En primera línea (la obsolescencia de los cuerpos)

2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza.

2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza.

Hace dos días recogí de casa de mi madre los recuerdos personales que me habían correspondido: un original mecanografiado de La sonrisa de la fortuna novela con correcciones a mano de mi padre, su muestrario de anzuelos y secretos para la pesca de la trucha, una foto de mis padres y algunas más del álbum familiar donde aparezco yo o alguien de mi propia familia, dos tomos de Historia de las cruzadas de J.F. Michaud con bonitas ilustraciones de Gustavo Doré y un bolsito bandolera de ganchillo que había sido de mi madre. Era la última vez que estaba en la casa de mis padres en Madrid donde había vivido solo unos cuantos meses allá por 1968 y visitado bastante a menudo a mi madre durante sus últimos años de vida.

Mi madre había muerto dos años y medio antes, pero ahí estaba todavía la casa como un nexo que me unía materialmente a mis padres, como si aún no se hubiera producido el adiós definitivo. Ahora sí, ya solo quedan sus recuerdos y las pocas cosas suyas que mencioné. Los hilos materiales que me unían con la historia de mis orígenes se han cortado definitivamente con esta última visita a la casa paterna. Solo recuerdos y sus cenizas en sendas urnas en Vegarienza, en el cementerio de Castriello, en la ladera de Santa Colomba que ni es solano ni avesedo, pegadito al arroyo que huele a menta por cuyo cauce escurren las aguas que manan de las tierras ferruginosas de las llamas donde tantas tardes pastoreé las vacas de mis abuelos (ver las Llamas de Castriello y La estampa). Ahora sí fui mucho más consciente que cuando mi madre murió de que yo ocupaba la primerísima fila de los que, inexorablemente, seremos llamados al ajuste final de este tránsito corpóreo (valle de lágrimas decía mi abuela Honorina) que es la vida.

En Castriello descansan también, en la tierra al estilo tradicional, mis abuelos y bisabuelos maternos y seguramente algún antepasado más de la rama González y García. Cuando a mi madre le dio por pensar dónde quería estar cuando se le acabase el tiempo, ya no había espacio en el suelo de aquel modesto cementerio omañés colmatado de cristianos más o menos rezadores. Modesto pero tan antiguo como la misma Omaña. La falta de espacio para tanto muerto se resolvió al modo en que lo solían hacer los invasores romanos del valle del Omaña, añadiendo un columbario con unos cuantos nichos (palabra horrorosa donde las haya) mortuorios que destacan sobre el yerbazal de las tumbas. Mirando al cementerio y más concretamente al columbario donde ya estaban las cenizas de mi padre, en el verano de 2016 y tras rezar un padrenuestro mi madre musitó emocionada “Que nos reunamos todos en una vida mejor” en lo que me pareció la expresión de un deseo intenso, anhelado, cinco meses antes de dejar esta vida que ya se le estaba haciendo demasiado larga.

Entre lo que nos dejó había unos papeles manuscritos que decían que mi madre era propietaria de uno de estos nichos y un notario de Madrid ha anotado en sus protocolos que yo soy dueño junto a mis hermanas de semejante aposento para la eternidad. No conozco a nadie capaz de llevar la contraria a un notario. Yo desde luego no lo haré, así que allí me llevarán cuando llegue el momento si los que me sobrevivan atienden mis deseos.

No sé a qué edad comenzó mi madre a preocuparse por estas cosas que a los de la siguiente generación nos hacía sonreír condescendientemente, pero el tiempo pasa para todos y forzosamente tengo que agradecerle que pensara con tiempo suficiente en algo tan obvio como dónde acomodarse para los restos, dónde estar sin molestar a los vivos. Porque hace tiempo que siento los efectos de la obsolescencia escrita en los defectuosos genes que me han tocado en suerte, de los que sin duda son responsables involuntarios unos cuantos de mis antepasados con los que un día compartiré espacio en el cementerio de Castriello. He sido, soy todavía, el trasunto de lo que ellos fueron, de lo que llevaban escrito de forma indeleble en su ADN fruto de tantas vidas entrecruzadas durante siglos y que ha cristalizado con mejor o peor fortuna en individualidades concretas como yo mismo.

Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello.

Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello.

Ha hecho fortuna la expresión obsolescencia programada aplicada a los electrodomésticos y otras máquinas que usamos a diario, pero a fuerza de percances de salud, aparentemente sin relación alguna con mi estilo de vida, cada vez estoy más convencido de que somos nosotros los que tenemos bien escrito en los genes, con tinta invisible a simple vista, la fecha de caducidad de nuestros cuerpos. Los cirujanos van extendiéndonos prórrogas a esta fecha de caducidad, pero finalmente la obsolescencia nos alcanza de forma inexorable. Da igual que hayas sido alto o bajo, ocurrente o aburrido, valiente o cobardón.

Por eso mismo le estoy agradecido a mi madre por ocuparse sabiamente de dónde dejar su propia obsolescencia y, de paso, la mía. Y qué mejor sitio que el cementerio de Castriello, donde aún cantan las ranas en el arroyo y los saltamontes despliegan sus esplendorosos élitros del mismo azul que el ala de los grajos que se oyen entre los chopos del cercano río Omaña; donde por las tardes se siente el alivio de la sombra que proyecta Santa Colomba cuando ya se hace inaguantable la solanera con que el sol aprieta desde bien temprano en las mañanas de verano o dónde en invierno se agradece el solecito mañanero que atempera la tiritona de la helada nocturna, porque habrá que ver cómo se siente el frío y el calor cuando en vez de huesos y carne se sea solo polvo o ceniza.

Polvo o ceniza. Hasta la época de mis abuelos era cierto lo que decía el sacerdote cada Miércoles de Ceniza mientras nos ponía una pizca de ceniza en la frente, “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás), frasecita que nos helaba el alma y que a mí me sugería con desagrado el roer de los gusanos reciclando la carne en tierra vegetal, en polvo. Ahora que ya salimos reducidos a ceniza desde la capilla mortuoria, sin gusanos de por medio, no sé si habrán tenido que cambiar este recordatorio que nos decía a las claras que éramos muy poca cosa. Y así es, hay que admitirlo.

A medida que te haces mayor hay que ser consciente de que las leyes de la probabilidad van dejando de ser neutrales, que la cara y la cruz de la moneda no pesan estadísticamente lo mismo. En los próximos días se lanzará de nuevo mi moneda, que tantas veces ha salido cara, y veremos qué sucede.

Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho.

Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho.

Si sale cruz, mi familia tendrá que encargar una plaquita con mi nombre y pegarla en la losa de mármol negro que cubre el nicho de la familia García de la Calzada, tan pulido que en él se reflejan los robles y escobas de la ladera de enfrente que recuerdo servían de refugio a las vacas que moscaban en las tardes de verano cuando yo las llevaba a las llamas de Castriello, el paraje donde fui feliz de chaval.

No se me ocurre un sitio mejor para esperar que se desperecen los cuerpos cuando suenen las trompetas del Juicio Final en que creían muchos de los residentes del cementerio de Castriello. Y para los descreídos sólo quedará sentir como nuestras cenizas se esponchan o acurrucan según haga calor o hiele, mientras se oye el manso discurrir del arroyo de Castriello entre juncos y matas de menta. El mundo seguirá dando vueltas y en unos cuantos años los hoy jóvenes de mi familia serán candidatos también a residir en Castriello o, si lo prefieren, a la sombra de las hortensias familiares.

17 de Junio de 2017, en vísperas.

La moneda salió cara, otra vez. Aunque algo desvaída por una maldita e inesperada FA.

22 de Junio de 2017.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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La ensaimada (carita de ángel)

1957. Jugando al fútbol. Autor, Ramón Masats.

Igual que pasó con otros hermanos, en un par de ocasiones viví fuera de casa de mis padres para aliviar las apreturas de una familia tan numerosa.

En la primera viví junto a un hermano una temporada con los abuelos en Vegarienza, un escenario de lo más habitual para nosotros. Después de la escuela nos entreteníamos ayudando a Humberto en la obra para poner agua corriente en la casa. En la despensa donde una vez entró una culebra a comerse las natillas y otras exquisiteces (ver La Culebra) estaban haciendo un cuarto de baño enorme con bañera y todo, lo que me obligó a elaborar múltiples disculpas anti baño para tener a mano porque a mí me gustaba lavarme como los gatos en la palangana de porcelana gastando la menos agua posible pues era yo el responsable de traerla del río. Jabón tampoco gastaba mucho pues creía que me iba mal para el cutis. Pero la cosa pintaba mal. Con agua del pozo se llenaría un depósito en el desván que se calentaría en el calderín de la cocina de leña, con lo que seguro que a la abuela se le ocurriría que los niños teníamos que bañarnos enteros de vez en cuando. Yo estaba asustado. Con lo a gusto que estaba llevando la misma ropa puesta más de dos semanas, porque cada vez que tenía que ponérmela limpia me daba un escalofrío y tardaba un par de días en volver a estar confortable.

Para distraernos de los malos tiempos que podría traer tanta limpieza, cuando el abuelo y Humberto se descuidaban nos dedicábamos a hacer el cabra subidos a las vigas que habían colocado para sostener el piso de baldosas, la bañera y otros elementos asquerosamente blancos. Hacíamos equilibrio caminando sobre las vigas con los brazos extendidos intentando no mirar al suelo de cemento tres metros más abajo y dando giros inverosímiles al llegar a la pared, compitiendo por ser el más rápido. Una vez que mi hermano iba ganando y estaba más pendiente de mirarme con guasa que de ver donde pisaba, al girar resbaló en el borde de la viga y dando un grito se precipitó al piso de abajo chocando con un ruido sordo, como de trapo. Asustado al oírle gritar me descolgué hasta donde estaba caído al tiempo que la abuela salía de la cocina alarmada por los gritos que estaban más que justificados porque se había roto la clavícula. Aquel episodio evidenció que yo era un inconsciente y que dos éramos demasiado para los abuelos que estaban muy mayores y a mí me mandaron con mis padres.

No sé si esta travesura acentuó mi aura de inquieto e incrementó mis opciones a candidato para una nueva ausencia más prolongada y azarosa. Casi un exilio. Mi padre había estudiado con los salesianos y tenía allí un amigo responsable de reclutar chavales que de mayores irían con faldas por la calle. Entrar en el internado suponía años de educación de cierta calidad, un plato asegurado y todo gratis, lo que no era un asunto desdeñable. Llegar a ponerse faldas era cosa de cada uno, no era obligatorio. O ponérselas en el noviciado y salir zumbando cuando aún era tiempo. Entretanto, la consigna era estudiar, poner cara de santo y rezar algo.

No sé cómo mis padres nos vendieron el asunto a mí y al hermano que me precedía, el caso es que recibimos la visita del amigo de mi padre, todo zalamero y sonriente, que quedó muy bien impresionado de nuestra carita de santos, de lo modositos que parecíamos y lo dispuestos que estábamos a redimir negritos, amarillitos o indios apaches en las misiones. Hasta entonces aquellas razas exóticas solo habían sido objeto de nuestra atención cuando en la parroquia o en la Academia Carrasconte nos daban unas huchas para pedir dinero para el Domund. Tenían forma de cabeza, cabezón más bien y tirando tan a gorditos que nunca me pareció que pasaran hambre u otras necesidades, con una raja para las monedas encima de la cabeza.

Quedó decidido que a finales del verano nos iríamos los dos a un internado en Galicia. Mi madre desempolvó una maleta de cartón y le hizo una funda de mahón azul que se cerraba con botones todo alrededor. En verano empezó a preparar las mudas y la ropa necesaria que sus hermanas ayudaron a bordar con los nombres de interfecto1 e interfecto2 y que fue colocando en dos montones dentro de la maleta. Yo no sabía cómo me había dejado embaucar pero, por si acaso, aquel verano fui el más trasto de todos los hermanos, en un ansia inagotable por apurar los últimos días antes de subsumirme en un mundo solo para hombres que no me agradaba.

Mi padre nos llevó a Ponferrada donde nos juntamos con otros grupos de pobrecillos como nosotros, en una amplia operación logística que me recordó a cómo en Vegarienza reunían las ovejas de cada casa para que el pastor se las llevase juntas al monte. Y como ovejas, tristes y preocupados, subimos al tren con destino a un pueblo marinero de la ría de Arousa. En el tren conocí a Perico que sería compañero de confidencias y peripecias. Nos bajamos en Cambados a primera hora de la mañana, todos legañosos y sucios, llevando la maleta entre los dos hermanos, una mano de cada uno en el asa, y caminando a trompicones.

1975 Internado salesiano en Galicia. Don Bosco y María Auxiliadora. Huchas Domund.

El colegio era de piedra, enorme, con muchas ventanas y rematado por la estatua protectora de María Auxiliadora. Entre la capilla y las viñas de albariño había un campo de recreo donde hacíamos gimnasia y jugábamos al fútbol. Aún no había empezado el curso pero enseguida comenzaron con el ablandamiento mental. Que si la vida ejemplar de Don Bosco, que había que ser devotos de María Auxiliadora, que había que estudiar y rezar mucho y que si tal y que si cual. A mí me entraba un sueño insuperable en aquellas charlas y menos mal que Perico y yo nos entendíamos bien y nos turnábamos para que mientras uno estaba atento el otro pudiera dormitar discretamente, pues un oportuno codazo le despertaría si era necesario. Aprendí a dormirme en cualquier postura y lugar como se verá más adelante.

Apenas salíamos del colegio y cuando lo hacíamos era muy difícil despistarse pues íbamos en fila de a dos y con los frailes vigilándonos de trecho en trecho. Siempre tuve la sensación de que la gente nos miraba como a bichos raros. A veces nos llevaban a la playa y aprovechábamos para mirar con ojos ávidos lo que nos faltaba en el colegio, las chavalas. A la vuelta de cada paseo me preguntaba qué era lo que se me había perdido allí, que yo no tenía madera de misionero. El próximo verano tendría que decir a mis padres que no quería seguir para cura.

En verano nos daban quince días de vacaciones, plazo calculado para que no nos disipáramos y perdurase el efecto de las últimas sesiones de lavado de cerebro. Que si teníamos que rezar, que si la castidad, que si la obediencia. Ya en Vegarienza yo me desfogaba a tope y le repetía a mi madre que no quería volver, pero ella siempre me convencía de que tenía que seguir estudiando y que más tarde ya veríamos. Aprovechábamos que toda la familia estaba junta para hacer las fotos del carnet de familia numerosa y vuelta a meter las mudas repasadas en la maleta y regresar al mundo de los pensamientos elevados y realidades rampantes. Se habla mucho de la morriña de los gallegos cuando están lejos de su tierra, pero a nadie le preocupaba la añoranza de Omaña y de la propia familia de los que estábamos en Galicia contra nuestro deseo. Allí me formaban para ser misionero y yo lo que quería era ser ingeniero. Tendría que estudiar, que era lo importante, y fingir en lo demás.

A fingir ayudaba que yo tenía carita de bueno, casi de angelito, tanto que tuve mi momento de gloría cuando eligieron una foto mía para la portada de una revista que editaban cada dos meses para enviar a padres y antiguos alumnos. Me pavoneé durante un tiempo delante de los compañeros, pero al poco todo siguió igual. Levantarse temprano, ir a misa, estudiar, comer no demasiado, mucho deporte para que estuviéramos bien desfogados y más rosario y mucho Don Bosco y acostarse pronto. Menos mal que había una red de distribución de tebeos que nos hacía la noche más llevadera e incluso circulaba alguna revista con fotos de mujeres que cada poco intentaban requisar registrando los dormitorios.

En el comedor servían la comida mujeres bastante mayores vestidas de negro hasta el cuello y con delantal blanco, especialmente reclutadas para que la tentación de la carne, en sentido bíblico, no hiciera presa en nosotros. No entendíamos como Juani había superado el filtro de la selección. Tendría unos treinta y tantos y tan buen aspecto que ni siquiera la vestimenta negra era capaz de disimular su exhuberancia y buena raza que justificaba el sobrenombre de Pechodulce. Perico y yo salíamos zumbando de clase y nos apostábamos a la entrada del comedor para conseguir una plaza en las mesas que ella servía. Cuando lo conseguíamos nos quedábamos arrobados, como tontos de baba ante aquel prodigio de la naturaleza, esperando una sonrisa que cada cual interpretaba a su gusto y que algún botón mal abrochado permitiera ver más allá de lo que dejaba intuir el delantal, milagro que nunca sucedió.

A cambio de la dicha de ser servidos por Pechodulce no había que ser muy remilgado con la comida. Y es que la zona de influencia de Pechodulce estaba frente a la ventana que separaba el comedor de la cocina a través de la que veíamos como preparaban los platos antes de servirlos. Allí estaba un hermano lego que servía para todo. Era el jefe de los chivatos, el que controlaba en la sacristía a los monaguillos y allí ayudaba a preparar los platos. Cuando había filetes empanados o rusos los pasaba de la bandeja que traía la cocinera a los platos, cogiéndolos con los dedos y, como quemaban, los soltaba en nuestros platos mientras sacudía la mano y se chupaba los dedos antes de continuar el trasiego. Si alguno se caía al suelo lo recogía sin más y al plato. El día que no podíamos con el asco de comer filetes con sabor a chupao o porque creíamos que nos había tocado el que se había caído, por la tarde el rugir de tripas era insoportable. Si los monaguillos ya le odiábamos porque no nos dejaba beber las escurriduras de las vinajeras en la sacristía, una tarde entera acordándote a cada retortijón de tripas de cómo se relamía entre filete y filete hacía que alguno juráramos que algún día nos lo pagaría.

Para reforzar nuestra fe y convencernos de que fuera de la senda marcada no había futuro, nos sometían cada poco a ejercicios espirituales. Traían al internado verdaderos especialistas en hablar del infierno en medio de escenografías tenebrosas, penumbra y cirios encendidos, que conseguían que nos cagáramos de miedo por lo que nos iba a pasar si no éramos castos y rezábamos a todas horas. Ni me gustaban los ejercicios espirituales ni confesarme cada poco, y menos aun cuando confesaba el jefe de estudios que tantas broncas me echó en su despacho por mal comportamiento, mientras me trataba de usted. Cuando me arrodillaba en el confesionario, se inclinaba hacía adelante y adoptaba un tono convincente y asquerosamente tierno. Hasta me tuteaba mientras me preguntaba que cuántas veces. Yo me separaba todo lo posible, pero no podía evitar el cachete que me daba al decirme que me fuera en paz.

Cuando hacía un par de años que mi hermano se había marchado para el noviciado, última etapa en la emulación de Don Bosco y donde ya tenía que llevar sotana, me puse un poco nervioso y cada día se me hacía más urgente salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. No me veía toda la vida vestido de negro y, conociéndome, me horrorizaba tener que comportarme las veinticuatro horas con la rectitud y dignidad que se esperaba de un religioso, siempre expuesto a que mis actos litúrgicos, docentes y hasta civiles, fueran observados atentamente por fieles, alumnos y superiores.

En semejante estado de ánimo dormía mal y, noche si y noche también, mis miedos afloraban en una pesadilla recurrente que se materializaba en la tonsura que me harían al ser ordenado. Un redondel pelado común a todos los religiosos que tendrían que recortarme periódicamente y a mí los peluqueros me disgustaban sobre manera. Lo peor de la pesadilla no era el peluquero vaciándome la coronilla, sino que en vez de pelo empezaba a crecerme yerbajos de todo tipo que yo tenía que cortar a cada poco. Trataba de ocultar aquel jardín con el bonete pero los vegetales crecían tan deprisa que tras un rato sin cortarlos, el bonete empezaba a levantarse por el empuje de las plantas y sentía cómo sus raíces se hundían dentro de mi cabeza. En los primeros sueños solo eran yerbajos pero a medida que se acercaba la fecha de ir al noviciado, los vegetales aumentaban de tamaño y hubo noches que me salían tomateras y berenjenas imposibles de disimular y sus raíces ahondaban en mi cabeza hasta a salir por las orejas. Durante el día me sorprendía tocándome insistentemente la coronilla, todavía intacta y con todo su pelo.

La esquizofrenia entre lo que quería ser y lo que sería si no conseguía salir del internado, afloraba en mi subconsciente cada noche. En cierto modo esta hiperactividad nocturna me ayudó a encontrar la solución.

Una noche, en vez de soñar con el huerto de mi coronilla, me vi ya ordenado y oficiando misa, muy preocupado por sentirme observado por los feligreses, ocurrió un percance muy afrentoso. Los dos monaguillos que me ayudaban a misa eran como yo mismo, aficionados al vino de consagrar e igual de golfos que yo lo había sido. Yo musitaba en latín los rezos del misal de espalda a los fieles y con los monaguillos arrodillados detrás de mí. A mis frases en voz alta tenían que contestar en latín pero pasaban de lo aprendido en el catecismo del padre Astete y alardeaban de creatividad y mala leche. Si yo decía Dominus boviscum, ellos contestaban con voz gangosa El vino que bebe Asunción insinuando mi afición al vino de consagrar. Si para disimular y que los fieles no se enterasen de tal insubordinación yo decía en voz más alta de lo normal y alargando tanto como podía Oreeeeemus, como si estuviera cantando gregoriano, los monaguillos irreverentes contestaban entre risas ni es blanco ni es tinto ni tiene color. Yo estaba seguro que aquellos desalmados se habían bebido algo más que las vinajeras antes de empezar la misa. La cosa empeoró cuando tenían que levantarme ligeramente la casulla por detrás y cogiendo el borde del alba me la subieron hasta la cintura para que todos los fieles me vieran los pantalones, con lo que al jolgorio de los monaguillos se añadió el de algunos fieles. Mi cabreo iba en aumento y decidido a darles un escarmiento, al volverme hacía los fieles para bendecirles y anunciar que la misa había acabado, giré impetuosamente con una pierna en alto para barrer de un patadón a aquellos hijos de mala madre, con tan mala fortuna que por el impulso rodé por los escalones del altar mientras los monaguillos, que habían esquivado mi furibundo ataque, retomaban la forma canónica de ayudar a misa y volviéndose hacia los fieles tocando la campanilla estruendosamente anunciaban de forma teatral Ite misa est y desternillándose de risa se dirigieron a la sacristía seguro que para amorrarse al garrafón de moscatel. Ningún feligrés hizo ademán de ayudarme y allí quedé muerto de vergüenza y echaba espumarajos por la boca jurando que mataría a los dos insumisos si conseguía rehacerme de la fenomenal costalada.

Desperté sudoroso y afectado porque la pesadilla era el trasunto de cómo tenía interiorizado cuales serían mis sensaciones en mi vida de fraile, pero no me quedó más remedio que admitir que los monaguillos de la pesadilla eran unos tíos salados y pistonudos, aunque me la hubieran jugado. Claro que como episodio onírico estaba bien, pero si algo parecido ocurriera en el internado aquellos dos tunantes no tardarían un minuto en ser expulsados. No tardarían un minuto en ser expulsados, repetí mientras me vestía deprisa para bajar al comedor. Acababa de intuir como podría bajarme en marcha de aquel tren que cada día me acercaba un poco más al noviciado.

Cuando me tocaba ayudar a misa, el día anterior acompañaba al hermano lego a la sacristía para preparar toda la parafernalia necesaria. En una ocasión que se acabó el vino de la botella de rellenar las vinajeras, vi cómo el hermano lego abría un armario donde guardaba un garrafón con vino de consagrar. Rellenó la botella y volvió a cerrar el armario-bodega. Yo estaba a lo mío pero la fortuna quiso que a través de un espejo viera guardar la llave detrás de un cuadro de Don Bosco que presidía la sacristía.

Empecé a pensar en cómo aprovechar aquel descubrimiento en beneficio propio. Se lo conté a Perico y planeamos darnos un atracón de moscatel cuando coincidiéramos los dos de sacristanes. Necesitaríamos un cómplice para alejar de la sacristía al hermano lego mientras nosotros perpetrábamos el latrocinio. Perico me contó que Manolo, que era de su mismo pueblo, necesitaba urgentemente que le echaran del internado porque tenía una medio novia cuyo recuerdo le hacía muy duro su ausencia del pueblo y estaba dispuesto a hacer una trastada lo suficientemente grande como para que le echaran. No le importaba pasarse el resto de su vida trabajando en la mina como su padre y sus hermanos. Era el tercer hombre que necesitábamos y los tres nos pusimos a maquinar un plan conjunto.

Ya había terminado el curso y nos habían entregado los libros de escolaridad con las notas y los diplomas a aquellos que el próximo curso entraríamos en el noviciado. Había que actuar de inmediato. La ceremonia de entrega había sido en el salón de actos con la solemnidad de todos los años, seguida de una merendola con patatas fritas, sándwiches y naranjada. Cuando terminó la ceremonia y simulando ayudar a retirarlo todo, me guardé debajo del jersey dos bandejas de cartón blanco que habían contenido los sándwiches y Perico dos botellas de Fanta. Guardé las bandejas debajo del colchón hasta que fueran necesarias.

Empezaba un período un poco tonto antes de las vacaciones de verano con más tiempo libre y alguna excursión, pero básicamente nos dedicábamos a jugar al fútbol y leer aunque no faltaban las charlas edificantes y preparatorias de la etapa del noviciado.

La semana antes de las vacaciones coincidimos Perico y yo de monaguillos y avisamos a Manolo para que estuviera preparado, pues no podíamos retrasarlo más. Después de la siesta nos ordenó el hermano lego que le acompañáramos a la sacristía para preparar las cosas de la misa del día siguiente. Estábamos recortando las obleas, preparando las vinajeras, repasando las velas y ordenando todo un poco, cuando por la ventana de la capilla oímos que empezaba el partido de fútbol de cada tarde y al exaltado Manolo dando voces, pidiendo que le pasaran el balón. Todo parecía estar en orden.

Perico y yo actuábamos con parsimonia esperando que Manolo hiciera lo convenido, cuando oímos un estrépito de cristales rotos porque un punterazo de Manolo había estrellado el balón contra la vidriera de colores que representaba a María Auxiliadora y cuyos trocitos regaron el suelo de la capilla, al lado del altar. El hermano lego salió como un tiro a la puerta de la sacristía y al ver el estropicio exclamó asustado

–       ¡ La Virgen ! – y salió despavorido hacía el campo de deportes como si se hubiera venido el mundo abajo. En el campo de deportes se había hecho un silencio total.

Con la misma rapidez que el hermano lego había abandonado la sacristía nos pusimos manos a la obra. Cogimos la llave de detrás del cuadro, abrimos el armario y llenamos las dos botellas de Fanta con el moscatel destinado a convertirse en sangre de Cristo. Habíamos planeado juntarnos los tres y pegarnos una fiesta pagana en algún sitio recogido. Cerramos el armario y pusimos la llave en su sitio. Mientras salía con su botella envuelta en papel de periódico, Perico me dijo que me diera prisa. Contesté que enseguida, que iba a terminar de recogerlo todo. Pero mis planes eran otros.

Manolo ya había hecho méritos suficientes para irse a casa y faltaba que yo hiciera lo propio. Me eché al morro la botella y el moscatel fresco y dulce me supo a gloría. Yo estaba acostumbrado a pequeños sorbos de las escurriduras de las vinajeras y no era muy consciente de que aquello era vino y que me la cogería si seguía con aquellos lingotazos. Mi plan era que cuando los frailes entraran a ver el destrozo de la vidriera me encontraran con las manos en la masa, bebiendo el vino robado. Salí de la sacristía para oír mejor lo que pasaba en el exterior y me acerqué al altar mientras empinaba la botella. Qué bueno estaba el vino y qué bien me sentaba, tan fresquito con el calor que hacía.

Al otro lado del hueco donde había estado la vidriera se oía una algarabía enorme. Los futbolistas explicaban vehementemente a los que llegaban cómo Manolo había metido un gol a la Virgen. Como el hermano lego había ido a buscar al jefe de estudios para que se hiciera cargo de la investigación y aplicara justicia, pensé que aquello podía ir para largo así que me senté en el altar y seguí refrescándome el gaznate. Balanceaba las piernas en el aire y me encontraba cada vez más alegre pensando en lo poco que me quedaba por estar allí. Ya me había bebido la mitad de la botella y temí que se me acabara el vino antes de que entraran los de la sotana. Ahora, además de las piernas, balanceaba los hombros y la cabeza y canturreaba la canción que los días de excursión cantábamos en el autobús

Para ser conductor de primera, de segunda, de terceeeeeera….
Para ser conductor de primera, acelera, aceleeeera…. (trago)
Hace falta ser buen bebedor
Con el vino se engrasan las bielas, acelera, aceleeeera…. (trago)
Y se toman las curvas mejor (trago, trago, trago)

Ya balanceaba todo el cuerpo basculando sobre el culo y me acercaba con los hombros peligrosamente al altar, mientras oía al otro lado de la no-vidriera cómo el jefe de estudios afeaba a Manolo lo torpe que era y le amenazaba que se fuera preparando. Y cómo Manolo le contestaba con sorna berciana, aprovechando el ambiente milagrero imperante,

–       Es que oí como la Virgen me pedía que le pasase el balón, pero no calculé la fuerza y ya ve…… – fingiendo estar compungido por lo sucedido

–       ¡Qué grande eres, Manolo! – decía yo con risa floja de beodo (trago)

Sujetando la botella con una mano, empecé otra vez con los cánticos mientras me recostaba dulcemente en el altar, que estaba blando y fresquito, usando el brazo libre como almohada

Fara ser fonductor de frimera, (trago) de fefunda, de ferfeeeeera…. (trago)
Fara fer fonfuctor fe frimera,….

Ya casi no percibía el follón de afuera y me sentía tan a gusto…., tan fresquito……..

Como en sueños, oí un frufrú de sotanas que pasaban a mi lado y que un fraile que se parecía al jefe de estudios subía al púlpito para mejor observar el destrozo de la vidriera y desde allí gritaba señalándome con un dedo acusador

–       ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! ¡Usted es un sacrílego! ¡Sacrílego! ¡Borracho!

El hermano lego olió la botella y se dirigió derecho al armario-bodega. Al ver el garrafón medio vacío se asomó a la puerta de la sacristía y terció en la filípica

–       ¡Y ladrón! ¡Y ladrón! ¡Un ladrón y un borracho! – mientras levantaba el garrafón medio vacío para que lo viera el del púlpito

Medio dormido, al sentir que me sacudían por el hombro reacomodé la cabeza sobre el brazo que hacía de almohada. Insistieron en las sacudidas y las piernas se me cayeron del altar con lo que me incorporé asustado con la sensación de perder el equilibrio y empujé sin darme cuenta la botella que rodó por el altar y cayó rompiéndose en añicos con gran estrépito. El ruido de cristales rotos y las voces del jefe de estudios, cuya cara estaba a pocos centímetros de la mía, hicieron que empezara a tomar conciencia de dónde y por qué estaba allí. El jefe de estudios me gritaba

–       ¡Usted se la ha cargado, por borracho! ¡Le voy a llevar ante el claustro! ¡De esta no se libra, sinvergüenza, malnacido! – mientras agitaba su dedazo delante de mis narices

–       ¡Sinvergüenza y ladrón! ¡Ladrón y borracho! – animaba el hermano lego cuya cabeza asomaba por detrás del jefe de estudios

Aún algo adormilado, me sentí tan acosado por aquella gente encima de mí que hice un gesto defensivo con los brazos y los dos ensotanados dieron un respingo hacía atrás cayéndose de culo al pie del altar en un revoltijo de brazos, sotanas y pantalones. Me hizo tanta gracia verles en postura tan poco digna, que me eché a reír con voz de borracho mientras les señalaba en claro gesto de burla.

Se levantaron como pudieron y un poco amedrentados por mi impulsiva reacción, se fueron retirando mientras el jefe de estudios me gritaba

–       ¡Prepárese, indigno! Le vamos a expulsar. No podrá ir al noviciado. Ha arruinado su vida – seguía agitando su dedo acusador mientras retrocedía hacía la puerta de la capilla.

Yo había recuperado algo el control y quise rematar la faena para que no hubiera duda. Me llevé una mano a la boca haciendo bocina y les dediqué una sonora pedorreta que reverberó en toda la capilla. Los de negro debieron creer que me había vuelto loco o que estaba poseído, porque salieron de la capilla atropelladamente cual alma que lleva el diablo.

Seguí durante un buen rato sentado en el altar, disfrutando de la sensación de bienestar que me embargaba por el moscatel trasegado y la satisfacción del deber cumplido. Me bajé del altar con movimientos cautelosos y salí con paso vacilante, pero erguido, camino del dormitorio para preparar la maleta pues aquello ya no tenía vuelta de hoja.

Estaba haciendo la maleta cuando me avisaron para que me presentara de inmediato en el despacho del rector. Terminé sin prisa la maleta, me refresqué la cara con agua y me fui calmosamente hacía el despacho del rector sabiendo lo que me esperaba. Allí estaban el rector y el jefe de estudios que cuando me paré de pie delante de la mesa del rector se puso a una prudente distancia de mí. El rector fue muy breve,

–       Por la gravedad del asunto, hemos considerado que no eres digno de ordenarte como sacerdote. Mañana a primera hora, informaré al claustro y serás expulsado de los salesianos. Mañana mismo te iras a tu casa con vacaciones indefinidas.

–       Tiene usted razón, padre rector. ¿Manda algo más? – Extrañado porque no me hubiera desecho en disculpas, por el nulo arrepentimiento que mostraba y por lo poco contrariado que parecía, el rector me miraba incrédulo y como diciendo que no con la cabeza lentamente. Di media vuelta y me fui por donde había venido.

Aproveché lo que quedaba de día para despedirme de los amigos que se mostraban preocupados por el fin de mi carrera y yo les consolé como pude. Solo Perico y Manolo que estaban al tanto del asunto me felicitaron por el desenlace. Decliné su invitación para participar en la libación nocturna que tenían planeada y quedé con Manolo, al que también habían aplicado el mismo artículo reglamentario que a mí por haberle hecho un pase a la Virgen, en vernos por la mañana en la portería del colegio para coger el autobús que nos llevaría hasta el tren.

A la mañana siguiente bajé a la portería donde ya teníamos preparados los billetes y una bolsa con algo de comida para el viaje. Manolo me esperaba sentado encima de su maleta con cara de sueño, señal de que la despedida con Perico y otros secuaces se había prolongado hasta altas horas, pero con aspecto satisfecho. Le pedí que guardara mi maleta unos minutos mientras iba al baño. El colegio parecía desierto pues los chavales estaban en la biblioteca y los profesores en el salón de actos donde el rector les informaba de la doble expulsión.

En el retrete saqué las bandejas de cartón de debajo del jersey y puse una de ellas encima de la taza del váter; me bajé los pantalones y elaboré una ensaimada de proporciones regulares lista para ser entregada. Tapé el regalito con la otra bandeja y salí llevándolo todo con el brazo extendido como si fuera un camarero consumado en dirección al despacho del jefe de estudios que estaba en el salón de actos adornando la exposición del rector con sus comentarios de testigo directo. Entré sin llamar y deposité aquello encima de su mesa. Cogí un bolígrafo de oro que había sobre la escribanía, lo unté en la ensaimada y escribí en la bandeja de arriba “¡SOBÓN!”. Cerré la puerta del despacho y me fui para la portería.

Diez minutos más tarde sonó la bocina del autobús, justo cuando ya se oía el rumor de pasos de los profesores que abandonaban el salón de actos. Cuando el autobús arrancaba Manolo se volvió hacia el colegio y le dedicó un corte de manga con toda su alma de minero. Yo no quise mirar pues hacía un instante que había rubricado de forma contundente mi salida del internado. Aquello no merecía ni una palabra ni un gesto más. Solo lamentaba no haber podido dejarle otro regalito al hermano lego por chivato y chupa filetes.

Viajamos juntos hasta Ponferrada y Manolo me enseñó la foto de su novia que había conseguido mantener a salvo de registros durante aquellos años. Nos despedimos con un abrazo y nos deseamos suerte. Yo seguí solo hasta Villablino temeroso de cómo se tomaría mi padre la noticia. Primero le enseñaría el libro escolar con unas notas tirando a buenas y luego le contaría lo que no me atreví a decirle los años anteriores: que quería ser ingeniero y que no volvería con los frailes. Si las cosas se ponían feas, no tendría más remedio que recordarle que también él se había salido de los curas y que ni había sido un desgraciado ni le había pasado nada.

Mayor problema sería explicárselo a la abuela y a las tías en Vegarienza, que hacía años soñaban con tener dos curas en la familia que paliaran la añoranza del tío Federico, el último fraile familiar. Les consolaría diciendo que ya estaba mi hermano mayor ocupándose de eso y remacharía, mintiendo como un bellaco, que yo no podía ser fraile pues en el internado habían descubierto que me sentaba tan mal el vino de consagrar que podría darme un ataque en mitad de la misa. Si llegaba algún informe del colegio contando lo realmente sucedido, ya encontraría a quien echar la culpa. Me estaba convirtiendo en un truhan con cara de ángel. De momento aquel verano intentaría sacar provecho con las chavalas a mi cara de no haber roto un plato. Y que ¡no me hablasen de ayudar a misa en Vegarienza!.

Con todo el plan bien pergeñado, me quedé dormido en los duros asientos de madera y, como casi siempre, mis vivencias y obsesiones se incrustaron en mi sueño. Soñé que el jefe de estudios, todo engreimiento, llevó a los profesores a su despacho para enseñarles las estadísticas de las notas del curso. Extrañado, se quedó parado un momento ante su escritorio y apartando un par de moscas que sobrevolaban el regalito, levantó la tapa y todos pudieron ver el graffiti (más bien mierdditi) ¡SOBÓN!. Cuarenta pares de ojos interrogadores se dirigieron al jefe de estudios que frenéticamente aplastaba la bandeja de arriba sobre la ensaimada para borrar el graffiti acusador. Los subproductos de mi metabolismo, tan dúctiles y maleables como yo mismo, obedecieron dócilmente a la presión y se extendieron sobre las estadísticas tan laboriosamente preparadas. Transfigurado por la ira, cogió la bandeja con rabia y la lanzó contra sus colegas, mudos aún por la sorpresa. Los de la primera fila pudieron agacharse a tiempo y la bandeja encontró en su trayectoria la cara del hermano lego que aún seguía con la boca abierta, intentando explicarse si las desgracias de los últimos días se debían a sus muchos pecados o a un momento de distracción de Don Bosco. Profundamente dormido, me removí satisfecho en el asiento como si lo que acababa de soñar hubiera sucedido de verdad. Magnífico desenlace.

Al llegar a Villablino me desperté reconfortado por la larga siesta y el regustillo de haber tenido, por fin, una ensoñación agradable sin lucha a brazo partido con hortalizas o monaguillos insolentes. Bajé del tren eufórico, me eché la maleta al hombro y comencé a subir la empinada cuesta con una ligereza inusitada, felicitándome por la forma tan cutre, pero eficaz, de acabar con mi contribución a la diáspora familiar. Era un completo truhan, pero bendita imaginación que me había librado de las faldas y la tonsura. Allí mismo empezaba una nueva vida.

Nota del autor: Todos mis relatos se refieren a historias personales excepto este. Esta historia que no he vivido yo pero si alguien de mi familia, me ha atraído intensamente desde siempre por iconoclasta y golfa. Salvo el episodio de las vinajeras, que conozco por referencias y lo cuento no como fue sino como lo he imaginado, el resto es ficción y así hay que leerlo. Escribo en primera persona para que no quede la mínima duda que lo que cuento es consecuencia de mi invención y del esfuerzo por meterme en la situación del personaje y en el escenario, aunque en el desarrollo también he incorporado vivencias personales.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: elpais.com, matermundi.tv, blogs.hoy.es.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los negocios del alma (la obsesión de Lucas de la Calzada)

El juicio de un alma. Óleo de Mateo Cerezo. Museo del Prado (1).

Mi abuelo Emilio de la Calzada murió como vivió. Murió en 1964 en la iglesia de Vegarienza al poco de comulgar. Era de convicciones religiosas muy profundas que probablemente influyeron en su mujer, Honorina, y que ambos transmitieron a sus hijos. Mi abuela Honorina concebía la vida como el valle de lágrimas que a fuerza de sacrificio y oraciones la conducirían un día a un Juicio Final exitoso. Con una apariencia física endeble, trabajaba sin descanso de sol a sol tanto en casa como en el campo y aceptaba las dificultades y desgracias con frases tajantes como “Todo sea por Dios y nada más” o avisaba de su aceptación de la dureza del tránsito terrenal suplicando “Que Dios nos mande lo que podamos soportar“. No creo que se pueda sintetizar más acertadamente su concepto vital de que el trabajo y sacrificio, junto con la oración, eran el camino que la conducirían a la salvación eterna (ver Mi abuela Honorina).

Yo conviví mucho con mi abuelo Emilio hasta el punto que fui su acompañante como lazarillo que iba delante de las vacas cuando araba las tierras o ayudante-aprendiz en todo tipo de tareas en el campo. Él me enseñó a ayudar a misa y me introdujo como monaguillo de don Abundio y yo sabía que la oración jugaba un papel importante en su vida pues el tiempo que viví con los abuelos en Vegarienza, tendría siete u ocho años, dormía en su habitación en la misma cama que mi abuelo y no había día que al primer rayo de luz que entraba por el balcón no dedicáramos un rato a la oración (ver Mi vida con los abuelos) y el día nunca terminaba sin el correspondiente Rosario. Si el mediodía nos cogía arando, el abuelo detenía las vacas y, despojándose respetuosamente de la boina, rezaba el Ángelus. El resto del día lo dedicaba a trabajar y a preparar los aperos necesarios para el trabajo del día siguiente. Un hombre recto y muy trabajador que hacía tres breves paréntesis cada día para atender a sus convicciones religiosas.

Yo había vivido este ambiente desde siempre y me parecía todo tan normal que me causó gran desazón oír un día a mis espaldas, creo recordar que fue en el coro de la iglesia de Vegarienza, que alguien del pueblo decía con tono que me pareció despectivo que mi abuelo era un meapilas. Me trastocó el comentario porque yo entendía que mi abuelo empleara algo de su tiempo, que otros gastaban en la cantina, acorde a sus creencias.

No obstante, el comentario hizo que me preguntara algunas veces si era mucha o poca la preocupación de mi abuelo por lo que pasaría a su muerte. Yo sabía que en su familia hubo quien se dedicó profesionalmente a los negocios del alma pues conocí a su hermano Federico, fraile digamos que normal y poco dado a perseguir a los espíritus tibios (ver El tío fraile), y un tío suyo fue cura en Sosas del Cumbral. Nada extraordinario que me justificara su religiosidad, por lo que persistía la duda de si mi abuelo exageraba con sus rezos.

Recientemente ha caído en mis manos un documento que puede consultarse en el Archivo Diocesano de León (2). Trata de la fundación por un antepasado de mi abuelo de la Capellanía de San Pedro Apóstol del pueblo de Bercianos del Real Camino, en pleno Páramo leonés, con la finalidad de que “cada año, perpetuamente, para siempre jamás” hubiera alguien que rezara por la salvación de su alma. Que en su familia hubiera hacía más de 200 años alguien con esta obsesión por la salvación eterna, quizá diera alguna pista del por qué del acendrado espíritu religioso de mi abuelo.

Está documentado (3) que su antepasado Lucas de la Calzada, era allá por 1735 cura del pueblo de Bercianos del Real Camino, fecha en la que

El escultor Pedro de Valladolid firma con el cura de la Iglesia De San Pedro de Bercianos del Páramo, don Lucas de la Calzada, y con Bernabé García, mayordomo, escritura para realizar el retablo, por 7.000 rs. Consta de: banco, cuerpo único, ático semicircular y tres calles, predominando el relieve escultórico. Por falta de medios económicos, nunca llegó a dorarse”.

Preocupado por la salvación de su alma, en 1748 fundó una capellanía con la advocación de San Pedro Apóstol y la finalidad de que “cada año, perpetuamente, para siempre jamás”, en las fechas señaladas de San Pedro Apóstol, Jueves Santo y Navidad se dijeran misas cantadas en el altar de San Pedro Apóstol, determinando que

por la limosna de estas, señalo cinco reales cada una … con obligación de cantar un responso sobre la sepultura presbiteral acabada cada una de las misas por su alma, la de sus padres, obligaciones y las del purgatorio“.

Seguramente el cura Lucas, conocedor de los intríngulis de la Eternidad, pensaba a menudo estar en el mismo trance que la criatura que pintó Mateo Cerezo, ser juzgado por el Sumo Hacedor y en ese momento quería estar respaldado por una eternidad de rezos que permitieran la intercesión de la Virgen y otros santos mediadores.

Para asegurarse de que su voluntad se cumplía, dota a la fundación con 16.870 reales en

viñas, suertes, tierras, trigales, centenales, ferreñales y vasijas”.

No solo se preocupa de la viabilidad económica del encargo sino de que el asunto quede en buenas manos, para lo que nombra como primer capellán que le rezara a gente de su confianza:

el Lzdo. Dn. Lucas de la Calzada mi sobrino carnal

y para asegurarse que siempre haya un capellán que diga la misa y los responsos, nombra y da autoridad sobre todo el proceso también a personas de su confianza:

como patrono único y presentero ….. a mi hermano Manuel de la Calzada quien es al presente vecino del lugar de Posada…… y por muerte de mí dicho hermano es mi voluntad suceda su hijo Felipe de la Calzada y después su hijo mayor, prefiriendo al varón a la hembra en dicha presentación y así los demás sucesores por la línea de los Calzadas y extinguida esta línea suceda por la línea de los Garcías descendientes de Santos García y Maria Rubio mis abuelos vecinos del lugar de Fasgar, y extinguida esta suceda ……”.

Tan exhaustiva es la descripción de quien será el presentero (4) que debe nombrar capellán cuando la sede quede vacante, que creo refleja la extrema preocupación por su salvación. No vaya a ser que el cura Lucas de la Calzada, por algún que otro pecadillo, esté confinado en el Purgatorio y por falta de misas y responsos se quede allí por los siglos de los siglos.

Tal era su preocupación, que no se fía de que las extirpes de la Calzada y García duren por siempre jamás y extiende la capacidad de ser presentero a todos los curas de Posada:

y extinguida esta suceda dicha presentación única en el cura o Vicario interino que fuere de la parroquia de San Pedro, de dicho lugar de Posada

Y para más asegurarse los rezos por su alma, afloja la exigencia de que los capellanes sean de la familia de la Calzada hasta el cuarto grado y le vale cualquier propincuo (5) e incluso podrá serlo el estudiante más pobre de todos los pueblos del Valle Gordo,

y que dicho patrono, o sus sucesores tengan obligación de apresentar en el pariente mas propincuo, dentro del cuarto grado y este pasado, de las dichas líneas, el patrono, pueda apresentar al pariente que le pareciere, sin excepción alguna y sino hubiera pariente, dicho patrono y sucesores puedan presentar, en quien quisieren y que dicho cura o Vicario deban de apresentar en el estudiante mas pobre de los lugares que hay de Barrio a Fasgar, siendo hijo de vecino de dicho lugar.

El cura Lucas no daba puntada sin hilo y para que la economía de la capellanía, de la que es responsable cada capellán nombrado, fuera sólida y alcanzara el “por siempre jamás”, establece que

dicho Capellán nombrado como los que le sucedieren tengan obligación siempre y todos los años a tener la hacienda bien labrada, de las labores necesarias y cercas de huertas, de manera que vaya en aumento y no venga en disminución y si el Capellán no lo hiciere el Patrono ….

Como se refleja en el documento del Archivo Diocesano, fueron patronos presenteros desde su hermano Manuel de la Calzada y sus descendientes hasta, al menos, Julián de la Calzada. Es decir, durante no menos de cinco generaciones en la familia de la Calzada siempre hubo alguien obligado a estar pendiente de la salvación del alma del cura Lucas de la Calzada. De que siempre hubiera un capellán que en los días señalados le cantara misa y rezara el correspondiente responso.

Qué enorme responsabilidad la de los sucesivos patronos-presenteros al sentirse imprescindibles en el devenir del alma de su pariente muerto. Me imagino la angustia de aquel presentero que dudara de si habría nombrado un capellán descreído o poco cumplidor de sus obligaciones para con el alma del cura Lucas de la Calzada y, por tanto, sentirse culpable de que no llegara suficientemente rezado al día del Juicio Final. O que pensara que estaba más pendiente de sus propios asuntos en Posada y no haber sido suficientemente diligente en vigilar que los capellanes nombrados mantuvieran y acrecentaran las posesiones de la capellanía, de cuyas rentas salían los dineros para el pago de tanto rezo. Pues ya se sabe que sin reales no hay responso.

Muchos años con la obligación de ser responsables de la salvación de alma ajena. Demasiado tiempo pensando en lo importante que era el rezo para que Lucas de la Calzada se asegurase la otra vida, que era imposible permanecer impertérrito y no aplicarse el cuento al alma propia. Más aun estando, como era el caso, inmersos durante siglos en una cultura religiosa que promovía el sacrificio y la oración como vía para salvar la propia alma. Seguramente mi abuelo vivió esta preocupación familiar por la salvación de los muertos y quizá contribuyó a forjar su sentido religioso de la vida.

Meapilas: “persona que muestra una devoción religiosa exagerada o hipócrita, santurrón”. Pues no, ni hablar. Creo que es un término mal aplicado a mi abuelo que era un hombre de convicciones. Se podrá discutir si hay un Más Allá o no, si sirve de algo rezar. Pero al que lo hace por convicción y no emplea medio segundo en imponer sus ideas y hábitos religiosos a los demás, respeto. Mi abuelo segaba con guadaño y preparaba las tierras con arado romano, como lo habían hecho sus antepasados desde siglos. También rezaba y creía en lo mismo que ellos, sin alardear y convencido que eso era obrar con rectitud, porque él era un hombre recto, un hombre bueno y honesto. Dejemos rezar a quien lo necesita para dar sentido a su vida.

Y volviendo a Lucas de la Calzada, no sé quién le habrá rezado estos últimos años, porque nunca oí en casa de mis abuelos que su primogénito, el tío Aecio, fuera el presentero con mando en la capellanía de San Pedro Apóstol. No sé si la estrategia de salvación del cura Lucas, que tanto se esforzó en dejar tan bien atada, habrá superado las vicisitudes de la historia. A mí, que soy el nieto mayor pero ya un de la Calzada de segundo apellido, nadie me planteó ser presentero. Si fuiste un gran pecador, Lucas de la Calzada, me temo lo peor. Salvo que ya estés en el Cielo, a cubierto de misas no cantadas y responsos no rezados. Amén.

El documento fundacional se puede ver en Capellanía de Bercianos del Real Camino.

Fuentes consultadas
(1) “..el Salvador como Juez, en el momento de tomar una decisión, y la Virgen, que ha intercedido ante su Hijo por el mortal…el alma juzgada, encarnada por un joven semidesnudo arrodillado que mira hacia arriba de forma suplicante…”, (MUSEO DEL PRADO 200 AÑOS).
(2) EL PÁRAMO LEONÉS. Síntesis geográfico-histórico-costumbrista de sus pueblos, de Francisco Rodríguez Juan. Página 206.
(3) El documento fundacional de la capellanía se halla en el Archivo Diocesano Leonés en la sección Fondo Beneficial, pueblo Bercianos del Real Camino, Capellanía de San Pedro.
(4) Presentero: presentador para prebenda de los privilegios, beneficios o derechos eclesiásticos, muy común en el sentido religioso más en todo para las dignidades como el obispo o presbítero (definiciona.com).
(5) Propincuo: allegado, cercano, próximo (RAE)

Agradecimientos: A María Inés López de la Calzada que puso al autor sobre la pista de la capellanía y le facilitó la transcripción del documento fundacional.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de 4.bp.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Capellanía de Bercianos del Real Camino (un cura temeroso de Dios)

Iglesia de Bercianos del Real Camino.

El Barroco llega hasta finales del siglo XVIII y además de sus singularidades artísticas se caracterizó por ser una época de una religiosidad extrema, seguramente por contraposición a la reforma luterana. Hasta guerras de religión hubo.

Sin duda Lucas de la Calzada, oriundo de Posada de Omaña y cura en Bercianos del Real Camino en pleno Páramo leonés, era un hombre del Barroco. Atenazado por la angustia de la salvación de su alma, funda la Capellanía (1) de San Pedro Apóstol con el único propósito de que “por siempre jamás”, es decir hasta el mismo día del Juicio Final, hubiera un capellán cantando misas y rezando responsos por su alma. O había sido un gran pecador o pensaba que no había sido suficientemente piadoso y rezador.

El documento fundacional se puede consultar en el Archivo Diocesano Leonés en la sección Fondo Beneficial, pueblo Bercianos del Real Camino, Capellanía de San Pedro. Es probablemente el documento más antiguo que hace referencia a la familia de la Calzada.

Lo que sigue es una transcripción del documento fundacional:

CAPELLANIA BERCIANOS DEL REAL CAMINO

In Dei nomine Amen. Notorio y manifiesto sea a los que el presente vieren, el publico instrumento de fundación de Capellania eclesiástica colativa como en el lugar de San Pedro de Bercianos a siete días del mes de junio de mil setecientos y cuarenta y ocho pareció presente Dn. Lucas de la Calzada, cura propio de la parroquia de dicho lugar, ante mi el presente notario apostólico y testigos y dijo que a honra y gloria de Dios Ntro. Señor y de su bendita Madre Maria santísima y para sufragio de las benditas animas del purgatorio y aumento del Divino culto ha intentado fundar como de hecho (con el beneplácito del Ilmo. Sr. Obispo de este Obispado de León y de su discreto Provisor) funda una Capellania colativa con la advocación de Ntro. Padre San Pedro Apóstol que se sirva en la Iglesia parroquial de este dicho lugar de San pedro de Bercianos por el capellán que lo fuere y en defecto, que el capellán no pueda cumplir por si, por cualquier ausencia o impedimento que tenga, se cumpla por el cura o Vicario de dicha parroquia, que serán tres misas cantadas y una rezada, la primera de las cantadas el día de San Pedro Apóstol, o en su infla octana, la segunda el Jueves Santo, y la tercera el día de la Navidad del Sr. y por la limosna de estas, señalo cinco reales cada una, con obligación de cantar un responso sobre la sepultura presbiteral acabada cada una de dichas misas por su alma, la de sus padres, obligaciones y las del purgatorio, la cuarta que ha de ser rezada con su responso cantado y aplicada en la forma arriba dicha y se haya de dar por su limosna tres reales, sin que en tiempo alguno, se pueda obligar al capellán que fuere a residir, ni a cumplir dichas misas sino quisiere, sino que se cumplan por dicho cura o Vicario que fueren, en el altar de San Pedro apóstol en cada un año, perpetuamente, para siempre jamás, y para dicha fundación agrega y subroga los bienes de viñas y tierras siguientes:

–          Sigue la relación de ‘fincas. Valor 16.870 reales.

Las cuales dichas heredades de viñas, suertes, tierras, trigales, centenales, ferreñales y vasijas, como van especificadas y declaradas agrego y hago donación a la capellanía desde ahora y para siempre jamás y cuando sea el beneplácito del Ilmo. Sr. Obispo de la Ciudad de León y su obispado y de su decreto Provisor a quines encarecidamente suplico por la honra y gloria de Dios y a bien de las benditas animas se sirva mandar erigir dicha Capellada , colativa, haciendo sus bienes espirituales pues me aparto de la propiedad, uso y dominio que a ellos he tenido y tengo y juro ( si es necesario) in verbo sacerdotis todos los bienes expresados están libres de todo fuero, censo, tributo, aniversario y de otra carga espiritual que no la

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tienen y me desisto y aparto de la propiedad, señorío y de otras acciones reales y personales y titulo, voz y recurso que me pertenezcan y puedan pertenecer, pues todo ello lo cedo, renuncio, traspaso a la dicha Capellania y en el Lzdº. Dn. Lucas de la Calzada mi sobrino carnal a quien nombro por mi primero Capellán para que a titulo de dicha Capellania ascendiendo desde la primera tonsura, ordenes menores y mayores, reservando el derecho de la obtención a mi persona si por cualquier accidente o fracaso se diese vacante, viviendo yo, y asimismo nombro por patrono y único presentero (2), y que es mi voluntad que dicha capellania no tenga mas voz y apresentacion que una en tiempo alguno y después de mi vida dejo y nombro por único presentero solus et insolidum a mi hermano Manuel de la Calzada quien es al presente vecino del lugar de Posada, concejo de los Cilleros, y por muerte de dicho mi hermano es mi voluntad suceda su hijo Felipe de la Calzada y después su hijo mayor, prefiriendo el varón a la hembra en dicha presentación y así los demás sucesores por la línea de los Calzadas y extinguida esta línea suceda por la línea de los Garcías descendientes de Santos García y Maria Rubio mis abuelos vecinos del lugar de Fasgar, y extinguida esta suceda dicha presentación única en el cura o Vicario interino que fuere de la parroquia de San Pedro, de dicho lugar de Posada y que dicho patrono, o sus sucesores tengan obligación de apresentar en el pariente mas propincuo (3), dentro del cuarto grado y este pasado, de las dichas líneas, el patrono, pueda apresentar al pariente que le pareciere, sin excepción alguna y sino hubiera pariente, dicho patrono y sucesores puedan presentar, en quien quisieren y que dicho cura o Vicario deban de apresentar en el estudiante mas pobre de los lugares que hay de Barrio a Fasgar, siendo hijo de vecino de dicho lugar. Item es condición que cualquier capellán que fuese pariente del presentero por las dichas líneas hasta el referido cuarto grado pueda por una vez hasta el referido cuarto grado permutar por algún beneficio u otra cualquiera renta que le tenga conveniencia y dicho patrono este obligado a darle su asenso a dicho Capellán pariente suyo por la dicha sola vez. ltem que el Capellán que fuese teniendo renta de cien ducados y habiendo estudiante pariente en la forma arriba dicha tenga obligación a cederla y dicha Capellania se entienda vacante y el Patrono que fuese use de su derecho. ltem que aso dicho Capellán nombrado como los que le sucedieren tengan obligación siempre y todos los años a tener la hacienda bien labrada, de las labores necesarias y cercas de huertas, de manera que vaya en aumento y no venga en disminución y si el Capellán no lo hiciere el Patrono lo puede mandar hacer a cuenta de las rentas y frutos depositándolos por embargo, precediendo requerimiento por ante escribano a dicho Capellán gastando de la renta hasta hacer sus reparos.

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Item que por razón de peso, yo Dn. Lucas e la Calzada cura de esta parroquia como fundador de esta Capellania me obligo a dar y hacer buenos a la Iglesia de este lugar, a sus mayordomos en su nombre doce reales de vellón de réditos en cada un año, luego que esta Capellania sea erigida, réditos de cuatrocientos reales de vellón, los que prometo entregar y en mi defecto quiero sean a ello obligados mis herederos. Item es condición que dicho capellán y sucesores tengan obligación de apear y deslindar dichas heredades de viñas, huertas y tierras, de diez en diez años, según el sínodo de este Obispado de León. Item suplico a su Ilma. a su discreto Provisor o provisores Generales, sede Vacantes, a quienes tocar hace la colación de dicha Capellanía que hayan por admitido y nombrado por tal capellán de ella a dicho mi sobrino Dn. Lucas de la Calzada, natural del dicho lugar de Posada y los demás que le sucedieren mandando hacer titulo y colación canónica in titulacion, con rendimiento de frutos, en forma, e .. , erija por bienes espirituales la hacienda expresada en dicha capellania interponiendo su autoridad para hacerla colativa. Otro si juro a Dios Ntro. Señor y a una señal de la Cruz en forma y como en mi estado y persona se requiere que para hacer esta Capellania de los bienes expresados, los que declaro por míos propios, sin perjudicar en ello a persona alguna, no ha intervenido interviene ni espera intervenir simonía, …. , ni otro ilícito pacto, en derecho reprobado y por cumplir todo lo que va dicho, sin falta alguna, aunque se alegue engaño por que yo enuncio obligo mi persona y bienes muebles y raíces habidos y por haber y doy poder cumplido a las Justicias y Jueces de su Santidad de mi fuero competentes par que me lo hagan cumplir, recibolo como dicho es por fuerza de Sentencia definitiva , de Juez competente, pasada en autoridad de cosa juzgada, renuncio todas las Leyes, Fueros y derechos que son y hablan en mi favor, con la General del derecho, en forma, y así lo otorgo ante el presente notario Apostólico y testigos que lo fueron, Domingo Francisco, Merino y Justicia Ordinaria del barrio de Cacabs., concejo de este lugar de San Pedro, Matías Francisco y Andrés Casado, regidor y Justicia ordinaria y vecinos de este dicho lugar de San Pedro a quiénes iba declarado el valor de la venta y renta de las expresadas posesiones según sus sitios y calidades reputando por un quinquenio para su renta, año estéril, con abundante, firmelo y de los testigo el que supo, en dicho lugar de San Pedro de Bercianos, a ocio días del mes de junio de mil setecientos y cuarenta y ocho, yo el notario en fe de ello. D. Lucas de la Calzada. Domingo Francisco. Matías Francisco. Ante mi. D. Francisco Martínez.

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Don Lucas de la Calzada (hijo de Manuel de la Calzada y de Maria Rubio), sobrino del fundador, bautizado en Posada el dia 13 de septiembre de 1719. Se casó Torrecillo con Catalina de la Peña. Quedó vacante la capellanía.

Pidió la capellania Antonio de la Calzada, hijo de Felipe de la Calzada, nacido en Posada el 11 de septiembre de 1745.

Felipe Santiago de la Calzada (hijo de Manuel de la Calzada y de Maria Rubio), bautizado en Posada el 8 de mayo de 1717 (Padrinos, Lucas dde la calzada, su abuelo, y Teresa de la Calzada). Casó con Maria Antonia Calzón (hija de Pedro Calzón y de Ana Melcón).

Luego se presenta a D. Gaspar Manuel de la Calzada, hijo de Felipe de la Calzada, nacido en Posada el 4 de enero de 1753.

Lucas Antonio de la Calzada, nació en Posada el 11 de septiembre de 1745 (Hijo de Felipe Santiago de la Calzada y de Maria Antonia Calzon. Caso en Marzan el dia 25 de junio de 1767 con Mariana Suárez (hija de Santos Suárez y de Maria Bardón, vecinos de Marzán ).

Valentín de la Calzada, nació en Posada el 14 de de febrero de 1769. Casó en Alcoba de la Ribera, el 27 de julio de 1794, con Teresa Rubio (hija de Francisco Rubio y Victoria Álvarez, vecinos de Marzan).

Julián de la Calzada, nació en Alcoba de la Ribera, el 14 de febrero de 1795 (hijo de Valentín de la Calzada y de Teresa Rubio). Casó en Vegapujin el 14 de julio de 1813 con Teresa Femández, natural de Vegapujin (hija de Manuel Femández, de Vegapujin y de Manuela Rubio, de Torrecillo).

Gaspar de la Calzada, nació en Posada, el 27 de octubre de 1814 (Hijo de Julián de la Calzada y de Teresa Femández). Su padre, como patrono, solicita para él la capellanía en 1831.

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Su obsesión por dejar el asunto de su salvación bien atado, encomendó a gente de su propia familia el control de la capellanía. Es por lo que el propio documento fundacional incluye el nombramiento de un sobrino carnal del fundador como primer capellán y de un hermano suyo como primer patrono de la capellanía. En la última página se relacionan otros nombres de capellanes y patronos, todos de la familia, lo que ha permitido conocer el nombre de varios antepasados de la Calzada.

Fuentes consultadas:
(1) Capellanía: Fundación en la que ciertos bienes quedan sujetos al cumplimiento de misas y otras cargas pías. (RAE)
(2) Presentero: presentador para prebenda de los privilegios, beneficios o derechos eclesiásticos, muy común en el sentido religioso más en todo para las dignidades como el obispo o presbítero (definiciona.com).
(3) Propincuo: allegado, cercano, próximo (RAE)

Agradecimientos: A María Inés López de la Calzada que puso al autor sobre la pista de la capellanía y le facilitó la transcripción del documento fundacional.

Imagen tomada de bercianosrc.es

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La cocina de tía Blanca (¿tíos o primos?)

El Cielo siempre presente. Sacrificio, oración y la bula protectora.

Cuando murió la bisabuela Ana, los hijos se plantearon vender la casa de Vegarienza. Entonces mis abuelos Emilio y Honorina vivían en Sosas del Cumbral y como él ya estaba jubilado, había sido maestro del pueblo durante toda su vida, creyeron que era la ocasión de acercarse a la carretera que era sinónimo de “acercarse a la civilización” y decidieron comprar la casa de Bernardino y Ana, padres de la abuela Honorina.

Es una casa de tres plantas al pie de la carretera con diez u once habitaciones, varias estancias de uso diverso, dos cocinas, amplias cuadras y pajar y lo que llamábamos “cocina vieja” o cocina tradicional en la que se hacía fuego en el suelo y los cacharros de los guisos se colocaban sobre trébedes o colgados en las pregancias, en una esquina había un horno de gran tamaño para cocer el pan, maseras donde se amasaba harina de centeno para hacer las hogazas y del techo colgaban los varales ennegrecidos donde se ponía la matanza a curar al humo y al frío.

En el momento de la venta de la casa vivía en ella la familia de tío Baldomino y tía Blanca, que estaban pendientes de edificar su casa al lado de la de Ulpiano a escasos metros del cauce del río Baltaín. Se acordó que seguirían viviendo en la casa familiar hasta que la suya estuviera construida.

En esa época estoy seguro que era la casa más bulliciosa de toda Omaña. Donde tía Blanca eran doce o trece personas, tres donde mis abuelos y en verano nos incorporábamos siete u ocho de mi familia y cinco o seis de la tía Honorina a los que se añadía alguna persona más de las familias de mis otros tíos. La casa era grande, pero era inevitable que el follón discurriera de forma habitual por pasillos y estancias, el amplio corral y la huerta aledaña a los ríos Baltaín y Omaña.

Las vacas de mis abuelos y las de tío Baldomino convivían en la misma cuadra, las gallinas de ambas familias escarbaban juntas en el corral, ponían huevos por doquier y probablemente compartían nidos, cuestión no menor y fuente de algún conflicto. Las personas nos entrecruzábamos durante todo el día por todas partes, pero cada uno sabíamos a qué cocina acudir a la hora de comer. En la planta baja los de tía Blanca y en la de en medio toda la patulea que descendía de mis abuelos.

La gente menuda jugábamos en lo que había sido la tienda, que ocupaba media planta baja y que conocíamos con el nombre de Despacho. Aún conservaba las estanterías donde se almacenaba la mercancía a la venta, una gran caja de caudales cuya combinación insistíamos en descubrir sin éxito, un molinillo de café y diversos achiperres habituales en todo comercio. Era tan espacioso que hasta andábamos en bicicleta por allí los días de lluvia. Además de jugar también discutíamos tonterías, una de las más notables era si los de tía Blanca eran tíos nuestros, lo que suponía un cierto grado de superioridad por su parte, o eran primos. En realidad eran primos de mi madre, pero la edad de los más pequeños era similar a la nuestra y de ahí surgía la camaradería y el trato de primos.

La otra mitad de la planta la ocupaba la cocina de tía Blanca. En la pared que daba al corral estaban la cocina de leña y el fregadero de piedra que desaguaba directamente a los rosales del corral y dos o tres alacenas que cubrían el resto del frente. A lo largo de la otra pared estaba el escaño y, en medio, la mesa cubierta con un hule a cuadros rodeada de más bancas y sillas.

Algunos días, no recuerdo si el motivo era que no estaba en el pueblo el cura don Abundio, a la caída de la noche cuando ya se había ordeñado las vacas y recogido las ovejas, en la cocina de tía Blanca rezábamos el Rosario todos los habitantes de la casa. Mis abuelos, la tía Blanca y tío Baldomino sentados en el escaño según correspondía a su dignidad, el resto de personas mayores ocupaban las sillas y las bancas con alguno de los más pequeños sentados en su regazo y los demás sentados dónde podíamos o simplemente recostados en la pared. La cocina era grande pero nosotros éramos demasiados y algunos seguían el rezo en el escalón que daba al Despacho o en la otra puerta de la cocina que daba al corral, dos espacios que favorecían un cierto relajo en el seguimiento del rezo.

Del techo colgaba una bombilla que, en vez de iluminar, parecía irradiar la penumbra que se adueñaba de la cocina a medida que oscurecía. Casi todo el agua del río se empleaba en regar los prados y al generador de la sierra llegaba un hilillo que producía una corriente eléctrica muy débil que ascendía trabajosamente hacia las casas por cables de hierro atados a los postes por las jícaras de porcelana, algunas de ellas rotas de nuestras pedradas y por donde se debía perder una buena parte del fluido de forma que el sobrante apenas enrojecía los filamentos de las bombillas. La mortecina luz fluctuaba según en las otras casas del pueblo se encendían o apagaban las bombillas y era frecuente el apagón total, por lo que siempre había que tener a mano un farol de aceite o el candil de carburo.

Era una escena en penumbra intensa que favorecía el recogimiento necesario para el rezo y donde las caras eran manchurrones de sombra, pero todos sabíamos dónde estaba cada cual por la voz con que contestaban al rezo. La inconfundible voz profunda y rezadora de mi abuelo, que solía dirigir el rezo, iba desgranando las avemarías de los cinco misterios que tocaban ese día ayudándose de las cuentas de un rosario para desembocar en la letanía en latín que daba paso a oraciones y jaculatorias diversas. Los demás contestábamos al unísono lo que correspondía a la cansina entrada, cinco veces diez avemarías, que nos daba mi abuelo.

Creo que en la cocina había varios grupos de orantes. Mis abuelos y algunas de sus hijas para los que cada avemaría les acercaba un paso más al cielo prometido tras el tránsito por el valle de lágrimas, que realmente interiorizaban el rezo y sus voces parecían un poco compungidas como pidiendo perdón por no ser más buenos. El resto de adultos creo que también compartían la convicción de que algún día su paso por la vida sería enjuiciado y más valía llegar a ese momento bien rezados. Parte de la chiquillería estaba pendiente de la mecánica del rezo para no equivocarse y seguir respondiendo Miserere nobis cuando ya había que decir Ora pro novis, lo que seguro le valdría un pescozón del adulto más próximo. El resto de los menores que aún no habíamos sido penetrados por la inquietud de la vida trascendente, estábamos impacientes por que acabara aquel rezo repetitivo, que había creado un cierto callo de indiferencia en nuestro cerebro a fuerza de no entender, Rosario tras Rosario, alguno de los pasajes como “venga a nos el tu reino” o “Llena eres de gracia el Señor es contigo”, y poder reanudar los juegos con los primos antes de que nos mandaran a la cama. Por último había algunos que se habían levantado al alba para trabajar en el campo y estaban tan molidos que la trascendencia del momento no impedía súbitas cabezadas de las que salía sobresaltados gracias al codazo de sus vecinos de rezo.

Cuando mi abuelo comenzaba su oración preferida,

Por todos los caminantes y navegantes del mar y de la tierra

Por los moribundos y agonizantes del día y de la noche

Y para que Dios nos libre de muerte repentina y males desconocidos ……..

era la señal de que el rezo terminaba y unos salían del trance religioso, otros del duermevela y otros salíamos pitando a retomar los juegos interrumpidos que era lo que realmente nos hacía felices. Eso sí, todos con precaución de no tropezar con tanto obstáculo mal perfilado por la escasa luz de las dispersas bombillas y los mayores ayudándose de algún farol o palmatoria que facilitaban el trasiego hacia las últimas tareas o a las habitaciones, con prisa para reponer fuerzas porque amanecería pronto.

Cuando los de tía Blanca se fueron a vivir a su casa, aquella cocina apenas se usaba. Se convirtió en zona de paso hacia el corral y de almacén para los cacharros con los que se trajinaba en las cuadras y en la huerta. Alguna vez se encendía la cocina para hacer una fisuelada con su correspondiente chocolate o las rosquillas de tía Pili, pero dejó de ser escenario de la vida intensa y rezos multitudinarios de antes. En el Despacho ya no se jugaba y desaparecieron las frecuentes discusiones bizantinas sobre si tíos o sobrinos y si tal o cual cosa era mejor que la de la otra familia.

Se dividió la cuadra con un muro que separó a ambos lados las vacas de cada familia. Las gallinas de tía Blanca pasaron a picotear en las peñas y a la orilla del Baltaín y los buscadores de nidos ya nunca tuvimos duda de si los huevos encontrados eran de nuestras gallinas o ajenos. Los rezos tenían lugar en nuestra cocina donde casi todos teníamos acomodo, pero ya no había las miradas cómplices entre primos-tíos que anunciaban la intención de retomar el juego tras el rosario.

Resumiendo, se ganó en orden pero en aquella casa hubo menos vida, menos roce. Seguimos viéndonos con los de tía Blanca a diario, en el río a la hora del baño, intercambiando libros y confidencias o pastoreando las vacas (ver Las llamas de Castriello), pero faltaba el roce continuo de antaño. Aquellos tíos con los que nos relacionábamos como si fueran primos, pero no aceptando su pretendida prevalencia de edad. Dos generaciones distintas que compartimos juegos y rezos en casi total armonía.

Texto de la bula papal de 1957: “Beatísimo Padre, Emilio de la Calzada y Familia, humildemente postrados a los pies de Vuestra Santidad suplican la Bendición Apostólica e Indulgencia Plenaria “in articulo mortis”, aún en el caso que, no pudiendo confesar ni comulgar, previo un acto de contrición, pronuncien con la boca o con el corazón el Nombre Santísimo de Jesús”. ¿Seguirá protegiéndonos a toda la familia?

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los de la Calzada de Posada (mujeres sin historia?)

El bisabuelo Joaquín de la Calzada, el abuelo Emilio, tío Eliezar, tío Gregorio, tío Federico y Belarmina.

El bisabuelo Joaquín de la Calzada, el abuelo Emilio, tío Eliezar, tío Gregorio, tío Federico y Belarmina.

En otoño de principio de los años cincuenta del siglo veinte, los días que había mercado de ganado en El Castillo, los chavales de Vegarienza gastábamos los últimos instantes antes de marchar hacia la escuela observando con curiosidad cómo pasaba carretera abajo un desfile incesante de gente a caballo o a pie. Algunos llevaban del ramal una ternera de andar distraído o un toro de aspecto intimidante bien atado con una soga terminada en una anilla que sujetaba al animal por la nariz convirtiéndolo en inofensivo. Un día de estos oí por primera vez hablar del Valle Gordo cuando alguien dijo “estos son del Valle Gordo”. ¿Cómo puede ser un valle gordo, me pregunté?

El Valle Gordo es un rosario de pueblos que arranca en Aguasmestas y termina en Fasgar, ruta obligada para los peregrinos que en la época de la Reconquista elegían el Viejo Camino de Santiago para llegar a Compostela sorteando las zonas en conflicto de más al sur. Atravesando el Campo de Santiago los peregrinos pasaban de la vertiente del río Omaña a la del Sil, para entroncar en el Bierzo con el Camino Francés.

En estos días de mercado yo estaba atento por si veía pasar al tío Eliezar, hermano del abuelo Emilio, muy tieso sobre la silla de montar y con las alforjas a la grupa del caballo. Solía llevar un trote reposado que creo tenía como principal finalidad la de exhibirse, algo común a los caballistas omañeses orgullosos todos de tener el caballo de mejor planta y más cuidado. El caballo solía ser un animal privilegiado, quizá el único en aquella economía tan utilitarista, que gozaba de una vida relajada, solo requerido para cubrir las distancias largas y el lucimiento del dueño. El trabajo duro de la casa se reservaba para el sufrido burro.

De allí, del Valle Gordo era la familia de mi abuelo Emilio de la Calzada. Concretamente de Posada de Omaña, el penúltimo pueblo del Valle y patria chica de David Rubio de la Calzada, autor de la novela picaresca Peralvillo de Omaña (1919) que relata las andanzas por el Valle Gordo de un pícaro omañés, de su estancia en Vegarienza, irreconocible para mí cuando lo leí, donde sufrió los rigores del domine que les instruía, amén de otras aventuras por tierras maragatas.

Aunque se conocen los nombres de hasta cuatro generaciones de la Calzada anteriores, del primero que he tenido noticias directas por mi madre y sus hermanas, es del bisabuelo Joaquín de la Calzada García. Además de agricultor y ganadero regentaba una bodega donde se expendía vino, tabaco y algunas otras cosas de primera necesidad al estilo, aunque quizá a menor escala, del negocio que tuvo en Sosas del Cumbral y Vegarienza el bisabuelo Bernardino (ver El bisabuelo Bernardino), del que fue coetáneo y a no dudar se conocieron y trataron pues sus familias emparentaron. Efectivamente, Gaspar de la Calzada, padre del bisabuelo Joaquín, se casó con Antonia García natural de Sosas y un hermano del bisabuelo Joaquín, Víctor, se casó con una hermana de la bisabuela Ana, mujer de Bernardino. Sin duda, este es el nexo que motivó que el abuelo Emilio conociera en Sosas a la abuela Honorina, se casaran y dieran origen a los de la Calzada González. Sosas, un pueblo situado en el fin del mundo río Baltaín arriba, unido por lazos familiares con Posada, casi al final del Valle Gordo, otro lugar donde parecía que el mundo se acaba, que más allá ya no había nada. Eran gente que gustaba del agua clara y los cielos limpios que había que buscar en la parte alta de los valles.

Mi madre estuvo viviendo alguna temporada en Posada como recurso para descongestionar la superpoblada casa escuela de Sosas, se acordaba del bisabuelo y decía que en algunas ocasiones durmió en su cama, lo mismo que me sucedió a mí años más tarde con el abuelo Emilio en Vegarienza. La facilidad familiar para mearse en la cama parece que venía de lejos y a mi madre le sucedía de vez en cuando, motivando que su abuelo Joaquín la riñera y que una tía suya tuviera que salir en su defensa diciendo “No riñas a la niña, que ha sido una gitana“. El bisabuelo Joaquín se casó con Fabiana Calzón con la que tuvo siete hijos de los que solo conocí al abuelo Emilio y a los tres varones, Eliezar, Gregorio y Federico. Eran hombres de buena planta, ojos azules, amplia mandíbula, nariz y orejas grandes y algo despegadas. Aunque en realidad era sobrino suyo, en su casa también vivía como si fuera un hijo más el tío Jesús que se había quedado huérfano. Esta era la familia de la Calzada Calzón.

A ninguna de las tres mujeres, Aurora, Belarmina y Sabina, las he conocido, ni en persona ni en fotografía, una técnica incipiente y poco extendida que como ha venido sucediendo en casi todo primero interesó a los hombres que en sus visitas a los mercados de ganado o a poblaciones más importantes para hacer alguna gestión se encontraban con los fotógrafos ambulantes o tenían ocasión de hacerse una foto de estudio vestidos de gran personaje y en poses ceremoniosas. Las mujeres tardarían casi una generación en aparecer en las fotografías familiares, de forma que cuando quise montar el árbol genealógico fotográfico de los de la Calzada a las tres hermanas tuve que representarlas como siluetas anónimas. Sin ojos ni sonrisa, sin alma.

Solo me llegó de ellas dos apuntes intrascendentes. Me decía mi madre que Aurora era de una extraordinaria belleza y que Belarmina fue la referencia más alejada de episodios epilépticos en la familia, que han reaparecido en alguno de nosotros en las siguientes generaciones. Parece que después de cada crisis sacaban a la pobrecilla a la puerta de casa para que le diera el aire y, cuando se reanimaba, le decían “Hombre, la muerta resucitada”.

2006. Casa familiar en Posada de Omaña.

De todos los varones, solo el tío Eliezar siguió viviendo en la casa familiar de Posada compatibilizando el oficio de campesino con el de cantinero, estanquero y comerciante al por menor. De tiempo en tiempo necesitaba rellenar de vino cubas y pellejos y reponer en las alacenas los productos que se iban acabando, para lo que viajaba con el carro valle abajo a comprar el género que necesitaba, al estilo como lo hizo su padre y el bisabuelo Bernardino. Hay una anécdota curiosa que se refiere en El Lobo, y que resumo aquí. En una ocasión que iba camino adelante bajo una intensa nevada, vio que le seguían varios lobos que cada vez se acercaban más al carro y no se le ocurrió otra cosa que entretenerlos tirándoles trozos de la merienda que la tía Chon le había preparado para el viaje, intentando ganar tiempo para llegar a Marzán a donde parece que llegó sano y salvo. Si no hubiera sido así, yo no habría tenido ocasión de conocerle y oír sus bromas cuando a la vuelta del mercado paraba en Vegarienza a charlar con los abuelos. Me parece recordar que estaba un poco cojo, aunque bien podía ser el efecto del tiempo pasado a caballo o que volvía del mercado un poco achispado. Siempre estaba alegre y los chavales le esperábamos con la ilusión de que nos montara en el caballo, con una mezcla de emoción y susto por el tamaño tan impresionante con que desde nuestra pequeñez percibíamos al caballo. A veces venía con su hija Adela, a la que recuerdo con los labios muy pintados de carmín y cómo intentábamos escabullirnos para evitar que nos besara con aquella boca roja y parlanchina.

El tío Gregorio fue guardia de asalto antes de la guerra que le cogió en Madrid, es fácil imaginar las situaciones que vería y viviría, y fue reconvertido tras la contienda en policía nacional. Vivía en León y hacía guardia en la puerta del Gobierno Civil, a escasos tres minutos de la casa de Ramiro Valbuena, en un costado de la Plaza Circular que yo solía frecuentar. Cuando entraba o salía una personalidad del Gobierno Civil, el tío Gregorio se ponía firme, el pecho abombado, mirada al frente, barbilla como quilla de barco, el mosquetón con la bayoneta montada bien pegado a la pierna derecha y tan inmóvil que parecía una estatua, haciéndome dudar si respiraba. Se le notaba estirado y tenso dentro de su uniforme color gris ribeteado de rojo, insignias y hebillas relucientes, guantes blancos, los zapatos y correajes brillantes, la gorra de plato bien sujeta en la mandíbula con una correa. Cuando el personaje había desaparecido, el tío Gregorio pasaba a la posición de descanso, dejaba de ser una estatua y hasta a veces me pareció que me sonreía en la distancia, reforzando mi sensación de orgullo por tener en la familia una persona tan importante. Mi paso por la universidad en plena revuelta estudiantil y con los “grises” a la puerta de la facultad, la porra siempre lista y mirada torva, me hizo olvidar que un día sentí admiración por la marcialidad del tío Gregorio. Vivía con la tía Inés y su hija Belarmi en una casita individual al lado de la Catedral, donde tenían un pequeño huerto. Cultivaban unos tomates cuyo gusto aún recuerdo, así como el olor dulzón a guiso de repollo y berza que tanto asco me ha dado siempre. Recuerdo a la tía Inés parlanchina y risueña con su sempiterno delantal y a su hija Belarmi que a mí me pareció siempre muy guapa.

Siguiendo los pasos del Peralvillo, el tío Federico estudió con el domine de Vegarienza, profesó como fraile y vivió hasta su muerte en Perú. Lo conocí bastante durante las temporadas que cada dos o tres años pasaba en casa de los abuelos cuando yo le hacía de monaguillo. Mis recuerdos de él los cuento en El tío fraile.

Solo el abuelo Emilio permaneció fiel al campesinado aunque fuera en el terruño de adopción, Sosas del Cumbral, porque allí tenía su trabajo de maestro y quizá porque ¿a dónde podría haber ido con diez hijos a los que tenía intención de dar estudios? Creo que también influyó ser campesino vocacional y hombre práctico que sabía que en el pueblo, por muy mal que vinieran las cosas, tenían el sustento asegurado.

No tengo ni idea de qué vida tuvieron sus hermanas Aurora y Sabina, si quedaron en Posada o no. Si tuvieron descendencia, tampoco supe de ella. Mujeres sin fotos y sin historia.

El tío Jesús.

Mi madre me contaba que el tío Jesús se quedó huérfano muy pequeño porque sus padres murieron de la gripe de la moda, que creo se refería a la epidemia de 1918 también conocida impropiamente como gripe española, tan dañina que acabó con millones de personas en todo el mundo. El abuelo Joaquín lo prohijó y le dio la carrera de maestro como al abuelo Emilio. Se casó en segundas nupcias con su prima Belarmina. Yo lo conocí cuando vivía en Susañe del Sil, un pueblo entre Villablino y Ponferrada. Mi madre que durante años actuó de comodín para descongestionar las apreturas familiares de la casa escuela de Sosas, vivió tanto tiempo con ellos que llegó a creer que era su hija y recuerda los tremendos celos que tuvo cuando nacieron sus hijas Edita y Ángeles, que también fueron maestras. Varias veces en Agosto mi padre y yo les visitamos con motivo de la romería de la Virgen de la Nieves que celebraban en unos prados al lado del río. Recuerdo el saborcillo de la empanada y de las truchas escabechadas, técnica de la que tomamos buena nota y que mi madre reprodujo con éxito en Vegarienza. Me llamó la atención los abundantes castaños, un árbol que no conocía y más de un otoño me acerqué en tren a Susañe a por unos cuantos quilos de castañas que consumíamos asadas o cocidas hasta aburrirnos. Recuerdo el camino que ascendía desde la estación al pueblo, en todo lo alto, y el caserón en que vivía el tío Jesús que además de maestro tenia fincas y ganado. Conocí la zona muy bien cuando trabajé en el INI ayudando a levantar los planos necesarios para la construcción de un pantano en el río Sil y recuerdo haber encontrado por aquellas peñas varios cristales de cuarzo que almacenaba en una caja de zapatos junto a otras cosas bastante inútiles, pero que guardaba con celo en los recovecos secretos del armario ropero de mi cuarto.

Poco a poco la estirpe de los de la Calzada fue abandonando su lugar de origen y recalando casi sin excepción en León, algunos directamente para trabajar y los más a estudiar, siguiendo la pulsión de alejarse del arado y del ganado que habían visto cómo esclavizaban a sus progenitores. Un movimiento imparable que despobló todos aquellos pueblos (ver El vaciamiento de Omaña) en un abrir y cerrar de ojos. De aquella hornada de omañeses salieron infinidad de maestros y profesionales diversos que se repartieron por el país. Como las golondrinas, en verano retornaban a sus lugares, a los olores y sabores tan familiares y queridos. Pero, como las golondrinas, ninguno volvía para quedarse.

En 2006, al rebufo de las primeras páginas de Lembranza, fuimos con los nietos a Posada donde creo recordar que solo estaba Adela, ya sin los excesos de carmín de antaño. Contradiciendo al poeta, todo pasa y nada queda.

En los jardines de La Condesa, una buena representación de los de la Calzada, una familia de narices.
Atrás tío Pepe; por la izquierda en la fila siguiente Edita, tía Tere, Belarmi, tío Baldomino y tía Pili; delante tío Gregorio, tía María, Ángeles, tía Inés y tío Emilio.
Total, seis tíos carnales del autor, un veterinario, un facultativo de minas, cuatro maestras, un policía nacional, una enfermera y un cirujano. Pero ningún campesino.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Nota del autor: con posterioridad a la escritura de esta entrada, las hijas de tío Jesús me han proporcionado una foto de su madre Belarmina.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Un vagabundo toca con sordina (la épica de viajar)

Aunque nunca subiré al tren AVE por vértigo a la velocidad excesiva, al pensar que en dos horas y media se puede llegar de Madrid a Barcelona, sin despeinarse, no puedo evitar recordar cómo era viajar en aquellos autobuses renqueantes y trenes a vapor cuando la mayor parte del transporte en nuestro país, salvo algún anémico camión, se encomendaba a carros tirados por animales.

A la gente corriente recorrer los menos de cien kilómetros que dista Villablino de León por la ruta omañesa le costaba más de dos horas, parando lo indispensable para recoger y dejar viajeros y que Juan el cobrador recogiera los paquetes de mantequilla destinados a León o Madrid y recibir encargos de todo tipo como medicinas y otras compras que entregaría en el siguiente viaje. Había dos paradas reglamentarias en la venta de Aguasmestas y en la Magdalena para estirar las piernas y tomar un café o un lingotazo de licor.

Venta de Aguasmestas tal como la conoció el autor, parada obligatoria del autobús de Beltrán.En el transcurso del viaje había tiempo para todo. Constatar cómo el archiconocido paisaje reflejaba que estábamos en primavera u otoño, pasar revista al paisanaje de cada pueblo que ya resultaba familiar y vivir sensaciones que se repetían viaje tras viaje. Como la intranquilidad que acometía a los viajeros tan pronto como el autobús enfilaba las primeras cuestas de El Villar y que duraba hasta el último repecho del puerto de La Magdalena, por la duda de si el anémico autobús sería capaz de superarlas y que se agudizaba cada vez que el conductor hacía el doble embrague para meter la marcha más corta. Cuando el motor dejaba de empujar, por unos instantes parecía que el autobús se iba a detener y los pasajeros escuchábamos atentamente el ruido del motor intentando adivinar si la caja de cambios engranaría. Todos tragábamos saliva cuando sentíamos que el motor volvía a impulsar al autobús cuesta arriba y en el ínterin agradecíamos al conductor su pericia. No aplaudíamos porque entonces éramos muy discretos. Nos sentíamos aliviados cuando, ya en la parte alta del puerto, empezábamos a descender hacia León aliviados porque otra vez lo habíamos conseguido. Solo quedaba confiar en el buen estado de los frenos y era el momento de intentar relajarse con una buena lectura, aunque no era fácil pues al poco me sentía mareado por el esfuerzo que suponía atrapar las letras de cada palabra que se dispersaban por la página al son de los traqueteos del autobús. Leer era tan agotador que había que dejarlo a los pocos minutos con dolor de ojos y gran frustración. Mientras los viajeros pudientes se calentaban el gaznate en las dos paradas en que estaba permitido bajar del autobús, yo aprovechaba que las letras habían dejado de moverse para recuperar la lectura perdida sin moverme del asiento. Leer en el AVE con las letras bien ancladas al papel debe ser un placer, evitando, de paso, el desfile alucinante del paisaje por la ventanilla.

Los viajes en tren de León a Madrid a la vuelta de las vacaciones de Navidad y Semana Santa también tenían su miga. Para apurar el tiempo de vacaciones tomábamos un tren que creo se conocía como “el asturiano”, pues procedía de Gijón u Oviedo y que llegaba a León hacia la medianoche. Portando una maleta repleta de efectos personales y libros que no se habían abierto en todas las vacaciones, veintitantos kilos llevados a pulso, la barahúnda de estudiantes que esperábamos en el andén tomábamos el tren al asalto. Llegaba a León tan lleno que solo había sitio en los pasillos que enseguida se colmataban de maletas y estudiantes. A veces coincidíamos con algunos conocidos y acordábamos que uno o dos subirían sin equipaje para localizar sitio en un departamento mientras los demás nos quedábamos en el andén con las maletas, esperando que una de sus caras apareciera por una ventanilla por donde le entregábamos el equipaje. Si no había suerte, sabíamos que nos esperaba una larga noche de pie ante la negrura de la ventanilla o sentados sobre la maleta, deseando que en Valladolid hubiera sitio en el departamento contiguo y seguir sentados hasta Madrid. Si no la había, tocaba seguir en el pasillo las nueve o diez horas que le tomaba al tren cubrir los algo más de trescientos kilómetros de distancia. Derrotados tras una noche tan incómoda, al llegar a Madrid vuelta a cargar con el equipaje rezando para que el conductor de autobús urbano no pusiera pegas para viajar con la maleta-biblioteca. Cambiar de sitio era cansado, a veces arriesgado y consumía mucho tiempo. Algunas imágenes de trenes repletos en India me recuerdan al “asturiano“.

Pero mi peripecia en solitario era una minucia comparada con el viaje que al finalizar el curso hacíamos todos los años desde Roa de Duero (Burgos), donde nos había llevado el trabajo de mi padre, a Vegarienza de Omaña (León), que para nosotros era la Tierra de Promisión así como para los ñus e impalas son los pastos de verano del Serengueti. El último viaje, de apenas doscientos cincuenta kilómetros, lo hicimos en 1954. Con mi madre recién traspasada la treintena, embarazada de seis meses y con una cuadrilla de seis arrapiezos siendo los menores de uno y tres años, salíamos a media tarde de la estación de Roa en un tren a vapor con asientos de madera corridos que nos llevaría hasta Valladolid. Es fácil imaginar la tensión a que estaría sometida mi madre, pendiente de que los mayores no nos asomásemos por la ventanilla que se abría sin más que tirar de una correa, que los pequeños no se cayeran del asiento, que no molestáramos a los vecinos, vigilando el equipaje, contestando a innumerables “mamá cuánto falta”, “mamá tengo sed, tengo hambre”, “mamá mira a este que …..”, con viajes continuos a la peligrosa plataforma del final del vagón donde estaba el váter para resolver las urgencias de tanto crio y preocupada por lo que haría el resto de la tribu en su ausencia. Así durante varias horas hasta llegar a Valladolid donde empalmaríamos con el tren que nos llevaría hasta León, tras una larga espera nocturna. No recuerdo detalles de aquellas noches en la estación de Valladolid, pero me imagino a todos nosotros cenando con lo que mi madre había traído de casa, repartidos en varios asientos que luego nos servirían de cama acurrucados como ovillos, mientras mi madre ya muy cansada vigilaba a su prole y los bártulos. A las tres o cuatro de la mañana había que coger el tren a León y no era tarea menor despertar a tanto niño que aún estaban sumidos en el primer sueño. Mi madre, con la pesantez del embarazo y agotada por la vigilia nocturna, el niño pequeño en brazos, la pieza más pesada del equipaje en la otra mano y vigilando a aquella cuadrilla somnolienta para que ninguno nos acercáramos demasiado a la orilla del andén o perdiéramos alguno de los bultos. Salvados los tremendos escalones del vagón y acomodados en los asientos, quizá pudiera dar una cabezada aunque en un duermevela muy ligero pendiente de no pasarse de estación. Cansados y desaliñados tras tantas horas de viaje llegábamos a primera hora a León y vuelta a reorganizar al personal, que con los hatillos a cuestas o golpeándonos las pantorrillas nos dirigíamos andando hasta la cochera del autobús distante casi un kilómetro. Muertos de sueño y hambre desayunábamos el resto de las viandas, pensando cada uno en la primera comida de verdad que ya estaría preparando la abuela en Vegarienza. A media mañana, tras casi un día entero de viaje, cuando la abuela y las tías se hacían cargo de los pequeños y los mayores nos desparramábamos sin control por el corral, la huerta y el río, mi madre abriría poco a poco la espita de los nervios y la preocupación, porque un año más había conseguido depositar a sus seis crías sanas y salvas en los pastos de verano de Omaña, el huerto y la despensa de los abuelos. La tensión que vivía mi madre durante el viaje no llegaría a la de los ñus cuando tienen que vadear el río Mara, plagado de cocodrilos, para llegar a las llanuras de Serengueti, pero casi. Sin alardes de ningún tipo, mi madre era una mujer valiente, con sus miedos y limitaciones obviamente, pero entregada sin concesiones a su familia. A diferencia de otros años que también hacíamos el viaje de vuelta de la misma guisa, al final de aquel verano y tras parir una nueva cría, todos nos iríamos a vivir a Villablino a solo una hora de Vegarienza. Ni una epopeya viajera más como la que acababa de protagonizar. Un viajero de hoy con automóvil y viajes puerta a puerta, se asustaría de esta forma de viajar. In memoriam de una madre valiente.

Para soslayar estas penurias algunas veces practiqué el auto stop, esa moda foránea que distaba mucho de la visión divertida y aventurera que trasmitían las películas. También era trabajoso, frustrante e incierto en cuanto a itinerarios y horario. A veces cruzar Valladolid me tomó hasta tres horas.

Estos cachazudos medios de transporte eran el trasunto de un país en el que las cosas se mantenían sin cambios durante generaciones o cambiaban muy pero que muy lentamente. Hasta los empleos parecían eternos. El conductor y el cobrador del autobús tal parecía que habían salido de fábrica con el armatoste y que seguirían allí subidos cuando lo mandaran al desguace cincuenta años después. En la estación del tren, viaje tras viaje, tras la ventanilla de los billetes estaba la misma cara, el mismo jefe de estación levantaba el banderín al paso de los convoyes y los mozos que se ofrecían para llevar el equipaje eran siempre los mismos. Yo constataba la inamovilidad de personas y cosas en las largas esperas en estaciones de ferrocarril y cocheras de autobús, donde había tiempo para aburrirse, deambular por allí sin perder de vista la maleta y curiosear en los expositores de postales y libros. Año tras año me encontraba con los mismos libros cuyas portadas y reseñas escudriñaba, con la misma técnica que aplicaba a los carteles de las películas que solían sintetizar el argumento en un solo bosquejo, intentando decidir cuál compraría primero el día que tuviese dinero. Recuerdo varios de Maxence Van der Meersch que entonces estaba de moda y del que casi todos leímos Cuerpos y almas, pero sobre todo uno de Knut Hamsun titulado Un vagabundo toca con sordina sobre el que nunca pude llegar a una conclusión. El título parecía sugerente pero el dibujo de la cubierta me despistaba, pues la única figura masculina no tenía el aspecto que yo atribuía a los vagabundos ni había trompeta que tocar, y, para colmo, el resumen de la contraportada me desanimaba pues aclaraba que era la segunda parte de una trilogía. Un lío en el que me sumergía cada vez que mataba la espera de un medio de transporte donde este maldito libro formaba parte ineludible del paisaje. Cuando alguna vez me lo he encontrado en las bibliotecas públicas, estos patéticos antecedentes me han impedido hincarle el diente. Seguramente el título era una metáfora, pero yo no estaba para metáforas cuando lo que me preocupaba era llegar a mi destino. Tendría que pasarme por una estación a ver si este librito, cuya evaluación entretuvo tantos ratos de espera, sigue aún en los expositores en esta época de la velocidad alucinante y de lo efímero.

Imágenes tomadas de: iberlibro.com, Virgilio en verpueblos.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada