La ensaimada (carita de ángel)

1957. Jugando al fútbol. Autor, Ramón Masats.

Igual que pasó con otros hermanos, en un par de ocasiones viví fuera de casa de mis padres para aliviar las apreturas de una familia tan numerosa.

En la primera viví junto a un hermano una temporada con los abuelos en Vegarienza, un escenario de lo más habitual para nosotros. Después de la escuela nos entreteníamos ayudando a Humberto en la obra para poner agua corriente en la casa. En la despensa donde una vez entró una culebra a comerse las natillas y otras exquisiteces (ver La Culebra) estaban haciendo un cuarto de baño enorme con bañera y todo, lo que me obligó a elaborar múltiples disculpas anti baño para tener a mano porque a mí me gustaba lavarme como los gatos en la palangana de porcelana gastando la menos agua posible pues era yo el responsable de traerla del río. Jabón tampoco gastaba mucho pues creía que me iba mal para el cutis. Pero la cosa pintaba mal. Con agua del pozo se llenaría un depósito en el desván que se calentaría en el calderín de la cocina de leña, con lo que seguro que a la abuela se le ocurriría que los niños teníamos que bañarnos enteros de vez en cuando. Yo estaba asustado. Con lo a gusto que estaba llevando la misma ropa puesta más de dos semanas, porque cada vez que tenía que ponérmela limpia me daba un escalofrío y tardaba un par de días en volver a estar confortable.

Para distraernos de los malos tiempos que podría traer tanta limpieza, cuando el abuelo y Humberto se descuidaban nos dedicábamos a hacer el cabra subidos a las vigas que habían colocado para sostener el piso de baldosas, la bañera y otros elementos asquerosamente blancos. Hacíamos equilibrio caminando sobre las vigas con los brazos extendidos intentando no mirar al suelo de cemento tres metros más abajo y dando giros inverosímiles al llegar a la pared, compitiendo por ser el más rápido. Una vez que mi hermano iba ganando y estaba más pendiente de mirarme con guasa que de ver donde pisaba, al girar resbaló en el borde de la viga y dando un grito se precipitó al piso de abajo chocando con un ruido sordo, como de trapo. Asustado al oírle gritar me descolgué hasta donde estaba caído al tiempo que la abuela salía de la cocina alarmada por los gritos que estaban más que justificados porque se había roto la clavícula. Aquel episodio evidenció que yo era un inconsciente y que dos éramos demasiado para los abuelos que estaban muy mayores y a mí me mandaron con mis padres.

No sé si esta travesura acentuó mi aura de inquieto e incrementó mis opciones a candidato para una nueva ausencia más prolongada y azarosa. Casi un exilio. Mi padre había estudiado con los salesianos y tenía allí un amigo responsable de reclutar chavales que de mayores irían con faldas por la calle. Entrar en el internado suponía años de educación de cierta calidad, un plato asegurado y todo gratis, lo que no era un asunto desdeñable. Llegar a ponerse faldas era cosa de cada uno, no era obligatorio. O ponérselas en el noviciado y salir zumbando cuando aún era tiempo. Entretanto, la consigna era estudiar, poner cara de santo y rezar algo.

No sé cómo mis padres nos vendieron el asunto a mí y al hermano que me precedía, el caso es que recibimos la visita del amigo de mi padre, todo zalamero y sonriente, que quedó muy bien impresionado de nuestra carita de santos, de lo modositos que parecíamos y lo dispuestos que estábamos a redimir negritos, amarillitos o indios apaches en las misiones. Hasta entonces aquellas razas exóticas solo habían sido objeto de nuestra atención cuando en la parroquia o en la Academia Carrasconte nos daban unas huchas para pedir dinero para el Domund. Tenían forma de cabeza, cabezón más bien y tirando tan a gorditos que nunca me pareció que pasaran hambre u otras necesidades, con una raja para las monedas encima de la cabeza.

Quedó decidido que a finales del verano nos iríamos los dos a un internado en Galicia. Mi madre desempolvó una maleta de cartón y le hizo una funda de mahón azul que se cerraba con botones todo alrededor. En verano empezó a preparar las mudas y la ropa necesaria que sus hermanas ayudaron a bordar con los nombres de interfecto1 e interfecto2 y que fue colocando en dos montones dentro de la maleta. Yo no sabía cómo me había dejado embaucar pero, por si acaso, aquel verano fui el más trasto de todos los hermanos, en un ansia inagotable por apurar los últimos días antes de subsumirme en un mundo solo para hombres que no me agradaba.

Mi padre nos llevó a Ponferrada donde nos juntamos con otros grupos de pobrecillos como nosotros, en una amplia operación logística que me recordó a cómo en Vegarienza reunían las ovejas de cada casa para que el pastor se las llevase juntas al monte. Y como ovejas, tristes y preocupados, subimos al tren con destino a un pueblo marinero de la ría de Arousa. En el tren conocí a Perico que sería compañero de confidencias y peripecias. Nos bajamos en Cambados a primera hora de la mañana, todos legañosos y sucios, llevando la maleta entre los dos hermanos, una mano de cada uno en el asa, y caminando a trompicones.

1975 Internado salesiano en Galicia. Don Bosco y María Auxiliadora. Huchas Domund.

El colegio era de piedra, enorme, con muchas ventanas y rematado por la estatua protectora de María Auxiliadora. Entre la capilla y las viñas de albariño había un campo de recreo donde hacíamos gimnasia y jugábamos al fútbol. Aún no había empezado el curso pero enseguida comenzaron con el ablandamiento mental. Que si la vida ejemplar de Don Bosco, que había que ser devotos de María Auxiliadora, que había que estudiar y rezar mucho y que si tal y que si cual. A mí me entraba un sueño insuperable en aquellas charlas y menos mal que Perico y yo nos entendíamos bien y nos turnábamos para que mientras uno estaba atento el otro pudiera dormitar discretamente, pues un oportuno codazo le despertaría si era necesario. Aprendí a dormirme en cualquier postura y lugar como se verá más adelante.

Apenas salíamos del colegio y cuando lo hacíamos era muy difícil despistarse pues íbamos en fila de a dos y con los frailes vigilándonos de trecho en trecho. Siempre tuve la sensación de que la gente nos miraba como a bichos raros. A veces nos llevaban a la playa y aprovechábamos para mirar con ojos ávidos lo que nos faltaba en el colegio, las chavalas. A la vuelta de cada paseo me preguntaba qué era lo que se me había perdido allí, que yo no tenía madera de misionero. El próximo verano tendría que decir a mis padres que no quería seguir para cura.

En verano nos daban quince días de vacaciones, plazo calculado para que no nos disipáramos y perdurase el efecto de las últimas sesiones de lavado de cerebro. Que si teníamos que rezar, que si la castidad, que si la obediencia. Ya en Vegarienza yo me desfogaba a tope y le repetía a mi madre que no quería volver, pero ella siempre me convencía de que tenía que seguir estudiando y que más tarde ya veríamos. Aprovechábamos que toda la familia estaba junta para hacer las fotos del carnet de familia numerosa y vuelta a meter las mudas repasadas en la maleta y regresar al mundo de los pensamientos elevados y realidades rampantes. Se habla mucho de la morriña de los gallegos cuando están lejos de su tierra, pero a nadie le preocupaba la añoranza de Omaña y de la propia familia de los que estábamos en Galicia contra nuestro deseo. Allí me formaban para ser misionero y yo lo que quería era ser ingeniero. Tendría que estudiar, que era lo importante, y fingir en lo demás.

A fingir ayudaba que yo tenía carita de bueno, casi de angelito, tanto que tuve mi momento de gloría cuando eligieron una foto mía para la portada de una revista que editaban cada dos meses para enviar a padres y antiguos alumnos. Me pavoneé durante un tiempo delante de los compañeros, pero al poco todo siguió igual. Levantarse temprano, ir a misa, estudiar, comer no demasiado, mucho deporte para que estuviéramos bien desfogados y más rosario y mucho Don Bosco y acostarse pronto. Menos mal que había una red de distribución de tebeos que nos hacía la noche más llevadera e incluso circulaba alguna revista con fotos de mujeres que cada poco intentaban requisar registrando los dormitorios.

En el comedor servían la comida mujeres bastante mayores vestidas de negro hasta el cuello y con delantal blanco, especialmente reclutadas para que la tentación de la carne, en sentido bíblico, no hiciera presa en nosotros. No entendíamos como Juani había superado el filtro de la selección. Tendría unos treinta y tantos y tan buen aspecto que ni siquiera la vestimenta negra era capaz de disimular su exhuberancia y buena raza que justificaba el sobrenombre de Pechodulce. Perico y yo salíamos zumbando de clase y nos apostábamos a la entrada del comedor para conseguir una plaza en las mesas que ella servía. Cuando lo conseguíamos nos quedábamos arrobados, como tontos de baba ante aquel prodigio de la naturaleza, esperando una sonrisa que cada cual interpretaba a su gusto y que algún botón mal abrochado permitiera ver más allá de lo que dejaba intuir el delantal, milagro que nunca sucedió.

A cambio de la dicha de ser servidos por Pechodulce no había que ser muy remilgado con la comida. Y es que la zona de influencia de Pechodulce estaba frente a la ventana que separaba el comedor de la cocina a través de la que veíamos como preparaban los platos antes de servirlos. Allí estaba un hermano lego que servía para todo. Era el jefe de los chivatos, el que controlaba en la sacristía a los monaguillos y allí ayudaba a preparar los platos. Cuando había filetes empanados o rusos los pasaba de la bandeja que traía la cocinera a los platos, cogiéndolos con los dedos y, como quemaban, los soltaba en nuestros platos mientras sacudía la mano y se chupaba los dedos antes de continuar el trasiego. Si alguno se caía al suelo lo recogía sin más y al plato. El día que no podíamos con el asco de comer filetes con sabor a chupao o porque creíamos que nos había tocado el que se había caído, por la tarde el rugir de tripas era insoportable. Si los monaguillos ya le odiábamos porque no nos dejaba beber las escurriduras de las vinajeras en la sacristía, una tarde entera acordándote a cada retortijón de tripas de cómo se relamía entre filete y filete hacía que alguno juráramos que algún día nos lo pagaría.

Para reforzar nuestra fe y convencernos de que fuera de la senda marcada no había futuro, nos sometían cada poco a ejercicios espirituales. Traían al internado verdaderos especialistas en hablar del infierno en medio de escenografías tenebrosas, penumbra y cirios encendidos, que conseguían que nos cagáramos de miedo por lo que nos iba a pasar si no éramos castos y rezábamos a todas horas. Ni me gustaban los ejercicios espirituales ni confesarme cada poco, y menos aun cuando confesaba el jefe de estudios que tantas broncas me echó en su despacho por mal comportamiento, mientras me trataba de usted. Cuando me arrodillaba en el confesionario, se inclinaba hacía adelante y adoptaba un tono convincente y asquerosamente tierno. Hasta me tuteaba mientras me preguntaba que cuántas veces. Yo me separaba todo lo posible, pero no podía evitar el cachete que me daba al decirme que me fuera en paz.

Cuando hacía un par de años que mi hermano se había marchado para el noviciado, última etapa en la emulación de Don Bosco y donde ya tenía que llevar sotana, me puse un poco nervioso y cada día se me hacía más urgente salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. No me veía toda la vida vestido de negro y, conociéndome, me horrorizaba tener que comportarme las veinticuatro horas con la rectitud y dignidad que se esperaba de un religioso, siempre expuesto a que mis actos litúrgicos, docentes y hasta civiles, fueran observados atentamente por fieles, alumnos y superiores.

En semejante estado de ánimo dormía mal y, noche si y noche también, mis miedos afloraban en una pesadilla recurrente que se materializaba en la tonsura que me harían al ser ordenado. Un redondel pelado común a todos los religiosos que tendrían que recortarme periódicamente y a mí los peluqueros me disgustaban sobre manera. Lo peor de la pesadilla no era el peluquero vaciándome la coronilla, sino que en vez de pelo empezaba a crecerme yerbajos de todo tipo que yo tenía que cortar a cada poco. Trataba de ocultar aquel jardín con el bonete pero los vegetales crecían tan deprisa que tras un rato sin cortarlos, el bonete empezaba a levantarse por el empuje de las plantas y sentía cómo sus raíces se hundían dentro de mi cabeza. En los primeros sueños solo eran yerbajos pero a medida que se acercaba la fecha de ir al noviciado, los vegetales aumentaban de tamaño y hubo noches que me salían tomateras y berenjenas imposibles de disimular y sus raíces ahondaban en mi cabeza hasta a salir por las orejas. Durante el día me sorprendía tocándome insistentemente la coronilla, todavía intacta y con todo su pelo.

La esquizofrenia entre lo que quería ser y lo que sería si no conseguía salir del internado, afloraba en mi subconsciente cada noche. En cierto modo esta hiperactividad nocturna me ayudó a encontrar la solución.

Una noche, en vez de soñar con el huerto de mi coronilla, me vi ya ordenado y oficiando misa, muy preocupado por sentirme observado por los feligreses, ocurrió un percance muy afrentoso. Los dos monaguillos que me ayudaban a misa eran como yo mismo, aficionados al vino de consagrar e igual de golfos que yo lo había sido. Yo musitaba en latín los rezos del misal de espalda a los fieles y con los monaguillos arrodillados detrás de mí. A mis frases en voz alta tenían que contestar en latín pero pasaban de lo aprendido en el catecismo del padre Astete y alardeaban de creatividad y mala leche. Si yo decía Dominus boviscum, ellos contestaban con voz gangosa El vino que bebe Asunción insinuando mi afición al vino de consagrar. Si para disimular y que los fieles no se enterasen de tal insubordinación yo decía en voz más alta de lo normal y alargando tanto como podía Oreeeeemus, como si estuviera cantando gregoriano, los monaguillos irreverentes contestaban entre risas ni es blanco ni es tinto ni tiene color. Yo estaba seguro que aquellos desalmados se habían bebido algo más que las vinajeras antes de empezar la misa. La cosa empeoró cuando tenían que levantarme ligeramente la casulla por detrás y cogiendo el borde del alba me la subieron hasta la cintura para que todos los fieles me vieran los pantalones, con lo que al jolgorio de los monaguillos se añadió el de algunos fieles. Mi cabreo iba en aumento y decidido a darles un escarmiento, al volverme hacía los fieles para bendecirles y anunciar que la misa había acabado, giré impetuosamente con una pierna en alto para barrer de un patadón a aquellos hijos de mala madre, con tan mala fortuna que por el impulso rodé por los escalones del altar mientras los monaguillos, que habían esquivado mi furibundo ataque, retomaban la forma canónica de ayudar a misa y volviéndose hacia los fieles tocando la campanilla estruendosamente anunciaban de forma teatral Ite misa est y desternillándose de risa se dirigieron a la sacristía seguro que para amorrarse al garrafón de moscatel. Ningún feligrés hizo ademán de ayudarme y allí quedé muerto de vergüenza y echaba espumarajos por la boca jurando que mataría a los dos insumisos si conseguía rehacerme de la fenomenal costalada.

Desperté sudoroso y afectado porque la pesadilla era el trasunto de cómo tenía interiorizado cuales serían mis sensaciones en mi vida de fraile, pero no me quedó más remedio que admitir que los monaguillos de la pesadilla eran unos tíos salados y pistonudos, aunque me la hubieran jugado. Claro que como episodio onírico estaba bien, pero si algo parecido ocurriera en el internado aquellos dos tunantes no tardarían un minuto en ser expulsados. No tardarían un minuto en ser expulsados, repetí mientras me vestía deprisa para bajar al comedor. Acababa de intuir como podría bajarme en marcha de aquel tren que cada día me acercaba un poco más al noviciado.

Cuando me tocaba ayudar a misa, el día anterior acompañaba al hermano lego a la sacristía para preparar toda la parafernalia necesaria. En una ocasión que se acabó el vino de la botella de rellenar las vinajeras, vi cómo el hermano lego abría un armario donde guardaba un garrafón con vino de consagrar. Rellenó la botella y volvió a cerrar el armario-bodega. Yo estaba a lo mío pero la fortuna quiso que a través de un espejo viera guardar la llave detrás de un cuadro de Don Bosco que presidía la sacristía.

Empecé a pensar en cómo aprovechar aquel descubrimiento en beneficio propio. Se lo conté a Perico y planeamos darnos un atracón de moscatel cuando coincidiéramos los dos de sacristanes. Necesitaríamos un cómplice para alejar de la sacristía al hermano lego mientras nosotros perpetrábamos el latrocinio. Perico me contó que Manolo, que era de su mismo pueblo, necesitaba urgentemente que le echaran del internado porque tenía una medio novia cuyo recuerdo le hacía muy duro su ausencia del pueblo y estaba dispuesto a hacer una trastada lo suficientemente grande como para que le echaran. No le importaba pasarse el resto de su vida trabajando en la mina como su padre y sus hermanos. Era el tercer hombre que necesitábamos y los tres nos pusimos a maquinar un plan conjunto.

Ya había terminado el curso y nos habían entregado los libros de escolaridad con las notas y los diplomas a aquellos que el próximo curso entraríamos en el noviciado. Había que actuar de inmediato. La ceremonia de entrega había sido en el salón de actos con la solemnidad de todos los años, seguida de una merendola con patatas fritas, sándwiches y naranjada. Cuando terminó la ceremonia y simulando ayudar a retirarlo todo, me guardé debajo del jersey dos bandejas de cartón blanco que habían contenido los sándwiches y Perico dos botellas de Fanta. Guardé las bandejas debajo del colchón hasta que fueran necesarias.

Empezaba un período un poco tonto antes de las vacaciones de verano con más tiempo libre y alguna excursión, pero básicamente nos dedicábamos a jugar al fútbol y leer aunque no faltaban las charlas edificantes y preparatorias de la etapa del noviciado.

La semana antes de las vacaciones coincidimos Perico y yo de monaguillos y avisamos a Manolo para que estuviera preparado, pues no podíamos retrasarlo más. Después de la siesta nos ordenó el hermano lego que le acompañáramos a la sacristía para preparar las cosas de la misa del día siguiente. Estábamos recortando las obleas, preparando las vinajeras, repasando las velas y ordenando todo un poco, cuando por la ventana de la capilla oímos que empezaba el partido de fútbol de cada tarde y al exaltado Manolo dando voces, pidiendo que le pasaran el balón. Todo parecía estar en orden.

Perico y yo actuábamos con parsimonia esperando que Manolo hiciera lo convenido, cuando oímos un estrépito de cristales rotos porque un punterazo de Manolo había estrellado el balón contra la vidriera de colores que representaba a María Auxiliadora y cuyos trocitos regaron el suelo de la capilla, al lado del altar. El hermano lego salió como un tiro a la puerta de la sacristía y al ver el estropicio exclamó asustado

–       ¡ La Virgen ! – y salió despavorido hacía el campo de deportes como si se hubiera venido el mundo abajo. En el campo de deportes se había hecho un silencio total.

Con la misma rapidez que el hermano lego había abandonado la sacristía nos pusimos manos a la obra. Cogimos la llave de detrás del cuadro, abrimos el armario y llenamos las dos botellas de Fanta con el moscatel destinado a convertirse en sangre de Cristo. Habíamos planeado juntarnos los tres y pegarnos una fiesta pagana en algún sitio recogido. Cerramos el armario y pusimos la llave en su sitio. Mientras salía con su botella envuelta en papel de periódico, Perico me dijo que me diera prisa. Contesté que enseguida, que iba a terminar de recogerlo todo. Pero mis planes eran otros.

Manolo ya había hecho méritos suficientes para irse a casa y faltaba que yo hiciera lo propio. Me eché al morro la botella y el moscatel fresco y dulce me supo a gloría. Yo estaba acostumbrado a pequeños sorbos de las escurriduras de las vinajeras y no era muy consciente de que aquello era vino y que me la cogería si seguía con aquellos lingotazos. Mi plan era que cuando los frailes entraran a ver el destrozo de la vidriera me encontraran con las manos en la masa, bebiendo el vino robado. Salí de la sacristía para oír mejor lo que pasaba en el exterior y me acerqué al altar mientras empinaba la botella. Qué bueno estaba el vino y qué bien me sentaba, tan fresquito con el calor que hacía.

Al otro lado del hueco donde había estado la vidriera se oía una algarabía enorme. Los futbolistas explicaban vehementemente a los que llegaban cómo Manolo había metido un gol a la Virgen. Como el hermano lego había ido a buscar al jefe de estudios para que se hiciera cargo de la investigación y aplicara justicia, pensé que aquello podía ir para largo así que me senté en el altar y seguí refrescándome el gaznate. Balanceaba las piernas en el aire y me encontraba cada vez más alegre pensando en lo poco que me quedaba por estar allí. Ya me había bebido la mitad de la botella y temí que se me acabara el vino antes de que entraran los de la sotana. Ahora, además de las piernas, balanceaba los hombros y la cabeza y canturreaba la canción que los días de excursión cantábamos en el autobús

Para ser conductor de primera, de segunda, de terceeeeeera….
Para ser conductor de primera, acelera, aceleeeera…. (trago)
Hace falta ser buen bebedor
Con el vino se engrasan las bielas, acelera, aceleeeera…. (trago)
Y se toman las curvas mejor (trago, trago, trago)

Ya balanceaba todo el cuerpo basculando sobre el culo y me acercaba con los hombros peligrosamente al altar, mientras oía al otro lado de la no-vidriera cómo el jefe de estudios afeaba a Manolo lo torpe que era y le amenazaba que se fuera preparando. Y cómo Manolo le contestaba con sorna berciana, aprovechando el ambiente milagrero imperante,

–       Es que oí como la Virgen me pedía que le pasase el balón, pero no calculé la fuerza y ya ve…… – fingiendo estar compungido por lo sucedido

–       ¡Qué grande eres, Manolo! – decía yo con risa floja de beodo (trago)

Sujetando la botella con una mano, empecé otra vez con los cánticos mientras me recostaba dulcemente en el altar, que estaba blando y fresquito, usando el brazo libre como almohada

Fara ser fonductor de frimera, (trago) de fefunda, de ferfeeeeera…. (trago)
Fara fer fonfuctor fe frimera,….

Ya casi no percibía el follón de afuera y me sentía tan a gusto…., tan fresquito……..

Como en sueños, oí un frufrú de sotanas que pasaban a mi lado y que un fraile que se parecía al jefe de estudios subía al púlpito para mejor observar el destrozo de la vidriera y desde allí gritaba señalándome con un dedo acusador

–       ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! ¡Usted es un sacrílego! ¡Sacrílego! ¡Borracho!

El hermano lego olió la botella y se dirigió derecho al armario-bodega. Al ver el garrafón medio vacío se asomó a la puerta de la sacristía y terció en la filípica

–       ¡Y ladrón! ¡Y ladrón! ¡Un ladrón y un borracho! – mientras levantaba el garrafón medio vacío para que lo viera el del púlpito

Medio dormido, al sentir que me sacudían por el hombro reacomodé la cabeza sobre el brazo que hacía de almohada. Insistieron en las sacudidas y las piernas se me cayeron del altar con lo que me incorporé asustado con la sensación de perder el equilibrio y empujé sin darme cuenta la botella que rodó por el altar y cayó rompiéndose en añicos con gran estrépito. El ruido de cristales rotos y las voces del jefe de estudios, cuya cara estaba a pocos centímetros de la mía, hicieron que empezara a tomar conciencia de dónde y por qué estaba allí. El jefe de estudios me gritaba

–       ¡Usted se la ha cargado, por borracho! ¡Le voy a llevar ante el claustro! ¡De esta no se libra, sinvergüenza, malnacido! – mientras agitaba su dedazo delante de mis narices

–       ¡Sinvergüenza y ladrón! ¡Ladrón y borracho! – animaba el hermano lego cuya cabeza asomaba por detrás del jefe de estudios

Aún algo adormilado, me sentí tan acosado por aquella gente encima de mí que hice un gesto defensivo con los brazos y los dos ensotanados dieron un respingo hacía atrás cayéndose de culo al pie del altar en un revoltijo de brazos, sotanas y pantalones. Me hizo tanta gracia verles en postura tan poco digna, que me eché a reír con voz de borracho mientras les señalaba en claro gesto de burla.

Se levantaron como pudieron y un poco amedrentados por mi impulsiva reacción, se fueron retirando mientras el jefe de estudios me gritaba

–       ¡Prepárese, indigno! Le vamos a expulsar. No podrá ir al noviciado. Ha arruinado su vida – seguía agitando su dedo acusador mientras retrocedía hacía la puerta de la capilla.

Yo había recuperado algo el control y quise rematar la faena para que no hubiera duda. Me llevé una mano a la boca haciendo bocina y les dediqué una sonora pedorreta que reverberó en toda la capilla. Los de negro debieron creer que me había vuelto loco o que estaba poseído, porque salieron de la capilla atropelladamente cual alma que lleva el diablo.

Seguí durante un buen rato sentado en el altar, disfrutando de la sensación de bienestar que me embargaba por el moscatel trasegado y la satisfacción del deber cumplido. Me bajé del altar con movimientos cautelosos y salí con paso vacilante, pero erguido, camino del dormitorio para preparar la maleta pues aquello ya no tenía vuelta de hoja.

Estaba haciendo la maleta cuando me avisaron para que me presentara de inmediato en el despacho del rector. Terminé sin prisa la maleta, me refresqué la cara con agua y me fui calmosamente hacía el despacho del rector sabiendo lo que me esperaba. Allí estaban el rector y el jefe de estudios que cuando me paré de pie delante de la mesa del rector se puso a una prudente distancia de mí. El rector fue muy breve,

–       Por la gravedad del asunto, hemos considerado que no eres digno de ordenarte como sacerdote. Mañana a primera hora, informaré al claustro y serás expulsado de los salesianos. Mañana mismo te iras a tu casa con vacaciones indefinidas.

–       Tiene usted razón, padre rector. ¿Manda algo más? – Extrañado porque no me hubiera desecho en disculpas, por el nulo arrepentimiento que mostraba y por lo poco contrariado que parecía, el rector me miraba incrédulo y como diciendo que no con la cabeza lentamente. Di media vuelta y me fui por donde había venido.

Aproveché lo que quedaba de día para despedirme de los amigos que se mostraban preocupados por el fin de mi carrera y yo les consolé como pude. Solo Perico y Manolo que estaban al tanto del asunto me felicitaron por el desenlace. Decliné su invitación para participar en la libación nocturna que tenían planeada y quedé con Manolo, al que también habían aplicado el mismo artículo reglamentario que a mí por haberle hecho un pase a la Virgen, en vernos por la mañana en la portería del colegio para coger el autobús que nos llevaría hasta el tren.

A la mañana siguiente bajé a la portería donde ya teníamos preparados los billetes y una bolsa con algo de comida para el viaje. Manolo me esperaba sentado encima de su maleta con cara de sueño, señal de que la despedida con Perico y otros secuaces se había prolongado hasta altas horas, pero con aspecto satisfecho. Le pedí que guardara mi maleta unos minutos mientras iba al baño. El colegio parecía desierto pues los chavales estaban en la biblioteca y los profesores en el salón de actos donde el rector les informaba de la doble expulsión.

En el retrete saqué las bandejas de cartón de debajo del jersey y puse una de ellas encima de la taza del váter; me bajé los pantalones y elaboré una ensaimada de proporciones regulares lista para ser entregada. Tapé el regalito con la otra bandeja y salí llevándolo todo con el brazo extendido como si fuera un camarero consumado en dirección al despacho del jefe de estudios que estaba en el salón de actos adornando la exposición del rector con sus comentarios de testigo directo. Entré sin llamar y deposité aquello encima de su mesa. Cogí un bolígrafo de oro que había sobre la escribanía, lo unté en la ensaimada y escribí en la bandeja de arriba “¡SOBÓN!”. Cerré la puerta del despacho y me fui para la portería.

Diez minutos más tarde sonó la bocina del autobús, justo cuando ya se oía el rumor de pasos de los profesores que abandonaban el salón de actos. Cuando el autobús arrancaba Manolo se volvió hacia el colegio y le dedicó un corte de manga con toda su alma de minero. Yo no quise mirar pues hacía un instante que había rubricado de forma contundente mi salida del internado. Aquello no merecía ni una palabra ni un gesto más. Solo lamentaba no haber podido dejarle otro regalito al hermano lego por chivato y chupa filetes.

Viajamos juntos hasta Ponferrada y Manolo me enseñó la foto de su novia que había conseguido mantener a salvo de registros durante aquellos años. Nos despedimos con un abrazo y nos deseamos suerte. Yo seguí solo hasta Villablino temeroso de cómo se tomaría mi padre la noticia. Primero le enseñaría el libro escolar con unas notas tirando a buenas y luego le contaría lo que no me atreví a decirle los años anteriores: que quería ser ingeniero y que no volvería con los frailes. Si las cosas se ponían feas, no tendría más remedio que recordarle que también él se había salido de los curas y que ni había sido un desgraciado ni le había pasado nada.

Mayor problema sería explicárselo a la abuela y a las tías en Vegarienza, que hacía años soñaban con tener dos curas en la familia que paliaran la añoranza del tío Federico, el último fraile familiar. Les consolaría diciendo que ya estaba mi hermano mayor ocupándose de eso y remacharía, mintiendo como un bellaco, que yo no podía ser fraile pues en el internado habían descubierto que me sentaba tan mal el vino de consagrar que podría darme un ataque en mitad de la misa. Si llegaba algún informe del colegio contando lo realmente sucedido, ya encontraría a quien echar la culpa. Me estaba convirtiendo en un truhan con cara de ángel. De momento aquel verano intentaría sacar provecho con las chavalas a mi cara de no haber roto un plato. Y que ¡no me hablasen de ayudar a misa en Vegarienza!.

Con todo el plan bien pergeñado, me quedé dormido en los duros asientos de madera y, como casi siempre, mis vivencias y obsesiones se incrustaron en mi sueño. Soñé que el jefe de estudios, todo engreimiento, llevó a los profesores a su despacho para enseñarles las estadísticas de las notas del curso. Extrañado, se quedó parado un momento ante su escritorio y apartando un par de moscas que sobrevolaban el regalito, levantó la tapa y todos pudieron ver el graffiti (más bien mierdditi) ¡SOBÓN!. Cuarenta pares de ojos interrogadores se dirigieron al jefe de estudios que frenéticamente aplastaba la bandeja de arriba sobre la ensaimada para borrar el graffiti acusador. Los subproductos de mi metabolismo, tan dúctiles y maleables como yo mismo, obedecieron dócilmente a la presión y se extendieron sobre las estadísticas tan laboriosamente preparadas. Transfigurado por la ira, cogió la bandeja con rabia y la lanzó contra sus colegas, mudos aún por la sorpresa. Los de la primera fila pudieron agacharse a tiempo y la bandeja encontró en su trayectoria la cara del hermano lego que aún seguía con la boca abierta, intentando explicarse si las desgracias de los últimos días se debían a sus muchos pecados o a un momento de distracción de Don Bosco. Profundamente dormido, me removí satisfecho en el asiento como si lo que acababa de soñar hubiera sucedido de verdad. Magnífico desenlace.

Al llegar a Villablino me desperté reconfortado por la larga siesta y el regustillo de haber tenido, por fin, una ensoñación agradable sin lucha a brazo partido con hortalizas o monaguillos insolentes. Bajé del tren eufórico, me eché la maleta al hombro y comencé a subir la empinada cuesta con una ligereza inusitada, felicitándome por la forma tan cutre, pero eficaz, de acabar con mi contribución a la diáspora familiar. Era un completo truhan, pero bendita imaginación que me había librado de las faldas y la tonsura. Allí mismo empezaba una nueva vida.

Nota del autor: Todos mis relatos se refieren a historias personales excepto este. Esta historia que no he vivido yo pero si alguien de mi familia, me ha atraído intensamente desde siempre por iconoclasta y golfa. Salvo el episodio de las vinajeras, que conozco por referencias y lo cuento no como fue sino como lo he imaginado, el resto es ficción y así hay que leerlo. Escribo en primera persona para que no quede la mínima duda que lo que cuento es consecuencia de mi invención y del esfuerzo por meterme en la situación del personaje y en el escenario, aunque en el desarrollo también he incorporado vivencias personales.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: elpais.com, matermundi.tv, blogs.hoy.es.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Guardianes del camino (irritante progreso)

Persiguiendo al enemigo

Guardián de la tradición

En nuestra dieta veraniega en Vegarienza, los huevos con patatas fritas eran una pieza fundamental cada noche. Daban mucho juego pues aquellas yemas grandes y rojizas permitían mojar tanto pan como el hambre aconsejase y complementado con un buen tazón de leche fría con sus correspondientes migotes de pan, ayudaban a pasar la noche sin que las tripas rugieran demasiado.

Por muy bien alimentadas que estuvieran las quince o veinte gallinas de la abuela, eran incapaces de poner huevos suficientes para aquel regimiento de veinticinco o treinta personas y que sobrara alguno para dar rienda suelta a los afanes pasteleros de aquellas mujeres que siempre andaban horneando mazapanes, magdalenas, canutillos de crema, brazos de gitano, rosquillas, natillas y otras exquisiteces que tenían como ingrediente indispensable el huevo.

Ante tal escasez era necesario proveerse de más huevos para alimentar a aquella caterva hambrienta, que tenía la mala costumbre de cenar todas las noches. En Vega era inútil buscar huevos en otras casas pues había muchos veraneantes y toda la producción solía estar comprometida, por lo que había que buscarlos en los pueblos próximos. Los más cercanos eran El Castillo y Aguasmestas, pero allí había menos gallinas que habitantes y hubiera sido inútil preguntar. Garueña distante unos tres kilómetros por el camino de Sosas era el siguiente pueblo más próximo, todas las casas tenían gallinas, por el camino solo discurría algún carro de vacas y la Guzzi de Antonio el guardamontes por lo que el mayor peligro del trayecto era pisar una boñiga fresca de vaca.

Se daba también la circunstancia de que era el pueblo del tío Balbino, padre de mi primo Jose, donde aún vivían su abuela y algunos tíos y mi primo pasaba allí algunas semanas del verano con lo que se conocía al dedillo cada casa y era una buena recomendación ante las mujeres que vendían huevos. Por todo ello era el destino más frecuente de las incursiones hueveriles. Para mi Garueña siempre tuvo resonancia cartaginesa por los nombres de algunos vecinos como Aníbal y Amílcar y fama de gente industriosa, aficionada a la carpintería y hábiles forgando palos.

En esta tarea de aprovisionamiento los chavales teníamos un papel fundamental. Al haber dinero de por medio y dado que la fragilidad de la mercancía exigía ser cuidadoso, la tarea era encomendada a los mayores con lo que el primo Jose y yo éramos los habituales compradores de huevos. Ciertamente era una tarea poco agradecida y de riesgo como se verá, por la idiosincrasia de los perros omañeses dueños y señores del trozo de camino que discurría delante de sus casas.

Sabíamos que los huevos y la bicicleta eran incompatibles, pero siempre que nos mandaban por huevos hacíamos la intentona de ir en bicicleta con lo que a las mujeres les entraban los siete males imaginando el entrechocar de huevos en cada rebote de la huevera colgada del manillar. Nos repetían machaconamente que no fuéramos alocados, que no nos pasase como “al que asó la manteca”, repitiéndonos el archisabido cuento del tonto al que mandaron en pleno verano por mantequilla a otro pueblo y se demoró tanto que cuando llegó a casa no encontró la mantequilla, que se había derretido por no protegerla del sol. Sus padres le dijeron “Tonto, más que tonto. Debías haber metido la mantequilla en cada fuente del camino”. El muchacho tomó buena cuenta del consejo y lo puso en práctica la siguiente vez que le enviaron a comprar. El problema fue que le mandaron a por un saco de sal que metió en todas las fuentes que encontró en el camino, con lo que la sal se disolvió y el resultado fue similar al de la mantequilla. Y la bronca también.

Así que allá nos íbamos andando por un camino de tierra, con una huevera de alambre de forma esférica y una bolsa moruna de cuero con el culo redondo, el dinero bien apuñado en la mano y retumbándonos en la cabeza las cien veces que nos habían dicho que estuviéramos atentos a las cuentas y que no fuera a pasar como la última vez que habíamos traído varios huevos cascados.

Aun sabiendo que la mantequilla y la sal del cuento no tenía mucho que ver con los huevos, salíamos de Vega concienciados de que no podíamos distraernos y nos jurábamos que esta vez seríamos capaces de volver con todos los huevos intactos. El camino de ida lo hacíamos sin entretenernos por miedo a perder el dinero, aunque si comentábamos lo que nos hubiera gustado hacer en cada curva del camino o cada pozo del río de no ser responsables de una misión tan trascendente. Tardábamos casi una hora en hacer el trayecto, lo que era demasiado tiempo resistiendo la tentación de poner en práctica tanta idea como se nos ocurría. Cuando llegábamos saludábamos a la abuela de mi primo, bebíamos agua del botijo y si la tía Delia había hecho mazapán reponíamos algo nuestras fuerzas, que buena falta nos iba a hacer pues entonces empezaba lo duro de la misión.

En Omaña las casas de labranza obedecían basicamente a dos distribuciones típicas, según tuvieran una o dos puertas al camino. Cuando la casa solo tiene una puerta esta es grande y con dos hojas para que quepa el carro, de ahí que se le denomine puerta carretera, por la que acceden al interior tanto las personas como los animales. Da acceso al corral, a las cuadras y a la vivienda que generalmente está al fondo del recinto. Mi impresión es que esta tipología es la más antigua y eran las más abundantes en Garueña. En el otro tipo de casas la vivienda tiene puerta al camino y adosados a la casa como estructura independiente están el corral, las cuadras y el pajar, accediéndose desde la casa al conjunto por una puerta interior. Desde el camino el carro y los animales acceden al corral y cuadras por la segunda puerta, la carretera.

A la hora de comprar huevos había diferencias fundamentales entre estas dos tipologías de casas. Si se trataba de una casa del segundo tipo con la puerta de la vivienda al camino, llamábamos a esta puerta y la señora nos oía fácilmente desde la cocina o cualquier habitación. Otra diferencia fundamental era que el perro de la casa solía estar tumbado en el camino, delante de la fachada, y esa visión directa del animal solía facilitar las cosas, pues podíamos silbarle o hacerle carantoñas lo que nos permitía conocer de qué humor estaba. Si no estábamos muy seguros del genio del perro, podíamos llamar a la señora desde el otro lado del camino, sin acercarnos a la casa, siendo así más fácil sortear el obstáculo que suponía el perro guardián.

Estas carantoñas y maniobras de distracción solo servían si no tenías alguna cuenta pendiente con el perro, ya que los canes de por allí eran muy aguerridos y militantes activos contra el progreso. Raro era el perro que estando tranquilamente tumbado en la orilla del camino no se lanzara a una carrera alocada cuando pasaba un coche o el autobús de línea, ladrando al vehículo e intentando morderle las ruedas hasta que eran superados o se habían alejado demasiado de su territorio. Por eso mismo era raro el perro que no terminaba su vida bajo las ruedas de un coche o tullido como consecuencia de uno de estos lances. A los perros atropellados se les distinguía porque trotaban torcidos, con el lomo formando un ángulo con la dirección de la marcha. Como con el dilema de si fue primero el huevo o la gallina, nunca supe si esta actitud de los perros de Omaña con todo vehículo rodante que no fuera impulsado por las vacas, era innata o traslucía un ánimo de venganza por los congéneres caídos bajo las ruedas de aquellos monstruos ruidosos y veloces que había traído el progreso.

A la bicicleta también la consideraban un ente extraño y hacían lo mismo que con los coches, corriendo en paralelo unos cuantos metros ladrando y enseñando los dientes intentando morder lo primero que encontraban al lado de los pedales, que en aquellas circunstancias amargas movíamos a toda mecha. Cuando perdías los nervios viendo que el perro te iba a dar un bocado en la pantorrilla, intentabas lanzarle una patada en el hocico procurando controlar la bicicleta que por efecto del patadón se desviaba de la trayectoria, mientras hacías esfuerzos para que el corazón no se te saliese por la boca. La única forma de eludir este tipo de encuentros era bajarte de la bicicleta unos cuantos metros antes de la posición del perro y pasar andando humildemente por delante, aceptando vergonzantemente que él era el dueño y señor de aquel trozo de camino. Si con el perro de la casa habías tenido algún percance ciclista, cuando ibas a pie te miraba todo el rato fijamente y con odio reconcentrado mientras te obsequiaba con un gruñido continuo, sordo y muy poco amistoso.

Aquellos perros estaban enseñados a guardar la casa con celo y solo se debían a sus dueños. Consideraban también como de su propiedad la parte del camino que ocupaba la fachada y raro era que no se enzarzaran en peleas con otros perros que pasaban por delante, aunque fueran del mismo pueblo. Era conveniente llevar un palo en la mano para defenderse de los canes excesivamente celosos de su trozo de camino. Desde luego serían los mejores amigos de su amo, pero a los niños-compradores-de-huevos nos odiaban con todas las potencias de su alma perruna.

Comprar huevos en el otro tipo de casas solía ser un trago más amargo todavía. Al perro no le veíamos pues solía estar en el corral y empezaba a ladrarnos desde detrás de las puertas carreteras tan pronto como oía u olía que nos aproximábamos. Cuando llamábamos a las portonas para llamar la atención de la dueña, el perro empezaba a cabrearse cambiando los ladridos por un gruñido sordo y continuo, acercándose a las puertas para olisquearnos. Cuando oíamos a la mujer desde la casa situada al fondo del corral que nos decía  que pasáramos, levantábamos la aldaba y abríamos tres o cuatro centímetros la puerta, sujetándola firmemente para evitar que metiera el morro la fiera y así dar a entender a la señora que hiciera algo por apaciguar a la bestia, al tiempo que preguntábamos con una voz que no nos salía del cuello “Señora, ¿tiene huevos?”.

La señora que no se hacía cargo de la magnitud de nuestro terror, chistaba al perro para que se callase y nos indicaba “Pasar, pasar, monines, que el perro no hace nada”. El perro se alejaba un poco de la puerta pero seguía gruñendo sordamente mientras miraba al suelo con disgusto, dejándonos fuera de toda duda que estaba ansioso por pegarnos un mordisco. Iniciábamos entonces un caminar lento y cauteloso midiendo la distancia entre el perro y nosotros, calculando cuan rápido tendríamos que correr hacia la señora ante cualquier movimiento sospechoso del animal para que no nos alcanzase. La señora nos repetía “No tengáis miedo, que no muerde”, mientras nosotros avanzábamos con miedo sintiendo en las pantorrillas el aliento del perro que nos seguía gruñendo a pocos centímetros y sintiendo los latidos de nuestro corazón que parecían martillazos. Solo cuando poníamos el pie en el primer escalón de la escalera desde cuya parte alta nos hablaba la señora, recuperábamos el resuello y nos salían las palabras para contarle nuestras pretensiones comerciales. El perro al vernos hablar con la dueña y como si no hubiera pasado nada, se tumbaba en silencio satisfecho de la defensa que había realizado de la casa del amo.

Nos aclaraba a cuanto estaba cobrando la docena y los huevos que podía vendernos. Entraba a la cocina y volvía con los huevos en una fuente o en una cesta desde donde los pasábamos a la huevera y a la bolsa. En la mayor parte de las casas los huevos estaban limpios pero en otras nos los sacaba la señora pringados de gallinaza. Por el aspecto de la dueña nosotros podíamos adivinar en que casa las gallinas no usaban papel de limpiarse el culo antes de poner los huevos, pero no estaban las circunstancias para ser remilgados pues sabíamos que por dentro todos eran iguales. Pagábamos y emprendíamos el regreso hacía la puerta mirando atentamente al perro, que ya no nos prestaba la más mínima atención. Después de salir de la casa pasaban algunos minutos  hasta recuperar la calma y poder así soportar el trago que iba a suponer la siguiente vivienda con su correspondiente perro guardián.

Si algún día supero mis reparos a publicar el relato “Crueldad innecesaria” por su crudeza, se podrá ver como lamento el acoso a que sometíamos a los perros que encontrábamos apareados, achacándolo a la envidia y cuan gratuita era aquella violencia. Pero acabo de caer en la cuenta de que algo de aquella actitud violenta podría justificarse por un sentimiento de desquite de los malos ratos que nos habían hecho pasar los perros en el desarrollo de actividades tan pacíficas como andar en bicicleta o comprar huevos.

Cuando habíamos terminado con todas las casas del pueblo o ya teníamos huevos suficientes, emprendíamos el camino de vuelta a Vega no sin pasar antes por casa de la abuela de mi primo por si caía otro trozo de mazapán. Caminábamos con cuidado amortiguando con los brazos el efecto de nuestras pisadas en el camino, pues los huevos iban uno encima de otro sin más protección.

A medida que nos alejábamos de Garueña y sus perros el efecto de la adrenalina se diluía, respirábamos hondamente y comenzaba a emerger la necesidad de relajarnos con alguna actividad física para compensar la autocontención que nos habíamos impuesto a la ida. Enseguida nos bullían en la cabeza las ideas que habíamos descartado a la ida y que ahora acudían en tropel a nuestras mentes.

Se nos hacía irresistible la necesidad de ver si en algún pozo del río había truchas e incluso intentábamos pescarlas si veíamos donde se escondían. O mi primo se empeñaba en enseñarme los artilugios de madera que había fabricado con sus tíos y primos en su última estancia en Garueña, que solían reproducir el rodezno de un molino que aún seguía dando vueltas incansablemente en algún punto del Baltaín. O era inaplazable la necesidad de cortar una vara que nos parecía buena para fabricar una cachaba o para hacer un chiflo.

Entre tanta actividad había que saltar paredes y ribazos, manteniendo el difícil equilibrio de la huevera y la bolsa, dejar los huevos a la sombra y en lugar seguro a salvo de mirlas, grajos, lagartos y culebras. Y casi siempre surgía el desastre. No tan grande como el del tonto de la manteca, pero algún huevo terminaba perjudicado.

Si los huevos rotos eran uno o dos y habíamos tenido la suerte de que alguna mujer nos hubiera regalado un par de huevos por eso de conocer a mi primo, tirábamos los rotos bien escondidos en un zarzal y seguíamos camino desconsolados pues aquella noche comeríamos un solo huevo en vez de dos, el que nos tocaba y el que nos habían regalado. Si no había huevos regalados sabíamos que tendríamos bronca gorda y seríamos objeto de burla del resto de comedores de huevos que nunca imaginarían lo que habíamos pasado, casi jugándonos la vida para que ellos pudieran cenar.

Si los huevos solo estaban estallados pero no se salía el contenido, sabíamos que se podían cenar esa misma noche y la bronca sería menor. O la tía Pili haría con ellos un flan o unas rosquillas que, injustamente, no probaríamos los culpables del estropicio por falta de cuidado con las cosas de comer. Si todos los huevos llegaban enteros y las vueltas del dinero eran correctas, no pasaba nada. Habíamos hecho lo que había que hacer y allá nosotros con los sustos de los perros. Ya decía yo al principio que esto de los huevos era un asunto peligroso y desagradecido.

Entretanto el resto de los hermanos y primos habrían pasado la tarde tan ricamente, sin sobresaltos, y cenarían su huevo correspondiente sin importarles lo que había costado conseguirlos. A veces pensé que era preferible ser gallina y poner los huevos por mi mismo aunque te doliera el culo, en vez de jugarte la vida en Garueña.

Vaya usted a saber si mis problemas coronarios son consecuencia de lo mal que he comido o de aquellos sustos perrunos que me dejaron el corazón tocado. Ahora yo a régimen de huevos y cualquier alimento que los contenga, es decir muchos, y todos mis hermanos y primos comiendo de todo y a esgarrapellejo. Está claro que la primogenitura cuando no hay una buena herencia de por medio, es más un inconveniente que una ventaja.

Cuando en Garueña se acababan los huevos, la incursión había que hacerla en Santibáñez o Guisatecha, donde no nos conocían en las casas y los perros eran igual de fieros. Y con casi todos ellos habíamos tenido algo que ver en viajes en bicicleta a por puntas o alambre a casa de Fidel, por lo que los malos ratos eran similares. Y es que casi todos los perros de por allí eran fieros defensores de sus quince metros de camino. Sobre todo el de la molinera del Castillo, que tan malos ratos me hacía pasar yendo en bicicleta río abajo a llevarle la merienda a mi padre cuando pescaba por la zona de La Omañuela.

De toda Omaña solo con dos perros tuve una convivencia razonable. El Pol del abuelo, un pacífico setter irlandés al que le costaba gruñir como los canes nativos, y el Jay de tío Baldomino, un pointer que se pasaba la mayor parte del día dormido, soñando con las codornices que iba a cazar cuando viniera el primo Paco. Y justo en aquellas dos casas era el único sitio en que los huevos no había que comprarlos, solo había que cogerlos de los nidales. Creo que los dos benditos Pol y Jay, murieron también en la carretera cumpliendo con su deber de morder las ruedas del autobús de Beltrán, en alguno de los cuatro viajes diarios con que trastocaban la placidez de sus siestas al borde de la carretera. Nadie pareció reparar que en aras del progreso, se les faltaba al derecho de aquellos perros de Omaña a disfrutar su siesta en paz a la vera del camino, que les pertenecía desde tiempo inmemorial. Descansen en paz.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: blogdeceuta.com. Composición de David García Sánchez

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El Camino Omañés (¡el camino es mío!)

Marcelo Fraga Iribarne

Marcelo Fraga Iribarne

La carretera que surca toda Omaña era cañada desde tiempo inmemorial y en “Trashumancia” cuento el trasiego incesante de personas y animales que pasaban por delante de la casa de mis abuelos en Vegarienza a lo largo de todo el año. No sabía que formara parte de las rutas de peregrinos a Santiago, pues en este trajín permanente no recuerdo haber visto a nadie adornado con la concha de vieira del peregrino, pero haberlos los hubo. Al menos uno según me cuentan en mi familia, pues yo llevaba varios años trabajando y no fui testigo de la aparición de un peregrino a caballo que llegó a Vegarienza un verano diciendo ser Marcelo Fraga Iribarne, hermano de Manuel Fraga.

Nadie sabe explicarme como llegó a Vega, una ruta inusual para los peregrinos, por lo que lo que digo son puras especulaciones. Pasados San Marcos y el puente sobre el río Bernesga, probablemente el peregrino iría distraído con sus rezos al Santo u otras fantasías pues sabido es que andar a caballo y en solitario durante tiempo prolongado y a plena solanera provoca momentos de ensimismamiento, por lo que al llegar el caballo al Crucero y no sentir firmeza alguna en las riendas, echó mano de su libre albedrío y en vez de seguir derecho hacia Astorga como dicen los códices del camino y que seguro eran los planes del peregrino, escogió un camino menos frecuentado y más sombreado metiéndose por el túnel verde de chopos que jalonaban en toda su longitud la carretera de la Magdalena.

Cuando el hambre hizo al caballero retomar conciencia de que estaba peregrinando a Santiago ya debía estar por Lorenzana. Como hombre estudiado y acostumbrado a tomar decisiones, valoró que era mejor seguir hasta Villablino y retomar en Ponferrada el camino francés que no debía haber abandonado nunca. Al llegar a La Magdalena, buscando el noroeste que sabía apuntaba a Santiago se adentró en Omaña y así creo que llegó hasta Vegarienza a media tarde de un día de verano de 1971 que era fiesta en el pueblo.

A la altura de la era del abuelo donde tenía lugar el campeonato de tenis de cada verano, debió preguntar por el alcalde con intención de pedir, exigir más bien, el hospedaje debido a los peregrinos. Los asombrados tenistas que no habían visto nunca semejante espécimen de jinete, le encaminaron hacía casa de Blanca ya que el tío Baldomino, hermano de mi abuela, era el que detentaba el cargo de edil.

No sé lo que sucedió en las etapas omañesas anteriores si las hubo, pero en Vegarienza don Marcelo dio muestras de un carácter atrabiliario parejo al de su ilustre hermano. Después de haber oído a su hermano afirmar rotundamente cuando era ministro de Gobernación sin ningún reparo “la calle es mía” y no de los trabajadores que querían celebrar el primero de Mayo, él probablemente debió creer que el camino era suyo como se verá.

Al poco de llegar a casa mi familia que había estado pescando cangrejos en el río Luna, entró mi hermana Olga toda agitada en la cocina diciendo que “en el corral hay un caballo y un caballero andante que exige agua caliente, vinagre y trapos limpios para curar los cascos del caballo“. Seguramente por su aspecto algo alucinado después de todo el día al sol, debió parecerle don Quijote redivivo.

Mi padre acudió al corral y le dijo que el caballo no podía quedarse allí pues había muchos niños en la casa y el equino podía contagiarles alguna enfermedad. A don Marcelo le surgió la vena autoritaria familiar y sacó a relucir la frase ritual “No sabe con quién está hablando, soy fulano de tal, el caballo es un purasangre del Ejército, está vacunado contra todo tipo de enfermedad contagiosa y el señor alcalde me ha dado permiso para alojar mi caballo en esta casa“, sin parar mientes en que la casa no era del alcalde sino de las personas que tenía delante.

Parece que al conocer el alcalde los insignes apellidos del peregrino le dijo que podría dejar el caballo en las cuadras de la casa de mi abuelo, a la sazón vacías pues hacía años que ya no había vacas. En vista de que el tío Baldomino estaba de por medio se zanjó el asunto diciéndole que podía dejar allí el caballo, aunque dejando traslucir que se hacía de muy mala gana por el tono tan despótico usado por don Marcelo, de forma que cuando preguntó dónde podía dejar la silla recibió por respuesta un “déjela usted por ahí“. Quitó la silla al caballo y la dejó desafiante sobre los tadonjos del carro que estaba en la parte cubierta del corral diciendo con tono amenazador “si se cae de ahí la silla, tomaré medidas“.

A mi padre y al tío Balbino se les llevaban los demonios por tener que aguantar aquellas maneras que hacían del acto de hospitalidad una imposición. Ya anochecido aún seguía la trifulca hasta el punto que Susana, mi hermana pequeña que dormía en la primera planta sobre el corral, se despertó al oír el alboroto. Se asomó con precaución a la ventana y vio en el corral al peregrino rodeado de mi padre, tío Balbino, mi madre y alguno más que discutían con el caballero afeándole sus maneras, pese a lo cual él no se achantaba ni pedía disculpas ni agradecía nada. Susana vio los ánimos tan exaltados que cree que faltó poco para que ante tanta desfachatez le tiraran al río, pues ya se sabe que en Vegarienza a los caballeros andantes no se les mantea sino que se les echa al río. Mientras el peregrino Fraga aseaba los cascos a su montura en la cuadra y llenaba el pesebre con hierba del pajar del alcalde, parece que se apaciguaron los ánimos aunque no le dieron ni las buenas noches cuando salió bufando hacia casa de don Eloy el cura donde pasó la noche.

A la mañana siguiente no sé qué otras lindezas dijo y hubo otro conato de bronca. Menos mal que don Marcelo al barruntar que la gente de la casa no estaba para más bromas se apresuró a ensillar al purasangre, se caló el sombrero, montó sin más dilaciones y enfiló la puerta del corral sin despedirse, con gran alivio de los presentes.

No sé si el caballo era de natural inquieto o se contagió de su dueño que se había alterado por la bronca con mi familia, el caso es que al llegar a la carretera el jinete fue incapaz de dirigirlo carretera arriba hacía Villablino, medio se encabritó e intentó subirse por las peñas de al lado de la casa de Nela, por donde seguro que no hubiera llegado a Santiago sino a Pico Pelao y Babia. Al llegar al puente de piedra sobre el Baltaín el caballo con la tozudez característica de los purasangre se negó a pasar, hasta que el rojazo de Manolón le condujo por las riendas hasta el otro lado, seguramente ignorante de que ayudaba al hermano de un ministro de Franco, pues de haberlo sabido en vez de ayudarle a franquear el puente don Marcelo hubiera terminado en el río con caballo y equipo. Todo invitaba a pensar que aquel día de peregrinaje se presentaba complicado.

Siguiendo con las suposiciones, no sé si don Marcelo Fraga pararía en casa de Selima para cumplir con el trámite de sellar la compostela, enterándose por los presentes que no encontraría una fuente hasta Omañón, unos cuantos kilómetros más adelante. Con el caballo atado a la sombra de la casa de Floro y la poca prisa que caracteriza a aquellos peregrinos que piensan que más importante que llegar a la tumba del Apóstol es disfrutar del camino, seguramente decidió refrescar el gaznate antes de seguir camino y así aplacar el disgusto que le habían provocado aquellos pueblerinos que no atendían a jerarquías.

Debió de salir de casa Selima un poco perjudicado pues si no es difícil entender lo que pasó a la cimera del pueblo. Tras la casa del secretario la carretera da una curva pronunciada que provoca que muchos coches avisen de su paso tocando la bocina insistentemente por la poca visibilidad y no sé si el caballo se asustó por esta circunstancia o el jinete iba distraído como solía y un poco ajumado o el purasangre se encabrito sin más como ya había hecho antes, el caso es que en un rebrinco caballo y peregrino cayeron al huerto del secretario.

Tuvieron que ayudarles a salir del huerto y el jinete, tan valiente un rato antes, se dolía del pecho y resultó que se había roto una costilla. No pudieron seguir camino y don Marcelo convaleció durante días en casa del cura, apareciendo por el pueblo su mujer y una hija que tuvo ocasión de disfrutar en las fiestas acompañada de mi hermano Fede. Ya se ve, los padres a la greña y los hijos confraternizando. Al cabo de unos días avisaron a alguien del Ejército y aparecieron por Vega varios militares con un camión que retornaron a León al purasangre, a aquel hombre engreído que sacaba a relucir a su hermano el ministro cada dos por tres y a su familia.

He leído que finalmente don Marcelo Fraga Iribarne llegó a Santiago aunque no se dice cuál fue la ruta que siguió con posterioridad al percance  de Vegarienza. Parece ser que era aficionado a los viajes en caballo y que la prensa solícita solía reflejarlo refiriéndose a él como hermano de Manuel Fraga, lo que contrariaba a don Marcelo grandemente, cosa impensable para los que le oyeron mencionar cada poco que era hermano del hermanísimo. Con tanto viaje a nadie le hubiera extrañado que muriera de una caída del caballo con menor suerte que la que protagonizó en Vegarienza, pero murió en 1983 en un incendio en el consulado de Montpellier.

De haber acabado don Marcelo la ruta por Omaña que inició creo que por azar y que hubiera sido publicitada por la prensa afín, es posible que en las guías de peregrinos figurase hoy el Camino Omañés a Santiago a la par del Camino Francés y los otros muchos que llevan al Monte do Gozo. Y siguiendo con las especulaciones, posiblemente Selima habría tenido que montar un albergue de peregrinos bajo las peñas del campanario. No habría sido mala cosa para rescatar a nuestra querida Omaña de su inexorable decaimiento. ¡Ay don Marcelo, don Marcelo, si no hubiera sido usted tan arrogante!, algo menos Fraga que su hermano el ministrísimo que nos corría a porrazos cada primero de mayo. Lo que podría haber sido una gesta más de los Fraga, se quedó en pura anécdota de un pueblecito de Omaña.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como me las contaron. De sus sensaciones no tengo dudas)

Imagen tomada de: elcorreogallego.es

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La farmacopea (vivíamos de milagro)

Parche Sor Virginia. En la última bronquitis de mi mujer, el médico tiró de recetario (era antes de los recortes) y la prescribió Seretide para limpiar los pulmones, Ventolín para dilatar los bronquios, antibiótico Kland para matar los bichitos, Pectox-Lisina expectorante para las mucosas y Efferalgan por si tenía fiebre. En algún momento de la visita pensé que el médico debía ser agente de algún laboratorio por el tiempo que le dedicó a explicarnos cómo funcionaba el inhalador.

Hace cincuenta años el botiquín de casa de mis padres estaba formado por una bolsita de algodón, un rollo de esparadrapo, un frasco con alcohol de 96º, otro de agua oxigenada que con el tiempo que duraba cada vez se parecía más al agua del grifo, un bote de bicarbonato y una caja plateada con la jeringuilla de cristal esmerilado y las agujas. A veces teníamos aspirinas. Cuando se inventó la mercromina, también teníamos un frasquito. Y cuando fuimos algo mayores, también había un frasquito de linimento Sloan, el de los bigotes, para las agujetas. Hoy las medicinas sobrantes llenan un armarito y varias veces al año llevo a la farmacia una bolsa repleta de remedios de alta tecnología farmacéutica que no se han empleado.

Entonces a falta de medicinas había gran cantidad de remedios caseros. Ya he contado en “El tío fraile” como se bebía los meaos de un hongo amazónico para mantener la enfermedad a raya y como intenté curarme un catarro con cucharadas del petróleo rancio con que se encendían las estufas. Estoy casi seguro que quién sobrevivía a algunos de aquellos remedios era porque estaba predestinado a superar en la vida dificultades muy serias. También era importante el efecto barrera ante la enfermedad que producía el firme propósito de no volver a enfermar tras ser sometidos a semejantes procedimientos, que nos dejaban la sensación de habernos jugado la vida por intentar sanarnos. Voy a contar alguno de los remedios con los que enfrentábamos la enfermedad.

El remedio más sofisticado que recuerdo y que se ponía en marcha después de varias semanas de tos profunda era el denominado parche Sor Virginia, nombre que debía tener la intención de asociar sus capacidades curativas con la intervención divina. Era un trozo de hule color butano con uno de los lados impregnado de una sustancia pringosa. Después de calentarlo en la chapa de la cocina, se pegaba en el pecho del enfermo que pegaba un respingo por la quemazón que producía el parche. Los presentes interpretaban que el sobresalto era la primera señal de mejoría mientras el enfermo juraba ponerse bueno de inmediato antes de dar pie a que le plantasen encima otra Sor Virginia caliente. Era considerado un remedio eficaz pues siempre curaba al catarroso, seguramente porque al ser el último remedio de que se echaba mano se administraba cuando el enfermo estaba a punto de curarse por si mismo. Yo no lo conocí, pero mi madre me dice que en Sosas del Cumbral un sucedáneo del parche de la monja era la cataplasma de aceite de linaza.

Cuando no se tenía a mano los parches monjiles, se empleaban las ventosas para curar los males de la caja torácica. Si eras miedoso, o mujer por dificultades obvias debido a su orografía pectoral, te las ponían en la espalda. Si te hacías el valiente te las ponían a plena vista en el pecho, sobre el que distribuían tres o cuatro monedas grandes de cincuenta pesetas colocando encima un algodón empapado en alcohol. Hasta ahí todo bien. El que actuaba de curandero se acercaba a ti con cerillas en una mano y un vaso en la otra, mientras un ayudante tenía preparados varios vasos más en una bandeja. Aterrorizado veías en fila preferente como se incendiaba el algodón encima de tu piel. Mientras pensabas cuanto tardaría la moneda en calentarse y hacerte un agujero en el pellejo, el curandero se abalanzaba sobre ti con el vaso para tapar fuertemente la moneda y el algodón en llamas. Se hacía el vacío dentro del vaso al consumirse el oxígeno y la piel se abombaba elevando casi hasta el culo del vaso la moneda con el algodón ardiendo encima. Afortunadamente cuando creías que el algodón iba a caerse por la pendiente de aquel chichón para abrasarte vivo, se apagaba. Se repetía el mismo horror con cada uno de los algodones y después de mantener un rato la hinchazón, el curandero desprendía con gran esfuerzo aquellas enormes ventosas en forma de vaso con un “flop” característico. La piel se quedaba llena de círculos rojizos por donde se suponía había escapado el mal. Como en el caso del parche Sor Virginia, creo que nos curábamos por el convencimiento íntimo de no volver a caer en manos de aquel sádico familiar con inclinaciones de Savonarola.

Aquellos procedimientos no estaban tan lejos de las sangrías que practicaban los barberos ni de las sanguijuelas de los médicos. Estos remedios tan calientes, que más bien parecían entrenamientos por si teníamos la mala suerte de ir al Infierno, quedaron en desuso cuando apareció el Vicks VapoRub, una crema que nos daban en el pecho y que tenía un olor tan penetrante que te desatrancaba las narices tan rápido como si te hubieran metido un sacacorchos.

Había otros remedios que sin ser tan cruentos o amenazantes eran desagradables de lo más. A pesar de que no estábamos alimentados en exceso, había que tener mucho cuidado de no aparentar delgadez extrema si no querías verte sometido a una cura reconstituyente con aceite de hígado de bacalao. Ya solo el nombre da un asco indescriptible. Probar a deletrearlo lentamente, imaginándoos de donde obtenían la medicina: “aceite de hí-ga-do de ba-ca-la-o“. Pero había que tomarse una cucharada de aquel potingue infernal para sentir realmente asco y el escalofrío de repugnancia que te recorría el cuerpo mientras el brebaje se adentraba en las tripas. Te revolvía de tal forma los intestinos y el alma que te quedaban ganas de todo menos de comer, que seguramente era lo que más necesitabas. Este tratamiento se acompañaba con baños de sol en pelotas en el balcón o sobre una colchoneta en la huerta cuando estábamos en Vegarienza. El sol alimentaba mucho, al parecer. Más nos hubiera valido un poco del jamón o la cecina que mi abuela guardaba celosamente en la panera. Yo no llegué a degustarlo nunca pero decían que el aceite de ricino que se usaba como purgante era aún peor. Gracias Dios mío, por haberme librado al menos de este trance.

Asociado con los males de los aledaños de las posaderas, había en casa un artilugio que siempre me llamó la atención. Era una perilla de goma roja con una cánula negra que debía ser para lavativas, aunque yo no sabía muy bien que se trataba de lavar. Nunca vi utilizarla pero si estuve involucrado en una operación destinada a cambiar su uso y que afortunadamente no llegó a buen fin, pues seguro me hubiera valido una paliza. En Roa de Duero estábamos siempre pendientes de quién tenía un balón o una pelota para jugar al fútbol o al frontón. En una ocasión que alguien estrenaba un balón de goma que se nos rompió limpiamente en dos al primer patadón, después de consolar al dueño se me ocurrió mencionar que en mi casa había una cosa de goma que tenía forma casi de pelota. Inocentemente pregunté que si creían que podríamos jugar a algo con ella. A alguno de los mayores se le ocurrió decirme que fuera a por ella a ver si podíamos convertirla en una pelota de verdad. Ni corto ni perezoso me fui a casa, metí la perilla debajo del jersey y me dirigí muy ufano a donde estaban todos intentando imaginar la operación que habría que hacer con la perilla de lavativas para convertirla en una pelota. Cuando saqué la perilla, los mayores se echaron a reir entre miradas cómplices sin darme más explicaciones y rechazaron mi ofrecimiento. Volví para casa todo corrido sin saber a qué obedecían sus risas y pensando que eran unos desagradecidos.

Dentro de aquellas prácticas cruentas asociadas a la enfermedad, ocupaba un lugar importante la caja plateada de las inyecciones. Era lo que más temíamos cuando nos poníamos malos. Recuerdo una ocasión en Vegarienza en que después de varios días tosiendo como un tuberculoso oí a don Pedro el médico decir “tendremos que ponerle alguna inyección” de penicilina, me pasé toda la mañana huyendo de las mujeres de casa, tía Blanca incluida, con una llantina tremenda porque no quería que me pusieran la primera inyección. De nada servían sus apelaciones a lo valiente que yo era, ni el espectáculo de cobarde extremo que estaba dando a todos mis hermanos y primos ante los que yo presumía de fuerte y valiente cuando la enfermedad no aquejaba mi espíritu de héroe y que ahora estaban pendientes de mis carreras delante de las mujeres y diciéndoles por dónde me acaba de escapar. Aunque yo era muy hábil sorteándolas y escabulléndome por aquella casa con mil puertas y pasillos, eran tantas las mujeres que me perseguían que terminaron acorralándome y acabé de la forma más afrentosa posible. En la habitación de los abuelos, boca abajo en el regazo de mi madre, con tía Pilar cogiéndome de las piernas y esquivando mis coces y tía Honorina sujetándome las manos mientras tía Blanca esgrimía la jeringuilla delante de mis narices, riéndose con la sorna que la caracterizaba y con su voz tirando a chillona que me decía “¡Vaya un hombre!, que corre delante de las mujeres”. Mis hermanos y primos que miraban desde la puerta como yo me desgañitaba y pataleaba, fueron testigos de mi afrentosa situación pues si malo es bajarse los pantalones uno mismo, peor es que te los bajen y con tanto público delante. Dejé de ver a tía Blanca que se colocó detrás de mí y el terror que me atenazaba hizo que mi culo se tensara como un pandero. Aunque no veía a mi verdugo sentí como el aire se desplazaba cuando tía Blanca abalanzó con saña, eso creí yo, la jeringa sobre mi culo que se tensó aún más. Arrecié en mi lloro y sentí un pinchazo raro, mientras oía a tía Blanca¡Coime!, se ha doblado la aguja”. Yo sabía que solo había una aguja en casa y dejé de llorar pensando que me había salvado. Pero no. Mandaron a uno de los mirones a casa de Milagros donde vivía el médico diciéndole “Que te de una más bien tirando a gorda y fuerte, que no se rompa”. El traidor salió corriendo mientras yo rezaba para que no encontrara a Milagros que ojalá estuviese en el eiro de al lado del río cogiendo berzas para los gochos. En menos de diez minutos el voluntarioso mirón estaba de vuelta jadeante y con la aguja en una mano, justo cuando yo estaba a punto de convencer a mi madre de que ya estaba curado porque hacía un rato que no tosía. Al ver la cara impasible de mi madre arrecié en mis lloros pero no sirvió de nada pues enseguida entró tía Blanca con la jeringa en ristre, armada de una aguja que parecía la que tío Pepe usaba para inyectar a las vacas. Con aire de triunfo en la cara tía Blanca me dijo con retintín “Ahora, monín, sí que no te me escapas”. Volví a tensar el culo pero esta vez no me sirvió de nada cuando tía Blanca entró a matar. Di un rugido de dolor y sentí vergüenza de verme ensartado como una aceituna rellena de las de Selima, mientras tía Blanca apretaba con saña el émbolo porque la penicilina se negaba a entrar en aquel culo pétreo. Cuando me soltaron estaba extenuado y salí de la habitación cabizbajo, sin mirar a los mirones, y subí a la habitación con el pecho aún agitado del disgusto. Me quedé dormido al instante y tuvieron que despertarme a la hora de la comida. Fue una siesta mañanera y milagrosa pues no volví a toser ni una sola vez. Aquella tarde le repetí cien veces a mi madre que ya no tosía. Ella me miraba y callaba. Por si acaso, al día siguiente nada más desayunar me subí a la Era Vieja dando un rodeo por detrás del eiro del Retiro para que nadie me viera. Allí estuve atento toda la mañana a las voces y movimientos de la casa, pero nadie me llamó ni noté que me estuvieran buscando. Después de ver como todos volvían de bañarse del pozo La Puente y cuando ya no podía más con el rugir de tripas, bajé a comer y no noté nada raro, ni al día siguiente, ni al siguiente. Unos cuantos días más tarde me enteré que el miedo me había hecho entender al médico “alguna inyección”, en vez de “una inyección”. Y es que el miedo es libre. Y traicionero, pensé yo.

Otra experiencia bastante cruenta que sufríamos varias veces en la infancia, eran las vacunas. Tenías que ver como un fulano te serruchaba sádicamente el brazo con una lanceta hasta que te hacía sangre, te inoculaba un bichito que producía fiebre y la herida se convertía en una postilla del tamaño de un duro que a las chicas les irritaba mucho cuando se ponían en bañador. Hoy bastan unas gotitas que, además, te dan empapadas en un terrón de azúcar. Cuanta blandenguería. No sé dónde vamos a ir a parar.

Claro que no todo eran inyecciones. Había cosas menos dolorosas que incluso hasta les dábamos categoría de golosinas, como el Calcio 20 y la zarzaparrilla que si mi madre se descuidaba bebíamos a morro en vez de la dosis establecida que era la cantidad que cabía en el tapón del frasco. El calcio era para los huesos y la zarzaparrilla se usaba como depurativo cuando te salían granos. Por su color algunos decían que la zarzaparrilla había sido precursora de la Coca Cola. También nos gustaban las pastillas contra la tos a las que nos referíamos con la leyenda completa de la cajita “Pastillas Juanolas. Contra la tos. Barcelona” y que eran regaliz puro, de tal forma que podíamos fingir toses leves con cuidado de que no justificasen la inyección por si mi madre picaba y nos daba dinero para unas juanolas. Otro medicamento bastante inofensivo era el “Fósforo Ferrero. El mejor del mundo entero” que a veces tomábamos por si las notas podían mejorar con un poco de fósforo que estábamos seguros iba derechito a depositarse en el cerebro. Aunque para cerebro, el del que inventó el susodicho Fósforo Ferrero. Cuanto crédulo engordando la cuenta de resultados de las empresas farmacéuticas.

También había remedios caseros que venían empleándose de generación en generación sin que hubiera necesidad de pasar por la farmacia. Era el caso de los diviesos o furúnculos, unos granos enormes y rojos que nos salían por todas partes especialmente en la barriga y en el cuello. Decían que de tanta porquería como comíamos, fundamentalmente fruta verde por falta de paciencia para dejarla madurar en el árbol. Y el remedio no podía ser más casero. Un buen trozo de cebolla bien calentada en la chapa de la cocina, otra vez el fuego del infierno como protagonista y fuerza purificadora de nuestros pecados, y untada de aceite que nos plantaban sin miramientos encima del divieso. No sé si la cebolla tenía efectos curativos o es que el divieso se reducía por achicharramiento. Probablemente una piedra igual de caliente que la cebolla hubiera surtido el mismo efecto, pero estaba más a mano la cebolla que había sobrado de la última ensalada. Si el furúnculo era en el cuello, para sujetar la cebolla te ponían un pañuelo que tal parecía que nos estábamos preparando para ir a San Fermín. Después de dos o tres quemones con cebolla, el divieso reventaba dejándote un cráter en la piel como recuerdo.

Para los orzuelos estaba prescrito dejar al sereno durante toda la noche una llave de hierro como la de los portones del corral. Por la mañana te la ponías sobre el orzuelo durante un buen rato y así durante varios días en un acto de fe inquebrantable. Al final el orzuelo desaparecía y a nadie le quedaba la menor duda de que había sido gracias a la llave serenada al lado de las nateras y no porque el orzuelo se hubiera curado por sí mismo.

Para las verrugas había varios procedimientos a cual más eficaz. Uno era frotarlas con el zumo lechoso de una planta, “leche de burra” le llamábamos, que crecía al lado de la pared de la huerta. Otro era enterrar una hoja de llantén de forma que la verruga se secaba cuando lo hacía la hoja enterrada. Llevado por la impaciencia y la curiosidad científica, en una ocasión enterré la hoja en un hoyo poniendo encima un trozo de cristal de botella que me permitiría monitorizar el proceso de descomposición de la hoja y así ver como eso afectaba a mi verruga. Todos los días examinaba la hoja a través del cristal cuando más luz había, pero aquello no evolucionaba o lo hacía tan despacio que llegó el fin de las vacaciones y tuve que dejar el experimento. Ya solo tenía mi verruga para saber si, a la inversa, la hoja se habría secado o no. Es lo que se llama una observación indirecta. La verruga seguía tan campante y estuve todo el curso impaciente por volver a Vegarienza para ver que había fallado en el sortilegio y preocupado por si una gallina hubiera escarbado por allí y arruinado el experimento. Cuando al año siguiente volví a Vegarienza lo primero que hice fue ir a la huerta a ver como estaba la hoja tras el cristal, pero no encontré mi laboratorio y en su lugar había una rozagante mata de llantén. Claro me dije, con razón mi verruga seguía con tan buen aspecto. Años más tarde resultó ser un nevus benigno que un matasanos moderno muy poco enterado del método del llantén me rebanó con bisturí. Menos poesía, pero más expeditivo.

Mi madre me habla de otro procedimiento para las verrugas consistente en tirar garbanzos en un pozo, pero no se acuerda de cuantos garbanzos había que tirar por cada verruga y si era lo mismo tirarlos con la mano derecha o la izquierda y si debía hacerse de noche o de día. Una pena de conocimiento que se perderá irremisiblemente.

Había otra planta que también crecía en la pared de la huerta y que rezumaba gotas de color rojo amarillento que decían era buena para la cicatrización de las heridas y la usábamos con fe plena cuando aún no había Mercromina. Decir que las tiritas eran un lujo sería inexacto pues aún no se habían inventado. Cuando te hacías una herida, si estaba en un lugar accesible del cuerpo lo inmediato era lamerla para calmar el dolor y limpiarla tal como haría un perro, disfrutando de su sabor ácido. Si detrás de la herida no estaba un acto punible, después te acercabas por la cocina donde siempre había alguna mujer para que te encañaran la herida. Tratabas de ser persuasivo para que no usase el alcohol como desinfectante sugiriendo el uso de agua oxigenada, asegurando que curaba mejor ya que no había más que ver la espumita rosada que producía en la herida al mezclarse con la sangre. De un trozo de sábana requeteusada y que se suponía recién lavada, rasgaba una tira de tela con la que vendaban la herida asegurándola con unas vueltas de hilo rematado por una lazada que se soltaría a cada poco mientras el encaño adquiría un color mitad sucio mitad color de sangre reseca.

El colmo de la eficacia para detener la hemorragia era el papel de fumar. Lo aprendí de mi abuelo que se cortaba frecuentemente con la navaja con la que se afeitaba una vez a la semana antes de ir a misa. Aunque no era fumador siempre tenía a mano un librito de papel con el que se liaban los cigarrillos y cuando se cortaba colocaba sobre la herida un trozo de papel que se adhería a la piel al contacto con la sangre deteniendo la sangría ipso facto. Había domingos que aparecía con la cara totalmente empapelada. Yo utilicé con éxito el mismo procedimiento más de una vez. Hoy en día no es frecuente disponer de papel de fumar pero creo que surtiría el mismo efecto el papel higiénico a modo de apósito cular. Será cuestión de probar.

No quiero dejar de hablar de cómo nos curábamos la gripe cuando aún no se había inventado el Frenadol. El método se denominaba “de los dos sombreros” y debió ser puesto a punto por algún devoto de Baco que consideró que si el alcohol de 96º nos protegía externamente, por qué no emplear el destilado para curarse por dentro. Consistía en meterse en la cama bien arropado, con una botella de coñac en la mesilla y un sombrero puesto en los pies de la cama. La dosificación no estaba predeterminada y dependía de la vista y afición del paciente. La ingesta de medicina debía detenerse tan pronto el enfermo veía dos sombreros en vez de uno. En ese momento no había que seguir fustigándose más, se apagaba la luz y se dejaba que el medicamento surtiese efecto mientras el enfermo se sumía en un sopor profundo. Y al día siguiente como un reloj.

Los imberbes utilizábamos un método simplificado, más barato y que garantizaba no convertirnos en borrachos crónicos. Antes de irnos a la cama y ya con el pijama puesto, calentábamos un vaso de leche casi hasta el punto de ebullición y le añadíamos un par de buches de coñac y una aspirina. Nos metíamos en la cama tapándonos hasta la barbilla, bebíamos aquel brebaje tan caliente como aguantábamos y a dormir. Al día siguiente la mejoría era evidente aunque al ser un método menos agresivo que el original podía necesitarse repetirlo algún día más. Lo practicábamos chicas y chicos y no recuerdo que provocara adicción ni que los bichitos causantes de la gripe se hicieran resistentes. Era un método incruento, barato, eficaz y placentero.

Y hablando de alcohol destilado, el Anís del Mono o de la Asturiana estaba presente en nuestras vidas desde muy temprano. Todos los hermanos mayores hemos gastado muchas horas teniendo a los más pequeños en brazos o acunándoles en sesiones interminables para que se durmieran. A veces, algo les dolería a los pobrecillos, cogían una llantina inaguantable y recurríamos a untarles el chupete con azúcar que no siempre resultaba eficaz. Cuando esto no calmaba la llorera, recurríamos a mojar el chupete en anís que era mano de santo. El angelito dejaba de llorar y a los diez minutos estaba profundamente dormido, o dormido y borracho. Hoy en día nos hubieran denunciado ante el juzgado, pero entonces que ni siquiera recomendaban a las embarazadas no fumar ni beber aquello era aceptado universalmente. Tampoco asociábamos entonces que la llorera del día siguiente fuera consecuencia del mono y simplemente creíamos que el niño era un poco cargante o que le dolía algo. Hasta donde yo sé, a ningún hermano de los que yo acuné y cuasi emborraché, les gusta hoy el bebercio tanto como para sentirme culpable de su adicción. Menos mal.

Algunos temas de parafarmacia también eran netamente diferentes a los de hoy. En vez de biberones especiales que evitan tragar el aire y de tetillas anatómicas, entonces el biberón era una botella cualquiera (vino, leche o gaseosa) y las tetillas estaban hechas de látex con unas medidas adecuadas para ajustarse a las botellas al uso. El agujero lo hacíamos con las tijeras y o bien el niño apenas tragaba o corría peligro de ahogarse tomando el biberón.

Y qué decir de los pañales y de nuestros culos. Hoy hay pañales que por mucho que te mees mantienen el culito siempre seco y te sirven para limpiar la mierda sin tener que tocarla. Las mamás modernas te embadurnan el culo con abundante pomada con no sé cuántos componentes milagrosos que mantienen la piel hidratada y sana. En aquella época eran pañales reutilizables de gasa que se doblaban en triángulo, metiendo una punta entre las piernas y cerrándolo con un imperdible sobre los otros dos vértices. Si te meabas eras el primero en disfrutar de las virtudes hidratantes de la orina y la mierda se quedaba adherida a la trama del pañal igual que el hormigón se inserta en la ferralla. En el culo te echaban polvos de talco que en vez de hidratar la piel la secaban, de forma que el culo se te llenaba de llagas hasta parecer un leproso. Luego había que quitar la mierda de los pañales antes de lavarlos y toda la casa era un tendedero mientras el niño estaba en época de cagarse.

Con aquellos principios, a nadie se nos ocurría de mayor ser un metrosexual o ponerse pendientes o exhibir la marca de la ropa interior. En vez de tanta cremita Aloe Vera en el culo, unas buenas ventosas y unas cuantas inyecciones de la tía Blanca hubieran puesto las cosas en su sitio. Y al que persistiera recalcitrantemente en el error, una semanita de aceite de ricino y problema resuelto. ¡Qué valientes y duros éramos los de antes!

Ya solo están a la altura los obispos, guardianes de las esencias, y algún líder de la derecha con su carácter y reciedumbre de antaño. Que retiren tanta mariconada de las farmacias y volvamos al papel de fumar, los pañales de gasa y al bicarbonato.

Farmacopea512

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: rafaelcastillejo.com, todocoleccion.net, elfogonerovenegas.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La vida con los abuelos en Vegarienza (aprendiz de omañés)

Emilio de la Calzada y Honorina González, abuelos maternos del autor

Emilio de la Calzada y Honorina González, abuelos maternos del autor

Aunque lo habitual era estar en Vegarienza solo durante el verano, cuando yo tenía entre seis y ocho años hubo un par de ellos que los pasé enteros con los abuelos y la tía Milce. Hacía poco que el abuelo había dejado de trabajar como maestro y su dedicación a las tareas del campo y cuidado de los animales era completa. Yo iba a la escuela y el resto del tiempo transcurría en el entorno de los abuelos.

La vida era tan próxima a los abuelos, que en invierno yo dormía en su misma habitación. Tenía un balcón que daba al corral por donde entraba la primera luz de la mañana y había dos grandes camas de hierro, una a cada lado de la puerta, donde dormían los abuelos. La pared estaba presidida por un Sagrado Corazón estigmatizado y por un reloj de pared al que me dejaban darle cuerda, para lo que tenía que subirme a una silla. Yo dormía en la cama del abuelo y, en las noches más frías, era el encargado de llenar una botella con agua caliente del calderín de la cocina de leña, que era muy útil para calentar un poco las sábanas y los pies. Al cabo de un rato el agua se enfriaba y el contacto con la botella era muy desagradable, por lo que el abuelo y yo la empujábamos disimuladamente hacía la parte contraria de la cama. Los días que yo me meaba en la cama, entre sueños confiaba que a la botella se le hubiera salido el tapón. En algunas casas, en vez de botellas de cristal, usaban ladrillos macizos que se calentaban sobre la chapa de la cocina. Lo de las bolsas de goma vino mucho más adelante.

Participaba en las oraciones matutinas y vespertinas que dirigía el abuelo y a las que contestábamos la abuela y yo. Me acuerdo en particular de una que el abuelo recitaba con voz monótona y profunda, secundado por la abuela y por mí

Por todos los caminantes y navegantes del mar y de la tierra

Por los moribundos y agonizantes del día y de la noche

Y para que Dios nos libre de muerte repentina y males desconocidos

Por las buenas cosechas y buenos temporales

A Santa Lucia bendita que nos conserve la vista

A Santa Bárbara bendita que nos libre de los rayos, truenos y tempestades………….

Cuando las primeras luces traspasaban los cristales, había que levantarse, vestirse y empezar con el trajín. En vestirnos no tardábamos mucho. El abuelo salía de la cama casi vestido con la camiseta de felpa y el calzoncillo mariano hasta los tobillos, que también hacían de pijama, y tardaba un santiamén en ponerse la camisa, los pantalones de pana y las zapatillas a cuadros. Yo tampoco tardaba mucho, pues tenía poco que pensar en que ropa debía ponerme ya que siempre era la misma. A diferencia de otras casas en las que las habitaciones solían estar encima de las cuadras para aprovechar el calor de los animales, aquí no era así y el frío nos hacía ser especialmente rápidos. Mi primer cometido era coger la botella de agua y llevarla a la cocina, no sin antes verificar si había sido noche de meada por si había que tener preparada alguna disculpa.

La abuela encendía la cocina con unas escobas y troncos de roble y ponía a calentar la leche y el café de puchero, con muy poco café y mucho de achicoria. Lo primero que yo hacía al llegar a la cocina, era arrancar la hoja del día anterior del calendario Zaragozano, para leer la historieta o las curiosidades y adivinanzas que traía en la parte de atrás y enterarme de cuáles eran los santos del día. Era como un premio que me dejaran arrancar la hojita. El abuelo y yo nos sentábamos en el escaño (banco corrido) y desayunábamos en enormes tazones redondos de loza blanca, donde migábamos el pan de centeno. A continuación empezaban a ordeñar las vacas. Mientras, yo me lavaba como los gatos con agua fría, tan fría como hubiera sido la noche, usando un palanganero que era lo más parecido al lavabo actual. Era un mueble que podía tener espejo y sostenía una palangana de porcelana, con algún que otro descascarillado que dejaba al aire el hierro de que estaba hecha, echando agua de un jarrón con asa que había al lado. La palangana tenía un tapón que enviaba el agua usada a un cubo que luego había que vaciar en el río. Me peinaba y bajaba a la corte de las ovejas para poder sacarlas a la carretera a tiempo para cuando pasara el pastor de turno con el resto de las ovejas del pueblo. (Ver post El Lobo).

Recogía mi catón y mi pizarra, me calzaba las madreñas y me iba a la escuela con tiempo suficiente para poder jugar un ratito o hablar con los demás chavales antes de que abriera el señor maestro. La vida en la escuela transcurría tal como se relata en el post “La escuela en Vegarienza“.

Cuando volvía de la escuela ayudaba en todo lo que me mandaban o hacía las cosas que ya tenía asignadas como tarea diaria. Cortaba leña, la subía a la cocina, traía calderos con agua de la presa para la cocina y jarrones para los palanganeros, iba a por agua a la fuente con el botijo, recogía los huevos de las gallinas, acompañaba al abuelo y a la burra a por verde al prado del Valle, iba al molino con la burra a llevar centeno para moler, o al herrero a llevar un hacha a que le sacarán el corte y así infinidad de tareas menores. Por la noche, era el encargado de cerrar la puerta de la calle con una tranca de madera muy fuerte, que de día permanecía embutida en el muro. Esta tarea me hacía sentir especialmente importante, pues la interpretaba como un signo de confianza de los abuelos.

Hoy día, más de una asociación no gubernamental diría que aquello era explotación infantil. Pero, entonces, no era más que ganarse el sustento y el derecho de poder ir a la escuela. Nada era gratis y a nadie se le permitía estar ocioso cuando había tantas cosas que hacer. No es que no nos hiciésemos los remolones en alguna ocasión en que nos hubiera apetecido más irnos a jugar, pero, en general, había buena disposición para el trabajo porque era lo que veíamos hacer a los mayores.

Además era el ayudante del abuelo en todas las tareas que se consideraban “de hombres“. Le ayudaba a aparejar las vacas y a uncirlas al carro, le acompañaba a subir el abono a las tierras donde se sembraría el centeno que nos permitiría comer pan todo el año (ver post La cosecha del pan), me ponía delante de las vacas para que no se movieran cuando él hacía algo subido en el carro, iba delante de las vacas cuando araba para que el surco saliera recto, le acompañaba a cortar y acarrear la leña, le ayudaba a cerrar las lindes de los prados y así en todas las tareas en que era conveniente que hubiera una segunda persona mientras él hacia el trabajo duro. Debido a este papel de ayudante, aprendí como se hacía casi todo lo relacionado con el campo y los animales. El abuelo me explicaba todo aquello por lo que le preguntaba y era condescendiente con mis errores. Cuando tenía que llamarme la atención por algo más gordo, me gritaba, “¡Pero chiclán! ¿qué haces?”.

Aprendí a llamar a cada animal de la forma, con la entonación y el gesto de la mano adecuados, tal como había visto hacer:

Tuma, tuma, tuuuuma, vaaaaca ve…… para que se acercasen las vacas, mientras movía los dedos de una mano adelantada haciendo el gesto de darles algo

– Buche, buche, buuuuche, tuma, tuma, tuuuuma…. para que se acercase la burra o el borriquín

Orrrr, orrrrr……. para que se alejasen las ovejas de donde estaban, ayudándome de alguna que otra pedrada

Pitas, pitas, piiiitas, pivivipipipiiiii….. para llamar a las gallinas a comer, mientras me acercaba haciendo bien visible la lata con el grano

También me enteraba de las cosas que hacía la abuela en aquel interminable trajín que duraba todo el día, aunque hubiera menos ocasión de ayudarla. Veía como colaba y hervía la leche del día, como la pasaba a las nateras que ponía al fresco, como deburaba (las vaciaba del suero) las nateras para separar la parte más grasa de la leche y como hacía los quesos y la mantequilla. Como amasaba y hacía hogazas de centeno que cocía en el horno de la cocina vieja. Como preparaba la comida para los cerdos y el batudo para el perro, a dar la comida a las gallinas, a cambiar la lana a los colchones, hilar y escarpenar la lana, tejer y un sin número de tareas más sin contar con la costura, la limpieza y todo lo que tenía que hacer la mujer de la casa. No me imagino cómo, además, pudo criar diez hijos sin dejar aquel trajín.

Mientras estuve con ellos se produjo un cambio tecnológico en la forma en que se hacía la mantequilla. Hasta entonces, después de purgar las nateras, echaba la nata en un odre hecho de la piel de una oveja o cabrito, cerrado con tapones de madera por lo que habían sido las patas y atado con una cuerda por el cuello, que era el lugar por donde entraba la leche y salían la mantequilla y el suero. Se ponía al sol con el odre sobre el regazo, mazando (golpeando) el contenido con vaivenes bruscos que hacían que golpease sobre los extremos del odre, hasta que el suero se separaba de la mantequilla. El cambio tecnológico consistió en una mazadora hecha de madera por el carpintero, con aros al estilo de las cubas de vino. Era una pequeña cuba horizontal de madera con una boca en la parte superior y que internamente tenía un bastidor, también de madera, montado sobre un eje que se accionaba desde el exterior con una manivela. El bastidor batía la nata de forma que separaba el suero de la mantequilla. A partir de ese momento, si le ayudé a mazar la mantequilla girando la manivela. Como signo de modernidad, en alguna casa el odre de piel se sustituyó por una mazadora de hojalata, con aspecto de submarino y hecha por alguno de los hojalateros que periódicamente pasaban por el pueblo.

En el samartino (matanza del cochino), vi como se reunían familiares y otras personas del pueblo que venían a ayudar. Los hombres ayudaban al que oficiaba de matarife a sacar al gocho de la cochiquera bien agarrado por el cuello, lo ataban sobre un banco muy recio y allí procedían a ajusticiarlo. Las mujeres habían preparado diversos cacharros donde se echaría la sangre, las tripas y las vísceras del animal y calderos de agua casi hirviendo con la que pelarían la piel del cerdo una vez eliminadas las cerdas quemadas con el fuego de manojillos de paja. La abuela era quien dirigía todo el proceso posterior a la muerte y descuartizamiento del animal. Preparaba el picadillo para los chorizos, la mezcla de las morcillas, embutía todo ello en las tripas del cerdo, adobaba los jamones y los lomos, salaba el tocino, entripaba los yoscos y butiellos. Y con las sobras de los chorizos nos preparaba un frito que llamábamos titos y que estaba riquísimo. En el post “El tío Aecio” se describe de principio a fin un samartino

Cada tarde, si iban al rosario yo les acompañaba y a la vuelta cenábamos. Si no había rosario en la iglesia, lo rezábamos en casa. En la sobremesa era cuando el abuelo me contaba sus historias. No eran muchas pero las repetía gustosamente. Había una que le gustaba contar y que yo no entendía muy bien, pero me gustaba ver como se divertía contándomelo. Trataba de la prédica de un cura un poco bruto que disimulaba que no sabía latín y que estaba preocupado porque al pueblo habían llegado unos forasteros con más luces que sus feligreses y temía que le estropearan el sermón. Decía el cura en el sermón, mezclando latín y castellano,

– Os voy a echar una predicazaina. Pero tenéis que echar fora a los castellasaos – después de un momento, cuando creía que todos los forasteros habían salido de la iglesia, continuó – Debajo de pontis pecis, calavernis coquis. Guiviz cantaviz, quiz quiz, cua cua. Ten cornus come boy e non e boy. ¿Qué será que no será feligrisiños meos?

Si non e boy será vaca, oh! – le contestó un forastero que se había quedado en la iglesia.

¿Non vus dije que echaseis los castellasaos fora? Pues agora, cagaibus en la predicazaina – terminaba el cura enfadado

El abuelo lanzaba grandes risotadas y yo me reía divertido con él, sin haber entendido donde estaba la gracia.

A veces el abuelo, que fue maestro durante toda su vida en Sosas del Cumbral, me ayudaba con los deberes de la escuela. También me ayudó a estudiar los latinajos que el monaguillo tenía que contestar al cura en misa y que yo aprendí de memoria en el catecismo del padre Astete. Cuando creyó que ya estaba preparado para ser monaguillo, don Abundio el cura me enseñó cómo tenía que ayudarle a vestirse, a llenar las vinajeras, a encender y echar incienso al incensario, a cómo llamar la atención de los feligreses durante la Misa con la campanilla, cómo tenía que poner la bandeja debajo de la barbilla de los comulgantes, cómo pasar la bandeja para la limosna, cuándo tenía que levantarle la casulla en la elevación del cáliz y la hostia y muchas otras cosas que se necesitaba saber.

En aquella época la misa se decía en latín, que casi nadie entendía, y el cura daba la espalda a los feligreses que se enteraban de muy poco de lo que se hacía en el altar. Y claro, el monaguillo también estaba de espaldas al pueblo, arrodillado detrás del cura, escuchándole con atención y contestando a sus latines con los propios. Al principio yo tenía la sensación incómoda de más de cien ojos fijos en mis espaldas, pendientes de mi pensaba yo, para ver si me equivocaba. Pasado un tiempo, me hice el dueño de la sacristía y me preocupaba menos de las miradas. Más adelante aprendí a ayudar en los bautizos y en los complicados ritos de la Semana Santa. En aquella época en Vega no se moría nadie y nunca me tocó ayudar en un entierro. Menos mal. Me llegué a sentir realmente importante.

El cura daba algunas perras gordas a los monaguillos, que nos gastábamos en casa Selima al poco de salir de Misa, y nos dejaba comer el recorte de las hostias. De tarde en tarde nos dejaba escurrir las vinajeras. Aquel vino estaba buenísimo y entendí perfectamente a mi hermano Eduardo cuando se pegó una fiesta en el seminario donde vació casi entero el garrafón de vino de consagrar.

Otro de los cometidos como monaguillo era avisar a los feligreses de que iba a empezar la Misa o el Rosario. Había que tocar las campanas cuyo campanario no formaba parte de la iglesia, como suele ser usual. Las casas del pueblo de Vegarienza se alinean con la carretera que sigue el curso del río Omaña y con el camino de Sosas que bordea el río Baltaín. Dos valles estrechos divididos por un monte, lo que provocó que el campanario estuviera ubicado en este monte divisorio y así se pudieran oír las campanas en todos los barrios del pueblo. Para tocar las campanas subía corriendo por la cuesta del campanario y allí tocaba el repique correspondiente, tirando de las cadenas de las dos campanas. Dos toques con la grande y uno con la pequeña, de forma que empezaba con una campana antes de haber acabado con la otra. El toque lo aprendí de los mozos del pueblo cuando subieron las campanas al campanario, después de haberlas reparado en León. En aquella ocasión todos los mozos hicieron alarde de su habilidad con las campanas y yo tomé buena nota de cómo ser un buen campanero.

En otoño, si el abuelo iba con las vacas yo le acompañaba y, viendo como lo hacía él, aprendí a hacer cestos con los mimbres que cortaba de los paleros. Se tardaba varias tardes en hacer un cesto grande, le salían muy bien y eran muy resistentes. Se usaban para llevar la ropa al río, para ir a por el verde, para la cosecha de las patatas, para casi todo. Yo hice uno por mi cuenta y, a pesar de hacer todo lo que había visto al abuelo, me quedó un poco cochambroso pero me sentí orgulloso de haber sido capaz de terminarlo. Si hubiera insistido, supongo que el resultado hubiera sido mejor.

Claro que la abuela no se quedaba atrás en esto de la construcción de cosas inverosímiles. Yo he visto como elaboraba los sombreros de paja que nos poníamos para ir a la hierba. Era un proceso largo que comenzaba escogiendo las mejores pajas de la cosecha. Las ponía a remojar durante bastante tiempo para que se volvieran flexibles y dóciles, pues con ellas había que trenzar una tira plana muy larga que era con la que se construía el sombrero cosiendo vueltas contiguas, en espiral, de esta tira y dando forma al sombrero en todo un prodigio artesanal. Eran sombreros que duraban varios años. Los pliegues de la paja trenzada se te hundían en la frente, pues la abuela, después de haberse tomado tanto trabajo, no los remataba con la típica badana de cuero que tenían los que se compraban, seguramente porque no disponía de ella.

Vi nacer los terneros, los corderines, los cabritillos, los cerditos, el buche (borriquín), los conejos, los perritos y gatos y como salían los pollitos del cascarón. Todo ello sin necesidad de ir a una granja escuela.

Participé en la siembra del centeno, de las patatas, de los guisantes, de los fréjoles, de los garbanzos, de las lechugas, berzas y nabos. Ayudé a quitarles las malas yerbas, a sulfatar los escarabajos de la patata y a recolectarlos. A trillarlos o majarlos y a aventarlos para que el aire separase el grano de la paja y las semillas de sus cáscaras.

No todos los trabajos transcurrían en el ámbito familiar ya que algunos estaban destinados a la comunidad, como era sacar el agua del río para regar los prados o arreglar los caminos antes del acarreo de la hierba y del pan, o reconstruir el puente que cruzaba el río cuando tenía tales boquetes que no resistiría el paso de los carros cargados y los animales, asustados, se negaban a pasar por allí. En el pueblo había un vecino que actuaba de alcalde, no recuerdo si era por votación o por turno, y era el encargado de mandar que se tocasen las campanas para llamar a concejo, al que yo asistí numerosas veces con el abuelo. Recuerdo concejos cuando era alcalde tío Baldomino o Isaac. Se reunían los hombres de cada casa aprovechando un lugar con sombra y allí discutían sobre los trabajos a realizar, hasta decidir el día y la hora y cuanta gente de cada casa participaría. Llegado el día señalado, allá nos íbamos con palas, azadones y hachas a meterle mano a la tarea. Se trabaja duro y en los descansos, además de que los mayores tentaban el culo a la bota de vino en largas rondas en las que participaba todo el grupo, se bromeaba y se tonaba el pelo a todo el mundo. Recuerdo dos frases que salían a relucir a menudo. Cuando alguien acababa algún trabajo que se le había encomendado y quería manifestar que lo había terminado a satisfacción, decía todo ufano “Ya está la rata debajo de la lata”. Por el contrario, si alguno se demoraba en terminar su trabajo dando lugar a que los demás comentaran que no iba a quedar bien o que no iba a ser capaz de terminarlo, él se defendía pidiendo paciencia y decía “Eeeey, ¡al quieto parao! que aún está el capador encima de la gocha (cerda)”, con lo que daba a entender que aún no había dicho su última palabra.

Aquello fue un auténtico master del que no me perdí una sola clase. Estoy convencido que yo hubiera sido un buen lugareño y que me habría sentido bien siéndolo. En aquellos años aceptaba aquella vida con naturalidad, entendiendo las causas, los efectos y me parecía normal que hubiera que trabajar con ahínco para pasar de las unas a los otros. Me estaba convirtiendo en una copia del abuelo.

Vivíamos en una cultura del aprovechamiento de todo lo que estaba a nuestro alcance y aprendí a no despilfarrar y a reciclarlo todo hasta extremos exagerados como se describe en el post “El síndrome de Diógenes“.

A menudo tenía la sensación de que el tiempo pasaba angustiosamente lento. Sobre todo cuando estábamos con las vacas o arando, tareas repetitivas y especialmente tediosas. Solo sabíamos cuando empezaban, momento a partir del que yo anhelaban con todo el alma que llegase el momento de terminar. Nadie de la casa tenía reloj, salvo el abuelo que tenía uno de bolsillo sujeto por una cadena a un ojal del chaleco. Yo no me atrevía a preguntarle la hora, para que no me abroncase diciendo que solo pensaba en ir para casa. El tiempo lo medíamos indirectamente, por las campanas que avisaban a misa o al rosario y cuando pasaba el autobús de Beltrán que nos fijaba cuatro horas del día, según fueran los rápidos o los correos. En las llamas de Castriello usábamos la sombra del chopo de la llama de tío Baldomino, para saber cuándo era la hora de volver con las vacas a casa. Aún tendría que esperar a los doce años para tener mi primer reloj, uno que dejó de usar el tío Baldomino y que seguramente había tenido otros dueños antes que yo, de tan desgastado como estaba el metal de la caja por su roce con la ropa.

La vida transcurría tan apacible y lentamente, que podía decirse que lo más singular que sucedía en el pueblo era las cuatro veces que pasaba el mencionado autobús de Beltrán, que a veces traía algún viajero y noticias. Eran las mayores novedades del día. Unía Villablino con León en dos viajes diarios de ida y vuelta. El que salía temprano de Villablino y volvía de León a última hora de la tarde, era el “rápido”. Otro autobús salía de León por la mañana, dejando el correo en todos los pueblos, y regresaba de Villablino para recoger el correo en los pueblos de la ruta. De ahí su nombre de “correo”. Tanto uno como otro tardaban más de tres horas en hacer menos de cien kilómetros, por lo que lo de “rápido” era un eufemismo. El primer autobús que yo conocí era de color verde claro, con un morro prolongado, grandes guardabarros delanteros y una escalera en la parte de atrás que servía para subir los equipajes al techo del autobús y donde había unos bancos de tiras de madera que se usaban en el buen tiempo para llevar a los pasajeros que no cabían en el interior. Esto solía pasar los días de feria o en el verano cuando venían los bercianos a la siega del pan. Yo viajé arriba en alguna ocasión y había que ir pendientes de las ramas de los chopos, que entonces bordeaban los dos lados de la carretera, pues te podían afeitar la cabeza si te descuidabas y no te agachabas a tiempo. Todos estábamos pendientes de lo que traía y llevaba el autobús, agradeciendo que de vez en cuando nos sacase del aburrimiento con alguna novedad. Los perros eran de otra opinión y no había vez que no salieran disparados detrás del autobús, en un intento inútil de morderle las ruedas.

El cobrador se llamaba Juan, era grueso, con el pelo moreno y rizado, que sudaba copiosamente por el calor y el esfuerzo de subir y bajar los equipajes a la parte de arriba del autobús. A mí me asombraba como era capaz de escribir los datos del billete, de pie en el pasillo y bamboleándose en las curvas del camino. Aunque lento, el autobús solía ser puntual. Sabíamos cuando venía de León porque oíamos el bocinazo que daba al salir de Pandorado, en el alto de La Hoja, en las curvas que hay antes de llegar a Guisatecha. Te daba tiempo a llegar andando hasta la parada, junto a la casa del cartero. Al durar el viaje tanto, hacía dos paradas intermedias. Una en la Magdalena y una más en otro pueblo que durante años fue Aguasmestas, cruce de caminos y mezcla de ríos. Más adelante se hizo cargo de la línea los autobuses Fernández, que ya no tenían baca y todos los viajeros iban en el interior. En esta época, la mayor parte de los perros habían muerto atropellados o estaban lisiados por los percances con el autobús y casi todos caminaban renqueando. Ahora, al paso del autobús permanecían tumbados al lado de la cuneta, como recordando sus lances con el autobús de Beltrán.

También pasé en Vega las Navidades. Estaba todo nevado, la presa del río pequeño llegó a helarse y del tejado colgaban unos carámbanos afilados como puñales que chupábamos como si fueran de caramelo. Entonces no había Papá Noel y los regalos los traían los Reyes. A mí me trajeron mi primer pantalón largo, que tenía toda la pinta que lo había hecho la abuela, y unas nueces de las que se guardaban en el desván y que me supieron a gloria. Los pantalones eran bombachos y calientes y el primer día de clase me acerqué a la escuela contoneándome para llamar la atención sobre mi “puesta de largo“.

A pesar del ajetreo diario a que nos empujaba el abuelo, que no sabía estar ocioso, fueron unos años en que disfruté como un auténtico campesino. Una vez aprobado el examen de ingreso de bachillerato, ya no hubo posibilidad de pasar los inviernos con los abuelos. Me sustituyeron en estas estancias alguno de mis hermanos más pequeños, pero yo no olvidé lo que había aprendido. Estoy seguro que hubiera sido un buen omañés, de costumbres y sentimiento. Vamos, de pueblo, como creo aún se me nota hoy día.

Palanganero, odre de mazar, mazadora de hojalata, mazadora. Sagrado Corazón, varales con matanza, haciendo un cesto.

Palanganero, odre de mazar, mazadora de hojalata, mazadora.
Sagrado Corazón, varales con matanza, haciendo un cesto.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: elrinconcunqueiro.com, museo de la calzada pueblos-espana.org, ojodigital.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Travesía al paraíso (¿legaterna o lagartija?)

Vagón de madera, habitual allá por 1950

Al final del curso escolar en Roa de Duero, llegaba el momento de irse de veraneo a Vegarienza, en León, y la excitación se apoderaba de nosotros desde unos cuantos días antes. La perspectiva de vivir tres meses sin ir a la escuela, comer razonablemente bien y vivir medio salvajes, nos ponía a cien. También influían los preparativos del equipaje, sabíamos que nos comprarían algo de ropa o calzado a cada uno de nosotros y el viaje en si mismo, una novedad en casi un año de no movernos del mismo sitio.

Hacíamos el viaje los cinco o seis hermanos a cargo de mi madre, pues mi padre seguiría trabajando en Correos hasta sus vacaciones, allá para Julio, en plena siega de la hierba en Vegarienza. Íbamos a la estación, que distaba unos kilómetros del pueblo, en el coche que llevaba las sacas de correo. Era un coche alargado, con puertas de madera que por su estética decían que era una “rubia“. No sé cómo mi madre era capaz de pastorear a tanta chiquillería y que no se despistase ningún hermano ni el equipaje.

En el tren viajábamos en vagones de madera con asientos corridos de tiras del mismo material y ventanas que se subían y bajaban mediante una correa de cuero, sujeta a la parte inferior del marco. El equipaje iba encima de nuestras cabezas, sobre un estante de madera y sin sujeción de ningún tipo, moviéndose inquietantemente al compás de los traqueteos del tren. Nos estaba prohibido asomarnos a la ventana, pues mi madre decía que nos podía cortar el cuello una señal o la barandilla de un puente. Íbamos como hipnotizados siguiendo con la vista los postes que pasaban a toda prisa por la ventanilla y con la sensación de que los que realmente viajaban eran ellos. Al rato, me dolían los ojos y el cuello de seguir con la vista los postes. En las curvas podíamos ver por la ventanilla como la máquina de vapor lo expulsaba fatigosa pero incesantemente por la chimenea, lo que hacía necesario recargar agua en la máquina en alguna estación intermedia para poder continuar viaje. Había estaciones en las que no se detenía el tren, pero allí estaba en el andén el jefe de estación en posición de firmes y con el brazo en ángulo recto, sujetando un banderín de tela roja para indicar que todo estaba en orden. En las estaciones donde el tren se detenía unos minutos, se acercaban a las ventanillas vendedores con bocadillos y refrescos que observábamos con ojos golosos, pero a ninguno se nos ocurría pedir nada pues sabíamos que nuestra comida saldría de la fiambrera que había preparado mi madre. Filetes empanados y tortilla de patata con abundante pan.

Aguantábamos todo lo que podíamos antes de ir al aseo, pues la cosa se las traía. Estaba situado en el exterior del vagón, en la plataforma por la que cada vagón se unía a su contiguo, donde el ruido y el traqueteo de las ruedas sobre los raíles era ensordecedor y el miedo a caer hacía que nos agarráramos a las barandillas con toda la fuerza. Era un cubículo de menos de un metro, con una taza minúscula a través de cuyo agujero se veía pasar las piedras de la vía a toda velocidad y como tu pis las iba mojando. Era irremediable pensar en los regalitos que se encontrarían los operarios que arreglaban las vías.

Por la noche era complicado dormir en aquellos bancos de madera tan incómodos y seguíamos mirando a través de la ventanilla intentando adivinar lo que había al lado de la vía, pero era como viajar a través de un inmenso túnel que solo se interrumpía de estación en estación. En alguna de ellas, contemplábamos con curiosidad y algo de inquietud como operarios de Renfe, vestidos con uniforme azul oscuro, casi negro de tan sobado, y alumbrándose con un farol de aceite, golpeaban con un martillo los bujes de los vagones para verificar el buen estado del tren de rodadura y los frenos.

Había que hacer transbordo en Valladolid, donde pasábamos casi toda la noche. Nos daba tiempo a dar un paseo por el parque próximo, del que recuerdo unos soberbios pavos reales con sus colas desplegadas de coloridos inimaginables. Era una cita obligada en cada viaje. Viaje que no dejaba de tener un poco de aventura, sobre todo para mi madre que tenía que controlar a aquella numerosa troupe con su equipaje, y que podía tomarnos casi un día completo para cubrir poco más de trescientos kilómetros. No sabría decir cuántas veces le preguntábamos a mi madre en el transcurso del viaje si aún faltaba mucho.

Ya en León, bajábamos del tren muertos de sueño y llenos de trastos. Caminábamos como una pequeña tribu hasta las cocheras de donde salía el autobús de Beltrán que nos llevaría a Vegarienza. Si era de día y aún no era la hora de coger el autobús, hacíamos un alto en el camino para tomar un helado en la Coyantina, mientras admirábamos al fiero Guzmán El Bueno señalando el camino de la estación a quien no estuviera a gusto en la ciudad. Ya desde aquí la ansiedad de llegar a Vega iba en aumento y en el renqueante autobús no dejábamos de preguntar si faltaba mucho para llegar.

Al poco de salir de León, entrábamos en una carretera flanqueada por chopos a ambos lados que le daban aspecto de túnel vegetal interminable, que anunciaba que habíamos llegado a un territorio en el que el color predominante sería el verde, en su infinidad de tonalidades, y que dejábamos atrás el color terroso de la meseta. Enseguida aparecían las primeras estribaciones montañosas donde era difícil encontrar alguna extensión de terreno llano. Entrábamos en la montaña leonesa.

La llegada a Vega era indescriptible. La primera impresión que recuerdo era que la cuesta de la Era Vieja me parecía menos alta que el año anterior. Nunca entendí como unos pocos centímetros más de mi estatura podían surtir aquel efecto tan espectacular de reducir la altura de los montes y de los árboles. Debía ser que además de crecer unos centímetros, teníamos una sensación mayor de seguridad en nuestra capacidad de escalarlos. Esa era la mejor evidencia de que crecíamos.

Después de dar los apresurados besos de ritual, salíamos escopetados hasta el río a tirar piedras y pescar los primeros renacuajos, hasta que nos llamaban para la comida. Y enseguida, a ver cómo iban las manzanas de tía Blanca para saber cuando les podríamos hincar el diente y asegurarnos que el guindal venía cargado y que aún los tordos no se habían comido todas las guindas. Visita rápida a la cuadra para ver si la Garbosa tenía el mismo aura de vaca guerrera y moscadora de otros años, que nos aseguraría ratos muy complicados cuando apretara el sol, y ver si la burra daba signos de reconocerme. Con algunas reservas sobre los disgustos que los animales de mi abuelo nos proporcionarían, comprobábamos que nada había cambiado en el paraíso que disfrutaríamos durante meses. El Pol y el Jay nos seguían de un lado a otro moviendo el rabo felices, esperando algún currusco de nuestras meriendas.

Solo faltaba adaptarse rapidamente al nuevo hábitat y a sus gentes, para lo que había que cambiar algunos aspectos del esquema mental que regía en Roa. A las legaternas había que llamarles lagartijas y entender que cuando alguien decía “chito” había que entender perro o estar siempre ojo avizor para no pisar una boñiga o abrasarse con una ortiga. Que en los árboles ya no había que buscar “cagao de puta”, sino el brillo de las guindas, ciruelas o manzanas que ya empezaban a madurar. Que ya no estaba prohibido acercarse al río, pero que había que estar atento al guardarríos; que además de la misa semanal aparecía el rosario diario y que había que ponerse a las órdenes del abuelo para lo que hubiera menester, que solía ser mucho.

Demasiadas cosas a tener en cuenta, pero seguro que merecería la pena como en años anteriores. Los primos de tía Blanca también habían crecido lo suyo y ya habíamos quedado con ellos para vernos esa misma tarde en las llamas de Castriello, con nuestras respectivas vacas, y reeditar andanzas conjuntas de años anteriores. En el bolsillo ya teníamos la navaja con la que untaríamos la mantequilla en el trozo de pan de centeno de nuestra merienda y estábamos convencidos que este año la Garbosa no iba a tener tan fácil escapar de nosotros cuando moscase. No en vano habíamos estado todo el curso entrenado a recorrer las calles de Roa detrás del aro, para estar a la altura de estos desafíos.

Automóvil "rubia", estación de Roa en 2006, estatua de Guzmán El Bueno de León.

Automóvil “rubia”, estación de Roa en 2006, estatua de Guzmán El Bueno de León.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: blogs.elcorreoweb.com, escuderia.com, elleoncurioso.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El río Omaña (todos éramos furtivos)

Mujeres lavando en el rio Omaña desde el cauce seco del río Baltaín

En Vegarienza hay dos ríos, el Omaña y el Baltaín o, mejor, el río Grande y el río Pequeño. A este último también se le denominaba río del Valle, o río de Garueña o río de Sosas. Pero cuando se hablaba del río sin más, siempre nos referíamos al Omaña. El Baltaín, después de bordear la pared de la huerta de mis abuelos, se unía con el Omaña y los dos juntos en un solo río transcurrían por el borde este de la huerta. La casa de mis abuelos es una de las pocas que podían presumir de tener dos ríos bordeándola.

Lo de grande y pequeño tenía su justificación. El río Omaña, aún en los años más secos, siempre mostraba una buena musculatura, incluso cuando a principios de Julio se sacaba el agua para regar los prados y que dieran una buena otoñada. El Baltaín que yo conocía casi como un arroyo a su paso por Sosas del Cumbral y que aumentaba su caudal con el agua que le aportaba el arroyo Rugis, en verano era incapaz de llegar a juntarse con el Omaña, aún en los años de más lluvia. En Vega nos enterábamos de que se había acabado la siega en el valle del Baltaín, porque la presa que pasaba por la huerta de mis abuelos se secaba. A los pocos días, el cauce se secaba desde el puente de la escuela. La avidez de la gente por regar sus prados, sin darle un respiro al río y la gran cantidad de agua que se iba por las topineras, lo dejaban exhausto y por doscientos metros escasos no conseguía llegar hasta su socio el Omaña. Por delante de casa de los abuelos, el cauce era un pedregal que se estrechaba a medida que avanzaba el verano, por el avance incesante de las zarzas y las hortelanas con ligero olor a menta.

De todas las cosas interesantes que pasaban en el pueblo, lo que más nos atraía a los chavales como diversión era el río. Cada verano, nada más llegar a Vega, lo primero que hacíamos era irnos a la confluencia de los dos ríos. Seleccionábamos unas cuantas piedras y probábamos a cortar o capar el agua, para verificar si aún estábamos en forma después de casi un año lejos del pueblo.

En el río jugábamos, nos bañábamos, pescábamos renacuajos, nos asustábamos con las algas, estábamos pendientes de las culebras y de las ratas de agua, intentábamos pescar truchas, veíamos pescar truchas, dábamos de beber al ganado, cogíamos agua con un cubo para regar los frutales y la ropa tendida al sol para blanquear y leíamos o charlábamos al frescor de los chopos del Pradico. En fin, el río daba mucho juego.

Y, mientras nosotros nos divertíamos, las mujeres lavaban la ropa que nosotros emporcábamos. Lo hacían arrodilladas en un cajón de madera, asentado en una plataforma de piedras que todos los años les preparábamos, en los últimos metros del cauce del Baltaín ya totalmente seco. Frotaban la ropa sobre una tabla de lavar o directamente sobre una piedra plana del río, usando jabón Lagarto o el hecho por la abuela con huesos y sosa. Mientras las pompas de jabón iban río abajo a gran velocidad, restregaban y daban grandes golpes con la ropa y la retorcían para escurrirla. Se hablaba de lo duro que era el segar la hierba, pero lavar la ropa no debía irle a la zaga. Antes de arrodillarse en el cajón, lo levantaban para ver si debajo había culebras que se les pudieran meter por debajo de las faldas. Y es que era frecuente acercarse a la orilla y ver como una culebra salía nadando hacía debajo de las algas del centro del río. Seguramente se acercaban a la orilla porque allí el agua estaba más caliente.

Era un río de aguas limpias, con un cauce de cantos rodados cubiertos de una pátina resbaladiza que les hacía aparecer de color mermelada de melocotón o ciruela claudia. El agua solía ir bastante rápida salvo si el tramo estaba remansado por alguno de los puertos (represas) que se hacían para sacar el agua de regar los prados o impulsar el molino y el aserradero. Delante de la casa de los abuelos había una balsa producida por el puerto del molino, con lo que disponíamos de unos cien metros de río con aguas más mansas, pero que aun así corrían deprisa. Al estar el agua más reposada, en el centro del río había algas de agua dulce, les llamábamos “ocas“, donde se escondían las truchas al verse sorprendidas. La balsa era el escenario ideal para cortar el agua, haciendo que las piedras dieran diez o quince saltos sobre la superficie si eras suficientemente hábil. Delante de la casa el río podía tener veinticinco o treinta metros de ancho, la profundidad rondaba el metro y allí aprendimos todos los pequeños a nadar “a lo perro” ayudados por un salvavidas de corcho que nos atábamos al pecho. En la parte de arriba del Pradico cubría hasta debajo del sobaco y era nuestra zona de baño cuando ya éramos nadadores más expertos y nadábamos “a lo marinero”. Allí nos juntábamos todos los del barrio de abajo a la hora del baño. Los de fuera con traje de baño más o menos elegante y algunas chicas del pueblo, como Mari la de Carola, que se acercaban por el río solo de vez en cuando, se bañaban vestidas con las enaguas, de forma que no podían nadar y se limitaban a darse chapuzones refrescantes que les quitaba el polvo de la hierba o la poisa del centeno.

A diario nos lavábamos la cara y las manos en casa, echando agua en una palangana con jarrones de porcelana que se traían del río. El río era el lugar donde nos quitábamos la roña más persistente de vez en cuando. Nos metíamos en mitad de la corriente, al lado de los lavaderos, y nos enjabonábamos con el jabón de lavar la ropa. Si alguna vez te entretenías lavándote la cabeza, el dolor de sesera estaba asegurado por lo fría que estaba el agua. Aquel maldito río no tenía grifo de agua caliente. Solo si un alma caritativa te ayudaba con una regadera en la que se había añadido un tanque de agua caliente, el aclarado era algo más llevadero.

En Vega solo había un puente a la altura de casa Selima y era el punto obligado para pasar a la otra orilla, lo que se denominaba la parte umbría del valle. En verano, con menos agua, se podía cruzar el río por algunos otros sitios con el carro de las vacas o a pie enjuto por unas piedras grandes que se colocaban en mitad del río y que llamábamos “pasaderas“, como las que en la zona de El Salgueral permitían pasar al Pradón ayudándose de un palo. En alguna ocasión vi a Urbano cruzar el río sobre unos zancos por delante de casa. Aquello me dejó tan asombrado que me fabriqué diversos zancos con los que aprendí a caminar, e incluso a bailar y subir y bajar escaleras o por las peñas, y me entrenaba a cruzar el Baltaín. Tardé mucho tiempo y me mojé muchas veces intentando pasar el río grande. La corriente y las piedras resbaladizas y redondas hacían la travesía complicada. Pero era tal mi afición, que al final lo conseguí.

Las truchas del río eran muy apreciadas por los lugareños y también por los de fuera. Estaba acotado de pesca desde más abajo de El Castillo hasta el puente de Vega, por lo que solían ser los pescadores forasteros casi los únicos que pescaban en aquel tramo de al lado de casa. Quiero decir, pescaban a la vista y legalmente con permisos que sacaban en León. De que hubiera el mayor número de truchas para los visitantes se preocupaba el guardarríos, por lo que trataba de impedir que las pescáramos los del pueblo. La gente del pueblo tenía la sensación que los de fuera venían a aprovecharse de lo que era suyo. Este sentimiento, acompañado del morbo que nos daba hacer lo prohibido y lo ricas que estaban las truchas, hacía que allí todos fuéramos pescadores furtivos desde los seis años hasta los sesenta.

Las truchas eran nuestras y las pescábamos de muy diversas maneras. Principalmente a mano, con ferpón (arpón) y con naso que eran las herramientas que más a mano teníamos los más jóvenes. Y casi todos los días le dedicábamos a esta tarea un buen rato aprovechando la hora del baño. Los mayores solían pescar con dos clases diferentes de red, casi siempre de noche. La tiradera, una red sujeta entre dos palos, se usaba en solitario, tirándola sobre el río en un movimiento envolvente. Cuando eran varios los pescadores, se usaba el trasmallo, una red de varios metros de longitud y una altura de un metro con plomos para que se ajustara al fondo, atravesándola en el río y azuzando a las truchas aguas arriba.

De vez en cuando llegaba la noticia de alguna animalada como que alguien había usado el veneno que salía de una planta denominada “morga” o con cal viva o carburo para coger truchas en cantidad. Se decía que en algún sitio, no por allí, se empleaba cartuchos de dinamita. En algunas ocasiones oíamos disparos de pistola a la orilla del río, que enseguida relacionábamos con algún guardia civil o policía que andaba por el pueblo de vacaciones e intentaba cazar, que no pescar, truchas.

Había gente especialmente habilidosa. El primo Manolo era un artista pescando a mano debajo de las piedras o en los raizones de los árboles. Yo le acompañaba muchos días y le veía con la espalda encorvada, la cabeza ladeada para poder respirar e intentando no mojarse el ombligo, acariciando la tripa de la trucha que estaba debajo de una piedra hasta que conseguía engancharla por las agallas. He llegado a verle sacar dos truchas de una vez de debajo de la misma piedra. A mí me dejaba desgañotarlas. Genaro, el hijo del herrero, era un fenómeno con el ferpón que él mismo se había fabricado en la fragua y que era desmontable. Trucha que veía asomando debajo de una piedra o de un tronco, trucha que no se le escapaba.

Nosotros, que no teníamos fragua, robábamos tenedores de hierro de la cocina y los machacábamos hasta dejarlos planos. Luego los atábamos con alambre al extremo de un palo que habíamos hendido por la mitad. Por su fragilidad, tenía el inconveniente que casi siempre terminaba totalmente doblado, al golpearse contra las piedras por el impulso. Y también que cualquiera que te viera con el artefacto sabía a dónde ibas y podía chivarse al guardarríos.

El tío Pepe pescaba con un pequeño arco hecho con ballenas aceradas de paraguas y flechas del mismo material que impulsaba con gran fuerza. Humberto el albañil decía que las flechas salían de aquel artilugio “como por litricidad”. Yo me fabriqué algún arco de aquellos, pero los usaba más bien como Robin Hood, atravesando manzanas o clavando las flechas en tablas y en los troncos de los árboles. Valiente tontaina.

Las truchas que se pescaban furtivamente casi siempre eran para consumo propio, pues venderlas hubiera supuesto arriesgarse a que se enterase el guardarríos.

El único lugareño que vivía, más bien malvivía, de la pesca era Pepe el Portugués, familiarmente “El Portu”. Vivía en Guisatecha y muchos días subía en bicicleta, con su caña enteriza de unos tres metros y su cesta de pesca, a pescar a la parte libre del río que empezaba por encima del puente de Vega. Pescaba con cebo natural, lombriz, maraballo o gusarapa, y con mosquitos artificiales que el mismo se fabricaba. Decían que cuando estaba pescando y veía volar una mosca de mayo, sacudía la caña y el nylon como si fuera una tralla y la mosca se posaba mansamente en la punta de la caña. Él la cogía, la ensartaba en el anzuelo y conseguía una trucha bien gorda, pues no había una sola que resistiera la tentación de tragarse aquel insecto transparente de color verde suave, que pataleaba y revoloteaba sobre el agua. Le gustaba el morapio y se le podía ver en casa Selima o en casa Sandalio dilapidando el dinero que había sacado por la venta de las truchas, echándose un vaso de vino al coleto con una mano y con la otra un puñado de bicarbonato.

Cuando fui algo mayor, yo también me dediqué a pescar con caña con no muy buenos resultados. El secreto para pescar estaba en poner anzuelos que simulaban mosquitos parecidos a los que volaban cada día y no los de dos meses antes o dos meses después, pues las truchas no les hacían ni caso. Los mosquitos que yo llevaba eran unos comprados al azar en casa de Sandalio. Y cuando no pescábamos, ignorantes, le echábamos la culpa a la Luna. Y es que mi padre, cuando compró la caña con la que empezamos a pescar, adquirió un librito con el título de Tablas Solunares para la pesca de la trucha y que decía en qué hora picarían las truchas cada día, debido al influjo de la Luna sobre su apetito. Además de que fuimos el hazmerreír de los entendidos por ir a pescar al río a la hora que decía un libro, se demostró que las tablas solunares eran tan poco de fiar como los anzuelos de Sandalio usados sin criterio. Las truchas eran muy astutas y había que engañarlas con señuelos que parecieran de verdad y acompasados a la época de floración, que marcaba los mosquitos que volaban sobre el río.

A pesar de las pocas capturas, yo salía con frecuencia a pescar con Tomasín y Pepe el de Faustino. Íbamos a pescar, pero, sobre todo, a echar la tarde. Pepe era muy ingenioso y nos lo pasábamos en grande. Terminábamos al anochecer en Aguasmestas, con dos o tres truchas que vendíamos a la exuberante Pacita. Pepe, que era un poco tahúr, cogía el dinero que nos daba Pacita y se ponía a jugar a las cartas intentando acrecentar nuestros caudales. Nunca ganamos mucho y el día que perdíamos tampoco era un gran desastre.

Mi padre conoció en Villablino a un minero llamado Salvador, apodado El Rubio, que sabía hacer anzuelos con hilos de colores y plumas de gallo de León, los mejores para este asunto. Se pasaron todo un invierno juntos, de forma que cuando se abrió la veda de la trucha en primavera, mi padre tenía un catálogo completo de mosquitos con la indicación aproximada de la época en que había que utilizar cada uno de ellos. Sabía construirlos él mismo y tenía una buena colección de hilos de color y de plumas de gallo que llevaba en la cesta de pescar. Esto le permitía fabricar en el río cualquier mosquito que viese volando y que él no llevara preparado. El resultado de tanta tecnología pescatoria, fue que pescaba truchas a mogollón. Con la cantidad de gente que éramos, nos hartábamos de comer truchas fritas y aún sobraba para hacerlas escabechadas y así poder comerlas en otra época del año. Mi madre las freía estupendamente y era un placer comérselas todas churruscaditas con piel y todo. Acostumbrado a aquellas exquisiteces, a partir de entonces yo nunca he podido comer truchas de piscifactoría.

A estos ríos, totalmente inofensivos la mayor parte del año, yo les he visto tremendamente cabreados con motivo de una temporada de lluvias intensas. El río grande tumbaba los chopos de los ribazos como si nada, de tal forma que el Pradico quedó reducido a la mitad en dos riadas sucesivas. En estas ocasiones el río pequeño se convertía en grande. Arrastraba troncos que se atrancaban en el puente que cruzaba la carretera por encima de la casa de los abuelos y el agua se embalsaba de forma que era capaz de atravesar la carretera y alcanzar la plazoleta de delante de casa de los abuelos,  dejando a las gallinas de Carola sobrenadando en el corral. Realmente daba miedo.

Lo que más se temía de las riadas era que el agua entrara en las casas y que el río pegara bocados a los ribazos de los prados. Para mitigar el efecto de las riadas, se plantaban árboles con buenas raíces en la orilla del río y se construían gaviones. Eran unas mallas de alambre inoxidable con las que se formaban unas cajas de planta rectangular de metro por metro y medio. Se colocaban en el borde del prado, asentados en el fondo del río y se rellenaban con toneladas de piedras de forma que se comportaran como una roca grande. Se podían apilar unos encima de otros. En el Pradón colocamos varios. Pero cuando al río se le hinchaban las narices lo suficiente, era capaz de socavarlos y moverlos.

Debido a la vegetación de la orilla, el río era muy difícil de ver si no te acercabas al borde del agua. Desde la carretera sabias donde estaba el río por el ruido y por la barrera tupida de chopos, alisos y salgueros que lo flanqueaban por las dos orillas, pero no lo veías. En otoño el paisaje cambiaba totalmente, cuando los árboles se quedaban desnudos de hojas y en sus ramas aparecían los nidos al descubierto. Entonces se veía el río y la otra orilla y los prados del lado del monte. Cuando los árboles habían perdido las hojas, se tenía la sensación de vivir en un pueblo totalmente distinto.

El río era inseparable del guardarríos. Le vigilábamos cuando bajaba al Castillo para así poder pescar sin cuidado, aunque siempre estábamos en vilo. Lo bueno era cuando nos enterábamos que se había ido a León a hacer alguna gestión, pues ese día nos lo tomábamos con más tranquilidad. Esos días, incluso nos atrevíamos a pescar con naso.

El naso estaba hecho de tela de alambre fino, para que las truchas no vieran fácilmente la trampa, y tenía como entrada un embudo que hacía fácil que las truchas entrasen y que les resultase complicado salir. Lo solíamos poner en la corriente que había por encima del pozo del Pradico en mitad de una pared que hacíamos con piedras, de lado a lado del río y que disimulábamos con ocas. Una vez instalado, comenzábamos a arrear las truchas río arriba, desde el lavadero hasta el punto donde estaba situado el naso, haciendo ruido en el agua y escarbando, afullicando decíamos, en los raizones del Pradico para que salieran las truchas que estaban escondidas.

El primo Manolo usaba el naso de otra manera. Yo le acompañaba a echarlo al lado de los raizones del Pradico, atado con una cuerda, y lo dejábamos de un día para otro, aunque yo no podía aguantarme la impaciencia y lo revisaba cada dos o tres horas con cuidado de que no me vieran las truchas. Solía dar un par de truchas o tres cada vez, pero casi siempre buenas.

Yo conocí a dos guardarríos. El primero vivía en el Castillo y patrullaba por el río con una carabina. Decían que estaba un poco majara y que sus reacciones eran imprevisibles. Recuerdo un otoño, cuando los árboles sin hojas permitían divisar la otra orilla, ver enfrente de casa del herrero como corría a palos a Ubaldo el del Taruco porque le había encontrado pescando en el coto y con la veda cerrada.

El segundo guardarríos que hubo por allí vivía en Vega y terminó siendo medio familia, pero no se casaba con nadie. Nos teníamos manía desde la primera vez que me encontró echando unas cañadas en la Fontanina. Me pidió la licencia y que le enseñara las truchas que llevaba en la cesta. Yo, que pescaba más bien poco, no me podía permitir el lujo de devolver al río los vilasios (truchas más pequeñas que el mínimo autorizado a pescar) y, ese día, llevaba dos. Se las enseñé y me dijo con tono amenazador que no eran del tamaño reglamentario. Yo intenté discutirle que no eran tan pequeñas y que, en cualquier caso, a quien se le podía ocurrir ir al río con un metro para medir el tamaño de las truchas. Se le torció el gesto y me dijo que lo de llevar o no llevar metro al río era cosa mía y que me iba a denunciar. Al final no lo hizo, pero no hacíamos buenas migas.

El río Baltaín no parecía estar dentro de la jurisdicción del guardarríos o simplemente no le prestaba la más mínima atención. En verano solo había agua en algunos pozos y algún tramo corto del cauce. Aunque en invierno estuviera plagado de truchas, en verano solo quedaban las que no tuvieron ocasión de pasarse al río grande antes de quedarse seco. Teníamos a las truchas de cada pozo censadas hasta llegar a Garueña, y dedicábamos algún rato a intentar pescarlas, pero con poco éxito.

El río era un elemento básico a la hora de orientase. El terreno que estaba a la derecha del río, era la parte umbría y el que estaba a la izquierda del río era el solano. Pero el río, al ir siempre paralelo a la carretera (más bien era al revés), también definía el sentido en que se caminaba por ella. Se iba “pa rriba” o “pa bajo” según la dirección en que transcurría el agua y determinaba cual era el barrio de arriba del pueblo y cual el de abajo. No sé si este hábito de orientación es el que me impide orientarme correctamente en ciudades con río hasta que no lo ubico adecuadamente.

Hace poco me he acercado al Salgueral y me ha resultado muy difícil acercarme a la orilla del río, de tanta maleza como ha crecido por todas partes, consecuencia de una inexistente actividad que antaño hacía que el río fuese accesible en todo su curso. Me dio la impresión que aquello nunca volvería a ser el río que fue y que tanto juego daba en nuestros veranos en Vegarienza. Y truchas, a pesar de los ya inexistentes lugareños furtivos y que la pesca ahora es sin muerte, nada de nada.

Trucha cebándose , marabayo, gusarapa, mosca de Mayo. Anzuelo de pluma, ferpones.

Trucha cebándose , marabayo, gusarapa, mosca de Mayo.
Anzuelo de pluma, ferpones.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: servindi.org, pescarioeume.blogspot.com, fundación saber.es

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Tío Aecio (cazador y cuentista)

Aecio de la Calzada en el prado Travieso. Sosas del Cumbral

Aecio de la Calzada estaba muy orgulloso de tener nombre de general romano. Su segundo nombre, pues se llamaba Aecio Clodoveo, era otra cosa. En la escuela, cuando los chavales querían meterse con él, le decían Aecio Culoteveo cosa que le ponía encendido. Era el mayor de los diez hijos del señor maestro de Sosas del Cumbral, Emilio de la Calzada. Estudió en los agustinos donde aprendió hasta latín. No sé si de ahí le venía su facilidad de fabular y de sacarle punta a todo lo que sucedía a su alrededor. Sin duda era el que más nos divertía a los sobrinos con sus historias, algunas de las cuales llegó a escribir en forma de cuento. También era aficionado a la poesía y enhebraba versos con facilidad como la poesía titulada “La Boda del Siglo” que escribió con motivo de la boda de su hermana Honorina y que se acompaña al final.

Cuando se juntaba con sus hermanos, Baldomino, Emilio, Pepe y otros mozos del pueblo, siempre era el promotor de bromas que luego se encargaba él mismo de contar, con todo tipo de adornos, para mayor escarnio del embromado. En el post “A nateras y quesos“, reproduzco casi como él nos lo contaba, lo que sucedió cuando fueron a robarle quesos al tío Francisco y la tía María.

De todos nosotros era conocida la historia de cómo los lobos le comieron la burra a Benedito, atada a la cancilla del prado de la Tablada o el de Vegarriondas, mientras él segaba verde a menos de cien metros. El tío Aecio nos la contaba a su manera. Decía que Benedito oyó que la burra ronaba y le gritó

Ay que ver con la burra. ¡Calla coño!, ronas como si te estuviesen comiendo los lobos – y siguió segando

Cuando terminó y vio la burra agonizante con grandes dentelladas en el cuello , tiró al suelo el saco de verde que llevaba al hombro y, levantando los brazos furioso, gritó como esperando que los lobos le oyeran:

Desgraciaos, muertos de hambre, me habéis dejao a pata – tal parecía que la burra le importaba un pimiento, pero no así tener que llevar el saco a hombros hasta su casa.

Al día siguiente, cuando Aecio le vio caballero de una burra prestada, le preguntó con sorna

Benedito, ¿no será esa la burra que te comieron los lobos? – mientras se desternillaba de risa

Calla, calla – le contestó Benedito furioso – que te doy con la cachaba.

También era muy celebrado en Sosas el susto que le dieron al Tremoriego para que no regara tanto y que se incluye en su relato “La muerte del cochino” que acompaño al final del post.

Cuando Aecio llegaba a Vegarienza daba rienda suelta a su pasión por la caza. Cogía la escopeta de dos cañones calibre doce y se iba para el monte, casi siempre sin perro, en busca de perdices y codornices o al acecho de las palomas torcaces. No recuerdo que cazara ninguna de estas volátiles, pero a falta de estas piezas difíciles de cazar sin perro, si le vi muchas veces pegando tiros por El Valle detrás de los grajos que, al menos, se sabía por dónde andaban por lo ruidosos que son. Creo que tampoco cazó ninguno, aunque si les asustaba lo suficiente como para que perdieran alguna de sus plumas azules y negras, con las que adornaba orgulloso su sombrero de cazador.

Otra de las cosas que le encantaba era cuidar de las tres o cuatro colmenas del eiro del Retiro en Vegarienza y, cuando era el momento, les extraía la miel. Se cubría la cabeza con una careta casera hecha de tela y con un trozo de tela metálica fina delante de la cara. Yo le ayudaba a preparar el fuelle con el que producía humo para atontar a las abejas y que así le dejaran trabajar. Para que el humo fuera abundante probamos diversos combustibles, pero era la boñiga seca de vaca la que producía el humo más denso y atontador. Mientras él manipulaba las colmenas, nosotros nos manteníamos a una distancia prudencial, pero era tal el zipifostio de abejas que se formaba que, en ocasiones, llegaban hasta donde estábamos y teníamos que salir corriendo. Una vez una abeja me picó en el interior de la oreja y de poco sirvió el formol que me echaron. De verdad que creí morirme.

Estaba casado con la tía Jamina, berciana, la mujer más dulce y cariñosa que he conocido, y tuvieron seis hijos. Vivieron en Ponferrada y Madrid, donde viví con ellos durante mi primer curso en la universidad. Les estoy profundamente agradecido.

En cierto modo fue responsable de que yo haya nacido. Coincidió en León trabajando en Correos con el que sería mi padre y se hicieron amigos. Un día mi padre le acompañó a casa y allí conoció a mi madre.

A sus noventa y tantos años, seguía tieso como una vela, como corresponde al porte de un cazador de raza.

Tío, allá donde estés, si cabe alguna capacidad de ensoñación, seguro que en alguno de los interminables ratos de ocio de que dispongas, te imaginarás al acecho, emboscado en un sombrajo de piornos y escobas, apuntando a un rebollo repleto de palomas torcaces, mientras te relames como La Raposina ante un nidal repleto de huevos de gallina. Ante tal abundancia de palomas, estás indeciso sobre a cual apuntar y luchando denodadamente con la escopeta, que parece tener vida propia y aprovecha cada uno tus momentos de duda para fijar su punto de mira en un grajo rezagado que comparte el roble con la bandada de palomas. Y es que la pobre escopeta, después de tantos años y lances con el tío Aecio, tiene fijación por estos pájaros estruendosos y de plumas azules. Buena caza, tío.

La matanza del cochino (autor: Aecio de la Calzada)

Estamos en Omaña, comarca montañosa y ganadera de la provincia de León: verdes prados, ríos trucheros de aguas transparentes y altas cumbres, coronadas de nieve, anuncian ya, a mediados de Noviembre, la exacta cronológica llegada del frío Invierno de todos los años.

En uno de sus numerosos y apacibles pueblos, casi aldeas, y de cuyo nombre no me acuerdo, se preparan sus habitantes para realizar la imprescindible y consuetudinaria “matanza del cochino” que encabeza estas líneas y es motivo de este curioso relato, un tanto jocoso, salpicado de vocablos y frases autóctonas propias del dialecto omañés.

Vamos, pues, a continuación de este preámbulo, a describir, no sé si con acierto, los detalles y operaciones y las faenas también llamadas “samartino

————————————

Era, como ya hemos dicho anteriormente, a mediados de noviembre, un día cualquiera, y apenas el astro rey, que nos calienta, había extendido sus rubias guedejas sobre al altozano de “La Cachiza”, cuando he aquí como cuatro convecinos del pueblo sin nombre, fuertes y robustos, bien provistos de todo lo necesario para el sacrificio, como son cuchillos, tan relucientes y afilados, que mejor sería denominarlos dagas florentinas, una soga y, especialmente, rebosando buen humor y más talante, se acercaron a la casa de Don José, el Maestro, donde se había de realizar la siempre añorada matanza del cochino.

A propósito, me parece bien intercalar aquí que, tanto estos cuatro vecinos, que ya cito, como el resto de la casi totalidad de los habitantes del lugar, le profesaban cariño y respeto al señor maestro, el cual los había liberado del analfabetismo, convirtiéndoles a la vez en pequeños enseñantes capacitados, como auténticos misioneros, para impartir sus conocimientos a otros semejantes en otras comarcas, no tan cercanas, como eran entonces los pueblos y aldeas que circundaban la villa de Cangas, donde pasaban enseñando durante el invierno, casi cuatro meses, con el aplauso y agradecimiento de aquellas buenas gentes.

Bien, pues concluido ya este inciso, pasemos a describir con todo detalle los sucesos y anécdotas que acompañaron la famosa matanza.

Previamente se había dispuesto delante de la casa un fuerte banco de roble, un cubo o caldero y demás utensilios pertinentes.

Llegados, pues, a la casa, los cuatro buenos mozos saludaron a su dueño. Diciendo

¡Buenos días don José! ¿Dónde está el cochu?

A lo que respondió el aludido

Ahí está, en el cubil, sacadlo. Pero si no esperad, que os voy a convidar, antes que comencéis con vuestro trabajo, con esta parva.

¡Esu, esu! ¡Muy bien!. Muchas gracias don José.

De inmediato ordenó el maestro a una de sus hijas, llamada Laudelina, que sacara el botellón con cuatro vasos en una bandeja y lo colocara allí mismo en una improvisada mesa “ad hoc”.

Y acercándose el mismo don José, les sirvió sendas “copisinas” de lo que hoy llamarían droga, pero no, que era aguardiente y del bueno, traído, no ha mucho, del cercano Bierzo.

Al unísono, los cuatro vaciaron sin contemplaciones el orujo en sus resecos gaznates, pues, por el intenso frío, estaban enganidos, tiritando.

A continuación, sacando sus petacas, rellenas de buena picadura tabaquil, liaron con destreza sus cigarros con papel “El Automóvil” que encendieron deseguida con sus chisqueros de larga mecha y pedernal.

Y, dando profundas chupetadas, con los cigarros pegados a su labio inferior, se dirigieron de nuevo a su trabajo, como sigue.

Procedieron incontinente a entrar en el cubil donde, presintiendo lo que le esperaba, gruñía el cocho de 180 kilos, dando vueltas sin cesar y acometiéndolos con tanta fiereza que parecía un “jabaril”.

Como valientes que eran y avezados a estas lides, echáronse encima del gorrino, y agarrándolo unos por las orejas y otros por el rabo, lo sacaron, sin su consentimiento, a la calle con el propósito de tumbarlo sobre el banco.

El enfurecido verraco envestía con todas sus fuerzas contra los matarifes, y no les permitía, faltaría más, que lo subieran sobre el banco, dando temibles hocicadas a diestro y siniestro. En vista de lo cual, el más fuerte y más alto de los cuatro dijo:

¡Coño!, dejáimelo a mí.

Y, sin otras precauciones, es el que visto y no visto, se abalanza a la jineta sobre el enfurecido suido, el cual, viéndose momentaneamente libre de los otros tres que lo sujetaban, emprendió una alocada y veloz carrera calle abajo hasta llegar a la casa del cura, donde, llevado de un ímpetu incontenible y dando un gran brinco, sepultó a su improvisado jinete, mal a su pesar, cuan largo era sobre el “esterquero” consabido.

Entonces, más rebozado de lo que él quisiera, levantóse aturdido el cerduno caballero y comenzó a pedir refuerzos, que no tardaron en llegar de manos de los otros tres expectantes del inusitado suceso, que reían a carcajadas.

Entre los cuatro, sacando fuerzas de flaqueza, lograron echarle “el pesqui” de nuevo al embravecido verraco de 180 kilos y llevarlo, contra su voluntad, al lugar del sacrificio y, logrando ahora con alguna que otra ayuda, tumbarlo sobre el banco.

A continuación, y para evitar otra posible fuga, sin más preámbulos, lo sujetaron con una fuerte soga en tanto el puerco de 180 kilos gruñía sin cesar.

Luego, se dispuso el matarife a ejercer su oficio, no sin antes decirle a una convecina, diestra en estos menesteres, que atendía en forma coloquial por el nombre de Gilboneta, que aprestara el cubo de recoger la sangre, para hacer posteriormente las “frisuelas”, tan ricas y propias de esta tierra.

Contestó la interpelada, mostrando el brazo derecho desnudo, que todo estaba “aseito”.

Así pues, sin más dilaciones, estando el cerdo de 180 kilos bien amarrado al duro banco, uno de los cuatro, el matarife tomó en su diestra el cuchillo de sangrar, y de un certero golpe al gran marrano de 180 kilos, este comenzó a soltar un gran chorro intermitente de líquido escarlata dirigido al cubo de la Gilboneta.

Esta, sin dejar de revolver la sangre en el cubo, comenzó a decir:

¿Ah you!. Peque este cocho no sangra comu outras veces. ¡Habrásele atraganto algún cuajaron en el butiello!

¡Ja, ja, ja!. Repitió al unísono toda la concurrencia, sin poder reprimir la risa.

Tu revuelve y si no canta, que estamos todos callaos como si fuéramos mudos.

¿Y qué voy a cantar, chacho?

Pus lo que sepas, coño. Por ejemplo, lo que intentabas cantar y no cantaste por las Flores de Mayo, que quedaste aturullada ante toda la Iglesia y te espetó el tío Jacinto: “¡Arranca Ginorra que te escazuelo!”

Esu non ye verdá, contestó la aludida.

Bueno, eso lu dices tú, pero por ahí se habla lo contrario. En fin, dejémoslo, que hay que pelar el cocho de 180 kilos.

El cual aún gruñía y “espatalejaba” en los estertores de la muerte, como alegando el no haberle dejado defenderse en juicio justo, como a cualquier hijo de vecino.

En cuanto dejó de respirar el gran cochino de 180 kilos, despidiéndose de este mundo traidor en contra de su voluntad, procedieron incontinentes los cuatro matarifes, ayudados ahora por varias mujeres del pueblo, a raparle bien las duras cerdas al animal con agua hirviendo, mediante sus cuchillos tan relucientes como dagas florentinas.

Una vez bien afeitado, que podría ser presentado en la sociedad cerdil con unánime aplauso, lo llevaron a pesar en romana, esta vez ayudados también por don José, y dio en ella exactamente 180 kilos.

Y dejando el marrano colgado de una fuerte viga de roble a escurrir, pasaron todos a continuación al comedor a reponer sus fuerzas, que ya iban algo exhaustas.

Excusado será decir lo que embaularon los comensales en sus respectivos estómagos. Sabroso caldo montañés con tropezones, churrasco y cecina del Valle Gordo, chorizos y jamón, procedentes, sin duda alguna, de otro antepasado del hoy ajusticiado suido, pan y postre, todo ello bien regado en abundancia con excelente vino de Cacabelos.

————————-

Mientras se celebraba de esta guisa la matanza, subieron de tono las calorías de los satisfechos comensales, y uno comenzó a decir.

Os voy a contar lo que le pasou el otro día al Tremoriego.

¡Cuenta, cuenta! A ver qué le pasou.

Pus mirai lo que dicen por ahí: Que estaba él una noche regando su prau de La Cortina, a causa de estar partida el agua, por mor de la pertinaz sequía, cuando vio que le cruzaban el prau tres hombres desconocidos y se pasaban al camino, hoy carretera, caminando marcialmente hacia Porquin.

Él, que se estaba calentando al amor de una lumbre y, medio muerto de miedo, al percibir tan extraños visitantes, y pasar éstos por el camino frente a donde él se estaba calentando, con curiosidad galaica, aún se atrevió a decirles:

¡Pasen, pasen, si quieren y caliéntense, que hace mucho frío!

A lo que contestaron desde el camino los desconocidos.

¡Caliéntese usted, buen viejo, que nosotros bien calientes vamos, que hasta llevamos el fuego por dentro!. Y uste mejor estaba en casa que no regando a estas horas, pues la noche no se ha hecho sino para los lobos y para nosotros.

Siguieron caminando con paso marcial, que más bien parecían soldados de maniobras, pues, al parecer, portaban sendos mosquetones al hombro, aunque algunos dicen que eran de palo.

El caso es que el mencionado Tremoriego, según dicen por ahí, mojó los pantalones y no volvió a salir de noche a regar sus praos.

Cheichos, cheichos, dijo uno, ¿y no se sabe quiénes eran ellos?

Aún no se sabe, por ahora

Y esta fue la anécdota que les contó uno de los matarifes con gran regocijo de todos.

Ahora, pues, dejaremos para mañana los restantes detalles de esta famoso samartino.

————————————–

Así, pues, al día siguiente, se reunieron de nuevo los matarifes y mujeres, con Gilboneta al frente, para dar término al azaroso suceso de la víspera.

Bajaron los mozos al gorrino, que colgaba de la viga, esta vez ya sin protestas del ajusticiado, colocando su enorme masa de 180 kilos, no sin esfuerzos, encima de una gran masera, destinada ad hoc para el despiece.

Y con gran habilidad y destreza lo convirtieron, no digo en picadillo, pero si en unos cuantos trozos apropiados para colgarlos en sus respectivas “espeteras” y aguardar la curación.

Luego, todos los intervinientes en este famoso samartino, bien lavados y aseados en las transparentes aguas del río Baltaín, que por allí pasaba al azar desde el principio de la creación del mundo, también pasaron al comedor, con buen humor y mejor apetito, a celebrar el venturoso final del gran suceso anteriormente descrito.

Como colofón a este pantagruélico banquete, cabe mencionar, entre otros platos, una gran torre de “frisuelas” que hicieron las delicias de los cooperantes, y las cuales, pasaron, sin protestar, a mejor vida.

-FIN-

NOTA: en la anécdota del Tremoriego, se hace referencia a los huidos de la guerra que andaban por aquellos montes. La gracia es que fueron Aecio, Emilio y Baldomino los que desfilaron delante del Tremoriego, con un palo al hombro simulando un fusil y tapados con una manta a modo de capote, para asustarle y que dejara de usar el agua para poder regar ellos. De ahí, el regocijo con el que lo celebraban en el banquete. Aunque no se menciona el nombre de Sosas es evidente en que pueblo transcurre la historia. Al señor maestro se le asigna un nombre ficticio.

La boda del siglo (autor: Aecio de la Calzada)

Allá por los años treinta,
según relata la Historia,
aconteció el gran suceso
que quiero contar ahora.

Cuando los campos semejan
un mar de flores encaje,
y los árboles se visten
de sus más verdes ropajes,

De León en la montaña
dos almas de las mejores
se dieron el “si quiero…
a la sombra de los robles.

Con trompetas y añafiles
su propia boda anunciaron
a todos los comarcanos
que solícitos llegaron.

Alegre y puntuales,
luciendo todas sus galas
cual dicen los cronicones
a la cita ya anunciada.

Los “curquiellos” de Valbueno
aún no se les ve el plumero
pero es de sospechar
que ya vengan hacia El Fueyo.

Enfilando campo arriba
las mozas de Villapán
cantando alegres tonadas
ya bajan pol Cerradal.

Los mozos de Rodicol
ya columbran La Collada,
con chalinas de colores
agitando las cayadas.

Tañendo sus chirimías,
de Cornombre y Manzaneda,
por La Congosta ya bajan
la su mocedad entera.

Las campanas de la Iglesia,
por Amador tocadas,
repican a ceremonia
religiosa y deseada.

Esta Iglesia no es Iglesia
que es Catedral entera,
asentada en La Cubata
dominadora de sierras.

A ti acuden presurosos,
sin pensar en los agobios,
y don Restituto les dio
la bendición a los novios.

Y en El Campo de las Sendas
se formó la zarabanda:
baile “chano”, jotas recias,
panderetas y charangas.

En el hotel “Mira el Rio
cien cabritos, diez capones
flacas fuerzas restauraron
mazapanes y roscones.

Todos quedan satisfechos,
y, por si algo faltara,
con el vino de Sosiellas
se terminó la parranda,

Con fuegos artificiales,
ofrendas de vino y rosas,
en la aldea de Garueña
y en la gran ciudad de Sosas.

Autor dixit.

NOTA: Además del título rimbombante y el relato de la boda como hecho excepcional en la región, nótese como remata con los dos últimos versos, la tradicional rivalidad entre Sosas y Garueña de donde era el novio, el tío Balbino Mallo.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Primeros tiempos en Roa (cuando el racionamiento)

Cartilla de racionamiento, balanza de pesas, dispensador de aceite, dispensadores de legumbres

Siguiendo a mi padre en su segundo o tercer traslado como Administrador de Correos, llegamos a Roa de Duero cuando yo tenía cuatro años allá por 1948 o 1949 y allí vivimos hasta 1954, año en que le trasladaron a Villablino (León). Ya habían nacido mis hermanos Loli y Fernando. En Roa nacieron Eduardo, Mari y Fede. También Julia es de este período, pero nació en verano, lo que quiere decir que nació en Vegarienza (León) el pueblo de mis abuelos maternos y lugar habitual donde pasábamos todo el verano intentando olvidar las penurias alimenticias de Roa.

Roa estaba en plena llanura castellana, en la provincia de Burgos, subida en un alto que arrancaba desde la ribera del río Duero. Se llegaba desde la estación de ferrocarril por una carretera que, nada más cruzar el puente sobre el río, se dividía en dos ramales que ascendían haciendo curvas en ese hasta el pueblo. Desde la primera curva se podía llegar a pie hasta arriba por unas escaleras interminables que acababan en la esquina del Espolón, el paseo del pueblo con bancos, farolas y una barandilla que hacía que todo el paseo pareciese un balcón sobre el Duero.

Era una zona agrícola con cereales, vid y remolacha principalmente. Había muchas casas de adobe y nada más salir del pueblo empezaba el campo y la eras donde hacían la trilla. No había agua corriente, pero si dos grandes fuentes con pilón para el ganado, una cerca del casino y otra en la Cava. Practicamente todo el subsuelo estaba minado por bodegas donde se almacenaba el vino. La mecanización aún no había llegado y era común ver por las calles carros y arados de vertedera tirados por mulos que, cuando hacían un alto en el camino, eran alimentados con paja mediante unas bolsas que les colgaban del cuello. Antiguamente Roa debió estar fortificada pues se conservaban lienzos de muralla.

Roa era famosa por sus asados y, sobre todo, por la gente notable que se moría en el pueblo, como el cardenal Cisneros, o que “les morían” como El Empecinado. Como en muchas otras partes de España, la guerra debió hacer estragos como ponía de manifiesto una placa en la colegiata con los nombres de los caídos de uno de los bandos, los vencedores. No hace mucho nos hemos enterado de que las víctimas del otro bando aún están en las cunetas de La Horra, Gumiel de Izán, Aranda y otros pueblos de por allí.

La casa en que vivíamos estaba situada en la primera calle que se encontraba a la izquierda nada más pasar El Espolón, subiendo desde el río. Hoy creo que se llama calle de Los Balcones. Era un caserón en cuya planta baja estaba la oficina de Correos y nuestra vivienda en el primer piso. Se entraba de la calle por una gran puerta de madera a un portal donde estaba la ventanilla para el público. Al fondo del portal había una puerta que daba paso a un rellano por donde se entraba a la oficina y desde el que arrancaba una escalera con pasamanos y barrotes de madera que subía al primer piso. Al fondo del rellano había varias estancias y un patio al aire libre con muros de adobe y una higuera.

Con anterioridad debió ser almacén o casa de labradores, pues las estancias de la planta baja eran suficientemente espaciosas para almacenar aperos de labranza y posiblemente animales y el patio pudo ser corral de gallinas u otros bichos. La amplitud de la puerta de la calle, de dos hojas, era suficiente para el paso de carruajes y estaba dotada de un cerrojo de diente de lobo que solía cerrar yo por las noches, no sin esfuerzo y ayudándome de las dos manos.

La fachada a la calle era la base de una plaza irregular en forma de triángulo, que ascendía en plano inclinado hasta el vértice. El lado izquierdo estaba formado por una cantina y otra casa adosada y continuaba con una de las fachadas de las escuelas nacionales. El otro lado estaba formado por el comercio casa Vicente y otros caserones a continuación. Del vértice superior arrancaba una calle que pasaba por el patio de recreo de las escuelas y llevaba directamente al paseo de El Espolón, bajando unas escaleras. La plaza fue escenario de los primeros juegos y servía de patio de recreo de las escuelas.

La vivienda tenía varias habitaciones grandes, especialmente una de ellas en la que se podía andar en bicicleta y hasta jugábamos al frontón con mi padre. Había tres balcones a la calle desde los que observábamos todo lo que pasaba por la calle y en la plaza. Desde allí empecé a escuchar y aprender las canciones que cantaban las niñas en el recreo como Donde va la mi cojita, Soy la reina de los Mares, Mambrú se fue a la guerra, Donde están las llaves y muchas otras que aún no he olvidado.

Hacía el interior estaba la cocina, una despensa y un corredor que daba a una especie de corral con paredes de adobe donde había una higuera. En uno de los extremos del corredor estaba el váter. Lo de váter es un eufemismo. Era una especie de banco con tapa de madera y un redondel en el centro que daba a un hueco cerrado que bajaba hasta el suelo de la planta de abajo. Te sentabas sobre el redondel y el regalito caía al piso de abajo de forma que no hacía falta tirar de la inexistente cadena. Cuando aquello se llenaba de porquería, venían unos obreros que lo vaciaban, tapiaban el recinto y a empezar otra vez. En una ocasión tuvimos que ayudar a mi hermano Fernando que se había escurrido por el agujero y estaba agarrado a la tabla de forma que solo se le veía la cabeza y las manos. Que cada cual se imagine lo que podría haberle pasado si se hubiese caído.

Váter rudimentario.

El agua nos la traía de la fuente de cerca de casa una mujer, llamada Águeda, con unos cántaros de barro que apoyaba en la cadera y con los que llenaba unas tinajas también de barro. Era de una edad que no puedo precisar e iba siempre vestida de negro y peinada con un moño en el que se colocaba todas las horquillas que encontraba por la calle. Águeda y Mariano Pililón, grandote y colorado, fueron objeto de alguna de nuestras burlas desvergonzadas. Vaya desde aquí mis disculpas, tan sinceras como inútiles y tardías. De las tinajas se cogía el agua con un tanque de lata, tanto para hacer la comida y beber como para lavarse. Seguramente nos lavábamos lo imprescindible. Recuerdo los baños en la cocina, en un balde de cinc que mi madre llenaba con agua que se calentaba en la caldera de la cocina y que seguramente servía para que nos bañáramos más de uno sin cambiar el agua.

En la parte de abajo que pudo ser un almacén, guardábamos la leña o tizos que había que cortar con una sierra para que cupieran en el hogar de la cocina. También teníamos allí alguna gallina ponedora y recuerdo a mi padre hacer anotaciones, con un lápiz rojo, en los huevos que luego ponía a que incubaran las gallinas.

La escalera y, sobre todo la barandilla era un lugar de juego así como el portal. En el suelo del portal había una trampilla de madera muy grande con dos anillas de hierro que me tuvo intrigado durante mucho tiempo, hasta que, por asociación con las que vi abiertas en otras casas, supe que debajo de la casa había o había habido una bajada a las bodegas subterráneas. Desde entonces, tuve claro que algún día habría que explorar aquella parte de la casa.

De vez en cuando, una mula de las que pasaban por la calle se caía aparatosamente, y sin explicación aparente, al pisar la tapa metálica de una alcantarilla. El misterio era que mi padre, para rebajar la factura de la luz, había colocado un aparato que denominaba “cangrejo” en la instalación eléctrica, que hacía que el contador diera vueltas al revés, descontando kilovatios. Picardías para subsistir en épocas difíciles.

Por la edad que yo tenía, ya podía empezar a salir a la calle a hacer algún recado, era el momento de ir a la escuela, empezar a jugar en la calle y explorar el terreno que estaba más allá de las cuatro esquinas de la casa. Lo recuerdo como una época excitante y feliz.

Loli, Fernando y yo comenzamos a ir a un colegio de monjas que había en la Cava. No recuerdo nada en absoluto de lo que me pasó allí, salvo que llevábamos bata y a alguno de los tres nos llamaban Cabecita de Ajo. Más tarde pasé a la escuela nacional que había en la plaza de al lado de casa. Allí si recuerdo como formábamos en el patio al estilo militar y con la voz de “A cubrirse” tocábamos con el brazo el hombro del que estaba delante para ajustar las distancias en la fila y cómo cantábamos el “Cara al sol” falangista.

Recuerdo a don Leandro el maestro y los capones que pegaba en la cabeza para poner orden, hasta que un compañero, al cubrirse la cabeza instintivamente, no soltó la pluma con la que estaba escribiendo y que se clavó en la mano del maestro con gran regocijo de todos. Aprendimos la lección y, aunque no tuviéramos la pluma en la mano en el momento del castigo, siempre la cogíamos antes de taparnos la cabeza. Aquella treta se generalizó y el maestro tenía que contener su primer impulso de sacudirnos y nos obligaba a que dejáramos la pluma sobre el pupitre y a continuación nos arreaba con la mano o usaba directamente la regla de madera.

En los recreos aprendí a jugar a las canicas, a la peonza y a los mamarrachos que eran las tapas de cartón de las cajas de cerillas y que hacían las veces de cromos. Con los cromos jugábamos al “embruño”. Consistía en poner unos cromos en la palma de la mano tapados con la otra mano. Se decía en tono desafiante al contrario “Al embruño”. El otro contestaba “Alza el puño”. Se levantaba la mano que tapaba los cromos con un gesto rápido para que el otro no pudiera percatarse bien de cuantos cromos podía haber. El contrario decía un número y, si acertaba se llevaba los cromos. Si no acertaba, entregaba la diferencia. Ahora le tocaba al contrario hacer de “embruñador”. También aprendí a hacer las chapas con tapas de cerveza, un cristal que redondeábamos a fuerza de roerlo con una piedra y que rematábamos con jabón, para jugar a la carrera ciclista. Aunque para ello teníamos que ir a la plaza de la iglesia donde el suelo era de cemento. Aunque era juego de chicas, aprendí también a jugar a las tabas y a los alfileres enterrados que había que desenterrar golpeando con una piedra. Muchos de estos juegos, nunca más volví a jugarlos cuando nos fuimos de Roa.

Aprendí a hacer chiflos (silbatos) limando contra las paredes el pipo de los melocotones hasta que se le hacía un agujero. Sacando la semilla teníamos un silbato que funcionaba soplando en el agujero con el borde del labio inferior. También aprendí a hacer silbatos con un trozo de rama de chopo al que se le quitaba la monda con cuidado y se daba forma a la madera como si fuera una flauta con un solo agujero. Y las jeringas de saúco, “tiratacos” las llamábamos, con las que hacíamos ruido de taponazos hundiéndonos el émbolo en la barriga para apretar los tapones de estopa. Los juegos en grupo como La una anda la mula, El cinto, El pañuelo, Las cuatro esquinas, Diez navíos en el mar y otros cuantos llenaban el tiempo de los recreos y a los que, después de salir de la escuela, seguíamos jugando en la plazoleta.

Ya éramos unos cuantos en casa y los tiempos eran difíciles para llenar los platos todos los días. Además estaba el racionamiento de alimentos que se impuso después de la guerra, por el que tenías derecho a una cantidad determinada de alimentos básicos de la que no te podías pasar. Recuerdo ir con la cartilla de los cupones a casa Vicente para comprar el aceite y el azúcar. El aceite salía de un bidón que estaba debajo del mostrador, a un cilindro de cristal graduado aspirándolo con una manivela. Cuando el aceite había llegado a la raya de la cantidad pedida, se giraba la manivela en sentido contrario con lo que al aceite pasaba a la botella que habíamos llevado de casa. El azúcar lo sacaban de un saco de tela con un recogedor cilíndrico de latón que terminaba en cuña, vertiéndola en una bolsa de papel gris colocada en un platillo de la balanza hasta que se equilibraba con las pesas del otro platillo. Había que estar muy pendiente de que el aceite llegara a la raya justa y que no nos engañaran en el peso del azúcar o de los garbanzos. Además del dinero que había que pagar, te recortaban los cupones correspondientes de la cartilla. Cuando se acababan los cupones, a esperar hasta el mes siguiente.

Me llamaba la atención como partían en trozos el bacalao en salazón con una guillotina y el ruido seco que hacía. En el camino de vuelta cogía una tirita del bacalao y lo iba masticando. Era como si te hubieras echado un puñado de sal a la boca.

Una vez al mes íbamos a una tienda que estaba un poco más allá de la iglesia a hacer la compra gorda. Recuerdo especialmente las cajas grandes de galletas, una para todo el mes, la lata de anchoas, el chocolate El Mago. La lata grande de mejillones que estaban colocados por capas separadas por un papel semitransparente, de forma que cada capa que desaparecía suponía un suspiro colectivo de pena de todos los hermanos que esperábamos ansiosos el bocadillo de mejillones. El primer día había un poco de manga ancha, para pasar enseguida a la medida necesaria que permitía llegar hasta la compra del mes siguiente.

Los plátanos eran una golosina que estaba reservada al más pequeño de la familia, que se lo tomaba en forma de puré después de aplastarlo con un tenedor y mezclarlo con un poco de azúcar y galletas desmenuzadas. Para mayor INRI, a los mayores nos tocaba a veces realizar el puré y dárselo al enano. Al menos estaba el consuelo de olerlo. La leche condensada era otra golosina anhelada y escasa.

Entre tanta escasez y con el férreo control de existencias que llevaba mi madre, era difícil obtener alguna ración adicional, salvo empleando el ingenio y siendo algo insolidario. El azúcar lo almacenaba mi madre un una bolsa de tela de donde iba sacando para un bote vacío de Pelargón que hacía las veces de azucarero. En alguna visita clandestina que yo hacía a la despensa, chupaba de una de las esquinas de la bolsa que contenía el azúcar como si de una teta se tratara y conseguía diluir algo de azúcar que me endulzaba la saliva. Todo ello sin mover la bolsa de sitio y así no delatar la presencia de ladrones. El problema era que, al secarse, la zona de bolsa chupada quedaba tiesa como un cuerno, señal inequívoca del latrocinio.

Menos mal que había huevos y patatas fritas. Recuerdo que la mayor parte de las noches era nuestra cena. O lo que mi madre llamaba “el arrozacho” que era una sopa de arroz condimentado con una hoja de laurel, pimentón, una fritada de ajos y una cucharada de aceite que añadía al caldo unos ojitos de grasa como si se hubiera hecho con abundante carne y otros sabrosos ingredientes. Odié el arroz hasta muy mayor, cuando conocí la paella y otras variantes menos espartanas de cocinarla.

En la calle que iba de la iglesia a la Cava, había una pastelería a cuyo cristal me quedaba adherido un buen rato cada vez que pasaba por allí. Todavía recuerdo el olor al merengue tostado. También recuerdo una fiesta con don Isaac el médico, que era amigo de mi padre, en la que hicieron helado con una heladera giratoria y lo rico que estaba. Un sabor que se me ha quedado asociado a Roa es el de un orejón que un día me dieron en la frutería. He recordado el sabor durante mucho tiempo, pero sin asociarlo a ningún alimento en particular. Ha sido después de cuarenta o cuarenta y cinco años cuando, en unas Navidades, he sabido que aquél sabor era de los melocotones secos.

Con motivo de las visitas que nos hacía la tía Epi y los primos de León, recuerdo los paseos a las afueras por la carretera de Pedrosa o la de Mambrilla, y las incursiones que hacían a los viñedos y los melones. Esos días había fruta en abundancia y entretenimiento. Después de comernos el melón, separábamos las pipas de la melaza, las lavábamos bien, les echábamos sal y las poníamos al sol a secar sobre papel de periódico para luego darnos un festín. A veces íbamos a pescar cangrejos al río y ese día nos poníamos morados de cangrejos con patatas que a mi madre le salían muy ricos.

La lucha por la subsistencia en aquella familia que empezaba a ser numerosa, se libraba a diario y en todos los frentes. Raro era el día que yo no me acordara de la tierra de promisión: Vegarienza. Los tres o cuatro meses de verano que pasábamos allí, con abundancia de patatas, legumbres, embutidos del samartino, la leche y mantequilla de cinco o seis vacas y abundantes huevos, eran un remanso en tanta necesidad como se pasaba en Roa. Mis abuelos se pasaban el resto del año trabajando y almacenando lo que nosotros devoraríamos cual plaga de langosta.

En el post Últimos años en Roa se habla de los siguientes años que vivimos en Roa.

2006 Casa que fue Correos, cántaras de agua, 2006 colegio de religiosas en La Cava, 2006 confitería. Cerrojo puerta, sierra tizos, carro con toldo tirado por mulos, heladera, niños cantando “El cara al sol”.

2006 Casa que fue Correos, cántaras de agua, 2006 colegio de religiosas en LaCava, 2006 confitería.
Cerrojo puerta, sierra tizos, carro con toldo tirado por mulos, heladera, niños cantando “El cara al sol”.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: mundoanuncio.net, navarchivo.com, apuntes-de-viaje.blogspot.com, todocoleccion.net, ANAGarcíaSandoval.Twitter…., laalcazaba.com, …. , milrecuerdosdelpasado.wordpress.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Don Restituto (medio hombre, medio cura)

Sosas del Cumbral 1934. Don Restituto es el tercero por la derecha.

Don Restituto fue el primer cura que recuerdo haber visto en mi vida. Era en Sosas del Cumbral allá por 1947 o 1948 y le veía casi a diario pues su casa estaba pegada a la de mi abuelo Emilio de la Calzada, maestro del pueblo desde 1909. Ya fuera yendo o viniendo de la iglesia o montado en un caballo de gran alzada que me asustaba un poco, seguí viéndole casi a diario todos los veranos hasta 1950 o 1951, cuando mis abuelos se fueron a vivir a Vegarienza. A pesar de ser vecinos, no recuerdo haber hablado con él en todo este tiempo, pero puede ser simplemente una cuestión de memoria.

Si recuerdo la extrañeza que me producía verle caminar por el pueblo envuelto en su sotana, y como se transformaba cuando montaba a caballo. Medio cura, con la sotana arremangada hasta la cintura, y medio hombre, con pantalones que terminaban en unos pies bien afirmados en enormes estribos. Desde entonces yo estaba en el secreto de que los curas por dentro eran hombres como los demás, o casi.

Cuando nos fuimos a vivir a Vega, le veía de vez en cuando pasar por delante de casa de mis abuelos. Primero era un paraguas que surgía por junto a casa de Urbano, y luego su sobria figura, muy erguido sobre la montura, camino de El Castillo o de Riello en los días de mercado. Lo suficiente para no olvidarle y contemplar cómo, mientras yo crecía y me hacía grande, él se encogía y se doblaba poco a poco hasta que, en los últimos tiempos, iba totalmente doblado por la cintura con el cuerpo casi encima del cuello del caballo y con las piernas echadas exageradamente hacía adelante para, ayudándose con los estribos, equilibrar aquella postura imposible. No debía ser suficiente aquel apoyo en los estribos, porque terminaba de equilibrarse agarrándose con una mano a la correa que arranca de la parte trasera de la silla para rodear la cola del caballo. A veces parecía montar de medio lado, como los indios. No me podía imaginar como aquel hombre, talmente una V horizontal, podía caminar al bajarse del caballo. Cuando le veía con la cabeza a la altura del cuello del caballo, concluía que si llegaba a su destino, forzosamente sería por la pura costumbre de la cabalgadura de llevarle de un sitio para otro.

Hasta aquí lo que recuerdo y observé por mí mismo. Al ser un personaje que me atrajo desde siempre, no he dejado de preguntar sobre él a mi familia. Impresionado por aquella decadencia física, con lo que me decían he interiorizado algunas escenas que son pura invención, metiéndome en el pellejo de un don Restituto ya viejo, y entrecruzando el argumento de sus reflexiones con personas de mi propia familia y hechos que les sucedieron en Sosas. De hecho, si yo hubiera sido novelista, creo que don Restituto hubiera sido el protagonista de mi primera novela. También he leído algo de lo que se comenta sobre su persona en un foro de Manzaneda de Omaña (1). Con lo uno y lo otro, intentaré trazar una semblanza, absolutamente inventada, del señor cura de Sosas.

Aunque no era del pueblo, no podía decirse que fuera un cura postizo como don Abundio en Vega, que necesitó hacer grandes esfuerzos para congraciarse con sus parroquianos. Don Restituto era del país, exactamente de Arienza a pocos kilómetros de Sosas, por lo que conocía las costumbres, virtudes y vicios de sus parroquianos y, como ellos, era hombre recio y amante de los caballos de buena planta. Los cuidaba como a hijos y se sentía muy ufano de su fortaleza.

Cuentan que un día vinieron a avisarle de que un lobo estaba acosando a su caballo que pastaba en el prado, para que fuera a ahuyentarlo. Se acercaron al prado, y al ver como su caballo se defendía a coces del lobo, mirando a los presentes les espetó muy ufano “no ha nacido el lobo que pueda con mi caballo“. No se había percatado que el lobo en cuestión no era un lobo cualquiera, sino Xiam, el más astuto y famoso lobo de aquellos montes, que aparecía en todos los cuentos que nos contaban abuelos y tíos. Gozando con la escena que se desarrollaba en el prado, el señor cura afirmaba que el lobo no tardaría en rendirse y miraba a los concurrentes con la satisfacción de dueño orgulloso. Efectivamente, pareció que Xiam se rendía retirándose hacía al río Baltaín (o Valdaín) con ánimo de cruzarlo. En mitad del río se dio un chapuzón y volvió hacía la orilla donde se rebozó de arena, ante los ojos atónitos de todos los presentes. Cuando esperaban que desapareciera por entre los salgueros, dando media vuelta el lobo volvió sobre sus pasos y entró de nuevo en el prado, acercándose al caballo del cura que se levantaba sobre las patas traseras para impresionarle. Cerca del caballo, Xiam se sacudió la pelambrera cómo hacen los perros cuando están empapados, y proyectó la arenilla sobre los ojos del caballo que, cegado, no sabía por dónde se le acercaba el lobo. Todos los presentes, al ver que la treta de Xiam hacía peligrar la integridad del caballo, empezaron a dar voces y don Restituto emprendió una galopada hacía el lobo enarbolando un estacón que había cogido en la cancilla del prado. Xiam que era intrépido pero no suicida, puso, ahora sí, pies en polvorosa.

Don Restituto había bautizado a todos los hijos de mis abuelos, seis mujeres y cuatro hombres, y también a alguno de nosotros. Mi hermana Loli nació en Sosas a la “hora de las ovejas” cuando yo apenas tenía un año, en el día en que todo el pueblo, incluido mi padre que había ido a ayudar a Máximo, comenzaba a segar el Valle del Cumbral junto con los de Villadepán. Benilde y Almudenina, con la experiencia que les daba haber visto parir tantas veces a las vacas, ayudaron a mi madre a parir a Loli, mientras yo andaba por allí intentando no perderme lo que estaba pasando. El primer sábado siguiente y apadrinada por mi abuelo y mi tía Milce, don Restituto bautizó a mi hermana, mientras mi madre se quedaba en casa cumpliendo con la cuarentena.

El domingo siguiente a cumplir los cuarenta días de no dejarse ver fuera de casa como si fuera una apestada, mi madre estaba muy nerviosa pues tenía que ir a la iglesia para el Rito de la Purificación. Recordaba la vergüenza que había pasado en semejante trance un año antes, cuando sintió en su piel el agua bendita con que el cura la purificaba, bajo la mirada maliciosa (“Algo habría hecho”) de los vecinos que asistían a la ceremonia en el atrio de la iglesia. “¡Estúpidos!”, dijo para sí y se prometió que en esta ocasión no bajaría la mirada en señal de arrepentimiento. “¡Arrepentimiento!, ¿de qué?”. Estaba tan enfada con lo que iba a pasar, que aún se entretuvo diez minutos más sabiendo que don Restituto y el resto del pueblo estaban ya esperándolas con expectación e impaciencia. Cogió la vela ritual y a la niña y bajó al camino que no pisaba en semanas. Pasó el puente y cerca ya de la iglesia, notó que sus piernas se aflojaban. Avivó el paso y apretó a la niña contra su pecho mirando con desdén a todos los concurrentes, que la aguardaban detrás de don Restituto, que movía impaciente el hisopo con el que la bendeciría para perdonarle el tremendo pecado de haber tenido una hija.

Después de la misa, don Restituto, al que ya le pesaban los años, volvía para casa, arrastrando las piernas, lastradas por unas varices forjadas en tantas horas de pie en el púlpito intentando explicar lo que ni él entendía bien o delante del misal que cada vez parecía que tenía las letras más pequeñas y borrosas. Encima, hoy había tenido que esperar un cuarto de hora, a pie firme en la puerta de la iglesia, a que llegase la hija del señor maestro con su nueva hijita para el Rito de la Purificación, que la volviera a hacer digna de integrarse en la comunidad de fieles. “¡Hay Dolorcitas!, tan dócil antes, hoy no le noté el semblante compungido. Parecía como si le escociera el agua bendita. ¿Qué nos estará pasando?. ¿Hacia dónde vamos con esta juventud?”. Se sintió tan agotado, que deseó con toda su alma que llegara la hora de la siesta.

Primero tendría que comer cualquier cosa y casi sin gana tragó lo que quedaba de la cena anterior, agobiado por el calor que dejaban pasar las losas del tejado. Después, como cada tarde de verano, subió trabajosamente por las peñas de detrás del michinal, hasta el rellano donde se estaba tan fresquito al contacto de la pizarra en sombra. Sabía que aquel fresco le estaba doblando la espalda poco a poco, pero era el mejor sitio para meditar. Llevaba un papel donde pensaba anotar ideas para el siguiente sermón en que tendría que explicar por enésima vez a sus parroquianos, el intríngulis de la Concepción de la Virgen. “Que Dios tenga en la Gloría a Pio XI, pensaba, pero menudo lío había montado con este dogma que tenía que hacer entender a gente tan poco versada y que a él le tenía cada vez más confuso. ¡Con lo claro que creyó tenerlo cuando joven, en el seminario. Cada vez lo entendía peor: Santa Ana y San Joaquín, padres de La Virgen, no tuvieron coyunda; San José, tampoco; el Espíritu Santo …… ¡Dios, que difícil!”. Le pesaban los párpados mientras el papel se escurría de su mano. Aquella brisilla era tan irresistible y el tema tan abstruso, que poco a poco le pasó lo de siempre que intentaba desentrañar aquellos dogmas en la canícula de Julio.

Amanecía y afuera hacía frío. Seguro que ya habría orvallo en los prados y en la cama “¡se estaba tan a gusto!”. Ultimamente, reunirse con sus feligreses en la amanecida para el rezo del Calvario le producía una inmensa pereza. En pocos minutos tendría que reunirse con aquella gente, ávida de rezos e impaciente por empezar con sus tareas en el campo y con los animales. Aún estaba disgustado consigo mismo, pues ayer se había trabucado con los latines y el señor maestro tuvo que ayudarle a retomar el hilo del rezo. Había casado y bautizado a todos aquellos desagradecidos que no dudaron en murmurar en voz queda, olvidando que les había dedicado toda su vida y sin comprender que se estaba haciendo viejo y que hacía demasiado tiempo que había dejado el seminario. Eran tan ignorantes, que ni se imaginaban lo difícil que era aprender el latín. Ni lo fácil que era olvidarlo. Cerró los ojos confiando que, como tantas veces que no había aparecido para el rezo del Calvario, el señor maestro lo hiciera bien. “¡Estaba tan calentito¡. Roma y el obispo ¡quedaban tan lejos!. Y él, tan viejo”.

Cuando los feligreses, ateridos por el frío que hacía en la iglesia, llevaban varios minutos esperando al señor cura, cosa que ultimamente pasaba con frecuencia, eran evidentes las muestras de preocupación por cómo veían desvanecerse a don Restituto con los años. El señor maestro estaba impaciente por rezar el Vía Crucis, pues le esperaba el ordeño, dar de comer a los animales y salir pitando para la escuela a desbastar a la chiquillería montaraz. Su mujer le daba insistentes codazos conminándole a iniciar el rezo de la primera estación. Aunque ya lo había hecho varias veces, era tremendamente respetuoso y no quería poner más en evidencia al viejo sacerdote que ayer no dio pie con bola oficiando la oración. Cuando vio que el primer rayo de sol entraba por la vidriera, avanzó decidido hasta la primera cruz y comenzó el rezo con voz emocionada, que sus vecinos contestaron con prisa para abreviar el trámite y salir pitando.

Don Restituto aún recordaba cuando se habló de que el obispo iba a acercarse por el pueblo para confirmar a los chavales de las últimas hornadas. Fueron unas semanas en que vivió angustiado, pensando que iban a meter las narices en la iglesia y mirar como llevaba las anotaciones en los libros de nacimientos, bodas y defunciones, que, tenía que admitirlo, estaban un poco faltos de puesta al día. No es que estos acontecimientos menudearan en el pueblo, pero lo iba dejando de un día para otro y, cuando se daba cuenta, ya no se acordaba de la fecha en que había bautizado a tal o casado a cual. Y, para anotarlo mal, mejor no precipitarse.

Aquella visita se convirtió en una obsesión para él y a menudo se encontraba murmurando “¡Demonio el obispo!, ¡Demonio el obispo!….“. Asustado por la blasfemia, se tapaba la boca con la mano pero su garganta seguía moviéndose intentando repetir lo mismo. Solo conseguía calmarse, echando mano de su palabrota preferida, “puñeta, puñeta, puñeta….“. Lo peor es que, cuando los vecinos le preguntaban impacientes, “Don Restituto, ¿cuándo va a venir el señor obispo?“, le salía involuntariamente sus angustias y contestaba “¡Demonio el obispo!, ¡Demonio el obispo!….“. Tenía que alejarse todo corrido, por el mal ejemplo que estaba dando a sus convecinos. Menos mal que el señor obispo no llegó nunca, pero por los nervios que pasó le quedó un ardor de estómago que no podía acallar ni con los puñados de bicarbonato que se echaba al coleto.

Estas cosas no le pasaban de joven, cuando aún tenía el latín fresco y entendía casi todos los misterios y dogmas que tenía que explicar en sus sermones. Se levantaba de la cama como un cohete, incluso en las mañanas más frías, y la preparación de los sermones le llevaba menos de una hora. Podía aguantar de pie las misas cantadas sin que se le cargaran las piernas y leía sin trabajo, con un solo ojo y a más de un metro, hasta las letras más pequeñas del misal. Ahora era diferente. Le costaba trabajo subirse al caballo y empezaba a sentir miedo cuando le anochecía por el camino, sin haber llegado a casa.

Estas ideas le cruzaban por la mente, mientras, bajo el sol de media tarde, llevaba varios minutos intentado enhebrar la aguja para repasar el último roto de su sotana. Aún arremangándosela cada vez que subía al caballo, no podía evitar rozarla con la silla. A sus ochenta, no solo le fallaba el pulso, también la vista de tanto leer latín mirando al misal de través. Sería más llevadero si aquella sotana, que había sido negra y ahora era tan parda como las boinas de sus feligreses, no fuera tan delicada. O si tuviera alguien para cosérsela. “¡Y pensar que ya era la tercera sotana que gastaba desde que se ordenó!”. El roce con la silla, las arruinaba enseguida.

Cada vez se controlaba menos y los lapsus de memoria le atormentaban. Sobre todo, desde que el señor maestro le contó la historia del cura que usaba todo tipo de trucos para disimular que no sabía latín. Vivía acongojado. No se le iba de la punta de la lengua lo que decía aquel cura zote de la historia del señor maestro: “Debajo de pontis pecis, calavernis coquis …”. Sabía que un día en misa, en vez del Kyrie eleyson le saldría esta retahíla y sería insoportable el rumor contenido de risas que le llegaría desde el coro. Aunque estuviera de espalda a los feligreses, estaba seguro que el cabecilla de los murmullos sería Aecio, el hijo mayor del señor maestro, que incluso versificaba en latín. “¡Y pensar que fue mi monaguillo preferido!”. No lo podría aguantar, “Puñeta, puñeta y puñeta“.

Además, en dos semanas el señor maestro se iba para Vegarienza y tendría que levantarse todos los días, aún en plena helada, a rezar el Calvario. Su espalda no lo resistiría. Aún recordaba lo mal que lo pasó cuando el carro le partió las piernas al señor maestro y tuvo que estar bastantes meses sin poder faltar ni un solo día al rezo del Calvario. Estaba tentado de pedirle al señor obispo que le dejara jubilarse, pero, “¡que iba a hacer sin su misa y su rosario después de más de cincuenta años!”. Claro que sabía que algunos feligreses, los más desagradecidos, estaban deseando que llegara un cura joven al pueblo. Un día de estos tendría que recoger sus cosas y retirarse a Manzaneda con su ahijado. Que le busquen allí sus feligreses desagradecidos o el señor obispo, “¡Demonio el obispo, demonio el obispo!“. Menos mal que cuando algunos empezaban a abandonarle, su dócil caballo aún seguía siéndole tan fiel como siempre.

(1) Aude, Picopelao y Marilin en el área de mensajes de pueblos-espana.org/……/manzanedadeomana

Imagen tomada de: pueblos-espana.org/……/sosasdelcumbral

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada