La tía Milce y el coronavirus (el fuego purificador)

La tía Milce

La tía Milce

Es 10 de Marzo de 2020, víspera de que los hospitales de Madrid dejen de atender en consultas y operar todo lo que no sea urgente o grave por la amenaza del coronavirus, ese bichito que vino de Asia y lo ha trastocado todo. Todo parece normal aparte de alguna gente con mascarilla. Deambulando por el hospital, uno de los lugares que frecuento, me sorprendo pulsando los botones del ascensor con el dedo doblado o abriendo la manilla del aseo con el mango de la muleta o con el codo. Inevitablemente me acordé de tía Milce.

Himilce de la Calzada González, familiarmente tía Milce, era la segunda de los diez hijos que tuvieron mis abuelos maternos y desde que recuerdo siempre vivió con ellos, aunque recientemente he visto una foto con una indumentaria que no se correspondía con la habitual de Sosas del Cumbral y he sabido que hizo unos cursos de primeros auxilios y que trabajó en el hospital del Niño Jesús en Madrid, antecedentes que me cuadran con que fuera ella quien ponía las inyecciones en casa de los abuelos. No sé si fue durante esta época cuando comenzó su obsesión por la limpieza extrema, por la asepsia, o fue una reacción provocada por el contacto continuo con animales domésticos que eran auténticas fábricas de excrementos: boñigas inmensas de vaca, oblongas caballunas que se recogían para complementar la comida de los cerdos (ver Síndrome de Diógenes) y que ellos devolvían en forma de abundante estiércol que no recuerdo si tenía una denominación específica, las gallinazas de las aves de corral, cagalitas de cabras y ovejas, etc, etc. Unos daban leche, otros huevos, otros jamones, otros lana, otros….. y todos sin excepción producían mierda de todos los tamaños, colores y texturas con la que había que convivir, que a diario había que limpiar y almacenar en el estercolero pues sin tales sustancias las tierras de solano darían espigas de centeno muy magras, según el dicho “boñigas hacen espigas”. Es lógico pensar que tanta porquería con la que estaba obligada a convivir a todas horas, pudiera haber provocado un rechazo tan extremo.

Tía Milce era la encargada del ordeño y acudía cada mañana y cada noche a la cuadra llena de aprehensión, con un caldero, un paño blanco y una cañada para aliviar las ubres de las cuatro o cinco vacas del abuelo, a la luz vacilante de un precario farol de aceite. Calzaba madreñas que evitaban el contacto directo con el estiércol y un pañuelo negro en la cabeza que le cubría ambos mofletes para protegerse de los rabotazos, inevitablemente manchados de restos de boñiga y orín, que prodigaban las vacas incomodadas por los tirones acompasados con que tía Milce les exprimía los tetos. Cada vez que llenaba la cañada vertía la leche en el caldero tamizándola a través del paño blanco y que luego en la cocina volvería a colar de forma más minuciosa. Hiciera frío o calor, terminaba de ordeñar con prisa por acercarse a la cancilla de la huerta donde confluían los ríos Baltaín y Omaña para limpiarse a fondo de tanta inmundicia.

De tanto frotarse tenía el cutis brillante como un espejo y las manos hinchadas y agrietadas por los sabañones, inevitables de tanto lavarse en el agua helada del río hasta no sentirlas y que después de las abluciones intentaba reanimar acercándolas a la chapa de la cocina de leña. Era la misma agua helada donde lavaba la ropa de la casa incluso en invierno, con aquel jabón áspero que la abuela fabricaba con todo tipo de desperdicio graso, huesos y sosa cáustica, muy eficaz con la colada pero que agravaba aún más su ya maltratada piel.

El jabón no era suficiente para sentirse limpia. No lo presencié nunca pero parece que, con gran alarma de la abuela porque se quemase o provocase un incendio, a veces encendía papeles y pasaba las manos y los antebrazos por las llamas en un rito extremo de purificación. No sé si además de esterilizarse la piel, al modo en que la abuela desinfectaba las agujas con que extraía los pinchos de cardo o gatiña de las curtidas manos del abuelo, era una especie de entrenamiento para los rigores del Infierno del que toda la vida intentó huir a base de rezos. Con la duda permanente de si las oraciones serían suficiente para ganarse el salvoconducto hacia el Cielo o si tendría que comparecer ante Pedro Botero, amo de las calderas infernales, más valía estar entrenada en eso de la chamusquina. Cada vez que oí el chiste de un infierno donde los pecadores vivían en una piscina llena hasta al cuello de mierda y que cada poco un diablo pasaba una inmensa guadaña al ras por encima de las cabezas, me acordaba de tía Milce. Nunca se lo pregunté, pero probablemente a ella le hubiera aterrorizado más la piscina con mierda y la guadaña que obligaba a sumergir las cabezas, que las llamas con que nos pintaban el infierno como summum de los martirios.

Siempre la recuerdo trabajando, tejiendo, rezando o lavándose. Esas manos maltratadas por excesiva higiene y la esterilización a fuego, tenían que empuñar con fuerza el escavín para quitar las malas yerbas de los pies de la patata o la hoz para segar el centeno o sujetar el cepillo de raíces con el que blanqueaba las maderas de pisos y escaleras ayudándose de agua y lejía que le quemaban la piel indefensa pues los guantes de goma aún no se habían inventado.

Salvo en verano cuando los sobrinos la sustituíamos, también era la encargada de llevar a pastar a las vacas mañana y tarde, incluso sábados y domingos, ir a la fuente a por agua y todo tipo de recados más propios de niños. Además ayudaba al abuelo en las tareas del campo y era la encargada de subirse al carro para organizar las forcadas de yerba seca que nosotros le aupábamos hasta conseguir darle un volumen similar al autobús de línea. Entretenía las largas horas de pastoreo tejiendo a ganchillo cantidades ingentes de hexágonos o cuadrados con los que formaban primorosas colchas, tapetes y fundas de cojines o metros y metros de puntilla para ribetear servilletas y manteles o tejía artísticos paños para colocar en el respaldo de sillas y brazos de sillones o debajo de jarrones y candelabros de la iglesia.

Cuando llegaba a casa después de estar con las vacas o ayudando en otras tareas del campo, mientras los demás se daban un respiro, ella sucumbía a su necesidad de limpiar y de estar limpia. Se la veía atravesando a la carrera el corral y la huerta camino del río a lavarse o lavar algo. Cuando volvía evitaba mancharse abriendo las puertas con la mano usando el antebrazo o el codo (como hago yo ahora en el hospital por miedo al coronavirus), pero antes de llegar a casa ya había tocado algo con las manos y vuelta a lavarse al río, en un trajín interminable. Para ella tener las manos limpias era vital y se la podía ver de pie apoyando en las caderas la doblez de la mano y el antebrazo, una postura forzada que solo adoptamos los “normales” con las manos sucias de pintura o algo así.

En verano, cuando las tareas eran más intensas y el calor apretaba la necesidad de higiene se incrementaba y la sorprendíamos de vez en cuando en un rincón apartado del río bañándose en enaguas, el traje de baño habitual de las lugareñas que también vi usar a Mari la de Carola y alguna prima, con el consiguiente enfado por su parte al sentirse descubierta.

Esta obsesión por la limpieza provocaba que a veces la riñeran con una cierta severidad, lo que se traducía en un enfurruñamiento por su parte, pero no por ello desistía de la obsesión que no podía controlar. La limpieza extrema era una obligación más, una pesada tarea añadida a toda una vida dedicada a ayudar a sus padres, no sé si por decisión propia o por la obediencia debida a los progenitores, tan vigente entonces. Progenitores tirando a severos, a los que se trataba de usted y se profesaba un respeto y obediencia extremos, casi bíblicos. Mientras el resto de hermanos estudiaban, creaban familias y tenían trabajos más llevaderos, ella dedicó casi toda su vida a acompañar a los abuelos. El sacrificio de un hijo permaneciendo al lado de los padres y renunciando a su propia vida en beneficio de los demás hermanos, era algo habitual en las familias y seguramente no siempre reconocido y agradecido. Nunca la oí quejarse por ello, ni disputar o meterse con los demás. Trabajaba de forma incansable y solo necesitaba algo de tiempo para el aseo y para sus rezos.

Porque, siguiendo la tónica familiar, su otra obsesión era ser buena cristiana de misa diaria y rosario y estoy seguro que mientras tejía y vigilaba de reojo a las vacas, rezaba y meditaba sobre cómo ser mejor. Cuando por la noche, cansada de trajinar, se ponía a rezar o leer, tardaba horas en pasar una página o rezar un misterio pues se dormía y tenía que volver a comenzar. La recuerdo con mucho recogimiento, los ojos entrecerrados y musitando las oraciones con los labios como haciendo un puchero, en aquellos rosarios en penumbra en los que participábamos toda la familia. A la primera cabezada de tía Milce los sobrinos estábamos pendientes de cómo entraba en sucesivos trances de los que salía como con estupor y algo asustada por semejante flaqueza de espíritu y cómo recuperaba el aire de recogimiento mientras avanzaba las cuentas del rosario por las avemarías que calculaba se había saltado en la ensoñación. Los sobrinos malandrines intercambiábamos sonrisas maliciosas sin reparar en lo cansada que estaría del trabajo diario y seguro que alguna vez fuimos un poco injustos con nuestras bromas o tomaduras de pelo inmerecidas. Disculpa, tía.

Muerto el abuelo, la abuela y tía Milce fueron a vivir a León con las otras tres hermanas solteras y allí trabajó en una fábrica hasta la jubilación. Entre que tenía mucho tiempo ocupado, que el río no estaba tan a mano y que los excrementos se habían quedado en Vegarienza, parece que la manía por la limpieza remitió.

Los últimos diez o quince años los vivió en un ensimismamiento que no la impidió enterarse de todo lo que sucedía a su alrededor. Dedicaba buena parte del día a leer de manera repetitiva un libro de El hermano Rafael, monje trapense, que de tan releído se había desencuadernado y era un manojo de hojas sueltas. Si le dabas la entrada a una frase escogida al azar, ella la completaba de memoria. No sé si trataba de exprimir al límite las enseñanzas del fraile trapense o un método para mantener la cabeza ágil. No parecía consciente de lo mayor que era pues con noventa y muchos años cada vez que sus hermanas Pili y Tere, bastante más jóvenes que ella, salían de casa les preguntaba preocupada por si ellas no volvían, “¿Creéis que os volveré a ver?” Murió con 99 años como había vivido, mansamente, sin dar la mínima lata.

Si el malhadado coronavirus se hubiera encontrado de frente con la tía Milce, no creo que hubiera sido capaz de llevársela por delante, de tan limpia, bruñida y desinfectada como estaba siempre. Ciertamente el cuerpo de tía Milce era el espejo de su alma, obsesionada por su salvación pero limpia, sin dobleces, sin rencor. Si acaso algún resquemor con la vaca Garbosa por sus certeros rabotazos que la ponían perdida de boñiga cuando la ordeñaba. Tía, espero que al otro lado de la vida hayas encontrado por fin el reposo necesario en un sitio sin polvo ni manchas y por si acaso un río cerca, transparente como el Omaña y con aguas más templadas a poder ser, quizá lo más parecido al Cielo que pudiste desear en vida.

Mujer ordeñando.

Mujer ordeñando.

Imagen tomada de: botanical-online

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El tío Emilio (un hombre ensimismado)

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

El tío Emilio fue el sexto de los diez hermanos de la Calzada y, como todos, nació en Sosas del Cumbral, en la casa-escuela donde su padre era el maestro. Él fue el primero en ponernos un mote a los sobrinos: yo era Carcoma en alusión a mi apetito desmedido, Fernando era Tiriti sin que recuerde el por qué y Eduardo, el más pequeño, era Fardel porque llevaba los pañales siempre cargaditos. Loli era Lirila, pero no sé si el mote se lo puso tío Emilio o lo hicimos los hermanos para que no se fuera de rositas.

Él y mi madre, que le precedía, fueron los primeros hermanos que los abuelos mandaron a León con la finalidad expresa de estudiar. Como aún no disponían de lo que luego sería la cabeza de puente para el desembarco del resto de los hermanos, el piso de Ramiro Valbuena, tuvieron que estar de alquiler en casa de unos conocidos compartiendo una habitación de dos camas con dos hijos de JoaquínEl Tremoriego” de Sosas, chico y chica, una cama para las chicas y otra para los chicos, al puro estilo omañés: una cabeza en cada extremo de la cama. Al año siguiente Emilio cambió aquella precaria pensión por los rigores de un colegio de frailes.

Cuando llegó la hora de la universidad se fue a Madrid y no sé si que sus tíos Paco y Bernardino fueran médicos pudo tener alguna influencia en que cursara Medicina. Siempre he escuchado que era muy inteligente. Quizá el estar sobrado de aptitudes para el estudio le hizo entretenerse con algún tema ajeno a la carrera, incluido una cierta dedicación a la poesía. Estas distracciones alarmaron a tía María, era la encargada por los abuelos de mantener el orden y la autoridad sobre los sucesivos hermanos que salían del pueblo para estudiar, que viajó a Madrid a restablecer el sano orden de las cosas que parece ya no volvieron a descabalarse nunca más.

Recuerdo que al término de las prácticas de milicias universitarias que hizo en alguna plaza africana con el grado de alférez, nos visitó en Roa de Duero y le trajo como regaló a mi madre, con la que creo estaba muy unido, una bolsa moruna de cuero y base redonda que se cerraba con unos cordones también de cuero y que nos acompañó en nuestras compras durante muchos años, incluidas las incursiones veraniegas a la búsqueda de huevos en los pueblos próximos a Vegarienza (ver Guardianes del camino). También le regaló, posiblemente con los primeros dineros que ganó como médico, una máquina de coser Alfa con la que mi madre consiguió vestir a once hijos a lo largo de muchos años sin que sufriera percance mecánico alguno. Aún hoy sigue en perfecto uso, silenciosa eso sí, a la espera que alguna de mis hermanas la herede. Una maravilla técnica ajena a la obsolescencia programada y, sin duda, la pieza más importante del ajuar familiar.

Cuando acababa el curso el tío Emilio regresaba a Sosas, se despojaba de su pátina de universitario y participaba como uno más en los quehaceres de aquella familia de labradores, no exentos de riesgo como cuando estuvo a punto de que se lo comieran los lobos camino de Manzaneda (ver El lobo), y en los ritos y costumbres de aquella sociedad tan tradicional y adaptada al entorno rural, donde las trastadas (ver A nateras y quesos) eran una forma de incorporar alguna diversión a la rutina diaria, aunque fuera a costa del escarnio de algún convecino.

Creo que fue el primer miembro de la familia en disponer de cierta holgura económica y cuando venía por Vegarienza siempre traía algún artilugio que nos asombraba, lo que no era muy difícil en aquel entorno tan tradicional donde cualquier elemento del ajuar o las herramientas habían sido inventados siglos antes. Podía ser una maquinilla de afeitar eléctrica (que no solía funcionar por lo escasos voltios que producía el generador de la Sierra), o una de reserva y manual a rodillos con la que se desollaba la cara. También fue el primero que trajo un transistor a pilas con el que intentaba inutilmente oír, debido a las montañas que nos rodeaban, lo que decían Radio Pirenaica y Radio España Independiente del régimen de Franco y su inminente caída.

Yo creo que aquel empeño por oír la radio era porque si Franco moría él no quería demorarse en saberlo. Y es que creo que era un poco rojo y descreído, una auténtica oveja negra en una familia tan de orden y cristiana, que no desperdiciaba ocasión de tomar el pelo a sus hermanas cuando las veía tan dedicadas a rezos y visitas a la iglesia, empeñadas en ganarse la otra vida en la que seguramente él, tan conocedor del aspecto puramente físico del cuerpo humano, no creía. No es de extrañar que su paso por la universidad de finales de los años cincuenta del siglo veinte donde ya existía un fuerte movimiento de oposición, basicamente promovido por el partido comunista, al régimen franquista y al sindicato universitario oficial, el SEU, le hubiera impregnado de ideas anti franquistas. Yo viví en ese ambiente estudiantil unos cuantos años más tarde y lo entiendo perfectamente. Creo que ninguno de sus hermanos estuvo en contacto con un entorno tan politizado, de ahí que se mantuvieran hasta el final como creyentes y políticamente conservadores. No sé cómo valoraba la familia el distanciamiento del tío Emilio de los asuntos religiosos y sus ideas políticas, pero no recuerdo haber presenciado ni discusiones al respecto ni reproches.

También fue el primero de la familia en tener coche. Era un seiscientos en el que todos los que nos montamos pasamos mucho miedo porque teníamos conciencia de lo que significaba la velocidad (algunos habíamos experimentado lo peligroso que era afrontar en bicicleta las curvas demasiado deprisa y terminar en las zarzas) pero que al tío Emilio parecía traerle sin cuidado. Durante la carrera de Medicina tuvo que familiarizarse con conceptos físicos tales como la presión, la gravedad, la temperatura, etc. Nadie debió hablarle de la inercia que tiende a sacarte de las curvas o él por su cuenta había decidido prescindir de tan importante parámetro. Así que mientras los pasajeros apretábamos el culo en las frenadas viendo como nos echábamos encima de camiones y autobuses o nos mirábamos asustados sin atrevernos a rechistar en las curvas de Omaña o de la carretera de Ponferrada, el tío Emilio tiraba impasible del volante para mantener al bólido en la trayectoria, se ayudaba inclinando un poco el cuerpo como si fuera un motorista, y ajeno al canguelo de sus acompañantes. Pudiera ser que nosotros fuéramos unos miedosos inexpertos en la materia, acostumbrados como estábamos a la pachorra del manso autobús de Beltrán y al bicicleteo, y que él hubiera evolucionado a técnicas de conducción desconocidas para nosotros. Esto añadía a la atracción que en aquella época suponía subirse a un automóvil, el morbo de las sensaciones de una montaña rusa. O nosotros los autobuseros enjuiciábamos demasiado severamente su manera de conducir o tuvo mucha suerte, pues no recuerdo que tuviera incidente alguno en aquellas carreteras salvo un encontronazo leve con una vaca.

Recuerdo, como si fuera hoy, el día que llegó en el rápido de Beltrán con la que sería nuestra tía Quinita para presentarla en familia. Era una morena guapa, alta y delgada, labios pintados de rojo intenso, sombra de ojos y rímel en pestañas, falda blanca finamente tableada, un niqui de punto a rayas azules y blancas bastante ajustado y zapatos de tacón tan alto que no sé cómo pudo llegar desde casa de Selima hasta la de los abuelos sin torcerse un tobillo entre las desiguales piedras de la carretera. Tuve la sensación de que nunca habíamos visto por allí una mujer como ella, pues me pareció una reina. Yo estaba tan deslumbrado por mi nueva tía que no percibí o reparé en las reacciones de mis abuelos y tías, tan discretos en su atuendo y sobrios en sus manifestaciones, ante aquella mujer que parecía llegada de otro mundo en el que lucir bella y atractiva era lo normal. Pero presumo que, al menos, debieron quedar muy sorprendidos por aquel exceso de espontaneidad. Tuvieron tres hijos que casi nunca aparecieron por Vegarienza en aquellos veranos omañeses tan superpoblados de nietos. Vivieron en un chalecito en Ponferrada donde el tío ejerció de cirujano y fue director del hospital-residencia de la Seguridad Social.

Hoy día todo cirujano debe especializarse durante años en una porción mínima del cuerpo humano ya sea el hombro, la mano, columna, etc. Entonces un cirujano era un médico todoterreno que había superado la aprensión a la sangre y que no le temblaba el pulso ante escenarios quirúrgicos más propios de un matadero o de una guerra. Su campo de acción abarcaba todo el cuerpo, desde la coronilla a los dedos de los pies. Sin más ayuda que acaso una radiografía, todo empezaba cogiendo el bisturí para dejar al descubierto el órgano a reparar, decidir sobre la marcha que hacer ante lo que veía, cortar y unir para terminar recolocándolo todo y cosiendo lo mejor y más rápido posible aquel batiburrillo de vísceras y músculos, confiando en que su ojo clínico y sus manos hubieran resuelto la dolencia. Y a esperar que el paciente no se muriera. A mí me operó de la uña gorda de los dos pies, algo que seguro no venía en sus libros de Medicina pero que él supo cómo afrontar para que dejara de ser un problema para mí.

Salvo cuando estaba de broma o tomando el pelo a alguien, era frecuente verle pensativo y ensimismado, como ausente y poco participativo en las conversaciones, ejecutando algunos tics como estirar el cuello o tocarse la mandíbula con el hombro y moviendo las manos sin finalidad aparente. A veces he pensado que él ensimismamiento pudiera deberse a un proceso mental de elaboración de estrategias para la próxima cirugía complicada que tendría que afrontar; que con el gesto del hombro reproducía cómo detener una gota de sudor que descendía por la barbilla mientras operaba y que el estiramiento del cuello era una forma de aliviar la tensión que se vivía en el quirófano por el esfuerzo físico y la responsabilidad de tener en sus manos la vida del paciente. Sus movimientos de manos podían corresponder con el ritual de lavado estricto de manos y puesta de guantes quirúrgicos ayudado por una enfermera. Gestos repetidos en el quirófano miles de veces, que se habían convertido en tics en su día a día fuera de la sala de operaciones. Obviamente se trata de una especulación, pero encajaría con un entendimiento obsesivo de su trabajo de cirujano, que tengo entendido que le llevó alguna vez a coserse a sí mismo alguna herida que se produjo, con toda sangre fría.

Siguiendo en el terreno especulativo, otra posible explicación a esa actitud ausente y poco participativa, pudiera ser haber asumido que su posicionamiento en lo político y religioso era tan incompatible con el ideario familiar, que debía evitar a toda costa que afectase al buen clima reinante. Conozco estas situaciones familiares en las que discutir acerca de lo que cada uno cree solo produce, en el mejor de los casos, melancolía.

Con mis otros tíos yo tenía mucha familiaridad y seguro que a veces debí resultar un poco cargante intentando que me prestasen atención. Con el tío Emilio a veces tuve la incómoda sensación de que mis preguntas o comentarios de imberbe estaban de más, pues él estaba a lo suyo, dándole vueltas en el caletre a cosas que le preocupaban. Era la ecuación perfecta, un tío ensimismado y un sobrino tímido y apocado que hacía que a veces los silencios fueran casi dolorosos.

Su conocida tendencia política, tan poco saludable en aquella época, y que no disimulaba lo más mínimo, le trajo algún problema judicial. Por esas ironías del Destino, luego fue médico militar y tuvo un papel destacado como cirujano en un hospital militar de Madrid. Cuando Franco murió, algo que durante tantos años esperó impaciente que anunciara Radio Pirenaica, no sé cómo lo celebró o si cuando sucedió ya sus inquietudes políticas se habían sosegado.

Cuando murió, su cadáver fue velado en su hospital militar. El Destino está siempre ahí dispuesto a ponernos en evidencia y, en una última pirueta, hizo que el tío Emilio fuera despedido por familiares y amigos en una institución militar, algo que nunca debió imaginar en sus años de disidencia y rojería. Así somos, muy vehementes en ocasiones sin reparar en que quizá la vida nos ajustará cuentas y contradecirá a la primera ocasión. Como nos ha pasado a casi todos, que coqueteamos con el progresismo en la universidad y de mayores viramos hacia posiciones menos comprometidas. De lo que no tengo duda, a pesar de la relativa distancia que imponía su actitud introspectiva, es que el tío Emilio, al igual que sus otros hermanos varones, fue para mí alguien a quien quise, admiré y deseé parecerme de mayor.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La fuente del Valle (el último que apague la luz)

Acarreando agua en África.

Acarreando agua en África.

Dicen los que saben, que para 2050 el desierto habrá colonizado media península ibérica llegando hasta las estribaciones del Sistema Central, con lo que el túnel de Guadarrama será un pasillo para entrar en la zona aún algo verde. Al lado arenoso habrán llegado gentes con turbante y camellos para ocupar el territorio abandonado y en el otro estarán apelotonados los españolitos peleando por la poca agua disponible al estilo apocalíptico de la película Mad Max. Habrán regresado los curas con sotana que sacan a los santos en procesión implorando lluvia (ver Sacar el agua del río) y la ducha diaria estará reservada a los muy ricos que habrán añadido el agua a la lista de bienes acaparables y objeto de especulación. Castilla y León, Aragón, La Rioja, etc habrán dejado de formar parte de la España vaciada pues solo existirá la región de la España colmatada. Por fin se habrá resuelto el problema del abandono de las áreas rurales. No sé si sucederá así, pero nos lo habremos merecido por manirrotos. Seguramente no estaré aquí para verlo, pero quizá sea el escenario que les toque vivir a mis nietos.

Cada vez que veo en las noticias o en un reportaje las largas caminatas de mujeres africanas acarreando agua con la espalda doblada, me acuerdo de que también en Omaña el agua era un bien preciado que había que transportar a las casas para cocinar y asearse. Aunque el río Omaña solía traer agua abundante, en las casas no se desperdiciaba ni una pizca porque costaba traerla desde el río con calderos o el jarrón aguamanil y porque, como en todo, regía la norma general de aquella sociedad rural que era no despilfarrar. Había dos actividades que por sí mismas hubieran requerido disponer de gran cantidad de agua en las casas y que se desarrollaban allí donde el agua estaba. Una de ellas era la colada que las mujeres hacían directamente en el río, arrodilladas en un cajón de madera, con las manos agrietadas de sabañones si era invierno y con miedo a las culebras que se resguardaban bajo las piedras de la orilla si era verano. La otra era que las vacas, que siempre llegaban a casa bebidas, cuando en invierno estaban encerradas en la cuadra había que llevarlas a diario a beber al río.

Incluso el agua de boca se consumía con tino. No es que se pasase sed, pero un botijo de menos de tres litros solía durar todo un día para una familia de cuatro o cinco personas, lo que parece poco pues ahora se recomienda una tasa de dos litros diarios. No habíamos oído aún el término pero seguramente vivíamos algo deshidratados, desde luego que peor que los urbanitas de hoy atados a su inseparable botellita de agua. Quizá la explicación de tanto miramiento por el agua esté en que la de beber había que traerla de la fuente, que en el caso de Vegarienza estaba menos a mano que el río. Si en casa había chiquillos ellos eran los encargados de ir a la fuente, como me sucedió a mí cuando viví con mis abuelos en Vegarienza. No sé cuántas veces habré ido a la fuente del Valle con el botijo golpeándome la pantorrilla y cuidándome de las ortigas y zarzas que bordeaban el camino que arrancaba de casa de Corsino y por la ladera del campanario llegaba, río Baltaín arriba, hasta enfrente de la casa del Asturiano donde estaba la fuente entre helechos y zarzas. A través de un tubo de hierro manaba un chorrito de agua que salpicaba en una piedra plana hasta que asentábamos el botijo bajo el chorro. El eco del agua dentro del botijo nos iba indicando lo que faltaba para estar lleno y recuerdo que en verano nos impacientábamos porque el chorro era un hilito de agua.

Había que ir a la fuente a diario, incluso en invierno cuando no se veían las escobas de tanta nieve, y el miedo al lobo se me hacía muy patente cuando intentaba autoconvencerme de que aquellas pisadas recientes sobre la nieve helada en realidad eran de perro. Casi siempre solía buscar la compañía de alguno de los primos de casa de tía Blanca para que el camino se hiciera más ameno y ahuyentar miedos, a pesar de los riesgos que entrañaba la compañía. Podían entrechocar los botijos o romperlos por la prisas en ser el primero en llenarlo en la fuente o rodar por la ladera si se asentaba mal en el suelo mientras intentabas coger una flor de estallete o una mora o que el botijo llegara a casa medio vacío por las peleas entrecruzadas de buches de agua o los concursos de ver quién hablaba mejor mientras bebía agua a chorro o las peleas de chorros que producíamos impulsando el agua por el pitorro fino soplando con fuerza por el gordo. Había un extenso repertorio de formas de poner en peligro el botijo y romperlo era grave, no solo por la responsabilidad que se exigía hasta a los más pequeños en el desempeño de las labores que se les encomendaban sino porque en cada casa solo había un botijo y habría que esperar a que llegase el cacharrero para comprar otro que tardaría varios días en poder usarse pues había que someterlo al cuidadoso proceso de la cura del botijo. La abuela Honorina llenaba el botijo por primera vez con mucho cuidado para que ni una sola gota mojase la superficie exterior, porque se creía que entonces el botijo no enfriaría bien, y le añadía un poquito de anís para quitar el sabor a barro, dejándolo así durante varios días. Junto con el vino, el agua de beber era cosa muy seria y recuerdo que la abuela confeccionaba un caperuzón de hilo que se colocaba en el pitorro ancho para que no entraran impurezas al rozar con las escobas y arbustos camino de la fuente. Otra regla ineludible que nos recordaban a menudo era que antes de llenar el botijo había que enjuagarlo energicamente con un poco de agua.

Estaba claro que había que mirar por cada gota de agua que se acarreaba hasta casa. En la de mis abuelos era muy fácil acceder a uno de los dos ríos que se juntaban precisamente a la bajera de la huerta donde, además, teníamos un pozo con bomba manual que servía tanto para proveer de agua a la casa como para regar lo que había sembrado mi abuela con la ayuda de una canaleta de madera que se colocaba a la salida de la bomba y llevaba el agua hasta los surcos de las hortalizas. En alguna casa, creo que fue en Cirujales en casa de Arcadio el albañil, vi como grado máximo de sofisticación que tenían un pozo dentro de la misma casa y la bomba de mano estaba situada al lado del fregadero. Supongo que la dueña de la casa sería la envidia de todas sus vecinas al tener resuelto de forma tan sencilla una de las tareas diarias más esclavas, traer agua a la casa.

No puedo precisar si fue por los años sesenta cuando en casa de mis abuelos se puso agua corriente elevándola desde el pozo con una bomba eléctrica sumergible hasta un depósito en el desván que surtía a un cuarto de baño y al calderín de la cocina de leña. Lo que si recuerdo es que no supuso dar paso al despilfarro ya que el pozo manaba lo justo y un uso descuidado del agua habría excedido la capacidad de la fosa séptica. Aunque el agua estaba a golpe de grifo, continuamos haciendo un uso moderado del agua.

Con ayuda económica de la Diputación para la compra de materiales, años más tarde se comenzó a traer el agua corriente a los pueblos captándola de fuentes y arroyos, mediante obras en las que los vecinos participaban como mano de obra gratuita. Supongo que fue un alivio tener el agua a tiro de grifo, pero por lo que algunos veranos he oído en Vegarienza no todos conservan el antiguo sentido de la moderación en el uso del agua y la gastan regando el césped, que suena un poco cursi porque toda la vida por allí se había dicho yerba o simplemente verde, comprometiendo el abastecimiento a todo el pueblo en la época de verano. A menudo no se aprecia lo que no cuesta esfuerzo conseguir. Simultáneamente hubo que solucionar el problema de la evacuación de las aguas residuales ya que en los planes de la Diputación solo se contemplaba traer el agua a las casas y no cómo reintegrarla al medio natural. Se echó mano de las fosas sépticas y, como pude comprobar, de la picaresca.

Cuando mi madre se compró la última casa de Villaverde descubrimos adosado a una de las fachadas un pequeño recinto que debió utilizarse como retrete rudimentario, pero suficiente como para no tener que hacer esa actividad corporal al aire libre o en las cuadras como era habitual, detalle que junto a algunas fotografías y postales que encontramos en los arcones de la casa nos hizo pensar que los anteriores dueños podían haber sido algo más que simples campesinos y con hábitos quizá más refinados que el común. La casa no tenía agua corriente pero era relativamente fácil obtener agua para todo uso, excepto el de beber, pues por debajo de la cocina corría una presa de riego con agua del río. Al poco se empezó con la traída de agua desde el monte hasta un depósito que la distribuía a todo el pueblo.

Aquel verano coincidí en Villaverde con las obras de conducción de las aguas residuales hasta la fosa séptica en la bajera del pueblo, ya cerca del río del Valle Gordo, en las que participábamos gente de todas las casas, sin más dirección y conocimientos en el asunto que lo que a cada uno se nos podía ocurrir. Yo participé activamente en los trabajos, llevaba la cuenta de las horas con que contribuían las personas de cada casa, transporté algún material desde el almacén de Ferreras en Soto y Amío y discutí con los demás si hacer las cosas de tal o cual forma. La operativa no era complicada pues consistía en hacer una zanja poco profunda siguiendo la pendiente del terreno, donde se tendían los tubos de cemento prefabricados que se iban empalmando uno con otro sellando la junta con mortero de cemento. Recuerdo que yo me esmeraba mucho en la elaboración de la junta buscando que no se escapara nada de agua. Cuando me vio nuestro vecino Ángel, que participaba en la obra con mucho entusiasmo y que debía temer que reventara la fosa séptica como en casa de mis abuelos, medio me abroncó y me dijo que lo que había que hacer era dejar un poco separados los tubos como había visto hacer en otras obras similares de por allí. Estaba claro que donde no llegaba la capacidad de la fosa séptica y la ausente dirección técnica de la obra, se suplía con la buena voluntad de los vecinos y la picaresca.

Se me acabaron las vacaciones y no sé muy bien cómo se remató la obra hasta llegar con el alcantarillado a la fosa séptica, pero casi seguro que los tubos dejarían por el camino una parte de nuestros excedentes corporales a lo que se añadió que algunas cuadras empezaran a limpiarse a manguerazos en lugar del procedimiento clásico de amontonar el estiércol en los esterqueros para luego abonar tierras y prados (¿qué tierras y qué prados? se me dirá, con razón). Y probablemente (agradecería que alguien me asegurara que no fue así) cuando la fosa séptica se llenó, por algún sitio empezaría a salir un chorrito hediondo que impepinablemente acabaría en el río.

Volviendo al comienzo, entre todos la matamos y ella sola, la que llamamos madre Naturaleza, se murió o se está muriendo, muy deprisa. Empezamos llenando el vaso en el grifo en vez de tirar de botijo y duchándonos todos los días en lugar de una vez a la semana (no sé de nadie que se haya muerto por hacerlo así) y ahora estamos hablando de que igual nuestros tataranietos no tendrán donde llenar sus botijos. Claro que, ¿quién es el guapo que se resiste a las comodidades? Hubiéramos necesitado una mirada más larga y mucho más espíritu crítico para ser capaces de acompasar el abandono de condiciones de vida, que a veces hay que reconocer que eran realmente miserables y esclavas, y el progreso. Progreso sí, pero no a cualquier precio. Tendríamos que habernos cortado las manos antes que dejar que los tubos del alcantarillado de Villaverde fugasen a propósito y alguien con más conocimiento debió de supervisar nuestro trabajo, voluntarioso pero poco entendido, y haber tenido estudiado qué hacer cuando las fosas sépticas se colmatasen para evitar emponzoñar los ríos. Si de los ríos de aguas limpias de Omaña que yo conocí enviamos porquería aguas abajo, ¿cómo puede extrañarnos que dentro de treinta años las dunas hayan cubierto media península?

Si no se da un recio golpe de timón y nos lo tomamos en serio (Estados Unidos acaba de abandonar los acuerdos para luchar contra el cambio climático), algún día en las paredes de la España colmatada se empezará a ver pintadas que recordarán aquel genial graffiti de un aeropuerto uruguayo que advertía El último que apague la luz. Otro día de fuerte viento alguien dirá que ha visto flotar unos granos de arena en la boca norte del túnel de Guadarrama y se desatará la histeria colectiva. Compactas filas de gente avanzarán por los arcenes cargados con la cantimplora y lo más indispensable pues habrá comenzado la segunda migración hacia el norte para ganar unos pocos años al desierto. Los más avisados saben que el viaje será largo y entre sus bártulos llevan unos garfios para saltar la valla que Europa ha levantado a lo largo de los Pirineos. ¿Les suena? Los más débiles y los más sabios decidirán quedarse, unos porque están seguros que morirán por el camino o que no podrán traspasar la valla y los otros porque saben que el éxodo no terminará tras la valla pirenaica, que poco tiempo después habrá que volver a coger el hatillo de migrante, una y otra vez en dirección norte y que encontrarán nuevas vallas hasta llegar al Ártico, donde no quedará otra que tirarse al agua. Salada. Mejor leer algún libro sobre cómo los nómadas sobreviven en las dunas que ya remontan el Alto de los Leones.

Botijos usuales en Omaña.

Botijos usuales en Omaña.

Imágenes tomadas de: Ancorpiu/JavierAcebal, ferreterialospedros.com, artesaniasanjose, pinterest

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

En primera línea (la obsolescencia de los cuerpos)

2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza. 2017. Cementerio de Castriello, Vegarienza.

Hace dos días recogí de casa de mi madre los recuerdos personales que me habían correspondido: un original mecanografiado de La sonrisa de la fortuna novela con correcciones a mano de mi padre, su muestrario de anzuelos y secretos para la pesca de la trucha, una foto de mis padres y algunas más del álbum familiar donde aparezco yo o alguien de mi propia familia, dos tomos de Historia de las cruzadas de J.F. Michaud con bonitas ilustraciones de Gustavo Doré y un bolsito bandolera de ganchillo que había sido de mi madre. Era la última vez que estaba en la casa de mis padres en Madrid donde había vivido solo unos cuantos meses allá por 1968 y visitado bastante a menudo a mi madre durante sus últimos años de vida.

Mi madre había muerto dos años y medio antes, pero ahí estaba todavía la casa como un nexo que me unía materialmente a mis padres, como si aún no se hubiera producido el adiós definitivo. Ahora sí, ya solo quedan sus recuerdos y las pocas cosas suyas que mencioné. Los hilos materiales que me unían con la historia de mis orígenes se han cortado definitivamente con esta última visita a la casa paterna. Solo recuerdos y sus cenizas en sendas urnas en Vegarienza, en el cementerio de Castriello, en la ladera de Santa Colomba que ni es solano ni avesedo, pegadito al arroyo que huele a menta por cuyo cauce escurren las aguas que manan de las tierras ferruginosas de las llamas donde tantas tardes pastoreé las vacas de mis abuelos (ver las Llamas de Castriello y La estampa). Ahora sí fui mucho más consciente que cuando mi madre murió de que yo ocupaba la primerísima fila de los que, inexorablemente, seremos llamados al ajuste final de este tránsito corpóreo (valle de lágrimas decía mi abuela Honorina) que es la vida.

En Castriello descansan también, en la tierra al estilo tradicional, mis abuelos y bisabuelos maternos y seguramente algún antepasado más de la rama González y García. Cuando a mi madre le dio por pensar dónde quería estar cuando se le acabase el tiempo, ya no había espacio en el suelo de aquel modesto cementerio omañés colmatado de cristianos más o menos rezadores. Modesto pero tan antiguo como la misma Omaña. La falta de espacio para tanto muerto se resolvió al modo en que lo solían hacer los invasores romanos del valle del Omaña, añadiendo un columbario con unos cuantos nichos (palabra horrorosa donde las haya) mortuorios que destacan sobre el yerbazal de las tumbas. Mirando al cementerio y más concretamente al columbario donde ya estaban las cenizas de mi padre, en el verano de 2016 y tras rezar un padrenuestro mi madre musitó emocionada “Que nos reunamos todos en una vida mejor” en lo que me pareció la expresión de un deseo intenso, anhelado, cinco meses antes de dejar esta vida que ya se le estaba haciendo demasiado larga.

Entre lo que nos dejó había unos papeles manuscritos que decían que mi madre era propietaria de uno de estos nichos y un notario de Madrid ha anotado en sus protocolos que yo soy dueño junto a mis hermanas de semejante aposento para la eternidad. No conozco a nadie capaz de llevar la contraria a un notario. Yo desde luego no lo haré, así que allí me llevarán cuando llegue el momento si los que me sobrevivan atienden mis deseos.

No sé a qué edad comenzó mi madre a preocuparse por estas cosas que a los de la siguiente generación nos hacía sonreír condescendientemente, pero el tiempo pasa para todos y forzosamente tengo que agradecerle que pensara con tiempo suficiente en algo tan obvio como dónde acomodarse para los restos, dónde estar sin molestar a los vivos. Porque hace tiempo que siento los efectos de la obsolescencia escrita en los defectuosos genes que me han tocado en suerte, de los que sin duda son responsables involuntarios unos cuantos de mis antepasados con los que un día compartiré espacio en el cementerio de Castriello. He sido, soy todavía, el trasunto de lo que ellos fueron, de lo que llevaban escrito de forma indeleble en su ADN fruto de tantas vidas entrecruzadas durante siglos y que ha cristalizado con mejor o peor fortuna en individualidades concretas como yo mismo.

Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello. Algunos de los arquitectos de mi herencia genética, en su residencia de Castriello.

Ha hecho fortuna la expresión obsolescencia programada aplicada a los electrodomésticos y otras máquinas que usamos a diario, pero a fuerza de percances de salud, aparentemente sin relación alguna con mi estilo de vida, cada vez estoy más convencido de que somos nosotros los que tenemos bien escrito en los genes, con tinta invisible a simple vista, la fecha de caducidad de nuestros cuerpos. Los cirujanos van extendiéndonos prórrogas a esta fecha de caducidad, pero finalmente la obsolescencia nos alcanza de forma inexorable. Da igual que hayas sido alto o bajo, ocurrente o aburrido, valiente o cobardón.

Por eso mismo le estoy agradecido a mi madre por ocuparse sabiamente de dónde dejar su propia obsolescencia y, de paso, la mía. Y qué mejor sitio que el cementerio de Castriello, donde aún cantan las ranas en el arroyo y los saltamontes despliegan sus esplendorosos élitros del mismo azul que el ala de los grajos que se oyen entre los chopos del cercano río Omaña; donde por las tardes se siente el alivio de la sombra que proyecta Santa Colomba cuando ya se hace inaguantable la solanera con que el sol aprieta desde bien temprano en las mañanas de verano o dónde en invierno se agradece el solecito mañanero que atempera la tiritona de la helada nocturna, porque habrá que ver cómo se siente el frío y el calor cuando en vez de huesos y carne se sea solo polvo o ceniza.

Polvo o ceniza. Hasta la época de mis abuelos era cierto lo que decía el sacerdote cada Miércoles de Ceniza mientras nos ponía una pizca de ceniza en la frente, “Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris” (Recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás), frasecita que nos helaba el alma y que a mí me sugería con desagrado el roer de los gusanos reciclando la carne en tierra vegetal, en polvo. Ahora que ya salimos reducidos a ceniza desde la capilla mortuoria, sin gusanos de por medio, no sé si habrán tenido que cambiar este recordatorio que nos decía a las claras que éramos muy poca cosa. Y así es, hay que admitirlo.

A medida que te haces mayor hay que ser consciente de que las leyes de la probabilidad van dejando de ser neutrales, que la cara y la cruz de la moneda no pesan estadísticamente lo mismo. En los próximos días se lanzará de nuevo mi moneda, que tantas veces ha salido cara, y veremos qué sucede.

Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho. Fondo de cielo, robles y escobas. Lo que “veré” desde mi nicho.

Si sale cruz, mi familia tendrá que encargar una plaquita con mi nombre y pegarla en la losa de mármol negro que cubre el nicho de la familia García de la Calzada, tan pulido que en él se reflejan los robles y escobas de la ladera de enfrente que recuerdo servían de refugio a las vacas que moscaban en las tardes de verano cuando yo las llevaba a las llamas de Castriello, el paraje donde fui feliz de chaval.

No se me ocurre un sitio mejor para esperar que se desperecen los cuerpos cuando suenen las trompetas del Juicio Final en que creían muchos de los residentes del cementerio de Castriello. Y para los descreídos sólo quedará sentir como nuestras cenizas se esponchan o acurrucan según haga calor o hiele, mientras se oye el manso discurrir del arroyo de Castriello entre juncos y matas de menta. El mundo seguirá dando vueltas y en unos cuantos años los hoy jóvenes de mi familia serán candidatos también a residir en Castriello o, si lo prefieren, a la sombra de las hortensias familiares.

17 de Junio de 2019, en vísperas.

La moneda salió cara, otra vez. Aunque algo desvaída por una maldita e inesperada FA.

22 de Junio de 2019.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La ensaimada (carita de ángel)

1957. Jugando al fútbol. Autor, Ramón Masats.

Igual que pasó con otros hermanos, en un par de ocasiones viví fuera de casa de mis padres para aliviar las apreturas de una familia tan numerosa.

En la primera viví junto a un hermano una temporada con los abuelos en Vegarienza, un escenario de lo más habitual para nosotros. Después de la escuela nos entreteníamos ayudando a Humberto en la obra para poner agua corriente en la casa. En la despensa donde una vez entró una culebra a comerse las natillas y otras exquisiteces (ver La Culebra) estaban haciendo un cuarto de baño enorme con bañera y todo, lo que me obligó a elaborar múltiples disculpas anti baño para tener a mano porque a mí me gustaba lavarme como los gatos en la palangana de porcelana gastando la menos agua posible pues era yo el responsable de traerla del río. Jabón tampoco gastaba mucho pues creía que me iba mal para el cutis. Pero la cosa pintaba mal. Con agua del pozo se llenaría un depósito en el desván que se calentaría en el calderín de la cocina de leña, con lo que seguro que a la abuela se le ocurriría que los niños teníamos que bañarnos enteros de vez en cuando. Yo estaba asustado. Con lo a gusto que estaba llevando la misma ropa puesta más de dos semanas, porque cada vez que tenía que ponérmela limpia me daba un escalofrío y tardaba un par de días en volver a estar confortable.

Para distraernos de los malos tiempos que podría traer tanta limpieza, cuando el abuelo y Humberto se descuidaban nos dedicábamos a hacer el cabra subidos a las vigas que habían colocado para sostener el piso de baldosas, la bañera y otros elementos asquerosamente blancos. Hacíamos equilibrio caminando sobre las vigas con los brazos extendidos intentando no mirar al suelo de cemento tres metros más abajo y dando giros inverosímiles al llegar a la pared, compitiendo por ser el más rápido. Una vez que mi hermano iba ganando y estaba más pendiente de mirarme con guasa que de ver donde pisaba, al girar resbaló en el borde de la viga y dando un grito se precipitó al piso de abajo chocando con un ruido sordo, como de trapo. Asustado al oírle gritar me descolgué hasta donde estaba caído al tiempo que la abuela salía de la cocina alarmada por los gritos que estaban más que justificados porque se había roto la clavícula. Aquel episodio evidenció que yo era un inconsciente y que dos éramos demasiado para los abuelos que estaban muy mayores y a mí me mandaron con mis padres.

No sé si esta travesura acentuó mi aura de inquieto e incrementó mis opciones a candidato para una nueva ausencia más prolongada y azarosa. Casi un exilio. Mi padre había estudiado con los salesianos y tenía allí un amigo responsable de reclutar chavales que de mayores irían con faldas por la calle. Entrar en el internado suponía años de educación de cierta calidad, un plato asegurado y todo gratis, lo que no era un asunto desdeñable. Llegar a ponerse faldas era cosa de cada uno, no era obligatorio. O ponérselas en el noviciado y salir zumbando cuando aún era tiempo. Entretanto, la consigna era estudiar, poner cara de santo y rezar algo.

No sé cómo mis padres nos vendieron el asunto a mí y al hermano que me precedía, el caso es que recibimos la visita del amigo de mi padre, todo zalamero y sonriente, que quedó muy bien impresionado de nuestra carita de santos, de lo modositos que parecíamos y lo dispuestos que estábamos a redimir negritos, amarillitos o indios apaches en las misiones. Hasta entonces aquellas razas exóticas solo habían sido objeto de nuestra atención cuando en la parroquia o en la Academia Carrasconte nos daban unas huchas para pedir dinero para el Domund. Tenían forma de cabeza, cabezón más bien y tirando tan a gorditos que nunca me pareció que pasaran hambre u otras necesidades, con una raja para las monedas encima de la cabeza.

Quedó decidido que a finales del verano nos iríamos los dos a un internado en Galicia. Mi madre desempolvó una maleta de cartón y le hizo una funda de mahón azul que se cerraba con botones todo alrededor. En verano empezó a preparar las mudas y la ropa necesaria que sus hermanas ayudaron a bordar con los nombres de interfecto1 e interfecto2 y que fue colocando en dos montones dentro de la maleta. Yo no sabía cómo me había dejado embaucar pero, por si acaso, aquel verano fui el más trasto de todos los hermanos, en un ansia inagotable por apurar los últimos días antes de subsumirme en un mundo solo para hombres que no me agradaba.

Mi padre nos llevó a Ponferrada donde nos juntamos con otros grupos de pobrecillos como nosotros, en una amplia operación logística que me recordó a cómo en Vegarienza reunían las ovejas de cada casa para que el pastor se las llevase juntas al monte. Y como ovejas, tristes y preocupados, subimos al tren con destino a un pueblo marinero de la ría de Arousa. En el tren conocí a Perico que sería compañero de confidencias y peripecias. Nos bajamos en Cambados a primera hora de la mañana, todos legañosos y sucios, llevando la maleta entre los dos hermanos, una mano de cada uno en el asa, y caminando a trompicones.

1975 Internado salesiano en Galicia. Don Bosco y María Auxiliadora. Huchas Domund.

El colegio era de piedra, enorme, con muchas ventanas y rematado por la estatua protectora de María Auxiliadora. Entre la capilla y las viñas de albariño había un campo de recreo donde hacíamos gimnasia y jugábamos al fútbol. Aún no había empezado el curso pero enseguida comenzaron con el ablandamiento mental. Que si la vida ejemplar de Don Bosco, que había que ser devotos de María Auxiliadora, que había que estudiar y rezar mucho y que si tal y que si cual. A mí me entraba un sueño insuperable en aquellas charlas y menos mal que Perico y yo nos entendíamos bien y nos turnábamos para que mientras uno estaba atento el otro pudiera dormitar discretamente, pues un oportuno codazo le despertaría si era necesario. Aprendí a dormirme en cualquier postura y lugar como se verá más adelante.

Apenas salíamos del colegio y cuando lo hacíamos era muy difícil despistarse pues íbamos en fila de a dos y con los frailes vigilándonos de trecho en trecho. Siempre tuve la sensación de que la gente nos miraba como a bichos raros. A veces nos llevaban a la playa y aprovechábamos para mirar con ojos ávidos lo que nos faltaba en el colegio, las chavalas. A la vuelta de cada paseo me preguntaba qué era lo que se me había perdido allí, que yo no tenía madera de misionero. El próximo verano tendría que decir a mis padres que no quería seguir para cura.

En verano nos daban quince días de vacaciones, plazo calculado para que no nos disipáramos y perdurase el efecto de las últimas sesiones de lavado de cerebro. Que si teníamos que rezar, que si la castidad, que si la obediencia. Ya en Vegarienza yo me desfogaba a tope y le repetía a mi madre que no quería volver, pero ella siempre me convencía de que tenía que seguir estudiando y que más tarde ya veríamos. Aprovechábamos que toda la familia estaba junta para hacer las fotos del carnet de familia numerosa y vuelta a meter las mudas repasadas en la maleta y regresar al mundo de los pensamientos elevados y realidades rampantes. Se habla mucho de la morriña de los gallegos cuando están lejos de su tierra, pero a nadie le preocupaba la añoranza de Omaña y de la propia familia de los que estábamos en Galicia contra nuestro deseo. Allí me formaban para ser misionero y yo lo que quería era ser ingeniero. Tendría que estudiar, que era lo importante, y fingir en lo demás.

A fingir ayudaba que yo tenía carita de bueno, casi de angelito, tanto que tuve mi momento de gloría cuando eligieron una foto mía para la portada de una revista que editaban cada dos meses para enviar a padres y antiguos alumnos. Me pavoneé durante un tiempo delante de los compañeros, pero al poco todo siguió igual. Levantarse temprano, ir a misa, estudiar, comer no demasiado, mucho deporte para que estuviéramos bien desfogados y más rosario y mucho Don Bosco y acostarse pronto. Menos mal que había una red de distribución de tebeos que nos hacía la noche más llevadera e incluso circulaba alguna revista con fotos de mujeres que cada poco intentaban requisar registrando los dormitorios.

En el comedor servían la comida mujeres bastante mayores vestidas de negro hasta el cuello y con delantal blanco, especialmente reclutadas para que la tentación de la carne, en sentido bíblico, no hiciera presa en nosotros. No entendíamos como Juani había superado el filtro de la selección. Tendría unos treinta y tantos y tan buen aspecto que ni siquiera la vestimenta negra era capaz de disimular su exhuberancia y buena raza que justificaba el sobrenombre de Pechodulce. Perico y yo salíamos zumbando de clase y nos apostábamos a la entrada del comedor para conseguir una plaza en las mesas que ella servía. Cuando lo conseguíamos nos quedábamos arrobados, como tontos de baba ante aquel prodigio de la naturaleza, esperando una sonrisa que cada cual interpretaba a su gusto y que algún botón mal abrochado permitiera ver más allá de lo que dejaba intuir el delantal, milagro que nunca sucedió.

A cambio de la dicha de ser servidos por Pechodulce no había que ser muy remilgado con la comida. Y es que la zona de influencia de Pechodulce estaba frente a la ventana que separaba el comedor de la cocina a través de la que veíamos como preparaban los platos antes de servirlos. Allí estaba un hermano lego que servía para todo. Era el jefe de los chivatos, el que controlaba en la sacristía a los monaguillos y allí ayudaba a preparar los platos. Cuando había filetes empanados o rusos los pasaba de la bandeja que traía la cocinera a los platos, cogiéndolos con los dedos y, como quemaban, los soltaba en nuestros platos mientras sacudía la mano y se chupaba los dedos antes de continuar el trasiego. Si alguno se caía al suelo lo recogía sin más y al plato. El día que no podíamos con el asco de comer filetes con sabor a chupao o porque creíamos que nos había tocado el que se había caído, por la tarde el rugir de tripas era insoportable. Si los monaguillos ya le odiábamos porque no nos dejaba beber las escurriduras de las vinajeras en la sacristía, una tarde entera acordándote a cada retortijón de tripas de cómo se relamía entre filete y filete hacía que alguno juráramos que algún día nos lo pagaría.

Para reforzar nuestra fe y convencernos de que fuera de la senda marcada no había futuro, nos sometían cada poco a ejercicios espirituales. Traían al internado verdaderos especialistas en hablar del infierno en medio de escenografías tenebrosas, penumbra y cirios encendidos, que conseguían que nos cagáramos de miedo por lo que nos iba a pasar si no éramos castos y rezábamos a todas horas. Ni me gustaban los ejercicios espirituales ni confesarme cada poco, y menos aun cuando confesaba el jefe de estudios que tantas broncas me echó en su despacho por mal comportamiento, mientras me trataba de usted. Cuando me arrodillaba en el confesionario, se inclinaba hacía adelante y adoptaba un tono convincente y asquerosamente tierno. Hasta me tuteaba mientras me preguntaba que cuántas veces. Yo me separaba todo lo posible, pero no podía evitar el cachete que me daba al decirme que me fuera en paz.

Cuando hacía un par de años que mi hermano se había marchado para el noviciado, última etapa en la emulación de Don Bosco y donde ya tenía que llevar sotana, me puse un poco nervioso y cada día se me hacía más urgente salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. No me veía toda la vida vestido de negro y, conociéndome, me horrorizaba tener que comportarme las veinticuatro horas con la rectitud y dignidad que se esperaba de un religioso, siempre expuesto a que mis actos litúrgicos, docentes y hasta civiles, fueran observados atentamente por fieles, alumnos y superiores.

En semejante estado de ánimo dormía mal y, noche si y noche también, mis miedos afloraban en una pesadilla recurrente que se materializaba en la tonsura que me harían al ser ordenado. Un redondel pelado común a todos los religiosos que tendrían que recortarme periódicamente y a mí los peluqueros me disgustaban sobre manera. Lo peor de la pesadilla no era el peluquero vaciándome la coronilla, sino que en vez de pelo empezaba a crecerme yerbajos de todo tipo que yo tenía que cortar a cada poco. Trataba de ocultar aquel jardín con el bonete pero los vegetales crecían tan deprisa que tras un rato sin cortarlos, el bonete empezaba a levantarse por el empuje de las plantas y sentía cómo sus raíces se hundían dentro de mi cabeza. En los primeros sueños solo eran yerbajos pero a medida que se acercaba la fecha de ir al noviciado, los vegetales aumentaban de tamaño y hubo noches que me salían tomateras y berenjenas imposibles de disimular y sus raíces ahondaban en mi cabeza hasta a salir por las orejas. Durante el día me sorprendía tocándome insistentemente la coronilla, todavía intacta y con todo su pelo.

La esquizofrenia entre lo que quería ser y lo que sería si no conseguía salir del internado, afloraba en mi subconsciente cada noche. En cierto modo esta hiperactividad nocturna me ayudó a encontrar la solución.

Una noche, en vez de soñar con el huerto de mi coronilla, me vi ya ordenado y oficiando misa, muy preocupado por sentirme observado por los feligreses, ocurrió un percance muy afrentoso. Los dos monaguillos que me ayudaban a misa eran como yo mismo, aficionados al vino de consagrar e igual de golfos que yo lo había sido. Yo musitaba en latín los rezos del misal de espalda a los fieles y con los monaguillos arrodillados detrás de mí. A mis frases en voz alta tenían que contestar en latín pero pasaban de lo aprendido en el catecismo del padre Astete y alardeaban de creatividad y mala leche. Si yo decía Dominus boviscum, ellos contestaban con voz gangosa El vino que bebe Asunción insinuando mi afición al vino de consagrar. Si para disimular y que los fieles no se enterasen de tal insubordinación yo decía en voz más alta de lo normal y alargando tanto como podía Oreeeeemus, como si estuviera cantando gregoriano, los monaguillos irreverentes contestaban entre risas ni es blanco ni es tinto ni tiene color. Yo estaba seguro que aquellos desalmados se habían bebido algo más que las vinajeras antes de empezar la misa. La cosa empeoró cuando tenían que levantarme ligeramente la casulla por detrás y cogiendo el borde del alba me la subieron hasta la cintura para que todos los fieles me vieran los pantalones, con lo que al jolgorio de los monaguillos se añadió el de algunos fieles. Mi cabreo iba en aumento y decidido a darles un escarmiento, al volverme hacía los fieles para bendecirles y anunciar que la misa había acabado, giré impetuosamente con una pierna en alto para barrer de un patadón a aquellos hijos de mala madre, con tan mala fortuna que por el impulso rodé por los escalones del altar mientras los monaguillos, que habían esquivado mi furibundo ataque, retomaban la forma canónica de ayudar a misa y volviéndose hacia los fieles tocando la campanilla estruendosamente anunciaban de forma teatral Ite misa est y desternillándose de risa se dirigieron a la sacristía seguro que para amorrarse al garrafón de moscatel. Ningún feligrés hizo ademán de ayudarme y allí quedé muerto de vergüenza y echaba espumarajos por la boca jurando que mataría a los dos insumisos si conseguía rehacerme de la fenomenal costalada.

Desperté sudoroso y afectado porque la pesadilla era el trasunto de cómo tenía interiorizado cuales serían mis sensaciones en mi vida de fraile, pero no me quedó más remedio que admitir que los monaguillos de la pesadilla eran unos tíos salados y pistonudos, aunque me la hubieran jugado. Claro que como episodio onírico estaba bien, pero si algo parecido ocurriera en el internado aquellos dos tunantes no tardarían un minuto en ser expulsados. No tardarían un minuto en ser expulsados, repetí mientras me vestía deprisa para bajar al comedor. Acababa de intuir como podría bajarme en marcha de aquel tren que cada día me acercaba un poco más al noviciado.

Cuando me tocaba ayudar a misa, el día anterior acompañaba al hermano lego a la sacristía para preparar toda la parafernalia necesaria. En una ocasión que se acabó el vino de la botella de rellenar las vinajeras, vi cómo el hermano lego abría un armario donde guardaba un garrafón con vino de consagrar. Rellenó la botella y volvió a cerrar el armario-bodega. Yo estaba a lo mío pero la fortuna quiso que a través de un espejo viera guardar la llave detrás de un cuadro de Don Bosco que presidía la sacristía.

Empecé a pensar en cómo aprovechar aquel descubrimiento en beneficio propio. Se lo conté a Perico y planeamos darnos un atracón de moscatel cuando coincidiéramos los dos de sacristanes. Necesitaríamos un cómplice para alejar de la sacristía al hermano lego mientras nosotros perpetrábamos el latrocinio. Perico me contó que Manolo, que era de su mismo pueblo, necesitaba urgentemente que le echaran del internado porque tenía una medio novia cuyo recuerdo le hacía muy duro su ausencia del pueblo y estaba dispuesto a hacer una trastada lo suficientemente grande como para que le echaran. No le importaba pasarse el resto de su vida trabajando en la mina como su padre y sus hermanos. Era el tercer hombre que necesitábamos y los tres nos pusimos a maquinar un plan conjunto.

Ya había terminado el curso y nos habían entregado los libros de escolaridad con las notas y los diplomas a aquellos que el próximo curso entraríamos en el noviciado. Había que actuar de inmediato. La ceremonia de entrega había sido en el salón de actos con la solemnidad de todos los años, seguida de una merendola con patatas fritas, sándwiches y naranjada. Cuando terminó la ceremonia y simulando ayudar a retirarlo todo, me guardé debajo del jersey dos bandejas de cartón blanco que habían contenido los sándwiches y Perico dos botellas de Fanta. Guardé las bandejas debajo del colchón hasta que fueran necesarias.

Empezaba un período un poco tonto antes de las vacaciones de verano con más tiempo libre y alguna excursión, pero básicamente nos dedicábamos a jugar al fútbol y leer aunque no faltaban las charlas edificantes y preparatorias de la etapa del noviciado.

La semana antes de las vacaciones coincidimos Perico y yo de monaguillos y avisamos a Manolo para que estuviera preparado, pues no podíamos retrasarlo más. Después de la siesta nos ordenó el hermano lego que le acompañáramos a la sacristía para preparar las cosas de la misa del día siguiente. Estábamos recortando las obleas, preparando las vinajeras, repasando las velas y ordenando todo un poco, cuando por la ventana de la capilla oímos que empezaba el partido de fútbol de cada tarde y al exaltado Manolo dando voces, pidiendo que le pasaran el balón. Todo parecía estar en orden.

Perico y yo actuábamos con parsimonia esperando que Manolo hiciera lo convenido, cuando oímos un estrépito de cristales rotos porque un punterazo de Manolo había estrellado el balón contra la vidriera de colores que representaba a María Auxiliadora y cuyos trocitos regaron el suelo de la capilla, al lado del altar. El hermano lego salió como un tiro a la puerta de la sacristía y al ver el estropicio exclamó asustado

–       ¡ La Virgen ! – y salió despavorido hacía el campo de deportes como si se hubiera venido el mundo abajo. En el campo de deportes se había hecho un silencio total.

Con la misma rapidez que el hermano lego había abandonado la sacristía nos pusimos manos a la obra. Cogimos la llave de detrás del cuadro, abrimos el armario y llenamos las dos botellas de Fanta con el moscatel destinado a convertirse en sangre de Cristo. Habíamos planeado juntarnos los tres y pegarnos una fiesta pagana en algún sitio recogido. Cerramos el armario y pusimos la llave en su sitio. Mientras salía con su botella envuelta en papel de periódico, Perico me dijo que me diera prisa. Contesté que enseguida, que iba a terminar de recogerlo todo. Pero mis planes eran otros.

Manolo ya había hecho méritos suficientes para irse a casa y faltaba que yo hiciera lo propio. Me eché al morro la botella y el moscatel fresco y dulce me supo a gloría. Yo estaba acostumbrado a pequeños sorbos de las escurriduras de las vinajeras y no era muy consciente de que aquello era vino y que me la cogería si seguía con aquellos lingotazos. Mi plan era que cuando los frailes entraran a ver el destrozo de la vidriera me encontraran con las manos en la masa, bebiendo el vino robado. Salí de la sacristía para oír mejor lo que pasaba en el exterior y me acerqué al altar mientras empinaba la botella. Qué bueno estaba el vino y qué bien me sentaba, tan fresquito con el calor que hacía.

Al otro lado del hueco donde había estado la vidriera se oía una algarabía enorme. Los futbolistas explicaban vehementemente a los que llegaban cómo Manolo había metido un gol a la Virgen. Como el hermano lego había ido a buscar al jefe de estudios para que se hiciera cargo de la investigación y aplicara justicia, pensé que aquello podía ir para largo así que me senté en el altar y seguí refrescándome el gaznate. Balanceaba las piernas en el aire y me encontraba cada vez más alegre pensando en lo poco que me quedaba por estar allí. Ya me había bebido la mitad de la botella y temí que se me acabara el vino antes de que entraran los de la sotana. Ahora, además de las piernas, balanceaba los hombros y la cabeza y canturreaba la canción que los días de excursión cantábamos en el autobús

Para ser conductor de primera, de segunda, de terceeeeeera….
Para ser conductor de primera, acelera, aceleeeera…. (trago)
Hace falta ser buen bebedor
Con el vino se engrasan las bielas, acelera, aceleeeera…. (trago)
Y se toman las curvas mejor (trago, trago, trago)

Ya balanceaba todo el cuerpo basculando sobre el culo y me acercaba con los hombros peligrosamente al altar, mientras oía al otro lado de la no-vidriera cómo el jefe de estudios afeaba a Manolo lo torpe que era y le amenazaba que se fuera preparando. Y cómo Manolo le contestaba con sorna berciana, aprovechando el ambiente milagrero imperante,

–       Es que oí como la Virgen me pedía que le pasase el balón, pero no calculé la fuerza y ya ve…… – fingiendo estar compungido por lo sucedido

–       ¡Qué grande eres, Manolo! – decía yo con risa floja de beodo (trago)

Sujetando la botella con una mano, empecé otra vez con los cánticos mientras me recostaba dulcemente en el altar, que estaba blando y fresquito, usando el brazo libre como almohada

Fara ser fonductor de frimera, (trago) de fefunda, de ferfeeeeera…. (trago)
Fara fer fonfuctor fe frimera,….

Ya casi no percibía el follón de afuera y me sentía tan a gusto…., tan fresquito……..

Como en sueños, oí un frufrú de sotanas que pasaban a mi lado y que un fraile que se parecía al jefe de estudios subía al púlpito para mejor observar el destrozo de la vidriera y desde allí gritaba señalándome con un dedo acusador

–       ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! ¡Usted es un sacrílego! ¡Sacrílego! ¡Borracho!

El hermano lego olió la botella y se dirigió derecho al armario-bodega. Al ver el garrafón medio vacío se asomó a la puerta de la sacristía y terció en la filípica

–       ¡Y ladrón! ¡Y ladrón! ¡Un ladrón y un borracho! – mientras levantaba el garrafón medio vacío para que lo viera el del púlpito

Medio dormido, al sentir que me sacudían por el hombro reacomodé la cabeza sobre el brazo que hacía de almohada. Insistieron en las sacudidas y las piernas se me cayeron del altar con lo que me incorporé asustado con la sensación de perder el equilibrio y empujé sin darme cuenta la botella que rodó por el altar y cayó rompiéndose en añicos con gran estrépito. El ruido de cristales rotos y las voces del jefe de estudios, cuya cara estaba a pocos centímetros de la mía, hicieron que empezara a tomar conciencia de dónde y por qué estaba allí. El jefe de estudios me gritaba

–       ¡Usted se la ha cargado, por borracho! ¡Le voy a llevar ante el claustro! ¡De esta no se libra, sinvergüenza, malnacido! – mientras agitaba su dedazo delante de mis narices

–       ¡Sinvergüenza y ladrón! ¡Ladrón y borracho! – animaba el hermano lego cuya cabeza asomaba por detrás del jefe de estudios

Aún algo adormilado, me sentí tan acosado por aquella gente encima de mí que hice un gesto defensivo con los brazos y los dos ensotanados dieron un respingo hacía atrás cayéndose de culo al pie del altar en un revoltijo de brazos, sotanas y pantalones. Me hizo tanta gracia verles en postura tan poco digna, que me eché a reír con voz de borracho mientras les señalaba en claro gesto de burla.

Se levantaron como pudieron y un poco amedrentados por mi impulsiva reacción, se fueron retirando mientras el jefe de estudios me gritaba

–       ¡Prepárese, indigno! Le vamos a expulsar. No podrá ir al noviciado. Ha arruinado su vida – seguía agitando su dedo acusador mientras retrocedía hacía la puerta de la capilla.

Yo había recuperado algo el control y quise rematar la faena para que no hubiera duda. Me llevé una mano a la boca haciendo bocina y les dediqué una sonora pedorreta que reverberó en toda la capilla. Los de negro debieron creer que me había vuelto loco o que estaba poseído, porque salieron de la capilla atropelladamente cual alma que lleva el diablo.

Seguí durante un buen rato sentado en el altar, disfrutando de la sensación de bienestar que me embargaba por el moscatel trasegado y la satisfacción del deber cumplido. Me bajé del altar con movimientos cautelosos y salí con paso vacilante, pero erguido, camino del dormitorio para preparar la maleta pues aquello ya no tenía vuelta de hoja.

Estaba haciendo la maleta cuando me avisaron para que me presentara de inmediato en el despacho del rector. Terminé sin prisa la maleta, me refresqué la cara con agua y me fui calmosamente hacía el despacho del rector sabiendo lo que me esperaba. Allí estaban el rector y el jefe de estudios que cuando me paré de pie delante de la mesa del rector se puso a una prudente distancia de mí. El rector fue muy breve,

–       Por la gravedad del asunto, hemos considerado que no eres digno de ordenarte como sacerdote. Mañana a primera hora, informaré al claustro y serás expulsado de los salesianos. Mañana mismo te iras a tu casa con vacaciones indefinidas.

–       Tiene usted razón, padre rector. ¿Manda algo más? – Extrañado porque no me hubiera desecho en disculpas, por el nulo arrepentimiento que mostraba y por lo poco contrariado que parecía, el rector me miraba incrédulo y como diciendo que no con la cabeza lentamente. Di media vuelta y me fui por donde había venido.

Aproveché lo que quedaba de día para despedirme de los amigos que se mostraban preocupados por el fin de mi carrera y yo les consolé como pude. Solo Perico y Manolo que estaban al tanto del asunto me felicitaron por el desenlace. Decliné su invitación para participar en la libación nocturna que tenían planeada y quedé con Manolo, al que también habían aplicado el mismo artículo reglamentario que a mí por haberle hecho un pase a la Virgen, en vernos por la mañana en la portería del colegio para coger el autobús que nos llevaría hasta el tren.

A la mañana siguiente bajé a la portería donde ya teníamos preparados los billetes y una bolsa con algo de comida para el viaje. Manolo me esperaba sentado encima de su maleta con cara de sueño, señal de que la despedida con Perico y otros secuaces se había prolongado hasta altas horas, pero con aspecto satisfecho. Le pedí que guardara mi maleta unos minutos mientras iba al baño. El colegio parecía desierto pues los chavales estaban en la biblioteca y los profesores en el salón de actos donde el rector les informaba de la doble expulsión.

En el retrete saqué las bandejas de cartón de debajo del jersey y puse una de ellas encima de la taza del váter; me bajé los pantalones y elaboré una ensaimada de proporciones regulares lista para ser entregada. Tapé el regalito con la otra bandeja y salí llevándolo todo con el brazo extendido como si fuera un camarero consumado en dirección al despacho del jefe de estudios que estaba en el salón de actos adornando la exposición del rector con sus comentarios de testigo directo. Entré sin llamar y deposité aquello encima de su mesa. Cogí un bolígrafo de oro que había sobre la escribanía, lo unté en la ensaimada y escribí en la bandeja de arriba “¡SOBÓN!”. Cerré la puerta del despacho y me fui para la portería.

Diez minutos más tarde sonó la bocina del autobús, justo cuando ya se oía el rumor de pasos de los profesores que abandonaban el salón de actos. Cuando el autobús arrancaba Manolo se volvió hacia el colegio y le dedicó un corte de manga con toda su alma de minero. Yo no quise mirar pues hacía un instante que había rubricado de forma contundente mi salida del internado. Aquello no merecía ni una palabra ni un gesto más. Solo lamentaba no haber podido dejarle otro regalito al hermano lego por chivato y chupa filetes.

Viajamos juntos hasta Ponferrada y Manolo me enseñó la foto de su novia que había conseguido mantener a salvo de registros durante aquellos años. Nos despedimos con un abrazo y nos deseamos suerte. Yo seguí solo hasta Villablino temeroso de cómo se tomaría mi padre la noticia. Primero le enseñaría el libro escolar con unas notas tirando a buenas y luego le contaría lo que no me atreví a decirle los años anteriores: que quería ser ingeniero y que no volvería con los frailes. Si las cosas se ponían feas, no tendría más remedio que recordarle que también él se había salido de los curas y que ni había sido un desgraciado ni le había pasado nada.

Mayor problema sería explicárselo a la abuela y a las tías en Vegarienza, que hacía años soñaban con tener dos curas en la familia que paliaran la añoranza del tío Federico, el último fraile familiar. Les consolaría diciendo que ya estaba mi hermano mayor ocupándose de eso y remacharía, mintiendo como un bellaco, que yo no podía ser fraile pues en el internado habían descubierto que me sentaba tan mal el vino de consagrar que podría darme un ataque en mitad de la misa. Si llegaba algún informe del colegio contando lo realmente sucedido, ya encontraría a quien echar la culpa. Me estaba convirtiendo en un truhan con cara de ángel. De momento aquel verano intentaría sacar provecho con las chavalas a mi cara de no haber roto un plato. Y que ¡no me hablasen de ayudar a misa en Vegarienza!.

Con todo el plan bien pergeñado, me quedé dormido en los duros asientos de madera y, como casi siempre, mis vivencias y obsesiones se incrustaron en mi sueño. Soñé que el jefe de estudios, todo engreimiento, llevó a los profesores a su despacho para enseñarles las estadísticas de las notas del curso. Extrañado, se quedó parado un momento ante su escritorio y apartando un par de moscas que sobrevolaban el regalito, levantó la tapa y todos pudieron ver el graffiti (más bien mierdditi) ¡SOBÓN!. Cuarenta pares de ojos interrogadores se dirigieron al jefe de estudios que frenéticamente aplastaba la bandeja de arriba sobre la ensaimada para borrar el graffiti acusador. Los subproductos de mi metabolismo, tan dúctiles y maleables como yo mismo, obedecieron dócilmente a la presión y se extendieron sobre las estadísticas tan laboriosamente preparadas. Transfigurado por la ira, cogió la bandeja con rabia y la lanzó contra sus colegas, mudos aún por la sorpresa. Los de la primera fila pudieron agacharse a tiempo y la bandeja encontró en su trayectoria la cara del hermano lego que aún seguía con la boca abierta, intentando explicarse si las desgracias de los últimos días se debían a sus muchos pecados o a un momento de distracción de Don Bosco. Profundamente dormido, me removí satisfecho en el asiento como si lo que acababa de soñar hubiera sucedido de verdad. Magnífico desenlace.

Al llegar a Villablino me desperté reconfortado por la larga siesta y el regustillo de haber tenido, por fin, una ensoñación agradable sin lucha a brazo partido con hortalizas o monaguillos insolentes. Bajé del tren eufórico, me eché la maleta al hombro y comencé a subir la empinada cuesta con una ligereza inusitada, felicitándome por la forma tan cutre, pero eficaz, de acabar con mi contribución a la diáspora familiar. Era un completo truhan, pero bendita imaginación que me había librado de las faldas y la tonsura. Allí mismo empezaba una nueva vida.

Nota del autor: Todos mis relatos se refieren a historias personales excepto este. Esta historia que no he vivido yo pero si alguien de mi familia, me ha atraído intensamente desde siempre por iconoclasta y golfa. Salvo el episodio de las vinajeras, que conozco por referencias y lo cuento no como fue sino como lo he imaginado, el resto es ficción y así hay que leerlo. Escribo en primera persona para que no quede la mínima duda que lo que cuento es consecuencia de mi invención y del esfuerzo por meterme en la situación del personaje y en el escenario, aunque en el desarrollo también he incorporado vivencias personales.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: elpais.com, matermundi.tv, blogs.hoy.es.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Los negocios del alma (la obsesión de Lucas de la Calzada)

El juicio de un alma. Óleo de Mateo Cerezo. Museo del Prado (1).

Mi abuelo Emilio de la Calzada murió como vivió. Murió en 1964 en la iglesia de Vegarienza al poco de comulgar. Era de convicciones religiosas muy profundas que probablemente influyeron en su mujer, Honorina, y que ambos transmitieron a sus hijos. Mi abuela Honorina concebía la vida como el valle de lágrimas que a fuerza de sacrificio y oraciones la conducirían un día a un Juicio Final exitoso. Con una apariencia física endeble, trabajaba sin descanso de sol a sol tanto en casa como en el campo y aceptaba las dificultades y desgracias con frases tajantes como “Todo sea por Dios y nada más” o avisaba de su aceptación de la dureza del tránsito terrenal suplicando “Que Dios nos mande lo que podamos soportar“. No creo que se pueda sintetizar más acertadamente su concepto vital de que el trabajo y sacrificio, junto con la oración, eran el camino que la conducirían a la salvación eterna (ver Mi abuela Honorina).

Yo conviví mucho con mi abuelo Emilio hasta el punto que fui su acompañante como lazarillo que iba delante de las vacas cuando araba las tierras o ayudante-aprendiz en todo tipo de tareas en el campo. Él me enseñó a ayudar a misa y me introdujo como monaguillo de don Abundio y yo sabía que la oración jugaba un papel importante en su vida pues el tiempo que viví con los abuelos en Vegarienza, tendría siete u ocho años, dormía en su habitación en la misma cama que mi abuelo y no había día que al primer rayo de luz que entraba por el balcón no dedicáramos un rato a la oración (ver Mi vida con los abuelos) y el día nunca terminaba sin el correspondiente Rosario. Si el mediodía nos cogía arando, el abuelo detenía las vacas y, despojándose respetuosamente de la boina, rezaba el Ángelus. El resto del día lo dedicaba a trabajar y a preparar los aperos necesarios para el trabajo del día siguiente. Un hombre recto y muy trabajador que hacía tres breves paréntesis cada día para atender a sus convicciones religiosas.

Yo había vivido este ambiente desde siempre y me parecía todo tan normal que me causó gran desazón oír un día a mis espaldas, creo recordar que fue en el coro de la iglesia de Vegarienza, que alguien del pueblo decía con tono que me pareció despectivo que mi abuelo era un meapilas. Me trastocó el comentario porque yo entendía que mi abuelo empleara algo de su tiempo, que otros gastaban en la cantina, acorde a sus creencias.

No obstante, el comentario hizo que me preguntara algunas veces si era mucha o poca la preocupación de mi abuelo por lo que pasaría a su muerte. Yo sabía que en su familia hubo quien se dedicó profesionalmente a los negocios del alma pues conocí a su hermano Federico, fraile digamos que normal y poco dado a perseguir a los espíritus tibios (ver El tío fraile), y un tío suyo fue cura en Sosas del Cumbral. Nada extraordinario que me justificara su religiosidad, por lo que persistía la duda de si mi abuelo exageraba con sus rezos.

Recientemente ha caído en mis manos un documento que puede consultarse en el Archivo Diocesano de León (2). Trata de la fundación por un antepasado de mi abuelo de la Capellanía de San Pedro Apóstol del pueblo de Bercianos del Real Camino, en pleno Páramo leonés, con la finalidad de que “cada año, perpetuamente, para siempre jamás” hubiera alguien que rezara por la salvación de su alma. Que en su familia hubiera hacía más de 200 años alguien con esta obsesión por la salvación eterna, quizá diera alguna pista del por qué del acendrado espíritu religioso de mi abuelo.

Está documentado (3) que su antepasado Lucas de la Calzada, era allá por 1735 cura del pueblo de Bercianos del Real Camino, fecha en la que

El escultor Pedro de Valladolid firma con el cura de la Iglesia De San Pedro de Bercianos del Páramo, don Lucas de la Calzada, y con Bernabé García, mayordomo, escritura para realizar el retablo, por 7.000 rs. Consta de: banco, cuerpo único, ático semicircular y tres calles, predominando el relieve escultórico. Por falta de medios económicos, nunca llegó a dorarse”.

Preocupado por la salvación de su alma, en 1748 fundó una capellanía con la advocación de San Pedro Apóstol y la finalidad de que “cada año, perpetuamente, para siempre jamás”, en las fechas señaladas de San Pedro Apóstol, Jueves Santo y Navidad se dijeran misas cantadas en el altar de San Pedro Apóstol, determinando que

por la limosna de estas, señalo cinco reales cada una … con obligación de cantar un responso sobre la sepultura presbiteral acabada cada una de las misas por su alma, la de sus padres, obligaciones y las del purgatorio“.

Seguramente el cura Lucas, conocedor de los intríngulis de la Eternidad, pensaba a menudo estar en el mismo trance que la criatura que pintó Mateo Cerezo, ser juzgado por el Sumo Hacedor y en ese momento quería estar respaldado por una eternidad de rezos que permitieran la intercesión de la Virgen y otros santos mediadores.

Para asegurarse de que su voluntad se cumplía, dota a la fundación con 16.870 reales en

viñas, suertes, tierras, trigales, centenales, ferreñales y vasijas”.

No solo se preocupa de la viabilidad económica del encargo sino de que el asunto quede en buenas manos, para lo que nombra como primer capellán que le rezara a gente de su confianza:

el Lzdo. Dn. Lucas de la Calzada mi sobrino carnal

y para asegurarse que siempre haya un capellán que diga la misa y los responsos, nombra y da autoridad sobre todo el proceso también a personas de su confianza:

como patrono único y presentero ….. a mi hermano Manuel de la Calzada quien es al presente vecino del lugar de Posada…… y por muerte de mí dicho hermano es mi voluntad suceda su hijo Felipe de la Calzada y después su hijo mayor, prefiriendo al varón a la hembra en dicha presentación y así los demás sucesores por la línea de los Calzadas y extinguida esta línea suceda por la línea de los Garcías descendientes de Santos García y Maria Rubio mis abuelos vecinos del lugar de Fasgar, y extinguida esta suceda ……”.

Tan exhaustiva es la descripción de quien será el presentero (4) que debe nombrar capellán cuando la sede quede vacante, que creo refleja la extrema preocupación por su salvación. No vaya a ser que el cura Lucas de la Calzada, por algún que otro pecadillo, esté confinado en el Purgatorio y por falta de misas y responsos se quede allí por los siglos de los siglos.

Tal era su preocupación, que no se fía de que las extirpes de la Calzada y García duren por siempre jamás y extiende la capacidad de ser presentero a todos los curas de Posada:

y extinguida esta suceda dicha presentación única en el cura o Vicario interino que fuere de la parroquia de San Pedro, de dicho lugar de Posada

Y para más asegurarse los rezos por su alma, afloja la exigencia de que los capellanes sean de la familia de la Calzada hasta el cuarto grado y le vale cualquier propincuo (5) e incluso podrá serlo el estudiante más pobre de todos los pueblos del Valle Gordo,

y que dicho patrono, o sus sucesores tengan obligación de apresentar en el pariente mas propincuo, dentro del cuarto grado y este pasado, de las dichas líneas, el patrono, pueda apresentar al pariente que le pareciere, sin excepción alguna y sino hubiera pariente, dicho patrono y sucesores puedan presentar, en quien quisieren y que dicho cura o Vicario deban de apresentar en el estudiante mas pobre de los lugares que hay de Barrio a Fasgar, siendo hijo de vecino de dicho lugar.

El cura Lucas no daba puntada sin hilo y para que la economía de la capellanía, de la que es responsable cada capellán nombrado, fuera sólida y alcanzara el “por siempre jamás”, establece que

dicho Capellán nombrado como los que le sucedieren tengan obligación siempre y todos los años a tener la hacienda bien labrada, de las labores necesarias y cercas de huertas, de manera que vaya en aumento y no venga en disminución y si el Capellán no lo hiciere el Patrono ….

Como se refleja en el documento del Archivo Diocesano, fueron patronos presenteros desde su hermano Manuel de la Calzada y sus descendientes hasta, al menos, Julián de la Calzada. Es decir, durante no menos de cinco generaciones en la familia de la Calzada siempre hubo alguien obligado a estar pendiente de la salvación del alma del cura Lucas de la Calzada. De que siempre hubiera un capellán que en los días señalados le cantara misa y rezara el correspondiente responso.

Qué enorme responsabilidad la de los sucesivos patronos-presenteros al sentirse imprescindibles en el devenir del alma de su pariente muerto. Me imagino la angustia de aquel presentero que dudara de si habría nombrado un capellán descreído o poco cumplidor de sus obligaciones para con el alma del cura Lucas de la Calzada y, por tanto, sentirse culpable de que no llegara suficientemente rezado al día del Juicio Final. O que pensara que estaba más pendiente de sus propios asuntos en Posada y no haber sido suficientemente diligente en vigilar que los capellanes nombrados mantuvieran y acrecentaran las posesiones de la capellanía, de cuyas rentas salían los dineros para el pago de tanto rezo. Pues ya se sabe que sin reales no hay responso.

Muchos años con la obligación de ser responsables de la salvación de alma ajena. Demasiado tiempo pensando en lo importante que era el rezo para que Lucas de la Calzada se asegurase la otra vida, que era imposible permanecer impertérrito y no aplicarse el cuento al alma propia. Más aun estando, como era el caso, inmersos durante siglos en una cultura religiosa que promovía el sacrificio y la oración como vía para salvar la propia alma. Seguramente mi abuelo vivió esta preocupación familiar por la salvación de los muertos y quizá contribuyó a forjar su sentido religioso de la vida.

Meapilas: “persona que muestra una devoción religiosa exagerada o hipócrita, santurrón”. Pues no, ni hablar. Creo que es un término mal aplicado a mi abuelo que era un hombre de convicciones. Se podrá discutir si hay un Más Allá o no, si sirve de algo rezar. Pero al que lo hace por convicción y no emplea medio segundo en imponer sus ideas y hábitos religiosos a los demás, respeto. Mi abuelo segaba con guadaño y preparaba las tierras con arado romano, como lo habían hecho sus antepasados desde siglos. También rezaba y creía en lo mismo que ellos, sin alardear y convencido que eso era obrar con rectitud, porque él era un hombre recto, un hombre bueno y honesto. Dejemos rezar a quien lo necesita para dar sentido a su vida.

Y volviendo a Lucas de la Calzada, no sé quién le habrá rezado estos últimos años, porque nunca oí en casa de mis abuelos que su primogénito, el tío Aecio, fuera el presentero con mando en la capellanía de San Pedro Apóstol. No sé si la estrategia de salvación del cura Lucas, que tanto se esforzó en dejar tan bien atada, habrá superado las vicisitudes de la historia. A mí, que soy el nieto mayor pero ya un de la Calzada de segundo apellido, nadie me planteó ser presentero. Si fuiste un gran pecador, Lucas de la Calzada, me temo lo peor. Salvo que ya estés en el Cielo, a cubierto de misas no cantadas y responsos no rezados. Amén.

El documento fundacional se puede ver en Capellanía de Bercianos del Real Camino.

Fuentes consultadas
(1) “..el Salvador como Juez, en el momento de tomar una decisión, y la Virgen, que ha intercedido ante su Hijo por el mortal…el alma juzgada, encarnada por un joven semidesnudo arrodillado que mira hacia arriba de forma suplicante…”, (MUSEO DEL PRADO 200 AÑOS).
(2) EL PÁRAMO LEONÉS. Síntesis geográfico-histórico-costumbrista de sus pueblos, de Francisco Rodríguez Juan. Página 206.
(3) El documento fundacional de la capellanía se halla en el Archivo Diocesano Leonés en la sección Fondo Beneficial, pueblo Bercianos del Real Camino, Capellanía de San Pedro.
(4) Presentero: presentador para prebenda de los privilegios, beneficios o derechos eclesiásticos, muy común en el sentido religioso más en todo para las dignidades como el obispo o presbítero (definiciona.com).
(5) Propincuo: allegado, cercano, próximo (RAE)

Agradecimientos: A María Inés López de la Calzada que puso al autor sobre la pista de la capellanía y le facilitó la transcripción del documento fundacional.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imagen tomada de 4.bp.blogspot.com

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La cocina de tía Blanca (¿tíos o primos?)

El Cielo siempre presente. Sacrificio, oración y la bula protectora.

Cuando murió la bisabuela Ana, los hijos se plantearon vender la casa de Vegarienza. Entonces mis abuelos Emilio y Honorina vivían en Sosas del Cumbral y como él ya estaba jubilado, había sido maestro del pueblo durante toda su vida, creyeron que era la ocasión de acercarse a la carretera que era sinónimo de “acercarse a la civilización” y decidieron comprar la casa de Bernardino y Ana, padres de la abuela Honorina.

Es una casa de tres plantas al pie de la carretera con diez u once habitaciones, varias estancias de uso diverso, dos cocinas, amplias cuadras y pajar y lo que llamábamos “cocina vieja” o cocina tradicional en la que se hacía fuego en el suelo y los cacharros de los guisos se colocaban sobre trébedes o colgados en las pregancias, en una esquina había un horno de gran tamaño para cocer el pan, maseras donde se amasaba harina de centeno para hacer las hogazas y del techo colgaban los varales ennegrecidos donde se ponía la matanza a curar al humo y al frío.

En el momento de la venta de la casa vivía en ella la familia de tío Baldomino y tía Blanca, que estaban pendientes de edificar su casa al lado de la de Ulpiano a escasos metros del cauce del río Baltaín. Se acordó que seguirían viviendo en la casa familiar hasta que la suya estuviera construida.

En esa época estoy seguro que era la casa más bulliciosa de toda Omaña. Donde tía Blanca eran doce o trece personas, tres donde mis abuelos y en verano nos incorporábamos siete u ocho de mi familia y cinco o seis de la tía Honorina a los que se añadía alguna persona más de las familias de mis otros tíos. La casa era grande, pero era inevitable que el follón discurriera de forma habitual por pasillos y estancias, el amplio corral y la huerta aledaña a los ríos Baltaín y Omaña.

Las vacas de mis abuelos y las de tío Baldomino convivían en la misma cuadra, las gallinas de ambas familias escarbaban juntas en el corral, ponían huevos por doquier y probablemente compartían nidos, cuestión no menor y fuente de algún conflicto. Las personas nos entrecruzábamos durante todo el día por todas partes, pero cada uno sabíamos a qué cocina acudir a la hora de comer. En la planta baja los de tía Blanca y en la de en medio toda la patulea que descendía de mis abuelos.

La gente menuda jugábamos en lo que había sido la tienda, que ocupaba media planta baja y que conocíamos con el nombre de Despacho. Aún conservaba las estanterías donde se almacenaba la mercancía a la venta, una gran caja de caudales cuya combinación insistíamos en descubrir sin éxito, un molinillo de café y diversos achiperres habituales en todo comercio. Era tan espacioso que hasta andábamos en bicicleta por allí los días de lluvia. Además de jugar también discutíamos tonterías, una de las más notables era si los de tía Blanca eran tíos nuestros, lo que suponía un cierto grado de superioridad por su parte, o eran primos. En realidad eran primos de mi madre, pero la edad de los más pequeños era similar a la nuestra y de ahí surgía la camaradería y el trato de primos.

La otra mitad de la planta la ocupaba la cocina de tía Blanca. En la pared que daba al corral estaban la cocina de leña y el fregadero de piedra que desaguaba directamente a los rosales del corral y dos o tres alacenas que cubrían el resto del frente. A lo largo de la otra pared estaba el escaño y, en medio, la mesa cubierta con un hule a cuadros rodeada de más bancas y sillas.

Algunos días, no recuerdo si el motivo era que no estaba en el pueblo el cura don Abundio, a la caída de la noche cuando ya se había ordeñado las vacas y recogido las ovejas, en la cocina de tía Blanca rezábamos el Rosario todos los habitantes de la casa. Mis abuelos, la tía Blanca y tío Baldomino sentados en el escaño según correspondía a su dignidad, el resto de personas mayores ocupaban las sillas y las bancas con alguno de los más pequeños sentados en su regazo y los demás sentados dónde podíamos o simplemente recostados en la pared. La cocina era grande pero nosotros éramos demasiados y algunos seguían el rezo en el escalón que daba al Despacho o en la otra puerta de la cocina que daba al corral, dos espacios que favorecían un cierto relajo en el seguimiento del rezo.

Del techo colgaba una bombilla que, en vez de iluminar, parecía irradiar la penumbra que se adueñaba de la cocina a medida que oscurecía. Casi todo el agua del río se empleaba en regar los prados y al generador de la sierra llegaba un hilillo que producía una corriente eléctrica muy débil que ascendía trabajosamente hacia las casas por cables de hierro atados a los postes por las jícaras de porcelana, algunas de ellas rotas de nuestras pedradas y por donde se debía perder una buena parte del fluido de forma que el sobrante apenas enrojecía los filamentos de las bombillas. La mortecina luz fluctuaba según en las otras casas del pueblo se encendían o apagaban las bombillas y era frecuente el apagón total, por lo que siempre había que tener a mano un farol de aceite o el candil de carburo.

Era una escena en penumbra intensa que favorecía el recogimiento necesario para el rezo y donde las caras eran manchurrones de sombra, pero todos sabíamos dónde estaba cada cual por la voz con que contestaban al rezo. La inconfundible voz profunda y rezadora de mi abuelo, que solía dirigir el rezo, iba desgranando las avemarías de los cinco misterios que tocaban ese día ayudándose de las cuentas de un rosario para desembocar en la letanía en latín que daba paso a oraciones y jaculatorias diversas. Los demás contestábamos al unísono lo que correspondía a la cansina entrada, cinco veces diez avemarías, que nos daba mi abuelo.

Creo que en la cocina había varios grupos de orantes. Mis abuelos y algunas de sus hijas para los que cada avemaría les acercaba un paso más al cielo prometido tras el tránsito por el valle de lágrimas, que realmente interiorizaban el rezo y sus voces parecían un poco compungidas como pidiendo perdón por no ser más buenos. El resto de adultos creo que también compartían la convicción de que algún día su paso por la vida sería enjuiciado y más valía llegar a ese momento bien rezados. Parte de la chiquillería estaba pendiente de la mecánica del rezo para no equivocarse y seguir respondiendo Miserere nobis cuando ya había que decir Ora pro novis, lo que seguro le valdría un pescozón del adulto más próximo. El resto de los menores que aún no habíamos sido penetrados por la inquietud de la vida trascendente, estábamos impacientes por que acabara aquel rezo repetitivo, que había creado un cierto callo de indiferencia en nuestro cerebro a fuerza de no entender, Rosario tras Rosario, alguno de los pasajes como “venga a nos el tu reino” o “Llena eres de gracia el Señor es contigo”, y poder reanudar los juegos con los primos antes de que nos mandaran a la cama. Por último había algunos que se habían levantado al alba para trabajar en el campo y estaban tan molidos que la trascendencia del momento no impedía súbitas cabezadas de las que salía sobresaltados gracias al codazo de sus vecinos de rezo.

Cuando mi abuelo comenzaba su oración preferida,

Por todos los caminantes y navegantes del mar y de la tierra

Por los moribundos y agonizantes del día y de la noche

Y para que Dios nos libre de muerte repentina y males desconocidos ……..

era la señal de que el rezo terminaba y unos salían del trance religioso, otros del duermevela y otros salíamos pitando a retomar los juegos interrumpidos que era lo que realmente nos hacía felices. Eso sí, todos con precaución de no tropezar con tanto obstáculo mal perfilado por la escasa luz de las dispersas bombillas y los mayores ayudándose de algún farol o palmatoria que facilitaban el trasiego hacia las últimas tareas o a las habitaciones, con prisa para reponer fuerzas porque amanecería pronto.

Cuando los de tía Blanca se fueron a vivir a su casa, aquella cocina apenas se usaba. Se convirtió en zona de paso hacia el corral y de almacén para los cacharros con los que se trajinaba en las cuadras y en la huerta. Alguna vez se encendía la cocina para hacer una fisuelada con su correspondiente chocolate o las rosquillas de tía Pili, pero dejó de ser escenario de la vida intensa y rezos multitudinarios de antes. En el Despacho ya no se jugaba y desaparecieron las frecuentes discusiones bizantinas sobre si tíos o sobrinos y si tal o cual cosa era mejor que la de la otra familia.

Se dividió la cuadra con un muro que separó a ambos lados las vacas de cada familia. Las gallinas de tía Blanca pasaron a picotear en las peñas y a la orilla del Baltaín y los buscadores de nidos ya nunca tuvimos duda de si los huevos encontrados eran de nuestras gallinas o ajenos. Los rezos tenían lugar en nuestra cocina donde casi todos teníamos acomodo, pero ya no había las miradas cómplices entre primos-tíos que anunciaban la intención de retomar el juego tras el rosario.

Resumiendo, se ganó en orden pero en aquella casa hubo menos vida, menos roce. Seguimos viéndonos con los de tía Blanca a diario, en el río a la hora del baño, intercambiando libros y confidencias o pastoreando las vacas (ver Las llamas de Castriello), pero faltaba el roce continuo de antaño. Aquellos tíos con los que nos relacionábamos como si fueran primos, pero no aceptando su pretendida prevalencia de edad. Dos generaciones distintas que compartimos juegos y rezos en casi total armonía.

Texto de la bula papal de 1957: “Beatísimo Padre, Emilio de la Calzada y Familia, humildemente postrados a los pies de Vuestra Santidad suplican la Bendición Apostólica e Indulgencia Plenaria “in articulo mortis”, aún en el caso que, no pudiendo confesar ni comulgar, previo un acto de contrición, pronuncien con la boca o con el corazón el Nombre Santísimo de Jesús”. ¿Seguirá protegiéndonos a toda la familia?

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada