La fuente del Valle (el último que apague la luz)

Acarreando agua en África.

Acarreando agua en África.

Dicen los que saben, que para 2050 el desierto habrá colonizado media península ibérica llegando hasta las estribaciones del Sistema Central, con lo que el túnel de Guadarrama será un pasillo para entrar en la zona aún algo verde. Al lado arenoso habrán llegado gentes con turbante y camellos para ocupar el territorio abandonado y en el otro estarán apelotonados los españolitos peleando por la poca agua disponible al estilo apocalíptico de la película Mad Max. Habrán regresado los curas con sotana que sacan a los santos en procesión implorando lluvia (ver Sacar el agua del río) y la ducha diaria estará reservada a los muy ricos que habrán añadido el agua a la lista de bienes acaparables y objeto de especulación. Castilla y León, Aragón, La Rioja, etc habrán dejado de formar parte de la España vaciada pues solo existirá la región de la España colmatada. Por fin se habrá resuelto el problema del abandono de las áreas rurales. No sé si sucederá así, pero nos lo habremos merecido por manirrotos. Seguramente no estaré aquí para verlo, pero quizá sea el escenario que les toque vivir a mis nietos.

Cada vez que veo en las noticias o en un reportaje las largas caminatas de mujeres africanas acarreando agua con la espalda doblada, me acuerdo de que también en Omaña el agua era un bien preciado que había que transportar a las casas para cocinar y asearse. Aunque el río Omaña solía traer agua abundante, en las casas no se desperdiciaba ni una pizca porque costaba traerla desde el río con calderos o el jarrón aguamanil y porque, como en todo, regía la norma general de aquella sociedad rural que era no despilfarrar. En invierno los animales estaban encerrados en la cuadra y había que llevarlos a diario a beber al río, pero el resto del año llegaban a casa bebidos y las mujeres hacían la colada en el río, dos actividades que por sí mismas hubieran requerido disponer de gran cantidad de agua en las casas.

Incluso el agua de boca se consumía con tino. No es que se pasase sed, pero un botijo de menos de tres litros solía durar todo un día para una familia de cuatro o cinco personas, lo que parece poco pues ahora se recomienda una tasa de dos litros diarios. No habíamos oído aún el término pero seguramente vivíamos algo deshidratados, desde luego que peor que los urbanitas de hoy atados a su inseparable botellita de agua. Quizá la explicación de tanto miramiento por el agua esté en que la de beber había que traerla de la fuente, que en el caso de Vegarienza estaba menos a mano que el río. Si en casa había chiquillos ellos eran los encargados de ir a la fuente, como me sucedió a mí cuando viví con mis abuelos en Vegarienza. No sé cuántas veces habré ido a la fuente del Valle con el botijo golpeándome la pantorrilla y cuidándome de las ortigas y zarzas que bordeaban el camino que arrancaba de casa de Corsino y por la ladera del campanario llegaba, río Baltaín arriba, hasta enfrente de la casa del Asturiano donde estaba la fuente entre helechos y zarzas. A través de un tubo de hierro manaba un chorrito de agua que salpicaba en una piedra plana hasta que asentábamos el botijo bajo el chorro. El eco del agua dentro del botijo nos iba indicando lo que faltaba para estar lleno y recuerdo que en verano nos impacientábamos porque el chorro era un hilito de agua.

Había que ir a la fuente a diario, incluso en invierno cuando no se veían las escobas de tanta nieve, y el miedo al lobo se me hacía muy patente cuando intentaba autoconvencerme de que aquellas pisadas recientes sobre la nieve helada en realidad eran de perro. Casi siempre solía buscar la compañía de alguno de los primos de casa de tía Blanca para que el camino se hiciera más ameno y ahuyentar miedos, a pesar de los riesgos que entrañaba la compañía. Podían entrechocar los botijos o romperlos por la prisas en ser el primero en llenarlo en la fuente o rodar por la ladera si se asentaba mal en el suelo mientras intentabas coger una flor de estallete o una mora o que el botijo llegara a casa medio vacío por las peleas entrecruzadas de buches de agua o los concursos de ver quién hablaba mejor mientras bebía agua a chorro o las peleas de chorros que producíamos impulsando el agua por el pitorro fino soplando con fuerza por el gordo. Había un extenso repertorio de formas de poner en peligro el botijo y romperlo era grave, no solo por la responsabilidad que se exigía hasta a los más pequeños en el desempeño de las labores que se les encomendaban sino porque en cada casa solo había un botijo y habría que esperar a que llegase el cacharrero para comprar otro que tardaría varios días en poder usarse pues había que someterlo al cuidadoso proceso de la cura del botijo. La abuela Honorina llenaba el botijo por primera vez con mucho cuidado para que ni una sola gota mojase la superficie exterior, porque se creía que entonces el botijo no enfriaría bien, y le añadía un poquito de anís para quitar el sabor a barro, dejándolo así durante varios días. Junto con el vino, el agua de beber era cosa muy seria y recuerdo que la abuela confeccionaba un caperuzón de hilo que se colocaba en el pitorro ancho para que no entraran impurezas al rozar con las escobas y arbustos camino de la fuente. Otra regla ineludible que nos recordaban a menudo era que antes de llenar el botijo había que enjuagarlo energicamente con un poco de agua.

Estaba claro que había que mirar por cada gota de agua que se acarreaba hasta casa. En la de mis abuelos era muy fácil acceder a uno de los dos ríos que se juntaban precisamente a la bajera de la huerta donde, además, teníamos un pozo con bomba manual que servía tanto para proveer de agua a la casa como para regar lo que había sembrado mi abuela con la ayuda de una canaleta de madera que se colocaba a la salida de la bomba y llevaba el agua hasta los surcos de las hortalizas. En alguna casa, creo que fue en Cirujales en casa de Arcadio el albañil, vi como grado máximo de sofisticación que tenían un pozo dentro de la misma casa y la bomba de mano estaba situada al lado del fregadero. Supongo que la dueña de la casa sería la envidia de todas sus vecinas al tener resuelto de forma tan sencilla una de las tareas diarias más esclavas, traer agua a la casa.

No puedo precisar si fue por los años sesenta cuando en casa de mis abuelos se puso agua corriente elevándola desde el pozo con una bomba sumergible hasta un depósito en el desván que surtía a un cuarto de baño y al calderín de la cocina de leña. Lo que si recuerdo es que no supuso dar paso al despilfarro ya que el pozo manaba lo justo y un uso descuidado del agua habría excedido la capacidad de la fosa séptica. Aunque el agua estaba a golpe de grifo, continuamos haciendo un uso moderado del agua.

Con ayuda económica de la Diputación para la compra de materiales, años más tarde se comenzó a traer el agua corriente a los pueblos captándola de fuentes y arroyos, mediante obras en las que los vecinos participaban como mano de obra gratuita. Supongo que fue un alivio tener el agua a tiro de grifo, pero por lo que algunos veranos he oído en Vegarienza no todos conservan el antiguo sentido de la moderación en el uso del agua y la gastan regando el césped, que suena un poco cursi porque toda la vida por allí se había dicho yerba o simplemente verde, comprometiendo el abastecimiento a todo el pueblo en la época de verano. A menudo no se aprecia lo que no cuesta esfuerzo conseguir. Simultáneamente hubo que solucionar el problema de la evacuación de las aguas residuales ya que en los planes de la Diputación solo se contemplaba traer el agua a las casas y no cómo reintegrarla al medio natural. Se echó mano de las fosas sépticas y, como pude comprobar, de la picaresca.

Cuando mi madre se compró la última casa de Villaverde descubrimos adosado a una de las fachadas un pequeño recinto que debió utilizarse como retrete rudimentario, pero suficiente como para no tener que hacer esa actividad corporal al aire libre o en las cuadras como era habitual, detalle que junto a algunas fotografías y postales que encontramos en los arcones de la casa nos hizo pensar que los anteriores dueños podían haber sido algo más que simples campesinos y con hábitos quizá más refinados que el común. La casa no tenía agua corriente pero era relativamente fácil obtener agua para todo uso, excepto el de beber, pues por debajo de la cocina corría una presa de riego con agua del río. Al poco se empezó con la traída de agua desde el monte hasta un depósito que la distribuía a todo el pueblo.

Aquel verano coincidí en Villaverde con las obras de conducción de las aguas residuales hasta la fosa séptica en la bajera del pueblo, ya cerca del río del Valle Gordo, en las que participábamos gente de todas las casas, sin más dirección y conocimientos en el asunto que lo que a cada uno se nos podía ocurrir. Yo participé activamente en los trabajos, llevaba la cuenta de las horas con que contribuían las personas de cada casa, transporté algún material desde el almacén de Ferreras en Soto y Amío y discutí con los demás si hacer las cosas de tal o cual forma. La operativa no era complicada pues consistía en hacer una zanja poco profunda siguiendo la pendiente del terreno, donde se tendían los tubos de cemento prefabricados que se iban empalmando uno con otro sellando la junta con mortero de cemento. Recuerdo que yo me esmeraba mucho en la elaboración de la junta buscando que no se escapara nada de agua. Cuando me vio nuestro vecino Ángel, que participaba en la obra con mucho entusiasmo y que debía temer que reventara la fosa séptica como en casa de mis abuelos, medio me abroncó y me dijo que lo que había que hacer era dejar un poco separados los tubos como había visto hacer en otras obras similares. Estaba claro que donde no llegaba la capacidad de la fosa séptica y la ausente dirección técnica de la obra, se suplía con la buena voluntad de los vecinos y la picaresca.

Se me acabaron las vacaciones y no sé muy bien cómo se remató la obra hasta llegar con el alcantarillado a la fosa séptica, pero casi seguro que los tubos dejarían por el camino una parte de nuestros excedentes corporales a lo que se añadió que algunas cuadras empezaran a limpiarse a manguerazos en lugar del procedimiento clásico de amontonar el estiércol en los esterqueros para luego abonar tierras y prados (¿qué tierras y qué prados? se me dirá, con razón). Y probablemente (agradecería que alguien me asegurara que no fue así) cuando la fosa séptica se llenó, por algún sitio empezaría a salir un chorrito hediondo que impepinablemente acabaría en el río.

Volviendo al comienzo, entre todos la matamos y ella sola, la que llamamos madre Naturaleza, se murió o se está muriendo, muy deprisa. Empezamos llenando el vaso en el grifo en vez de tirar de botijo y duchándonos todos los días en lugar de una vez a la semana (no sé de nadie que se haya muerto por hacerlo así) y ahora estamos hablando de que igual nuestros tataranietos no tendrán donde llenar sus botijos. Claro que, ¿quién es el guapo que se resiste a las comodidades? Hubiéramos necesitado una mirada más larga y mucho más espíritu crítico para ser capaces de acompasar el abandono de condiciones de vida, que a veces hay que reconocer que eran realmente miserables y esclavas, y el progreso. Progreso sí, pero no a cualquier precio. Tendríamos que habernos cortado las manos antes que dejar que los tubos del alcantarillado de Villaverde fugasen a propósito y alguien con más conocimiento debió de supervisar nuestro trabajo, voluntarioso pero poco entendido, y haber tenido estudiado qué hacer cuando las fosas sépticas se colmatasen para evitar emponzoñar los ríos. Si de los ríos de aguas limpias de Omaña que yo conocí enviamos porquería aguas abajo, ¿cómo puede extrañarnos que dentro de treinta años las dunas hayan cubierto media península?

Si no se da un recio golpe de timón y nos lo tomamos en serio (Estados Unidos acaba de abandonar los acuerdos para luchar contra el cambio climático), algún día en las paredes de la España colmatada se empezará a ver pintadas que recordarán aquel genial graffiti de un aeropuerto uruguayo que advertía El último que apague la luz. Otro día de fuerte viento alguien dirá que ha visto flotar unos granos de arena en la boca norte del túnel de Guadarrama y se desatará la histeria colectiva. Compactas filas de gente avanzarán por los arcenes cargados con lo la cantimplora y lo más indispensable pues habrá comenzado la segunda migración hacia el norte para ganar unos pocos años al desierto. Los más avisados saben que el viaje será largo y entre sus bártulos llevan unos garfios para saltar la valla que Europa ha levantado a lo largo de los Pirineos. ¿Les suena? Los más débiles y los más sabios decidirán quedarse, unos porque están seguros que morirán por el camino o que no podrán traspasar la valla y los otros porque saben que el éxodo no terminará tras la valla pirenaica, que poco tiempo después habrá que volver a coger el hatillo de migrante, una y otra vez en dirección norte y que encontrarán nuevas vallas hasta llegar al Ártico, donde no quedará otra que tirarse al agua. Salada. Mejor leer algún libro sobre cómo los nómadas sobreviven en las dunas que ya remontan el Alto de los Leones.

Botijos usuales en Omaña.

Botijos usuales en Omaña.

Imágenes tomadas de: Ancorpiu/JavierAcebal, ferreterialospedros.com, artesaniasanjose, pinterest

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

En primera línea (la obsolescencia de los cuerpos)

2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza. 2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza.

Hace dos días recogí de casa de mi madre los recuerdos personales que me habían correspondido: un original mecanografiado de La sonrisa de la fortuna novela con correcciones a mano de mi padre, su muestrario de anzuelos y secretos para la pesca de la trucha, una foto de mis padres y algunas más del álbum familiar donde aparezco yo o alguien de mi propia familia, dos tomos de Historia de las cruzadas de J.F. Michaud con bonitas ilustraciones de Gustavo Doré y un bolsito bandolera de ganchillo que había sido de mi madre. Era la última vez que estaba en la casa de mis padres en Madrid donde había vivido solo unos cuantos meses allá por 1968 y visitado bastante a menudo a mi madre durante sus últimos años de vida.

Mi madre había muerto dos años y medio antes, pero ahí estaba todavía la casa como un nexo que me unía materialmente a mis padres, como si aún no se hubiera producido el adiós definitivo. Ahora sí, ya solo quedan sus recuerdos y las pocas cosas suyas que mencioné. Los hilos materiales que me unían con la historia de mis orígenes se han cortado definitivamente con esta última visita a la casa paterna. Solo recuerdos y sus cenizas en sendas urnas en Vegarienza, en el cementerio de Castriello, en la ladera de Santa Colomba que ni es solano ni avesedo, pegadito al arroyo que huele a menta por cuyo cauce escurren las aguas que manan de las tierras ferruginosas de las llamas donde tantas tardes pastoreé las vacas de mis abuelos (ver las Llamas de Castriello y La estampa). Ahora sí fui mucho más consciente que cuando mi madre murió de que yo ocupaba la primerísima fila de los que, inexorablemente, seremos llamados al ajuste final de este tránsito corpóreo (valle de lágrimas decía mi abuela Honorina) que es la vida.

En Castriello descansan también, en la tierra al estilo tradicional, mis abuelos y bisabuelos maternos y seguramente algún antepasado más de la rama González y García. Cuando a mi madre le dio por pensar dónde quería estar cuando se le acabase el tiempo, ya no había espacio en el suelo de aquel modesto cementerio omañés colmatado de cristianos más o menos rezadores. Modesto pero tan antiguo como la misma Omaña. La falta de espacio para tanto muerto se resolvió al modo en que lo solían hacer los invasores romanos del valle del Omaña, añadiendo un columbario con unos cuantos nichos (palabra horrorosa donde las haya) mortuorios que destacan sobre el yerbazal de las tumbas. Mirando al cementerio y más concretamente al columbario donde ya estaban las cenizas de mi padre, en el verano de 2016 y tras rezar un padrenuestro mi madre musitó emocionada “Que nos reunamos todos en una vida mejor” en lo que me pareció la expresión de un deseo intenso, anhelado, cinco meses antes de dejar esta vida que ya se le estaba haciendo demasiado larga.

Entre lo que nos dejó había unos papeles manuscritos que decían que mi madre era propietaria de uno de estos nichos y un notario de Madrid ha anotado en sus protocolos que yo soy dueño junto a mis hermanas de semejante aposento para la eternidad. No conozco a nadie capaz de llevar la contraria a un notario. Yo desde luego no lo haré, así que allí me llevarán cuando llegue el momento si los que me sobrevivan atienden mis deseos.

No sé a qué edad comenzó mi madre a preocuparse por estas cosas que a los de la siguiente generación nos hacía sonreír condescendientemente, pero el tiempo pasa para todos y forzosamente tengo que agradecerle que pensara con tiempo suficiente en algo tan obvio como dónde acomodarse para los restos, dónde estar sin molestar a los vivos. Porque hace tiempo que siento los efectos de la obsolescencia escrita en los defectuosos genes que me han tocado en suerte, de los que sin duda son responsables involuntarios unos cuantos de mis antepasados con los que un día compartiré espacio en el cementerio de Castriello. He sido, soy todavía, el trasunto de lo que ellos fueron, de lo que llevaban escrito de forma indeleble en su ADN fruto de tantas vidas entrecruzadas durante siglos y que ha cristalizado con mejor o peor fortuna en individualidades concretas como yo mismo.

Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello. Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello.

Ha hecho fortuna la expresión obsolescencia programada aplicada a los electrodomésticos y otras máquinas que usamos a diario, pero a fuerza de percances de salud, aparentemente sin relación alguna con mi estilo de vida, cada vez estoy más convencido de que somos nosotros los que tenemos bien escrito en los genes, con tinta invisible a simple vista, la fecha de caducidad de nuestros cuerpos. Los cirujanos van extendiéndonos prórrogas a esta fecha de caducidad, pero finalmente la obsolescencia nos alcanza de forma inexorable. Da igual que hayas sido alto o bajo, ocurrente o aburrido, valiente o cobardón.

Por eso mismo le estoy agradecido a mi madre por ocuparse sabiamente de dónde dejar su propia obsolescencia y, de paso, la mía. Y qué mejor sitio que el cementerio de Castriello, donde aún cantan las ranas en el arroyo y los saltamontes despliegan sus esplendorosos élitros del mismo azul que el ala de los grajos que se oyen entre los chopos del cercano río Omaña; donde por las tardes se siente el alivio de la sombra que proyecta Santa Colomba cuando ya se hace inaguantable la solanera con que el sol aprieta desde bien temprano en las mañanas de verano o dónde en invierno se agradece el solecito mañanero que atempera la tiritona de la helada nocturna, porque habrá que ver cómo se siente el frío y el calor cuando en vez de huesos y carne se sea solo polvo o ceniza.

Polvo o ceniza. Hasta la época de mis abuelos era cierto lo que decía el sacerdote cada Miércoles de Ceniza mientras nos ponía una pizca de ceniza en la frente, “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás), frasecita que nos helaba el alma y que a mí me sugería con desagrado el roer de los gusanos reciclando la carne en tierra vegetal, en polvo. Ahora que ya salimos reducidos a ceniza desde la capilla mortuoria, sin gusanos de por medio, no sé si habrán tenido que cambiar este recordatorio que nos decía a las claras que éramos muy poca cosa. Y así es, hay que admitirlo.

A medida que te haces mayor hay que ser consciente de que las leyes de la probabilidad van dejando de ser neutrales, que la cara y la cruz de la moneda no pesan estadísticamente lo mismo. En los próximos días se lanzará de nuevo mi moneda, que tantas veces ha salido cara, y veremos qué sucede.

Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho. Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho.

Si sale cruz, mi familia tendrá que encargar una plaquita con mi nombre y pegarla en la losa de mármol negro que cubre el nicho de la familia García de la Calzada, tan pulido que en él se reflejan los robles y escobas de la ladera de enfrente que recuerdo servían de refugio a las vacas que moscaban en las tardes de verano cuando yo las llevaba a las llamas de Castriello, el paraje donde fui feliz de chaval.

No se me ocurre un sitio mejor para esperar que se desperecen los cuerpos cuando suenen las trompetas del Juicio Final en que creían muchos de los residentes del cementerio de Castriello. Y para los descreídos sólo quedará sentir como nuestras cenizas se esponchan o acurrucan según haga calor o hiele, mientras se oye el manso discurrir del arroyo de Castriello entre juncos y matas de menta. El mundo seguirá dando vueltas y en unos cuantos años los hoy jóvenes de mi familia serán candidatos también a residir en Castriello o, si lo prefieren, a la sombra de las hortensias familiares.

17 de Junio de 2019, en vísperas.

La moneda salió cara, otra vez. Aunque algo desvaída por una maldita e inesperada FA.

22 de Junio de 2019.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La ensaimada (carita de ángel)

1957. Jugando al fútbol. Autor, Ramón Masats.

Igual que pasó con otros hermanos, en un par de ocasiones viví fuera de casa de mis padres para aliviar las apreturas de una familia tan numerosa.

En la primera viví junto a un hermano una temporada con los abuelos en Vegarienza, un escenario de lo más habitual para nosotros. Después de la escuela nos entreteníamos ayudando a Humberto en la obra para poner agua corriente en la casa. En la despensa donde una vez entró una culebra a comerse las natillas y otras exquisiteces (ver La Culebra) estaban haciendo un cuarto de baño enorme con bañera y todo, lo que me obligó a elaborar múltiples disculpas anti baño para tener a mano porque a mí me gustaba lavarme como los gatos en la palangana de porcelana gastando la menos agua posible pues era yo el responsable de traerla del río. Jabón tampoco gastaba mucho pues creía que me iba mal para el cutis. Pero la cosa pintaba mal. Con agua del pozo se llenaría un depósito en el desván que se calentaría en el calderín de la cocina de leña, con lo que seguro que a la abuela se le ocurriría que los niños teníamos que bañarnos enteros de vez en cuando. Yo estaba asustado. Con lo a gusto que estaba llevando la misma ropa puesta más de dos semanas, porque cada vez que tenía que ponérmela limpia me daba un escalofrío y tardaba un par de días en volver a estar confortable.

Para distraernos de los malos tiempos que podría traer tanta limpieza, cuando el abuelo y Humberto se descuidaban nos dedicábamos a hacer el cabra subidos a las vigas que habían colocado para sostener el piso de baldosas, la bañera y otros elementos asquerosamente blancos. Hacíamos equilibrio caminando sobre las vigas con los brazos extendidos intentando no mirar al suelo de cemento tres metros más abajo y dando giros inverosímiles al llegar a la pared, compitiendo por ser el más rápido. Una vez que mi hermano iba ganando y estaba más pendiente de mirarme con guasa que de ver donde pisaba, al girar resbaló en el borde de la viga y dando un grito se precipitó al piso de abajo chocando con un ruido sordo, como de trapo. Asustado al oírle gritar me descolgué hasta donde estaba caído al tiempo que la abuela salía de la cocina alarmada por los gritos que estaban más que justificados porque se había roto la clavícula. Aquel episodio evidenció que yo era un inconsciente y que dos éramos demasiado para los abuelos que estaban muy mayores y a mí me mandaron con mis padres.

No sé si esta travesura acentuó mi aura de inquieto e incrementó mis opciones a candidato para una nueva ausencia más prolongada y azarosa. Casi un exilio. Mi padre había estudiado con los salesianos y tenía allí un amigo responsable de reclutar chavales que de mayores irían con faldas por la calle. Entrar en el internado suponía años de educación de cierta calidad, un plato asegurado y todo gratis, lo que no era un asunto desdeñable. Llegar a ponerse faldas era cosa de cada uno, no era obligatorio. O ponérselas en el noviciado y salir zumbando cuando aún era tiempo. Entretanto, la consigna era estudiar, poner cara de santo y rezar algo.

No sé cómo mis padres nos vendieron el asunto a mí y al hermano que me precedía, el caso es que recibimos la visita del amigo de mi padre, todo zalamero y sonriente, que quedó muy bien impresionado de nuestra carita de santos, de lo modositos que parecíamos y lo dispuestos que estábamos a redimir negritos, amarillitos o indios apaches en las misiones. Hasta entonces aquellas razas exóticas solo habían sido objeto de nuestra atención cuando en la parroquia o en la Academia Carrasconte nos daban unas huchas para pedir dinero para el Domund. Tenían forma de cabeza, cabezón más bien y tirando tan a gorditos que nunca me pareció que pasaran hambre u otras necesidades, con una raja para las monedas encima de la cabeza.

Quedó decidido que a finales del verano nos iríamos los dos a un internado en Galicia. Mi madre desempolvó una maleta de cartón y le hizo una funda de mahón azul que se cerraba con botones todo alrededor. En verano empezó a preparar las mudas y la ropa necesaria que sus hermanas ayudaron a bordar con los nombres de interfecto1 e interfecto2 y que fue colocando en dos montones dentro de la maleta. Yo no sabía cómo me había dejado embaucar pero, por si acaso, aquel verano fui el más trasto de todos los hermanos, en un ansia inagotable por apurar los últimos días antes de subsumirme en un mundo solo para hombres que no me agradaba.

Mi padre nos llevó a Ponferrada donde nos juntamos con otros grupos de pobrecillos como nosotros, en una amplia operación logística que me recordó a cómo en Vegarienza reunían las ovejas de cada casa para que el pastor se las llevase juntas al monte. Y como ovejas, tristes y preocupados, subimos al tren con destino a un pueblo marinero de la ría de Arousa. En el tren conocí a Perico que sería compañero de confidencias y peripecias. Nos bajamos en Cambados a primera hora de la mañana, todos legañosos y sucios, llevando la maleta entre los dos hermanos, una mano de cada uno en el asa, y caminando a trompicones.

1975 Internado salesiano en Galicia. Don Bosco y María Auxiliadora. Huchas Domund.

El colegio era de piedra, enorme, con muchas ventanas y rematado por la estatua protectora de María Auxiliadora. Entre la capilla y las viñas de albariño había un campo de recreo donde hacíamos gimnasia y jugábamos al fútbol. Aún no había empezado el curso pero enseguida comenzaron con el ablandamiento mental. Que si la vida ejemplar de Don Bosco, que había que ser devotos de María Auxiliadora, que había que estudiar y rezar mucho y que si tal y que si cual. A mí me entraba un sueño insuperable en aquellas charlas y menos mal que Perico y yo nos entendíamos bien y nos turnábamos para que mientras uno estaba atento el otro pudiera dormitar discretamente, pues un oportuno codazo le despertaría si era necesario. Aprendí a dormirme en cualquier postura y lugar como se verá más adelante.

Apenas salíamos del colegio y cuando lo hacíamos era muy difícil despistarse pues íbamos en fila de a dos y con los frailes vigilándonos de trecho en trecho. Siempre tuve la sensación de que la gente nos miraba como a bichos raros. A veces nos llevaban a la playa y aprovechábamos para mirar con ojos ávidos lo que nos faltaba en el colegio, las chavalas. A la vuelta de cada paseo me preguntaba qué era lo que se me había perdido allí, que yo no tenía madera de misionero. El próximo verano tendría que decir a mis padres que no quería seguir para cura.

En verano nos daban quince días de vacaciones, plazo calculado para que no nos disipáramos y perdurase el efecto de las últimas sesiones de lavado de cerebro. Que si teníamos que rezar, que si la castidad, que si la obediencia. Ya en Vegarienza yo me desfogaba a tope y le repetía a mi madre que no quería volver, pero ella siempre me convencía de que tenía que seguir estudiando y que más tarde ya veríamos. Aprovechábamos que toda la familia estaba junta para hacer las fotos del carnet de familia numerosa y vuelta a meter las mudas repasadas en la maleta y regresar al mundo de los pensamientos elevados y realidades rampantes. Se habla mucho de la morriña de los gallegos cuando están lejos de su tierra, pero a nadie le preocupaba la añoranza de Omaña y de la propia familia de los que estábamos en Galicia contra nuestro deseo. Allí me formaban para ser misionero y yo lo que quería era ser ingeniero. Tendría que estudiar, que era lo importante, y fingir en lo demás.

A fingir ayudaba que yo tenía carita de bueno, casi de angelito, tanto que tuve mi momento de gloría cuando eligieron una foto mía para la portada de una revista que editaban cada dos meses para enviar a padres y antiguos alumnos. Me pavoneé durante un tiempo delante de los compañeros, pero al poco todo siguió igual. Levantarse temprano, ir a misa, estudiar, comer no demasiado, mucho deporte para que estuviéramos bien desfogados y más rosario y mucho Don Bosco y acostarse pronto. Menos mal que había una red de distribución de tebeos que nos hacía la noche más llevadera e incluso circulaba alguna revista con fotos de mujeres que cada poco intentaban requisar registrando los dormitorios.

En el comedor servían la comida mujeres bastante mayores vestidas de negro hasta el cuello y con delantal blanco, especialmente reclutadas para que la tentación de la carne, en sentido bíblico, no hiciera presa en nosotros. No entendíamos como Juani había superado el filtro de la selección. Tendría unos treinta y tantos y tan buen aspecto que ni siquiera la vestimenta negra era capaz de disimular su exhuberancia y buena raza que justificaba el sobrenombre de Pechodulce. Perico y yo salíamos zumbando de clase y nos apostábamos a la entrada del comedor para conseguir una plaza en las mesas que ella servía. Cuando lo conseguíamos nos quedábamos arrobados, como tontos de baba ante aquel prodigio de la naturaleza, esperando una sonrisa que cada cual interpretaba a su gusto y que algún botón mal abrochado permitiera ver más allá de lo que dejaba intuir el delantal, milagro que nunca sucedió.

A cambio de la dicha de ser servidos por Pechodulce no había que ser muy remilgado con la comida. Y es que la zona de influencia de Pechodulce estaba frente a la ventana que separaba el comedor de la cocina a través de la que veíamos como preparaban los platos antes de servirlos. Allí estaba un hermano lego que servía para todo. Era el jefe de los chivatos, el que controlaba en la sacristía a los monaguillos y allí ayudaba a preparar los platos. Cuando había filetes empanados o rusos los pasaba de la bandeja que traía la cocinera a los platos, cogiéndolos con los dedos y, como quemaban, los soltaba en nuestros platos mientras sacudía la mano y se chupaba los dedos antes de continuar el trasiego. Si alguno se caía al suelo lo recogía sin más y al plato. El día que no podíamos con el asco de comer filetes con sabor a chupao o porque creíamos que nos había tocado el que se había caído, por la tarde el rugir de tripas era insoportable. Si los monaguillos ya le odiábamos porque no nos dejaba beber las escurriduras de las vinajeras en la sacristía, una tarde entera acordándote a cada retortijón de tripas de cómo se relamía entre filete y filete hacía que alguno juráramos que algún día nos lo pagaría.

Para reforzar nuestra fe y convencernos de que fuera de la senda marcada no había futuro, nos sometían cada poco a ejercicios espirituales. Traían al internado verdaderos especialistas en hablar del infierno en medio de escenografías tenebrosas, penumbra y cirios encendidos, que conseguían que nos cagáramos de miedo por lo que nos iba a pasar si no éramos castos y rezábamos a todas horas. Ni me gustaban los ejercicios espirituales ni confesarme cada poco, y menos aun cuando confesaba el jefe de estudios que tantas broncas me echó en su despacho por mal comportamiento, mientras me trataba de usted. Cuando me arrodillaba en el confesionario, se inclinaba hacía adelante y adoptaba un tono convincente y asquerosamente tierno. Hasta me tuteaba mientras me preguntaba que cuántas veces. Yo me separaba todo lo posible, pero no podía evitar el cachete que me daba al decirme que me fuera en paz.

Cuando hacía un par de años que mi hermano se había marchado para el noviciado, última etapa en la emulación de Don Bosco y donde ya tenía que llevar sotana, me puse un poco nervioso y cada día se me hacía más urgente salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. No me veía toda la vida vestido de negro y, conociéndome, me horrorizaba tener que comportarme las veinticuatro horas con la rectitud y dignidad que se esperaba de un religioso, siempre expuesto a que mis actos litúrgicos, docentes y hasta civiles, fueran observados atentamente por fieles, alumnos y superiores.

En semejante estado de ánimo dormía mal y, noche si y noche también, mis miedos afloraban en una pesadilla recurrente que se materializaba en la tonsura que me harían al ser ordenado. Un redondel pelado común a todos los religiosos que tendrían que recortarme periódicamente y a mí los peluqueros me disgustaban sobre manera. Lo peor de la pesadilla no era el peluquero vaciándome la coronilla, sino que en vez de pelo empezaba a crecerme yerbajos de todo tipo que yo tenía que cortar a cada poco. Trataba de ocultar aquel jardín con el bonete pero los vegetales crecían tan deprisa que tras un rato sin cortarlos, el bonete empezaba a levantarse por el empuje de las plantas y sentía cómo sus raíces se hundían dentro de mi cabeza. En los primeros sueños solo eran yerbajos pero a medida que se acercaba la fecha de ir al noviciado, los vegetales aumentaban de tamaño y hubo noches que me salían tomateras y berenjenas imposibles de disimular y sus raíces ahondaban en mi cabeza hasta a salir por las orejas. Durante el día me sorprendía tocándome insistentemente la coronilla, todavía intacta y con todo su pelo.

La esquizofrenia entre lo que quería ser y lo que sería si no conseguía salir del internado, afloraba en mi subconsciente cada noche. En cierto modo esta hiperactividad nocturna me ayudó a encontrar la solución.

Una noche, en vez de soñar con el huerto de mi coronilla, me vi ya ordenado y oficiando misa, muy preocupado por sentirme observado por los feligreses, ocurrió un percance muy afrentoso. Los dos monaguillos que me ayudaban a misa eran como yo mismo, aficionados al vino de consagrar e igual de golfos que yo lo había sido. Yo musitaba en latín los rezos del misal de espalda a los fieles y con los monaguillos arrodillados detrás de mí. A mis frases en voz alta tenían que contestar en latín pero pasaban de lo aprendido en el catecismo del padre Astete y alardeaban de creatividad y mala leche. Si yo decía Dominus boviscum, ellos contestaban con voz gangosa El vino que bebe Asunción insinuando mi afición al vino de consagrar. Si para disimular y que los fieles no se enterasen de tal insubordinación yo decía en voz más alta de lo normal y alargando tanto como podía Oreeeeemus, como si estuviera cantando gregoriano, los monaguillos irreverentes contestaban entre risas ni es blanco ni es tinto ni tiene color. Yo estaba seguro que aquellos desalmados se habían bebido algo más que las vinajeras antes de empezar la misa. La cosa empeoró cuando tenían que levantarme ligeramente la casulla por detrás y cogiendo el borde del alba me la subieron hasta la cintura para que todos los fieles me vieran los pantalones, con lo que al jolgorio de los monaguillos se añadió el de algunos fieles. Mi cabreo iba en aumento y decidido a darles un escarmiento, al volverme hacía los fieles para bendecirles y anunciar que la misa había acabado, giré impetuosamente con una pierna en alto para barrer de un patadón a aquellos hijos de mala madre, con tan mala fortuna que por el impulso rodé por los escalones del altar mientras los monaguillos, que habían esquivado mi furibundo ataque, retomaban la forma canónica de ayudar a misa y volviéndose hacia los fieles tocando la campanilla estruendosamente anunciaban de forma teatral Ite misa est y desternillándose de risa se dirigieron a la sacristía seguro que para amorrarse al garrafón de moscatel. Ningún feligrés hizo ademán de ayudarme y allí quedé muerto de vergüenza y echaba espumarajos por la boca jurando que mataría a los dos insumisos si conseguía rehacerme de la fenomenal costalada.

Desperté sudoroso y afectado porque la pesadilla era el trasunto de cómo tenía interiorizado cuales serían mis sensaciones en mi vida de fraile, pero no me quedó más remedio que admitir que los monaguillos de la pesadilla eran unos tíos salados y pistonudos, aunque me la hubieran jugado. Claro que como episodio onírico estaba bien, pero si algo parecido ocurriera en el internado aquellos dos tunantes no tardarían un minuto en ser expulsados. No tardarían un minuto en ser expulsados, repetí mientras me vestía deprisa para bajar al comedor. Acababa de intuir como podría bajarme en marcha de aquel tren que cada día me acercaba un poco más al noviciado.

Cuando me tocaba ayudar a misa, el día anterior acompañaba al hermano lego a la sacristía para preparar toda la parafernalia necesaria. En una ocasión que se acabó el vino de la botella de rellenar las vinajeras, vi cómo el hermano lego abría un armario donde guardaba un garrafón con vino de consagrar. Rellenó la botella y volvió a cerrar el armario-bodega. Yo estaba a lo mío pero la fortuna quiso que a través de un espejo viera guardar la llave detrás de un cuadro de Don Bosco que presidía la sacristía.

Empecé a pensar en cómo aprovechar aquel descubrimiento en beneficio propio. Se lo conté a Perico y planeamos darnos un atracón de moscatel cuando coincidiéramos los dos de sacristanes. Necesitaríamos un cómplice para alejar de la sacristía al hermano lego mientras nosotros perpetrábamos el latrocinio. Perico me contó que Manolo, que era de su mismo pueblo, necesitaba urgentemente que le echaran del internado porque tenía una medio novia cuyo recuerdo le hacía muy duro su ausencia del pueblo y estaba dispuesto a hacer una trastada lo suficientemente grande como para que le echaran. No le importaba pasarse el resto de su vida trabajando en la mina como su padre y sus hermanos. Era el tercer hombre que necesitábamos y los tres nos pusimos a maquinar un plan conjunto.

Ya había terminado el curso y nos habían entregado los libros de escolaridad con las notas y los diplomas a aquellos que el próximo curso entraríamos en el noviciado. Había que actuar de inmediato. La ceremonia de entrega había sido en el salón de actos con la solemnidad de todos los años, seguida de una merendola con patatas fritas, sándwiches y naranjada. Cuando terminó la ceremonia y simulando ayudar a retirarlo todo, me guardé debajo del jersey dos bandejas de cartón blanco que habían contenido los sándwiches y Perico dos botellas de Fanta. Guardé las bandejas debajo del colchón hasta que fueran necesarias.

Empezaba un período un poco tonto antes de las vacaciones de verano con más tiempo libre y alguna excursión, pero básicamente nos dedicábamos a jugar al fútbol y leer aunque no faltaban las charlas edificantes y preparatorias de la etapa del noviciado.

La semana antes de las vacaciones coincidimos Perico y yo de monaguillos y avisamos a Manolo para que estuviera preparado, pues no podíamos retrasarlo más. Después de la siesta nos ordenó el hermano lego que le acompañáramos a la sacristía para preparar las cosas de la misa del día siguiente. Estábamos recortando las obleas, preparando las vinajeras, repasando las velas y ordenando todo un poco, cuando por la ventana de la capilla oímos que empezaba el partido de fútbol de cada tarde y al exaltado Manolo dando voces, pidiendo que le pasaran el balón. Todo parecía estar en orden.

Perico y yo actuábamos con parsimonia esperando que Manolo hiciera lo convenido, cuando oímos un estrépito de cristales rotos porque un punterazo de Manolo había estrellado el balón contra la vidriera de colores que representaba a María Auxiliadora y cuyos trocitos regaron el suelo de la capilla, al lado del altar. El hermano lego salió como un tiro a la puerta de la sacristía y al ver el estropicio exclamó asustado

–       ¡ La Virgen ! – y salió despavorido hacía el campo de deportes como si se hubiera venido el mundo abajo. En el campo de deportes se había hecho un silencio total.

Con la misma rapidez que el hermano lego había abandonado la sacristía nos pusimos manos a la obra. Cogimos la llave de detrás del cuadro, abrimos el armario y llenamos las dos botellas de Fanta con el moscatel destinado a convertirse en sangre de Cristo. Habíamos planeado juntarnos los tres y pegarnos una fiesta pagana en algún sitio recogido. Cerramos el armario y pusimos la llave en su sitio. Mientras salía con su botella envuelta en papel de periódico, Perico me dijo que me diera prisa. Contesté que enseguida, que iba a terminar de recogerlo todo. Pero mis planes eran otros.

Manolo ya había hecho méritos suficientes para irse a casa y faltaba que yo hiciera lo propio. Me eché al morro la botella y el moscatel fresco y dulce me supo a gloría. Yo estaba acostumbrado a pequeños sorbos de las escurriduras de las vinajeras y no era muy consciente de que aquello era vino y que me la cogería si seguía con aquellos lingotazos. Mi plan era que cuando los frailes entraran a ver el destrozo de la vidriera me encontraran con las manos en la masa, bebiendo el vino robado. Salí de la sacristía para oír mejor lo que pasaba en el exterior y me acerqué al altar mientras empinaba la botella. Qué bueno estaba el vino y qué bien me sentaba, tan fresquito con el calor que hacía.

Al otro lado del hueco donde había estado la vidriera se oía una algarabía enorme. Los futbolistas explicaban vehementemente a los que llegaban cómo Manolo había metido un gol a la Virgen. Como el hermano lego había ido a buscar al jefe de estudios para que se hiciera cargo de la investigación y aplicara justicia, pensé que aquello podía ir para largo así que me senté en el altar y seguí refrescándome el gaznate. Balanceaba las piernas en el aire y me encontraba cada vez más alegre pensando en lo poco que me quedaba por estar allí. Ya me había bebido la mitad de la botella y temí que se me acabara el vino antes de que entraran los de la sotana. Ahora, además de las piernas, balanceaba los hombros y la cabeza y canturreaba la canción que los días de excursión cantábamos en el autobús

Para ser conductor de primera, de segunda, de terceeeeeera….
Para ser conductor de primera, acelera, aceleeeera…. (trago)
Hace falta ser buen bebedor
Con el vino se engrasan las bielas, acelera, aceleeeera…. (trago)
Y se toman las curvas mejor (trago, trago, trago)

Ya balanceaba todo el cuerpo basculando sobre el culo y me acercaba con los hombros peligrosamente al altar, mientras oía al otro lado de la no-vidriera cómo el jefe de estudios afeaba a Manolo lo torpe que era y le amenazaba que se fuera preparando. Y cómo Manolo le contestaba con sorna berciana, aprovechando el ambiente milagrero imperante,

–       Es que oí como la Virgen me pedía que le pasase el balón, pero no calculé la fuerza y ya ve…… – fingiendo estar compungido por lo sucedido

–       ¡Qué grande eres, Manolo! – decía yo con risa floja de beodo (trago)

Sujetando la botella con una mano, empecé otra vez con los cánticos mientras me recostaba dulcemente en el altar, que estaba blando y fresquito, usando el brazo libre como almohada

Fara ser fonductor de frimera, (trago) de fefunda, de ferfeeeeera…. (trago)
Fara fer fonfuctor fe frimera,….

Ya casi no percibía el follón de afuera y me sentía tan a gusto…., tan fresquito……..

Como en sueños, oí un frufrú de sotanas que pasaban a mi lado y que un fraile que se parecía al jefe de estudios subía al púlpito para mejor observar el destrozo de la vidriera y desde allí gritaba señalándome con un dedo acusador

–       ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! ¡Usted es un sacrílego! ¡Sacrílego! ¡Borracho!

El hermano lego olió la botella y se dirigió derecho al armario-bodega. Al ver el garrafón medio vacío se asomó a la puerta de la sacristía y terció en la filípica

–       ¡Y ladrón! ¡Y ladrón! ¡Un ladrón y un borracho! – mientras levantaba el garrafón medio vacío para que lo viera el del púlpito

Medio dormido, al sentir que me sacudían por el hombro reacomodé la cabeza sobre el brazo que hacía de almohada. Insistieron en las sacudidas y las piernas se me cayeron del altar con lo que me incorporé asustado con la sensación de perder el equilibrio y empujé sin darme cuenta la botella que rodó por el altar y cayó rompiéndose en añicos con gran estrépito. El ruido de cristales rotos y las voces del jefe de estudios, cuya cara estaba a pocos centímetros de la mía, hicieron que empezara a tomar conciencia de dónde y por qué estaba allí. El jefe de estudios me gritaba

–       ¡Usted se la ha cargado, por borracho! ¡Le voy a llevar ante el claustro! ¡De esta no se libra, sinvergüenza, malnacido! – mientras agitaba su dedazo delante de mis narices

–       ¡Sinvergüenza y ladrón! ¡Ladrón y borracho! – animaba el hermano lego cuya cabeza asomaba por detrás del jefe de estudios

Aún algo adormilado, me sentí tan acosado por aquella gente encima de mí que hice un gesto defensivo con los brazos y los dos ensotanados dieron un respingo hacía atrás cayéndose de culo al pie del altar en un revoltijo de brazos, sotanas y pantalones. Me hizo tanta gracia verles en postura tan poco digna, que me eché a reír con voz de borracho mientras les señalaba en claro gesto de burla.

Se levantaron como pudieron y un poco amedrentados por mi impulsiva reacción, se fueron retirando mientras el jefe de estudios me gritaba

–       ¡Prepárese, indigno! Le vamos a expulsar. No podrá ir al noviciado. Ha arruinado su vida – seguía agitando su dedo acusador mientras retrocedía hacía la puerta de la capilla.

Yo había recuperado algo el control y quise rematar la faena para que no hubiera duda. Me llevé una mano a la boca haciendo bocina y les dediqué una sonora pedorreta que reverberó en toda la capilla. Los de negro debieron creer que me había vuelto loco o que estaba poseído, porque salieron de la capilla atropelladamente cual alma que lleva el diablo.

Seguí durante un buen rato sentado en el altar, disfrutando de la sensación de bienestar que me embargaba por el moscatel trasegado y la satisfacción del deber cumplido. Me bajé del altar con movimientos cautelosos y salí con paso vacilante, pero erguido, camino del dormitorio para preparar la maleta pues aquello ya no tenía vuelta de hoja.

Estaba haciendo la maleta cuando me avisaron para que me presentara de inmediato en el despacho del rector. Terminé sin prisa la maleta, me refresqué la cara con agua y me fui calmosamente hacía el despacho del rector sabiendo lo que me esperaba. Allí estaban el rector y el jefe de estudios que cuando me paré de pie delante de la mesa del rector se puso a una prudente distancia de mí. El rector fue muy breve,

–       Por la gravedad del asunto, hemos considerado que no eres digno de ordenarte como sacerdote. Mañana a primera hora, informaré al claustro y serás expulsado de los salesianos. Mañana mismo te iras a tu casa con vacaciones indefinidas.

–       Tiene usted razón, padre rector. ¿Manda algo más? – Extrañado porque no me hubiera desecho en disculpas, por el nulo arrepentimiento que mostraba y por lo poco contrariado que parecía, el rector me miraba incrédulo y como diciendo que no con la cabeza lentamente. Di media vuelta y me fui por donde había venido.

Aproveché lo que quedaba de día para despedirme de los amigos que se mostraban preocupados por el fin de mi carrera y yo les consolé como pude. Solo Perico y Manolo que estaban al tanto del asunto me felicitaron por el desenlace. Decliné su invitación para participar en la libación nocturna que tenían planeada y quedé con Manolo, al que también habían aplicado el mismo artículo reglamentario que a mí por haberle hecho un pase a la Virgen, en vernos por la mañana en la portería del colegio para coger el autobús que nos llevaría hasta el tren.

A la mañana siguiente bajé a la portería donde ya teníamos preparados los billetes y una bolsa con algo de comida para el viaje. Manolo me esperaba sentado encima de su maleta con cara de sueño, señal de que la despedida con Perico y otros secuaces se había prolongado hasta altas horas, pero con aspecto satisfecho. Le pedí que guardara mi maleta unos minutos mientras iba al baño. El colegio parecía desierto pues los chavales estaban en la biblioteca y los profesores en el salón de actos donde el rector les informaba de la doble expulsión.

En el retrete saqué las bandejas de cartón de debajo del jersey y puse una de ellas encima de la taza del váter; me bajé los pantalones y elaboré una ensaimada de proporciones regulares lista para ser entregada. Tapé el regalito con la otra bandeja y salí llevándolo todo con el brazo extendido como si fuera un camarero consumado en dirección al despacho del jefe de estudios que estaba en el salón de actos adornando la exposición del rector con sus comentarios de testigo directo. Entré sin llamar y deposité aquello encima de su mesa. Cogí un bolígrafo de oro que había sobre la escribanía, lo unté en la ensaimada y escribí en la bandeja de arriba “¡SOBÓN!”. Cerré la puerta del despacho y me fui para la portería.

Diez minutos más tarde sonó la bocina del autobús, justo cuando ya se oía el rumor de pasos de los profesores que abandonaban el salón de actos. Cuando el autobús arrancaba Manolo se volvió hacia el colegio y le dedicó un corte de manga con toda su alma de minero. Yo no quise mirar pues hacía un instante que había rubricado de forma contundente mi salida del internado. Aquello no merecía ni una palabra ni un gesto más. Solo lamentaba no haber podido dejarle otro regalito al hermano lego por chivato y chupa filetes.

Viajamos juntos hasta Ponferrada y Manolo me enseñó la foto de su novia que había conseguido mantener a salvo de registros durante aquellos años. Nos despedimos con un abrazo y nos deseamos suerte. Yo seguí solo hasta Villablino temeroso de cómo se tomaría mi padre la noticia. Primero le enseñaría el libro escolar con unas notas tirando a buenas y luego le contaría lo que no me atreví a decirle los años anteriores: que quería ser ingeniero y que no volvería con los frailes. Si las cosas se ponían feas, no tendría más remedio que recordarle que también él se había salido de los curas y que ni había sido un desgraciado ni le había pasado nada.

Mayor problema sería explicárselo a la abuela y a las tías en Vegarienza, que hacía años soñaban con tener dos curas en la familia que paliaran la añoranza del tío Federico, el último fraile familiar. Les consolaría diciendo que ya estaba mi hermano mayor ocupándose de eso y remacharía, mintiendo como un bellaco, que yo no podía ser fraile pues en el internado habían descubierto que me sentaba tan mal el vino de consagrar que podría darme un ataque en mitad de la misa. Si llegaba algún informe del colegio contando lo realmente sucedido, ya encontraría a quien echar la culpa. Me estaba convirtiendo en un truhan con cara de ángel. De momento aquel verano intentaría sacar provecho con las chavalas a mi cara de no haber roto un plato. Y que ¡no me hablasen de ayudar a misa en Vegarienza!.

Con todo el plan bien pergeñado, me quedé dormido en los duros asientos de madera y, como casi siempre, mis vivencias y obsesiones se incrustaron en mi sueño. Soñé que el jefe de estudios, todo engreimiento, llevó a los profesores a su despacho para enseñarles las estadísticas de las notas del curso. Extrañado, se quedó parado un momento ante su escritorio y apartando un par de moscas que sobrevolaban el regalito, levantó la tapa y todos pudieron ver el graffiti (más bien mierdditi) ¡SOBÓN!. Cuarenta pares de ojos interrogadores se dirigieron al jefe de estudios que frenéticamente aplastaba la bandeja de arriba sobre la ensaimada para borrar el graffiti acusador. Los subproductos de mi metabolismo, tan dúctiles y maleables como yo mismo, obedecieron dócilmente a la presión y se extendieron sobre las estadísticas tan laboriosamente preparadas. Transfigurado por la ira, cogió la bandeja con rabia y la lanzó contra sus colegas, mudos aún por la sorpresa. Los de la primera fila pudieron agacharse a tiempo y la bandeja encontró en su trayectoria la cara del hermano lego que aún seguía con la boca abierta, intentando explicarse si las desgracias de los últimos días se debían a sus muchos pecados o a un momento de distracción de Don Bosco. Profundamente dormido, me removí satisfecho en el asiento como si lo que acababa de soñar hubiera sucedido de verdad. Magnífico desenlace.

Al llegar a Villablino me desperté reconfortado por la larga siesta y el regustillo de haber tenido, por fin, una ensoñación agradable sin lucha a brazo partido con hortalizas o monaguillos insolentes. Bajé del tren eufórico, me eché la maleta al hombro y comencé a subir la empinada cuesta con una ligereza inusitada, felicitándome por la forma tan cutre, pero eficaz, de acabar con mi contribución a la diáspora familiar. Era un completo truhan, pero bendita imaginación que me había librado de las faldas y la tonsura. Allí mismo empezaba una nueva vida.

Nota del autor: Todos mis relatos se refieren a historias personales excepto este. Esta historia que no he vivido yo pero si alguien de mi familia, me ha atraído intensamente desde siempre por iconoclasta y golfa. Salvo el episodio de las vinajeras, que conozco por referencias y lo cuento no como fue sino como lo he imaginado, el resto es ficción y así hay que leerlo. Escribo en primera persona para que no quede la mínima duda que lo que cuento es consecuencia de mi invención y del esfuerzo por meterme en la situación del personaje y en el escenario, aunque en el desarrollo también he incorporado vivencias personales.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: elpais.com, matermundi.tv, blogs.hoy.es.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los negocios del alma (la obsesión de Lucas de la Calzada)

El juicio de un alma. Óleo de Mateo Cerezo. Museo del Prado (1).

Mi abuelo Emilio de la Calzada murió como vivió. Murió en 1964 en la iglesia de Vegarienza al poco de comulgar. Era de convicciones religiosas muy profundas que probablemente influyeron en su mujer, Honorina, y que ambos transmitieron a sus hijos. Mi abuela Honorina concebía la vida como el valle de lágrimas que a fuerza de sacrificio y oraciones la conducirían un día a un Juicio Final exitoso. Con una apariencia física endeble, trabajaba sin descanso de sol a sol tanto en casa como en el campo y aceptaba las dificultades y desgracias con frases tajantes como “Todo sea por Dios y nada más” o avisaba de su aceptación de la dureza del tránsito terrenal suplicando “Que Dios nos mande lo que podamos soportar“. No creo que se pueda sintetizar más acertadamente su concepto vital de que el trabajo y sacrificio, junto con la oración, eran el camino que la conducirían a la salvación eterna (ver Mi abuela Honorina).

Yo conviví mucho con mi abuelo Emilio hasta el punto que fui su acompañante como lazarillo que iba delante de las vacas cuando araba las tierras o ayudante-aprendiz en todo tipo de tareas en el campo. Él me enseñó a ayudar a misa y me introdujo como monaguillo de don Abundio y yo sabía que la oración jugaba un papel importante en su vida pues el tiempo que viví con los abuelos en Vegarienza, tendría siete u ocho años, dormía en su habitación en la misma cama que mi abuelo y no había día que al primer rayo de luz que entraba por el balcón no dedicáramos un rato a la oración (ver Mi vida con los abuelos) y el día nunca terminaba sin el correspondiente Rosario. Si el mediodía nos cogía arando, el abuelo detenía las vacas y, despojándose respetuosamente de la boina, rezaba el Ángelus. El resto del día lo dedicaba a trabajar y a preparar los aperos necesarios para el trabajo del día siguiente. Un hombre recto y muy trabajador que hacía tres breves paréntesis cada día para atender a sus convicciones religiosas.

Yo había vivido este ambiente desde siempre y me parecía todo tan normal que me causó gran desazón oír un día a mis espaldas, creo recordar que fue en el coro de la iglesia de Vegarienza, que alguien del pueblo decía con tono que me pareció despectivo que mi abuelo era un meapilas. Me trastocó el comentario porque yo entendía que mi abuelo empleara algo de su tiempo, que otros gastaban en la cantina, acorde a sus creencias.

No obstante, el comentario hizo que me preguntara algunas veces si era mucha o poca la preocupación de mi abuelo por lo que pasaría a su muerte. Yo sabía que en su familia hubo quien se dedicó profesionalmente a los negocios del alma pues conocí a su hermano Federico, fraile digamos que normal y poco dado a perseguir a los espíritus tibios (ver El tío fraile), y un tío suyo fue cura en Sosas del Cumbral. Nada extraordinario que me justificara su religiosidad, por lo que persistía la duda de si mi abuelo exageraba con sus rezos.

Recientemente ha caído en mis manos un documento que puede consultarse en el Archivo Diocesano de León (2). Trata de la fundación por un antepasado de mi abuelo de la Capellanía de San Pedro Apóstol del pueblo de Bercianos del Real Camino, en pleno Páramo leonés, con la finalidad de que “cada año, perpetuamente, para siempre jamás” hubiera alguien que rezara por la salvación de su alma. Que en su familia hubiera hacía más de 200 años alguien con esta obsesión por la salvación eterna, quizá diera alguna pista del por qué del acendrado espíritu religioso de mi abuelo.

Está documentado (3) que su antepasado Lucas de la Calzada, era allá por 1735 cura del pueblo de Bercianos del Real Camino, fecha en la que

El escultor Pedro de Valladolid firma con el cura de la Iglesia De San Pedro de Bercianos del Páramo, don Lucas de la Calzada, y con Bernabé García, mayordomo, escritura para realizar el retablo, por 7.000 rs. Consta de: banco, cuerpo único, ático semicircular y tres calles, predominando el relieve escultórico. Por falta de medios económicos, nunca llegó a dorarse”.

Preocupado por la salvación de su alma, en 1748 fundó una capellanía con la advocación de San Pedro Apóstol y la finalidad de que “cada año, perpetuamente, para siempre jamás”, en las fechas señaladas de San Pedro Apóstol, Jueves Santo y Navidad se dijeran misas cantadas en el altar de San Pedro Apóstol, determinando que

por la limosna de estas, señalo cinco reales cada una … con obligación de cantar un responso sobre la sepultura presbiteral acabada cada una de las misas por su alma, la de sus padres, obligaciones y las del purgatorio“.

Seguramente el cura Lucas, conocedor de los intríngulis de la Eternidad, pensaba a menudo estar en el mismo trance que la criatura que pintó Mateo Cerezo, ser juzgado por el Sumo Hacedor y en ese momento quería estar respaldado por una eternidad de rezos que permitieran la intercesión de la Virgen y otros santos mediadores.

Para asegurarse de que su voluntad se cumplía, dota a la fundación con 16.870 reales en

viñas, suertes, tierras, trigales, centenales, ferreñales y vasijas”.

No solo se preocupa de la viabilidad económica del encargo sino de que el asunto quede en buenas manos, para lo que nombra como primer capellán que le rezara a gente de su confianza:

el Lzdo. Dn. Lucas de la Calzada mi sobrino carnal

y para asegurarse que siempre haya un capellán que diga la misa y los responsos, nombra y da autoridad sobre todo el proceso también a personas de su confianza:

como patrono único y presentero ….. a mi hermano Manuel de la Calzada quien es al presente vecino del lugar de Posada…… y por muerte de mí dicho hermano es mi voluntad suceda su hijo Felipe de la Calzada y después su hijo mayor, prefiriendo al varón a la hembra en dicha presentación y así los demás sucesores por la línea de los Calzadas y extinguida esta línea suceda por la línea de los Garcías descendientes de Santos García y Maria Rubio mis abuelos vecinos del lugar de Fasgar, y extinguida esta suceda ……”.

Tan exhaustiva es la descripción de quien será el presentero (4) que debe nombrar capellán cuando la sede quede vacante, que creo refleja la extrema preocupación por su salvación. No vaya a ser que el cura Lucas de la Calzada, por algún que otro pecadillo, esté confinado en el Purgatorio y por falta de misas y responsos se quede allí por los siglos de los siglos.

Tal era su preocupación, que no se fía de que las extirpes de la Calzada y García duren por siempre jamás y extiende la capacidad de ser presentero a todos los curas de Posada:

y extinguida esta suceda dicha presentación única en el cura o Vicario interino que fuere de la parroquia de San Pedro, de dicho lugar de Posada

Y para más asegurarse los rezos por su alma, afloja la exigencia de que los capellanes sean de la familia de la Calzada hasta el cuarto grado y le vale cualquier propincuo (5) e incluso podrá serlo el estudiante más pobre de todos los pueblos del Valle Gordo,

y que dicho patrono, o sus sucesores tengan obligación de apresentar en el pariente mas propincuo, dentro del cuarto grado y este pasado, de las dichas líneas, el patrono, pueda apresentar al pariente que le pareciere, sin excepción alguna y sino hubiera pariente, dicho patrono y sucesores puedan presentar, en quien quisieren y que dicho cura o Vicario deban de apresentar en el estudiante mas pobre de los lugares que hay de Barrio a Fasgar, siendo hijo de vecino de dicho lugar.

El cura Lucas no daba puntada sin hilo y para que la economía de la capellanía, de la que es responsable cada capellán nombrado, fuera sólida y alcanzara el “por siempre jamás”, establece que

dicho Capellán nombrado como los que le sucedieren tengan obligación siempre y todos los años a tener la hacienda bien labrada, de las labores necesarias y cercas de huertas, de manera que vaya en aumento y no venga en disminución y si el Capellán no lo hiciere el Patrono ….

Como se refleja en el documento del Archivo Diocesano, fueron patronos presenteros desde su hermano Manuel de la Calzada y sus descendientes hasta, al menos, Julián de la Calzada. Es decir, durante no menos de cinco generaciones en la familia de la Calzada siempre hubo alguien obligado a estar pendiente de la salvación del alma del cura Lucas de la Calzada. De que siempre hubiera un capellán que en los días señalados le cantara misa y rezara el correspondiente responso.

Qué enorme responsabilidad la de los sucesivos patronos-presenteros al sentirse imprescindibles en el devenir del alma de su pariente muerto. Me imagino la angustia de aquel presentero que dudara de si habría nombrado un capellán descreído o poco cumplidor de sus obligaciones para con el alma del cura Lucas de la Calzada y, por tanto, sentirse culpable de que no llegara suficientemente rezado al día del Juicio Final. O que pensara que estaba más pendiente de sus propios asuntos en Posada y no haber sido suficientemente diligente en vigilar que los capellanes nombrados mantuvieran y acrecentaran las posesiones de la capellanía, de cuyas rentas salían los dineros para el pago de tanto rezo. Pues ya se sabe que sin reales no hay responso.

Muchos años con la obligación de ser responsables de la salvación de alma ajena. Demasiado tiempo pensando en lo importante que era el rezo para que Lucas de la Calzada se asegurase la otra vida, que era imposible permanecer impertérrito y no aplicarse el cuento al alma propia. Más aun estando, como era el caso, inmersos durante siglos en una cultura religiosa que promovía el sacrificio y la oración como vía para salvar la propia alma. Seguramente mi abuelo vivió esta preocupación familiar por la salvación de los muertos y quizá contribuyó a forjar su sentido religioso de la vida.

Meapilas: “persona que muestra una devoción religiosa exagerada o hipócrita, santurrón”. Pues no, ni hablar. Creo que es un término mal aplicado a mi abuelo que era un hombre de convicciones. Se podrá discutir si hay un Más Allá o no, si sirve de algo rezar. Pero al que lo hace por convicción y no emplea medio segundo en imponer sus ideas y hábitos religiosos a los demás, respeto. Mi abuelo segaba con guadaño y preparaba las tierras con arado romano, como lo habían hecho sus antepasados desde siglos. También rezaba y creía en lo mismo que ellos, sin alardear y convencido que eso era obrar con rectitud, porque él era un hombre recto, un hombre bueno y honesto. Dejemos rezar a quien lo necesita para dar sentido a su vida.

Y volviendo a Lucas de la Calzada, no sé quién le habrá rezado estos últimos años, porque nunca oí en casa de mis abuelos que su primogénito, el tío Aecio, fuera el presentero con mando en la capellanía de San Pedro Apóstol. No sé si la estrategia de salvación del cura Lucas, que tanto se esforzó en dejar tan bien atada, habrá superado las vicisitudes de la historia. A mí, que soy el nieto mayor pero ya un de la Calzada de segundo apellido, nadie me planteó ser presentero. Si fuiste un gran pecador, Lucas de la Calzada, me temo lo peor. Salvo que ya estés en el Cielo, a cubierto de misas no cantadas y responsos no rezados. Amén.

El documento fundacional se puede ver en Capellanía de Bercianos del Real Camino.

Fuentes consultadas
(1) “..el Salvador como Juez, en el momento de tomar una decisión, y la Virgen, que ha intercedido ante su Hijo por el mortal…el alma juzgada, encarnada por un joven semidesnudo arrodillado que mira hacia arriba de forma suplicante…”, (MUSEO DEL PRADO 200 AÑOS).
(2) EL PÁRAMO LEONÉS. Síntesis geográfico-histórico-costumbrista de sus pueblos, de Francisco Rodríguez Juan. Página 206.
(3) El documento fundacional de la capellanía se halla en el Archivo Diocesano Leonés en la sección Fondo Beneficial, pueblo Bercianos del Real Camino, Capellanía de San Pedro.
(4) Presentero: presentador para prebenda de los privilegios, beneficios o derechos eclesiásticos, muy común en el sentido religioso más en todo para las dignidades como el obispo o presbítero (definiciona.com).
(5) Propincuo: allegado, cercano, próximo (RAE)

Agradecimientos: A María Inés López de la Calzada que puso al autor sobre la pista de la capellanía y le facilitó la transcripción del documento fundacional.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de 4.bp.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La cocina de tía Blanca (¿tíos o primos?)

El Cielo siempre presente. Sacrificio, oración y la bula protectora.

Cuando murió la bisabuela Ana, los hijos se plantearon vender la casa de Vegarienza. Entonces mis abuelos Emilio y Honorina vivían en Sosas del Cumbral y como él ya estaba jubilado, había sido maestro del pueblo durante toda su vida, creyeron que era la ocasión de acercarse a la carretera que era sinónimo de “acercarse a la civilización” y decidieron comprar la casa de Bernardino y Ana, padres de la abuela Honorina.

Es una casa de tres plantas al pie de la carretera con diez u once habitaciones, varias estancias de uso diverso, dos cocinas, amplias cuadras y pajar y lo que llamábamos “cocina vieja” o cocina tradicional en la que se hacía fuego en el suelo y los cacharros de los guisos se colocaban sobre trébedes o colgados en las pregancias, en una esquina había un horno de gran tamaño para cocer el pan, maseras donde se amasaba harina de centeno para hacer las hogazas y del techo colgaban los varales ennegrecidos donde se ponía la matanza a curar al humo y al frío.

En el momento de la venta de la casa vivía en ella la familia de tío Baldomino y tía Blanca, que estaban pendientes de edificar su casa al lado de la de Ulpiano a escasos metros del cauce del río Baltaín. Se acordó que seguirían viviendo en la casa familiar hasta que la suya estuviera construida.

En esa época estoy seguro que era la casa más bulliciosa de toda Omaña. Donde tía Blanca eran doce o trece personas, tres donde mis abuelos y en verano nos incorporábamos siete u ocho de mi familia y cinco o seis de la tía Honorina a los que se añadía alguna persona más de las familias de mis otros tíos. La casa era grande, pero era inevitable que el follón discurriera de forma habitual por pasillos y estancias, el amplio corral y la huerta aledaña a los ríos Baltaín y Omaña.

Las vacas de mis abuelos y las de tío Baldomino convivían en la misma cuadra, las gallinas de ambas familias escarbaban juntas en el corral, ponían huevos por doquier y probablemente compartían nidos, cuestión no menor y fuente de algún conflicto. Las personas nos entrecruzábamos durante todo el día por todas partes, pero cada uno sabíamos a qué cocina acudir a la hora de comer. En la planta baja los de tía Blanca y en la de en medio toda la patulea que descendía de mis abuelos.

La gente menuda jugábamos en lo que había sido la tienda, que ocupaba media planta baja y que conocíamos con el nombre de Despacho. Aún conservaba las estanterías donde se almacenaba la mercancía a la venta, una gran caja de caudales cuya combinación insistíamos en descubrir sin éxito, un molinillo de café y diversos achiperres habituales en todo comercio. Era tan espacioso que hasta andábamos en bicicleta por allí los días de lluvia. Además de jugar también discutíamos tonterías, una de las más notables era si los de tía Blanca eran tíos nuestros, lo que suponía un cierto grado de superioridad por su parte, o eran primos. En realidad eran primos de mi madre, pero la edad de los más pequeños era similar a la nuestra y de ahí surgía la camaradería y el trato de primos.

La otra mitad de la planta la ocupaba la cocina de tía Blanca. En la pared que daba al corral estaban la cocina de leña y el fregadero de piedra que desaguaba directamente a los rosales del corral y dos o tres alacenas que cubrían el resto del frente. A lo largo de la otra pared estaba el escaño y, en medio, la mesa cubierta con un hule a cuadros rodeada de más bancas y sillas.

Algunos días, no recuerdo si el motivo era que no estaba en el pueblo el cura don Abundio, a la caída de la noche cuando ya se había ordeñado las vacas y recogido las ovejas, en la cocina de tía Blanca rezábamos el Rosario todos los habitantes de la casa. Mis abuelos, la tía Blanca y tío Baldomino sentados en el escaño según correspondía a su dignidad, el resto de personas mayores ocupaban las sillas y las bancas con alguno de los más pequeños sentados en su regazo y los demás sentados dónde podíamos o simplemente recostados en la pared. La cocina era grande pero nosotros éramos demasiados y algunos seguían el rezo en el escalón que daba al Despacho o en la otra puerta de la cocina que daba al corral, dos espacios que favorecían un cierto relajo en el seguimiento del rezo.

Del techo colgaba una bombilla que, en vez de iluminar, parecía irradiar la penumbra que se adueñaba de la cocina a medida que oscurecía. Casi todo el agua del río se empleaba en regar los prados y al generador de la sierra llegaba un hilillo que producía una corriente eléctrica muy débil que ascendía trabajosamente hacia las casas por cables de hierro atados a los postes por las jícaras de porcelana, algunas de ellas rotas de nuestras pedradas y por donde se debía perder una buena parte del fluido de forma que el sobrante apenas enrojecía los filamentos de las bombillas. La mortecina luz fluctuaba según en las otras casas del pueblo se encendían o apagaban las bombillas y era frecuente el apagón total, por lo que siempre había que tener a mano un farol de aceite o el candil de carburo.

Era una escena en penumbra intensa que favorecía el recogimiento necesario para el rezo y donde las caras eran manchurrones de sombra, pero todos sabíamos dónde estaba cada cual por la voz con que contestaban al rezo. La inconfundible voz profunda y rezadora de mi abuelo, que solía dirigir el rezo, iba desgranando las avemarías de los cinco misterios que tocaban ese día ayudándose de las cuentas de un rosario para desembocar en la letanía en latín que daba paso a oraciones y jaculatorias diversas. Los demás contestábamos al unísono lo que correspondía a la cansina entrada, cinco veces diez avemarías, que nos daba mi abuelo.

Creo que en la cocina había varios grupos de orantes. Mis abuelos y algunas de sus hijas para los que cada avemaría les acercaba un paso más al cielo prometido tras el tránsito por el valle de lágrimas, que realmente interiorizaban el rezo y sus voces parecían un poco compungidas como pidiendo perdón por no ser más buenos. El resto de adultos creo que también compartían la convicción de que algún día su paso por la vida sería enjuiciado y más valía llegar a ese momento bien rezados. Parte de la chiquillería estaba pendiente de la mecánica del rezo para no equivocarse y seguir respondiendo Miserere nobis cuando ya había que decir Ora pro novis, lo que seguro le valdría un pescozón del adulto más próximo. El resto de los menores que aún no habíamos sido penetrados por la inquietud de la vida trascendente, estábamos impacientes por que acabara aquel rezo repetitivo, que había creado un cierto callo de indiferencia en nuestro cerebro a fuerza de no entender, Rosario tras Rosario, alguno de los pasajes como “venga a nos el tu reino” o “Llena eres de gracia el Señor es contigo”, y poder reanudar los juegos con los primos antes de que nos mandaran a la cama. Por último había algunos que se habían levantado al alba para trabajar en el campo y estaban tan molidos que la trascendencia del momento no impedía súbitas cabezadas de las que salía sobresaltados gracias al codazo de sus vecinos de rezo.

Cuando mi abuelo comenzaba su oración preferida,

Por todos los caminantes y navegantes del mar y de la tierra

Por los moribundos y agonizantes del día y de la noche

Y para que Dios nos libre de muerte repentina y males desconocidos ……..

era la señal de que el rezo terminaba y unos salían del trance religioso, otros del duermevela y otros salíamos pitando a retomar los juegos interrumpidos que era lo que realmente nos hacía felices. Eso sí, todos con precaución de no tropezar con tanto obstáculo mal perfilado por la escasa luz de las dispersas bombillas y los mayores ayudándose de algún farol o palmatoria que facilitaban el trasiego hacia las últimas tareas o a las habitaciones, con prisa para reponer fuerzas porque amanecería pronto.

Cuando los de tía Blanca se fueron a vivir a su casa, aquella cocina apenas se usaba. Se convirtió en zona de paso hacia el corral y de almacén para los cacharros con los que se trajinaba en las cuadras y en la huerta. Alguna vez se encendía la cocina para hacer una fisuelada con su correspondiente chocolate o las rosquillas de tía Pili, pero dejó de ser escenario de la vida intensa y rezos multitudinarios de antes. En el Despacho ya no se jugaba y desaparecieron las frecuentes discusiones bizantinas sobre si tíos o sobrinos y si tal o cual cosa era mejor que la de la otra familia.

Se dividió la cuadra con un muro que separó a ambos lados las vacas de cada familia. Las gallinas de tía Blanca pasaron a picotear en las peñas y a la orilla del Baltaín y los buscadores de nidos ya nunca tuvimos duda de si los huevos encontrados eran de nuestras gallinas o ajenos. Los rezos tenían lugar en nuestra cocina donde casi todos teníamos acomodo, pero ya no había las miradas cómplices entre primos-tíos que anunciaban la intención de retomar el juego tras el rosario.

Resumiendo, se ganó en orden pero en aquella casa hubo menos vida, menos roce. Seguimos viéndonos con los de tía Blanca a diario, en el río a la hora del baño, intercambiando libros y confidencias o pastoreando las vacas (ver Las llamas de Castriello), pero faltaba el roce continuo de antaño. Aquellos tíos con los que nos relacionábamos como si fueran primos, pero no aceptando su pretendida prevalencia de edad. Dos generaciones distintas que compartimos juegos y rezos en casi total armonía.

Texto de la bula papal de 1957: “Beatísimo Padre, Emilio de la Calzada y Familia, humildemente postrados a los pies de Vuestra Santidad suplican la Bendición Apostólica e Indulgencia Plenaria “in articulo mortis”, aún en el caso que, no pudiendo confesar ni comulgar, previo un acto de contrición, pronuncien con la boca o con el corazón el Nombre Santísimo de Jesús”. ¿Seguirá protegiéndonos a toda la familia?

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Un vagabundo toca con sordina (la épica de viajar)

Aunque nunca subiré al tren AVE por vértigo a la velocidad excesiva, al pensar que en dos horas y media se puede llegar de Madrid a Barcelona, sin despeinarse, no puedo evitar recordar cómo era viajar en aquellos autobuses renqueantes y trenes a vapor cuando la mayor parte del transporte en nuestro país, salvo algún anémico camión, se encomendaba a carros tirados por animales.

A la gente corriente recorrer los menos de cien kilómetros que dista Villablino de León por la ruta omañesa le costaba más de dos horas, parando lo indispensable para recoger y dejar viajeros y que Juan el cobrador recogiera los paquetes de mantequilla destinados a León o Madrid y recibir encargos de todo tipo como medicinas y otras compras que entregaría en el siguiente viaje. Había dos paradas reglamentarias en la venta de Aguasmestas y en la Magdalena para estirar las piernas y tomar un café o un lingotazo de licor.

Venta de Aguasmestas tal como la conoció el autor, parada obligatoria del autobús de Beltrán.En el transcurso del viaje había tiempo para todo. Constatar cómo el archiconocido paisaje reflejaba que estábamos en primavera u otoño, pasar revista al paisanaje de cada pueblo que ya resultaba familiar y vivir sensaciones que se repetían viaje tras viaje. Como la intranquilidad que acometía a los viajeros tan pronto como el autobús enfilaba las primeras cuestas de El Villar y que duraba hasta el último repecho del puerto de La Magdalena, por la duda de si el anémico autobús sería capaz de superarlas y que se agudizaba cada vez que el conductor hacía el doble embrague para meter la marcha más corta. Cuando el motor dejaba de empujar, por unos instantes parecía que el autobús se iba a detener y los pasajeros escuchábamos atentamente el ruido del motor intentando adivinar si la caja de cambios engranaría. Todos tragábamos saliva cuando sentíamos que el motor volvía a impulsar al autobús cuesta arriba y en el ínterin agradecíamos al conductor su pericia. No aplaudíamos porque entonces éramos muy discretos. Nos sentíamos aliviados cuando, ya en la parte alta del puerto, empezábamos a descender hacia León aliviados porque otra vez lo habíamos conseguido. Solo quedaba confiar en el buen estado de los frenos y era el momento de intentar relajarse con una buena lectura, aunque no era fácil pues al poco me sentía mareado por el esfuerzo que suponía atrapar las letras de cada palabra que se dispersaban por la página al son de los traqueteos del autobús. Leer era tan agotador que había que dejarlo a los pocos minutos con dolor de ojos y gran frustración. Mientras los viajeros pudientes se calentaban el gaznate en las dos paradas en que estaba permitido bajar del autobús, yo aprovechaba que las letras habían dejado de moverse para recuperar la lectura perdida sin moverme del asiento. Leer en el AVE con las letras bien ancladas al papel debe ser un placer, evitando, de paso, el desfile alucinante del paisaje por la ventanilla.

Los viajes en tren de León a Madrid a la vuelta de las vacaciones de Navidad y Semana Santa también tenían su miga. Para apurar el tiempo de vacaciones tomábamos un tren que creo se conocía como “el asturiano”, pues procedía de Gijón u Oviedo y que llegaba a León hacia la medianoche. Portando una maleta repleta de efectos personales y libros que no se habían abierto en todas las vacaciones, veintitantos kilos llevados a pulso, la barahúnda de estudiantes que esperábamos en el andén tomábamos el tren al asalto. Llegaba a León tan lleno que solo había sitio en los pasillos que enseguida se colmataban de maletas y estudiantes. A veces coincidíamos con algunos conocidos y acordábamos que uno o dos subirían sin equipaje para localizar sitio en un departamento mientras los demás nos quedábamos en el andén con las maletas, esperando que una de sus caras apareciera por una ventanilla por donde le entregábamos el equipaje. Si no había suerte, sabíamos que nos esperaba una larga noche de pie ante la negrura de la ventanilla o sentados sobre la maleta, deseando que en Valladolid hubiera sitio en el departamento contiguo y seguir sentados hasta Madrid. Si no la había, tocaba seguir en el pasillo las nueve o diez horas que le tomaba al tren cubrir los algo más de trescientos kilómetros de distancia. Derrotados tras una noche tan incómoda, al llegar a Madrid vuelta a cargar con el equipaje rezando para que el conductor de autobús urbano no pusiera pegas para viajar con la maleta-biblioteca. Cambiar de sitio era cansado, a veces arriesgado y consumía mucho tiempo. Algunas imágenes de trenes repletos en India me recuerdan al “asturiano“.

Pero mi peripecia en solitario era una minucia comparada con el viaje que al finalizar el curso hacíamos todos los años desde Roa de Duero (Burgos), donde nos había llevado el trabajo de mi padre, a Vegarienza de Omaña (León), que para nosotros era la Tierra de Promisión así como para los ñus e impalas son los pastos de verano del Serengueti. El último viaje, de apenas doscientos cincuenta kilómetros, lo hicimos en 1954. Con mi madre recién traspasada la treintena, embarazada de seis meses y con una cuadrilla de seis arrapiezos siendo los menores de uno y tres años, salíamos a media tarde de la estación de Roa en un tren a vapor con asientos de madera corridos que nos llevaría hasta Valladolid. Es fácil imaginar la tensión a que estaría sometida mi madre, pendiente de que los mayores no nos asomásemos por la ventanilla que se abría sin más que tirar de una correa, que los pequeños no se cayeran del asiento, que no molestáramos a los vecinos, vigilando el equipaje, contestando a innumerables “mamá cuánto falta”, “mamá tengo sed, tengo hambre”, “mamá mira a este que …..”, con viajes continuos a la peligrosa plataforma del final del vagón donde estaba el váter para resolver las urgencias de tanto crio y preocupada por lo que haría el resto de la tribu en su ausencia. Así durante varias horas hasta llegar a Valladolid donde empalmaríamos con el tren que nos llevaría hasta León, tras una larga espera nocturna. No recuerdo detalles de aquellas noches en la estación de Valladolid, pero me imagino a todos nosotros cenando con lo que mi madre había traído de casa, repartidos en varios asientos que luego nos servirían de cama acurrucados como ovillos, mientras mi madre ya muy cansada vigilaba a su prole y los bártulos. A las tres o cuatro de la mañana había que coger el tren a León y no era tarea menor despertar a tanto niño que aún estaban sumidos en el primer sueño. Mi madre, con la pesantez del embarazo y agotada por la vigilia nocturna, el niño pequeño en brazos, la pieza más pesada del equipaje en la otra mano y vigilando a aquella cuadrilla somnolienta para que ninguno nos acercáramos demasiado a la orilla del andén o perdiéramos alguno de los bultos. Salvados los tremendos escalones del vagón y acomodados en los asientos, quizá pudiera dar una cabezada aunque en un duermevela muy ligero pendiente de no pasarse de estación. Cansados y desaliñados tras tantas horas de viaje llegábamos a primera hora a León y vuelta a reorganizar al personal, que con los hatillos a cuestas o golpeándonos las pantorrillas nos dirigíamos andando hasta la cochera del autobús distante casi un kilómetro. Muertos de sueño y hambre desayunábamos el resto de las viandas, pensando cada uno en la primera comida de verdad que ya estaría preparando la abuela en Vegarienza. A media mañana, tras casi un día entero de viaje, cuando la abuela y las tías se hacían cargo de los pequeños y los mayores nos desparramábamos sin control por el corral, la huerta y el río, mi madre abriría poco a poco la espita de los nervios y la preocupación, porque un año más había conseguido depositar a sus seis crías sanas y salvas en los pastos de verano de Omaña, el huerto y la despensa de los abuelos. La tensión que vivía mi madre durante el viaje no llegaría a la de los ñus cuando tienen que vadear el río Mara, plagado de cocodrilos, para llegar a las llanuras de Serengueti, pero casi. Sin alardes de ningún tipo, mi madre era una mujer valiente, con sus miedos y limitaciones obviamente, pero entregada sin concesiones a su familia. A diferencia de otros años que también hacíamos el viaje de vuelta de la misma guisa, al final de aquel verano y tras parir una nueva cría, todos nos iríamos a vivir a Villablino a solo una hora de Vegarienza. Ni una epopeya viajera más como la que acababa de protagonizar. Un viajero de hoy con automóvil y viajes puerta a puerta, se asustaría de esta forma de viajar. In memoriam de una madre valiente.

Para soslayar estas penurias algunas veces practiqué el auto stop, esa moda foránea que distaba mucho de la visión divertida y aventurera que trasmitían las películas. También era trabajoso, frustrante e incierto en cuanto a itinerarios y horario. A veces cruzar Valladolid me tomó hasta tres horas.

Estos cachazudos medios de transporte eran el trasunto de un país en el que las cosas se mantenían sin cambios durante generaciones o cambiaban muy pero que muy lentamente. Hasta los empleos parecían eternos. El conductor y el cobrador del autobús tal parecía que habían salido de fábrica con el armatoste y que seguirían allí subidos cuando lo mandaran al desguace cincuenta años después. En la estación del tren, viaje tras viaje, tras la ventanilla de los billetes estaba la misma cara, el mismo jefe de estación levantaba el banderín al paso de los convoyes y los mozos que se ofrecían para llevar el equipaje eran siempre los mismos. Yo constataba la inamovilidad de personas y cosas en las largas esperas en estaciones de ferrocarril y cocheras de autobús, donde había tiempo para aburrirse, deambular por allí sin perder de vista la maleta y curiosear en los expositores de postales y libros. Año tras año me encontraba con los mismos libros cuyas portadas y reseñas escudriñaba, con la misma técnica que aplicaba a los carteles de las películas que solían sintetizar el argumento en un solo bosquejo, intentando decidir cuál compraría primero el día que tuviese dinero. Recuerdo varios de Maxence Van der Meersch que entonces estaba de moda y del que casi todos leímos Cuerpos y almas, pero sobre todo uno de Knut Hamsun titulado Un vagabundo toca con sordina sobre el que nunca pude llegar a una conclusión. El título parecía sugerente pero el dibujo de la cubierta me despistaba, pues la única figura masculina no tenía el aspecto que yo atribuía a los vagabundos ni había trompeta que tocar, y, para colmo, el resumen de la contraportada me desanimaba pues aclaraba que era la segunda parte de una trilogía. Un lío en el que me sumergía cada vez que mataba la espera de un medio de transporte donde este maldito libro formaba parte ineludible del paisaje. Cuando alguna vez me lo he encontrado en las bibliotecas públicas, estos patéticos antecedentes me han impedido hincarle el diente. Seguramente el título era una metáfora, pero yo no estaba para metáforas cuando lo que me preocupaba era llegar a mi destino. Tendría que pasarme por una estación a ver si este librito, cuya evaluación entretuvo tantos ratos de espera, sigue aún en los expositores en esta época de la velocidad alucinante y de lo efímero.

Imágenes tomadas de: iberlibro.com, Virgilio en verpueblos.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Sensación de atontamiento (los sonidos de Omaña)

El chopo de la llama de tío Baldomino.

Mi suegro era muy aficionado a la fotografía y a viajar. Como su vida transcurrió antes de la explosión digital, nos dejó sus buenos cíen quilos de álbumes repletos de fotografías y postales que daban fe de los sitios que había visitado y un mapamundi plagado de chinchetas de colores que resumía el contenido de los álbumes. Ya en la época de las redes sociales he visto en algún perfil un mapamundi con los lugares visitados, a modo de selfie viajero no sé si para poner de relieve el carácter de trotamundos o simplemente para fardar, con tal amontonamiento de chinchetas que me ha hecho pensar en el trajín laboral de un comandante de Iberia.

Por perezoso y circunstancias varias yo he sido poco viajero y en mi inexistente mapamundi de esparcimientos foráneos faltarían chinchetas tan emblemáticas como la del París de La France y muchas otras. Cierto que los viajes que he hecho los he disfrutado y a punto estuve de sucumbir al síndrome de Stendhal en ciudades como Florencia, Pisa o Siena, aunque pude sobreponerme creo que gracias al poso pueblerino de omañés que me permite relativizar cuando de cuestiones de belleza se trata. Seguro que se me tildará de ignorante, pero si me dan a escoger entre una mañana intensa en el Louvre gozando de tanta belleza como atesora o un rato de atontamiento en Omaña, no dudaré ni un segundo en entregarme a este síndrome omañés que suele acometerme cada vez que aparezco por allí.

El tránsito del consciente al atontamiento sucede de manera sutil y atrapadora. Basta con estar sentado a la sombra de un manzano en la huerta de mi hermana Julia sin ningún plan concreto y que el murmullo del río próximo se entrelace con algún leve pensamiento, para entrar en un estado ausente controlado por el ruido del agua entre los cantos rodados que puede parecer monótono y uniforme pero que presenta matices y fluctuaciones producidos por cambios en la intensidad de la corriente o en la dirección de la brisa que lo trae hasta mis oídos. El ánimo queda en suspenso y entro en un estado en que todo son percepciones a nivel físico de sonidos y sensaciones de todo lo que está pasando a mi alrededor: sobre un silencio casi absoluto, el ruido leve del agua envuelto en un frescor reconfortante y el aleteo de las hojas de los árboles en la brisa se mezclan con otros también relajantes pero indicativos de que en aquel ambiente tranquilo se libra una pelea continua por la subsistencia, como el zumbido de una avispa hambrienta o el canto asustado de mierlas y grajos, muy atenuado por la distancia. Ningún sonido parece predominar sobre el resto, todo suena muy acompasado

Este nirvana físico y mental desencadenado por el rumor ambiente deja un resquicio de conciencia que se da cuenta de que en aquel espacio faltan sonidos asociados a la actividad de otros tiempos, como el vocerío de los niños chapuzando en la orilla, el golpeo de la ropa en las piedras del lavadero, el ladrido de algún perro avisando al caminante que él es el dueño de aquel trozo de camino, el mugido impaciente de alguna res o las voces lejanas de los que trabajan en prados y huertos, el golpe de hacha que hiende un roble en el monte, el entrechocar de cacharros en una cocina, la campana que anticipa la Misa, el cacareo alocado de una gallina que anuncia su huevo diario, la esquila de una oveja en el Vallado, el suave traqueteo de un carro que pasa por la carretera, ….. Esta fase del atontamiento actúa como una máquina del tiempo que me retrotrae a los sonidos de la Omaña que yo viví y que el subconsciente trae al presente.

Este recuento de sonidos que me faltan, se interrumpe cuando algún conductor con demasiada prisa o poca cabeza pasa por la carretera arruinando con su ruido la armonía del entorno. Las estridencias de los ingenios mecánicos son ahora la muestra casi única de actividad humana en estos pueblos donde antes todo era vida, pausada pero constante y armónica.

La sensación de atontamiento producida por el rumor ambiente que rodea al manzano, también puede surgir a la vista de un paraje solitario como una camperita de yerba corta, como recién pastada por las ovejas, con alguna margarita o quitameriendas u otras florecillas corrientes, a veces atravesada por un afloramiento de roca musgosa y, si el agua está cerca, también habrá una mata de juncos o de menta o algún helecho. La contemplación de esta muestra de simplicidad y armonía me induce la misma sensación de anulación de la voluntad y bienestar asociados a los sonidos de mi infancia omañesa. Nada que ver con el malestar físico que sintió Sthendal al contemplar la belleza que atesoraban los museos e iglesias de Florencia. Lo mío es la felicidad de Simplicio, del que pierde el control en presencia de las cosas sencillas.

Para fotografiar algún paraje como el descrito que ilustrase este post, el verano de 2017 subí arroyo de Castriello arriba, el paraje donde pasé tantas tardes pastoreando las vacas de mis abuelos (ver Las llamas de Castriello). Caminé rodera adelante y a unos cien metros del cementerio vi que alguna máquina había allanado y ensanchado el camino, justo en el lugar más peligroso para el paso de los carros cargados de yerba hasta el punto que teníamos que tirar de las sogas hacia el monte para que el carro no volcase arroyo abajo, mientras oíamos como las llantas de hierro resbalaban peligrosamente por la peña. En cada punto del camino por donde pasaba el agua de lluvia y que todos los años necesitaba ser reparado, se había colocado a modo de alcantarilla un grueso tubo ondulado rematado con cemento por ambos extremos. Tanto esmero en un camino que yo daba por abandonado y unas pisadas frescas de ovejas o cabras me hizo pensar por un instante si se habrían puesto en producción los pastos de las llamas y vuelto a sembrar las tierras de centeno.

Enseguida llegué a la primera llama, la de tía Concha, que tenía el aspecto desolado de las cosas que no se cuidan. La portillera por donde entraban las vacas, cuyas talanqueras asegurábamos para impedir que las vacas las quitaran con los cuernos y se marcharan para casa mientras nosotros zanganeábamos con los otros pastores, solo era un hueco en la pared que cerraba la llama. El cierro que separaba esta llama de la siguiente y que yo había ayudado a hacer a mi abuelo con estacones verdes, se había convertido en un bosquecillo de paleros. Mi abuelo extremaba sus esfuerzos para que todas las fincas estuvieran bien cerradas y ahora las llamas pertenecientes a los seis hermanos podían recorrerse de punta a punta sin ningún obstáculo, como si fueran parte del común.

Hueco en la pared donde estaba la portillera de la llama de tía Concha. En el centro, bosquecillo de paleros nacidos del cierro que dividía esta llama de la de los abuelos del autor.

Por primera vez caí en la cuenta que el bisabuelo Bernardino había sido dueño de casi todos los pastos del arroyo de Castriello. En la llama de tío Baldomino vi el chopo que tantas veces nos cobijó del sol y cuya sombra vigilábamos impacientes para saber la hora de arrear las vacas para casa, erguido como los valientes pero desmochado quizá por el rayo que siempre temimos que nos mataría en los días de tormenta si nos resguardábamos de la lluvia bajo sus ramas. Más adelante, en la bajera de la llama de Pedro, vi que la charca de las ranas estaba totalmente seca y que la ladera, donde nos deslizábamos sobre la yerba seca sentados sobre una tabla, estaba surcada por una cicatriz en forma de camino que debía dirigirse a lo alto de el Vallado.

Poza de las ranas totalmente seca. Arriba, arranque del camino que atraviesa la campera donde se “surfeaba” sobre la hierba seca sobre una tabla de chopo.

Me pregunté cuál podía ser la utilidad de un camino tan remozado en mitad de un paraje totalmente abandonado y confieso que mal pensé que sería cosa de los cazadores para llegar cómodamente en sus todoterrenos al territorio de las perdices, pero mi prima Estela me aclaró que se había arreglado para poder sacar con los tractores la leña de roble que aún sigue calentando las cocinas en invierno. Me alegró saber que aquel paraje, otrora fundamental como área de pastoreo y recolección del centeno, tuviera alguna utilidad.

El Agosto abrasador que había vuelto todo el valle de color pajizo menos la mancha verde de robles y escobales, me imposibilitó fotografiar nada parecido a las verdes camperitas que alguna vez me inducen el trance de atontamiento, pero disfruté del paseo por donde hacía sesenta o más años que no transitaba. Aquel territorio tan frecuentado entonces me pareció una metáfora del transcurrir de la vida, vital y eufórica durante unos cuantos años y reseca y escasamente útil en su tramo final. A la vuelta me detuve frente al chopo de tío Baldomino que yo recordaba alto, frondoso y tan flexible que sabía amoldarse el empuje del viento con una leve inclinación y que ahora estaba desmochado y parcialmente reseco, se me antojó una buena imagen de mí mismo: corriendo de chaval por aquellos andurriales todo el día sin atisbo de cansancio y ahora vigilante para conseguir mantenerme tan tieso como el chopo y a resguardo del frío y del calor, no me vaya a pasar algo. El tiempo no pasa en vano, ni para las personas ni para los parajes abandonados.

Ni siquiera las creencias más acendradas perduran. Recuerdo que siempre nos mantuvimos alejados del vinoso fruto del saúco que los mayores nos repetían que era venenoso y ahora la prima Estela elabora con sus bayas un jarabe cura catarros muy apreciado. A ver si le da por experimentar pronto con las uvas de perro, otro tentador fruto del que nos mantuvimos alejados en nuestra infancia por su fama de ponzoñoso, y logra sintetizar un elixir para los achaques de la edad tardía o solo nos quedará la residencia de Castriello, al borde de la carretera, donde el atontamiento es severo y permanente.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada