Historias inacabadas (tequilla quillo?)

Curso de inglés

Curso de inglés

Mi padre me decía de vez en cuando que yo era un indolente, no sé si porque realmente lo era y él creía que no me esforzaba en conseguir las cosas ordinarias o porque se había creado unas expectativas para mí de las que yo no era consciente o partícipe. Palabreja aparte, es posible que tuviera algo de razón aunque bien pudiera ser más culpable de mi poca iniciativa la gran timidez que me atenazaba de continuo y la sensación angustiosa de no saber que decir en los encuentros con otras personas. Lo cierto es que hay bastantes cosas en mi vida que no pasaron de la fase de proyecto y, en casi todos los casos, fue mi escasa habilidad para relacionarme con los demás la que dificultó llevarlos adelante.

Y es que los negocios no se realizan con uno mismo, hay que relacionarse con los demás y negociar cuál es tu parte en el asunto. O los idiomas que, salvo para leer un libro en soledad, sirven para comunicarse e interactuar con otras gentes. Claro que mal te vas a comunicar en inglés o ruso si no eres capaz de hacerlo en tu idioma materno porque tu inclinación natural es no gastar energía en parlotear. O el escaso resultado que da tener novia y que ella no lo sepa, porque no te atreves a decírselo.

El resultado de esta actitud tan poco facilitadora de las relaciones ha sido un cúmulo de planes inacabados e historias que no han llegado al final que me había propuesto.

Un ejemplo de ello ha sido el aprendizaje del inglés. Y no es que yo fuera un negado para los idiomas. A pesar de ser de ciencias, gracias a los sopapos de mi padre y de varios profesores de la Academia Carrasconte de Villablino, me defendía bastante bien con el latín después de tres años de darle a las conjugaciones, declinaciones, localizar ablativos absolutos y aprender algunas frases capciosas como “Mater tua mala burra est” o “Yovi flores secas” cuya primera traducción era siempre errónea o parecía innecesaria (ver Mater tua mala burra est). La cosa tenía su gracia pues no había que hablar con nadie en latín y, solo por eso, el latín me parecía interesante. Una vez hecho el examen de reválida, tiré el latín a una papelera y solo me sirvió en las visitas a algún monumento de la época romana para fardar ante mis hijos traduciendo lo que decían algunas inscripciones. A poco que se piense, impresiona ser capaz de entender frases que se habían grabado muchos siglos antes, igual que durante muchos siglos un clérigo o un simple bachiller pudiera viajar a cualquier europeo y entenderse con una buena parte de sus gentes en latín.

El idioma vivo que estudié hasta el ingreso en la universidad fue el francés, el lenguaje de la revolución y la ilustración, usado en aquella época por los diplomáticos y en todos los organismos internacionales. Bien pudo haber sido el inglés, pero era francés lo que habían estudiado los profesores de la Academia Carrasconte y que, sin ser especialistas en el idioma, nos empezaron a enseñar lo que hacía Voltaire con su chapeau mientras exclamaba “Au revoire”. La Academia Carrasconte era territorio francófono. Solo en preuniversitario, en el instituto de León, tuve un verdadero profesor de francés, irrespetuoso, insolente y déspota como ninguno, que consiguió que yo terminara con un conocimiento suficiente del francés. Pero ya el francés estaba en declive como idioma tecnológico y perdía terreno claramente ante el inglés. Jamás lo he utilizado salvo para olvidarlo o contestar a algún turista que siguiera a la main gauche o a la main droit. Otro esfuerzo en el área idiomática tirado a la misma papelera en la que ya estaba el latín.

Así me encontré a los dieciocho años en la universidad, viendo que lo que realmente necesitaba era conocer inglés si quería profundizar en la Física pues solo conocía palabras como rok-and-roll o aftershave, muy poco para mantener una conversación y poco útiles si quería optar al Nobel de Física. El inglés en la facultad tenía la misma categoría que la Educación Física, la Religión y la Formación del Espíritu Nacional, las tres Marías les decíamos. Su calidad docente estaba a la altura de la exigencia y todos aprobábamos inglés simplemente con presentarnos. Un amigo y compañero de clase que había vivido en Estados Unidos, se ofreció a darnos clase a los cuatro o cinco del grupo de amigos y un día a la semana intentaba instruirnos en inglés agrupados en una ventana de los pasillos de la facultad entre clase y clase. Digo que intentaba, pues el pasillo estaba muy concurrido y entre interrupciones y chascarrillos aquello fue imposible. Al final de la carrera, a mi acervo previo había añadido tres o cuatro palabras más, lo que tampoco era gran cosa.

En 1968 encontré trabajo, no como físico sino como informático, y lo primero con que tropecé fue unos soberbios manuales de IBM en inglés. Volví a reactivar el plan de estudiar inglés y me apunté a las clases que daban en la empresa. Allí me encontré con el profesor Frechilla que ya me había llamado la atención al cruzarme con él por los pasillos llevando un libro de gran formato y pastas verdes en los brazos como si fuera un niño. Le reconocí de inmediato ya que fue el profesor del primer curso de inglés que yo recuerdo se dio en la televisión y había adquirido gran notoriedad por ello. Mi empresa no reparaba en gastos para llevar a cabo su política de expansión haciendo obras en el extranjero para lo que necesitaba gente conocedora del inglés. En televisión no trascendían las aprensiones y manías de Frechilla, que estaba exageradamente preocupado por su salud y temía morir de tétanos que creía le amenazaba de continuo. En concreto temía sentarse en una silla y que una punta saliente le provocara una muerte aterradora. Tan obsesionado estaba con ello, que iba a todas partes con su libro verde, grande y de pastas duras, que colocaba en la silla a modo de cojín. De ahí que el libro presentase un aspecto abarquillado y mugriento. Mis condiscípulos fueron mi amigo el filósofo Abelardo, insigne y contestado fotógrafo en mi boda (ver Jugando a la lotería), y dos secretarías que querían trabajar en las obras del exterior. Una de ellas debió aprender más inglés que yo, porque sé que estuvo en alguna obra del norte de África con una vida amorosa tan intensa que se pasó por la piedra a todo lo que se movía dentro de unos pantalones. Las clases del profesor Frechilla no me aprovecharon mucho y cuando la empresa trasladó sus oficinas a las afueras de Madrid dejamos de ver al profesor y su libro antitetánico.

Aunque el inglés me habría venido muy bien para desentrañar los numerosos manuales que necesitaba utilizar para mi nuevo oficio de informático, ciertamente la necesidad no era acuciante. Cuando me trasladaron a Sevilla, aparqué el inglés con la disculpa de que por el momento era más práctico y sencillo aprender andaluz. Aunque a veces no fuera tan sencillo descifrar alguna de las frases que te disparaban por allí como “tequilla quillo?”, que se empleaba para mandar callar a alguien pesado y cargante, inmejorable ejemplo de síntesis que en castellano hubiera precisado la parrafada ¿te quieres ir ya, chiquillo?. Economía de lenguaje a tope. Otra ocasión perdida para poder ser considerado políglota.

A la vuelta de mi periplo por Andalucía y Levante ayudando a la construcción de autopistas, el inglés seguía estando en mi lista de cosas por hacer. Ahora había un profesor que se dedicaba a tiempo completo a instruir a directivos y empleados en el inglés. Era un caballero de pelo blanco, muy educado, al que nunca vi enfadarse o perder la paciencia con sus poco aplicados alumnos. Llegábamos a clase apurados, yo al menos, dándole vueltas en la cabeza al trabajo que traíamos entre manos y el profesor era realmente condescendiente con nuestra falta de celo en hacer los ejercicios y prácticas de lenguaje. No había exámenes ni controles de progreso y la clase de inglés era lo primero que se sacrificaba si había un apretón de trabajo. Era un buen sistema para que los que ya sabían inglés mantuvieran frescos sus conocimientos y practicaran hablando con el profesor. El hecho de que las clases fueran continuas a lo largo de todo el año nos daba la sensación, al menos a mí, de que había tiempo más adelante para retomar el asunto con intensidad renovada. Error craso, pues saqué poco provecho de aquella magnífica ocasión.

No debí ser el único en sacar poco provecho de aquel sistema, pues la empresa empezó a ofrecernos clases en academias en Madrid. Era la época en que yo tuve una segunda ocupación por las tardes y el resultado fue que disponía de menos tiempo del necesario para dedicarme con seriedad al aprendizaje del inglés. Siempre llegaba tarde a clase y pensando en algún problema sin resolver. Fue una experiencia peor que la anterior. Mi inglés era suficiente para desenvolverme con la documentación en el trabajo y el problema seguía sin ser acuciante. Y yo, poco consecuente con mis planes de aprender inglés.

En todo este tiempo dupliqué compulsivamente todo curso de inglés que caía en mis manos, ya fuera casetes de audio o video, como si la posesión de tanto inglés enlatado me acercara más a su conocimiento. Solo me faltó ensayar con alguno de los métodos que garantizaba aprender sin esfuerzo durante el sueño. El timo de los charlatanes de feria con la grasa de serpiente curalotodo (ver Charlatanes), ahora maquillado con un soporte tecnológico y sofisticado como la bocina de almohada que publicita el anuncio de cabecera.

Cuando tuve que hacerme cargo de la informática de una empresa del grupo, empecé a ver los inconvenientes de mi falta de seriedad anterior. Era una empresa de ingeniería con mayoría de clientes extranjeros siendo el inglés la lengua habitual en los contratos y, casi sin excepción, todos los programas de cálculo y gestión procedían del área anglosajona. Recuerdo que cuando tuve que hacer el primer pedido de un programa para cálculos de tuberías, tuve que pedirle a un compañero que me pasara el fax a inglés. Qué vergüenza, menos mal que el compañero era buen amigo. Acosado por la necesidad enseguida pedí plaza en los cursos de inglés.

También aquí pude comprobar que los profesores de inglés o se pasaban de condescendientes o eran algo estrambóticos. Recuerdo un profesor muy joven que iba de colega y se quitaba los calcetines en clase para ponerlos a secar en la salida del aire acondicionado. Trabajé mucho con el inglés, vocabulario, estructuras, etc, hasta el punto que cuando salía en bicicleta escribía las palabras más rebeldes en una pegatina que fijaba en el manillar y que repetía durante horas. Los fines de semana cogía la magnífica columna de Manuel Vicent en El País y la pasaba a inglés para que el profesor lo corrigiera. Cuando alguna vez uno de mis hijos leía las traducciones me decía, Eso no es inglés, papá, cosa que el profesor no se atrevió nunca a decirme. Trabajé mucho pero me faltaba la actitud de soltarme a hablar a tumba abierta aunque cometiera fallos de pronunciación o composición por una excesiva autocensura o falta de seguridad. No me veía dominando suficientemente las estructuras del lenguaje y la pronunciación y no terminaba de aceptar que el aprendizaje de un idioma consiste basicamente en equivocarse y aprender precisamente cuando te corrigen.

Cuando una empresa de ingeniería alemana compró la mitad de la compañía, el inglés fue el lenguaje de comunicación con los informáticos alemanes que hacían una cierta supervisión. Todos los años había una especie de convención en Alemania de todas las empresas filiales y cada responsable tenía que exponer los planes anuales. Allí había indios, australianos, centroeuropeos, sudamericanos y yo era el único que hablaba inglés como indio de película del Oeste. El año anterior a mi primer percance de salud, fui capaz de hacer una presentación de quince minutos que parecieron entender los alemanes, quizá más por las explícitas imágenes de Powerpoint que había preparado que por mi inglés. Por fin parecía que entraría en el club de los que conseguían hacerse entender en inglés, aunque fuera macarrónico.

De haber gozado de mejor salud no sé si la persistencia y duro trabajo de los últimos años, a la fuerza ahorcan, habría permitido desenvolverme con el inglés sin tanto sufrimiento. Pero pronto me jubilé y comunicarme en inglés terminó siendo una de las más clamorosas historias inacabadas de mi vida. Hay más, pero creo que ninguna tan dolorosa. No cabe disculparse en la incapacidad hispana para los idiomas o los dudosos métodos de enseñanza, es que he sido un zoquete. Pero…. ¿ cómo habría cambiado esta historia si los profesores de la Academia Carrasconte hubieran sabido inglés? Mecachis!

Imagen tomada de: flicker

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada