Roa, el paso del tiempo y los recuerdos (¡ay! colegiata, -ex)

Plaza Mayor de Roa, con la colegiata.

Plaza Mayor de Roa, con la colegiata.

Si te olvidas que el culpable de tan singular escenario es el Río Duero, cuando te aproximas a Roa por la carretera de Aranda tal parece que la villa encaramada en lo alto surgió al mismo tiempo que el propio cerro cuando este fue creado. O que del cerro brotaron con naturalidad las casas al modo que en el terreno llano circundante crecen vides y espigas. Está claro que si no estás atento, la imaginación puede trastocarlo todo. Igual que si a remolque de tus recuerdos pretendes que en sesenta y cinco años no haya pasado nada en Roa.

Desde 1954, cuando mi familia dejó de vivir en Roa, yo había vuelto en dos ocasiones. Siempre de paso y sin la calma suficiente para anotar el desajuste que el tiempo estaba introduciendo entre la Roa real y la que yo prefería mantener en mis recuerdos según he descrito en Primeros tiempos en Roa, Últimos años en Roa y Juegos y cantinelas en Roa. Los cambios eran evidentes pero la prisa de mis visitas y lo a gusto que uno se encuentra con sus remembranzas, me hacían más cómodo pasar por alto el paso del tiempo y así seguir sintiendo Roa con ojos de niño.

El 7 y 8 de Agosto de 2019 he vuelto a Roa con la pausa necesaria y, efectivamente, he visto que hay cosas que han cambiado, como no podía ser de otra forma.

Comenzando por el principio, el casino donde mi padre acudía cada tarde ya no existe. En su lugar está el bar Transilvania, nombre que sugiere que a los castellanos de Roa de toda la vida se han debido añadir gentes de todas partes, como en el resto del país. En la plazuela tampoco está la fuente donde las mujeres llenaban los cántaros de barro que surtían de agua a las casas y en cuyo pilón bebían los abundantes machos de aquella población esencialmente agrícola (luego comprobaré que el pilón de la entrada de La Cava ha corrido la misma suerte). Qué tontería, pero también eché de menos los sones de trompeta que venían de las primeras casas sobre El Espolón y que tantas veces oí al pasar por allí. Nunca puse cara al desinhibido trompetista que no parecía preocupado porque todo el pueblo fuera participe de sus progresos y desafinos. Lo que sí consiguió fue que todos supiéramos de la potencia de sus pulmones.

La tierra que entonces pisábamos en todas las calles del pueblo, ha sido sepultada bajo asfalto y adoquines o el embaldosado. Hay que mirar en los jardines o en los abundantes solares sin edificar y en el descascarillado de las fachadas por donde asoman los adobes, para encontrar  algún vestigio de tierra. Incluso la calle de El Resbalón (hoy Cardenal Cisneros) que era como el lecho de un arroyo entre dos estrechas aceras, está hoy tan finamente pavimentada que resultaría difícil romperse algún hueso salvo tropiezo fortuito con algún gato de los que viven en los ventanucos enrejados a ras de suelo que me hacían pensar entonces en mazmorras y prisioneros. Ya ni en la enorme Cava donde entonces jugábamos mayores y pequeños, debe quedar una brizna de tierra donde jugar a la tarusa de tan colmatada como está con la plaza de toros, el enorme polideportivo y algunas edificaciones más.

Aunque la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción sea el mejor símbolo de permanencia de la ciudad, entré con algo de aprensión preocupado por lo que podría haber ocurrido para que ya solo fuera ex-colegiata. La percibí sólida y luminosa como entonces pero me sentí desorientado, algo no encajaba y dudé si debía fiarme de mis recuerdos que me avisaban de que allí faltaba algo importante que no supe concretar. Caminaba por la nave izquierda mirándolo todo con atención por si descubría el motivo de mi desasosiego, cuando vi a una mujer que cuidaba las flores de los altares. Resultó ser una joven de ochenta y cinco años, más que contemporánea mía, que con seguridad podría resolver mis dudas con solvencia. Me explicó que el templo perdió el rango de colegiata cuando dejó de contar con los tres canónigos requeridos. Me enumeró los nombres de los ensotanados que yo veía deambular por el atrio y a los que tantas veces debí cumplimentar con mi besamanos, pero solo me sonó el nombre de don Bonifacio. Me tranquilizó saber que lo de ex-colegiata se trataba de una minucia canónica o administrativa que en nada disminuía la calidad artística y simbólica de aquel templo tan importante en mis recuerdos. Al instante decidí prescindir del prefijo ex- y sus connotaciones negativas. Mientras hablaba con la mujer vi en los laterales del altar mayor unos retales de madera que rompían con toda armonía y que parecían haber pertenecido a un coro. Solo entonces me atreví a preguntar por el coro donde recordaba haber estado acompañando a mi padre. La amable mujer me dijo, creo que con un cierto tono de rencor, que un cura caprichoso había desmontado el coro, el órgano y el enrejado en contra de la voluntad del pueblo. Menos mal que no desmontó los arcos, remachó mientras miraba a los dos arcos transversales que unen las cuatro últimas columnas de la nave central. Entonces entendí la causa de mi desazón. El malhadado cura, merecedor de la excomunión si de mí hubiera dependido, había despojado a la colegiata del empaque que los coros dan a catedrales y grandes iglesias y rebajado la grandiosa nave central a la categoría de iglesia moderna de barrio obrero. No había sido el tiempo el causante de tal estropicio sino un cura poco respetuoso. Cuando le conté que habíamos vivido en la casa de Correos que estaba en la esquina de la calle de El Resbalón, me dijo que recordaba perfectamente a mi padre.

Roa de Duero. Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, ya sin coro.

Roa de Duero. Colegiata de Nuestra Señora de la Asunción, ya sin coro.

Se me quedó en el tintero preguntarle por las letras doradas de la fachada que yo recordaba mencionaban a los caídos por Dios y por España, los caídos buenos por supuesto, y que habían desaparecido. Me quedé con las ganas de saber si la culpa era de la ley de Memoria Histórica, del cura revisionista o simplemente de mi memoria desajustada.

El paseo de El Espolón lucía espléndido y a resguardo del sol por unos plátanos de sombra vigorosos y sanos bajo los que el cardenal Cisneros otea impasible el horizonte. Unos jubilados nos dijeron que debíamos tocar el talón del cardenal que sobresale del pedestal de cemento para no sé qué. Creo que nos estaban tomando el pelo. Las vistas son impresionantes y la primera intención es asomarse a la baranda, pero yo aconsejaría mirar a lo lejos y pasar por alto el basurero en que se ha convertido la ladera donde los críos jugábamos a deslizarnos por las baturras, una especie de canalillos en la tierra que formaban las zapatillas al deslizarse sobre el barrillo que se formaba cuando todos los participantes orinábamos en la parte alta de la baturra. Poco más allá de  las escaleras que dan a las antiguas escuelas, descubrí los arcos del restaurante El Chuleta con unas vistas extraordinarias y muy bonito por dentro.

Bajando desde las antiguas escuelas hasta La Cava, salvo unos pocos comercios todo son bares, terrazas y restaurantes. Si no hubiera visto que el campo circundante rebosa de vides, campos de cereal y girasoles o maizales, habría concluido que la villa que yo conocí bulliciosa de actividad y esencialmente dedicada a la labranza, se había convertido en un parque temático para visitantes. No pude pasar por alto que de los soportales de la plaza habían desaparecido las lisas columnas metálicas donde los críos nos graduábamos de chavales, tan pronto conseguíamos llegar trepando hasta su parte más alta.

Estaba alarmado tras todo un día anotando qué cambios tendría que sobre escribir encima de mis recuerdos que habían permanecido invariables durante sesenta y cinco años, pues no sabía cómo un cerebro ya desgastado manejaría la situación.

Menos mal que por la noche todo pareció volver a su ser. Cenamos sentados en una terraza de la Plaza Mayor, con la colegiata muy bien iluminada que me pareció y sentí era la de siempre. Bien plantada y sin arrugas a pesar de los siglos y de que un cura malandrín la hubiera despojado del coro. No sé si ayudó a poner orden entre mis recuerdos y la realidad el magnífico picoteo en la terraza del Portalón, lo cierto es que hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto y en un sitio tan evocador y extraordinario. El tiempo y las gentes introducen cambios, pero lo fundamental permanece y creo que la iglesia de Roa da buen ejemplo de ello. En la colegiata primero fue  el románico, luego el gótico, más tarde lo renacentista, una superposición arquitectónica que sintetiza cómo adaptarse a los cambios y seguir siendo la misma. Primero colegiata y luego rebajada con un insultante ex- a parroquia rasa, pero ahí seguía tersa y señorial. Tomé buena nota de que el tiempo y sus avatares no tienen por qué cambiar la esencia.

Agosto de 2019. Plaza Mayor de Roa.

Agosto de 2019. Plaza Mayor de Roa.

Me fui de Roa satisfecho pensando que bien están los recuerdos en un cajón para abrirlo cuando lo necesites, como bien está disfrutar lo que de bueno tiene la Roa actual y la de siempre. Y si quieres que todo fluya acompasado, sin estridencias, nada mejor que una noche de Agosto, a ser posible en vísperas de San Roque, en el escenario magnífico de la plaza mayor de Roa con su colegiata eterna al fondo y los niños proyectando sobre su fachada sombras chinescas al corretear por el atrio, tal como hacía yo hace sesenta y cinco años. Hasta siempre Roa, sé cómo se te ve ahora pero me vuelvo con mis recuerdos intactos.

Por supuesto, no olvidé llevarme una torta de aceite bajo el brazo. ¿Se puede pedir más a un viaje al pasado?

Imágenes tomadas de: todocoleccion.net, wikipedia.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada