Hermano mayor (¿quijada de asno o plato de lentejas?)

Jacob recibe la bendición de su padre Isaac.

Jacob recibe la bendición de su padre Isaac.

A estas alturas de la película y con el coronavirus rondando, me resulta evidente que ser el hermano mayor solo tiene desventajas. Eres el primero de los hermanos al que los huesos le avisan de que están ahí cada vez que cambia el tiempo y el primero en dejar de ser una persona “normal” para convertirte socialmente en viejo y que, si se diera el caso de estar muy malito, algún burócrata podría apuntarte en la lista de los que no valen un respirador porque ya has vivido bastante y no pasaría nada si se te llevan los gusanos. También serás el primero en confundir las historias que te contaron porque están hechas un revoltijo en tu memoria desgastada. Al final tendrá razón el burócrata del respirador, porque….. ¿para qué sirve un tío que ni siquiera recuerda las cosas a derechas? Buena prueba de mi cacao mental es cómo recuerdo el derecho de primogenitura vigente en tiempos pasados, quizá la única ventaja de ser el hermano mayor.

Creo que la primera vez que oí hablar del derecho de primogenitura fue en la clase de Religión de la Academia Carrasconte de Villablino cuando don Urbano, el mejor contador de historias bíblicas que recuerdo (ver Mane, Tecel, Fares) introdujo en nuestro imaginario infantil historias fantásticas de las que la Biblia está repleta (probablemente es el compendio más completo de grandezas, debilidades, traiciones y miserias humanas del que han sacado buen partido pintores, escritores y profesionales de religiones varias) y que por entonces yo era capaz de mantener bien clasificadas y separadas unas de otras en mi cabeza. He comenzado esta historia sobre hermanos mayores convencido de que Caín y Abel eran los hermanos del plato de lentejas y la quijada de asno. Pero no, craso error. Al buscar imágenes para acompañar al texto me he asombrado por mi batiburrillo mental: Caín, Abel y la quijada de asno asesina eran una cosa y otra que para hablar del derecho de primogenitura, es decir el plato de lentejas, tenía que echar mano de Esaú y Jacob dos hermanos gemelos hijos de Isaac, a su vez hijo de Abraham y ambos grandes patriarcas de Israel con los que Jehová hablaba a la mínima de cambio porque estaba muy interesado por influir en el curso de los acontecimientos que Él había desencadenado cuando creó a Adán y Eva.

Volviendo a Esaú y Jacob, parece que ya se las tenían tiesas en el vientre de su madre Rebeca. Esaú nació el primero a pesar de que Jacob le sujetaba por el calcañar porque no quería que su hermano se le adelantase. Esaú fue el primogénito lo que significaba que en su momento heredaría tierras y ganados de su padre. Pero un día que volvía de cazar muy cansado vio a Jacob comiendo un suculento plato de lentejas y le propuso cambiar su derecho de primogenitura (que intuía tardaría mucho en disfrutar pues su padre Isaac iba para centenario y de echo llegó a los 180 años) por la inmediatez del humeante plato cuyo aroma interpelaba a su apetito e impaciencia. Jacob, que además de taimado seguramente tenía más lentejas en el puchero, no lo dudó un momento y le entregó las lentejas, situándose en primera línea hereditaria que consolidaría posteriormente cuando recibió la bendición de su padre engañándole con malas artes ayudado por su madre Rebeca, de quien era favorito, y él mismo porque se vistió con las ropas de su hermano para hacer creer a Isaac, ya casi ciego, que estaba dando la bendición a Esaú. Una historia de envidia entre hermanos como tantas que se narran en la Biblia.

En mi familia de once hermanos no hubo gemelos por lo que las disputas nunca fueron tan prematuras como las de Esaú y Jacob, pues él Génesis afirma que ya reñían en el seno materno, ni nos sacudíamos con quijadas de asno como Caín a Abel pero tampoco éramos unos angelitos. Con mis siguientes hermanos varones, tercero y cuarto, me llevaba dos y cinco años por lo que teníamos amigos diferentes y como parábamos tan poco en casa no recuerdo que hiciéramos muchas cosas juntos ni que hubiera conflictos permanentes. Otra cosa era cuando teníamos que permanecer en casa, algo que sucedía en Villablino en las grandes nevadas que aislaban varios días a todo el Valle de Laciana del resto del mundo. Y claro, siete u ocho hermanos abandonados a los Juegos Reunidos y a su propia inventiva, forzosamente provocaban algún momento conflictivo. Algo debió ayudar que había una cierta rivalidad con mi hermano Fernando, seguramente porque nos llevábamos solo un par de años y él no debía aceptar fácilmente mis aires de hermano mayor. Hubo un par de ocasiones en que queriendo demostrar que yo era más valiente y listo que él, resulté trasquilado y quedó en evidencia lo insensato e ignorante que yo podía ser.

No recuerdo bien cómo empezó la cosa pero en uno de estos confinamientos en que me creí en la obligación de dejar claro que yo era el mayor, reté a Fernando a meter la mano en el tanque del agua caliente de la cocina de carbón que podía estar a 70 grados, suficiente para quedar escaldado para toda la vida. Cuando Fernando dijo “tú primero”, me forré la mano y el brazo con una buena capa de papel de periódico atado con hilo de bramante y lo metí sin pensarlo dos veces en el depósito del agua mientras miraba desafiante a la nutrida concurrencia de hermanos, pues ya se sabe que no hay momento suficientemente dramático sin espectadores. Durante los primeros instantes todo parecía ir tal como yo había planeado porque la envoltura de papel me protegía del calor y, tan henchido como estaba por mi triunfo sobre los novatos, permanecí con el brazo en el agua hasta que empecé a sentir algo de calorcillo y creí prudente sacar el brazo del depósito que chorreaba agua porque el papel actuó de esponja. El calorcillo solo era el aviso de que el agua estaba caliente y enseguida la piel empezó a arderme porque lo que realmente estaba muy caliente era el papel de periódico atado a mi brazo. Las pasé canutas hasta conseguir soltar el bramante con que había atado el envoltorio de papel, mientras los hermanos se partían el culo viendo mi cara de susto y los aspavientos que hacía. Gracias a que metí el brazo bajo el grifo fue un milagro que no me quedara la piel escaldada. ¿Más tonto que el que asó la manteca? Si, seguro.

Tardé en recuperarme de aquel episodio vergonzoso del que fueron testigos todos los hermanos y en vez de meditar sobre lo descabellado y peligroso de aquel alarde de superioridad, cual Caín o Jacob busqué con ahínco la forma de desquitarme. En casa yo era el encargado de cambiar los fusibles y las bombillas cuando se fundían y se me ocurrió que mis conocimientos de electricidad servirían para este propósito. Reté a Fernando a meter un alambre en forma de U en un enchufe esperando que le diera un calambrazo que le pusiera en su correspondiente sitio del escalafón, sin que se me pasara por la cabeza que podría electrocutarse. El ansia de desquite y la ignorancia no tenían límites. Fernando, que siempre ha sido más astuto que yo, me volvió a responder “tu primero”. Convencido de mi superioridad y más ufano que el cuervo de la fábula al que el zorro adulador intenta robarle su queso, metí el alambre en el enchufe cogido con un simple papel. Además de vengativo, tonto, porque ignoraba lo qué harían los amperios: el enchufé pegó un petardazo y me dio tal calambre en el brazo que pegué un brinco con el rostro desencajado sin terminar de comprender qué había pasado. Menos mal que se fundieron los plomos evitando mi electrocución y tras el sobresalto inicial que también alcanzó a mis hermanos todos arrancaron a reírse de mí torpeza sin ningún disimulo y no dejaron de señalarme de forma humillante durante el rato que tardé en cambiar el hilito de cobre en la caja de fusibles. Otro tiro por la culata en mi intento de reafirmar mi superioridad y la verdad es que no sé cómo he llegado a tan mayor habiendo sido tan insensato de chaval.

Tardé en recuperarme de aquellos incidentes afrentosos basados en fenómenos físicos en los que me estaba jugando el tipo por mi desconocimiento y como el confinamiento continuaba y mi descrédito era insufrible, eché mano de mis habilidades de equilibrista intentando asombrar al respetable con el rollo de las empanadillas y una tabla a la que superponía taburetes y otros trastos que a mi entender evidenciaban lo arriesgado del asunto y que el artista estaba jugándose la vida. Por mucho empeño que puse no conseguí reivindicarme porque mis hermanos ya me habían perdido definitivamente el respeto. Fue un alivio cuando algún vecino voluntarioso comenzó a abrir camino en la nieve para poder salir de las casas, terminó el confinamiento y todos nos reintegramos a la vida extra familiar donde era más fácil disimular que no eras el mejor. Fueron episodios frustrantes en los que, además, ni siquiera estaba en juego el ya inexistente derecho de primogenitura. Solo eran ganas de destacar y en mi ignorancia empleé medios tan contundentes como la quijada de asno de Caín, de las que vi unas cuantas por el campo en mi época de pastor por Omaña.

Estaban totalmente blanqueadas por el sol y siempre me parecieron inofensivos despojos hasta que oí a don Urbano contar el uso tan poco compasivo que convirtió a Caín en el primer fratricida, en el prototipo de hermano abusón. Aunque quizá seamos un poco injustos con Caín pues a ver quién es el guapo que aguanta sin soliviantarse que, un día y otro también, Jehová le ponga ojitos a las ofrendas de tu hermano y mala cara a las tuyas con el mal rollo que esto acarrea. Hasta dónde estaría Caín de tanto desdén divino que, disponiendo de toda la Tierra para sus padres y ellos dos, llegara a la conclusión de que no había sitio suficiente para Abel. No quiero justificarme, pero los líos con mi hermano eran una minucia.

Que me perdone don Urbano por haberme metido en su terreno, pero es que en la Biblia está escrito todo lo que somos.

Abril 2020, cuando el coronavirus.

Caín discutiendo con Abel.

Caín discutiendo con Abel.

Imágenes tomadas de: blogs.timeofisrael, wikipedia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Historias inacabadas (tequilla quillo?)

Curso de inglés

Curso de inglés

Mi padre me decía de vez en cuando que yo era un indolente, no sé si porque realmente lo era y él creía que no me esforzaba en conseguir las cosas ordinarias o porque se había creado unas expectativas para mí de las que yo no era consciente o partícipe. Palabreja aparte, es posible que tuviera algo de razón aunque bien pudiera ser más culpable de mi poca iniciativa la gran timidez que me atenazaba de continuo y la sensación angustiosa de no saber que decir en los encuentros con otras personas. Lo cierto es que hay bastantes cosas en mi vida que no pasaron de la fase de proyecto y, en casi todos los casos, fue mi escasa habilidad para relacionarme con los demás la que dificultó llevarlos adelante.

Y es que los negocios no se realizan con uno mismo, hay que relacionarse con los demás y negociar cuál es tu parte en el asunto. O los idiomas que, salvo para leer un libro en soledad, sirven para comunicarse e interactuar con otras gentes. Claro que mal te vas a comunicar en inglés o ruso si no eres capaz de hacerlo en tu idioma materno porque tu inclinación natural es no gastar energía en parlotear. O el escaso resultado que da tener novia y que ella no lo sepa, porque no te atreves a decírselo.

El resultado de esta actitud tan poco facilitadora de las relaciones ha sido un cúmulo de planes inacabados e historias que no han llegado al final que me había propuesto.

Un ejemplo de ello ha sido el aprendizaje del inglés. Y no es que yo fuera un negado para los idiomas. A pesar de ser de ciencias, gracias a los sopapos de mi padre y de varios profesores de la Academia Carrasconte de Villablino, me defendía bastante bien con el latín después de tres años de darle a las conjugaciones, declinaciones, localizar ablativos absolutos y aprender algunas frases capciosas como “Mater tua mala burra est” o “Yovi flores secas” cuya primera traducción era siempre errónea o parecía innecesaria (ver Mater tua mala burra est). La cosa tenía su gracia pues no había que hablar con nadie en latín y, solo por eso, el latín me parecía interesante. Una vez hecho el examen de reválida, tiré el latín a una papelera y solo me sirvió en las visitas a algún monumento de la época romana para fardar ante mis hijos traduciendo lo que decían algunas inscripciones. A poco que se piense, impresiona ser capaz de entender frases que se habían grabado muchos siglos antes, igual que durante muchos siglos un clérigo o un simple bachiller pudiera viajar a cualquier europeo y entenderse con una buena parte de sus gentes en latín.

El idioma vivo que estudié hasta el ingreso en la universidad fue el francés, el lenguaje de la revolución y la ilustración, usado en aquella época por los diplomáticos y en todos los organismos internacionales. Bien pudo haber sido el inglés, pero era francés lo que habían estudiado los profesores de la Academia Carrasconte y que, sin ser especialistas en el idioma, nos empezaron a enseñar lo que hacía Voltaire con su chapeau mientras exclamaba “Au revoire”. La Academia Carrasconte era territorio francófono. Solo en preuniversitario, en el instituto de León, tuve un verdadero profesor de francés, irrespetuoso, insolente y déspota como ninguno, que consiguió que yo terminara con un conocimiento suficiente del francés. Pero ya el francés estaba en declive como idioma tecnológico y perdía terreno claramente ante el inglés. Jamás lo he utilizado salvo para olvidarlo o contestar a algún turista que siguiera a la main gauche o a la main droit. Otro esfuerzo en el área idiomática tirado a la misma papelera en la que ya estaba el latín.

Así me encontré a los dieciocho años en la universidad, viendo que lo que realmente necesitaba era conocer inglés si quería profundizar en la Física pues solo conocía palabras como rok-and-roll o aftershave, muy poco para mantener una conversación y poco útiles si quería optar al Nobel de Física. El inglés en la facultad tenía la misma categoría que la Educación Física, la Religión y la Formación del Espíritu Nacional, las tres Marías les decíamos. Su calidad docente estaba a la altura de la exigencia y todos aprobábamos inglés simplemente con presentarnos. Un amigo y compañero de clase que había vivido en Estados Unidos, se ofreció a darnos clase a los cuatro o cinco del grupo de amigos y un día a la semana intentaba instruirnos en inglés agrupados en una ventana de los pasillos de la facultad entre clase y clase. Digo que intentaba, pues el pasillo estaba muy concurrido y entre interrupciones y chascarrillos aquello fue imposible. Al final de la carrera, a mi acervo previo había añadido tres o cuatro palabras más, lo que tampoco era gran cosa.

En 1968 encontré trabajo, no como físico sino como informático, y lo primero con que tropecé fue unos soberbios manuales de IBM en inglés. Volví a reactivar el plan de estudiar inglés y me apunté a las clases que daban en la empresa. Allí me encontré con el profesor Frechilla que ya me había llamado la atención al cruzarme con él por los pasillos llevando un libro de gran formato y pastas verdes en los brazos como si fuera un niño. Le reconocí de inmediato ya que fue el profesor del primer curso de inglés que yo recuerdo se dio en la televisión y había adquirido gran notoriedad por ello. Mi empresa no reparaba en gastos para llevar a cabo su política de expansión haciendo obras en el extranjero para lo que necesitaba gente conocedora del inglés. En televisión no trascendían las aprensiones y manías de Frechilla, que estaba exageradamente preocupado por su salud y temía morir de tétanos que creía le amenazaba de continuo. En concreto temía sentarse en una silla y que una punta saliente le provocara una muerte aterradora. Tan obsesionado estaba con ello, que iba a todas partes con su libro verde, grande y de pastas duras, que colocaba en la silla a modo de cojín. De ahí que el libro presentase un aspecto abarquillado y mugriento. Mis condiscípulos fueron mi amigo el filósofo Abelardo, insigne y contestado fotógrafo en mi boda (ver Jugando a la lotería), y dos secretarías que querían trabajar en las obras del exterior. Una de ellas debió aprender más inglés que yo, porque sé que estuvo en alguna obra del norte de África con una vida amorosa tan intensa que se pasó por la piedra a todo lo que se movía dentro de unos pantalones. Las clases del profesor Frechilla no me aprovecharon mucho y cuando la empresa trasladó sus oficinas a las afueras de Madrid dejamos de ver al profesor y su libro antitetánico.

Aunque el inglés me habría venido muy bien para desentrañar los numerosos manuales que necesitaba utilizar para mi nuevo oficio de informático, ciertamente la necesidad no era acuciante. Cuando me trasladaron a Sevilla, aparqué el inglés con la disculpa de que por el momento era más práctico y sencillo aprender andaluz. Aunque a veces no fuera tan sencillo descifrar alguna de las frases que te disparaban por allí como “tequilla quillo?”, que se empleaba para mandar callar a alguien pesado y cargante, inmejorable ejemplo de síntesis que en castellano hubiera precisado la parrafada ¿te quieres ir ya, chiquillo?. Economía de lenguaje a tope. Otra ocasión perdida para poder ser considerado políglota.

A la vuelta de mi periplo por Andalucía y Levante ayudando a la construcción de autopistas, el inglés seguía estando en mi lista de cosas por hacer. Ahora había un profesor que se dedicaba a tiempo completo a instruir a directivos y empleados en el inglés. Era un caballero de pelo blanco, muy educado, al que nunca vi enfadarse o perder la paciencia con sus poco aplicados alumnos. Llegábamos a clase apurados, yo al menos, dándole vueltas en la cabeza al trabajo que traíamos entre manos y el profesor era realmente condescendiente con nuestra falta de celo en hacer los ejercicios y prácticas de lenguaje. No había exámenes ni controles de progreso y la clase de inglés era lo primero que se sacrificaba si había un apretón de trabajo. Era un buen sistema para que los que ya sabían inglés mantuvieran frescos sus conocimientos y practicaran hablando con el profesor. El hecho de que las clases fueran continuas a lo largo de todo el año nos daba la sensación, al menos a mí, de que había tiempo más adelante para retomar el asunto con intensidad renovada. Error craso, pues saqué poco provecho de aquella magnífica ocasión.

No debí ser el único en sacar poco provecho de aquel sistema, pues la empresa empezó a ofrecernos clases en academias en Madrid. Era la época en que yo tuve una segunda ocupación por las tardes y el resultado fue que disponía de menos tiempo del necesario para dedicarme con seriedad al aprendizaje del inglés. Siempre llegaba tarde a clase y pensando en algún problema sin resolver. Fue una experiencia peor que la anterior. Mi inglés era suficiente para desenvolverme con la documentación en el trabajo y el problema seguía sin ser acuciante. Y yo, poco consecuente con mis planes de aprender inglés.

En todo este tiempo dupliqué compulsivamente todo curso de inglés que caía en mis manos, ya fuera casetes de audio o video, como si la posesión de tanto inglés enlatado me acercara más a su conocimiento. Solo me faltó ensayar con alguno de los métodos que garantizaba aprender sin esfuerzo durante el sueño. El timo de los charlatanes de feria con la grasa de serpiente curalotodo (ver Charlatanes), ahora maquillado con un soporte tecnológico y sofisticado como la bocina de almohada que publicita el anuncio de cabecera.

Cuando tuve que hacerme cargo de la informática de una empresa del grupo, empecé a ver los inconvenientes de mi falta de seriedad anterior. Era una empresa de ingeniería con mayoría de clientes extranjeros siendo el inglés la lengua habitual en los contratos y, casi sin excepción, todos los programas de cálculo y gestión procedían del área anglosajona. Recuerdo que cuando tuve que hacer el primer pedido de un programa para cálculos de tuberías, tuve que pedirle a un compañero que me pasara el fax a inglés. Qué vergüenza, menos mal que el compañero era buen amigo. Acosado por la necesidad enseguida pedí plaza en los cursos de inglés.

También aquí pude comprobar que los profesores de inglés o se pasaban de condescendientes o eran algo estrambóticos. Recuerdo un profesor muy joven que iba de colega y se quitaba los calcetines en clase para ponerlos a secar en la salida del aire acondicionado. Trabajé mucho con el inglés, vocabulario, estructuras, etc, hasta el punto que cuando salía en bicicleta escribía las palabras más rebeldes en una pegatina que fijaba en el manillar y que repetía durante horas. Los fines de semana cogía la magnífica columna de Manuel Vicent en El País y la pasaba a inglés para que el profesor lo corrigiera. Cuando alguna vez uno de mis hijos leía las traducciones me decía, Eso no es inglés, papá, cosa que el profesor no se atrevió nunca a decirme. Trabajé mucho pero me faltaba la actitud de soltarme a hablar a tumba abierta aunque cometiera fallos de pronunciación o composición por una excesiva autocensura o falta de seguridad. No me veía dominando suficientemente las estructuras del lenguaje y la pronunciación y no terminaba de aceptar que el aprendizaje de un idioma consiste basicamente en equivocarse y aprender precisamente cuando te corrigen.

Cuando una empresa de ingeniería alemana compró la mitad de la compañía, el inglés fue el lenguaje de comunicación con los informáticos alemanes que hacían una cierta supervisión. Todos los años había una especie de convención en Alemania de todas las empresas filiales y cada responsable tenía que exponer los planes anuales. Allí había indios, australianos, centroeuropeos, sudamericanos y yo era el único que hablaba inglés como indio de película del Oeste. El año anterior a mi primer percance de salud, fui capaz de hacer una presentación de quince minutos que parecieron entender los alemanes, quizá más por las explícitas imágenes de Powerpoint que había preparado que por mi inglés. Por fin parecía que entraría en el club de los que conseguían hacerse entender en inglés, aunque fuera macarrónico.

De haber gozado de mejor salud no sé si la persistencia y duro trabajo de los últimos años, a la fuerza ahorcan, habría permitido desenvolverme con el inglés sin tanto sufrimiento. Pero pronto me jubilé y comunicarme en inglés terminó siendo una de las más clamorosas historias inacabadas de mi vida. Hay más, pero creo que ninguna tan dolorosa. No cabe disculparse en la incapacidad hispana para los idiomas o los dudosos métodos de enseñanza, es que he sido un zoquete. Pero…. ¿ cómo habría cambiado esta historia si los profesores de la Academia Carrasconte hubieran sabido inglés? Mecachis!

Imagen tomada de: flicker

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Una ventana en la memoria (viejas neuronas de juventud)

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Tras seis años exprimiendo una memoria ya exhausta y con miedo a repetirme, este blog había entrado en una etapa casi vegetativa con escasa publicación que, además, yo percibía cada vez menos original, menos intensa. Seguía habiendo visitas pero sin que yo tuviera constancia de si eran lectores ocasionales o visitantes con la intención expresa de buscar los contenidos del blog. De repente, en Marzo y Abril de 2019, he visto una actividad inusitada de lectores que recorrían de forma compulsiva una entrada tras otra los post de Villablino y de Omaña. Este autor del blog no cabía en sí de satisfacción, claro.

Durante la Semana Santa, la actividad lectora se incrementó aún más e incluso los visitantes empezaron a interactuar con sus comentarios, el summum. Primero fue Lucas Losada González, de Cuevas del Sil y condiscípulo mío en segundo de bachillerato en la Academia Carrasconte de Villablino, sorprendido de que le citase en Buscando a doña Urraca. Faltaba más Lucas, destacabas mucho sobre los demás. Luego fue Manuel Lema Pose que había estado recientemente en Villablino y me aclaró en un comentario los nombres del pie de foto de los alumnos de cuarto de bachillerato. Gracias Manolo. Estaba claro que eran mis contemporáneos.

Ayer, mientras estaba atento al debate de los candidatos a presidir España, me llegó un correo de Manuel Tercero, un nombre que no me decía nada. Abrí la primera foto anexa, con ese precioso tono sepia de las instantáneas antiguas, y quedé en shock, ajeno a las mentiras de nuestros próceres en televisión. Fue como abrir una ventana al pasado, al Villablino de alrededor de mil novecientos sesenta. Era el pasado que me interpelaba. Parece una cursilada, pero así fue.

Allí estaban Armando, Pose, Santiago el de La Moderna, Manso a los que conocí y reconocí de inmediato y también Tino y José Luis que me eran muy familiares aunque no recordaba ni su nombre ni mi relación con ellos. Seguramente Piti el fotógrafo pasó por allí y, como tantas veces, al grupo de reunidos le pareció oportuno hacerse una foto sin motivo alguno especial, solo por el placer que proporcionaba la espera para ver cómo de bien habían quedado en la foto, que pagarían a escote cuando Piti la hubiera revelado. Había que aprovechar que estaban vestidos de domingo y que no había mucho más que hacer, un día lluvioso de invierno, quizá reunidos allí sin más objetivo común que resguardarse de la lluvia o intentar adivinar de qué iba la película a partir de unos pocos fotogramas que se exponían protegidos por una tela metálica de gallinero, entre la tienda de periódicos de Baquero y la frutería de la madre de mi amigo Tinito. ¿Cuántas veces habría hecho yo lo mismo? Lo mismo era pedir a Piti que nos tirara una foto porque sí o preguntarse ante la cartelera si la película merecería la pena o ponerme a cubierto en aquellos tediosos y lluviosos días de invierno. Fue como verme a mí mismo en aquel mismo sitio sesenta años atrás, con vestimenta similar, peinado parecido e igual de desocupado que ellos. Vamos, como si me hubiera subido a la máquina del tiempo. En la imagen todos miran a cámara salvo Armando que parece ignorar al fotógrafo, pero no es casual. En todas las fotos suyas de la época que conozco adopta la misma posición ladeada para ofrecer su perfil más favorecedor. No en vano era el Danny Zuko del pueblo, el mejor tupé de la comarca y jefe de la cuadrilla T-Birds de Villablino. Si la historia de Grease hubiera transcurrido en Villablino, Armando le habría birlado la chica al mismísimo Travolta.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil. Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta. De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil.
Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta.
De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

La foto siguiente también me sacudió interiormente. Allí estaba la cara más que risueña del cura don Urbano, que tantas veces nos habló en la Academia Carrasconte de las fabulosas historias de la Biblia (ver Mane, Tecel, Fares), con un tono muy alejado del amenazante de don Gildo (ver Don Gildo y don Veribaldo), el interventor de nuestras almas que veía en cada uno de nosotros un firme candidato al Infierno. Sus sempiternas gafas oscuras, casi de ciego, no consiguen anular su aura optimista y de buena persona. Espero que me haya perdonado el calentón que le dimos a su moto (ver La Guzzi de don Urbano) en el campo de fútbol de Sierra Pambley intentando emular a Luisma el de la gasolinera. Si algún día me lo reprochara, diría en mi descargo que su hermano Mauro no nos lo puso nada difícil, más bien al contrario. Seguramente en la Guzzi se desplazaba a Villarino del Sil (creo que antes era del Escobio), escenario de la foto con el fondo del angosto valle del Sil tras haberse engullido las aguas del río de Los Bayos y Caboalles. Todas las caras me resultan familiares y reconocibles como los del curso siguiente, con un trato distante como correspondía al estatus que un año más aportaba. Algún percance académico de Felipe hizo que coincidiéramos en algún curso posterior. Con quien más me relacioné fue con Javier Martínez Cuadrado, el bailarín más estrambótico de nuestros guateques (ver Coplillas de ciego), sobre todo cuando los dos fuimos los únicos de la Academia Carrasconte en hacer Preuniversitario en León. Algunas tardes venía a estudiar conmigo a mi casa de Ramiro Valbuena. Luego le perdí la pista.

1959 Villablino, campo de fútbol de Sierra Pambley. Tradicional partido entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte el día de Santo Tomás de Aquino.
Equipo de la Academia. De pie por la izquierda: Conrado, Manolo “El Babiano”, Julio Martínez Pestaña, Manuel Lema Pose,  Ángel Valencia López y Alfredo González Chimeno.  Agachados: Tino, Quique Fdez Llanos, Armando López Suárez, Agustín Cosmen de Lama y ¿?.

El escenario de la última foto que Manuel Tercero sitúa en 1959 es el campo de fútbol de Sierra Pambley, el único que conozco con dos pendientes. Una transversal cayendo hacia el valle del Sil y otra longitudinal que descendía en dirección a Rioscuro, lo que seguramente hacía muy difícil discernir cuál de las dos porterías era más ventajosa. Pero con todo podía la juventud de aquellos futbolistas y la rivalidad entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte que alcanzaba su clímax cada festividad de Santo Tomás de Aquino. De la Academia son los aguerridos futbolistas de la foto, que pone en evidencia que el material deportivo era escaso pues no había camisetas para todos, los calzones se los había traído cada cual de su casa y Manolo, “El Babiano”, tuvo que oficiar de portero con su pantalón de pana de diario y jersey de lana. Unos con botas de fútbol, otros con zapatos normales y hasta con deportivas. Un revoltijo de futbolistas de varios cursos. De mi curso eran Conrado, Manolo, Armando con los que conviví largas horas en clase y Agustín que, además, era amigo de los de a todas horas. Con los de los otros cursos compartí aula forzosamente pues era usual que en la misma hubiera un curso con un profesor dando clase y vigilando al otro curso mientras estudiaba. Eran situaciones en las que la última fila del curso que daba clase era fronteriza con la primera del otro curso y propiciaba la confraternización entre distintos y a veces la aparición de conflictos. Recuerdo haber coincidido en ocasiones con Chimeno que me enseñaba orgulloso su reloj Bulova y algunas veces compartí con él largos castigos arrodillados en el pasillo central, casi en penumbra, de la planta alta, para purgar alguna indisciplina colectiva. Con nuestros culos jóvenes aposentados en las duras piedras de la tapia, esperábamos impacientes a que el fotógrafo disparase la foto, pero debía tener alguna dificultad con el encuadre porque Armando, que está encajado entre dos compañeros que le dificultan ponerse de perfil como en todas sus fotos, no para de forzar el cuello intentando salir por su lado bueno. El duro Danny Zuko no baja la guardia nunca.

Manuel Tercero resultó ser Manuel Lema Pose y sus tres magníficas fotos un formidable motivo para recordar cosas que aparentemente había olvidado, pero que alguna vieja neurona mantenía latentes a la espera del estímulo adecuado. Gracias Manuel por tus fotos, que resumen muy bien cómo éramos.

Imágenes gentileza de Manuel Lema Pose.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Una imagen, mil recuerdos (de oficio, mirones)

Un parador nacional en Villablino?

Esta imagen que yo recordaba como telón de fondo del Campo Municipal de Villablino, la encontré en el blog Nostalgiayeso que hablaba que estaba al borde del derribo porque no llegaban los dineros prometidos que lo convertirían en parador nacional. Yo lo conocí durante su construcción y vi como permanecía cerrado durante años con un aspecto rutilante, a estrenar, y su sillería de granito sugería que duraría por generaciones. Me parecía un edificio majestuoso que quizá no tuviera la ranciedumbre de otros paradores instalados en castillos medievales o monasterios, pero creo que tenía empaque suficiente para albergar un pequeño parador de montaña desde el que disfrutar la “chepa” del Cuetonidio y el valle del Sil.

Durante años la única utilidad conocida fue la instalación en sus soportales de un chigre durante las fiestas de San Roque. Cada poco oíamos que allí se trasladaría la Academia Carrasconte desde la carretera de Rioscuro y los alumnos carrascontinos nos imaginábamos lo que sería aquel inmenso patio de recreo, acostumbrados a jugar en la misma carretera a Rioscuro o en el prado en cuesta que había entre la carretera y el camino al barrio de Colominas. Imaginábamos clases grandes y bien calefactadas que nos hicieran olvidar los fríos del aula “la nevera” y en número suficiente como para no tener que compartir aula con otro curso como hacíamos habitualmente. Y seguro que tendría varios váteres donde no sería necesario amontonarse a la salida al recreo en aquellas meadas colectivas en el único retrete que teníamos, de las que salíamos con los zapatos y la bajera de los pantalones salpicados. Pero por más que se hablaba de ello, el anhelado traslado nunca sucedía y nunca oí razón alguna que desaconsejaran convertir aquel espacio en patio de recreo. Quizá alguno pensó que mientras el toro Sultán necesitara paseos relajantes entre monta y monta de las vacas, novias a la fuerza que le traían a diario a su picadero del Campo Municipal y que llevaban al límite sus capacidades de semental, no convenía que los escolares fueran testigos de tan escabrosos encuentros, contradictorios con la abstinencia sobre el imaginar y obrar que nos inculcaba a machamartillo don Gildo. Quizá también influyó valorar que si coincidía nuestro recreo con la llegada de los alumnos del Instituto Laboral que, enfundados en sus monos de mahón azul realizaban las prácticas de carpintería en los talleres que había en un costado del campo, pudiera surgir algún conflicto pues era sabido que a ellos les atraían “nuestra chicas“. Demasiada tensión sexual para un patio de colegio que debió inclinar el ánimo de los próceres hacia la prudencia y el mandato que asumían de velar por las buenas costumbres.

También pudo ser que fuera incompatible el recreo de un par de cientos de escolares con los múltiples usos a que se destinaba aquel espacio que todos conocíamos como Campo Municipal. Al ver la fotografía se han disparado infinidad de recuerdos de lo que allí vi y pasé. Vivíamos a una manzana del Campo Municipal y solía acercarme a diario en busca de entretenimiento, pues siempre había chavales que habían hecho novillos o que simplemente no iban a clase ni trabajaban, dispuestos a echar una partida al irio o jugar al fútbol (ver El Campo Municipal). Siempre había allí gente desocupada esperando que sucediera algo y contribuir con su presencia a realzar el suceso que luego trasladarían al resto de la comunidad en calidad de testigos. Era una época en que mirar lo que sucedía alrededor era el principal entretenimiento de todos nosotros. No había televisión que nos sujetara en casa y la calle era el lugar donde sucedían las cosas. Allí estábamos los mirones para contarlo.

Cuando llegué a Villablino en 1954, el Campo Municipal acogía en otoño la feria de ganado, con los animales atados a los cables de acero que circundaban dos de sus costados y que nos servían a los chavales para ejercitar los músculos del equilibrio. Allí se aposentaron todos los circos que recuerdo pasaron por Villablino, cuyo espectáculo para los mirones empezaba mucho antes que los payasos salieran a actuar y que durante un par de días nos reunía a todos los curiosos para ver como elevaban la carpa, un espectáculo que nos parecía incluso más interesante que lo que luego sucedería en la pista. Nada más terminar la última sesión comenzaban el desmontaje y a la mañana siguiente los mirones que acudíamos a ver la maniobra nos encontrábamos que no había nada que mirar, salvo los desperdicios que daban fe de que allí habían convivido espectadores, payasos y animales más o menos fieros. La frustración por no tener nada que observar la combatíamos afanándonos en emular sobre los cables las piruetas que habíamos visto a los equilibristas. Cuando empezaron a ser habituales los coches y motos en las calles de Laciana, allí se hacían los exámenes de conducir y todos los desocupados del pueblo observábamos el nerviosismo de los candidatos a motorista, haciendo comentarios en voz alta sobre los ejercicios que hacían bajo la mirada atenta del examinador, y exteriorizando nuestra alegría si el ejecutante lo hacía bien y era amigo o choteándonos de cada incidente que protagonizaban aquellos examinandos de los que no éramos tan partidarios.

En las fiestas de San Roque el Campo Municipal se convertía en el centro del pueblo y se llenaba de casetas de tiro, tómbolas, atracciones y una vistosa orquesta tocaba sobre una tarima instalada según se entraba a la derecha. Allí pasamos las vergüenzas de los primeros bailes y tras las afrentosas calabazas de las chicas, solíamos dar reposo al espíritu contemplando la actuación de los músicos y del vocalista que intentaba fascinarnos con su voz y aires de galán de cine moviendo seductoramente las maracas. No había otro momento del año para disfrutar la música en vivo y los mirones aprovechábamos la ocasión.

En el mismo lugar donde la orquesta nos había inducido a mucho mirar y poco bailar, solía instalarse una pista de coches de choque con los altavoces a tal volumen que impedía oír lo que te decía el que tenías al lado, repitiendo machaconamente la canción “Oberena, es la peña de más alegría, la que no tiene rival….”, seguramente con intenciones anestesiantes. No sé si los dueños eran navarros o habían llegado a la conclusión de que aquel himno combinado con el efecto alucinógeno del chisporroteo que los coches provocaban en la malla metálica del techo, sumado a los gritos de las chicas, mezcla de excitación y agobio por el incesante entrechocar de los otros autos contra el suyo, provocaba en todos los mirones que circundábamos la pista la necesidad imperiosa de comprar otra ficha y demostrar que eras el mejor persiguiendo a las chicas con tu bólido. Aunque casi siempre era mucho mirar y poco perseguir chicas, allí dejé una buena parte de lo que ganaba como cobrador de anuncios de publicidad del periódico La Montaña Leonesa. El himno sanferminero me tenía clavado durante horas a la plataforma que circundaba la pista, contando al tacto las monedas que me quedaban en el bolsillo y manteniendo una lucha a muerte contra la pulsión que me pedía subirme a uno de aquellos trastos acosadores. Solo dejaba de ir por allí cuando en la lata de cigarrillos King Edward que me servía de hucha ya no quedaban caudales, pero aún así el himno sanferminero me perseguía inclemente hasta donde estuviera, al modo incitante de la musiquita con que las máquinas tragaperras recuerdan su vicio a los ludópatas.

Podría seguir contando otros muchos recuerdos que me asaltan, pero seguro repetiré cosas de las que ya he escrito y no quiero aburrir. El hoy desastrado edificio era testigo mudo e inútil del ocio de tanto mirón desocupado o cómo jugábamos al irio y al hinque. Es una paradoja que la antigua academia Carrasconte haya sido remozada y tenga una tercera vida (antes que academia fue cuartel de la Guardia Civil) como residencia de mayores y este edificio que siempre me pareció sólido y duradero se vea en la foto desastrado y algo inclinado hacia la derecha como si hubieran cedido los cimientos. Dicen que está al borde de ser derruido. Al ver la fotografía he tenido la misma sensación que cuando en el espejo me veo cascajoso y desnivelado. Haciendo de tripas corazón, me consuelo pensando que si sólidos edificios de granito se ven así con poco más de cincuenta años, no debería exigirles demasiado a mis propios huesos.

Imagen tomada de: nostalgiayeso.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Dulce compañía (¿coartada para descerebrados?)

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En varias ocasiones he descrito cómo el riesgo estaba presente en muchos ratos de ocio como cuando, con mi amigo Juanjoel Polisia“, nos tirábamos en marcha del tren minero en la recta de Rabanal tal como veíamos en el cine, o cuando me enganchaba temerariamente en la caja de los camiones que pasaban por mi lado subiendo en bicicleta por la cuesta de la estación de Villablino. O cuando emulábamos a los cohetes de la Nasa lanzando hacia el cielo un bote de hojalata al arrimar una llama al gas que se desprendía por la reacción del agua con el carburo, que habíamos robado en los talleres del Instituto Laboral, con grave riesgo para el artillero y los mirones. O cuando en grupo lanzábamos contra un árbol las navajas, que salían rebotadas o pasaban de largo hacía donde alguno de nosotros recogía la suya, que no se había clavado en la madera. La lista de prácticas de riesgo sería inacabable. A veces he pensado que la insensatez con que nos comportábamos pudiera tener algo que ver con el componente fantástico que impregnaba las clases de Religión impartidas por don Urbano en la Academia Carrasconte o los sermones de don Gildo que incorporaron a nuestro acervo conceptos sobrenaturales y promovieron entes como el Ángel de la Guarda. Se nos decía que cada uno teníamos asignado un ser alado y superior cuyo cometido, encomendado por el propio Dios, era velar por su protegido incluso aunque estuviera en pecado. Era una especie de guardaespaldas celestial que cuidaba de su “angelito” humano siguiéndole a todas partes. El concepto está bien representado en el grabado de cabecera, donde un ángel vela por unos niños que cruzan un puente inseguro sobre un cauce caudaloso. El Ángel de la Guarda nos hablaba, nos aconsejaba, nos ayudaba a superar las tentaciones y nos seguía allá donde fuéramos, pero no estaba autorizado a forzar nuestra voluntad. Aseguraban que nosotros podíamos y debíamos hablarle, que él nos escucharía. Por eso nos encomendábamos todos los días a él al acostarnos “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería”. A juzgar por lo que he contado al principio, el ángel conmigo hacía su trabajo muy bien y solo debía descansar cuando yo cerraba el ojo después de rezar la plegaria con la que le conminaba a seguir pendiente de mis actos. No me explico cómo podía seguirme a todos los sitios donde yo iba, si a veces ni yo mismo sabía dónde estaba. Como cuando exploramos a la luz insegura de una vela, las bodegas abandonadas que había debajo de nuestra casa de Roa de Duero, donde alguno de nosotros pudimos morir ahogados en los numerosos hoyos malolientes de hollejos de uva que había allí o respirando monóxido de carbono. O como cuando nos dedicábamos a explorar a oscuras los extensos muros palomeros que sostenían el tejado del edificio construido en el campo municipal de Villablino donde junto a mi inseparable Juanjoel Polisia” viví uno de los momentos más angustiosos de mi vida, pudiendo habernos quedado allí adentro para siempre, agotados de tantas vueltas como dimos. Buena falta nos hacía el amparo del ángel con lo insensatos que éramos. Aunque si te lo creías a pies juntillas tenía el inconveniente de que podías comportarte más insensatamente aún de lo que propiciaba tu natural condición asilvestrada. Semana tras semana, tanto en clase de Religión como en la Iglesia, oíamos hablar de prodigios y milagros con muertos resucitados, enfermos incurables sanados y panes que se convertían en peces, bajo una fuerte presión moral y sicológica del cura de turno para que te lo creyeras a pies juntillas. Recuerdo cómo nos contaban una de las tentaciones de Cristo en que el Diablo le condujo al pináculo del Templo y le decía algo así “Si eres Hijo de Dios, lánzate desde aquí al suelo, porque Él enviará a sus ángeles que te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en las piedras”. Si estabas un poco pirado y no eras capaz de distinguir entre el plano evangélico y la vida ordinaria, podía ocurrir que te desengancharas de la caja del camión más tarde de lo prudente, pensando que no te iba a pasar nada con la ayuda del Ángel de la Guarda. Después de varias experiencias exitosas, te podías convertir primero en un temerario y después en un cadáver o un lisiado. Visto desde esta perspectiva, aún podíamos pasar por juiciosos. Pasado un tiempo, las imprudencias amainaron, dejé de rezar a mi ángel protector y no sé qué habrá sido de él. No sé si ha sido abolido por Woijtila al mismo tiempo que el Purgatorio, o si, habiendo sido abolido, ha vuelto a ser restituido en sus funciones tal como hizo el papa Ratzinguer con el Infierno, donde tiene a Pedro Botero atizando de nuevo las calderas. Es difícil seguir el vaivén de cambios propuestos por estos últimos papas, tan fundamentalistas por un lado y tan proclives por otro a hacer más atractiva a la parroquia los intríngulis del dogma y las entelequias celestiales. Se les ha debido pasar por alto la potencialidad de un símbolo como el Ángel de la Guarda y bien harían promocionándole con algún cómic que le hiciera tan popular como Superman o Batman, héroes de doble vida, que no pueden rivalizar con el ángel custodio ni en bondad ni en ubicuidad. El ángel tiene alas de verdad y no necesita disfrazarse para actuar. Está siempre dispuesto. Le escribiré una carta a Ratzinguer, aclarándole que fui monaguillo para que me considere como colega y no me de la callada por respuesta, para que me aclare si mi ángel aún está en activo. No sé si era verdad lo del ángel, pero era bonito.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: es.forwallpaper.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Buscando a doña Urraca (la reválida permanente)

Calabazas

Los alumnos de la Academia Carrasconte de Villablino, solo envidiábamos a los del Instituto Laboral en una cosa. Las notas de sus profesores iban a misa y pasaban de curso aprobando los exámenes y las prácticas de taller. Nadie venía a fisgar si los profesores calificaban alto o bajo, eran autónomos. En la Academia teníamos exámenes mensuales y aun sacando sobresaliente en todo, a mediados de Junio había que bajar a Ponferrada para que unos catedráticos que no te conocían de nada te dieran el visto bueno para pasar de curso. Y si aprobabas cuarto o sexto, nuevo viaje unas semanas más tarde para examinarte de Reválida. Aprendíamos en dosis mensuales para el examen en la Academia y repasábamos para examinarnos de toda la materia del curso en Ponferrada. Creo que nuestros profesores apretaban más que en los institutos para que ese plus de esfuerzo nos ayudase a pasar el examen final. Ni un solo momento del curso dejábamos de tener en mente el temido examen en Ponferrada. La tarde anterior al día de los exámenes acudíamos en tropel a la estación y tomábamos al asalto uno o dos vagones de madera del convoy. Formábamos una cuadrilla bulliciosa y sobreexcitada por la suerte incierta del día siguiente y por el viaje en si mismo. Para unos pueblerinos como nosotros, algunos no hacíamos otro viaje en todo el año, eran dos o tres días en una ciudad con cines a donde no llegaba la vigilancia de don Gildo el cura y donde nadie te conocía. Viajaban con nosotros dos o tres profesores que ejercían una vigilancia muy somera y perdidos por la ciudad teníamos la sensación de libertad casi total. El viaje en si ya era excitante. Vestidos como si fuera domingo, chicos y chicas juntos, apretujados en los asientos de listones de madera, yendo de grupo en grupo para no perderse nada de lo que sucedía y pasando de un vagón a otro jugándonos la vida sobre las chapas que cubrían los enganches, que se movían peligrosamente por el traqueteo del tren. Estas plataformas eran el lugar preferido de los que fumaban. La vía seguía el curso del río Sil y en pocos minutos llegábamos al túnel de Villarino donde percibíamos el sabor acre del humo que se colaba por las ventanas abiertas. Era el lugar donde algunos planeaban, si la débil luz de las bujías no se encendía, tener alguna osadía con la chica que le gustaba. Poco más adelante nos apelotonábamos en las ventanas para descubrir en las peñas de Cuevas del Sil el perfil yacente de doña Urraca, que se decía había hecho noche en el pueblo camino de Galicia. Las peñas eran tan quebradas que no conseguíamos ponernos de acuerdo sobre donde empezaba la frente y donde terminaba la barbilla, lo que no impedía que en todos los viajes se repitiera el mismo ritual. Cada vez que pasaba por allí yo recordaba a Lucas, cuerpo de tiarrón, pantalón y chaqueta de pana, las hormonas desatadas, que subía desde allí todos los días en tren a la Academia para  aburrirse en las clases de segundo curso y soltar los nervios mordiéndose la parte interior de los carrillos, impaciente por irse a trabajar a Madrid. No conocí a nadie que le preocuparan menos los suspensos y creo que los buscaba con ahínco para precipitar el fin de su vida de estudiante. Desde tercer curso yo conocía el trayecto al dedillo hasta Susañe por haber trabajado como peón de topógrafo, casi con viajes diarios a Villarino o Palacios o Matalavilla o Salientes para ubicar diferentes pantanos y añoraba aquellos días sin ir a clase pero repletos de penurias físicas como subir trabajosamente, cargado como un burro, por las pedrizas de cuarcita de aquellas laderas o cómo en los momentos de asueto arrancaba cristales de cuarzo de las peñas entre Palacios y Susañe. El tren avanzaba mansamente sin separarse del río que cada vez era menos de montaña, ensanchando su cauce a medida que nos alejábamos de Villablino, a la par que en las laderas los avellanos dejaban paso a los castaños y las narices se nos tapizaban de carbonilla que escapaba de la chimenea de la máquina de vapor. En sesenta kilómetros pasábamos de las cuestas de Villablino a la tierra llana del Bierzo, donde las únicas montañas que se veían eran las del carbón amontonado que lucían orgullosas el letrero del Coto Wagner que anunciaba que el viaje había terminado. Bajábamos del tren a la carrera portando carteras y maletines camino de hoteles, pensiones o casas de familiares, para cuanto antes empezar a disfrutar lo que quedaba de la larga tarde de Junio. A falta de las pistas que daban las tarjetas con que don Gildo calificaba la moralidad de las películas del cine de Villablino, escudriñábamos los sugerentes cartelones de los cines de Ponferrada discutiendo si ver el Quinteto de la muerte o una película de pescadores de esponjas marinas, en un afán por olvidarnos por unas horas de para qué estábamos allí. Andábamos por la ciudad en grupo, como ovejas sin pastor ni perro que les ladre, a la búsqueda de cosas excitantes sin preocuparnos de que alguien nos viera fumando o escurriendo un botellín en un bar. Al día siguiente madrugábamos para dar el último repaso o escribirnos en la muñeca o en los muslos bajo la falda una fórmula rebelde, pero muy temprano emprendíamos camino hacia la parte alta de la ciudad, por calles donde el polvo de carbón era evidente, hasta el instituto Gil y Carrasco. Allí nos reuníamos en corrillos alrededor de los bancos que había en la amplia acera delante del instituto, escuchando a los experimentados profesores que nos alertaban de que seguro saldría tal o cual tema. Éramos un manojo de nervios elucubrando si tocaría examen oral o escrito, si estaría de buen humor tal o cual catedrático y comentando experiencias de años anteriores. Manteníamos ese estado de excitación durante todo el día en una especie de maratón, saliendo de un examen sin apenas tiempo para entrar en el de la siguiente asignatura. En los escasos huecos entre examen y examen, preguntábamos angustiados a los profesores sobre dudas de lo acertado de algunas respuestas y recorríamos impacientes los tablones a la búsqueda de las notas de los exámenes ya hechos, que no se hacían esperar demasiado. Aquello era una prueba muy dura que solo se podía soportar con corazones de adolescente como los nuestros. A medida que avanzaba el día se iba configurando el cuadro de lo que sería el verano, que unos pocos pasarían sin tocar un libro de texto, otros cuantos lo tendrían trufado de clases particulares y horas de estudio y algunos tendrían ya muy claro que era cuestión de meses ponerse detrás del mostrador del comercio familiar o que su padre les dijera una mañana que le acompañaran a la mina, su nueva vida. Del libro al tajo en un santiamén. Agotados física y mentalmente volvíamos a subir al tren, pero ahora nos mostrábamos menos ruidosos y ya nadie se acordaba de doña Urraca al pasar por Cuevas, pues unos cuantos barruntábamos que en casa no iban a aplaudir las noticias que traíamos. Al llegar a Villablino, por los andares se sabía cómo le había ido a cada uno en la feria. Los que habían superado el trance, caminaban presurosos para llegar a casa cuanto antes y recibir las felicitaciones paternas. Para los que ni el conocimiento ni las chuletas ni la suerte habían sido suficientes, la cuesta de la estación parecía la subida al Calvario. A cada paso las calabazas iban adquiriendo consistencia de plomo y el paso se adormecía retrasando el momento de dar las malas noticias o ganando tiempo para urdir disculpas e intentar ser convincente al asegurar que en Septiembre se subsanaría todo. En el vergel del Bierzo se cosechaba de casi todo, pero en el instituto Gil y Carrasco allá por el solsticio de verano se conseguían unas calabazas de primera, eran cucúrbita áurea exactamente, y el tren de Ponferrada Villablino además de carbón acarreaba río arriba monumentales calabazas.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: rosavallsformacio.tv

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada