como “El Porto”, porque yo siempre entendí que era “Pepe el Portu”, por su ascendencia portuguesa y así le nombraba yo. En el foro se decía que su padre participó en la construcción de la carretera. Pepe el Portu fue el único portugués que conocí por entonces, aparte de los maderadores que aparecían por allí cada vez que alguien les llamaba porque necesitaba vigas para rehacer el maderamen de un pajar quemado en las últimas majas, ya que dominaban la técnica de convertir un tronco de árbol en vigas y tablones (oficio que los franceses denominan scieur de long por su maestría para aserrar los troncos en toda su longitud), ayudándose de unas enormes tronzas y cuerdas teñidas de azul para marcar los cortes sobre el tronco. Siempre me parecieron discretos y habilidosos. Nada que ver con la fama de exagerados y torpes que los mayores se empeñaban en imbuirnos cuando contaban que para que aprendieran a desfilar en la mili de Portugal les colocaban una polaina de cuero en la pantorrilla derecha y que la orden de marcha era “o coiro, o non coiro, o coiro, o non coiro……”, mientras que a las lumbreras hispanas era suficiente con decirnos “izquierda, derecha, izquierda….”. Maledicencias de vecinos chismosos. Supongo que Pepe el Portu oiría esta broma infinidad de veces y maldita la gracia que le haría. Pude comprobar personalmente que los maderadores eran gente habilidosa, seria y muy cumplidores en el trabajo. En Los oficios describo con cierto detalle cómo recuerdo haberles visto realizar su trabajo en el prado de El Valle, camino de Sosas, preparando las vigas con las que Humberto convirtió la cocina vieja de casa de mis abuelos en una casita adosada a la principal.

Técnica de los maderadores portugueses para aserrar a lo largo

Técnica de los maderadores portugueses para aserrar a lo largo

El Portu tenía fama de buen pescador y yo lo veía muchas mañanas, poco antes del mediodía, pasar por delante de casa de mis abuelos en Vegarienza a caballo de una bicicleta que conducía con una sola mano mientras sujetaba con el codo doblado del otro lado la caña de bambú enteriza que llevaba al hombro y con la mano sujetaba un cigarro de picadura que acercaba a los labios cada poco. Alpargatas azules, boina calada hasta las cejas que a duras penas conseguía contener su abundante cabellera negra, cesta de mimbre al hombro y una indumentaria algo desastrada completaban su atuendo. El desnivel constante de la carretera, quizá unos pulmones más gastados de la cuenta y probablemente que sabía que a mediodía no era la mejor hora para pescar, hacía que su marcha fuera parsimoniosa. El esfuerzo carretera arriba hacía que su rostro pareciera más coloradote y congestionado de lo habitual. Vivía en Guisatecha y como el río estaba acotado hasta el puente de Vega, salvo que alguien le pagara un permiso de coto para que le pescara unas cuantas truchas para un convite, se veía obligado a desplazarse hasta Vega o Aguasmestas para pescar en la zona libre del río. Yo le vi pocas veces en el río y muchas en las cantinas.

Y tiene una cierta lógica, pues de todos es sabido lo voluble que es el apetito de las truchas omañesas y Pepe El Portu, que las conocía mejor que nadie, cuando veía que las truchas no entraban a sus engaños no se entretenía aporreando el río como hacíamos los aficionados. Entonces se plantearía la disyuntiva de sentarse en la orilla hasta ver cebarse de nuevo a las truchas o volver hasta su casa, echar un rato por allí y volver al río más tarde. Además que tanta humedad podía ser mala para la salud lo primero debía ser aburrido y lo segundo ni pensar en ello (porque…. ¡joder lo lejos que quedaba Guisatecha!), lo más sabio era esperar en casa Selima o en la venta de Aguasmestas donde siempre había alguien con quien pasar el rato hasta que fuera hora de volver al río. También tengo la impresión de que al pasar por delante de casa Selima muchas veces debió sucumbir a la invitación de sus colegas a hacer un alto, incluso antes de verificar si las truchas picaban o no. Después de casi una hora pedaleando desde Guisatecha y el último calentón de la cuesta entre la casa del herrero y la de Selima, a ver quién era el majo que resistía la tentación de refrescar el gaznate por el que ni siquiera habría pasado el desayuno.

En aquellos lugares además de contar y oír historias también se bebía y entre que él no debía comer mucho y que consideraba, según aseguran en el foro de El Castillo, que el vino “…le servía de comida, bebida y además le calentaba el cuerpo….”, ¿quién sería el guapo en resistirse a una dieta tan completa y condensada? Más de una vez debió olvidarse volver para el río, para suerte de las truchas. Tras tantos ratos dedicados a la conversación en la cantina, no sé cómo era capaz de encontrar el camino de vuelta a casa ni a qué hora volvía. Lo digo porque yo le vi subir carretera arriba muchas veces, pero no recuerdo haberle visto nunca volver hacia abajo. No sé si la conversación y el libamiento le retenían hasta tarde en la cantina o que acostumbraba a pescar al sereno hasta muy avanzada la noche, con lo que pasaría por delante de nuestra casa cuando todos dormíamos. Seguro que cualquier disculpa sería buena para demorar el regreso a su casa desvencijada y fría. Con lo calentito y acompañado que se estaba en las cocinas-cantina de Selima y Pacita.

En casa Selima se le veía alternando con Pepe el del Taruco, Eduardo el de Santos y otros. No en el bar que era para el público en general sino en la cocina, como la gente de confianza, mientras Selima trajinaba en el fogón, en una esquina de la mesa el cacharrero despachaba su cena y Maxi gateaba por allí pendiente de las gracietas que le hacían los mayores. Alguna vez vi como el Portu se despachaba un puñado de bicarbonato para acallar la acidez que le atormentaba de tan poco comer y mucho beber aquel vino cuya reciedumbre se reforzaba con la pez que sellaba los pellejos donde lo almacenaban.

Tomás, Pepe el de Faustino y yo solíamos salir a pescar a media tarde río arriba, con la intención de convertir las truchas en dinero y que Pepe lo multiplicara en la timba de casa Pacita en Aguasmestas y allí coincidimos muchas veces con Pepe el Portu. También se le podía ver por casa Sandalio en El Castillo, aunque quizá allí fuera más por afición que por una pausa obligada por la inapetencia de las truchas.

Nunca lo vi en casa de Joselín donde yo entraba solo cuando en casa Sandalio no tenían lo que me habían mandado comprar. Y las pocas veces que entré lo hice con la sensación de estar trasgrediendo una regla no escrita pero que siempre percibí muy vigente, que consistía en que si entrabas en casa de Sandalio no debías hacerlo en la de Joselín. Esta regla no estuvo tan clara en Vegarienza mientras el Secretario tuvo el bar abierto, pero en general el que iba al bar del Secretario no entraba en casa Selima y al revés. Mi percepción, seguramente errónea, era que las casas de Joselin y de Selima eran más para profesionales del bebercio, para los bebedores empedernidos, mientras que casa Sandalio y el bar del Secretario eran para gente más “normal”, menos dependientes del vinazo. Probablemente esta apreciación mía tenía algo que ver con el activismo moral imperante que obligaba a dividir a la gente entre buenos y pecadores, entre los que bebían basicamente agua y si acaso un vermut los domingos al salir de misa y los que necesitaban el vino como combustible vital.

Como apoyo de esta estrambótica teoría estaba que casi todos los días a última hora de la tarde veía partir de Vegarienza a Floro, don Pedro el médico y alguno otro que no recuerdo en dirección a El Castillo, pasaban de largo por delante de casa Sandalio y se aposentaban diez pasos más allá en casa Joselín. ¿Era esto una confirmación de la regla que mencionaba antes o es que el vino de Joselín era muy diferente o el trato muy distinto? No lo sé ni soy un experto en bares, pero siempre creí que esas distintas querencias por las cantinas eran ciertas. Probablemente Pepe el Portu habría sabido darme una documentada explicación.

En el foro de El Castillo se alababa justamente la pericia pescatoria de el Portu, atribuyéndole incluso la invención del arte de “la pesca al garbanzo” que se hacía con una forqueta, modalidad de la que nunca oí hablar y no me extrañaría que fuese una broma de el Portu. Según cuento en El río Omaña si sé que el Portu pescaba

…con cebo natural, lombriz, maraballo o gusarapa, y con mosquitos artificiales que el mismo fabricaba. Decían que cuando estaba pescando y veía volar una mosca de mayo, sacudía la caña y el nylon como si fuera una tralla y la mosca se posaba mansamente en la punta de la caña. Él la cogía, la ensartaba en el anzuelo y conseguía una trucha bien gorda, pues no había una sola que resistiera la tentación de tragarse aquel insecto transparente de color verde suave, que pataleaba y revoloteaba sobre el agua”.

No sé si el Portu dominaba las artes de pesca prohibidas como el trasmallo o la tiradera, si pescaba a mano con tanta pericia como lo hacía su madre según afirman en el foro o si usaba el ferpón. Quizá no, pues no recuerdo que tuviera incidente alguno con la Guardia Civil o con el guarda ríos, algo que terminaba sabiéndose. Ni a qué se dedicaría cuando las truchas empezaron a escasear en el río Omaña.

Por el foro sé que se llamaba José María Martínez Rabanal. Ni rastro de ascendencia portuguesa en sus apellidos, pero independientemente de la influencia de esta componente genética se podría decir que Pepe el Portu era omañés como el que más. De la misma Guisatecha, donde no recuerdo que hubiera cantina pero sí que el río estaba acotado, lo que le obligó a pescar por encima de Vegarienza. Y por el camino oía, insistentes, cantos de sirena que salían de las cantinas. Así fue como aquel maestro en el arte de la pesca también se convirtió en experto en cantinas. Lo uno y lo otro requería predisposición, ser un artista y dedicación. Y a las cantinas el Portu le dedicó media vida. Gabinete Caligari cantaba “…bares, que lugares….para conversar….Jefe…sirva otra copita más…”. Pero en aquellas cantinas el vino no lo servían en copita. Junto al bote de bicarbonato te dejaban el jarro delante para que te sirvieras tú mismo, y como las truchas no se iban a marchar del río aunque te entretuvieras un poco y ¡se estaba tan a gusto en la cocina de Selima!, que…… Tiempo había para que la bicicleta te llevara, solita, hasta el áspero jergón de Guisatecha!

De no estar acotado el río a su paso por Guisatecha, ¿qué habría sido de el Portu?

Pepe “el Portu” rodeado de chavales en la puerta de casa Sandalio

Pepe “el Portu” rodeado de chavales en la puerta de casa Sandalio

Imágenes tomadas de: verpueblos.com/foro el Castillo (OctavioGarcíaGonzález y Aude), pstrimoine.hpy.free.fr

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El tío Emilio (un hombre ensimismado)

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

El tío Emilio fue el sexto de los diez hermanos de la Calzada y, como todos, nació en Sosas del Cumbral, en la casa-escuela donde su padre era el maestro. Él fue el primero en ponernos un mote a los sobrinos: yo era Carcoma en alusión a mi apetito desmedido, Fernando era Tiriti sin que recuerde el por qué y Eduardo, el más pequeño, era Fardel porque llevaba los pañales siempre cargaditos. Loli era Lirila, pero no sé si el mote se lo puso tío Emilio o lo hicimos los hermanos para que no se fuera de rositas.

Él y mi madre, que le precedía, fueron los primeros hermanos que los abuelos mandaron a León con la finalidad expresa de estudiar. Como aún no disponían de lo que luego sería la cabeza de puente para el desembarco del resto de los hermanos, el piso de Ramiro Valbuena, tuvieron que estar de alquiler en casa de unos conocidos compartiendo una habitación de dos camas con dos hijos de JoaquínEl Tremoriego” de Sosas, chico y chica, una cama para las chicas y otra para los chicos, al puro estilo omañés: una cabeza en cada extremo de la cama. Al año siguiente Emilio cambió aquella precaria pensión por los rigores de un colegio de frailes.

Cuando llegó la hora de la universidad se fue a Madrid y no sé si que sus tíos Paco y Bernardino fueran médicos pudo tener alguna influencia en que cursara Medicina. Siempre he escuchado que era muy inteligente. Quizá el estar sobrado de aptitudes para el estudio le hizo entretenerse con algún tema ajeno a la carrera, incluido una cierta dedicación a la poesía. Estas distracciones alarmaron a tía María, era la encargada por los abuelos de mantener el orden y la autoridad sobre los sucesivos hermanos que salían del pueblo para estudiar, que viajó a Madrid a restablecer el sano orden de las cosas que parece ya no volvieron a descabalarse nunca más.

Recuerdo que al término de las prácticas de milicias universitarias que hizo en alguna plaza africana con el grado de alférez, nos visitó en Roa de Duero y le trajo como regaló a mi madre, con la que creo estaba muy unido, una bolsa moruna de cuero y base redonda que se cerraba con unos cordones también de cuero y que nos acompañó en nuestras compras durante muchos años, incluidas las incursiones veraniegas a la búsqueda de huevos en los pueblos próximos a Vegarienza (ver Guardianes del camino). También le regaló, posiblemente con los primeros dineros que ganó como médico, una máquina de coser Alfa con la que mi madre consiguió vestir a once hijos a lo largo de muchos años sin que sufriera percance mecánico alguno. Aún hoy sigue en perfecto uso, silenciosa eso sí, a la espera que alguna de mis hermanas la herede. Una maravilla técnica ajena a la obsolescencia programada y, sin duda, la pieza más importante del ajuar familiar.

Cuando acababa el curso el tío Emilio regresaba a Sosas, se despojaba de su pátina de universitario y participaba como uno más en los quehaceres de aquella familia de labradores, no exentos de riesgo como cuando estuvo a punto de que se lo comieran los lobos camino de Manzaneda (ver El lobo), y en los ritos y costumbres de aquella sociedad tan tradicional y adaptada al entorno rural, donde las trastadas (ver A nateras y quesos) eran una forma de incorporar alguna diversión a la rutina diaria, aunque fuera a costa del escarnio de algún convecino.

Creo que fue el primer miembro de la familia en disponer de cierta holgura económica y cuando venía por Vegarienza siempre traía algún artilugio que nos asombraba, lo que no era muy difícil en aquel entorno tan tradicional donde cualquier elemento del ajuar o las herramientas habían sido inventados siglos antes. Podía ser una maquinilla de afeitar eléctrica (que no solía funcionar por lo escasos voltios que producía el generador de la Sierra), o una de reserva y manual a rodillos con la que se desollaba la cara. También fue el primero que trajo un transistor a pilas con el que intentaba inutilmente oír, debido a las montañas que nos rodeaban, lo que decían Radio Pirenaica y Radio España Independiente del régimen de Franco y su inminente caída.

Yo creo que aquel empeño por oír la radio era porque si Franco moría él no quería demorarse en saberlo. Y es que creo que era un poco rojo y descreído, una auténtica oveja negra en una familia tan de orden y cristiana, que no desperdiciaba ocasión de tomar el pelo a sus hermanas cuando las veía tan dedicadas a rezos y visitas a la iglesia, empeñadas en ganarse la otra vida en la que seguramente él, tan conocedor del aspecto puramente físico del cuerpo humano, no creía. No es de extrañar que su paso por la universidad de finales de los años cincuenta del siglo veinte donde ya existía un fuerte movimiento de oposición, basicamente promovido por el partido comunista, al régimen franquista y al sindicato universitario oficial, el SEU, le hubiera impregnado de ideas anti franquistas. Yo viví en ese ambiente estudiantil unos cuantos años más tarde y lo entiendo perfectamente. Creo que ninguno de sus hermanos estuvo en contacto con un entorno tan politizado, de ahí que se mantuvieran hasta el final como creyentes y políticamente conservadores. No sé cómo valoraba la familia el distanciamiento del tío Emilio de los asuntos religiosos y sus ideas políticas, pero no recuerdo haber presenciado ni discusiones al respecto ni reproches.

También fue el primero de la familia en tener coche. Era un seiscientos en el que todos los que nos montamos pasamos mucho miedo porque teníamos conciencia de lo que significaba la velocidad (algunos habíamos experimentado lo peligroso que era afrontar en bicicleta las curvas demasiado deprisa y terminar en las zarzas) pero que al tío Emilio parecía traerle sin cuidado. Durante la carrera de Medicina tuvo que familiarizarse con conceptos físicos tales como la presión, la gravedad, la temperatura, etc. Nadie debió hablarle de la inercia que tiende a sacarte de las curvas o él por su cuenta había decidido prescindir de tan importante parámetro. Así que mientras los pasajeros apretábamos el culo en las frenadas viendo como nos echábamos encima de camiones y autobuses o nos mirábamos asustados sin atrevernos a rechistar en las curvas de Omaña o de la carretera de Ponferrada, el tío Emilio tiraba impasible del volante para mantener al bólido en la trayectoria, se ayudaba inclinando un poco el cuerpo como si fuera un motorista, y ajeno al canguelo de sus acompañantes. Pudiera ser que nosotros fuéramos unos miedosos inexpertos en la materia, acostumbrados como estábamos a la pachorra del manso autobús de Beltrán y al bicicleteo, y que él hubiera evolucionado a técnicas de conducción desconocidas para nosotros. Esto añadía a la atracción que en aquella época suponía subirse a un automóvil, el morbo de las sensaciones de una montaña rusa. O nosotros los autobuseros enjuiciábamos demasiado severamente su manera de conducir o tuvo mucha suerte, pues no recuerdo que tuviera incidente alguno en aquellas carreteras salvo un encontronazo leve con una vaca.

Recuerdo, como si fuera hoy, el día que llegó en el rápido de Beltrán con la que sería nuestra tía Quinita para presentarla en familia. Era una morena guapa, alta y delgada, labios pintados de rojo intenso, sombra de ojos y rímel en pestañas, falda blanca finamente tableada, un niqui de punto a rayas azules y blancas bastante ajustado y zapatos de tacón tan alto que no sé cómo pudo llegar desde casa de Selima hasta la de los abuelos sin torcerse un tobillo entre las desiguales piedras de la carretera. Tuve la sensación de que nunca habíamos visto por allí una mujer como ella, pues me pareció una reina. Yo estaba tan deslumbrado por mi nueva tía que no percibí o reparé en las reacciones de mis abuelos y tías, tan discretos en su atuendo y sobrios en sus manifestaciones, ante aquella mujer que parecía llegada de otro mundo en el que lucir bella y atractiva era lo normal. Pero presumo que, al menos, debieron quedar muy sorprendidos por aquel exceso de espontaneidad. Tuvieron tres hijos que casi nunca aparecieron por Vegarienza en aquellos veranos omañeses tan superpoblados de nietos. Vivieron en un chalecito en Ponferrada donde el tío ejerció de cirujano y fue director del hospital-residencia de la Seguridad Social.

Hoy día todo cirujano debe especializarse durante años en una porción mínima del cuerpo humano ya sea el hombro, la mano, columna, etc. Entonces un cirujano era un médico todoterreno que había superado la aprensión a la sangre y que no le temblaba el pulso ante escenarios quirúrgicos más propios de un matadero o de una guerra. Su campo de acción abarcaba todo el cuerpo, desde la coronilla a los dedos de los pies. Sin más ayuda que acaso una radiografía, todo empezaba cogiendo el bisturí para dejar al descubierto el órgano a reparar, decidir sobre la marcha que hacer ante lo que veía, cortar y unir para terminar recolocándolo todo y cosiendo lo mejor y más rápido posible aquel batiburrillo de vísceras y músculos, confiando en que su ojo clínico y sus manos hubieran resuelto la dolencia. Y a esperar que el paciente no se muriera. A mí me operó de la uña gorda de los dos pies, algo que seguro no venía en sus libros de Medicina pero que él supo cómo afrontar para que dejara de ser un problema para mí.

Salvo cuando estaba de broma o tomando el pelo a alguien, era frecuente verle pensativo y ensimismado, como ausente y poco participativo en las conversaciones, ejecutando algunos tics como estirar el cuello o tocarse la mandíbula con el hombro y moviendo las manos sin finalidad aparente. A veces he pensado que él ensimismamiento pudiera deberse a un proceso mental de elaboración de estrategias para la próxima cirugía complicada que tendría que afrontar; que con el gesto del hombro reproducía cómo detener una gota de sudor que descendía por la barbilla mientras operaba y que el estiramiento del cuello era una forma de aliviar la tensión que se vivía en el quirófano por el esfuerzo físico y la responsabilidad de tener en sus manos la vida del paciente. Sus movimientos de manos podían corresponder con el ritual de lavado estricto de manos y puesta de guantes quirúrgicos ayudado por una enfermera. Gestos repetidos en el quirófano miles de veces, que se habían convertido en tics en su día a día fuera de la sala de operaciones. Obviamente se trata de una especulación, pero encajaría con un entendimiento obsesivo de su trabajo de cirujano, que tengo entendido que le llevó alguna vez a coserse a sí mismo alguna herida que se produjo, con toda sangre fría.

Siguiendo en el terreno especulativo, otra posible explicación a esa actitud ausente y poco participativa, pudiera ser haber asumido que su posicionamiento en lo político y religioso era tan incompatible con el ideario familiar, que debía evitar a toda costa que afectase al buen clima reinante. Conozco estas situaciones familiares en las que discutir acerca de lo que cada uno cree solo produce, en el mejor de los casos, melancolía.

Con mis otros tíos yo tenía mucha familiaridad y seguro que a veces debí resultar un poco cargante intentando que me prestasen atención. Con el tío Emilio a veces tuve la incómoda sensación de que mis preguntas o comentarios de imberbe estaban de más, pues él estaba a lo suyo, dándole vueltas en el caletre a cosas que le preocupaban. Era la ecuación perfecta, un tío ensimismado y un sobrino tímido y apocado que hacía que a veces los silencios fueran casi dolorosos.

Su conocida tendencia política, tan poco saludable en aquella época, y que no disimulaba lo más mínimo, le trajo algún problema judicial. Por esas ironías del Destino, luego fue médico militar y tuvo un papel destacado como cirujano en un hospital militar de Madrid. Cuando Franco murió, algo que durante tantos años esperó impaciente que anunciara Radio Pirenaica, no sé cómo lo celebró o si cuando sucedió ya sus inquietudes políticas se habían sosegado.

Cuando murió, su cadáver fue velado en su hospital militar. El Destino está siempre ahí dispuesto a ponernos en evidencia y, en una última pirueta, hizo que el tío Emilio fuera despedido por familiares y amigos en una institución militar, algo que nunca debió imaginar en sus años de disidencia y rojería. Así somos, muy vehementes en ocasiones sin reparar en que quizá la vida nos ajustará cuentas y contradecirá a la primera ocasión. Como nos ha pasado a casi todos, que coqueteamos con el progresismo en la universidad y de mayores viramos hacia posiciones menos comprometidas. De lo que no tengo duda, a pesar de la relativa distancia que imponía su actitud introspectiva, es que el tío Emilio, al igual que sus otros hermanos varones, fue para mí alguien a quien quise, admiré y deseé parecerme de mayor.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Jirones XXII. 1964/65 Sexto Curso – Bachiller Laboral Superior. Primera parte

Autor: FEDE GARCÍA 31 de Diciembre de 2019

Libramiento de la MSP de Pedrosa “El Barrenista”.

Libramiento de la MSP de Pedrosa “El Barrenista”.

¿LIBRAMIENTOS AL NATURAL?

… ya, a finales del mes de septiembre de 1964, empezaban a amarillear las faldas del Cueto Nidio y la Devesa en La Muela. Alguna avisada tormenta de fin de verano, de las que por sorpresa, causaba la espantada general del personal – familias, casi siempre – que habían ido a pasar el domingo bajo el frescor de las aguas del Río con los bártulos de cocinar, asar y despabilar el estómago sin reparos ni protocolo alguno. Era una epopeya, ver como grupo tras grupo, se desperdigaban mayores y menores, por las veredas para converger en el Puente de Hierro. Puente, que como una gran garrapata, se aferraba con ambas manos y pies a las orillas del Río Sil. Era, – y, es – la única vía de enlace segura entre ambas márgenes, que salvaba a los paisanos y guajes de una mojadura digna del mejor de los resfriados, o incluso, de un catarro de difícil arreglo. Bajo el puente, el cauce estaba remansado con una presa de temporada de no más de un metro de altura, toda ella levantada con redondos de rio de respetable volumen, sellada con pedazos de pellas de barro y restos de maleza por la parte interior, que eran recolectados azadón en mano en las orillas del mismo.

La Represa era de las de temporada de verano, cuyas aguas se remansaban hasta la poza de baño común, aguas arriba, nombrada: El Largo. Poza situada a los pies de los ruinas del Molinón. La represa temporal se dedicada a la pesca de truchas, que, de vez en cuando, se podían ver nadando desde el Puente en determinados momentos, en los que el Sol, en su caída de retirada, iluminaba la represa desde las cumbres de los montes, a modo de despedida.

La tormenta ilustrada de relámpagos y acompañada de sus posteriores truenos de ruido contundente, más la lluvia que a cántaros, se despeñaba sin remisión, obligaba a intentar guarecerse lo más rápido posible al personal. El cubrirse era una necesidad resuelta de las mil formas que el personal pueda llegar a imaginar, utilizando, en cada caso, los medios de que cada cual disponía: un saco al envés en forma de capa-capucha; un jersey revuelto como pasamontañas temporal; algunas ramas verdes, de pasada; el bicornio de cartón, o papel… ambas manos, también, como último recurso de defensa y cobertura extrema…¿La dirección de la desbandada…?: ¡Única! Todos encaminados en dirección nor-oeste, hacia las Colominas, para poder guarecerse cuanto antes y esperar a que la tormenta escampase, en el mejor de los casos.

La familia de Pedrosa “El Barrenista”, era una más, en las Colominas que casi como norma obligada, acudía los domingos muy de mañana, a las faldas de la Devesa en La Muela, con los medios necesarios, a fin de pasar factura a los duros días, que los mineros habían de superar encerrados en los fondos de las galerías. Esas escapadas familiares, estaban más que justificadas, sin ejercer derecho alguno de oposición a los niños. Suponía convivir en plena naturaleza, con cuatro menores a cargo, en los primeros tiempos – más tarde – en los últimos momentos, fueron, ya, seis.

A saber: Fede, Isabel, Luzdivina, Ramona, José Jacinto y Juana de, respectivamente: 15, 14, 13, 12, 8 y 6 años de edad. Fede, nacido en Jaén. Isabel, Luzdivina y Ramona, en el Valle de “Les Cubes”, en Ciaño de Santa Ana- Asturias; José Jacinto y Juana, nacidos en Villablino-Laciana.

Todo fue, una experiencia muy singular que se pudo superar sin ánimo alguno de recriminar jamás nada a nadie… Fue una aventura fundamental de supervivencia en condiciones excepcionales para una familia – similar a otras – cuyos límites de endeudamiento temporal, por ejemplo, no superaba el mes – Pan y Leche diarios a cuenta, con Libreta de apunte de deuda, anotado por el fiador a punta de lápiz de color carbón, y resuelta siempre en la primera semana de cada mes, de modo puntual y disciplinado, tras recibir en metálico la mensualidad arrancada, en el pozo Bolsada, en Orallo, por Pedrosa “El Barrenista”, de la M.S.P.

Pagos mensuales que recibía, Pedrosa – como el resto de sus compañeros en las Oficinas de la empresa – tras la entrega de un documento justificativo que se le denominaba “LIBRAMIENTO”. Palabrota, que en su día, me provocaba una mirada misteriosa, y también preocupación, por no entender la razón que justificara que aquel papel fuera tan importante, porque siempre se quedaba sobre la mesa del comedor, junto al sobre del dinero, mientras Ramón García Pedrosa, se duchaba por segunda vez, y poder comer, o merendar a continuación. Después… Sacar el dinero: siempre la madre; Isabel “La Andaluza”- algún billete verde, de los que, tenían grabado un dígito en singular “1”, más tres ceros, y otros varios de color marrón claro, de valor 100; alguno de color casi granate, de 50 pesetas, algunas pesetas y duros, que en ocasiones eran de papel y/o, de metal, con la cara machacada de un señor de cara de pan, mirando al vacío, sin sonreír, ni nada. En las monedas de metal, rubias o claras, se dejaba muy claro, que el tal Sr. Francisco Franco, estaba allá grabado por la “GRACIA DE DIOS”… Un dogma de fe grabado, cuyo fin ha sido legendario en muy cercanas fechas.

Contar los dineros. Comprobar que no faltara nada. Calcular gastos, lápiz en manos de Fede, era una función más que sagrada de “Isabel”. Los demás, menores y mayores, eran/éramos, auditores visuales de un ritual mensual, que si los accidentes habituales de trabajo – lo permitían – se volvería a repetir el mes siguiente, en las mismas condiciones y circunstancias. Nunca faltó, ni un duro, para el tabaco de cuarterón, que Ramón empleaba, para liarse un cigarro, de vez en cuando… el encargado de ir al Estanco en la Plaza, era Fede “El Rubiajo”, por orden de la administradora en persona, pero solo si el dinero llegaba. En ocasiones de fiesta, o domingo, podía ir a buscar en paquete de Ideales sin boquilla, pero solo en días muy señalados.

El tal “LIBRAMIENTO” era, sin más, el documento mensual de certificación y justificación de lo devengado al barrenista: “Pedrosa”. Documento realmente asombroso, por la rigurosidad de los conceptos y los criterios a considerar y aplicar a la hora de calcular, punto por punto, lo que se debía de abonar, al trabajador.

Vaya por delante, que al disponer – por casualidad – de varios ejemplares, en original de los citados “LIBRAMIENTOS” de Pedrosa “El Barrenista”, considero de interés, intentar darles de nuevo vida, como ejemplo práctico de unas realidades irrepetibles:

Ejemplo:

MINERO SIDERURGICA DE PONFERRADA, S.A.   SECCIÓN DE MINAS
Productor: RAMON GARCIA PEDROSA ………………………..                         Nº de orden: 154
CATEGORIA: BARRENISTA       ………………………………………….                        Jornal: 27………………………
Núm. De matricula: 23195………………………………………..                          Quinquenios…………. Total.
Núm. Afiliación a S.E. …. 31721 ……………………………… Entidad Colab. Seguro Enfermedad Núm: 194

El presente LIBRAMIENTO/¿Nómina?, de modo resumido, es el correspondiente al mes de Julio del año 1955, que supuso a la familia de Pedrosa “EL Barrenista”, unos ingresos brutos de 3.433, 13 pesetas, restando líquido a percibir la suma de 3.100 pesetas con 26 céntimos. Creo, que merece la pena desglosar el mismo:

ABONOS                                                           Nº   PRECIO IMPORTE
Jornales Ordinarios                                           8.-     21.-     168.-
Metros de Transversales y Galerías ………     16.- 120.-
         “                 “               “   ——                    5.-     139.-   808.-
Diferencia de jornal Art, 31 R.N.T.   ………                           180.-
½ hora de pago d haberes                “                                     63.-
20% trabajos nocturnos                   “                                      28.-
Días de fiesta no trabajados             “                                    42.-
Diferencia salario destajo o/, 24-5-54                                    22.-
25% Plus de carestía de vida            “                                 338,75
Prima de Asistencia 2,50                        “                             75,83
Plus Familiar                                   “                                   748,95
Subsidio Familiar                            “                                     90.-
Prima Asistencia Decreto 17/2/50    “                                  378.-
Premio Especial Decreto 22/1/54     “                                  446,60.-
                                  T O T A L G E N E R A L                 3.433,13
 

En lo relativo al apartado de los DESCUENTOS, creo, que también merece la pena el desglose:

D E T A L L E                                                    IMPORTE
5,70 % S.S. y C.S. (Cuota Sindical)         ……….    41,79.-
3% de PREVISION                                   “              53,08.-
RENTA DE CASA                                   “               230,00.-
AGUA                                            “                             8,00.-
T O T A L   A D E D U C I R                                     332,87.-
L I Q U I D O   A C O B R A R                               3.100,26.-
Mes de Julio 1955
Servicio:   ORALLO –BOLSADA
DUPLICADO PARA EL TRABAJADOR.
…/Notas Uno y Dos/…

En todo caso, y también, como curiosidad, merece la pena señalar, otros conceptos considerados a los efectos de posible abono, en los Libramientos:

A saber: Horas Extraordinarias incrementadas en un 30 y/o, 40%; Fiestas o domingos trabajados; Quinquenios; Jornales contrata; Horas Extra en 30% contrata; Horas extras contrata en 40%; Metros de Transversales y Galerías; Metros en Testeros; Metros en Coladeros; Conservación de Cuadros; Transporte de Vagones; ¾ de salario Accidente de Trabajo; Prestación de enfermedad art.68 L.C.T.; Asistencia a clase Frente de Juventudes; Diferencia de jornal art. 31 L.C.T; Bonificación Artilleros y Posteadores: Vacaciones; Sextos de Domingo; Casa, agua y Luz; Licencia de Matrimonio; Ausencias Art. 67 L.C.T; Salidas…

Respecto del apartado de DESCUENTOS, merece la pena, también, señalar las posibles y previsibles situaciones de descuento, aunque en el Libramiento anterior no haya sido necesario señalarlos por no haber sido objeto de descuento alguno:

A saber: 3% de enfermedad (más 30.000 ptas.): 1,20% S. Familiar(más 30.000 ptas.); Anticipos; Luz; Economato: Materiales almacén; Materiales repuestos en viviendas: C/c Anticipos Villablino: Multas Frente de Juventudes; Multas por Sanción; Hospitales Residencia Solteros; Retenciones Judiciales; Agua; Caja Auxilio familia víctima de accidentes mortales…

Ciertamente, a la vista de tan espectacular derroche de conceptos retributivos contemplados, así como los posibles descuentos objeto de retención en el llamado “LIBRAMIENTO”, no cabe duda, de que el documento en cuestión fuera necesariamente visado, leído y comprobado – casi siempre no comprendido del todo – por los titulares y beneficiarios del mismo.

Pedrosa “El Barrenista”, siempre tenía un pero al analizar línea a línea el Libramiento: un metro más o menos de galería avanzada… para ello llevaba una libreta donde día tras día anotaba los metros avanzados incluidos los centímetros, que en caso de error se los debían de abonar en el Libramiento del mes siguiente. En el caso de FEDE, me obligaba, lápiz en mano, a revisar las sumas de la nómina, por si hubiera habido algún error de cálculo… que no era habitual, pero: por si acaso, había que comprobarlo.

Nota UNO.- Las 3.100 pesetas y 26 céntimos netas, que Pedrosa “El Barrenista” aportó a la Unidad Convivencial, el mes de julio de 1955, mediante un trabajo realmente duro y peligroso, en el Pozo Bolsada-Orallo, al cambio en la actualidad – 2020 – supone apenas poco más de 300 euros. Sin embargo, esa aparente limitada capacidad de compra y supervivencia- se amplificaba– porque el horizonte de deuda temporal familiar no superaba el mes vencido – hoy, tal horizonte de deuda se mide en las familias por decenios, y, en algunos casos por vidas completas ¿…?
Nota DOS: Es curioso, como en el apartado de conceptos susceptibles de abono, aparece, el muy peculiar y llamativo: ¡Plus de Asistencia a clase del Frente de Juventudes…! que naturalmente, Pedrosa, jamás cobró.
También, sin ser sorprendente, aparecía camuflada una realidad llamativa: es la que aparece en el apartado de DESCUENTOS, como Cuota Forzosa de Cotización al Sindicato Vertical, disfrazada y semi-oculta en la cotización general a la Seguridad Social de: un 5,70% S.S, y C.S. : Total descuento conjunto: 41,79 pesetas. No hay duda que C.S. es el acrónimo de la forzosa Cuota Sindical al Sindicato Vertical de la Falange.
Otras realidades previstas de posible objeto de descuento: Multa o Multas del Frente de Juventudes, o, Multas por Sanción, y también: ¿Hospedaje de Residencia de Solteros…?

Sexto Curso – Bachiller Laboral Superior.

Pasado el verano; pasadas las fiestas de San Roque; pasado el viaje de Fin de Curso allá, en Santiago de Compostela; pasado otro viaje complementario a Avilés, donde residía un hermano de Pedrosa “El Barrenista”: “Juan García Pedrosa”, empleado de la empresa ENSIDESA, – recién puesta en marcha a través del I.N.I. (Instituto Nacional de Industria)-, y donde ya con una cierta autonomía de joven adolescente, Fede, todavía en pantalón corto , acompañado de un primo y algunos amigos de temporada, caminábamos hasta la playa de SALINAS, cerca de Avilés, para nadar un poco, jugar lo preciso y volver a la hora de la cena a casa de mis tíos.

De vuelta, en cualquier caso, lo inevitable ya había llegado: Volver a las aulas de Sexto de Bachiller: Primero del Superior: mismos colegas: Robus, Avilio, Nieto, Miguel Ángel…. Ismael, Octavio, Vázquez, Arias y otros, que el tiempo se ha encargado de desdibujar.

Al curso casi al completo, nos parecía que iba a ser insuperable la temporada septiembre/junio en cualquier aspecto; especialmente en las prácticas. Pongo como ejemplo, que entre el material de obligada adquisición se encontraba, el libro/consulta de Máquinas Herramientas de “VELASCO DE PANDO”, que contenía todo un arsenal de información básica en materias ya conocidas en anteriores cursos, pero que se anunciaban en términos – nos parecía – difíciles de superar.

Vaya por delante, que el tal citado libro trataba de: Generalidades sobre Máquinas Herramientas – Estudio general de cuchillas o herramientas cortantes simples El torno cilíndrico de puntas y el roscado en el torno – Tornos Revólveres y Automáticos – Fresas y fresadoras – El aparato divisor de las fresadoras Universales – Materiales: Volframio/metales de corte ultrarápido,   a base de carburo de volframio – esteatita, vidia, carboloy… etc.

Todo un vademécum ilustrado y con tapas de cartón duro, forradas con sobre cubierta de tejido color berenjena, aún en muy buen uso. Las clases empezaban a ser necesariamente más serias, más rotundas, más complejas. La carga efectiva del aprendizaje, me y nos parecía, muy superior a nuestras capacidades reales. Mi dorsal en el curso era el “CATORCE”, que me correspondía por orden numérico/alfabético, y que a efectos prácticos, no tenía más utilidad, que la de facilitar el control de faltas a clase del día en cuestión, o de la clase siguiente, situación resuelta por eliminación: Se cantaban los números, si el profe lo pedía al empezar la clase y por defecto, resultaba el control de los que faltaban… así de simple.

Fede García González
Autor: Fede García González

La derritaina (patatas, patatolas, patatas solas)

Chamuscando el gocho.

Chamuscando el gocho.

La gastronomía de Sosas del Cumbral, última aldea del curso del rio Baltaín (ver El fin del mundo), no se distinguía por su diversidad. Más bien al contrario como sintetizaba en su respuesta, creo que era el tío Josepín, cuando le preguntaban lo que comía “por la mañana patatas, a mediodía patatolas y por la noche patatas solas”. Esas patatas casi transparentes que cuando de tarde en tarde nos las topamos ahora en el plato de algún restaurante modesto, adornadas con un poco de chorizo o unas costillas o trozos de pimientos verdes en un alarde de simplicidad, nos saben a gloria. La frase del tío Josepín enfatizaba lo repetitivo de las comidas a partir de lo poco que se tenía a mano. Doy fe que se podría resumir con desayuno de leche con pan migado, comida a base de patatas con otras hortalizas (las patatolas) y si acaso algo de carne, y para cenar sopas de ajo, algún huevo y más leche con migote de pan o, como decía Josepin, patatas solas.

Porque lo que se tenía a mano era poco. El clima con fríos excesivos, la escasez de tierra de regadío y las horas del día que no daban más de sí, solo permitían cosechar en las linares próximas al río patatas, cebollas, berzas, lechugas, nabos, frejoles y garbanzos y guisantes en los eiros de secano y más arriba, en las tierras robadas al monte, el centeno, único cereal que aguantaba las heladas y conseguía medrar a pesar de la pobreza de aquellos suelos. Del centeno se obtenía un pan recio, casi negro, que se amasaba cada dos o tres semanas en grandes hogazas que ponían a prueba nuestra dentadura, sobre todo las piezas del final de la amasada. En verano los cerezos, guindales y ciruelos y los manzanos, perales y nogales en otoño añadían algo de color y vitaminas a la dieta. Algunas manzanas conservadas entre paja llegaban arrugaditas a Navidad, mientras las nueces podían durar años y constituir el regalo de Reyes como me sucedió a mí junto con mis primeros pantalones largos (ver La vida con los abuelos en Vegarienza).

Para ponerle algo de gracia a aquella monotonía alimentaria vegetal, estaban las proteínas animales obtenidas de diez o doce gallinas viejas al año, alguna perdiz o paloma torcaz apiolada cerca de la cabaña de Pico Pelao, quizá conejo si en la casa había conejera y el gocho, sin duda la estrella de aquel páramo alimentario. Salvo la pelambre del cerdo, que se eliminaba quemándola con antorchas de paja (diga lo que diga el Papa de turno sobre el Infierno, antes de convertirse en pitanza todos los gochos de Omaña pasaban un rato por ese sitio abrasador) y raspando con cuchillos la piel una vez escaldada con agua hirviendo, los cascos de las pezuñas que se desprendían con un hábil giro en medio de tanta chamusquina y el contenido de los intestinos (que en tan aciago amanecer para el cochino, no había tenido tiempo de convertirse en grasa o proteínas), todo se aprovechaba. Incluso del pene se podía obtener un vergajo para avivar el paso de las monturas y la vejiga inflada podía servir como flotador para aprender a nadar en el río. Tras un minucioso trabajo de de-construcción, clasificación y sabia administración de sal y adobo de pimentón, todo ello capitaneado por el ama de casa, aquella redondez con patas que había sido el cerdo tan sólo unas horas antes, terminaba convertido en sartas de chorizos y morcillas, botillos, lomos, planchas de tocino, paletillas y jamones y también el unto de cerdo que estaba siempre a mano de las cocineras. Esta parafernalia prudentemente dosificada a lo largo del año serviría para alegrar cualquier plato.

Por la gran diversidad de productos que de él se obtenían, el gocho de Omaña podía asemejarse a una mina con múltiples frentes y galerías donde extraer carbón, metales preciosos y minerales de todo tipo y utilidad. En la minería cerdil había vetas proteicas, filones grasos y otros entreverados que propiciaban una dieta cerdo-céntrica que podía resumirse en que se comía cualquier cosa con una pizca de cerdo. Tantas pizcas de cerdo como días tiene el año, sin olvidar la importancia que tenía en la dieta los derivados de vaca y los huevos de gallina. Para ser justos, un blasón representativo de Omaña debería contener alguna alusión a cerdos, vacas y gallinas.

Creo que podría considerarse al unto o manteca de cerdo como condimento, al mismo nivel que el pimentón, la sal, el laurel o el tomillo. Si el pimentón daba colorido a los guisos de patatas o los huevos fritos, el unto era responsable de que el más espartano de los guisos pareciera que tenía sustancia, cuando solo era un poco de grasa en forma de ojos flotando sobre las sopas de ajo o un guiso de berzas.

Alguna trucha muy de tarde en tarde y el bacalao en salazón que permitía cumplir con la prohibición de comer carne en los viernes de cuaresma, completaban la dieta en aquellos tiempos difíciles.

Todo aburrido y repetitivo. Mis tías recuerdan que alguien apareció un día con un invento que pudo suponer una innovación en la rutina de las patatas, patatolas, patatas solas. Era una máquina de hacer fideos que una vez elaborados se colgaban de los varales de la matanza para que secaran. Habría que ver aquellos fideos pardos de harina de centeno y renegridos del humo que subía de las trébedes. Nunca vi semejante invento por la casa. Probablemente tras los duros años de posguerra incluso hasta Sosas llegarían los fideos de harina de trigo y aquel engendro caería en desuso.

La anterior reflexión sobre la dieta omañesa surge al hilo de una reciente conversación en casa de mis tías Tere y Pili (que nacieron y vivieron en Sosas), sobre la cantidad y diversidad de alimentos que desfilan por las mesas navideñas de hoy día y que solo de pensarlo nos hace sentir empachados mucho antes del día de Nochebuena. Fue la primera vez que oí hablar de la derritaina que comían en Nochebuena y que ellas recordaban como algo delicioso y destacable en aquella dieta espartana y repetitiva. Y, faltaba más, la derritaina también tenía que ver con el gocho. Con el unto, en concreto. Se calentaba en una sartén manteca de cerdo y cuando estaba derretida, de ahí lo de derritaina, se echaban manzanas y cebollas enteras que se dejaban hacer a fuego lento hasta que casi se deshacían. Se servía caliente espolvoreando algo de azúcar por encima y lo recuerdan como manjar de dioses en aquellas míseras navidades posteriores a la guerra civil.

A primera vista parece una bomba alimentaria, pero comparándola con el carrusel de mariscos, asados, pescados al horno, embutidos, quesos, dulces y turrones que trasegamos hoy día, quizá fuese preferible para la cena de Navidad un guisote de patatas o unas sopas de ajo con ojos de unto y, para cerrar , una rica derritaina omañesa. De hecho, no recuerdo un solo gordo en Sosas del Cumbral y por aquí los hay a patadas. Seguramente el problema será encontrar, entre tanta abundancia de alimentos provenientes de todo el mundo que hoy ponen delante de nuestras narices los supermercados, el humilde unto de cerdo. Créanme, me está apeteciendo una derritaina.

Imagen tomada de: caminandoporparedes.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La fuente del Valle (el último que apague la luz)

Acarreando agua en África.

Acarreando agua en África.

Dicen los que saben, que para 2050 el desierto habrá colonizado media península ibérica llegando hasta las estribaciones del Sistema Central, con lo que el túnel de Guadarrama será un pasillo para entrar en la zona aún algo verde. Al lado arenoso habrán llegado gentes con turbante y camellos para ocupar el territorio abandonado y en el otro estarán apelotonados los españolitos peleando por la poca agua disponible al estilo apocalíptico de la película Mad Max. Habrán regresado los curas con sotana que sacan a los santos en procesión implorando lluvia (ver Sacar el agua del río) y la ducha diaria estará reservada a los muy ricos que habrán añadido el agua a la lista de bienes acaparables y objeto de especulación. Castilla y León, Aragón, La Rioja, etc habrán dejado de formar parte de la España vaciada pues solo existirá la región de la España colmatada. Por fin se habrá resuelto el problema del abandono de las áreas rurales. No sé si sucederá así, pero nos lo habremos merecido por manirrotos. Seguramente no estaré aquí para verlo, pero quizá sea el escenario que les toque vivir a mis nietos.

Cada vez que veo en las noticias o en un reportaje las largas caminatas de mujeres africanas acarreando agua con la espalda doblada, me acuerdo de que también en Omaña el agua era un bien preciado que había que transportar a las casas para cocinar y asearse. Aunque el río Omaña solía traer agua abundante, en las casas no se desperdiciaba ni una pizca porque costaba traerla desde el río con calderos o el jarrón aguamanil y porque, como en todo, regía la norma general de aquella sociedad rural que era no despilfarrar. Había dos actividades que por sí mismas hubieran requerido disponer de gran cantidad de agua en las casas y que se desarrollaban allí donde el agua estaba. Una de ellas era la colada que las mujeres hacían directamente en el río, arrodilladas en un cajón de madera, con las manos agrietadas de sabañones si era invierno y con miedo a las culebras que se resguardaban bajo las piedras de la orilla si era verano. La otra era que las vacas, que siempre llegaban a casa bebidas, cuando en invierno estaban encerradas en la cuadra había que llevarlas a diario a beber al río.

Incluso el agua de boca se consumía con tino. No es que se pasase sed, pero un botijo de menos de tres litros solía durar todo un día para una familia de cuatro o cinco personas, lo que parece poco pues ahora se recomienda una tasa de dos litros diarios. No habíamos oído aún el término pero seguramente vivíamos algo deshidratados, desde luego que peor que los urbanitas de hoy atados a su inseparable botellita de agua. Quizá la explicación de tanto miramiento por el agua esté en que la de beber había que traerla de la fuente, que en el caso de Vegarienza estaba menos a mano que el río. Si en casa había chiquillos ellos eran los encargados de ir a la fuente, como me sucedió a mí cuando viví con mis abuelos en Vegarienza. No sé cuántas veces habré ido a la fuente del Valle con el botijo golpeándome la pantorrilla y cuidándome de las ortigas y zarzas que bordeaban el camino que arrancaba de casa de Corsino y por la ladera del campanario llegaba, río Baltaín arriba, hasta enfrente de la casa del Asturiano donde estaba la fuente entre helechos y zarzas. A través de un tubo de hierro manaba un chorrito de agua que salpicaba en una piedra plana hasta que asentábamos el botijo bajo el chorro. El eco del agua dentro del botijo nos iba indicando lo que faltaba para estar lleno y recuerdo que en verano nos impacientábamos porque el chorro era un hilito de agua.

Había que ir a la fuente a diario, incluso en invierno cuando no se veían las escobas de tanta nieve, y el miedo al lobo se me hacía muy patente cuando intentaba autoconvencerme de que aquellas pisadas recientes sobre la nieve helada en realidad eran de perro. Casi siempre solía buscar la compañía de alguno de los primos de casa de tía Blanca para que el camino se hiciera más ameno y ahuyentar miedos, a pesar de los riesgos que entrañaba la compañía. Podían entrechocar los botijos o romperlos por la prisas en ser el primero en llenarlo en la fuente o rodar por la ladera si se asentaba mal en el suelo mientras intentabas coger una flor de estallete o una mora o que el botijo llegara a casa medio vacío por las peleas entrecruzadas de buches de agua o los concursos de ver quién hablaba mejor mientras bebía agua a chorro o las peleas de chorros que producíamos impulsando el agua por el pitorro fino soplando con fuerza por el gordo. Había un extenso repertorio de formas de poner en peligro el botijo y romperlo era grave, no solo por la responsabilidad que se exigía hasta a los más pequeños en el desempeño de las labores que se les encomendaban sino porque en cada casa solo había un botijo y habría que esperar a que llegase el cacharrero para comprar otro que tardaría varios días en poder usarse pues había que someterlo al cuidadoso proceso de la cura del botijo. La abuela Honorina llenaba el botijo por primera vez con mucho cuidado para que ni una sola gota mojase la superficie exterior, porque se creía que entonces el botijo no enfriaría bien, y le añadía un poquito de anís para quitar el sabor a barro, dejándolo así durante varios días. Junto con el vino, el agua de beber era cosa muy seria y recuerdo que la abuela confeccionaba un caperuzón de hilo que se colocaba en el pitorro ancho para que no entraran impurezas al rozar con las escobas y arbustos camino de la fuente. Otra regla ineludible que nos recordaban a menudo era que antes de llenar el botijo había que enjuagarlo energicamente con un poco de agua.

Estaba claro que había que mirar por cada gota de agua que se acarreaba hasta casa. En la de mis abuelos era muy fácil acceder a uno de los dos ríos que se juntaban precisamente a la bajera de la huerta donde, además, teníamos un pozo con bomba manual que servía tanto para proveer de agua a la casa como para regar lo que había sembrado mi abuela con la ayuda de una canaleta de madera que se colocaba a la salida de la bomba y llevaba el agua hasta los surcos de las hortalizas. En alguna casa, creo que fue en Cirujales en casa de Arcadio el albañil, vi como grado máximo de sofisticación que tenían un pozo dentro de la misma casa y la bomba de mano estaba situada al lado del fregadero. Supongo que la dueña de la casa sería la envidia de todas sus vecinas al tener resuelto de forma tan sencilla una de las tareas diarias más esclavas, traer agua a la casa.

No puedo precisar si fue por los años sesenta cuando en casa de mis abuelos se puso agua corriente elevándola desde el pozo con una bomba eléctrica sumergible hasta un depósito en el desván que surtía a un cuarto de baño y al calderín de la cocina de leña. Lo que si recuerdo es que no supuso dar paso al despilfarro ya que el pozo manaba lo justo y un uso descuidado del agua habría excedido la capacidad de la fosa séptica. Aunque el agua estaba a golpe de grifo, continuamos haciendo un uso moderado del agua.

Con ayuda económica de la Diputación para la compra de materiales, años más tarde se comenzó a traer el agua corriente a los pueblos captándola de fuentes y arroyos, mediante obras en las que los vecinos participaban como mano de obra gratuita. Supongo que fue un alivio tener el agua a tiro de grifo, pero por lo que algunos veranos he oído en Vegarienza no todos conservan el antiguo sentido de la moderación en el uso del agua y la gastan regando el césped, que suena un poco cursi porque toda la vida por allí se había dicho yerba o simplemente verde, comprometiendo el abastecimiento a todo el pueblo en la época de verano. A menudo no se aprecia lo que no cuesta esfuerzo conseguir. Simultáneamente hubo que solucionar el problema de la evacuación de las aguas residuales ya que en los planes de la Diputación solo se contemplaba traer el agua a las casas y no cómo reintegrarla al medio natural. Se echó mano de las fosas sépticas y, como pude comprobar, de la picaresca.

Cuando mi madre se compró la última casa de Villaverde descubrimos adosado a una de las fachadas un pequeño recinto que debió utilizarse como retrete rudimentario, pero suficiente como para no tener que hacer esa actividad corporal al aire libre o en las cuadras como era habitual, detalle que junto a algunas fotografías y postales que encontramos en los arcones de la casa nos hizo pensar que los anteriores dueños podían haber sido algo más que simples campesinos y con hábitos quizá más refinados que el común. La casa no tenía agua corriente pero era relativamente fácil obtener agua para todo uso, excepto el de beber, pues por debajo de la cocina corría una presa de riego con agua del río. Al poco se empezó con la traída de agua desde el monte hasta un depósito que la distribuía a todo el pueblo.

Aquel verano coincidí en Villaverde con las obras de conducción de las aguas residuales hasta la fosa séptica en la bajera del pueblo, ya cerca del río del Valle Gordo, en las que participábamos gente de todas las casas, sin más dirección y conocimientos en el asunto que lo que a cada uno se nos podía ocurrir. Yo participé activamente en los trabajos, llevaba la cuenta de las horas con que contribuían las personas de cada casa, transporté algún material desde el almacén de Ferreras en Soto y Amío y discutí con los demás si hacer las cosas de tal o cual forma. La operativa no era complicada pues consistía en hacer una zanja poco profunda siguiendo la pendiente del terreno, donde se tendían los tubos de cemento prefabricados que se iban empalmando uno con otro sellando la junta con mortero de cemento. Recuerdo que yo me esmeraba mucho en la elaboración de la junta buscando que no se escapara nada de agua. Cuando me vio nuestro vecino Ángel, que participaba en la obra con mucho entusiasmo y que debía temer que reventara la fosa séptica como en casa de mis abuelos, medio me abroncó y me dijo que lo que había que hacer era dejar un poco separados los tubos como había visto hacer en otras obras similares de por allí. Estaba claro que donde no llegaba la capacidad de la fosa séptica y la ausente dirección técnica de la obra, se suplía con la buena voluntad de los vecinos y la picaresca.

Se me acabaron las vacaciones y no sé muy bien cómo se remató la obra hasta llegar con el alcantarillado a la fosa séptica, pero casi seguro que los tubos dejarían por el camino una parte de nuestros excedentes corporales a lo que se añadió que algunas cuadras empezaran a limpiarse a manguerazos en lugar del procedimiento clásico de amontonar el estiércol en los esterqueros para luego abonar tierras y prados (¿qué tierras y qué prados? se me dirá, con razón). Y probablemente (agradecería que alguien me asegurara que no fue así) cuando la fosa séptica se llenó, por algún sitio empezaría a salir un chorrito hediondo que impepinablemente acabaría en el río.

Volviendo al comienzo, entre todos la matamos y ella sola, la que llamamos madre Naturaleza, se murió o se está muriendo, muy deprisa. Empezamos llenando el vaso en el grifo en vez de tirar de botijo y duchándonos todos los días en lugar de una vez a la semana (no sé de nadie que se haya muerto por hacerlo así) y ahora estamos hablando de que igual nuestros tataranietos no tendrán donde llenar sus botijos. Claro que, ¿quién es el guapo que se resiste a las comodidades? Hubiéramos necesitado una mirada más larga y mucho más espíritu crítico para ser capaces de acompasar el abandono de condiciones de vida, que a veces hay que reconocer que eran realmente miserables y esclavas, y el progreso. Progreso sí, pero no a cualquier precio. Tendríamos que habernos cortado las manos antes que dejar que los tubos del alcantarillado de Villaverde fugasen a propósito y alguien con más conocimiento debió de supervisar nuestro trabajo, voluntarioso pero poco entendido, y haber tenido estudiado qué hacer cuando las fosas sépticas se colmatasen para evitar emponzoñar los ríos. Si de los ríos de aguas limpias de Omaña que yo conocí enviamos porquería aguas abajo, ¿cómo puede extrañarnos que dentro de treinta años las dunas hayan cubierto media península?

Si no se da un recio golpe de timón y nos lo tomamos en serio (Estados Unidos acaba de abandonar los acuerdos para luchar contra el cambio climático), algún día en las paredes de la España colmatada se empezará a ver pintadas que recordarán aquel genial graffiti de un aeropuerto uruguayo que advertía El último que apague la luz. Otro día de fuerte viento alguien dirá que ha visto flotar unos granos de arena en la boca norte del túnel de Guadarrama y se desatará la histeria colectiva. Compactas filas de gente avanzarán por los arcenes cargados con la cantimplora y lo más indispensable pues habrá comenzado la segunda migración hacia el norte para ganar unos pocos años al desierto. Los más avisados saben que el viaje será largo y entre sus bártulos llevan unos garfios para saltar la valla que Europa ha levantado a lo largo de los Pirineos. ¿Les suena? Los más débiles y los más sabios decidirán quedarse, unos porque están seguros que morirán por el camino o que no podrán traspasar la valla y los otros porque saben que el éxodo no terminará tras la valla pirenaica, que poco tiempo después habrá que volver a coger el hatillo de migrante, una y otra vez en dirección norte y que encontrarán nuevas vallas hasta llegar al Ártico, donde no quedará otra que tirarse al agua. Salada. Mejor leer algún libro sobre cómo los nómadas sobreviven en las dunas que ya remontan el Alto de los Leones.

Botijos usuales en Omaña.

Botijos usuales en Omaña.

Imágenes tomadas de: Ancorpiu/JavierAcebal, ferreterialospedros.com, artesaniasanjose, pinterest

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada