La tía María (pero….¿qué vida es esta?)

Tía María.

Tía María.

María del Rosario de la Calzada González, tía María, fue la tercera de los hijos de mis abuelos maternos y parece que un día dijo: ¡Ya no aro más! Aro de arar la tierra. No sé si se refería a gobernar la rectitud y profundidad del surco, bien asida a la mancera del arado romano con que se araba desde tiempo inmemorial en aquellas tierras pizarrosas de Omaña donde se sembraba el centeno, o quien controlaba el arado era el abuelo y ella hacía de lazarillo de su padre marcando el camino delante de la pareja de vacas que tiraban del arado con tal esfuerzo que les obligaba a tensionar el cuello y llevar el morro adelantado. Sé muy bien la frustración y aburrimiento que producía ir delante de las vacas durante las horas que el abuelo, impasible, volteaba la tierra en apretados surcos antes de la siembra (ver Guerra al escarabajo).

¡Ya no aro más! Frase concisa y rotunda que seguro era el trasunto de una larga reflexión y que materializaba una decisión que no tenía vuelta atrás. Era la expresión de su voluntad firme de buscar un rumbo nuevo para aquella extensa familia que aun trabajando de sol a sol estaba condenada a vivir con estrecheces. Así vivía toda la familia, así lo habían hecho sus abuelos y todos sus antepasados durante siglos y lo mismo pasaría con todos los hermanos y sus descendientes. O peor porque el patrimonio de los padres, que a duras penas daba para vivir todos juntos, en unos años habría que repartirlo entre los diez hijos y, entonces, ¿cómo se iban a arreglar? Pues seguro que muy mal. Era la familia más numerosa del pueblo y no le cabía en la cabeza que cada tierra y cada prado, ya de dimensión escasa, terminara dividido en diez trozos inservibles.

Durante mucho tiempo se creyó que la Tierra era plana y también que ocupaba el centro del universo. Alguien tuvo que poner en duda aquellas creencias pseudo religiosas para que todo cambiase. A tía María, seguramente la de más carácter de todos los hermanos, le tocó preguntarse repetidas veces ¿qué tipo de vida es esta?, ¿cuántas generaciones tendrán que pasar para salir de esto? ¿hasta cuándo seguiremos esclavos de nosotros mismos? Y un buen día se oyó respondiéndose a sí misma ¡Ya no aro más! Había que poner remedio a aquel contradiós.

No sé cómo comunicaría a los abuelos (seguro que lo hizo sin merma alguna del respeto debido a sus padres que siempre observé) su decisión de abandonar la vida ancestral, de romper con la tradición campesina familiar, ni cómo fue su salida de Sosas del Cumbral, de donde probablemente no se había ausentado nunca, para comenzar una nueva vida en León capital.

Sin poder establecer un orden cronológico preciso, sé que trabajó en la gasolinera de San Marcos que era de Paco y Bernardino, hermanos de su madre, que estudió enfermería en Valladolid, que fue enfermera durante la guerra por la zona de La Robla (acabada la guerra regresó temporalmente a Sosas con un perro que le habían regalado y que atendía por Trosky o Lenin o algo parecido). También trabajó en la Fiscalía de Tasas, no sé si antes, después o en medio.

Lo que sí es seguro que desde León pilotó el desembarco en la capital del resto de hermanos según se narra en El vaciamiento de Omaña. Los primeros tuvieron que malvivir en pensiones o casas de gente conocida o medio parientes, hasta que tía María pudo alquilar el piso familiar de la calle Ramiro Valbuena que inicialmente tuvieron que compartir con algún huésped para poder costear la vida en la capital de los hermanos que no paraban de llegar del pueblo. Algunos hermanos estudiaron en colegios de frailes dentro y fuera de León, lo que no suponía escapar del control firme de tía María. Cuando tío Emilio estudiaba Medicina en Madrid pasó una etapa algo distraído de los estudios que resolvió tía María con una visita que debió ser muy convincente pues no hubo más despistes. No era un afán de control sin más, se trataba de asegurar que no se desperdiciaba ni un ápice del esfuerzo que estaban haciendo los abuelos y ese era el empeño de tía María supervisando todo y a todos con mano férrea y que no sé si siempre fue entendido así por los “vigilados”.

En la misma calle abrieron una tiendecita de mercería donde también se recogían puntos a las medias, no sé si con la intención de dar ocupación a alguno de los hermanos venidos del pueblo o por influencia del pasado de cantineros y negociantes de sus abuelos paternos en Posada o los maternos en Sosas del Cumbral y Vegarienza. El negocio fue tan raquítico que cerró al poco y su padre, el abuelo Emilio que con su exiguo sueldo de maestro de Sosas del Cumbral tenía que sustentar a la familia que aún quedaba en el pueblo y además financiar aquella aventura comercial, lamentaba el mal negocio emprendido diciendo “si hubiéramos puesto una sombrerería, los niños habrían comenzado a nacer sin cabeza”. Probablemente quería enfriar cualquier otra veleidad empresarial porque lo suyo siempre había sido desborricar chavales en el pueblo y destripar terrones con el arado y pensaba que los hijos tendrían que ir paso a paso, como así fue bajo la dirección estricta de la tía María, y no convertirse de la noche a la mañana en empresarios igual que sus tíos Paco y Bernardino que debieron contar con la importante ayuda de su padre, el bisabuelo Bernardino, un negociante avezado. Él solo era un pobre maestro, pluriempleado como campesino en tierras de poco dar.

Quizá lo de la tiendecita fue el único tropezón de tía María en el extenso plan de transformación de una familia campesina en trabajadores por cuenta ajena. Con todo, su opinión era tenida muy en cuenta y constituía una fuente de autoridad. Tras lo que decían los abuelos, valía la opinión de la tía María. Recuerdo que cuando en la familia se estaba a punto de tomar una decisión importante ya fuera a nivel familiar o que afectaba a alguno de los hermanos, se esperaba con impaciencia y quizá con cierta preocupación del involucrado a que tía María opinase y, casi casi, sentenciase.

Cuando pasábamos por León recuerdo el trajín que había en aquella casa, unos ya trabajando, otros estudiando, alguno expectante y otros de paso. A veces revoloteaba por allí una amiga y compañera de trabajo de tía María, creo que se llamaba María Luisa, alegre y risueña que junto con la tía María representaban un estilo diferente por su indumentaria nada pueblerina, labios pintados, cierta soltura en el caminar y los ademanes y un desenvolvimiento que no me parecían de la familia. No sé si reflejaban una cierta modernidad que empezaba a despuntar en el país o la pura actitud de mujeres con expectativas de encontrar pareja, cosa que no recuerdo sucediera nunca, y que desde luego a mí me parecía bastante alejada de la discreción en el atuendo y el deseo de pasar desapercibidos que caracterizaba al resto de la familia. Quizá fuera que la tía María, aun compartiendo el sentimiento religioso común a toda la familia no lo había llevado al extremo de estar por encima de todo pensando en la salvación del alma y mantenía un sano equilibrio entre el quehacer terrenal y los asuntos de la religión.

Cuando todo estuvo organizado, pues todos los hermanos menos tía Milce estaban fuera del pueblo trabajando o estudiando, vivió unos cuantos años en Brasil trabajando como enfermera sin dejar por ello de estar pendiente de lo que sucedía en España. Desde allí dio cierta cobertura a tío Pepe cuando a su vez decidió emigrar, impaciente por no encontrar plaza de veterinario en León, primero a Brasil y luego a Perú. Recuerdo que cuando María regresó, además de un deje mezcla de omañés y carioca, trajo como regalo figuritas de madera y artículos de cuero que tenían grabado a fuego la leyenda “Lembrança do Campos do Jordao”. Aunque reconozco que no era difícil adivinarlo, tardé tiempo en entender que Lembrança quería decir recuerdo y ahí se me quedó grabado. En 2012 cuando comencé a publicar mis recuerdos en este blog, decidí tomar esta sonora palabra como título.

Ya en España retomó su trabajo de enfermera llegando a ser jefa de enfermeras en la residencia de León y era frecuente oírle contar alguna anécdota. Recuerdo una que me pareció muy graciosa de la época en que la gente emigraba a Alemania para trabajar y unos médicos alemanes les reconocían antes de viajar. Uno que iba a auscultar a una mujer le dijo “Descúbrase, señora” y ella ni corta no perezosa se quedó en pelotas pero con el bolso en la mano cogido firmemente. Alarmado, el médico le dijo “Pero, señora, a dónde va usted”, a lo que la mujer, eufórica, le respondió “A Alemania, doctor, a Alemania”. Abundaban las risas cada vez que las mujeres de la familia oían contar esta historia.

Su temperamento decidido debió reforzarse por toda una vida mandando y organizando dentro y fuera de la familia. No sé sí de ahí le venía el tono seguro y algo autoritario de su voz que yo percibía con resonancias metálicas, aunque desde luego era una mujer afable, de risa fácil, siempre dispuesta a ayudar y de buen trato, pero sin perder el control de la situación en ningún momento.

Salvo tía Milce que permaneció junto a sus padres hasta agotar la etapa campesina de la familia que venía de siglos, el resto de los hermanos orientó su vida lejos de las tierras y del ganado. La salida de los hermanos de Sosas del Cumbral transmutó a nueve pueblerinos en tres maestras, una enfermera, un médico, un veterinario, un técnico de Correos y un facultativo de Minas. Menos mi madre que no ejerció nunca de maestra, todos los demás se ganaron la vida con sus profesiones y ni ellos ni sus descendientes volvieron al pueblo salvo de vacaciones. El desgaje del pueblo iniciado por tía María fue drástico y si hubo algún arrepentido o nostálgico, no tuvo el valor de volver al terruño. Allí estaban todas las fincas del abuelo esperando que alguien mirara para ellas, pero hay caminos sin retorno. Algunos nietos y biznietos vieron por primera vez una vaca de verdad en vacaciones, como si se tratase de una especie en extinción. Lo que realmente se había extinguido era una forma de vida que permanecía casi sin cambios desde antes de la Edad Media. Un estilo de vida que se esfumó en una sola generación. Y de este cambio drástico tía María no tuvo la culpa, solo fue el detonante, con su ¡Ya no aro más!, y conductora del proceso que también se produjo en infinidad de familias de Omaña y en todo el país. Seguro que en Omaña otras personas dijeron frases igual de rotundas que el ¡Ya no aro más! de la tía María.

Casi tres generaciones después es difícil afirmar que aquel proceso de emancipación del campo, seguramente inevitable, fue acertado al cien por cien. Es cierto que se accedió a una vida menos esclava, más llevadera y durante unos cuantos años parecía que iba a ser un camino de progreso sin fin. Pero en lo que llevamos de siglo veintiuno el mundo del trabajo se ha emputecido de tal manera, que algunos biznietos de aquellos campesinos que emigraron a la ciudad tienen unos empleos tan precarios y tan dependientes de decisiones empresariales que nada tienen que ver con cómo desempeñan su trabajo, que quizá alguno prefiriera la vida de sus tatarabuelos en la aldea, esclavos de los animales y pendientes de la meteorología pero llevando una vida digna y autónoma. Aunque no sé si habría sitio para tantos.

Lo he pensado muchas veces y me hubiera gustado hablar con la tía María (no sé por qué siempre llego tarde a preguntar) de esta consecuencia indeseada de la emigración familiar que ella lideró y si, sabiéndolo, su ¡Ya no aro más! hubiera sido tan rotundo. ¿O tan solo fue que andar delante de las vacas durante horas, la trastornó mucho como a mí me sucedía?

Tía Maria con uniforme de enfermera.

Tía María con uniforme de enfermera.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La tía Milce y el coronavirus (el fuego purificador)

La tía Milce

La tía Milce

Es 10 de Marzo de 2020, víspera de que los hospitales de Madrid dejen de atender en consultas y operar todo lo que no sea urgente o grave por la amenaza del coronavirus, ese bichito que vino de Asia y lo ha trastocado todo. Todo parece normal aparte de alguna gente con mascarilla. Deambulando por el hospital, uno de los lugares que frecuento, me sorprendo pulsando los botones del ascensor con el dedo doblado o abriendo la manilla del aseo con el mango de la muleta o con el codo. Inevitablemente me acordé de tía Milce.

Himilce de la Calzada González, familiarmente tía Milce, era la segunda de los diez hijos que tuvieron mis abuelos maternos y desde que recuerdo siempre vivió con ellos, aunque recientemente he visto una foto con una indumentaria que no se correspondía con la habitual de Sosas del Cumbral y he sabido que hizo unos cursos de primeros auxilios y que trabajó en el hospital del Niño Jesús en Madrid, antecedentes que me cuadran con que fuera ella quien ponía las inyecciones en casa de los abuelos. No sé si fue durante esta época cuando comenzó su obsesión por la limpieza extrema, por la asepsia, o fue una reacción provocada por el contacto continuo con animales domésticos que eran auténticas fábricas de excrementos: boñigas inmensas de vaca, oblongas caballunas que se recogían para complementar la comida de los cerdos (ver Síndrome de Diógenes) y que ellos devolvían en forma de abundante estiércol que no recuerdo si tenía una denominación específica, las gallinazas de las aves de corral, cagalitas de cabras y ovejas, etc, etc. Unos daban leche, otros huevos, otros jamones, otros lana, otros….. y todos sin excepción producían mierda de todos los tamaños, colores y texturas con la que había que convivir, que a diario había que limpiar y almacenar en el estercolero pues sin tales sustancias las tierras de solano darían espigas de centeno muy magras, según el dicho “boñigas hacen espigas”. Es lógico pensar que tanta porquería con la que estaba obligada a convivir a todas horas, pudiera haber provocado un rechazo tan extremo.

Tía Milce era la encargada del ordeño y acudía cada mañana y cada noche a la cuadra llena de aprehensión, con un caldero, un paño blanco y una cañada para aliviar las ubres de las cuatro o cinco vacas del abuelo, a la luz vacilante de un precario farol de aceite. Calzaba madreñas que evitaban el contacto directo con el estiércol y un pañuelo negro en la cabeza que le cubría ambos mofletes para protegerse de los rabotazos, inevitablemente manchados de restos de boñiga y orín, que prodigaban las vacas incomodadas por los tirones acompasados con que tía Milce les exprimía los tetos. Cada vez que llenaba la cañada vertía la leche en el caldero tamizándola a través del paño blanco y que luego en la cocina volvería a colar de forma más minuciosa. Hiciera frío o calor, terminaba de ordeñar con prisa por acercarse a la cancilla de la huerta donde confluían los ríos Baltaín y Omaña para limpiarse a fondo de tanta inmundicia.

De tanto frotarse tenía el cutis brillante como un espejo y las manos hinchadas y agrietadas por los sabañones, inevitables de tanto lavarse en el agua helada del río hasta no sentirlas y que después de las abluciones intentaba reanimar acercándolas a la chapa de la cocina de leña. Era la misma agua helada donde lavaba la ropa de la casa incluso en invierno, con aquel jabón áspero que la abuela fabricaba con todo tipo de desperdicio graso, huesos y sosa cáustica, muy eficaz con la colada pero que agravaba aún más su ya maltratada piel.

El jabón no era suficiente para sentirse limpia. No lo presencié nunca pero parece que, con gran alarma de la abuela porque se quemase o provocase un incendio, a veces encendía papeles y pasaba las manos y los antebrazos por las llamas en un rito extremo de purificación. No sé si además de esterilizarse la piel, al modo en que la abuela desinfectaba las agujas con que extraía los pinchos de cardo o gatiña de las curtidas manos del abuelo, era una especie de entrenamiento para los rigores del Infierno del que toda la vida intentó huir a base de rezos. Con la duda permanente de si las oraciones serían suficiente para ganarse el salvoconducto hacia el Cielo o si tendría que comparecer ante Pedro Botero, amo de las calderas infernales, más valía estar entrenada en eso de la chamusquina. Cada vez que oí el chiste de un infierno donde los pecadores vivían en una piscina llena hasta al cuello de mierda y que cada poco un diablo pasaba una inmensa guadaña al ras por encima de las cabezas, me acordaba de tía Milce. Nunca se lo pregunté, pero probablemente a ella le hubiera aterrorizado más la piscina con mierda y la guadaña que obligaba a sumergir las cabezas, que las llamas con que nos pintaban el infierno como summum de los martirios.

Siempre la recuerdo trabajando, tejiendo, rezando o lavándose. Esas manos maltratadas por excesiva higiene y la esterilización a fuego, tenían que empuñar con fuerza el escavín para quitar las malas yerbas de los pies de la patata o la hoz para segar el centeno o sujetar el cepillo de raíces con el que blanqueaba las maderas de pisos y escaleras ayudándose de agua y lejía que le quemaban la piel indefensa pues los guantes de goma aún no se habían inventado.

Salvo en verano cuando los sobrinos la sustituíamos, también era la encargada de llevar a pastar a las vacas mañana y tarde, incluso sábados y domingos, ir a la fuente a por agua y todo tipo de recados más propios de niños. Además ayudaba al abuelo en las tareas del campo y era la encargada de subirse al carro para organizar las forcadas de yerba seca que nosotros le aupábamos hasta conseguir darle un volumen similar al autobús de línea. Entretenía las largas horas de pastoreo tejiendo a ganchillo cantidades ingentes de hexágonos o cuadrados con los que formaban primorosas colchas, tapetes y fundas de cojines o metros y metros de puntilla para ribetear servilletas y manteles o tejía artísticos paños para colocar en el respaldo de sillas y brazos de sillones o debajo de jarrones y candelabros de la iglesia.

Cuando llegaba a casa después de estar con las vacas o ayudando en otras tareas del campo, mientras los demás se daban un respiro, ella sucumbía a su necesidad de limpiar y de estar limpia. Se la veía atravesando a la carrera el corral y la huerta camino del río a lavarse o lavar algo. Cuando volvía evitaba mancharse abriendo las puertas con la mano usando el antebrazo o el codo (como hago yo ahora en el hospital por miedo al coronavirus), pero antes de llegar a casa ya había tocado algo con las manos y vuelta a lavarse al río, en un trajín interminable. Para ella tener las manos limpias era vital y se la podía ver de pie apoyando en las caderas la doblez de la mano y el antebrazo, una postura forzada que solo adoptamos los “normales” con las manos sucias de pintura o algo así.

En verano, cuando las tareas eran más intensas y el calor apretaba la necesidad de higiene se incrementaba y la sorprendíamos de vez en cuando en un rincón apartado del río bañándose en enaguas, el traje de baño habitual de las lugareñas que también vi usar a Mari la de Carola y alguna prima, con el consiguiente enfado por su parte al sentirse descubierta.

Esta obsesión por la limpieza provocaba que a veces la riñeran con una cierta severidad, lo que se traducía en un enfurruñamiento por su parte, pero no por ello desistía de la obsesión que no podía controlar. La limpieza extrema era una obligación más, una pesada tarea añadida a toda una vida dedicada a ayudar a sus padres, no sé si por decisión propia o por la obediencia debida a los progenitores, tan vigente entonces. Progenitores tirando a severos, a los que se trataba de usted y se profesaba un respeto y obediencia extremos, casi bíblicos. Mientras el resto de hermanos estudiaban, creaban familias y tenían trabajos más llevaderos, ella dedicó casi toda su vida a acompañar a los abuelos. El sacrificio de un hijo permaneciendo al lado de los padres y renunciando a su propia vida en beneficio de los demás hermanos, era algo habitual en las familias y seguramente no siempre reconocido y agradecido. Nunca la oí quejarse por ello, ni disputar o meterse con los demás. Trabajaba de forma incansable y solo necesitaba algo de tiempo para el aseo y para sus rezos.

Porque, siguiendo la tónica familiar, su otra obsesión era ser buena cristiana de misa diaria y rosario y estoy seguro que mientras tejía y vigilaba de reojo a las vacas, rezaba y meditaba sobre cómo ser mejor. Cuando por la noche, cansada de trajinar, se ponía a rezar o leer, tardaba horas en pasar una página o rezar un misterio pues se dormía y tenía que volver a comenzar. La recuerdo con mucho recogimiento, los ojos entrecerrados y musitando las oraciones con los labios como haciendo un puchero, en aquellos rosarios en penumbra en los que participábamos toda la familia. A la primera cabezada de tía Milce los sobrinos estábamos pendientes de cómo entraba en sucesivos trances de los que salía como con estupor y algo asustada por semejante flaqueza de espíritu y cómo recuperaba el aire de recogimiento mientras avanzaba las cuentas del rosario por las avemarías que calculaba se había saltado en la ensoñación. Los sobrinos malandrines intercambiábamos sonrisas maliciosas sin reparar en lo cansada que estaría del trabajo diario y seguro que alguna vez fuimos un poco injustos con nuestras bromas o tomaduras de pelo inmerecidas. Disculpa, tía.

Muerto el abuelo, la abuela y tía Milce fueron a vivir a León con las otras tres hermanas solteras y allí trabajó en una fábrica hasta la jubilación. Entre que tenía mucho tiempo ocupado, que el río no estaba tan a mano y que los excrementos se habían quedado en Vegarienza, parece que la manía por la limpieza remitió.

Los últimos diez o quince años los vivió en un ensimismamiento que no la impidió enterarse de todo lo que sucedía a su alrededor. Dedicaba buena parte del día a leer de manera repetitiva un libro de El hermano Rafael, monje trapense, que de tan releído se había desencuadernado y era un manojo de hojas sueltas. Si le dabas la entrada a una frase escogida al azar, ella la completaba de memoria. No sé si trataba de exprimir al límite las enseñanzas del fraile trapense o un método para mantener la cabeza ágil. No parecía consciente de lo mayor que era pues con noventa y muchos años cada vez que sus hermanas Pili y Tere, bastante más jóvenes que ella, salían de casa les preguntaba preocupada por si ellas no volvían, “¿Creéis que os volveré a ver?” Murió con 99 años como había vivido, mansamente, sin dar la mínima lata.

Si el malhadado coronavirus se hubiera encontrado de frente con la tía Milce, no creo que hubiera sido capaz de llevársela por delante, de tan limpia, bruñida y desinfectada como estaba siempre. Ciertamente el cuerpo de tía Milce era el espejo de su alma, obsesionada por su salvación pero limpia, sin dobleces, sin rencor. Si acaso algún resquemor con la vaca Garbosa por sus certeros rabotazos que la ponían perdida de boñiga cuando la ordeñaba. Tía, espero que al otro lado de la vida hayas encontrado por fin el reposo necesario en un sitio sin polvo ni manchas y por si acaso un río cerca, transparente como el Omaña y con aguas más templadas a poder ser, quizá lo más parecido al Cielo que pudiste desear en vida.

Mujer ordeñando.

Mujer ordeñando.

Imagen tomada de: botanical-online

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Pepe “el Portu” (filósofos de cantina)

Pepe "el Portu"

Pepe “el Portu”

Nunca he entendido como están organizados los foros de los pueblos de Omaña, Laciana y Babia de verpueblos.com. Entro cada vez que un email avisa que se ha publicado algo nuevo y allí estoy un rato husmeando entre fotos antiguas y comentarios. A veces doy un primer vistazo y dejo para más adelante leer con detenimiento los comentarios. Cuando vuelvo sobre el tema el enlace ya no apunta a la foto o comentario que me interesaba y soy incapaz de encontrarlo. O soy un torpe o este foro es muy enrevesado. También puede ser que cambie adrede la primera página para que salgan a la luz fotos y comentarios antiguos y así provocar nuevas reacciones de los visitantes. Me pasó la semana pasada cuando lo primero que vi en el foro de El Castillo fue una foto de “El Porto” que había sido publicada hacía cuatro años, junto a muchos comentarios elogiosos. Yo había incluido algún pasaje sobre él en varios puntos del blog, pero enseguida que vi la foto tuve claro que Pepe merecía tener su propia entrada en la galería de personajes omañeses.

Me chocó que todos los comentarios se refirieran a él como “El Porto”, porque yo siempre entendí que era “Pepe el Portu”, por su ascendencia portuguesa y así le nombraba yo. En el foro se decía que su padre participó en la construcción de la carretera. Pepe el Portu fue el único portugués que conocí por entonces, aparte de los maderadores que aparecían por allí cada vez que alguien les llamaba porque necesitaba vigas para rehacer el maderamen de un pajar quemado en las últimas majas, ya que dominaban la técnica de convertir un tronco de árbol en vigas y tablones (oficio que los franceses denominan scieur de long por su maestría para aserrar los troncos en toda su longitud), ayudándose de unas enormes tronzas y cuerdas teñidas de azul para marcar los cortes sobre el tronco. Siempre me parecieron discretos y habilidosos. Nada que ver con la fama de exagerados y torpes que los mayores se empeñaban en imbuirnos cuando contaban que para que aprendieran a desfilar en la mili de Portugal les colocaban una polaina de cuero en la pantorrilla derecha y que la orden de marcha era “o coiro, o non coiro, o coiro, o non coiro……”, mientras que a las lumbreras hispanas era suficiente con decirnos “izquierda, derecha, izquierda….”. Maledicencias de vecinos chismosos. Supongo que Pepe el Portu oiría esta broma infinidad de veces y maldita la gracia que le haría. Pude comprobar personalmente que los maderadores eran gente habilidosa, seria y muy cumplidores en el trabajo. En Los oficios describo con cierto detalle cómo recuerdo haberles visto realizar su trabajo en el prado de El Valle, camino de Sosas, preparando las vigas con las que Humberto convirtió la cocina vieja de casa de mis abuelos en una casita adosada a la principal.

Técnica de los maderadores portugueses para aserrar a lo largo

Técnica de los maderadores portugueses para aserrar a lo largo

El Portu tenía fama de buen pescador y yo lo veía muchas mañanas, poco antes del mediodía, pasar por delante de casa de mis abuelos en Vegarienza a caballo de una bicicleta que conducía con una sola mano mientras sujetaba con el codo doblado del otro lado la caña de bambú enteriza que llevaba al hombro y con la mano sujetaba un cigarro de picadura que acercaba a los labios cada poco. Alpargatas azules, boina calada hasta las cejas que a duras penas conseguía contener su abundante cabellera negra, cesta de mimbre al hombro y una indumentaria algo desastrada completaban su atuendo. El desnivel constante de la carretera, quizá unos pulmones más gastados de la cuenta y probablemente que sabía que a mediodía no era la mejor hora para pescar, hacía que su marcha fuera parsimoniosa. El esfuerzo carretera arriba hacía que su rostro pareciera más coloradote y congestionado de lo habitual. Vivía en Guisatecha y como el río estaba acotado hasta el puente de Vega, salvo que alguien le pagara un permiso de coto para que le pescara unas cuantas truchas para un convite, se veía obligado a desplazarse hasta Vega o Aguasmestas para pescar en la zona libre del río. Yo le vi pocas veces en el río y muchas en las cantinas.

Y tiene una cierta lógica, pues de todos es sabido lo voluble que es el apetito de las truchas omañesas y Pepe El Portu, que las conocía mejor que nadie, cuando veía que las truchas no entraban a sus engaños no se entretenía aporreando el río como hacíamos los aficionados. Entonces se plantearía la disyuntiva de sentarse en la orilla hasta ver cebarse de nuevo a las truchas o volver hasta su casa, echar un rato por allí y volver al río más tarde. Además que tanta humedad podía ser mala para la salud lo primero debía ser aburrido y lo segundo ni pensar en ello (porque…. ¡joder lo lejos que quedaba Guisatecha!), lo más sabio era esperar en casa Selima o en la venta de Aguasmestas donde siempre había alguien con quien pasar el rato hasta que fuera hora de volver al río. También tengo la impresión de que al pasar por delante de casa Selima muchas veces debió sucumbir a la invitación de sus colegas a hacer un alto, incluso antes de verificar si las truchas picaban o no. Después de casi una hora pedaleando desde Guisatecha y el último calentón de la cuesta entre la casa del herrero y la de Selima, a ver quién era el majo que resistía la tentación de refrescar el gaznate por el que ni siquiera habría pasado el desayuno.

En aquellos lugares además de contar y oír historias también se bebía y entre que él no debía comer mucho y que consideraba, según aseguran en el foro de El Castillo, que el vino “…le servía de comida, bebida y además le calentaba el cuerpo….”, ¿quién sería el guapo en resistirse a una dieta tan completa y condensada? Más de una vez debió olvidarse volver para el río, para suerte de las truchas. Tras tantos ratos dedicados a la conversación en la cantina, no sé cómo era capaz de encontrar el camino de vuelta a casa ni a qué hora volvía. Lo digo porque yo le vi subir carretera arriba muchas veces, pero no recuerdo haberle visto nunca volver hacia abajo. No sé si la conversación y el libamiento le retenían hasta tarde en la cantina o que acostumbraba a pescar al sereno hasta muy avanzada la noche, con lo que pasaría por delante de nuestra casa cuando todos dormíamos. Seguro que cualquier disculpa sería buena para demorar el regreso a su casa desvencijada y fría. Con lo calentito y acompañado que se estaba en las cocinas-cantina de Selima y Pacita.

En casa Selima se le veía alternando con Pepe el del Taruco, Eduardo el de Santos y otros. No en el bar que era para el público en general sino en la cocina, como la gente de confianza, mientras Selima trajinaba en el fogón, en una esquina de la mesa el cacharrero despachaba su cena y Maxi gateaba por allí pendiente de las gracietas que le hacían los mayores. Alguna vez vi como el Portu se despachaba un puñado de bicarbonato para acallar la acidez que le atormentaba de tan poco comer y mucho beber aquel vino cuya reciedumbre se reforzaba con la pez que sellaba los pellejos donde lo almacenaban.

Tomás, Pepe el de Faustino y yo solíamos salir a pescar a media tarde río arriba, con la intención de convertir las truchas en dinero y que Pepe lo multiplicara en la timba de casa Pacita en Aguasmestas y allí coincidimos muchas veces con Pepe el Portu. También se le podía ver por casa Sandalio en El Castillo, aunque quizá allí fuera más por afición que por una pausa obligada por la inapetencia de las truchas.

Nunca lo vi en casa de Joselín donde yo entraba solo cuando en casa Sandalio no tenían lo que me habían mandado comprar. Y las pocas veces que entré lo hice con la sensación de estar trasgrediendo una regla no escrita pero que siempre percibí muy vigente, que consistía en que si entrabas en casa de Sandalio no debías hacerlo en la de Joselín. Esta regla no estuvo tan clara en Vegarienza mientras el Secretario tuvo el bar abierto, pero en general el que iba al bar del Secretario no entraba en casa Selima y al revés. Mi percepción, seguramente errónea, era que las casas de Joselin y de Selima eran más para profesionales del bebercio, para los bebedores empedernidos, mientras que casa Sandalio y el bar del Secretario eran para gente más “normal”, menos dependientes del vinazo. Probablemente esta apreciación mía tenía algo que ver con el activismo moral imperante que obligaba a dividir a la gente entre buenos y pecadores, entre los que bebían basicamente agua y si acaso un vermut los domingos al salir de misa y los que necesitaban el vino como combustible vital.

Como apoyo de esta estrambótica teoría estaba que casi todos los días a última hora de la tarde veía partir de Vegarienza a Floro, don Pedro el médico y alguno otro que no recuerdo en dirección a El Castillo, pasaban de largo por delante de casa Sandalio y se aposentaban diez pasos más allá en casa Joselín. ¿Era esto una confirmación de la regla que mencionaba antes o es que el vino de Joselín era muy diferente o el trato muy distinto? No lo sé ni soy un experto en bares, pero siempre creí que esas distintas querencias por las cantinas eran ciertas. Probablemente Pepe el Portu habría sabido darme una documentada explicación.

En el foro de El Castillo se alababa justamente la pericia pescatoria de el Portu, atribuyéndole incluso la invención del arte de “la pesca al garbanzo” que se hacía con una forqueta, modalidad de la que nunca oí hablar y no me extrañaría que fuese una broma de el Portu. Según cuento en El río Omaña si sé que el Portu pescaba

…con cebo natural, lombriz, maraballo o gusarapa, y con mosquitos artificiales que el mismo fabricaba. Decían que cuando estaba pescando y veía volar una mosca de mayo, sacudía la caña y el nylon como si fuera una tralla y la mosca se posaba mansamente en la punta de la caña. Él la cogía, la ensartaba en el anzuelo y conseguía una trucha bien gorda, pues no había una sola que resistiera la tentación de tragarse aquel insecto transparente de color verde suave, que pataleaba y revoloteaba sobre el agua”.

No sé si el Portu dominaba las artes de pesca prohibidas como el trasmallo o la tiradera, si pescaba a mano con tanta pericia como lo hacía su madre según afirman en el foro o si usaba el ferpón. Quizá no, pues no recuerdo que tuviera incidente alguno con la Guardia Civil o con el guarda ríos, algo que terminaba sabiéndose. Ni a qué se dedicaría cuando las truchas empezaron a escasear en el río Omaña.

Por el foro sé que se llamaba José María Martínez Rabanal. Ni rastro de ascendencia portuguesa en sus apellidos, pero independientemente de la influencia de esta componente genética se podría decir que Pepe el Portu era omañés como el que más. De la misma Guisatecha, donde no recuerdo que hubiera cantina pero sí que el río estaba acotado, lo que le obligó a pescar por encima de Vegarienza. Y por el camino oía, insistentes, cantos de sirena que salían de las cantinas. Así fue como aquel maestro en el arte de la pesca también se convirtió en experto en cantinas. Lo uno y lo otro requería predisposición, ser un artista y dedicación. Y a las cantinas el Portu le dedicó media vida. Gabinete Caligari cantaba “…bares, que lugares….para conversar….Jefe…sirva otra copita más…”. Pero en aquellas cantinas el vino no lo servían en copita. Junto al bote de bicarbonato te dejaban el jarro delante para que te sirvieras tú mismo, y como las truchas no se iban a marchar del río aunque te entretuvieras un poco y ¡se estaba tan a gusto en la cocina de Selima!, que…… Tiempo había para que la bicicleta te llevara, solita, hasta el áspero jergón de Guisatecha!

De no estar acotado el río a su paso por Guisatecha, ¿qué habría sido de el Portu?

Pepe “el Portu” rodeado de chavales en la puerta de casa Sandalio

Pepe “el Portu” rodeado de chavales en la puerta de casa Sandalio

Imágenes tomadas de: verpueblos.com/foro el Castillo (OctavioGarcíaGonzález y Aude), pstrimoine.hpy.free.fr

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El tío Emilio (un hombre ensimismado)

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

El tío Emilio fue el sexto de los diez hermanos de la Calzada y, como todos, nació en Sosas del Cumbral, en la casa-escuela donde su padre era el maestro. Él fue el primero en ponernos un mote a los sobrinos: yo era Carcoma en alusión a mi apetito desmedido, Fernando era Tiriti sin que recuerde el por qué y Eduardo, el más pequeño, era Fardel porque llevaba los pañales siempre cargaditos. Loli era Lirila, pero no sé si el mote se lo puso tío Emilio o lo hicimos los hermanos para que no se fuera de rositas.

Él y mi madre, que le precedía, fueron los primeros hermanos que los abuelos mandaron a León con la finalidad expresa de estudiar. Como aún no disponían de lo que luego sería la cabeza de puente para el desembarco del resto de los hermanos, el piso de Ramiro Valbuena, tuvieron que estar de alquiler en casa de unos conocidos compartiendo una habitación de dos camas con dos hijos de JoaquínEl Tremoriego” de Sosas, chico y chica, una cama para las chicas y otra para los chicos, al puro estilo omañés: una cabeza en cada extremo de la cama. Al año siguiente Emilio cambió aquella precaria pensión por los rigores de un colegio de frailes.

Cuando llegó la hora de la universidad se fue a Madrid y no sé si que sus tíos Paco y Bernardino fueran médicos pudo tener alguna influencia en que cursara Medicina. Siempre he escuchado que era muy inteligente. Quizá el estar sobrado de aptitudes para el estudio le hizo entretenerse con algún tema ajeno a la carrera, incluido una cierta dedicación a la poesía. Estas distracciones alarmaron a tía María, era la encargada por los abuelos de mantener el orden y la autoridad sobre los sucesivos hermanos que salían del pueblo para estudiar, que viajó a Madrid a restablecer el sano orden de las cosas que parece ya no volvieron a descabalarse nunca más.

Recuerdo que al término de las prácticas de milicias universitarias que hizo en alguna plaza africana con el grado de alférez, nos visitó en Roa de Duero y le trajo como regaló a mi madre, con la que creo estaba muy unido, una bolsa moruna de cuero y base redonda que se cerraba con unos cordones también de cuero y que nos acompañó en nuestras compras durante muchos años, incluidas las incursiones veraniegas a la búsqueda de huevos en los pueblos próximos a Vegarienza (ver Guardianes del camino). También le regaló, posiblemente con los primeros dineros que ganó como médico, una máquina de coser Alfa con la que mi madre consiguió vestir a once hijos a lo largo de muchos años sin que sufriera percance mecánico alguno. Aún hoy sigue en perfecto uso, silenciosa eso sí, a la espera que alguna de mis hermanas la herede. Una maravilla técnica ajena a la obsolescencia programada y, sin duda, la pieza más importante del ajuar familiar.

Cuando acababa el curso el tío Emilio regresaba a Sosas, se despojaba de su pátina de universitario y participaba como uno más en los quehaceres de aquella familia de labradores, no exentos de riesgo como cuando estuvo a punto de que se lo comieran los lobos camino de Manzaneda (ver El lobo), y en los ritos y costumbres de aquella sociedad tan tradicional y adaptada al entorno rural, donde las trastadas (ver A nateras y quesos) eran una forma de incorporar alguna diversión a la rutina diaria, aunque fuera a costa del escarnio de algún convecino.

Creo que fue el primer miembro de la familia en disponer de cierta holgura económica y cuando venía por Vegarienza siempre traía algún artilugio que nos asombraba, lo que no era muy difícil en aquel entorno tan tradicional donde cualquier elemento del ajuar o las herramientas habían sido inventados siglos antes. Podía ser una maquinilla de afeitar eléctrica (que no solía funcionar por lo escasos voltios que producía el generador de la Sierra), o una de reserva y manual a rodillos con la que se desollaba la cara. También fue el primero que trajo un transistor a pilas con el que intentaba inutilmente oír, debido a las montañas que nos rodeaban, lo que decían Radio Pirenaica y Radio España Independiente del régimen de Franco y su inminente caída.

Yo creo que aquel empeño por oír la radio era porque si Franco moría él no quería demorarse en saberlo. Y es que creo que era un poco rojo y descreído, una auténtica oveja negra en una familia tan de orden y cristiana, que no desperdiciaba ocasión de tomar el pelo a sus hermanas cuando las veía tan dedicadas a rezos y visitas a la iglesia, empeñadas en ganarse la otra vida en la que seguramente él, tan conocedor del aspecto puramente físico del cuerpo humano, no creía. No es de extrañar que su paso por la universidad de finales de los años cincuenta del siglo veinte donde ya existía un fuerte movimiento de oposición, basicamente promovido por el partido comunista, al régimen franquista y al sindicato universitario oficial, el SEU, le hubiera impregnado de ideas anti franquistas. Yo viví en ese ambiente estudiantil unos cuantos años más tarde y lo entiendo perfectamente. Creo que ninguno de sus hermanos estuvo en contacto con un entorno tan politizado, de ahí que se mantuvieran hasta el final como creyentes y políticamente conservadores. No sé cómo valoraba la familia el distanciamiento del tío Emilio de los asuntos religiosos y sus ideas políticas, pero no recuerdo haber presenciado ni discusiones al respecto ni reproches.

También fue el primero de la familia en tener coche. Era un seiscientos en el que todos los que nos montamos pasamos mucho miedo porque teníamos conciencia de lo que significaba la velocidad (algunos habíamos experimentado lo peligroso que era afrontar en bicicleta las curvas demasiado deprisa y terminar en las zarzas) pero que al tío Emilio parecía traerle sin cuidado. Durante la carrera de Medicina tuvo que familiarizarse con conceptos físicos tales como la presión, la gravedad, la temperatura, etc. Nadie debió hablarle de la inercia que tiende a sacarte de las curvas o él por su cuenta había decidido prescindir de tan importante parámetro. Así que mientras los pasajeros apretábamos el culo en las frenadas viendo como nos echábamos encima de camiones y autobuses o nos mirábamos asustados sin atrevernos a rechistar en las curvas de Omaña o de la carretera de Ponferrada, el tío Emilio tiraba impasible del volante para mantener al bólido en la trayectoria, se ayudaba inclinando un poco el cuerpo como si fuera un motorista, y ajeno al canguelo de sus acompañantes. Pudiera ser que nosotros fuéramos unos miedosos inexpertos en la materia, acostumbrados como estábamos a la pachorra del manso autobús de Beltrán y al bicicleteo, y que él hubiera evolucionado a técnicas de conducción desconocidas para nosotros. Esto añadía a la atracción que en aquella época suponía subirse a un automóvil, el morbo de las sensaciones de una montaña rusa. O nosotros los autobuseros enjuiciábamos demasiado severamente su manera de conducir o tuvo mucha suerte, pues no recuerdo que tuviera incidente alguno en aquellas carreteras salvo un encontronazo leve con una vaca.

Recuerdo, como si fuera hoy, el día que llegó en el rápido de Beltrán con la que sería nuestra tía Quinita para presentarla en familia. Era una morena guapa, alta y delgada, labios pintados de rojo intenso, sombra de ojos y rímel en pestañas, falda blanca finamente tableada, un niqui de punto a rayas azules y blancas bastante ajustado y zapatos de tacón tan alto que no sé cómo pudo llegar desde casa de Selima hasta la de los abuelos sin torcerse un tobillo entre las desiguales piedras de la carretera. Tuve la sensación de que nunca habíamos visto por allí una mujer como ella, pues me pareció una reina. Yo estaba tan deslumbrado por mi nueva tía que no percibí o reparé en las reacciones de mis abuelos y tías, tan discretos en su atuendo y sobrios en sus manifestaciones, ante aquella mujer que parecía llegada de otro mundo en el que lucir bella y atractiva era lo normal. Pero presumo que, al menos, debieron quedar muy sorprendidos por aquel exceso de espontaneidad. Tuvieron tres hijos que casi nunca aparecieron por Vegarienza en aquellos veranos omañeses tan superpoblados de nietos. Vivieron en un chalecito en Ponferrada donde el tío ejerció de cirujano y fue director del hospital-residencia de la Seguridad Social.

Hoy día todo cirujano debe especializarse durante años en una porción mínima del cuerpo humano ya sea el hombro, la mano, columna, etc. Entonces un cirujano era un médico todoterreno que había superado la aprensión a la sangre y que no le temblaba el pulso ante escenarios quirúrgicos más propios de un matadero o de una guerra. Su campo de acción abarcaba todo el cuerpo, desde la coronilla a los dedos de los pies. Sin más ayuda que acaso una radiografía, todo empezaba cogiendo el bisturí para dejar al descubierto el órgano a reparar, decidir sobre la marcha que hacer ante lo que veía, cortar y unir para terminar recolocándolo todo y cosiendo lo mejor y más rápido posible aquel batiburrillo de vísceras y músculos, confiando en que su ojo clínico y sus manos hubieran resuelto la dolencia. Y a esperar que el paciente no se muriera. A mí me operó de la uña gorda de los dos pies, algo que seguro no venía en sus libros de Medicina pero que él supo cómo afrontar para que dejara de ser un problema para mí.

Salvo cuando estaba de broma o tomando el pelo a alguien, era frecuente verle pensativo y ensimismado, como ausente y poco participativo en las conversaciones, ejecutando algunos tics como estirar el cuello o tocarse la mandíbula con el hombro y moviendo las manos sin finalidad aparente. A veces he pensado que él ensimismamiento pudiera deberse a un proceso mental de elaboración de estrategias para la próxima cirugía complicada que tendría que afrontar; que con el gesto del hombro reproducía cómo detener una gota de sudor que descendía por la barbilla mientras operaba y que el estiramiento del cuello era una forma de aliviar la tensión que se vivía en el quirófano por el esfuerzo físico y la responsabilidad de tener en sus manos la vida del paciente. Sus movimientos de manos podían corresponder con el ritual de lavado estricto de manos y puesta de guantes quirúrgicos ayudado por una enfermera. Gestos repetidos en el quirófano miles de veces, que se habían convertido en tics en su día a día fuera de la sala de operaciones. Obviamente se trata de una especulación, pero encajaría con un entendimiento obsesivo de su trabajo de cirujano, que tengo entendido que le llevó alguna vez a coserse a sí mismo alguna herida que se produjo, con toda sangre fría.

Siguiendo en el terreno especulativo, otra posible explicación a esa actitud ausente y poco participativa, pudiera ser haber asumido que su posicionamiento en lo político y religioso era tan incompatible con el ideario familiar, que debía evitar a toda costa que afectase al buen clima reinante. Conozco estas situaciones familiares en las que discutir acerca de lo que cada uno cree solo produce, en el mejor de los casos, melancolía.

Con mis otros tíos yo tenía mucha familiaridad y seguro que a veces debí resultar un poco cargante intentando que me prestasen atención. Con el tío Emilio a veces tuve la incómoda sensación de que mis preguntas o comentarios de imberbe estaban de más, pues él estaba a lo suyo, dándole vueltas en el caletre a cosas que le preocupaban. Era la ecuación perfecta, un tío ensimismado y un sobrino tímido y apocado que hacía que a veces los silencios fueran casi dolorosos.

Su conocida tendencia política, tan poco saludable en aquella época, y que no disimulaba lo más mínimo, le trajo algún problema judicial. Por esas ironías del Destino, luego fue médico militar y tuvo un papel destacado como cirujano en un hospital militar de Madrid. Cuando Franco murió, algo que durante tantos años esperó impaciente que anunciara Radio Pirenaica, no sé cómo lo celebró o si cuando sucedió ya sus inquietudes políticas se habían sosegado.

Cuando murió, su cadáver fue velado en su hospital militar. El Destino está siempre ahí dispuesto a ponernos en evidencia y, en una última pirueta, hizo que el tío Emilio fuera despedido por familiares y amigos en una institución militar, algo que nunca debió imaginar en sus años de disidencia y rojería. Así somos, muy vehementes en ocasiones sin reparar en que quizá la vida nos ajustará cuentas y contradecirá a la primera ocasión. Como nos ha pasado a casi todos, que coqueteamos con el progresismo en la universidad y de mayores viramos hacia posiciones menos comprometidas. De lo que no tengo duda, a pesar de la relativa distancia que imponía su actitud introspectiva, es que el tío Emilio, al igual que sus otros hermanos varones, fue para mí alguien a quien quise, admiré y deseé parecerme de mayor.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Mis rojos y nacionales (el drama dentro del drama)

Niños con el brazo en alto.

Nací a los cinco años de terminar la guerra civil española y todo parecía estar en orden. Y en silencio. Cuando aprendí a leer fui incapaz de interpretar el sentido de la frase Caídos por España que encabezaba una lista de nombres en letras doradas adosados a la fachada de la colegiata de Roa de Duero en cuyo atrio jugábamos. En la escuela cantaba a diario con ímpetu el Cara al Sol mientras ponía mi mano en el hombro del compañero que estaba delante de mí en la formación, sin imaginar que aquel himno podía ser afrentoso para una parte de conciudadanos. No supe hasta bastante mayor que la música estridente del NODO que envolvía con aires marciales las inauguraciones de Franco era propaganda pura, el ruido que tapaba el silencio forzoso del medio país que había perdido la guerra. Salvo una foto del álbum familiar y una pequeña cicatriz en la muñeca de mi padre de un tiro recibido en la guerra, tampoco supe nunca cómo les había ido a mi familia en la contienda.

En León capital la oposición al levantamiento golpista del 18 de Julio de 1936 quedó neutralizada en pocas horas. El día 19 llegaron de Asturias, dispuestos a oponerse a los golpistas, varios miles de mineros a los que se les había prometido que en León les darían armas. El gobernador militar les entregó unos doscientos fusiles defectuosos después de que se comprometieran a abandonar la capital. Alejados los mineros, el día 20 la oficialidad militar y de Guardia Civil y de Asalto depusieron a sus jefes y a las autoridades civiles y locales, que fueron fusiladas el día 21. Con estas fuerzas ya de parte de los sublevados, a las que se unieron ardorosos voluntarios y falangistas, se inició de inmediato el control del territorio y la represión a los contrarios al golpe militar. Los nacionales recuperaron rapidamente la zona llana de la provincia, pero no consiguieron vencer la resistencia roja en la zona montañosa fronteriza con Asturias, quedando establecido en Agosto el denominado Frente Norte que pasaba por el puerto de Leitariegos y cruzando Laciana y Babia continuaba hacia el este.

La familia de mi padre vivía en León capital y quizá el clima de represión hizo que los dos hermanos mayores, Glicerio y Asterio, se vieran obligados a huir hacia el norte para salvar el pellejo. Mi padre Orencio que en 1936 cumplía 16 años, no sé si el comienzo de la guerra civil le cogió en el colegio salesiano o ya en periodo vacacional, pero, en cualquier caso, en territorio nacional donde supongo que no tardaría en ser movilizado. Fueron bien distintas las circunstancias que les tocó vivir a los varones de mi familia paterna. Todos participaron en la guerra, los dos mayores en la zona roja y el pequeño en la parte nacional

Asterio nunca volvió de la guerra y para mí ha sido solo un nombre sin cara, el único tío que jamás conocí. Creo que no se supo ni dónde murió ni en qué circunstancias. Sus hermanas Ita y Ante estuvieron en Asturias indagando sobre su paradero pero sin resultados. ¿Murió en combate o capturado, por los destacamentos que al caer Asturias y el Frente Norte se dispusieron en todos los caminos para interceptar a los miles de leoneses que regresaban a casa después de haber peleado por la República, y represaliado?

Frente Norte, represaliados. Sin ser entonces consciente de ello, con trece o catorce años yo pateé por motivos de trabajo durante semanas la zona de Babia entre el Puente de las Palomas sobre el río Sil y la Vega de Viejos que en algún momento debió ser territorio cruzado por el Frente Norte. En Florecillas de cuneta conté mis sensaciones al pisar sitios como el pinar de Piedrafita de Babia donde se decía que había enterrada gente fusilada por los nacionales durante la guerra o cuando me asomaba con reparo al Puente de las Palomas desde donde arrojaban al abismo a carretadas de personas vivas, directamente desde el volquete del camión. Eran rumores inquietantes que nos llegaban sobre lo que había pasado veinte años antes, pero no tuve nunca la sensación de conexión de aquellos destinos desgraciados con lo que le pudiera haber pasado a mi tío Asterio. Fue más adelante, a partir de la ley de Memoria Histórica, que se empezó a ubicar las fosas comunes en todo el país, a reunir datos sobre represaliados y a recuperar algunos cadáveres, cuando en varias ocasiones he buceado en distintas bases de datos a la búsqueda de información sobre Asterio García Alonso. Pero, nada de nada. No sé si  murió en combate y eso justifique que no aparezca en las listas de represaliados o, como tantos otros, fue arrojado de forma anónima a una fosa común o enterrado a la vera de un camino sin que nadie anotara el hecho. Qué más daba si, al fin y al cabo, era un rojo más.

Asterio García Alonso.

En 2014 mi prima María Guadalupe, hija mayor de Glicerio, me envió un trozo de foto donde aparece un soldado en posición de descanso, que en vez de apoyarse en un mosquetón sujeta algo tan poco amenazante como un escobón. Quizá la foto se hizo en una pausa mientras barría el acuartelamiento, tocado con el típico gorro militar con borla, bien ladeado sobre la cabeza. En la guerrera luce insignias que parecen ser del arma de Ingenieros, sección de aguerridos barrenderos debió ser. Qué imagen de soldado tan alejada del combatiente animoso que solía exhibir la cartelería bélica republicana y de las soflamas de uno y otro lado que requerían a la gente corriente alistarse para cumplir con el sagrado deber de luchar por esta o aquella patria. Es la perfecta imagen de la poca gloria que aportan las guerras, solo dolor y miseria. Por fin, tras mucho preguntarme por cómo habría sido mi tío, con setenta años le puse cara a Asterio.

Cuando se inició la guerra civil su hermano Glicerio trabajaba en el ayuntamiento de León como guardia municipal y probablemente esa fuera la causa de que tuviera que pasarse al lado republicano. Al igual que Asterio, hizo la guerra también en el arma de Ingenieros como telegrafista según puede verse en la foto. Cuando cayó Asturias, fue encarcelado en el barco prisión Upo Mendi durante un tiempo y luego pasó a la prisión en que se había convertido el monasterio de San Marcos de León, pesando sobre él pena de muerte. No sé bajo qué circunstancias pudo eludir la condena a muerte y quedar libre, supongo que estrechamente vigilado durante un tiempo, pero no cabe duda que tuvo mucha suerte tal como era el clima de ajuste implacable de cuentas.

Glicerio García Alonso (derecha).

Con mi padre siempre hablé muy poco. En concreto de la guerra o de su familia, nada de nada. Solo alguna vaga información de que había estado con los italianos. En 2006 cuando visité por primera y única vez su pueblo, Velilla de Valderaduey, conocí a Lupicinio, amigo de mi padre, que me contó emocionado que habían hecho la guerra juntos por la zona de Levante empotrados con las tropas italianas y cómo mi padre, que había conseguido un puesto en las oficinas del regimiento, le protegía asignándole puestos de bajo riesgo. La de Lupicinio es la única referencia directa que he tenido de la participación de mi padre en la guerra civil, aparte de una fotografía y su cicatriz de guerra.

Orencio García Alonso (derecha). Probablemente Lupicinio es el del centro.

No sé si a la finalización de la guerra siguió con los estudios o ya inició las oposiciones a Correos. La primera noticia cierta es que en Enero de 1944, con veinticuatro años, se casó con mi madre, lo que hace pensar que su paso por la guerra no dificultó el desarrollo “normal” de su vida civil. Murió muy joven en 1975, unos meses antes que Franco. De haber vivido más, ¿habríamos hablado algo de su paso por la guerra y de la historia familiar? No lo sé. A veces el tiempo derriba barreras de incomunicación y otras el mismo tiempo te deja sin tiempo.

Mi abuelo Lázaro, que había evitado ir a la guerra de Cuba previo pago, tuvo tres hijos en la guerra, en ambos lados de la contienda. Supongo que en la familia aquello se vivió como un drama dentro del drama general, con el único alivio de saber que al menos no habría cruce de disparos entre los hermanos García Alonso, ubicados en frentes distantes casi mil kilómetros.

Como se habrá podido apreciar, sé muy poco del paso de los varones de mi familia  paterna por la guerra civil. Y nunca sospeché que su participación en ella hubiera abierto una brecha entre los dos hermanos supervivientes. Era una familia en la que no se hablaba de las desventuras que motivaron su salida del pueblo y que parecía habían tachado de su vocabulario la palabra porvenir y donde yo percibía poca alegría de vivir. Que los dos hermanos no fueran especialmente efusivos entre ellos nunca me hizo pensar en nada raro. Tampoco lo era mi padre conmigo. Mi prima Mari en sus comentarios a lo que yo escribí sobre nuestra familia paterna (ver Mi otra Familia) en el blog Lembranzas, decía “sé del distanciamiento de tu padre hacía mi padre…cosa que dolió a mi padre toda la vida” y aventuraba que la participación en la guerra de los dos hermanos supervivientes en bandos opuestos afectó a su relación “tu padre se desvinculó de nosotros….tal vez por motivos….en los distintos frentes que pelearon en la guerra”.

Para mí fue una revelación que me dejó tocado porque, independientemente de que fuera más o menos acertada o ajustada la apreciación de mi prima, dejaba muy claro cómo lo había vivido una de la partes, la familia de mi tío Glicerio. Y me dolió saber que se atribuía a mi padre aquel deterioro en la relación entre hermanos por motivos ideológicos y no tener argumentos para rebatirlo, pues nunca intuí nada y jamás oí a mi padre manifestarse en uno u otro sentido sobre la situación política del país o que dejara traslucir estar a favor del régimen. Un historiador o un investigador deben esforzarse en describir los hechos en su justo término, pero los protagonistas tienen todo el derecho a contarlos tal como los vivieron y los sintieron. Siento de verdad que esto se haya sentido así en casa de mi tío Glicerio.

En cualquier caso, de ser cierto, no sería más que el trasunto de lo que aún sucede ochenta años después de la finalización de la guerra, cuando una parte del país hace todo lo que está en su mano para impedir que las familias de los perdedores de la guerra recuperen de cunetas y fosas comunes los cuerpos de sus muertos. O que aún hoy, más de cuarenta años después de su muerte, haya flores frescas cada día en la tumba del que acaudilló el levantamiento militar, símbolo de la añoranza que aún anida en el corazón de muchos. Me gustaría que todo fuera más sencillo y que los herederos de los herederos de aquellos denominados rojos dejaran de sufrir este persistente y cainita ajuste de cuentas de los nacionales recalcitrantes.

Como también me hubiera gustado encontrar alguna pista sobre el paradero de mi tío rojo, Asterio, y depositar sus cenizas al lado las de su hermano Orencio, nacional quiero creer que más por las circunstancias de donde le sorprendió la guerra que por su ideología. Rojos o nacionales, descansen los tres hermanos García Alonso en paz.

Imagen de cabecera tomada de: elmundo archivo EFE

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Cerrando el círculo – Rutas del pasado (recorridos con encanto)

2008 Convento de Santa María de Nájera. Esquema con los sepulcros de los reyes del reino de Nájera-Pamplona en el Panteón Real. Escudo de armas de Sancho Abarca (fachada).

Tras una vida profesional de no parar, el primer desafío que plantea la jubilación es no aburrirse. Se empieza por ordenar aquellas cosas que desde hace mucho se tenían abandonadas, como los miles de fotografías y diapositivas que dormían el sueño de los justos en las mismas cajitas y carpetas en que te las había entregado la tienda de revelado. Es una tarea que sin darte cuenta te adentra en los recuerdos de lo que ha sido tu vida y que se superponen a la melancolía de sentirte por primera vez un poco inútil. Cuando te das cuenta, te rebelas por semejante rendición anímica y decides que hay que imprimir mayor energía al porvenir. Por ejemplo, preparando como nunca el próximo viaje familiar. Los nietos cumplían cuatro, cinco y seis años y ya iba siendo hora de que se enterasen de los orígenes familiares y de cuan diferente era su mundo del que había vivido su abuelo hacía sesenta años.

Eufórico, me puse manos a la obra haciendo una especie de guión con lo más esencial que les quería contar. La energía de que me había imbuido y mi ánimo perfeccionista me llevó a desarrollarlo un poco más y al cabo de un mes tenía unas cien páginas repletas de recuerdos, con algunas fotografías intercaladas, que fue el germen de lo que hoy se puede leer en el blog Lembranzas. Ya tenía preparado todo el material necesario para el viaje familiar a León que haríamos a finales del verano de 2006. Visitaríamos Vegarienza, Sosas del Cumbral y Posada (origen de los de la Calzada) en el Valle Gordo, además del propio León y una visita rápida a El Bierzo. Hice un planing de actividades principales, hechos relacionados con cada lugar, cosas que ver y comer y una profusa lista de fotos que necesitaba para incorporar al escrito. Contenía actividades como “clases de tirar piedras al río“, ver y tocar todo animal doméstico que se nos pusiera por delante, montar en burro, contemplar la explosión de estrellas de la noche omañesa o excursión al campanario de Vegarienza, que me parecían sugerentes para niños que nunca habían estado cerca de un animal o tenido una piedra o un palo en su mano. La cecina, los fisuelos, empanadas y otras exquisiteces también tenían su hueco en los planes. Alquilamos un monovolumen para siete personas y allá nos fuimos a la espera de que los tres miembros restantes de la familia se reunieran con nosotros.

Mi madre sabía que Dolsé en Sosas del Cumbral aún tenía un burro, sin duda el plato fuerte del viaje, y le anunció nuestra visita. Cuando llegamos a Sosas engolé la voz y comencé a explicar cómo se herraban las vacas en el potro de herrar y cómo los chavales lo usábamos de aparato de gimnasia. Enseguida fui consciente de lo difícil que era explicar lo que era un pujavante y la complejidad de describir una herradura de vaca. Demasiados ademanes y circunloquios para niños acostumbrados a la inmediatez de los dibujos animados. Al poco mis nietos estaban tirando palos al río, observando excitados cómo pasaban flotando de un lado al otro del puente, mientras yo me preguntaba qué había fallado en mi exposición. Menos mal que el paseo en el burro Cubano fue todo un éxito y recuerdo la juerga de los adultos cuando el nieto mayor dijo señalando entre las patas traseras del burro los dos bultos negros que le colgaban, “Mirar, las tetas de Cubano“. A grandes expectativas, parejas decepciones y enseguida me di cuenta de que aún no era el momento para contarles a aquellas tiernas criaturas cómo había sido la infancia de su abuelo. A partir de ahí, escribir sobre mis recuerdos fue un vicio solitario sin más pretensiones que entretener el tiempo.

Sosas del Cumbral, Septiembre de 2006. Alex, Paquito y Diego montados en Cubano, el burro de Dolsé.

En cambio, cuando me interesé por la historia familiar de mi mujer, de la que apenas sabía nada, y propuse conocer sus lugares de origen, estuve siempre bien acompañado por ella, obviamente, y por una pareja de amigos, Antonio y Conchita muy viajeros ellos y él un enfermo de la historia de España, que siempre oficiaba de documentalista, guía y animador de cada una de las excursiones que hicimos hacía los lugares de los Vidal-Abarca, Servet, Rodero y Castel.

Empezamos en 2008 por La Rioja donde nos dimos un baño sobre los disputados orígenes del castellano. Del pretendido antepasado de mi mujer Sancho Abarca (ver Los Sánchez y Vidal-Abarca), lo más interesante fue visitar el monasterio de Santa María de Nájera apoyados en la profusa documentación y esquemas preparados por Antonio y atentos a sus explicaciones. Allí estaba la tumba del rey Abarca y su mujer Clara Urraca que figuraban en la base del árbol genealógico de la familia de mi mujer (ver Los `papeles de Blesa). No menos interesantes fueron las experiencias gastronómicas en casi todos los lugares como Haro y el tapeo en los alrededores de la Calle del Laurel de Logroño.

2008. Introducción histórica de la visita a La Rioja.Cuando en 2009 estuvimos por la provincia de Salamanca aprovechamos para acercarnos a San Felices de los Gallegos, lugar de origen de los Rodero (ver Los Rodero y los Castel). En los libros del ayuntamiento no encontramos ni rastro de los Rodero, quizá porque según nos dijeron pudieron inscribirse en Salamanca. Nos dijeron que en el cementerio había muchas lápidas con el apellido Rodero y allá nos fuimos por si podíamos concretar algunas fechas. Había varias lápidas con el apellido Rodero que la madre de mi mujer no reconocía. Su abuelo Emilio Rodero Lacalle firmaba como interventor general los billetes que emitía el Banco de España. Muy interesante la visita al castillo. En la vertiente gastronómica recuerdo las patatas revolconas y el cocido pantagruélico en Tamames, solo para gente recia y con ropa poco ajustada a la cintura.

A Cáceres, donde entroncaron los Rodero y los Castel y aún tiene familia mi mujer, hemos ido varias veces y siempre con muy buenas sensaciones. En la Plaza Mayor aún se encuentra la Farmacia Castel, que ya no es de la familia y que en 2012 todavía conservaba el aire de farmacia antigua. Imprescindible la visita al espectacular y bien conservado casco histórico y no pasar por alto las migas, las roscas de alfajores y la torta del Casar entre otras exquisiteces.

En 2015 estuvimos en la región de Murcia, tierra a la que llegó una rama de los Abarca, estando probado que los Vidal-Abarca ya vivían en 1578 en Alhama de Murcia. A primeros del siglo diecinueve llegaron a Murcia desde Cataluña los Servet, comerciantes en tejidos que se convirtieron en potentados y que fueron coetáneos de los Vidal-Abarca. De la tercera generación de Servet murcianos nace Ana Servet que casó con un Vidal-Abarca aunque ya solo fuera Sánchez de primer apellido. Lío de apellidos aparte, fue muy interesante la visita a Alhama de Murcia. Vimos la casa donde murió el último Vidal-Abarca, bisabuelo de mi mujer, y la finca Torre de la Paz, escenario del impagable relato Mis Recuerdos de Maruja Sánchez Servet, tía de mi mujer, sobre las peripecias familiares durante la guerra civil. Muy entretenida la visita al museo marítimo de Cartagena y constatación del poderío de los Servet ante La Casa del Reloj de San pedro del Pinatar, entonces su residencia de verano y hoy restaurante.

Para este año de 2018 ya tenemos esbozada una excursión que promete ser muy interesante a Aragón. Aprovecharemos para visitar Villanueva de Sigena donde nació Miguel Servet, otro de los pretendidos ilustres familiares de mi mujer (ver Miguel Servet) y está casi decidido que no iremos a Chía, en Huesca y origen de los Castel, por quedar un poco a trasmano y saber a través del libro Joaquín Castel-La burguesía emprendedora en Extremadura de Pilar Bacas, pariente de mi mujer, que en 2012 solo quedaba en el pueblo un biznieto, ya sin el apellido Castel, de una hermana del antepasado José Castel.

Y allá, más al fondo, quedaría la visita a Castelltersol, cerca de Barcelona, de dónde eran originarios los Servet, laneros de oficio y que transmutaron en magnates murcianos. Espero tener tiempo para esta visita, antes que yo mismo me haya convertido en historia y de que sea necesario cruzar una frontera con el pasaporte en la mano.

De estos viajes no obtuve casi ningún dato familiar nuevo aunque si algunas fotos interesantes y fue emocionante visitar lugares conectados con la familia de mi mujer, desconocidos para mí pero que había imaginado muchas veces mientras escribí las distintas piezas de Cerrando el círculo familiar. Fueron pequeños viajes de tres o cuatro días, organizados a nuestra conveniencia y sin prisa para nada, que no llegan a cansar y que dan lugar a infinidad de anécdotas, recuerdos, alguna que otra satisfacción gastronómica y también sentir, en mayor o menor medida, las vibraciones de los antepasados de mi mujer en los lugares en que vivieron. Por si alguno de las generaciones actuales, que algo tendréis de Abarcas, Servet, Rodero y Castel, queréis repetir la experiencia, tengo guardados todos los mapas, esquemas, folletos, fotografías, etc. Puedo aseguraros que todos fueron viajes interesantes, aunque mi opinión pueda no ser objetiva pues habiendo dedicado tanto tiempo a descubrir lo que no sabía de la familia de mi mujer, vuestra madre, abuela, tía, hermana, prima, etc, he podido terminar algo influenciado y confieso que había un cierto morbo por conocer los lugares de tanto antepasado ilustre con los que un simple García había emparentado sin ser consciente de ello. Dios, ¡tanta gloria pasada me abrumaba! (ver De García arriba, nadie diga). Ahora que ya no queda en la familia ni un Vidal-Abarca ni un Servet ni un Rodero ni un Castel, quizá sea el momento de que os animéis a visitar estos lugares y sentir las vibraciones telúricas que inevitablemente surgirán de los lugares donde vivieron. No olvidéis llevar en vuestros móviles el ePub de Cerrando el círculo familiar, la mejor guía conocida de la historia familiar. Y si las vibraciones no son muy perceptibles, seguro que las tortas de alfajores y las patatas revolconas dejarán en vuestro espíritu el aroma de aquellos lugares y de vuestros antepasados. Amén.

Autor de los esquemas: Antonio Jiménez Salido.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Lanfrey, el mago (aquellas rifas de Navidad)

Reloj de la estación de Villablino que ahora, en vez de contar minutos, anota desastres.

No estoy seguro pero creo que allá por 1954 coincidí con Alfredo en el Instituto Laboral de Villablino. Yo iba a primero y él debía estar en el curso de los más mayores con Pío Almarza y otros, motivo más que suficiente para que gozara de mi admiración. Pero es que además Alfredo nos encandilaba a cada poco con sencillos trucos de magia de proximidad, haciendo desaparecer un cigarrillo o sacándonos una moneda de la oreja, que luego intentábamos reproducir con poco éxito.

Alfredo vivía en el del bar de la estación de ferrocarril, escenario habitual de correrías mías y de Juanjo “el Polisia” tan bulliciosa de viajeros y trabajadores del carbón y hoy escenario triste del desastre que sigue al cese de una industria pujante, y era usual verle ayudar acarreando cajas de cerveza y refrescos del almacenillo hasta el bar. Estatura media pero bien hecho, fisonomía agradable, a mí me parecía elegante, si es que en aquella época de indumentarias más bien toscas era apropiado usar el vocablo, incluso cuando se le veía subir de la estación con una bolsa de la compra para hacer algún encargo en el pueblo, imagen poco habitual entonces. Seguramente yo le asigné la cualidad de elegante quizá de forma inconsciente, tras haberle visto varias veces en el escenario completamente vestido de negro, asombrándonos con sus increíbles trucos donde no recuerdo que hubiera palomas ni conejos. Solo algún objeto sencillo como bolas, cajas, vasos, naipes, monedas, la varita de mago y sus vertiginosas manos que los escamoteaban o convertían en otra cosa mientras nos distraía con sus comentarios y bromas. Creo que le vi actuar en el mismo Instituto Laboral y en el cine viejo con motivo de alguna celebración, ocasiones en que dejaba de ser Alfredo y se transmutaba en el mago Lanfrey.

Pero sin duda su mejor truco lo reservaba para la rifa. En ocasiones señaladas como podía ser el domingo anterior a Navidad, el descanso del espectáculo se aprovechaba para efectuar una rifa. El premio solía ser una vistosa cesta de Navidad con algo de turrón, un tarro de melocotón en almíbar, un salchichón, bolsas de peladillas y pasas, polvorones, una botella de anís de La Asturiana que serviría de instrumento musical navideño, más una de coñac y otra de licor 43, todo envuelto en papel de celofán y adornado con cintas de colores brillantes y doradas y hábilmente distribuido para que pareciera aún más suntuoso, que se exponía a la vista del público para incitarle a participar en el sorteo. Los números estaban impresos en tiras de papel que el mismo Lanfrey vendía. Se ataba a la cintura un mandil negro corto, acorde con su indumentaria de mago, con dos grandes bolsillos donde guardaba los mazos de rifas y el dinero que iba recaudando. Impacientes como estábamos por seguir con el espectáculo, recuerdo que la venta de papeletas se hacía interminable y no dejaba de vigilar el grosor del taco de rifas que mostraba Lanfrey, que cada poco insistía en que se terminaban. Cuando parecía que le quedaban dos o tres, un inapreciable golpe de muñeca y las tiras se multiplicaban en su mano como en los trucos de naipes y seguía vendiendo papeletas durante media hora con una insistencia exasperante. Al final, alguien elegido entre el público sacaba una bola de una bolsa de tela y la cesta pasaba a ser propiedad del afortunado poseedor del número premiado, entre los aplausos de unos y las envidias de otros. Dejando a un lado mi nula liquidez, nunca jugué en estas rifas porque pensaba que rompían el ritmo del espectáculo y yo quería volver a los prodigios del mago.

El interminable truco de las tiras de papel me exasperaba tanto que veía el resto del espectáculo con disgusto y algo de resentimiento hacia mí admirado Lanfrey. Si en los días siguientes a la rifa le veía acarrear cajas de cerveza del almacenillo hasta el bar, me preguntaba maliciosamente que qué tipo de mago era que no se le ocurría un truco para que las cajas aparecieran por sí mismas debajo de la barra del bar. Ya se sabe, hay momentos en que la adhesión inquebrantable a los héroes flojea.

Salvo el piano que tocaba en el Instituto doña Dolores el día de Santo Tomás de Aquino y las orquestas de las fiestas, Villablino era un erial musical con la única excepción de los tocadores de armónica muy en boga entonces, seguramente auspiciado por la escucha del Trío Biok y sus armónicas mágicas que casi a diario ponía en antena Radio Villablino. Este era otro pilar de mi admiración por Lanfrey que tocaba con mucha convicción una armónica de cambio. Él fue el culpable de que yo me comprara una armónica Honner normal, que rápidamente puso de manifiesto mi torpeza de lengua y pocas dotes musicales. Tras mucha saliva y con los labios cortados, ni siquiera fui capaz de entonar los primeros compases de la facilona canción de moda, Doce cascabeles tiene mi caballo. Con poco discernimiento y menos autocrítica, terminé convencido que para tocar aquella cosa era preciso ser como Lanfrey, un poco mago.

No sé qué fue de Lanfrey, si como tantos jóvenes de la región buscó su vida en otro lugar o simplemente ha desaparecido de mi memoria como último truco. Casi todo es un truco. Como señala el reloj de la estación, los años de bonanza que trajo a Laciana el carbón sólo era un truco que duró mientras convino a los mandamases. En la foto de 1960 al pie de la farola de la estación, a Juanjo “el Polisia” y a mí nos parecía que podíamos ponernos el mundo por montera (ver Villablino, territorio comanche) pero no era más que un truco o, más bien, un espejismo. Cuando los años van pasándote por encima, el espejismo se va diluyendo y cada vez nos parecemos más al reloj de la estación.

1960. Juanjo “el Polisia” y el autor (Emilio García de la Calzada), en la farola de la estación de Villablino
2017. El autor. Una vida entre las dos imágenes.

Imagen tomada de: muxiven.blogspot.com, autor José.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El tío Pepe (en un rincón de tu memoria)

El Jay observa atento el más mínimo ademán de tío Pepe, impaciente por obedecer sus órdenes.

Esta foto me encanta pues creo transmite de forma genuina cómo éramos entonces en Omaña. El tío Pepe con un atuendo que un cursi podría calificar de informal, en realidad representa la forma en que se vestía por allí, ropa que resguardaba del frío y apropiada para caminar por el monte, siempre a riesgo de sufrir algún desgarrón que rápidamente repasaría la abuela, la boina muy usada y bien calada y el bolso de la chaqueta repleto de cartuchos que él mismo habría recargado una y cien veces. Se apoya en la escopeta calibre 12 de la familia, que siempre estuvo colgada del perchero de la entrada principal de la casa y que de vez en cuando acariciábamos los chicos imaginando cuando seríamos lo suficientemente mayores para que nos dejaran utilizarla. Recuerdo que nunca percibí como algo peligroso que la escopeta estuviera al alcance de los niños. Era un elemento más del ajuar de la casa, tan útil e inofensivo como la máquina de coser o el molinillo de café. Aunque no se ve en la foto, debajo de la chaqueta y bien sujeto al cinto, el tío Pepe llevaba un manojo de tiras de cuero rematadas con una anilla que servían para colgar por el cuello las perdices abatidas al vuelo o las tórtolas cazadas al acecho. Las piezas cobradas colgaban a lo largo del muslo bamboleándose al ritmo de la marcha, punteando de sangre el pantalón y hubo veces que algunas eran tan pesadas que se le perdieron al tronchase el cuello. El escenario podría ser el alto que hay entre las Llamas de Castriello de Vegarienza y Garueña. El perro Jay era de Paco el de tío Baldomino y hasta muy viejo siempre estuvo dispuesto a acompañar a cualquiera de mis tíos en sus cacerías.

En todas las casas solía haber una escopeta y la caza era consustancial con la vida en el campo. Era útil para las batidas al lobo cada vez que había una matanza de ovejas (ver El lobo) o cuando se le intentaba cazar al acecho en invierno ya que el número de aquel implacable depredador y protagonista de casi todos los cuentos infantiles debía mantenerse a raya, aunque también servía para algo más lúdico como la caza de perdices, codornices y palomas torcaces. Cuando el tío Pepe había juntado unos cuantos cartucho vacíos, bajaba a la cocina la lata de galletas maría con la pólvora, los perdigones, los tacos separadores y la rebordeadora que fijaba a la mesa con un tornillo cuidando no estropear el hule a cuadros que hacía las veces de mantel. Una vez relleno cada cartucho con las dosis adecuadas de pólvora y perdigones y debidamente señalado el calibre de los mismos, recuerdo eran del 10 para las codornices del 6 para perdices y torcaces y postas para el lobo, me lo pasaba a mí para colocarlo en la rebordeadora que los dejaba tan bien cerrados como los que se compraban en las armerías de León. Aquellos preparativos se desarrollaban con toda normalidad en la cocina, mientras la abuela trajinaba con las nateras junto al fregadero o repasaba unos calcetines cerca de la ventana y el abuelo releía un periódico atrasado o pensaba en que había que bajar los piértigos del desván porque el centeno ya estaba granado y la maja era inminente. Quizá esta normalidad explicara por qué no se consideraba peligroso que la escopeta colgara de una percha a la vista de todos.

Claro que el sentido común de los mayores pudo pasar por alto que la atracción o curiosidad por las armas de alguno de los chavales que veíamos a diario aquella preciosa escopeta de dos cañones y perrillos a la vista podría provocar alguna travesura más o menos peligrosa (ver Asustando grajos) que tuvo en vilo a todo el pueblo durante días al escuchar disparos a deshora y por doquier. También recuerdo que cuando tío Pepe vino de permiso de las prácticas de milicias, en la mesa de su habitación, que como todas estaba siempre con la puerta abierta y que periódicamente yo visitaba ya fuera para realizar el encargo de recoger algo o por mera “curiosidad“, me sorprendió ver una pistola Luger sobre el libraco Los cipreses creen en Dios, dos objetos que miraba con respeto. La pistola por precaución, pues no conocía su mecanismo ni sabía si estaba cargada y el libro porque su tamaño sugería indigestión segura. Hay una foto mía con catorce o quince años en que se me ve simulando encañonar con la escopeta a un grupo de gitanos mayores y niños que pasaban por la carretera que, para colmo, parecen divertidos con la broma que fue consentida, lo cual no es óbice para que me avergüence cada vez que la veo pues refleja la consideración que entonces teníamos de los gitanos y lo poco gracioso de la broma. Si, las armas me atraían, pero tras los primeros tiros con la escopeta familiar en el monte al filo de los diecisiete o dieciocho años, jamás he vuelto a participar en ninguna cacería.

Cada vez que veo la foto de tío Pepe cazando no puedo por menos que reparar en el contraste entre su indumentaria de cazador omañés y el elegante terno con que se casó con tía Vilma en Perú, otra foto familiar que constituyó por mucho tiempo el disparador de las añoranzas sobre el tío al que de pronto dejamos de ver siendo unos críos, pero del que ya atesorábamos buenos recuerdos. Como era usual en aquella época, Sudamérica era tierra de emigración para muchos españoles y en la familia de mi madre hubo al menos cuatro miembros que formaron parte de ella. El primero fue el tío Federico, fraile agustino hermano de mi abuelo, que emigró a Perú donde murió (ver El tío fraile) y le siguió la tía María que trabajó durante muchos años en Brasil como enfermera. El tío Pepe debió irse hacia 1956 y tras una estancia de meses en Brasil sin encontrar trabajo, siguiendo las indicaciones de tío Federico recaló en Perú donde se estableció y formó su familia, regresando en contadas ocasiones en viaje de visita familiar. Desde hace unos años esta corriente migratoria ha cambiado de sentido y algunas de sus hijas se han establecido con sus familias en España. Es el vaivén de la historia y de las familias. Aunque quizá no pueda considerarse en sentido estricto como emigrante, la cuarta persona de la familia que se fue a Sudamérica fue la tía Tere que vivió unos cuantos años en Ecuador.

Como sus otros nueve hermanos, tío Pepe nació en Sosas del Cumbral y allí sucedió la primera historia que me llega de él. Parece que los hermanos habían estado tirando un nido de pájaro ayudándose de un varal (palo largo) de los que se usaban para colgar los chorizos y morcillas al humo en la cocina vieja. Estos varales, si se utilizaban para remover las brasas del horno donde se cocían las hogazas de centeno y las empanadas, a fuerza de quemarse tenían el extremo aguzado como una lanza. El caso es que después de tirar el nido mandaron a Pepe, como era el menor de los varones tenía que hacer todos los recados, que devolviera el varal a su sitio y parece que iba tan a prisa para volver rápido y no perderse lo que hacían sus hermanos con los pajarillos, que la mala fortuna hizo que pinchara con el varal el pellejo en el que el abuelo guardaba el vino que se sacaba a diario para las comidas y rellenar la bota que llevaba al campo. Empezó a manar vino como si fuera una fuente y la abuela y las hermanas no daban abasto a poner cacharros para evitar que se desperdiciara aquel preciado líquido (de primera necesidad podría decirse) mientras se devanaban los sesos sobre cómo decírselo al abuelo para dejar a salvo a Pepe, sin incurrir en mentira.

Creo que hasta que me casé he pasado todos los veranos en Omaña, los primeros en Sosas donde debí encariñarme con todos los tíos pero especialmente con Pepe. En uno de sus viajes a España me contó que en una de sus vacaciones de estudiante, yo tendría unos dos años y él quince o dieciséis, cuando yo me despertaba y no le encontraba por casa me ponía a gritar a todo pulmón, “Pepeee, Pepeee, ….“. Debía ser muy niñero y los sobrinos siempre andábamos a su alrededor pues nos dejaba acompañarle incluso cuando podíamos ser un estorbo, como en la perpetración de “delitos” tan serios por aquellas latitudes como quitar el agua a un vecino para regar los prados propios. Lo he contado en El fin del mundo y no me resisto a transcribirlo:

“En una ocasión el tío Pepe nos llevó a los pequeños con él para que le avisáramos si aparecía el Tremoriego, porque él iba a quitarle el agua que le correspondía y así regar el prado de La Tablada, que era del abuelo. Nos quedamos jugando en el camino, pero vigilando. Yo no era consciente de ser cómplice de un ‘delito’ y que, por tanto, era exigible una cierta discreción. Cuando vi venir al Tremoriego, siguiendo las órdenes recibidas dije a grandes voces ‘Pepeeee…, ¡que viene el Tremorieeeego!’. El Tremoriego me oyó y, cuando estuvo a nuestro lado, me dijo muy enfadado ‘Oye chaval, yo me llamo Joaquín. ¿Es esa la educación que te están dando en tu casa?’ y con toda la intención pues, no en vano, yo era nieto del señor maestro. Yo me quedé todo corrido y, a partir de entonces, daba grandes rodeos para no cruzarme con él.”

Hasta hace poco que vi una foto con la leyenda San Miguel de Escalada donde se ve a Pepe y otros dos compañeros con sotana, no supe que estuvo en el seminario bastantes años, no sé si con la intención de ser cura lo que hubiera sido todo un acontecimiento en una familia tan pía o simplemente para estudiar a expensas de la Iglesia. Estudió veterinaria en León y estudioso e inteligente como era acabó número uno de su promoción y fue alumno interno del decano Ovejero, que venía a ser como ayudante de cátedra. Terminada la carrera, las milicias y no encontrar trabajo, algo incomprensible con su expediente académico en una provincia con ganadería tan abundante, estuvo una temporada en Vega ayudando a los abuelos y haciendo sus primeros pinitos como veterinario. Creo que cobraba una pequeña cantidad (iguala le decían a aquella modalidad de contraprestación) a los que tenían ganado, lo que les daba derecho a que atendiera a sus animales ya fuera para un parto o cuando las vacas entelaban (el vientre hinchado por los gases a consecuencia de una ingesta abundante de hierba tierna o alfalfa) o cualquier otro percance de salud. Parece que tenía la vista puesta en una plaza de veterinario en la Diputación que se iba a convocar de forma inminente, pero la impaciencia, el ímpetu juvenil y quizá el sentimiento que entonces se tenía de Sudamérica cómo tierra de oportunidades con extensas haciendas ganaderas le hizo tomar la decisión de emigrar. Paradójicamente, al poco tiempo de irse a América salió convocada la plaza de la diputación que probablemente hubiera obtenido y su vida habría sido radicalmente distinta.

Su oficio de veterinario autónomo en Vegarienza, antes sus tíos los doctores Paco y Bernardino González habían hecho lo propio con las dolencias de los paisanos de la comarca, fue el causante involuntario de que por primera vez yo tomara consciencia de que hasta los más valientes tienen sus momentos malos. La Montañesa era una magüeta (vaca joven) del abuelo a la que le había salido un bulto enorme en el anca derecha y después de un tiempo tratándola con antibióticos sin que la hinchazón bajara, Pepe decidió sajarle el absceso. Era un día de bastante calor cuando llevamos a la Montañesa al potro que usaba el herrero para herrar vacas y caballos, donde una vez inmovilizada le hizo una raja con el bisturí en la hinchazón por donde empezó a salir a presión un chorro purulento como si fuera un surtidor. Se me aflojaron la piernas al instante y, aunque me senté, empecé a sentir un vacío en el estómago mientras observaba aquel surtidor infecto que no cesaba. A punto de perder la conciencia y a pesar de lo interesante del momento, me tuve que alejar despacito del chorro amarillento y, como flotando, me llegue hasta casa para intentar recuperarme a la sombra reparadora del nogal. El mismo fenómeno de flojera me ha ocurrido luego en alguna visita al hospital cuando veo tubos saliendo y entrando en bolsas vertiendo líquidos extraños.

Creo que el desempeño como veterinario le ocupaba tan poco tiempo que le permitía ayudar en las tareas del campo y los cuidados ordinarios de los animales de casa. En una ocasión en que el tío Pepe estaba limpiando la cuadra de las vacas y sacando el estiércol al corral, al pisar el garabato (pala de pinchos curvos) se hizo un agujero en el pie y recuerdo como gritaba del dolor mientras se limpiaba y vendaba la herida él mismo. También había tiempo de sobra para la caza y la pesca que practicaba de forma muy original con un arco hecho con ballenas de paraguas y usando como flecha una ballena afilada en el asperón y atada al arco con un bramante. Se le podía ver a menudo pescando bajo los salgueros de la huerta donde las truchas acostumbraban a posarse a mediodía a la sombra de palos y piedras, acompañado de su amigo Genarín de Santibáñez, el médico.

En Perú se casó con la tía Vilma y trabajó en una hacienda ganadera. Creo que luego tuvo su propia ganadería, pero los vaivenes económicos y la inestabilidad del país debió hacerla inviable. Desde su marcha ha venido tres o cuatro veces a España y siempre tiene la amabilidad de vernos, o cuando menos llamarnos, a los sobrinos que dejamos de convivir con él cuando yo debía tener doce años. Por teléfono su forma de hablar me recuerda a Vargas Llosa, pues el deje peruano ha vencido al del castellano de Omaña. Siempre me ha parecido juicioso y cuando habla tengo la sensación de que tiene las ideas y las opiniones bastante bien elaboradas. Revisando documentos de mi madre he sabido que su nombre completo era José Joaquín, el segundo nombre supongo que por su abuelo paterno de Posada.

En plena canícula madrileña de 2017 le he visto por última vez en casa de sus hermanas Pili y Tere donde nos juntamos varios sobrinos con algunos hijos y, a la vieja usanza, compartimos una tarta, pastas y algún refresco bajo conversaciones entrecruzadas que hacían difícil entenderse. El tiempo que a ninguno perdona ha hecho de aquel mocetón de las fotos bien parecido, abundante pelo negro muy peinado hacia atrás, sonrisa franca y contagiosa, cuya fortaleza física contrastaba con mi endeblez de crio hasta el punto que me tenía doblando mis brazos cada poco intentando adivinar si mis bíceps podrían parecerse alguna vez a los suyos, se ha convertido en un viejecito de 87 años, no muchos más que yo que también voy para viejito, que se ayuda de un bastón para caminar y con algunas vacilaciones de memoria que requieren de la ayuda de tía Vilma. Aquellos brazos que amenazaban romper las costuras de las recias camisas verde caqui que trajo del servicio militar, y que durante décadas formaron parte de nuestra indumentaria para las labores del campo, hoy parecían los de un niño de pura delgadez. Apenas pudimos hablar en aquella concurrida reunión sobrinesca y mi familia fue la primera en despedirse. Cuando estábamos esperando el ascensor acompañados por tía Tere, vi que se acercaba a nosotros despacio y muy erguido por el pasillo de la casa y me dijo, creo que algo emocionado, “Yo te llevé a Sosas” refiriéndose al viaje que hacíamos desde Vegarienza hasta Sosas cuando llegábamos de León para pasar el verano, subidos en el carro de las vacas que rebosaba de equipaje, padres y gente menuda con la emoción desbordada por la añoranza de colores, olores, sabores y cariños ausentes. Las vacas con su insufrible parsimonia ponían a prueba nuestra paciencia y nos hacían dudar si alguna vez llegaríamos a aquel pueblecito cerca del fin del mundo, donde nos esperaban abuelos y tíos sonrientes y con los brazos extendidos, el perro que nos cubriría de lametones, la mantequilla untada en pan de centeno, los renacuajos en la presa de al lado del camino y el permanente olor a boñiga que hacía tiempo había dejado de ser incómodo y era más bien como un aroma que nos confirmaba que estábamos en Omaña, el paraíso de nuestra infancia. Yo fui el primer sobrino que hubo en la familia y el tío Pepe, a pesar de su memoria menguante, aún recordaba aquel episodio de setenta y tantos años atrás. Para mí fue una muestra impagable de ese cariño que la distancia impide que sea cotidiano, que casi no se ha desgastado y que permanece ahí agazapado esperando la ocasión de manifestarse aunque sea muy de tarde en tarde con motivo de una visita, alguna noticia o una foto que llega en el correo. Reviviendo luego la escena, yo también me he emocionado. Gracias, tío Pepe, por mantenerme en ese rinconcito de tu memoria y larga vida. Seguramente, lo que se olvida es porque realmente no fue tan importante y uno puede desprenderse de ello para ir más ligero a medida que pasan los años.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Cerrando el círculo – Miguel Servet (se atrevió a pensar en Dios y lo pagó)

Retrato de Miguel Servet, de Christopher Sichem 1607.

Retrato de Miguel Servet, de Christopher Sichem 1607.

La primera noticia que tuve de Miguel Servet fue a través de la lectura en la escuela de dos páginas que el librito Cien figuras españolas le dedicaba y que me dejaron la errónea idea, por aquello que se había dedicado a la teología, de que era un fraile que se las había tenido tiesas con el reformista Calvino que terminó condenándole a la hoguera.

Debió ser por eso que cuando mi mujer me decía que en su familia había habido antepasados notables como Sancho Abarca y Miguel Servet, dudé de lo primero y rechacé categoricamente lo segundo con el peregrino argumento de que “cómo iban a ser descendientes de Miguel Servet si había sido un fraile” y aparqué sus comentarios en el mismo lugar que alguna de sus otras fantasías. El padre de mi mujer y sus hermanos fueron los últimos Servet de esta rama familiar que se inició hacia 1890 con Ana Servet Marín hija de Federico Servet Brugarolas y María Marín Gilabert, bisabuelos de mi mujer, tal como se cuenta en Los Servet (catalanes y genoveses en Murcia).

En ese rincón de las cosas descartadas estaba Miguel Servet hasta que recientemente he contactado con Luis Fontes Servet-Magenniss, P.J., biznieto de Sebastián III Servet Brugarolas y primo cuarto de mi mujer, que en su escrito The man who found out about himself when he was over 50 lo relaciona con los antepasados de los Servet murcianos. Estaba claro que una persona de otra rama familiar, que no se había relacionado por más de tres generaciones con la de mi mujer, contaba las mismas historias sobre los antepasados. Me ha parecido una coartada suficiente como para reunir algún dato sobre Miguel Servet e incorporarlo a la galería de personajes que pudieron tener algo que ver con los ancestros de mis nietos.

Parece ser que Miguel Servet nació en 1511 en Villanueva de Sijena (Huesca) de Antón Serveto, notario, y de Catalina Conesa. Fue un estudiante aventajado, conocedor del latín griego y hebreo, estudió Derecho en Francia y viajó por diversas ciudades del centro de Europa en plena efervescencia de la Reforma Luterana. En este ambiente tan confuso, comienza a leer la Biblia y usando su propio criterio no encuentra en ella referencias al tinglado de dogmas en que la Iglesia ha convertido la religión. Con veinte años publica De Trinitatis Erroribus donde afirma que el dogma de la Trinidad no tiene base bíblica, que es una invención, y envía una copia al obispo de Zaragoza que pide a la Inquisición que intervenga.

MiguelServet-DeTrinitatisErroribus

Para ocultarse de la Inquisición adopta el nombre de Michel de Villeneuve e inicia un intercambio epistolar con Calvino, intentando convencerle de que rechace el dogma de la Trinidad. El intransigente Calvino consideró que sus ideas eran heréticas y guardó estas cartas que más tarde utilizaría contra Miguel Servet.

Se matriculó en medicina en la universidad de Paris. Enseña Medicina, Matemáticas y tras dictar un curso de Astrología tiene que abandonar la ciudad por enfrentamientos con la comunidad universitaria.

Tras muchos años de preparación y antes de imprimirla, en 1546 envía su obra principal Christianismi Restitutio a Calvino para que le haga los comentarios pertinentes. En lugar de ello Calvino le remite una obra suya, Institutio religionis Christianae para que la lea y comprenda lo equivocado de sus ideas. Miguel Servet estudió con detenimiento lo que Calvino decía y llenó los márgenes del libro con anotaciones muy críticas sobre lo que consideraba errores del reformista y se lo devolvió. Calvino, contrariado e intransigente como era, le contestó que sí aparecía por Ginebra no saldría con vida. Finalmente Servet publica el libro en 1553 como autor anónimo, pero alguien revela que el autor es Miguel Servet y que se oculta bajo la identidad de Michel de Villeneuve. Calvino envía las cartas de Miguel Servet a la Inquisición de Lyon que le detiene. Consigue escaparse, lo que no impide que sea sentenciado a muerte in absentia y que su efigie sea quemada.

Para poner tierra de por medio, decide irse a Italia donde creía que sus ideas serían mejor acogidas. No sé si era obligado pasar por Ginebra (dirección noreste) camino de Italia (hubiera sido más corto ir en dirección sureste) o fue su tendencia a meterse en líos, el caso es que el 13 de Agosto asistió a un sermón de Calvino, donde fue reconocido y detenido. Tal como Calvino le había anunciado siete años antes, fue juzgado y condenado a ser quemado en la hoguera junto con sus libros.

MiguelServetLaLibertadDeConciencia

Dice Luis Fontes que

“……fue quemado en la hoguera con una copia de su libro ‘Christianisme Restitutio’ atada a su pierna derecha, su cuerpo y cuello asegurados con cadenas de hierro…… la madera para quemar la escogieron todavía verde para que retardara la muerte del condenado. Su proceso había tardado en completarse dos meses y la condena capital decidida por Calvino fue la de muerte a fuego lento, Servet protestó que el dinero que le habían requisado bastaba para comprar madera seca pero se rechazó su propuesta. Su agonía se prolongó durante dos horas, ….. Su último grito fue ‘Jesucristo Hijo del Padre Eterno, ten piedad de mí’ …..

Tras este truculento suceso, Luis Fontes dice que

“….podemos entender que sus familiares más cercanos, Pedro, su hermano que era notario como su padre Antón, y Juan, que fallecería como párroco de la iglesia de Polemiño (a unos 30 km de Sijena), y el resto de la familia cambiaran su nombre para borrar el apellido infame que estaba en la lista de la Inquisición, sustituyéndolo por el apodo de la familia cambiando el orden de las letras, llamándose Revés.

Pero había una rama de la familia que había emigrado anteriormente a estos sucesos a las regiones vecinas de Cataluña – donde la fabricación de tejidos empezaba a florecer -en busca de trabajo y forma de vivir y, por tanto, no temía llevar el nombre infame de Servet. Con el tiempo (1700) estos parientes y sus descendientes establecieron una red de compraventa de telas a lo largo de toda la Península, especialmente en el sur.

El sistema de transporte de las mercancías, por medio de carros tirados por mulas, exigía almacenes y puestos de descanso por toda la Península. Este hecho les proporcionó unos ingresos económicos inesperados, ya que eran los únicos capaces de proveer alojamiento y comida a las tropas españolas en la guerra de la independencia (1812) y las Guerras Carlistas (1833-1875), usando sus facilidades de almacenamiento y sus conexiones comerciales“.

A finales de este siglo se iban asentando en los proyectos de minas, salinas y banca en las costas del sudeste español, Región de Murcia, ……

Los Servet a que hace referencia Luis Fontes Servet-Magenniss es la saga de los Sebastián Servet llegados a Murcia hacía 1810, procedentes de Castellterçol (Barcelona).

Miguel Servet, que fue tan activo en sus planteamientos teológicos, es más conocido por haber sido el primero en describir la circulación pulmonar de la sangre y curiosamente lo hizo dentro de su obra teológica Christianismi Restitutio, donde afirmaba que Dios estaba en todas las cosas coincidiendo con los panteistas, que no debía bautizarse a las personas hasta la edad adulta como lo había hecho Jesucristo y que defendían los anabaptistas y que la esencia divina del alma residía en la sangre, gracias a lo cual podía estar por todo el cuerpo. Pudo moverle a este descubrimiento más la necesidad de dar soporte a sus planteamientos religiosos que el interés científico.

Pero lo que le llevó a un final tan trágico a los cuarenta y dos años fue su carácter de librepensador y no valorar en su justo término las consecuencias de hacer públicas sus ideas en aquella situación de intransigencia religiosa extrema. Aunque fue ejecutado por el Consejo de la ciudad de Ginebra, la Inquisición de Francia y España estaban pendientes de que apareciera en sus respectivas jurisdiciones para hacer lo propio. Curiosamente, casi doscientos años más tarde, la otra rama familiar, los Vidal-Abarca, emparentaba con los Aledo-Coutiño que ejercieron como Familiares y Familiares Regidores del Santo Oficio (ver Los Papeles de Juan Blesa). La barbarie religiosa que mandaba a la hoguera a los que pensaban diferente continuó en España hasta 1808.

Sorprende que los teólogos oficiales hayan revestido la religión de una complejidad dogmática tan innecesaria como difícil de entender y que un jovenzuelo laico de veinte años sin más que leer la Biblia, a partir de su propio criterio fuera capaz de señalar tantos errores doctrinales. La claridad de juicio que tuvo para sus análisis teológicos le faltó para intuir las consecuencias de revolver el avispero que era el pensamiento religioso de la época. Y le costó muy caro.

Si como aseguran mi mujer y Luis Fontes Servet-Magenniss, Miguel Servet forma parte de sus antepasados, parece fuera de toda duda que fue el más notables de ellos.

Fuentes consultadas: The man who found out about himself when he was over 50, de Luis Fontes Servet-Magenniss; internet

Imágenes tomadas de: servetus.org, unitarianhistory.org.uk, es.slideshare.net

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los primos de Guinea (los buenos tiempos perdidos)

Carmencita, Federe y Piluca.

Carmencita, Federe y Piluca.

De la familia de mi padre que conocí, sin duda la persona más vitalista era la tía Epi. Pelirroja y pecosa como mi padre y la tía Ante, siempre la recuerdo risueña o con una franca sonrisa en la cara. Al verla nada hacía pensar que Epi hubiera vivido los trágicos hechos familiares que sumergieron en una profunda tristeza y actitud de dignidad herida sin solución a sus hermanas Ante e Ita (ver Mi otra Familia). Aparte de su vitalidad innata, algo tendría que ver en la superación de aquel revés de fortuna familiar su marido, el tío Federico, que según la prima Mariera una de las personas más graciosas que he conocido”, al que tía Epi conoció “….en tiempo de guerra. Ella estaba de voluntaria haciendo de enfermera y él llegó herido“. Una historia realmente romántica y casi de película. De nuestro álbum familiar siempre me llamó la atención una foto de ellos dos en una actitud parecida a la que solían presentar los protagonistas de las películas de la época en los carteles anunciadores de los cines, quizá por la muestra de cariño que manifiestan y que tan poco usual era en las fotos familiares de entonces.

Tía Epi era la segunda de siete hermanos y mi padre el más pequeño, pero creo que a pesar de la diferencia de edad los dos congeniaban hasta el punto que mientras vivimos en Roa de Duero creo que nos visitaron todos los veranos. Para nosotros recibir a tres primos mayores que nosotros representaba una revolución, sobre todo el primo Federe que era dos años mayor que yo y que enseguida se constituía en líder natural de la patulea constituida por mis hermanos y yo mismo. Carmencita era la mayor y no recuerdo que participara en nuestras travesuras pues tenía unos años más que sus hermanos y la considerábamos casi una señorita. A Federe y Piluca les rodeaba un aura de distinción por el simple hecho de ser gemelos, algo tan inusual que nos tenía permanentemente asombrados y yo al menos les consideraba antes gemelos que niños, una categoría especial. A esta admiración propia de los pequeñajos hacía la soltura con que se manifestaban aquellos primos un poco mayores, se añadía la fantasía de que ellos estaban o habían estado en Guinea Ecuatorial, con todas las connotaciones que tenía vivir en el África negra al estilo, suponíamos, de lo que leíamos y veíamos en las películas de aventuras con exploradores con salacot y fusil y porteadores negros en mitad de la selva, pues el tío Federico trabajaba o tenía allí una empresa maderera.

Federe y Piluca eran divertidos y bulliciosos, con nueve o diez años plenos de energía que necesitaba liberase. A la plenitud física de Federe se unía un espíritu muy competitivo y cierta tendencia al desafío que a veces nos hacía ser a los más pequeños un poco temerarios al intentar emularle, como se verá. El excusado en la casa de Roa, sería hacía 1952, era un cuartucho en el que había una especie de banco de mampostería con una tabla por asiento provista de un anatómico agujero en el centro, bajo el que había tres o cuatro metros hasta el suelo de la planta baja. Un día Federe descubrió que era excitante saltar por encima del negro agujero y así estuvo un buen rato con mirada retadora a los primos que le observábamos entre admirados y temerosos pues sabíamos que al poco nos diría algo así como, “¿a que no os atrevéis?“.

Escenario del desafio.

Expresado el inevitable desafío, yo que era el mayor me subí a la tabla con tanta aprensión como miedo y con mucho cuidado salté por encima del boquete. Detrás fueron Loli y Fernando que también superaron la prueba bajándose aliviados al suelo. Federe no se rendía fácilmente y reaccionó subiéndose de un salto al rudimentario váter y comenzó a saltar por encima del agujero a la pata coja, retándonos con una sonrisa burlona mientras a los tres hermanos se nos encogía el alma imaginándonos ahogados en el montón de mierda que había bajo la tabla. Se bajó de un salto y dándome con el codo me espetó “me juego lo que quieras a que a esto no te atreves“. Yo era un corre calles y sabía que aquello no era más difícil que saltar entre dos bancos próximos de la plaza de la iglesia como hacía frecuentemente, pero mientras entre los bancos solo había tierra y un fallo se saldaba con un despelleje de rodillas, aquí me esperaba un colchón tan movedizo como nauseabundo y no se me ocurría cómo iban a sacarme de allí. Pero estaba el honor familiar por medio así que me santigüé y salté por encima del redondel sin más problemas. Loli, acostumbrada a jugar a la rayuela, también superó la prueba sin dificultad. Solo quedaba Fernando que tendría escasamente cinco años y que, por tanto, era menos consciente del riesgo que aquello tenía, además de no tener el grado de habilidad de Loli y mío. Loli y yo debimos impedirle probar, pero la afrenta era tan grande que le dejamos subirse a la tabla confiando en que no le sucedería nada. Pero no fue así. En el primer salto sólo alcanzó el borde del redondel con la puntera del pie y vimos cómo giraba el cuerpo hacia nosotros y se precipitaba por el agujero con cara de terror. Cuando todos nos abalanzábamos para mirar por el agujero a ver qué le pasaría, vimos que su cabeza no desaparecía de nuestra vista porque tuvo la suerte de poder agarrarse con las manos al borde de la tabla mientras lloraba asustado. Le agarramos como pudimos y le devolvimos al mundo de esta parte de la tabla, que sin duda era más sólido de lo que le hubiera esperado allá abajo aunque no sé si menos peligroso pues volvió a la compañía de cuatro descerebrados incapaces de protegerle. Solo fui consciente de lo que pudo haberle pasado a Fernando cuando meses más adelante vi lo que los poceros sacaban de aquel excusado donde toda la familia depositaba sus excedentes.

Aparte de los continuos desafíos de Federe que siempre ponían a prueba nuestro valor y sentido común, la visita de los primos a Roa era una fiesta para nosotros y frecuentemente nos íbamos las dos familias de excursión a pescar cangrejos al río Duero o por las eras que rodeaban Roa. Recuerdo las incursiones de tía Epi por las viñas, agachada como un indio, en busca de racimos que comíamos sin más o acompañados con el pan sobrante de la merienda. También solía caer en sus manos algún melón cuyas semillas rociadas de sal y extendidas sobre una hoja de periódico secábamos al sol en el balcón de casa y que en nada tenían que envidiar a las pipas que comprábamos los domingos en la plaza de la iglesia.

En una de estas visitas se decidió que yo les acompañaría a León para pasar con ellos todo el curso. Fue la primera ocasión en que uno de los hermanos dejaba la casa paterna por una larga temporada para vivir con alguien de la familia. Supongo que representaba un alivio para mi madre, que ya tenía cinco arrapiezos a su cargo, y que también sucedió más tarde con otros hermanos para vivir todo un curso con los abuelos en Vegarienza o en otros destinos familiares. Vivían en un piso alquilado del barrio de El Crucero, en la carretera de Trobajo del Camino a unos cientos de metros del puente de San Marcos, una carretera sin aceras bordeada de casas típicas de la época que exhibían en sus fachadas la ropa puesta a secar. Asistí allí a la escuela y secundé al hiperactivo Federe en correrías por los huertos que había entre las casas y la vía del tren, que sin barreras de separación ni otra defensa nos avisaba de su paso con un estridente silbido escasos segundos antes de echársenos encima. Dos años de diferencia cuando yo tenía seis o siete años eran muchos y seguir a Federe no siempre era sencillo. En una ocasión en que tuvimos que salir pitando por alguna trastada, comprobé que intentar correr tanto como mi primo y al mismo tiempo mirar donde ponía los pies no era fácil y lo pagué con un paleto roto y el tabique nasal desviado. Con el tiempo el paleto salió atravesado, siendo un rasgo peculiar de mi fisonomía (ver Valor se le supone), y mi nariz empezó a parecerse a la de un boxeador.

De esta etapa recuerdo las películas en el cercano cine Crucero de las que salíamos en invierno bien arropados con la bufanda hasta los ojos y sorprendidos por el vaho que expulsábamos por la boca, los caballitos de Papalaguinda y los cucuruchos de castañas calientes o las bolsitas de almendras garrapiñadas. Todo aquello representaba para mí actividades que no eran posibles en Roa de Duero, un pueblecito sin esa variada oferta de ocio y que por otra parte las estrecheces económicas de una familia ya bastante numerosa no permitían. De esta etapa recuerdo especialmente la Nochebuena que pasamos en casa de las tías y la abuela con el correspondiente pavo, creo que el único pavo navideño que he comido en mi vida, y que los Reyes me dejaron una escopeta que disparaba un tapón de corcho, también la única escopeta que tuve. Al terminar el curso me reincorporé a la disciplina familiar en Vegarienza y al final del verano retornamos todos para Roa.

Cuando les visité por segunda vez para estar con ellos una temporada, se habían construido un chalet en la carretera de Alfageme que arrancaba a la izquierda de la carretera a la Virgen del Camino. Era una casita de una sola planta en mitad del campo, de la que recuerdo los elefantes de ébano y algunas figuritas de marfil propias de la artesanía africana o quizá más especificamente guineana. Cerca de la casa había unas vallas metálicas y casetas restos de lo que debió ser una granja, un negocio familiar con poco éxito y por donde recuerdo merodeábamos. Vivir en mitad del campo, con pocos chicos alrededor, no proporcionaba demasiadas emociones y había que fabricárselas. Desde allí nos íbamos caminando hasta la zona del río Bernesga, entre el puente de San Marcos y el de la estación, con la intención de pescar en un cauce con abundancia de cantos rodados y escaso caudal. Yo seguía siempre a Federe a ojos cerrados a cualquier aventura por descabellada que fuera, pero poner como cebo unas bolitas de pan, creo recordar que condimentadas con algo de pimentón o con trazas de chorizo, siempre me pareció un empeño imposible, acostumbrado como estaba a la sofisticada pesca de la trucha omañesa que requería de cebos más aparentes. Saltábamos de un canto rodado a otro recorriendo todos los remansos, más bien charcos estivales, echando la miguita de pan que se desmigajaba por si a algún barbo despistado y con hambre le convencían nuestras artes de pesca. Para mi aquello era un poco frustrante pues sabía que por muy tontos que fueran los barbos el pan, aún sabiendo a chorizo, no les atraería demasiado. Solíamos volvernos para casa apesadumbrados bajo el peso del fracaso y la expectativa de una larga caminata por el borde de la carretera, con las manos vacías.

Hubo un momento en que toda la familia se fue a vivir a Guinea y aunque ellos venían de vez en cuando a León, solo nos vimos esporadicamente. Cuando yo estudiaba preuniversitario en León, coincidiendo con una de sus visitas, una tarde estuve paseando con Piluca en la inevitable procesión dominical por Ordoño II, con la misma sensación de camaradería y cariño con que nos relacionábamos de niños. En otra ocasión Carmencita, ya casada y creo que con niños, nos visitó un verano en Vegarienza. Solo fueron ramalazos de la antigua convivencia que tan grata había sido para mí.

Tras el proceso de descolonización de Guinea que finalizó con la independencia en 1968, el creciente clima de inseguridad obligó a los españoles a dejar el país precipitadamente abandonando todo lo que habían conseguido tras muchos años de trabajo. La familia Andaluz García al completo regresó a la Península donde se les ofreció algún tipo de trabajo, no sé si a modo de compensación por tener que abandonar sus negocios en la colonia. Se afincaron en la costa levantina y nos vimos en contadas ocasiones. El primo Federe sé que estuvo alguna vez por casa de mis padres, cuando yo trabajaba fuera de Madrid y no le vi. Años más tarde, con motivo de la boda de mi hermana Julia en Murcia, vi por última vez a la tía Epi y a Piluca, hará de esto más de treinta años.

Aunque de vez en cuando he sabido algo de ellos por mi madre, los afanes de cada cual y la vida, que a cada uno nos lleva por un lado, no han facilitado que nos viéramos. Ahora que me he puesto a escribir sobre lo que recuerdo y tras haber intercambiado información y algunas fotos con la prima Mari, con la que afortunadamente he podido contactar a través del blog y telefónicamente, he sentido la necesidad de hablar con ellos para comentar cosas sobre la familia que no tengo claras y que probablemente ellos, que eran los mayores de la generación de los primos, podrían aportar nueva información sobre esta parte de mi familia paterna para aliviar tanto desconocimiento. Solo tengo dos números de teléfono a los que no se pone nadie. Dos familias que inicialmente se mantuvieron en estrecho contacto durante años, nos hemos perdido la pista, al parecer, definitivamente. Sin duda, hemos sido poco cuidadosos de estos antiguos quereres.

Tía Epi y tío Federico.En el centro de la foto de la derecha, tía Epi con Carmencita en brazos y el tío Federico en su casa de Guinea. Todos, hasta la pequeña Carmencita, ataviados con el obligado salacot.

Tía Epi y tío Federico.En el centro de la foto de la derecha, tía Epi con Carmencita en brazos y el tío Federico en su casa de Guinea. Todos, hasta la pequeña Carmencita, ataviados con el obligado salacot.

1953 León. Primera comunión de Federe y Piluca.
El autor y su hermana Loli lucieron con orgullo esos mismos trajes en su primera comunión (ver Sensación de importancia).

Agradecimientos: a María Guadalupe García López por sus comentarios esclarecedores y fotografías familiares.

Imagen tomada de: ANAGarciaSandoval.Twiter

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada