Una ventana en la memoria (viejas neuronas de juventud)

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Tras seis años exprimiendo una memoria ya exhausta y con miedo a repetirme, este blog había entrado en una etapa casi vegetativa con escasa publicación que, además, yo percibía cada vez menos original, menos intensa. Seguía habiendo visitas pero sin que yo tuviera constancia de si eran lectores ocasionales o visitantes con la intención expresa de buscar los contenidos del blog. De repente, en Marzo y Abril de 2019, he visto una actividad inusitada de lectores que recorrían de forma compulsiva una entrada tras otra los post de Villablino y de Omaña. Este autor del blog no cabía en sí de satisfacción, claro.

Durante la Semana Santa, la actividad lectora se incrementó aún más e incluso los visitantes empezaron a interactuar con sus comentarios, el summum. Primero fue Lucas Losada González, de Cuevas del Sil y condiscípulo mío en segundo de bachillerato en la Academia Carrasconte de Villablino, sorprendido de que le citase en Buscando a doña Urraca. Faltaba más Lucas, destacabas mucho sobre los demás. Luego fue Manuel Lema Pose que había estado recientemente en Villablino y me aclaró en un comentario los nombres del pie de foto de los alumnos de cuarto de bachillerato. Gracias Manolo. Estaba claro que eran mis contemporáneos.

Ayer, mientras estaba atento al debate de los candidatos a presidir España, me llegó un correo de Manuel Tercero, un nombre que no me decía nada. Abrí la primera foto anexa, con ese precioso tono sepia de las instantáneas antiguas, y quedé en shock, ajeno a las mentiras de nuestros próceres en televisión. Fue como abrir una ventana al pasado, al Villablino de alrededor de mil novecientos sesenta. Era el pasado que me interpelaba. Parece una cursilada, pero así fue.

Allí estaban Armando, Pose, Santiago el de La Moderna, Manso a los que conocí y reconocí de inmediato y también Tino y José Luis que me eran muy familiares aunque no recordaba ni su nombre ni mi relación con ellos. Seguramente Piti el fotógrafo pasó por allí y, como tantas veces, al grupo de reunidos le pareció oportuno hacerse una foto sin motivo alguno especial, solo por el placer que proporcionaba la espera para ver cómo de bien habían quedado en la foto, que pagarían a escote cuando Piti la hubiera revelado. Había que aprovechar que estaban vestidos de domingo y que no había mucho más que hacer, un día lluvioso de invierno, quizá reunidos allí sin más objetivo común que resguardarse de la lluvia o intentar adivinar de qué iba la película a partir de unos pocos fotogramas que se exponían protegidos por una tela metálica de gallinero, entre la tienda de periódicos de Baquero y la frutería de la madre de mi amigo Tinito. ¿Cuántas veces habría hecho yo lo mismo? Lo mismo era pedir a Piti que nos tirara una foto porque sí o preguntarse ante la cartelera si la película merecería la pena o ponerme a cubierto en aquellos tediosos y lluviosos días de invierno. Fue como verme a mí mismo en aquel mismo sitio sesenta años atrás, con vestimenta similar, peinado parecido e igual de desocupado que ellos. Vamos, como si me hubiera subido a la máquina del tiempo. En la imagen todos miran a cámara salvo Armando que parece ignorar al fotógrafo, pero no es casual. En todas las fotos suyas de la época que conozco adopta la misma posición ladeada para ofrecer su perfil más favorecedor. No en vano era el Danny Zuko del pueblo, el mejor tupé de la comarca y jefe de la cuadrilla T-Birds de Villablino. Si la historia de Grease hubiera transcurrido en Villablino, Armando le habría birlado la chica al mismísimo Travolta.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil. Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta. De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil.
Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta.
De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

La foto siguiente también me sacudió interiormente. Allí estaba la cara más que risueña del cura don Urbano, que tantas veces nos habló en la Academia Carrasconte de las fabulosas historias de la Biblia (ver Mane, Tecel, Fares), con un tono muy alejado del amenazante de don Gildo (ver Don Gildo y don Veribaldo), el interventor de nuestras almas que veía en cada uno de nosotros un firme candidato al Infierno. Sus sempiternas gafas oscuras, casi de ciego, no consiguen anular su aura optimista y de buena persona. Espero que me haya perdonado el calentón que le dimos a su moto (ver La Guzzi de don Urbano) en el campo de fútbol de Sierra Pambley intentando emular a Luisma el de la gasolinera. Si algún día me lo reprochara, diría en mi descargo que su hermano Mauro no nos lo puso nada difícil, más bien al contrario. Seguramente en la Guzzi se desplazaba a Villarino del Sil (creo que antes era del Escobio), escenario de la foto con el fondo del angosto valle del Sil tras haberse engullido las aguas del río de Los Bayos y Caboalles. Todas las caras me resultan familiares y reconocibles como los del curso siguiente, con un trato distante como correspondía al estatus que un año más aportaba. Algún percance académico de Felipe hizo que coincidiéramos en algún curso posterior. Con quien más me relacioné fue con Javier Martínez Cuadrado, el bailarín más estrambótico de nuestros guateques (ver Coplillas de ciego), sobre todo cuando los dos fuimos los únicos de la Academia Carrasconte en hacer Preuniversitario en León. Algunas tardes venía a estudiar conmigo a mi casa de Ramiro Valbuena. Luego le perdí la pista.

1959 Villablino, campo de fútbol de Sierra Pambley. Tradicional partido entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte el día de Santo Tomás de Aquino.
Equipo de la Academia. De pie por la izquierda: Conrado, Manolo “El Babiano”, Julio Martínez Pestaña, Manuel Lema Pose,  Ángel Valencia López y Alfredo González Chimeno.  Agachados: Tino, Quique Fdez Llanos, Armando López Suárez, Agustín Cosmen de Lama y ¿?.

El escenario de la última foto que Manuel Tercero sitúa en 1959 es el campo de fútbol de Sierra Pambley, el único que conozco con dos pendientes. Una transversal cayendo hacia el valle del Sil y otra longitudinal que descendía en dirección a Rioscuro, lo que seguramente hacía muy difícil discernir cuál de las dos porterías era más ventajosa. Pero con todo podía la juventud de aquellos futbolistas y la rivalidad entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte que alcanzaba su clímax cada festividad de Santo Tomás de Aquino. De la Academia son los aguerridos futbolistas de la foto, que pone en evidencia que el material deportivo era escaso pues no había camisetas para todos, los calzones se los había traído cada cual de su casa y Manolo, “El Babiano”, tuvo que oficiar de portero con su pantalón de pana de diario y jersey de lana. Unos con botas de fútbol, otros con zapatos normales y hasta con deportivas. Un revoltijo de futbolistas de varios cursos. De mi curso eran Conrado, Manolo, Armando con los que conviví largas horas en clase y Agustín que, además, era amigo de los de a todas horas. Con los de los otros cursos compartí aula forzosamente pues era usual que en la misma hubiera un curso con un profesor dando clase y vigilando al otro curso mientras estudiaba. Eran situaciones en las que la última fila del curso que daba clase era fronteriza con la primera del otro curso y propiciaba la confraternización entre distintos y a veces la aparición de conflictos. Recuerdo haber coincidido en ocasiones con Chimeno que me enseñaba orgulloso su reloj Bulova y algunas veces compartí con él largos castigos arrodillados en el pasillo central, casi en penumbra, de la planta alta, para purgar alguna indisciplina colectiva. Con nuestros culos jóvenes aposentados en las duras piedras de la tapia, esperábamos impacientes a que el fotógrafo disparase la foto, pero debía tener alguna dificultad con el encuadre porque Armando, que está encajado entre dos compañeros que le dificultan ponerse de perfil como en todas sus fotos, no para de forzar el cuello intentando salir por su lado bueno. El duro Danny Zuko no baja la guardia nunca.

Manuel Tercero resultó ser Manuel Lema Pose y sus tres magníficas fotos un formidable motivo para recordar cosas que aparentemente había olvidado, pero que alguna vieja neurona mantenía latentes a la espera del estímulo adecuado. Gracias Manuel por tus fotos, que resumen muy bien cómo éramos.

Imágenes gentileza de Manuel Lema Pose.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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Una imagen, mil recuerdos (de oficio, mirones)

Un parador nacional en Villablino?

Esta imagen que yo recordaba como telón de fondo del Campo Municipal de Villablino, la encontré en el blog Nostalgiayeso que hablaba que estaba al borde del derribo porque no llegaban los dineros prometidos que lo convertirían en parador nacional. Yo lo conocí durante su construcción y vi como permanecía cerrado durante años con un aspecto rutilante, a estrenar, y su sillería de granito sugería que duraría por generaciones. Me parecía un edificio majestuoso que quizá no tuviera la ranciedumbre de otros paradores instalados en castillos medievales o monasterios, pero creo que tenía empaque suficiente para albergar un pequeño parador de montaña desde el que disfrutar la “chepa” del Cuetonidio y el valle del Sil.

Durante años la única utilidad conocida fue la instalación en sus soportales de un chigre durante las fiestas de San Roque. Cada poco oíamos que allí se trasladaría la Academia Carrasconte desde la carretera de Rioscuro y los alumnos carrascontinos nos imaginábamos lo que sería aquel inmenso patio de recreo, acostumbrados a jugar en la misma carretera a Rioscuro o en el prado en cuesta que había entre la carretera y el camino al barrio de Colominas. Imaginábamos clases grandes y bien calefactadas que nos hicieran olvidar los fríos del aula “la nevera” y en número suficiente como para no tener que compartir aula con otro curso como hacíamos habitualmente. Y seguro que tendría varios váteres donde no sería necesario amontonarse a la salida al recreo en aquellas meadas colectivas en el único retrete que teníamos, de las que salíamos con los zapatos y la bajera de los pantalones salpicados. Pero por más que se hablaba de ello, el anhelado traslado nunca sucedía y nunca oí razón alguna que desaconsejaran convertir aquel espacio en patio de recreo. Quizá alguno pensó que mientras el toro Sultán necesitara paseos relajantes entre monta y monta de las vacas, novias a la fuerza que le traían a diario a su picadero del Campo Municipal y que llevaban al límite sus capacidades de semental, no convenía que los escolares fueran testigos de tan escabrosos encuentros, contradictorios con la abstinencia sobre el imaginar y obrar que nos inculcaba a machamartillo don Gildo. Quizá también influyó valorar que si coincidía nuestro recreo con la llegada de los alumnos del Instituto Laboral que, enfundados en sus monos de mahón azul realizaban las prácticas de carpintería en los talleres que había en un costado del campo, pudiera surgir algún conflicto pues era sabido que a ellos les atraían “nuestra chicas“. Demasiada tensión sexual para un patio de colegio que debió inclinar el ánimo de los próceres hacia la prudencia y el mandato que asumían de velar por las buenas costumbres.

También pudo ser que fuera incompatible el recreo de un par de cientos de escolares con los múltiples usos a que se destinaba aquel espacio que todos conocíamos como Campo Municipal. Al ver la fotografía se han disparado infinidad de recuerdos de lo que allí vi y pasé. Vivíamos a una manzana del Campo Municipal y solía acercarme a diario en busca de entretenimiento, pues siempre había chavales que habían hecho novillos o que simplemente no iban a clase ni trabajaban, dispuestos a echar una partida al irio o jugar al fútbol (ver El Campo Municipal). Siempre había allí gente desocupada esperando que sucediera algo y contribuir con su presencia a realzar el suceso que luego trasladarían al resto de la comunidad en calidad de testigos. Era una época en que mirar lo que sucedía alrededor era el principal entretenimiento de todos nosotros. No había televisión que nos sujetara en casa y la calle era el lugar donde sucedían las cosas. Allí estábamos los mirones para contarlo.

Cuando llegué a Villablino en 1954, el Campo Municipal acogía en otoño la feria de ganado, con los animales atados a los cables de acero que circundaban dos de sus costados y que nos servían a los chavales para ejercitar los músculos del equilibrio. Allí se aposentaron todos los circos que recuerdo pasaron por Villablino, cuyo espectáculo para los mirones empezaba mucho antes que los payasos salieran a actuar y que durante un par de días nos reunía a todos los curiosos para ver como elevaban la carpa, un espectáculo que nos parecía incluso más interesante que lo que luego sucedería en la pista. Nada más terminar la última sesión comenzaban el desmontaje y a la mañana siguiente los mirones que acudíamos a ver la maniobra nos encontrábamos que no había nada que mirar, salvo los desperdicios que daban fe de que allí habían convivido espectadores, payasos y animales más o menos fieros. La frustración por no tener nada que observar la combatíamos afanándonos en emular sobre los cables las piruetas que habíamos visto a los equilibristas. Cuando empezaron a ser habituales los coches y motos en las calles de Laciana, allí se hacían los exámenes de conducir y todos los desocupados del pueblo observábamos el nerviosismo de los candidatos a motorista, haciendo comentarios en voz alta sobre los ejercicios que hacían bajo la mirada atenta del examinador, y exteriorizando nuestra alegría si el ejecutante lo hacía bien y era amigo o choteándonos de cada incidente que protagonizaban aquellos examinandos de los que no éramos tan partidarios.

En las fiestas de San Roque el Campo Municipal se convertía en el centro del pueblo y se llenaba de casetas de tiro, tómbolas, atracciones y una vistosa orquesta tocaba sobre una tarima instalada según se entraba a la derecha. Allí pasamos las vergüenzas de los primeros bailes y tras las afrentosas calabazas de las chicas, solíamos dar reposo al espíritu contemplando la actuación de los músicos y del vocalista que intentaba fascinarnos con su voz y aires de galán de cine moviendo seductoramente las maracas. No había otro momento del año para disfrutar la música en vivo y los mirones aprovechábamos la ocasión.

En el mismo lugar donde la orquesta nos había inducido a mucho mirar y poco bailar, solía instalarse una pista de coches de choque con los altavoces a tal volumen que impedía oír lo que te decía el que tenías al lado, repitiendo machaconamente la canción “Oberena, es la peña de más alegría, la que no tiene rival….”, seguramente con intenciones anestesiantes. No sé si los dueños eran navarros o habían llegado a la conclusión de que aquel himno combinado con el efecto alucinógeno del chisporroteo que los coches provocaban en la malla metálica del techo, sumado a los gritos de las chicas, mezcla de excitación y agobio por el incesante entrechocar de los otros autos contra el suyo, provocaba en todos los mirones que circundábamos la pista la necesidad imperiosa de comprar otra ficha y demostrar que eras el mejor persiguiendo a las chicas con tu bólido. Aunque casi siempre era mucho mirar y poco perseguir chicas, allí dejé una buena parte de lo que ganaba como cobrador de anuncios de publicidad del periódico La Montaña Leonesa. El himno sanferminero me tenía clavado durante horas a la plataforma que circundaba la pista, contando al tacto las monedas que me quedaban en el bolsillo y manteniendo una lucha a muerte contra la pulsión que me pedía subirme a uno de aquellos trastos acosadores. Solo dejaba de ir por allí cuando en la lata de cigarrillos King Edward que me servía de hucha ya no quedaban caudales, pero aún así el himno sanferminero me perseguía inclemente hasta donde estuviera, al modo incitante de la musiquita con que las máquinas tragaperras recuerdan su vicio a los ludópatas.

Podría seguir contando otros muchos recuerdos que me asaltan, pero seguro repetiré cosas de las que ya he escrito y no quiero aburrir. El hoy desastrado edificio era testigo mudo e inútil del ocio de tanto mirón desocupado o cómo jugábamos al irio y al hinque. Es una paradoja que la antigua academia Carrasconte haya sido remozada y tenga una tercera vida (antes que academia fue cuartel de la Guardia Civil) como residencia de mayores y este edificio que siempre me pareció sólido y duradero se vea en la foto desastrado y algo inclinado hacia la derecha como si hubieran cedido los cimientos. Dicen que está al borde de ser derruido. Al ver la fotografía he tenido la misma sensación que cuando en el espejo me veo cascajoso y desnivelado. Haciendo de tripas corazón, me consuelo pensando que si sólidos edificios de granito se ven así con poco más de cincuenta años, no debería exigirles demasiado a mis propios huesos.

Imagen tomada de: nostalgiayeso.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Dulce compañía (¿coartada para descerebrados?)

AngelGuarda512

En varias ocasiones he descrito cómo el riesgo estaba presente en muchos ratos de ocio como cuando, con mi amigo Juanjoel Polisia“, nos tirábamos en marcha del tren minero en la recta de Rabanal tal como veíamos en el cine, o cuando me enganchaba temerariamente en la caja de los camiones que pasaban por mi lado subiendo en bicicleta por la cuesta de la estación de Villablino. O cuando emulábamos a los cohetes de la Nasa lanzando hacia el cielo un bote de hojalata al arrimar una llama al gas que se desprendía por la reacción del agua con el carburo, que habíamos robado en los talleres del Instituto Laboral, con grave riesgo para el artillero y los mirones. O cuando en grupo lanzábamos contra un árbol las navajas, que salían rebotadas o pasaban de largo hacía donde alguno de nosotros recogía la suya, que no se había clavado en la madera. La lista de prácticas de riesgo sería inacabable. A veces he pensado que la insensatez con que nos comportábamos pudiera tener algo que ver con el componente fantástico que impregnaba las clases de Religión impartidas por don Urbano en la Academia Carrasconte o los sermones de don Gildo que incorporaron a nuestro acervo conceptos sobrenaturales y promovieron entes como el Ángel de la Guarda. Se nos decía que cada uno teníamos asignado un ser alado y superior cuyo cometido, encomendado por el propio Dios, era velar por su protegido incluso aunque estuviera en pecado. Era una especie de guardaespaldas celestial que cuidaba de su “angelito” humano siguiéndole a todas partes. El concepto está bien representado en el grabado de cabecera, donde un ángel vela por unos niños que cruzan un puente inseguro sobre un cauce caudaloso. El Ángel de la Guarda nos hablaba, nos aconsejaba, nos ayudaba a superar las tentaciones y nos seguía allá donde fuéramos, pero no estaba autorizado a forzar nuestra voluntad. Aseguraban que nosotros podíamos y debíamos hablarle, que él nos escucharía. Por eso nos encomendábamos todos los días a él al acostarnos “Ángel de la Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo que me perdería”. A juzgar por lo que he contado al principio, el ángel conmigo hacía su trabajo muy bien y solo debía descansar cuando yo cerraba el ojo después de rezar la plegaria con la que le conminaba a seguir pendiente de mis actos. No me explico cómo podía seguirme a todos los sitios donde yo iba, si a veces ni yo mismo sabía dónde estaba. Como cuando exploramos a la luz insegura de una vela, las bodegas abandonadas que había debajo de nuestra casa de Roa de Duero, donde alguno de nosotros pudimos morir ahogados en los numerosos hoyos malolientes de hollejos de uva que había allí o respirando monóxido de carbono. O como cuando nos dedicábamos a explorar a oscuras los extensos muros palomeros que sostenían el tejado del edificio construido en el campo municipal de Villablino donde junto a mi inseparable Juanjoel Polisia” viví uno de los momentos más angustiosos de mi vida, pudiendo habernos quedado allí adentro para siempre, agotados de tantas vueltas como dimos. Buena falta nos hacía el amparo del ángel con lo insensatos que éramos. Aunque si te lo creías a pies juntillas tenía el inconveniente de que podías comportarte más insensatamente aún de lo que propiciaba tu natural condición asilvestrada. Semana tras semana, tanto en clase de Religión como en la Iglesia, oíamos hablar de prodigios y milagros con muertos resucitados, enfermos incurables sanados y panes que se convertían en peces, bajo una fuerte presión moral y sicológica del cura de turno para que te lo creyeras a pies juntillas. Recuerdo cómo nos contaban una de las tentaciones de Cristo en que el Diablo le condujo al pináculo del Templo y le decía algo así “Si eres Hijo de Dios, lánzate desde aquí al suelo, porque Él enviará a sus ángeles que te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en las piedras”. Si estabas un poco pirado y no eras capaz de distinguir entre el plano evangélico y la vida ordinaria, podía ocurrir que te desengancharas de la caja del camión más tarde de lo prudente, pensando que no te iba a pasar nada con la ayuda del Ángel de la Guarda. Después de varias experiencias exitosas, te podías convertir primero en un temerario y después en un cadáver o un lisiado. Visto desde esta perspectiva, aún podíamos pasar por juiciosos. Pasado un tiempo, las imprudencias amainaron, dejé de rezar a mi ángel protector y no sé qué habrá sido de él. No sé si ha sido abolido por Woijtila al mismo tiempo que el Purgatorio, o si, habiendo sido abolido, ha vuelto a ser restituido en sus funciones tal como hizo el papa Ratzinguer con el Infierno, donde tiene a Pedro Botero atizando de nuevo las calderas. Es difícil seguir el vaivén de cambios propuestos por estos últimos papas, tan fundamentalistas por un lado y tan proclives por otro a hacer más atractiva a la parroquia los intríngulis del dogma y las entelequias celestiales. Se les ha debido pasar por alto la potencialidad de un símbolo como el Ángel de la Guarda y bien harían promocionándole con algún cómic que le hiciera tan popular como Superman o Batman, héroes de doble vida, que no pueden rivalizar con el ángel custodio ni en bondad ni en ubicuidad. El ángel tiene alas de verdad y no necesita disfrazarse para actuar. Está siempre dispuesto. Le escribiré una carta a Ratzinguer, aclarándole que fui monaguillo para que me considere como colega y no me de la callada por respuesta, para que me aclare si mi ángel aún está en activo. No sé si era verdad lo del ángel, pero era bonito.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: es.forwallpaper.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Buscando a doña Urraca (la reválida permanente)

Calabazas

Los alumnos de la Academia Carrasconte de Villablino, solo envidiábamos a los del Instituto Laboral en una cosa. Las notas de sus profesores iban a misa y pasaban de curso aprobando los exámenes y las prácticas de taller. Nadie venía a fisgar si los profesores calificaban alto o bajo, eran autónomos. En la Academia teníamos exámenes mensuales y aun sacando sobresaliente en todo, a mediados de Junio había que bajar a Ponferrada para que unos catedráticos que no te conocían de nada te dieran el visto bueno para pasar de curso. Y si aprobabas cuarto o sexto, nuevo viaje unas semanas más tarde para examinarte de Reválida. Aprendíamos en dosis mensuales para el examen en la Academia y repasábamos para examinarnos de toda la materia del curso en Ponferrada. Creo que nuestros profesores apretaban más que en los institutos para que ese plus de esfuerzo nos ayudase a pasar el examen final. Ni un solo momento del curso dejábamos de tener en mente el temido examen en Ponferrada. La tarde anterior al día de los exámenes acudíamos en tropel a la estación y tomábamos al asalto uno o dos vagones de madera del convoy. Formábamos una cuadrilla bulliciosa y sobreexcitada por la suerte incierta del día siguiente y por el viaje en si mismo. Para unos pueblerinos como nosotros, algunos no hacíamos otro viaje en todo el año, eran dos o tres días en una ciudad con cines a donde no llegaba la vigilancia de don Gildo el cura y donde nadie te conocía. Viajaban con nosotros dos o tres profesores que ejercían una vigilancia muy somera y perdidos por la ciudad teníamos la sensación de libertad casi total. El viaje en si ya era excitante. Vestidos como si fuera domingo, chicos y chicas juntos, apretujados en los asientos de listones de madera, yendo de grupo en grupo para no perderse nada de lo que sucedía y pasando de un vagón a otro jugándonos la vida sobre las chapas que cubrían los enganches, que se movían peligrosamente por el traqueteo del tren. Estas plataformas eran el lugar preferido de los que fumaban. La vía seguía el curso del río Sil y en pocos minutos llegábamos al túnel de Villarino donde percibíamos el sabor acre del humo que se colaba por las ventanas abiertas. Era el lugar donde algunos planeaban, si la débil luz de las bujías no se encendía, tener alguna osadía con la chica que le gustaba. Poco más adelante nos apelotonábamos en las ventanas para descubrir en las peñas de Cuevas del Sil el perfil yacente de doña Urraca, que se decía había hecho noche en el pueblo camino de Galicia. Las peñas eran tan quebradas que no conseguíamos ponernos de acuerdo sobre donde empezaba la frente y donde terminaba la barbilla, lo que no impedía que en todos los viajes se repitiera el mismo ritual. Cada vez que pasaba por allí yo recordaba a Lucas, cuerpo de tiarrón, pantalón y chaqueta de pana, las hormonas desatadas, que subía desde allí todos los días en tren a la Academia para  aburrirse en las clases de segundo curso y soltar los nervios mordiéndose la parte interior de los carrillos, impaciente por irse a trabajar a Madrid. No conocí a nadie que le preocuparan menos los suspensos y creo que los buscaba con ahínco para precipitar el fin de su vida de estudiante. Desde tercer curso yo conocía el trayecto al dedillo hasta Susañe por haber trabajado como peón de topógrafo, casi con viajes diarios a Villarino o Palacios o Matalavilla o Salientes para ubicar diferentes pantanos y añoraba aquellos días sin ir a clase pero repletos de penurias físicas como subir trabajosamente, cargado como un burro, por las pedrizas de cuarcita de aquellas laderas o cómo en los momentos de asueto arrancaba cristales de cuarzo de las peñas entre Palacios y Susañe. El tren avanzaba mansamente sin separarse del río que cada vez era menos de montaña, ensanchando su cauce a medida que nos alejábamos de Villablino, a la par que en las laderas los avellanos dejaban paso a los castaños y las narices se nos tapizaban de carbonilla que escapaba de la chimenea de la máquina de vapor. En sesenta kilómetros pasábamos de las cuestas de Villablino a la tierra llana del Bierzo, donde las únicas montañas que se veían eran las del carbón amontonado que lucían orgullosas el letrero del Coto Wagner que anunciaba que el viaje había terminado. Bajábamos del tren a la carrera portando carteras y maletines camino de hoteles, pensiones o casas de familiares, para cuanto antes empezar a disfrutar lo que quedaba de la larga tarde de Junio. A falta de las pistas que daban las tarjetas con que don Gildo calificaba la moralidad de las películas del cine de Villablino, escudriñábamos los sugerentes cartelones de los cines de Ponferrada discutiendo si ver el Quinteto de la muerte o una película de pescadores de esponjas marinas, en un afán por olvidarnos por unas horas de para qué estábamos allí. Andábamos por la ciudad en grupo, como ovejas sin pastor ni perro que les ladre, a la búsqueda de cosas excitantes sin preocuparnos de que alguien nos viera fumando o escurriendo un botellín en un bar. Al día siguiente madrugábamos para dar el último repaso o escribirnos en la muñeca o en los muslos bajo la falda una fórmula rebelde, pero muy temprano emprendíamos camino hacia la parte alta de la ciudad, por calles donde el polvo de carbón era evidente, hasta el instituto Gil y Carrasco. Allí nos reuníamos en corrillos alrededor de los bancos que había en la amplia acera delante del instituto, escuchando a los experimentados profesores que nos alertaban de que seguro saldría tal o cual tema. Éramos un manojo de nervios elucubrando si tocaría examen oral o escrito, si estaría de buen humor tal o cual catedrático y comentando experiencias de años anteriores. Manteníamos ese estado de excitación durante todo el día en una especie de maratón, saliendo de un examen sin apenas tiempo para entrar en el de la siguiente asignatura. En los escasos huecos entre examen y examen, preguntábamos angustiados a los profesores sobre dudas de lo acertado de algunas respuestas y recorríamos impacientes los tablones a la búsqueda de las notas de los exámenes ya hechos, que no se hacían esperar demasiado. Aquello era una prueba muy dura que solo se podía soportar con corazones de adolescente como los nuestros. A medida que avanzaba el día se iba configurando el cuadro de lo que sería el verano, que unos pocos pasarían sin tocar un libro de texto, otros cuantos lo tendrían trufado de clases particulares y horas de estudio y algunos tendrían ya muy claro que era cuestión de meses ponerse detrás del mostrador del comercio familiar o que su padre les dijera una mañana que le acompañaran a la mina, su nueva vida. Del libro al tajo en un santiamén. Agotados física y mentalmente volvíamos a subir al tren, pero ahora nos mostrábamos menos ruidosos y ya nadie se acordaba de doña Urraca al pasar por Cuevas, pues unos cuantos barruntábamos que en casa no iban a aplaudir las noticias que traíamos. Al llegar a Villablino, por los andares se sabía cómo le había ido a cada uno en la feria. Los que habían superado el trance, caminaban presurosos para llegar a casa cuanto antes y recibir las felicitaciones paternas. Para los que ni el conocimiento ni las chuletas ni la suerte habían sido suficientes, la cuesta de la estación parecía la subida al Calvario. A cada paso las calabazas iban adquiriendo consistencia de plomo y el paso se adormecía retrasando el momento de dar las malas noticias o ganando tiempo para urdir disculpas e intentar ser convincente al asegurar que en Septiembre se subsanaría todo. En el vergel del Bierzo se cosechaba de casi todo, pero en el instituto Gil y Carrasco allá por el solsticio de verano se conseguían unas calabazas de primera, eran cucúrbita áurea exactamente, y el tren de Ponferrada Villablino además de carbón acarreaba río arriba monumentales calabazas.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: rosavallsformacio.tv

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Mane, Tecel, Fares (estos si eran súper héroes)

Decalogo

Intentando mediar entre mis nietos Alex y Diego peleándose por un juguete, les pregunté si sabían quién fue el rey Salomón y, para mi sorpresa, me contaron con pelos y señales la famosa sentencia sobre el niño que se disputaban dos mujeres. Yo creía que las historias sagradas solo eran un recuerdo de mi generación, tan mediatizada por la omnipresente religión. La Biblia era tan extensa, contenía tantas historias, que los tres curas de Villablino tuvieron que especializarse para transmitírnosla. Don Gildo y don Veribaldo, que tenían jurisdicción sobre nuestras almas, nos adoctrinaban cada domingo tomando como base lo que los evangelistas del Nuevo Testamento decían que había dicho o hecho Jesucristo. De pie ante el misal o desde el púlpito, don Gildo nos conminaba a ser buenos y taladraba nuestras conciencias con las enseñanzas de lo que predicaba Jesús o machacándonos con alguna norma posterior como las Obras de Misericordia. A veces yo perdía el hilo en los pasajes en que Jesús se mostraba críptico, como cuando decía “Yo soy el que soy”, pero, si conseguía que me sintiera un pecador, allí estaba su socio don Veribaldo emboscado en el confesionario, para ayudarme a poner el contador de mis pecados a cero. Por otro lado, don Urbano nos enseñaba en la Academia Carrasconte lo que decía el Viejo Testamento en la asignatura de Historia Sagrada. Al no tener responsabilidad sobre nuestras conciencias, en sus clases no se hablaba de nuestros pecados sino de lo que había acaecido entre la creación del mundo y la época en que nació Jesucristo. Eran unas clases distendidas y amenas en las que ni siquiera había que tomar apuntes, pues aquellas historias fantásticas se nos grababan en la mente con la nitidez de los cuentos infantiles. No había que estudiar y se aprobaba con la gorra. De estas clases recuerdo un Jehová muy dado a la gran escenografía y a los efectos especiales, como cuando separó las aguas del Mar Rojo para que los judíos lo cruzasen “a pie enjuto” (¡que expresión!), o cuando en la cima del monte Sinaí ordenó a Moisés, desde unas zarzas que ardían sin consumirse, que fuera a Egipto a liberar a los judíos. Me parecía un dios algo inconstante y un tanto homófobo, pues al poco de crear a Adán y Eva en un momento de debilidad y aburrimiento, decidió que Caín fuera malo y Abel bueno y terminó desdeñando a la multitud que poblaba la tierra recién creada salvo a su pueblo, el escogido. Esta tensión entre malos y buenos junto con la intervención continua de Jehová en los asuntos de los hombres, daba mucho juego y unos personajes singulares. Si alguien no era del agrado de Jehová, no se andaba por las ramas como con Baltasar que bebió de los vasos sagrados en una orgía. Le envió al profeta Daniel para anunciarle que moriría aquella noche y que su reino sería invadido. Aun comprendiendo que lo que nos contaba don Urbano y lo que nos exigía don Gildo eran dos facetas de la misma religión, yo vivía aquellos contrastes con una cierta esquizofrenia. Si, había que ser buenos, pero veía que Jehová protegía a malhechores como Sansón, que no contento con quemar los sembrados de los filisteos soltando trescientas zorras con teas ardiendo atadas a sus colas, mató a mil de ellos con una quijada de asno. ¿Cómo podíamos tomar ejemplo de las acciones de semejantes energúmenos?. Es cierto que Jesús tuvo algún episodio airado, pero nada que ver con cómo Jehová trataba a todos los que no descendían de Judá, enviándoles plagas, matanzas de inocentes y desgracias sin fin. Si yo hubiera tenido un espíritu crítico, habría puesto en duda lo que me contaban ambos intérpretes de la Biblia, pero prefería perderme en divagaciones sobre cómo pudo Sansón reunir trescientas zorras. Adopté, más o menos, como norma de conducta lo que recomendaba don Gildo y decidí disfrutar, sin más análisis, de lo que don Urbano nos contaba que sucedió en torno a los judíos. Todos eran personajes fantásticos que vivían cientos de años y que llenaron mi mente con sus hechos disparatados. Cada uno de ellos por separado daba para escribir una buena novela. No echábamos de menos a los superhéroes del cómic, que aún tardarían en hacer su aparición. De todos ellos, Moisés fue el que me pareció más interesante y llegué a pensar que estaba por encima de Jesús en el escalafón bíblico. Y qué decir de las imágenes del libro de Historia Sagrada que teníamos que reproducir en nuestros cuadernos: Moisés con las Tablas de la Ley esculpidas con números romanos, que aún tardarían en inventarse mil y pico años, o golpeando la roca con su báculo para que surgiera agua o la caída de las murallas de Jericó a toque de trompeta y tantas más. Solo comparables a la de la llamita sobre la cabeza de los apóstoles cuando el Espíritu Santo les insufló el don de lenguas. ¡Era todo tan fantástico!. Tengo que confesar que me hubiera gustado tener imaginación suficiente para escribir otra biblia, con personajes potentes, milagros increíbles y frases contundentes. De hecho, he reunido material de aquí y allá, incluidas sentencias que no son mías como las que oí a un compañero de trabajo, no muy originales pero que suenan bien bíblicas: “Bienaventurados los niños en su niñez y los adultos en su adulterio” o “Amaos los unos sobre los otros”. ¿Y qué tal un Moisés mostrando las Tablas de la Ley en un iPad?. Dudo que esta biblia mía, apócrifa, si, pero no más disparatada que la auténtica, hubiera sido del agrado de don Gildo.

Mane, Tecel, Fares: Daniel 5,1-30

Imagen tomada de: sobreconceptos.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Sisebuto (admiración filial imprudente)

La Venus de la Poesía, de Julio Romero de Torres.

Días antes de la festividad de Santo Tomás de Aquino, los estudiantes de Villablino estábamos expectantes sobre que concursos conmemorativos se convocarían. Todos los años los había de dibujo artístico y redacción, tanto en el Instituto Laboral como en la Academia Carrasconte, a los que solíamos concurrir indistintamente de en que centro estudiases, por si sonaba la flauta. Yo participaba incluso en el de dibujo artístico, aún considerándome un zote total. Lo primero que hacía era seleccionar el motivo, ya fuese una fuente o el escudo nobiliario de una casona o cualquier escena singular o pintoresca. Y allá me iba con el bloc de dibujo, el carboncillo y el difumino, la indispensable goma de borrar y la ilusión de acertar. Nunca gané nada, pero recuerdo el tiempo que le eché emborronando el papel con el hórreo que había cerca del bar Aída. En los concursos de redacción, que solían versar sobre algún personaje histórico, me defendía algo mejor que dibujando, a partir de lo que leía en el libro de biografías Cien Figuras Españolas y en la enciclopedia de mi padre, amén de alguna aportación propia, no siempre afortunada, como cuando gané un accésit en el Instituto Laboral por una redacción sobre Don Juan de Austria. Los tres profesores que constituían el jurado, al entregarme el atlas Salinas del premio, me dijeron que les había gustado la redacción, pero querían preguntarme algo. Todo ufano por el premio, aguardé hasta el final del acto y me acerqué a la mesa cuando me lo indicaron. Me reiteraron que la redacción estaba bien, pero les había extrañado que hubiera escrito que Don Juan “le había hecho el amor” a una distinguida dama y querían saber dónde me había documentado. Cuando les dije mis fuentes bibliográficas, vi que se miraban un poco desconcertados, pero no insistieron. Yo me quedé con una sensación rara ante su perplejidad por cómo había referido yo el cortejo de Don Juan a la dama. Tardé en comprender que mi adorno estilístico no significaba exactamente cortejar, aunque no andaba yo muy desacertado en lo que el apuesto Don Juan les hacía a las damas con las que se relacionaba. Desde luego, demasiado tarde para aclarárselo al escandalizado jurado. No fue esta mi única metedura de pata en mis apreciaciones literarias. Mi padre nos recitaba de vez en cuando un romance que decía “A cuatro leguas de Pinto / y a treinta de Marmolejo,/ existe un castillo viejo / que edificó Chindasvinto. / Perteneció a un gran señor / algo feudal y algo bruto; / se llamaba Sisebuto, / ….”. A mí me encantaba, sobre todo el pasaje “…/ Trepa que trepa que trepa, / sube que sube que sube, ….” por su sonoridad o este otro de “Se abre una puerta excusada / y, cual terrible huracán, / entra un hombre…, luego un can…, / luego nadie…, luego nada…./…” por su cadencia y el suspense con que mi padre lo recitaba. Era frecuente ver a mi padre escribiendo a máquina, alternando momentos de intenso tecleo y pausas reflexivas, preparando sus colaboraciones para el periódico La Montaña Leonesa. Un día que encontré un folio mecanografiado por él a dos columnas con el romance del conde Sisebuto, no tardé en deducir que mi padre era el autor de aquellos versos que nos repetía cada poco. A esta conclusión me ayudó haber visto por casa los legajos mecanografiados de unas novelas del Oeste que había escrito y la intensidad y tiempo que le dedicaba a sus colaboraciones del periódico, por lo que yo le había asignado la categoría de escritor, al menos en grado de aficionado. Ilusionado con el hallazgo de que aquellos versos que tanta gracia me hacían fueran de mi padre, me eché el papel al bolsillo y me dediqué en la Academia a presumir de padre poeta ante los amigos, en un momento en que estábamos estudiando la métrica de las distintas formas poéticas. Un día en que comentábamos en clase lo difícil que debía ser escribir poesía, uno de los amigos a los que yo había convencido de que mi padre era poeta, le dijo a la profesora que yo tenía unos versos que había escrito mi padre. Un poco con cara de broma, la profesora me preguntó si era verdad y yo, todo colorado, saqué el papel arrugado del bolsillo y le dije que allí tenía los versos de mi padre, que si quería se los leía. Carraspeando me acerqué a la mesa de la profesora y comencé a leer, intentando darle la entonación que tantas veces le había oído a mi padre. Vi como la cara de la profesora mudaba de divertida a asombrada y, con gran sorpresa por mi parte, antes de terminar el segundo cuarteto me dijo muy quedamente y con gesto severo, “Vale, vale, ya es suficiente, guárdate ese papel” y, dirigiéndose a toda la clase, dijo en voz alta, “El próximo día explicaré los sonetos. Podéis salir al recreo”. Se levantó y viéndome allí parado con aire de alelado, me indicó con la vista que yo también debía irme. Giré lentamente sobre mí mismo y desaparecí cabizbajo por la puerta, al intuir que la situación solo podía empeorar. Quedé tan corrido porque la profesora no hubiera apreciado la calidad de los versos que yo había comenzado a recitar, que, por si acaso, no volví a hablar con nadie de la poesía de mi padre. Seguí oyendo cada poco el romance del que creía autor a mi padre y pasaron muchos años hasta que Sisebuto volvió a cruzarse conmigo en forma escrita, ya no por mi padre, donde se decía que el autor era Joaquín Abatí Díaz. ¡Qué gran desilusión!, pero finalmente comprendí cuan ignorante y osado había sido yo en clase de Literatura y que prudente fue la profesora. Sisebuto, Sisebuto, no me ganaste a bruto.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: es.wikipedia.org

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Mater tua mala burra est (latín y garbanzos)

Sin los cuidados de la loba Luperca, la peripecia que se relata no habría sucedido.

Está generalmente aceptado que los españoles, o al menos una parte importante de ellos en la que me incluyo, tenemos poco éxito en el estudio de idiomas modernos como el inglés, probablemente el más sencillo de todos. Y no me lo explico muy bien después de haber superado con relativo éxito el aprendizaje de un idioma tan complejo como el latín que empezamos a estudiar en segundo de bachillerato en la Academia Carrasconte. Entonces era una asignatura tan importante como las Matemáticas o la Geografía. De hecho se estudiaba en segundo y en tercero con mayor intensidad y con profesores mejor preparados que los que enseñaban el idioma moderno al uso, que en la Academia habían decidido fuera el francés. El profesor de Latín solía saber latín, lo que no siempre sucedía con los profesores de francés. Al principio mis notas de latín no debieron ser muy allá, por lo que mi padre, que había estudiado con los Salesianos, tomó el papel de instructor de refuerzo aprovechando la hora de la comida y, entre plato y plato, se dedicaba a hacerme transitar por las declinaciones con gran perplejidad y dolor por mi parte. No sé si era por su falta de método o porque a mí se me pasó por alto algún detalle trascendente de sus enseñanzas, lo cierto es que yo me sabía bien, de memoria quiero decir, las declinaciones. Barco era “navis, navis, navi ……” y una retahíla en castellano al lado de cada modo “el barco, del barco, para el barco…..”, pero mi padre no parecía estar muy de acuerdo con mi percepción del latín. Porque para mí, barco era básicamente “navis” y para mi padre eran muchos los matices a tener en cuenta. Recuerdo un día que, entre cucharada y cucharada, mi padre me ponía una frase que incluía barco para que yo la dijera en latín. Donde mi padre decía barco yo ponía navís sin titubear. Mientras los hermanos miraban hacía el plato mascando, además de los garbanzos también los aires de tragedia que se adivinaban, mi padre me miraba muy serio y repetía la frase en castellano. Yo volvía a poner navis en el lugar de barco, vez tras vez, sin preocuparme si era el sujeto de la oración o el complemento directo. Hasta que mi padre me soltaba un sopapo, con su mano regordeta y llena de pecas que parecía un martillo pilón, y a mí se me saltaban las lágrimas. No sé si tanto por el dolor como por la vergüenza que me producía que el sopapo fuera contemplado por todos los hermanos ante los que yo solía ir de chulito casi siempre. Después de un par de minutos, que mi padre empleaba en recobrar el resuello y yo en sorberme los mocos, me decía que “para el barco” era “navi” y yo, que no entendía la importancia del contexto, llegaba a la conclusión de que a mi padre le gustaba más “navi” que “navis” cuando se hablaba de barcos. Tomaba buena nota de ello y cuando mi padre iniciaba otra frase como “El barco llegó a puerto”, yo empezaba muy seguro “Navi ……” y vuelta a empezar con sus miradas asesinas, muy mortificado por tener un hijo tan inútil, yo pensando que a mi padre no había forma de contentarle ni con “navis” ni con “navi”, otro bofetón y lágrimas y mocos por doquier, mientras mi madre se iba a la cocina con los nervios de punta a por algo que creía se le había olvidado. Yo rezaba para que llegara la hora de volver a la Academia o que a mi padre le llamaran de la oficina de Correos. Hasta que mi cabecita entendió que la cuestión era que cuando El barco era sujeto de la oración había que usar ”Navis” y que cuando era complemento indirecto había que decir “Navi”, las comidas fueron un suplicio para toda la familia aunque las lágrimas y los mocos los pusiera yo solito. En el fondo pensaba que el latín estaba bien muerto, por aquella manía de los romanos de complicarse la vida llamando a la misma cosa, barco, de doce formas diferentes. A partir de tener en claro pequeñas cosas como aquella, mejoraron las notas de Latín e incluso empezó a gustarme y era capaz de entender frases maliciosas como “Mater tua mala burra est” o “Yovi flores secas” (1) que nos decían los de quinto curso de letras. Y, sobre todo, a las comidas familiares volvió la calma y mi supuesta dignidad de hermano mayor no se puso tan en cuestión como en aquellas sesiones gastronómicas en que se mezclaba el sabor a garbanzos con las lágrimas y el soniquete cantarín de las declinaciones latinas. A restablecer la situación me ayudaron los profesores de la Academia de Carrasconte (Don Cándido, Bances y otros) y mi instinto de supervivencia. Una vez hecho el examen de reválida, tiré el latín a la papelera y solo me sirvió en las visitas a los espacios monumentales con restos romanos, donde era capaz de enterarme de lo que decían algunas inscripciones en lápidas y frontispicios.

(1) Para los que no hayáis estudiado latín os aclaro que el significado de estas frases dista mucho de lo que se puede entender a primera vista. Su traducción es Tu madre come manzanas podridas y Cortas flores para Júpiter. Queda demostrada la importancia de saber idiomas para no mosquearse cuando hablen de tu madre.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de: apolomass.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada