Mis primeros vaqueros (piel de quita y pon)

1850 Anuncio de vaqueros Levi Strauss - 1919 Victoria Federica.

1850 Anuncio de vaqueros Levi Strauss – 1919 Victoria Federica.

Acabo de ver la imagen de una nieta del rey emérito con unos vaqueros largos que parecían diseñados, y seguramente tuneados, para exhibir la pierna al completo salvo una tira de tejido a mitad de muslo. Probablemente han costado una fortuna y no precisamente por su eficacia en proteger de la inclemencia climática, sino porque aseguran a su portadora ser el centro de atención y exhibirse estilosa y envidiable allá donde vaya. Y es que la vestimenta, esa segunda piel de quita y pon que, después de tantos siglos de perfeccionamiento y hasta refinamiento, ahora es para muchos vehículo de exhibición, un medio de llamar la atención. Irremediablemente recordé mis primeros vaqueros.

En el Valle de Laciana no nos distinguíamos precisamente por nuestro atildamiento en el vestir. Alguno había con más posibles que quizá les permitían ser algo más elegantes como Raúl el de El Barato o Román el de la zapatería, que no parecían del pueblo por cómo vestían. Los demás éramos de vestimenta anodina y poco llamativa, sin colores estridentes ya que las madres preferían los tonos oscuros, “más sufridos” decían, más compatibles con el uso diario y casi único de la misma ropa durante semanas, solo interrumpida brevemente por el domingo o por el cambio estacional cuando llegaba el invierno o el verano. Jerséis de lana tejidos en casa y pantalones que las propias madres confeccionaban o encargaban a una costurera amiga. Además de la ropa de los domingos, así considerada solamente porque era más nueva, solíamos tener al uso un solo pantalón y un par de jerséis, de forma que cada uno teníamos nuestro uniforme habitual por el que se nos podía reconocer desde lejos sin riesgo a equivocarse.

Pero algo comenzó a cambiar al final de la década de los cincuenta del siglo pasado y que alteraría casi todo, incluso nuestro anodino modo de vestir. Empezamos a oír hablar de una moda en el vestir, de los pantalones vaqueros. Hasta entonces la mayor prueba de profesionalidad de modistas y sastres era que no se notasen las puntadas de las prendas que confeccionaban y, de repente, llegaron los pantalones vaqueros haciendo ostentación de sus costuras. Más que ostentación, las costuras eran consecuencia de su rudimentaria elaboración, originariamente como prendas de trabajo para granjeros y mineros donde primaba la resistencia y durabilidad, con costuras recias rematadas en su terminación por remaches metálicos, hasta el punto que la publicidad y etiquetas de los Levi Strauss mostraban cómo dos caballos tiraban en sentido opuesto de un pantalón sin conseguir romperlo. Entonces los pantalones vaqueros debían ser de importación y no recuerdo que abundaran en Villablino aunque si recuerdo especialmente a Pepín Vaquero que los llevaba habitualmente.

Que el tejido original de algodón azul jaspeado de blanco no fuera fácil de obtener, no fue óbice para que los avispados fabricantes hispanos pusieran en el mercado algún sucedáneo con el que colmar las apetencias de los primeros tontos afectados por la moda. En vez de la recia y azulada de los blue jeans, mis primeros vaqueros fueron de tela negra muy fina que bien podrían haberse hecho con tela excedente de la confección de vestidos de señora mayor o delantales, de ese tejido que cuando se desgasta es muy propenso a romperse en forma de siete al más mínimo enganchón y con unas costuras blancas que resaltaban más que tiza en pizarra de escuela. Por si acaso no quedaba claro que aquel engendro de tela negra eran unos vaqueros, tenían un par de remaches en los bolsillos que no eran los de cobre genuinos sino los típicos y reconocibles de los cinturones y tirantes de cuero. No quitaban el frío y las perneras eran tan anchas como los pantalones ordinarios, de forma que al caminar la tela ondeaba al viento y pasé de bolsos amplios donde cabían peonzas, canicas, cromos y todo tipo de achiperres a unos bolsillos donde a duras penas entraban las manos, pero yo fui uno de los tontos felices porque tenía unos vaqueros que ponerme. Hasta que los reiterados sietes en las rodillas y en la culera hicieron imposible su disimulo a pesar de los concienzudos repasos a que los sometía mi madre.

No recuerdo haber tenido vergüenza por mis luctuosos pantalones vaqueros, pero hoy me cruje el intelecto al intentar recordarme con un jersey de lana gruesa con tiras verticales de aquellos ochos tan barrocos que nuestras madres dibujaban alternando sabiamente puntos del derecho y del revés, holgados vaqueros negros con llamativas costuras blancas y calzado con cualquier cosa. Nadie medianamente avisado habría intentado compararme por mi indumentaria con Beau Brummell, un dandy inglés cuya obsesión por la elegancia le llevó a la indigencia según conocimos en el cine por aquella época, sino más bien considerarme un pringadillo o, directamente, un hortera, términos aún no acuñados entonces. Hagan un esfuerzo e imagínenlo.

Era la época en que la ropa podía ser humilde y poco agraciada, pero siempre debía llevarse sin rotos ni descosidos. Jamás una madre de entonces habría dejado a su hija salir con un roto y menos alardeando de ello como Victoria Federica, a la que el pie de foto califica de muy moderna y súper molona. No cabe duda que el mundo ha cambiado muy deprisa y no sé si para mejor si exhibirse con rotos en los pantalones se considera signo de distinción. Cuántos zurcidos se habrían ahorrado nuestras madres si los rotos que casi surgían espontáneamente en nuestros pantalones se hubieran considerado modernos y molones.

Tras muchos años vistiendo ropa casi tan oscura como mis primeros vaqueros, he sido capaz de ponerme ropa de tonos más alegres llegando incluso a atreverme con un niqui color pistacho. Y aún más. Los últimos pantalones cortos con los que me he sentido a gusto son unos Springfield que me regalaron mis hijos allá por 1998. Luego a las tiendas empezaron a llegar pantalones de bolsillos por todas partes, con diseños y tejidos novedosos con los que me veía extraño. Total, que estoy alargando tanto la vida de mis Springfield que lucen casi como los de Victoria Federica, con gran vergüenza de mi familia aunque solo me los ponga durante el verano, lejos de la gente que me conoce. Y no sé qué imagen es más deplorable, si la actual con los rotos y desflecados Springfield o la de mis apócrifos pantalones vaqueros combinados con los jerséis de lana de entonces. Una cosa está clara, nunca supe acompasarme a las modas y jamás se me podrá considerar un influencer, aunque últimamente mi look se aproxime al súper moderno y molón de Victoria Federica. Algo no va bien si la realeza abandona sus oropeles y yo convivo con mis rotos. A la vejez, viruelas.

Imágenes tomadas de: guioteca.com, glamour.es/Getty Images

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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Los zapatos prodigiosos (ahora que todo es plástico)

Plástico.

Si vives en un pueblo, aunque sea grande y pujante como era Villablino, ir de compras a Ponferrada era una experiencia excitante, pero peligrosa si eras un poco palurdo. Cuando aún casi no habíamos oído hablar del plástico y el calzado era basicamente de cuero, recuerdo que el dependiente de una zapatería me mostró una especie de mocasines de cuero de becerro, tan peculiares que de la suela sobresalían un par de milímetros unos tacos circulares de un material desconocido para mí. El dependiente me explicó que entre la suela exterior y la interior había una lámina de nylon con tacos redondos, que era con los que se pisaba en el suelo y que aportaban un buen agarre y durabilidad. Para qué quería yo oír más. Cuando los probé y me sentí cómodo, dije que me los envolviera pensando ya en cómo aquellos mocasines con unos mini tacos parecidos a los de las botas de fútbol me harían sentir diferente entre los amigos.

Cuando se los enseñé todo ufano al zapatero Rouco, que había puesto muchas medias suelas de cuero a los zapatos de toda la familia, dijo que eran muy bonitos mientras esbozaba una enigmática sonrisa. Efectivamente eran muy ligeros y cómodos y con las primeras nieves me permitieron destacar como el patinador más rápido sobre los resbalitos que hacíamos en la nieve recién caída y ya helada. Cuando la nieve se convirtió en un bochinche de nieve y agua, mis zapatos, cumbre tecnológica zapateril, se convirtieron en barcas de tanta agua como traspasaba la suela a través de los orificios de los tacos. Al llegar a casa los puse a secar al lado de la estufa de carbón, convencido de que seguramente el vendedor olvidó advertirme que eran zapatos de secano. Un completo desastre en una época en que solo teníamos un par de zapatos. Cuando supuse que ya habrían secado me acerqué a la estufa con aprehensión y encontré dos cosas retorcidas y acartonadas, orladas de las manchas blancas que deja la humedad en el cuero, y no pude por menos que recordar la sonrisa de Rouco que seguramente fue más condescendiente que enigmática. Nunca más me senté en un corrillo de amigos mostrando, como sin querer, las suelas de aquellos zapatos vanguardistas que parecían anunciar que Rouco el zapatero tendría que sustituir el cuero de vaca por el plástico. Juré que en adelante sería más precavido con mi debilidad hacía las vanguardias tecnológicas, pero vez tras vez he sucumbido a la tentación con resultados tan desastrosos como los de estos zapatos innovadores a los que yo fiaba mi prestigio entre los amigos.

Yo, que voy para muy viejo, viví cuando aún no había plástico. Casi todo se construía con materiales tradicionales como madera, piedra, barro, cuero, esparto, mimbres, algodón, hojalata, hierro, vidrio y cosas parecidas que proporcionaba la naturaleza sin intervención de la química o la física cuántica. Tímidamente, en aquellos teléfonos negros de disco, empezó a usarse un material sintético, moldeable pero rígido y muy frágil, que se llamaba bakelita. De repente, en 1957, los satélites rusos Sputnik comenzaron a orbitar la Tierra, los americanos llegaron a la Luna y empezamos a oír hablar del silicio y de un sin número de materiales sintéticos que lo cambiarían todo. Como el plástico, que valía para casi todo y culpable en parte de mi desastrosa experiencia zapateril.

Menos de sesenta años después de aquellos minúsculos tacos de naylon de mis zapatos, todo el planeta está inundado de plástico. Muchas aves y especies marinas mueren al ingerir deshechos plásticos y mecido por las ondas del Pacífico hay un continente de plástico cuyos bordes, si no deja de crecer, llegarán pronto a las playas de California. Y ahora dicen que nos estamos bebiendo el plástico en forma de micro partículas en las más finas aguas de mesa, de manera que el plástico con el que lo hemos enmerdado todo comienza a colonizarnos por dentro. Lo más parecido a morir de éxito. El éxito del plástico. El mismo éxito del que mea más alto, aunque sea a costa de ensuciarse con su propia orina.

Si te compras un coche de cincuenta mil euros que conduce solo y donde todo es lujo y tecnología, lo primero que llama la atención entre tanto aparato sofisticado es alguna pequeña incrustación de un material precioso en el salpicadero o en los asideros de las puertas, que seguramente estarán forrados de cuero como signo de distinción. Son incrustaciones minúsculas, como las joyas, finamente pulidas y recubiertas de un barniz que parece ámbar y que realzan la sensación de exclusividad del vehículo. Es madera. Madera y cuero, el mismo cuero que Rouco el zapatero empleaba en sus reparaciones, símbolos de sofisticación. Pero ahora a precio de oro.

Imagen tomada de: cronista.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Una ventana en la memoria (viejas neuronas de juventud)

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Tras seis años exprimiendo una memoria ya exhausta y con miedo a repetirme, este blog había entrado en una etapa casi vegetativa con escasa publicación que, además, yo percibía cada vez menos original, menos intensa. Seguía habiendo visitas pero sin que yo tuviera constancia de si eran lectores ocasionales o visitantes con la intención expresa de buscar los contenidos del blog. De repente, en Marzo y Abril de 2019, he visto una actividad inusitada de lectores que recorrían de forma compulsiva una entrada tras otra los post de Villablino y de Omaña. Este autor del blog no cabía en sí de satisfacción, claro.

Durante la Semana Santa, la actividad lectora se incrementó aún más e incluso los visitantes empezaron a interactuar con sus comentarios, el summum. Primero fue Lucas Losada González, de Cuevas del Sil y condiscípulo mío en segundo de bachillerato en la Academia Carrasconte de Villablino, sorprendido de que le citase en Buscando a doña Urraca. Faltaba más Lucas, destacabas mucho sobre los demás. Luego fue Manuel Lema Pose que había estado recientemente en Villablino y me aclaró en un comentario los nombres del pie de foto de los alumnos de cuarto de bachillerato. Gracias Manolo. Estaba claro que eran mis contemporáneos.

Ayer, mientras estaba atento al debate de los candidatos a presidir España, me llegó un correo de Manuel Tercero, un nombre que no me decía nada. Abrí la primera foto anexa, con ese precioso tono sepia de las instantáneas antiguas, y quedé en shock, ajeno a las mentiras de nuestros próceres en televisión. Fue como abrir una ventana al pasado, al Villablino de alrededor de mil novecientos sesenta. Era el pasado que me interpelaba. Parece una cursilada, pero así fue.

Allí estaban Armando, Pose, Santiago el de La Moderna, Manso a los que conocí y reconocí de inmediato y también Tino y José Luis que me eran muy familiares aunque no recordaba ni su nombre ni mi relación con ellos. Seguramente Piti el fotógrafo pasó por allí y, como tantas veces, al grupo de reunidos le pareció oportuno hacerse una foto sin motivo alguno especial, solo por el placer que proporcionaba la espera para ver cómo de bien habían quedado en la foto, que pagarían a escote cuando Piti la hubiera revelado. Había que aprovechar que estaban vestidos de domingo y que no había mucho más que hacer, un día lluvioso de invierno, quizá reunidos allí sin más objetivo común que resguardarse de la lluvia o intentar adivinar de qué iba la película a partir de unos pocos fotogramas que se exponían protegidos por una tela metálica de gallinero, entre la tienda de periódicos de Baquero y la frutería de la madre de mi amigo Tinito. ¿Cuántas veces habría hecho yo lo mismo? Lo mismo era pedir a Piti que nos tirara una foto porque sí o preguntarse ante la cartelera si la película merecería la pena o ponerme a cubierto en aquellos tediosos y lluviosos días de invierno. Fue como verme a mí mismo en aquel mismo sitio sesenta años atrás, con vestimenta similar, peinado parecido e igual de desocupado que ellos. Vamos, como si me hubiera subido a la máquina del tiempo. En la imagen todos miran a cámara salvo Armando que parece ignorar al fotógrafo, pero no es casual. En todas las fotos suyas de la época que conozco adopta la misma posición ladeada para ofrecer su perfil más favorecedor. No en vano era el Danny Zuko del pueblo, el mejor tupé de la comarca y jefe de la cuadrilla T-Birds de Villablino. Si la historia de Grease hubiera transcurrido en Villablino, Armando le habría birlado la chica al mismísimo Travolta.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil. Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta. De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil.
Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta.
De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

La foto siguiente también me sacudió interiormente. Allí estaba la cara más que risueña del cura don Urbano, que tantas veces nos habló en la Academia Carrasconte de las fabulosas historias de la Biblia (ver Mane, Tecel, Fares), con un tono muy alejado del amenazante de don Gildo (ver Don Gildo y don Veribaldo), el interventor de nuestras almas que veía en cada uno de nosotros un firme candidato al Infierno. Sus sempiternas gafas oscuras, casi de ciego, no consiguen anular su aura optimista y de buena persona. Espero que me haya perdonado el calentón que le dimos a su moto (ver La Guzzi de don Urbano) en el campo de fútbol de Sierra Pambley intentando emular a Luisma el de la gasolinera. Si algún día me lo reprochara, diría en mi descargo que su hermano Mauro no nos lo puso nada difícil, más bien al contrario. Seguramente en la Guzzi se desplazaba a Villarino del Sil (creo que antes era del Escobio), escenario de la foto con el fondo del angosto valle del Sil tras haberse engullido las aguas del río de Los Bayos y Caboalles. Todas las caras me resultan familiares y reconocibles como los del curso siguiente, con un trato distante como correspondía al estatus que un año más aportaba. Algún percance académico de Felipe hizo que coincidiéramos en algún curso posterior. Con quien más me relacioné fue con Javier Martínez Cuadrado, el bailarín más estrambótico de nuestros guateques (ver Coplillas de ciego), sobre todo cuando los dos fuimos los únicos de la Academia Carrasconte en hacer Preuniversitario en León. Algunas tardes venía a estudiar conmigo a mi casa de Ramiro Valbuena. Luego le perdí la pista.

1959 Villablino, campo de fútbol de Sierra Pambley. Tradicional partido entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte el día de Santo Tomás de Aquino.
Equipo de la Academia. De pie por la izquierda: Conrado, Manolo “El Babiano”, Julio Martínez Pestaña, Manuel Lema Pose,  Ángel Valencia López y Alfredo González Chimeno.  Agachados: Tino, Quique Fdez Llanos, Armando López Suárez, Agustín Cosmen de Lama y ¿?.

El escenario de la última foto que Manuel Tercero sitúa en 1959 es el campo de fútbol de Sierra Pambley, el único que conozco con dos pendientes. Una transversal cayendo hacia el valle del Sil y otra longitudinal que descendía en dirección a Rioscuro, lo que seguramente hacía muy difícil discernir cuál de las dos porterías era más ventajosa. Pero con todo podía la juventud de aquellos futbolistas y la rivalidad entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte que alcanzaba su clímax cada festividad de Santo Tomás de Aquino. De la Academia son los aguerridos futbolistas de la foto, que pone en evidencia que el material deportivo era escaso pues no había camisetas para todos, los calzones se los había traído cada cual de su casa y Manolo, “El Babiano”, tuvo que oficiar de portero con su pantalón de pana de diario y jersey de lana. Unos con botas de fútbol, otros con zapatos normales y hasta con deportivas. Un revoltijo de futbolistas de varios cursos. De mi curso eran Conrado, Manolo, Armando con los que conviví largas horas en clase y Agustín que, además, era amigo de los de a todas horas. Con los de los otros cursos compartí aula forzosamente pues era usual que en la misma hubiera un curso con un profesor dando clase y vigilando al otro curso mientras estudiaba. Eran situaciones en las que la última fila del curso que daba clase era fronteriza con la primera del otro curso y propiciaba la confraternización entre distintos y a veces la aparición de conflictos. Recuerdo haber coincidido en ocasiones con Chimeno que me enseñaba orgulloso su reloj Bulova y algunas veces compartí con él largos castigos arrodillados en el pasillo central, casi en penumbra, de la planta alta, para purgar alguna indisciplina colectiva. Con nuestros culos jóvenes aposentados en las duras piedras de la tapia, esperábamos impacientes a que el fotógrafo disparase la foto, pero debía tener alguna dificultad con el encuadre porque Armando, que está encajado entre dos compañeros que le dificultan ponerse de perfil como en todas sus fotos, no para de forzar el cuello intentando salir por su lado bueno. El duro Danny Zuko no baja la guardia nunca.

Manuel Tercero resultó ser Manuel Lema Pose y sus tres magníficas fotos un formidable motivo para recordar cosas que aparentemente había olvidado, pero que alguna vieja neurona mantenía latentes a la espera del estímulo adecuado. Gracias Manuel por tus fotos, que resumen muy bien cómo éramos.

Imágenes gentileza de Manuel Lema Pose.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La ensaimada (carita de ángel)

1957. Jugando al fútbol. Autor, Ramón Masats.

Igual que pasó con otros hermanos, en un par de ocasiones viví fuera de casa de mis padres para aliviar las apreturas de una familia tan numerosa.

En la primera viví junto a un hermano una temporada con los abuelos en Vegarienza, un escenario de lo más habitual para nosotros. Después de la escuela nos entreteníamos ayudando a Humberto en la obra para poner agua corriente en la casa. En la despensa donde una vez entró una culebra a comerse las natillas y otras exquisiteces (ver La Culebra) estaban haciendo un cuarto de baño enorme con bañera y todo, lo que me obligó a elaborar múltiples disculpas anti baño para tener a mano porque a mí me gustaba lavarme como los gatos en la palangana de porcelana gastando la menos agua posible pues era yo el responsable de traerla del río. Jabón tampoco gastaba mucho pues creía que me iba mal para el cutis. Pero la cosa pintaba mal. Con agua del pozo se llenaría un depósito en el desván que se calentaría en el calderín de la cocina de leña, con lo que seguro que a la abuela se le ocurriría que los niños teníamos que bañarnos enteros de vez en cuando. Yo estaba asustado. Con lo a gusto que estaba llevando la misma ropa puesta más de dos semanas, porque cada vez que tenía que ponérmela limpia me daba un escalofrío y tardaba un par de días en volver a estar confortable.

Para distraernos de los malos tiempos que podría traer tanta limpieza, cuando el abuelo y Humberto se descuidaban nos dedicábamos a hacer el cabra subidos a las vigas que habían colocado para sostener el piso de baldosas, la bañera y otros elementos asquerosamente blancos. Hacíamos equilibrio caminando sobre las vigas con los brazos extendidos intentando no mirar al suelo de cemento tres metros más abajo y dando giros inverosímiles al llegar a la pared, compitiendo por ser el más rápido. Una vez que mi hermano iba ganando y estaba más pendiente de mirarme con guasa que de ver donde pisaba, al girar resbaló en el borde de la viga y dando un grito se precipitó al piso de abajo chocando con un ruido sordo, como de trapo. Asustado al oírle gritar me descolgué hasta donde estaba caído al tiempo que la abuela salía de la cocina alarmada por los gritos que estaban más que justificados porque se había roto la clavícula. Aquel episodio evidenció que yo era un inconsciente y que dos éramos demasiado para los abuelos que estaban muy mayores y a mí me mandaron con mis padres.

No sé si esta travesura acentuó mi aura de inquieto e incrementó mis opciones a candidato para una nueva ausencia más prolongada y azarosa. Casi un exilio. Mi padre había estudiado con los salesianos y tenía allí un amigo responsable de reclutar chavales que de mayores irían con faldas por la calle. Entrar en el internado suponía años de educación de cierta calidad, un plato asegurado y todo gratis, lo que no era un asunto desdeñable. Llegar a ponerse faldas era cosa de cada uno, no era obligatorio. O ponérselas en el noviciado y salir zumbando cuando aún era tiempo. Entretanto, la consigna era estudiar, poner cara de santo y rezar algo.

No sé cómo mis padres nos vendieron el asunto a mí y al hermano que me precedía, el caso es que recibimos la visita del amigo de mi padre, todo zalamero y sonriente, que quedó muy bien impresionado de nuestra carita de santos, de lo modositos que parecíamos y lo dispuestos que estábamos a redimir negritos, amarillitos o indios apaches en las misiones. Hasta entonces aquellas razas exóticas solo habían sido objeto de nuestra atención cuando en la parroquia o en la Academia Carrasconte nos daban unas huchas para pedir dinero para el Domund. Tenían forma de cabeza, cabezón más bien y tirando tan a gorditos que nunca me pareció que pasaran hambre u otras necesidades, con una raja para las monedas encima de la cabeza.

Quedó decidido que a finales del verano nos iríamos los dos a un internado en Galicia. Mi madre desempolvó una maleta de cartón y le hizo una funda de mahón azul que se cerraba con botones todo alrededor. En verano empezó a preparar las mudas y la ropa necesaria que sus hermanas ayudaron a bordar con los nombres de interfecto1 e interfecto2 y que fue colocando en dos montones dentro de la maleta. Yo no sabía cómo me había dejado embaucar pero, por si acaso, aquel verano fui el más trasto de todos los hermanos, en un ansia inagotable por apurar los últimos días antes de subsumirme en un mundo solo para hombres que no me agradaba.

Mi padre nos llevó a Ponferrada donde nos juntamos con otros grupos de pobrecillos como nosotros, en una amplia operación logística que me recordó a cómo en Vegarienza reunían las ovejas de cada casa para que el pastor se las llevase juntas al monte. Y como ovejas, tristes y preocupados, subimos al tren con destino a un pueblo marinero de la ría de Arousa. En el tren conocí a Perico que sería compañero de confidencias y peripecias. Nos bajamos en Cambados a primera hora de la mañana, todos legañosos y sucios, llevando la maleta entre los dos hermanos, una mano de cada uno en el asa, y caminando a trompicones.

1975 Internado salesiano en Galicia. Don Bosco y María Auxiliadora. Huchas Domund.

El colegio era de piedra, enorme, con muchas ventanas y rematado por la estatua protectora de María Auxiliadora. Entre la capilla y las viñas de albariño había un campo de recreo donde hacíamos gimnasia y jugábamos al fútbol. Aún no había empezado el curso pero enseguida comenzaron con el ablandamiento mental. Que si la vida ejemplar de Don Bosco, que había que ser devotos de María Auxiliadora, que había que estudiar y rezar mucho y que si tal y que si cual. A mí me entraba un sueño insuperable en aquellas charlas y menos mal que Perico y yo nos entendíamos bien y nos turnábamos para que mientras uno estaba atento el otro pudiera dormitar discretamente, pues un oportuno codazo le despertaría si era necesario. Aprendí a dormirme en cualquier postura y lugar como se verá más adelante.

Apenas salíamos del colegio y cuando lo hacíamos era muy difícil despistarse pues íbamos en fila de a dos y con los frailes vigilándonos de trecho en trecho. Siempre tuve la sensación de que la gente nos miraba como a bichos raros. A veces nos llevaban a la playa y aprovechábamos para mirar con ojos ávidos lo que nos faltaba en el colegio, las chavalas. A la vuelta de cada paseo me preguntaba qué era lo que se me había perdido allí, que yo no tenía madera de misionero. El próximo verano tendría que decir a mis padres que no quería seguir para cura.

En verano nos daban quince días de vacaciones, plazo calculado para que no nos disipáramos y perdurase el efecto de las últimas sesiones de lavado de cerebro. Que si teníamos que rezar, que si la castidad, que si la obediencia. Ya en Vegarienza yo me desfogaba a tope y le repetía a mi madre que no quería volver, pero ella siempre me convencía de que tenía que seguir estudiando y que más tarde ya veríamos. Aprovechábamos que toda la familia estaba junta para hacer las fotos del carnet de familia numerosa y vuelta a meter las mudas repasadas en la maleta y regresar al mundo de los pensamientos elevados y realidades rampantes. Se habla mucho de la morriña de los gallegos cuando están lejos de su tierra, pero a nadie le preocupaba la añoranza de Omaña y de la propia familia de los que estábamos en Galicia contra nuestro deseo. Allí me formaban para ser misionero y yo lo que quería era ser ingeniero. Tendría que estudiar, que era lo importante, y fingir en lo demás.

A fingir ayudaba que yo tenía carita de bueno, casi de angelito, tanto que tuve mi momento de gloría cuando eligieron una foto mía para la portada de una revista que editaban cada dos meses para enviar a padres y antiguos alumnos. Me pavoneé durante un tiempo delante de los compañeros, pero al poco todo siguió igual. Levantarse temprano, ir a misa, estudiar, comer no demasiado, mucho deporte para que estuviéramos bien desfogados y más rosario y mucho Don Bosco y acostarse pronto. Menos mal que había una red de distribución de tebeos que nos hacía la noche más llevadera e incluso circulaba alguna revista con fotos de mujeres que cada poco intentaban requisar registrando los dormitorios.

En el comedor servían la comida mujeres bastante mayores vestidas de negro hasta el cuello y con delantal blanco, especialmente reclutadas para que la tentación de la carne, en sentido bíblico, no hiciera presa en nosotros. No entendíamos como Juani había superado el filtro de la selección. Tendría unos treinta y tantos y tan buen aspecto que ni siquiera la vestimenta negra era capaz de disimular su exhuberancia y buena raza que justificaba el sobrenombre de Pechodulce. Perico y yo salíamos zumbando de clase y nos apostábamos a la entrada del comedor para conseguir una plaza en las mesas que ella servía. Cuando lo conseguíamos nos quedábamos arrobados, como tontos de baba ante aquel prodigio de la naturaleza, esperando una sonrisa que cada cual interpretaba a su gusto y que algún botón mal abrochado permitiera ver más allá de lo que dejaba intuir el delantal, milagro que nunca sucedió.

A cambio de la dicha de ser servidos por Pechodulce no había que ser muy remilgado con la comida. Y es que la zona de influencia de Pechodulce estaba frente a la ventana que separaba el comedor de la cocina a través de la que veíamos como preparaban los platos antes de servirlos. Allí estaba un hermano lego que servía para todo. Era el jefe de los chivatos, el que controlaba en la sacristía a los monaguillos y allí ayudaba a preparar los platos. Cuando había filetes empanados o rusos los pasaba de la bandeja que traía la cocinera a los platos, cogiéndolos con los dedos y, como quemaban, los soltaba en nuestros platos mientras sacudía la mano y se chupaba los dedos antes de continuar el trasiego. Si alguno se caía al suelo lo recogía sin más y al plato. El día que no podíamos con el asco de comer filetes con sabor a chupao o porque creíamos que nos había tocado el que se había caído, por la tarde el rugir de tripas era insoportable. Si los monaguillos ya le odiábamos porque no nos dejaba beber las escurriduras de las vinajeras en la sacristía, una tarde entera acordándote a cada retortijón de tripas de cómo se relamía entre filete y filete hacía que alguno juráramos que algún día nos lo pagaría.

Para reforzar nuestra fe y convencernos de que fuera de la senda marcada no había futuro, nos sometían cada poco a ejercicios espirituales. Traían al internado verdaderos especialistas en hablar del infierno en medio de escenografías tenebrosas, penumbra y cirios encendidos, que conseguían que nos cagáramos de miedo por lo que nos iba a pasar si no éramos castos y rezábamos a todas horas. Ni me gustaban los ejercicios espirituales ni confesarme cada poco, y menos aun cuando confesaba el jefe de estudios que tantas broncas me echó en su despacho por mal comportamiento, mientras me trataba de usted. Cuando me arrodillaba en el confesionario, se inclinaba hacía adelante y adoptaba un tono convincente y asquerosamente tierno. Hasta me tuteaba mientras me preguntaba que cuántas veces. Yo me separaba todo lo posible, pero no podía evitar el cachete que me daba al decirme que me fuera en paz.

Cuando hacía un par de años que mi hermano se había marchado para el noviciado, última etapa en la emulación de Don Bosco y donde ya tenía que llevar sotana, me puse un poco nervioso y cada día se me hacía más urgente salir de allí antes de que fuera demasiado tarde. No me veía toda la vida vestido de negro y, conociéndome, me horrorizaba tener que comportarme las veinticuatro horas con la rectitud y dignidad que se esperaba de un religioso, siempre expuesto a que mis actos litúrgicos, docentes y hasta civiles, fueran observados atentamente por fieles, alumnos y superiores.

En semejante estado de ánimo dormía mal y, noche si y noche también, mis miedos afloraban en una pesadilla recurrente que se materializaba en la tonsura que me harían al ser ordenado. Un redondel pelado común a todos los religiosos que tendrían que recortarme periódicamente y a mí los peluqueros me disgustaban sobre manera. Lo peor de la pesadilla no era el peluquero vaciándome la coronilla, sino que en vez de pelo empezaba a crecerme yerbajos de todo tipo que yo tenía que cortar a cada poco. Trataba de ocultar aquel jardín con el bonete pero los vegetales crecían tan deprisa que tras un rato sin cortarlos, el bonete empezaba a levantarse por el empuje de las plantas y sentía cómo sus raíces se hundían dentro de mi cabeza. En los primeros sueños solo eran yerbajos pero a medida que se acercaba la fecha de ir al noviciado, los vegetales aumentaban de tamaño y hubo noches que me salían tomateras y berenjenas imposibles de disimular y sus raíces ahondaban en mi cabeza hasta a salir por las orejas. Durante el día me sorprendía tocándome insistentemente la coronilla, todavía intacta y con todo su pelo.

La esquizofrenia entre lo que quería ser y lo que sería si no conseguía salir del internado, afloraba en mi subconsciente cada noche. En cierto modo esta hiperactividad nocturna me ayudó a encontrar la solución.

Una noche, en vez de soñar con el huerto de mi coronilla, me vi ya ordenado y oficiando misa, muy preocupado por sentirme observado por los feligreses, ocurrió un percance muy afrentoso. Los dos monaguillos que me ayudaban a misa eran como yo mismo, aficionados al vino de consagrar e igual de golfos que yo lo había sido. Yo musitaba en latín los rezos del misal de espalda a los fieles y con los monaguillos arrodillados detrás de mí. A mis frases en voz alta tenían que contestar en latín pero pasaban de lo aprendido en el catecismo del padre Astete y alardeaban de creatividad y mala leche. Si yo decía Dominus boviscum, ellos contestaban con voz gangosa El vino que bebe Asunción insinuando mi afición al vino de consagrar. Si para disimular y que los fieles no se enterasen de tal insubordinación yo decía en voz más alta de lo normal y alargando tanto como podía Oreeeeemus, como si estuviera cantando gregoriano, los monaguillos irreverentes contestaban entre risas ni es blanco ni es tinto ni tiene color. Yo estaba seguro que aquellos desalmados se habían bebido algo más que las vinajeras antes de empezar la misa. La cosa empeoró cuando tenían que levantarme ligeramente la casulla por detrás y cogiendo el borde del alba me la subieron hasta la cintura para que todos los fieles me vieran los pantalones, con lo que al jolgorio de los monaguillos se añadió el de algunos fieles. Mi cabreo iba en aumento y decidido a darles un escarmiento, al volverme hacía los fieles para bendecirles y anunciar que la misa había acabado, giré impetuosamente con una pierna en alto para barrer de un patadón a aquellos hijos de mala madre, con tan mala fortuna que por el impulso rodé por los escalones del altar mientras los monaguillos, que habían esquivado mi furibundo ataque, retomaban la forma canónica de ayudar a misa y volviéndose hacia los fieles tocando la campanilla estruendosamente anunciaban de forma teatral Ite misa est y desternillándose de risa se dirigieron a la sacristía seguro que para amorrarse al garrafón de moscatel. Ningún feligrés hizo ademán de ayudarme y allí quedé muerto de vergüenza y echaba espumarajos por la boca jurando que mataría a los dos insumisos si conseguía rehacerme de la fenomenal costalada.

Desperté sudoroso y afectado porque la pesadilla era el trasunto de cómo tenía interiorizado cuales serían mis sensaciones en mi vida de fraile, pero no me quedó más remedio que admitir que los monaguillos de la pesadilla eran unos tíos salados y pistonudos, aunque me la hubieran jugado. Claro que como episodio onírico estaba bien, pero si algo parecido ocurriera en el internado aquellos dos tunantes no tardarían un minuto en ser expulsados. No tardarían un minuto en ser expulsados, repetí mientras me vestía deprisa para bajar al comedor. Acababa de intuir como podría bajarme en marcha de aquel tren que cada día me acercaba un poco más al noviciado.

Cuando me tocaba ayudar a misa, el día anterior acompañaba al hermano lego a la sacristía para preparar toda la parafernalia necesaria. En una ocasión que se acabó el vino de la botella de rellenar las vinajeras, vi cómo el hermano lego abría un armario donde guardaba un garrafón con vino de consagrar. Rellenó la botella y volvió a cerrar el armario-bodega. Yo estaba a lo mío pero la fortuna quiso que a través de un espejo viera guardar la llave detrás de un cuadro de Don Bosco que presidía la sacristía.

Empecé a pensar en cómo aprovechar aquel descubrimiento en beneficio propio. Se lo conté a Perico y planeamos darnos un atracón de moscatel cuando coincidiéramos los dos de sacristanes. Necesitaríamos un cómplice para alejar de la sacristía al hermano lego mientras nosotros perpetrábamos el latrocinio. Perico me contó que Manolo, que era de su mismo pueblo, necesitaba urgentemente que le echaran del internado porque tenía una medio novia cuyo recuerdo le hacía muy duro su ausencia del pueblo y estaba dispuesto a hacer una trastada lo suficientemente grande como para que le echaran. No le importaba pasarse el resto de su vida trabajando en la mina como su padre y sus hermanos. Era el tercer hombre que necesitábamos y los tres nos pusimos a maquinar un plan conjunto.

Ya había terminado el curso y nos habían entregado los libros de escolaridad con las notas y los diplomas a aquellos que el próximo curso entraríamos en el noviciado. Había que actuar de inmediato. La ceremonia de entrega había sido en el salón de actos con la solemnidad de todos los años, seguida de una merendola con patatas fritas, sándwiches y naranjada. Cuando terminó la ceremonia y simulando ayudar a retirarlo todo, me guardé debajo del jersey dos bandejas de cartón blanco que habían contenido los sándwiches y Perico dos botellas de Fanta. Guardé las bandejas debajo del colchón hasta que fueran necesarias.

Empezaba un período un poco tonto antes de las vacaciones de verano con más tiempo libre y alguna excursión, pero básicamente nos dedicábamos a jugar al fútbol y leer aunque no faltaban las charlas edificantes y preparatorias de la etapa del noviciado.

La semana antes de las vacaciones coincidimos Perico y yo de monaguillos y avisamos a Manolo para que estuviera preparado, pues no podíamos retrasarlo más. Después de la siesta nos ordenó el hermano lego que le acompañáramos a la sacristía para preparar las cosas de la misa del día siguiente. Estábamos recortando las obleas, preparando las vinajeras, repasando las velas y ordenando todo un poco, cuando por la ventana de la capilla oímos que empezaba el partido de fútbol de cada tarde y al exaltado Manolo dando voces, pidiendo que le pasaran el balón. Todo parecía estar en orden.

Perico y yo actuábamos con parsimonia esperando que Manolo hiciera lo convenido, cuando oímos un estrépito de cristales rotos porque un punterazo de Manolo había estrellado el balón contra la vidriera de colores que representaba a María Auxiliadora y cuyos trocitos regaron el suelo de la capilla, al lado del altar. El hermano lego salió como un tiro a la puerta de la sacristía y al ver el estropicio exclamó asustado

–       ¡ La Virgen ! – y salió despavorido hacía el campo de deportes como si se hubiera venido el mundo abajo. En el campo de deportes se había hecho un silencio total.

Con la misma rapidez que el hermano lego había abandonado la sacristía nos pusimos manos a la obra. Cogimos la llave de detrás del cuadro, abrimos el armario y llenamos las dos botellas de Fanta con el moscatel destinado a convertirse en sangre de Cristo. Habíamos planeado juntarnos los tres y pegarnos una fiesta pagana en algún sitio recogido. Cerramos el armario y pusimos la llave en su sitio. Mientras salía con su botella envuelta en papel de periódico, Perico me dijo que me diera prisa. Contesté que enseguida, que iba a terminar de recogerlo todo. Pero mis planes eran otros.

Manolo ya había hecho méritos suficientes para irse a casa y faltaba que yo hiciera lo propio. Me eché al morro la botella y el moscatel fresco y dulce me supo a gloría. Yo estaba acostumbrado a pequeños sorbos de las escurriduras de las vinajeras y no era muy consciente de que aquello era vino y que me la cogería si seguía con aquellos lingotazos. Mi plan era que cuando los frailes entraran a ver el destrozo de la vidriera me encontraran con las manos en la masa, bebiendo el vino robado. Salí de la sacristía para oír mejor lo que pasaba en el exterior y me acerqué al altar mientras empinaba la botella. Qué bueno estaba el vino y qué bien me sentaba, tan fresquito con el calor que hacía.

Al otro lado del hueco donde había estado la vidriera se oía una algarabía enorme. Los futbolistas explicaban vehementemente a los que llegaban cómo Manolo había metido un gol a la Virgen. Como el hermano lego había ido a buscar al jefe de estudios para que se hiciera cargo de la investigación y aplicara justicia, pensé que aquello podía ir para largo así que me senté en el altar y seguí refrescándome el gaznate. Balanceaba las piernas en el aire y me encontraba cada vez más alegre pensando en lo poco que me quedaba por estar allí. Ya me había bebido la mitad de la botella y temí que se me acabara el vino antes de que entraran los de la sotana. Ahora, además de las piernas, balanceaba los hombros y la cabeza y canturreaba la canción que los días de excursión cantábamos en el autobús

Para ser conductor de primera, de segunda, de terceeeeeera….
Para ser conductor de primera, acelera, aceleeeera…. (trago)
Hace falta ser buen bebedor
Con el vino se engrasan las bielas, acelera, aceleeeera…. (trago)
Y se toman las curvas mejor (trago, trago, trago)

Ya balanceaba todo el cuerpo basculando sobre el culo y me acercaba con los hombros peligrosamente al altar, mientras oía al otro lado de la no-vidriera cómo el jefe de estudios afeaba a Manolo lo torpe que era y le amenazaba que se fuera preparando. Y cómo Manolo le contestaba con sorna berciana, aprovechando el ambiente milagrero imperante,

–       Es que oí como la Virgen me pedía que le pasase el balón, pero no calculé la fuerza y ya ve…… – fingiendo estar compungido por lo sucedido

–       ¡Qué grande eres, Manolo! – decía yo con risa floja de beodo (trago)

Sujetando la botella con una mano, empecé otra vez con los cánticos mientras me recostaba dulcemente en el altar, que estaba blando y fresquito, usando el brazo libre como almohada

Fara ser fonductor de frimera, (trago) de fefunda, de ferfeeeeera…. (trago)
Fara fer fonfuctor fe frimera,….

Ya casi no percibía el follón de afuera y me sentía tan a gusto…., tan fresquito……..

Como en sueños, oí un frufrú de sotanas que pasaban a mi lado y que un fraile que se parecía al jefe de estudios subía al púlpito para mejor observar el destrozo de la vidriera y desde allí gritaba señalándome con un dedo acusador

–       ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! ¡Usted es un sacrílego! ¡Sacrílego! ¡Borracho!

El hermano lego olió la botella y se dirigió derecho al armario-bodega. Al ver el garrafón medio vacío se asomó a la puerta de la sacristía y terció en la filípica

–       ¡Y ladrón! ¡Y ladrón! ¡Un ladrón y un borracho! – mientras levantaba el garrafón medio vacío para que lo viera el del púlpito

Medio dormido, al sentir que me sacudían por el hombro reacomodé la cabeza sobre el brazo que hacía de almohada. Insistieron en las sacudidas y las piernas se me cayeron del altar con lo que me incorporé asustado con la sensación de perder el equilibrio y empujé sin darme cuenta la botella que rodó por el altar y cayó rompiéndose en añicos con gran estrépito. El ruido de cristales rotos y las voces del jefe de estudios, cuya cara estaba a pocos centímetros de la mía, hicieron que empezara a tomar conciencia de dónde y por qué estaba allí. El jefe de estudios me gritaba

–       ¡Usted se la ha cargado, por borracho! ¡Le voy a llevar ante el claustro! ¡De esta no se libra, sinvergüenza, malnacido! – mientras agitaba su dedazo delante de mis narices

–       ¡Sinvergüenza y ladrón! ¡Ladrón y borracho! – animaba el hermano lego cuya cabeza asomaba por detrás del jefe de estudios

Aún algo adormilado, me sentí tan acosado por aquella gente encima de mí que hice un gesto defensivo con los brazos y los dos ensotanados dieron un respingo hacía atrás cayéndose de culo al pie del altar en un revoltijo de brazos, sotanas y pantalones. Me hizo tanta gracia verles en postura tan poco digna, que me eché a reír con voz de borracho mientras les señalaba en claro gesto de burla.

Se levantaron como pudieron y un poco amedrentados por mi impulsiva reacción, se fueron retirando mientras el jefe de estudios me gritaba

–       ¡Prepárese, indigno! Le vamos a expulsar. No podrá ir al noviciado. Ha arruinado su vida – seguía agitando su dedo acusador mientras retrocedía hacía la puerta de la capilla.

Yo había recuperado algo el control y quise rematar la faena para que no hubiera duda. Me llevé una mano a la boca haciendo bocina y les dediqué una sonora pedorreta que reverberó en toda la capilla. Los de negro debieron creer que me había vuelto loco o que estaba poseído, porque salieron de la capilla atropelladamente cual alma que lleva el diablo.

Seguí durante un buen rato sentado en el altar, disfrutando de la sensación de bienestar que me embargaba por el moscatel trasegado y la satisfacción del deber cumplido. Me bajé del altar con movimientos cautelosos y salí con paso vacilante, pero erguido, camino del dormitorio para preparar la maleta pues aquello ya no tenía vuelta de hoja.

Estaba haciendo la maleta cuando me avisaron para que me presentara de inmediato en el despacho del rector. Terminé sin prisa la maleta, me refresqué la cara con agua y me fui calmosamente hacía el despacho del rector sabiendo lo que me esperaba. Allí estaban el rector y el jefe de estudios que cuando me paré de pie delante de la mesa del rector se puso a una prudente distancia de mí. El rector fue muy breve,

–       Por la gravedad del asunto, hemos considerado que no eres digno de ordenarte como sacerdote. Mañana a primera hora, informaré al claustro y serás expulsado de los salesianos. Mañana mismo te iras a tu casa con vacaciones indefinidas.

–       Tiene usted razón, padre rector. ¿Manda algo más? – Extrañado porque no me hubiera desecho en disculpas, por el nulo arrepentimiento que mostraba y por lo poco contrariado que parecía, el rector me miraba incrédulo y como diciendo que no con la cabeza lentamente. Di media vuelta y me fui por donde había venido.

Aproveché lo que quedaba de día para despedirme de los amigos que se mostraban preocupados por el fin de mi carrera y yo les consolé como pude. Solo Perico y Manolo que estaban al tanto del asunto me felicitaron por el desenlace. Decliné su invitación para participar en la libación nocturna que tenían planeada y quedé con Manolo, al que también habían aplicado el mismo artículo reglamentario que a mí por haberle hecho un pase a la Virgen, en vernos por la mañana en la portería del colegio para coger el autobús que nos llevaría hasta el tren.

A la mañana siguiente bajé a la portería donde ya teníamos preparados los billetes y una bolsa con algo de comida para el viaje. Manolo me esperaba sentado encima de su maleta con cara de sueño, señal de que la despedida con Perico y otros secuaces se había prolongado hasta altas horas, pero con aspecto satisfecho. Le pedí que guardara mi maleta unos minutos mientras iba al baño. El colegio parecía desierto pues los chavales estaban en la biblioteca y los profesores en el salón de actos donde el rector les informaba de la doble expulsión.

En el retrete saqué las bandejas de cartón de debajo del jersey y puse una de ellas encima de la taza del váter; me bajé los pantalones y elaboré una ensaimada de proporciones regulares lista para ser entregada. Tapé el regalito con la otra bandeja y salí llevándolo todo con el brazo extendido como si fuera un camarero consumado en dirección al despacho del jefe de estudios que estaba en el salón de actos adornando la exposición del rector con sus comentarios de testigo directo. Entré sin llamar y deposité aquello encima de su mesa. Cogí un bolígrafo de oro que había sobre la escribanía, lo unté en la ensaimada y escribí en la bandeja de arriba “¡SOBÓN!”. Cerré la puerta del despacho y me fui para la portería.

Diez minutos más tarde sonó la bocina del autobús, justo cuando ya se oía el rumor de pasos de los profesores que abandonaban el salón de actos. Cuando el autobús arrancaba Manolo se volvió hacia el colegio y le dedicó un corte de manga con toda su alma de minero. Yo no quise mirar pues hacía un instante que había rubricado de forma contundente mi salida del internado. Aquello no merecía ni una palabra ni un gesto más. Solo lamentaba no haber podido dejarle otro regalito al hermano lego por chivato y chupa filetes.

Viajamos juntos hasta Ponferrada y Manolo me enseñó la foto de su novia que había conseguido mantener a salvo de registros durante aquellos años. Nos despedimos con un abrazo y nos deseamos suerte. Yo seguí solo hasta Villablino temeroso de cómo se tomaría mi padre la noticia. Primero le enseñaría el libro escolar con unas notas tirando a buenas y luego le contaría lo que no me atreví a decirle los años anteriores: que quería ser ingeniero y que no volvería con los frailes. Si las cosas se ponían feas, no tendría más remedio que recordarle que también él se había salido de los curas y que ni había sido un desgraciado ni le había pasado nada.

Mayor problema sería explicárselo a la abuela y a las tías en Vegarienza, que hacía años soñaban con tener dos curas en la familia que paliaran la añoranza del tío Federico, el último fraile familiar. Les consolaría diciendo que ya estaba mi hermano mayor ocupándose de eso y remacharía, mintiendo como un bellaco, que yo no podía ser fraile pues en el internado habían descubierto que me sentaba tan mal el vino de consagrar que podría darme un ataque en mitad de la misa. Si llegaba algún informe del colegio contando lo realmente sucedido, ya encontraría a quien echar la culpa. Me estaba convirtiendo en un truhan con cara de ángel. De momento aquel verano intentaría sacar provecho con las chavalas a mi cara de no haber roto un plato. Y que ¡no me hablasen de ayudar a misa en Vegarienza!.

Con todo el plan bien pergeñado, me quedé dormido en los duros asientos de madera y, como casi siempre, mis vivencias y obsesiones se incrustaron en mi sueño. Soñé que el jefe de estudios, todo engreimiento, llevó a los profesores a su despacho para enseñarles las estadísticas de las notas del curso. Extrañado, se quedó parado un momento ante su escritorio y apartando un par de moscas que sobrevolaban el regalito, levantó la tapa y todos pudieron ver el graffiti (más bien mierdditi) ¡SOBÓN!. Cuarenta pares de ojos interrogadores se dirigieron al jefe de estudios que frenéticamente aplastaba la bandeja de arriba sobre la ensaimada para borrar el graffiti acusador. Los subproductos de mi metabolismo, tan dúctiles y maleables como yo mismo, obedecieron dócilmente a la presión y se extendieron sobre las estadísticas tan laboriosamente preparadas. Transfigurado por la ira, cogió la bandeja con rabia y la lanzó contra sus colegas, mudos aún por la sorpresa. Los de la primera fila pudieron agacharse a tiempo y la bandeja encontró en su trayectoria la cara del hermano lego que aún seguía con la boca abierta, intentando explicarse si las desgracias de los últimos días se debían a sus muchos pecados o a un momento de distracción de Don Bosco. Profundamente dormido, me removí satisfecho en el asiento como si lo que acababa de soñar hubiera sucedido de verdad. Magnífico desenlace.

Al llegar a Villablino me desperté reconfortado por la larga siesta y el regustillo de haber tenido, por fin, una ensoñación agradable sin lucha a brazo partido con hortalizas o monaguillos insolentes. Bajé del tren eufórico, me eché la maleta al hombro y comencé a subir la empinada cuesta con una ligereza inusitada, felicitándome por la forma tan cutre, pero eficaz, de acabar con mi contribución a la diáspora familiar. Era un completo truhan, pero bendita imaginación que me había librado de las faldas y la tonsura. Allí mismo empezaba una nueva vida.

Nota del autor: Todos mis relatos se refieren a historias personales excepto este. Esta historia que no he vivido yo pero si alguien de mi familia, me ha atraído intensamente desde siempre por iconoclasta y golfa. Salvo el episodio de las vinajeras, que conozco por referencias y lo cuento no como fue sino como lo he imaginado, el resto es ficción y así hay que leerlo. Escribo en primera persona para que no quede la mínima duda que lo que cuento es consecuencia de mi invención y del esfuerzo por meterme en la situación del personaje y en el escenario, aunque en el desarrollo también he incorporado vivencias personales.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Imágenes tomadas de: elpais.com, matermundi.tv, blogs.hoy.es.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Jirones XIX. PITI un alquimista de la fotografía

Autor: FEDE GARCÍA 9 de Abril de 2018

1964. El autor, Fede García El “Rubiajo”, con Ángela, hija de Piti.

Ha pasado algún tiempo – no en balde – desde que, JIRONES XVIII, vio la luz en la – quizá larga marcha de recuerdos prensados en una memoria que se niega a ser estéril – en “LEMBRANZAS”, una página prestada, que de manera amable, dispuso  el Sr. Calzada.

Fede: “EL Rubiajo”, tras este “lapsus temporal”, retoma la mini-serie de escritos que, intentan dar continuidad a unas experiencias escolar-bachilleradas, muy personales, en los límites de una adolescencia inverosímil y cuarteada por las realidades sobrevenidas en un mundo limitado, entre el Cueto-Nidio, las Rozas, el Sil, y las  humarradas del tren-carbonero Villaseca-Ponferrada…

Entre otras nieblas, se despeja la imagen de “PITI”, un fotógrafo autodidacto, que se liberó de sus trabajos de mecánico en los Talleres de la M.S.P, de reparación de material móvil en las cercanías de la estación de Villablino.

“PITI”, me dio cabida en su local de fotografía, en la calle———-, durante dos o tres años, a tiempo perdido, como aprendiz de fotógrafo y guaje de los recados, durante los cuáles recibí las lecciones básicas del misterio de la fotografía en Blanco y Negro.

Los sábados a la tarde y los domingos, acompañaba, casi siempre, a “PITI” a llevar a cabo algún trabajo esporádico, pero, las más de las veces, eran actuaciones al instante, en función de la visión de águila del maestro que cámara el hombro, enfocaba, disparaba y después avisaba, como experto captador de unas esencias y paisanajes en tránsito permanente.

Lo admirable para un adolescente semi-despierto, era la preocupación por descubrir el secreto de la alquimia de la fotografía: Un secreto, que suponía muy bien guardado, por aquél que lo poseía, dada la prudencia y solemnidad con las que administraba las dosis necesarias y útiles a la curiosidad insaciable del aprendiz de oportunidad de fotógrafo.

“PITI”, me concedió al honor, de reponer un carrete KODAK, de los de “veinte” en una máquina simple-Kodak, para una clienta en su Estudio, delante de él mismo, bajo la lupa de su mirada que fiscalizó todos los movimientos: “Rebobinar” el cliché ya utilizado” … “Comprobar que quedaba suelto y bien rebobinado, a fin de poder abrir la máquina y que no se velase el mismo” ; “ sacar el nuevo de la caja y colocarlo con mucho cuidado en la posición correcta, para una vez fijado, poder desenrollar el cliché necesario para fijarlo en la rodela de arrastre en sentido inverso, de tal modo, que en cada ocasión, que se disparara la máquina para una nueva fotografía, se pudiera arrastrar de forma debida, el siguiente tramo de cliché”… Naturalmente, fueron los nervios del principiante los que gobernaron la ocasión, conduciendo el experimento a la más completa ruina, ante el sonrojo y angustia de FEDE: No se cerró bien la tapa, se soltó el enganche de la rodela de arrastre, y quedó velado el cliché. Resumiendo: “PITI”, si corrigió el problema, invitándome a intentarlo de nuevo, sin su ayuda, naturalmente. Con mucho más cuidado, repetí la operación con otra carga-Kodak de veinte, quedando gestionado el tema, ante la clienta por el mismo precio, y el honor de FEDE a salvo.

El Señor “PITI”, tenía la capacidad de promover el interés de aquel rubiajo – hijo de Pedrosa “El Barrenista” -, que le acompañaba, y además, se interesaba, por las artes de un fotógrafo ¿Free Lance…? que hizo de su actividad extra-laboral, su medio de vida, en un medio casi inhóspito e insólito, desde su residencia en el barrio, donde estaba encajado el Cuartel de la Guardia Civil en Villablino. El pasillo de su casa estaba plagado de clichés colgantes sujetos con pinzas de madera de ropa, como si fueran telarañas adornando el techo, dado que, siendo todavía  niño tenía que ir a su casa a recoger alguna foto, o, en otras ocasiones a recoger la Radio de “Lámparas encendidas” que se había estropeado, porque, “PITI”, también hacía las veces de “Reparador de Radios de Bujías”.

Allí, en su casa, antes de instalar su “ESTUDIO PITI”, en la Avenida – prácticamente al lado, de lo que hoy es el Museo….., él hablaba de que, con unos líquidos nuevos había podido positivar fotografías en “COLOR”, pero, que no le quedaban muy bien…necesitaba más tiempo y mejores clichés. No se conformaba, con el Blanco y  Negro, en absoluto.

Lo cierto, es que no se cansaba de decir, que la fotografía, no solo era el arte de reproducir una escena, un hecho,  o un material inanimado; Hacía falta algo más: El encuadre, la luz, la velocidad, manejar el diafragma, como su fuera un lápiz, la composición, los contraluces, la oportunidad, el silencio, la naturalidad… nunca haría ¿Ni hizo…? una fotografía por exigencia de oportunidad …le molestaba, sin más.

Fede, le acompañaba, también en el Cuarto Oscuro, donde se producía el milagro de la alquimia: Los clichés tenían que ser positivados: Totalmente a oscuras – sin luz roja – destripaba el cliché de su carrete y lo introducía en una especia de fiambrera repleta de líquido, donde permanecía un tiempo indeterminado, para después, sacarlo y comprobar ante una luz tenue, si aparecían las imágenes del negativo, y, también, su calidad. En ocasiones, volvía a introducir, de nuevo en el mismo líquido el cliché un tiempo más, dado que no le gustaba el resultado.

Positivado el Cliché, lo ponía, o los ponía, cuando eran varios a secar de modo natural,  fijados como los calcetines del colgador de ropa a la “Pinza” de madera, ante una luz muy tenue.

Comprobado que los “Clichés” no tenían ni rastro de humedad alguna, se entraba al segundo nivel de la alquimia de la fotografía:

Ante una luz previa muy tenue ROJA, OBSERVABA, a contra luz, los fotograma en negativo, que tenía que positivar. Los analizaba, y comentaba, casi en voz en alto, el tiempo necesario de exposición de luz sobre el Papel-Kodak, en función de la calidad del cliché, que debía de utilizar. Habitualmente, si la fotografía se había tomado con poca exposición y poca luz – interiores – necesitaba entre diez o doce segundos. Si al contrario, la fotografía se hubiera tomado con alta velocidad ante mucha luz, la exposición, no pasaba de cinco o seis segundos. Incluía en el Proyector, el juego de manos, modulando la luz, mientras comentaba que el juego de luces y sombras, también se podía gestionar, haciendo que unas zonas del Papel-Kodak, que se iba a positivar, recibieran la luz, unas segundos más o, en otras ocasiones de menos.

Continuaba, con el milagro de las Las Cubetas de líquidos, que eran Tres: Cubeta UNO: Liquido positivador. Cubeta DOS: Líquido Fijador. Cubeta TRES: Agua para limpiar.

En las tres cubetas blancas rectangulares, y juntas, se  pasaba el papel procedente del Proyector, de modo automático. A la Cubeta UNO, donde tras un lapsus temporal discreto se empezaba a dibujar los contornos de lo que se emulsionaba, hasta que en pocos segundos, se distinguía con claridad, el fotograma impreso. Naturalmente ese primer paso, había que hacerlo con pinzas, porque el líquido – un ácido – dañaba los dedos. Comprobada a la luz roja- la calidad, o la ruina de la fotografía se continuaba o se desdeñaba la misma, repitiendo el proceso. Si, era válida la misma, se pasaba al Cubeta DOS, la del  líquido-FIJADOR, también un ácido, pero que tenía la función contraria: Retener y/o, paralizar el proceso de positivar el papel, fijándolo en los términos que le interesaba.

De acuerdo o no, con la opinión de FEDE, el aprendiz de brujo, a tiempo parcial, respecto de la calidad del trabajo, bajo la siempre vigilante, luz ROJA, se pasaban el papel-Kodak (Con brillo o Sin-Brillo), positivado a la Cubeta TRES, la del agua para lavarlas media docena de veces, y pasarlas a continuación al secadero de cuerda-bramante en la Sala, permaneciendo colgadas toda la noche, hasta que a la mañana siguientes estuvieran bien secas. No siempre se utilizaba un secador eléctrico que en poco tiempo secaba las mismas, aunque quedaban siempre un tanto arqueadas, sobre todo las de brillo. Este secador, donde podían secarse del orden de cuatro o seis fotografías, solo se utilizaba en ocasiones cuando la necesidad  dictaba.

La paciencia y rigurosidad de “PITI”, en su afición, dejó una profunda huella en su Aprendiz Temporal, al hilo del interés por las buenas imágenes, las buenas composiciones, los contrastes, y la artesanía en su sentido más real y humano: “PITI”: La fotografía es un arte, que jamás te aliviará, pero te alimentará las ganas de reflejar lo positivo de la vida a pesar de la sordidez de la misma que en demasiadas ocasiones romperá el encanto de la misma”

Nota: Último comentario, dedicado a “PITI”, en interpretación libre.

 Fede García: El “Rubiajo” hijo de Pedrosa “El Barrenista” y de “Isabel, la Andaluza.

Una imagen, mil recuerdos (de oficio, mirones)

Un parador nacional en Villablino?

Esta imagen que yo recordaba como telón de fondo del Campo Municipal de Villablino, la encontré en el blog Nostalgiayeso que hablaba que estaba al borde del derribo porque no llegaban los dineros prometidos que lo convertirían en parador nacional. Yo lo conocí durante su construcción y vi como permanecía cerrado durante años con un aspecto rutilante, a estrenar, y su sillería de granito sugería que duraría por generaciones. Me parecía un edificio majestuoso que quizá no tuviera la ranciedumbre de otros paradores instalados en castillos medievales o monasterios, pero creo que tenía empaque suficiente para albergar un pequeño parador de montaña desde el que disfrutar la “chepa” del Cuetonidio y el valle del Sil.

Durante años la única utilidad conocida fue la instalación en sus soportales de un chigre durante las fiestas de San Roque. Cada poco oíamos que allí se trasladaría la Academia Carrasconte desde la carretera de Rioscuro y los alumnos carrascontinos nos imaginábamos lo que sería aquel inmenso patio de recreo, acostumbrados a jugar en la misma carretera a Rioscuro o en el prado en cuesta que había entre la carretera y el camino al barrio de Colominas. Imaginábamos clases grandes y bien calefactadas que nos hicieran olvidar los fríos del aula “la nevera” y en número suficiente como para no tener que compartir aula con otro curso como hacíamos habitualmente. Y seguro que tendría varios váteres donde no sería necesario amontonarse a la salida al recreo en aquellas meadas colectivas en el único retrete que teníamos, de las que salíamos con los zapatos y la bajera de los pantalones salpicados. Pero por más que se hablaba de ello, el anhelado traslado nunca sucedía y nunca oí razón alguna que desaconsejaran convertir aquel espacio en patio de recreo. Quizá alguno pensó que mientras el toro Sultán necesitara paseos relajantes entre monta y monta de las vacas, novias a la fuerza que le traían a diario a su picadero del Campo Municipal y que llevaban al límite sus capacidades de semental, no convenía que los escolares fueran testigos de tan escabrosos encuentros, contradictorios con la abstinencia sobre el imaginar y obrar que nos inculcaba a machamartillo don Gildo. Quizá también influyó valorar que si coincidía nuestro recreo con la llegada de los alumnos del Instituto Laboral que, enfundados en sus monos de mahón azul realizaban las prácticas de carpintería en los talleres que había en un costado del campo, pudiera surgir algún conflicto pues era sabido que a ellos les atraían “nuestra chicas“. Demasiada tensión sexual para un patio de colegio que debió inclinar el ánimo de los próceres hacia la prudencia y el mandato que asumían de velar por las buenas costumbres.

También pudo ser que fuera incompatible el recreo de un par de cientos de escolares con los múltiples usos a que se destinaba aquel espacio que todos conocíamos como Campo Municipal. Al ver la fotografía se han disparado infinidad de recuerdos de lo que allí vi y pasé. Vivíamos a una manzana del Campo Municipal y solía acercarme a diario en busca de entretenimiento, pues siempre había chavales que habían hecho novillos o que simplemente no iban a clase ni trabajaban, dispuestos a echar una partida al irio o jugar al fútbol (ver El Campo Municipal). Siempre había allí gente desocupada esperando que sucediera algo y contribuir con su presencia a realzar el suceso que luego trasladarían al resto de la comunidad en calidad de testigos. Era una época en que mirar lo que sucedía alrededor era el principal entretenimiento de todos nosotros. No había televisión que nos sujetara en casa y la calle era el lugar donde sucedían las cosas. Allí estábamos los mirones para contarlo.

Cuando llegué a Villablino en 1954, el Campo Municipal acogía en otoño la feria de ganado, con los animales atados a los cables de acero que circundaban dos de sus costados y que nos servían a los chavales para ejercitar los músculos del equilibrio. Allí se aposentaron todos los circos que recuerdo pasaron por Villablino, cuyo espectáculo para los mirones empezaba mucho antes que los payasos salieran a actuar y que durante un par de días nos reunía a todos los curiosos para ver como elevaban la carpa, un espectáculo que nos parecía incluso más interesante que lo que luego sucedería en la pista. Nada más terminar la última sesión comenzaban el desmontaje y a la mañana siguiente los mirones que acudíamos a ver la maniobra nos encontrábamos que no había nada que mirar, salvo los desperdicios que daban fe de que allí habían convivido espectadores, payasos y animales más o menos fieros. La frustración por no tener nada que observar la combatíamos afanándonos en emular sobre los cables las piruetas que habíamos visto a los equilibristas. Cuando empezaron a ser habituales los coches y motos en las calles de Laciana, allí se hacían los exámenes de conducir y todos los desocupados del pueblo observábamos el nerviosismo de los candidatos a motorista, haciendo comentarios en voz alta sobre los ejercicios que hacían bajo la mirada atenta del examinador, y exteriorizando nuestra alegría si el ejecutante lo hacía bien y era amigo o choteándonos de cada incidente que protagonizaban aquellos examinandos de los que no éramos tan partidarios.

En las fiestas de San Roque el Campo Municipal se convertía en el centro del pueblo y se llenaba de casetas de tiro, tómbolas, atracciones y una vistosa orquesta tocaba sobre una tarima instalada según se entraba a la derecha. Allí pasamos las vergüenzas de los primeros bailes y tras las afrentosas calabazas de las chicas, solíamos dar reposo al espíritu contemplando la actuación de los músicos y del vocalista que intentaba fascinarnos con su voz y aires de galán de cine moviendo seductoramente las maracas. No había otro momento del año para disfrutar la música en vivo y los mirones aprovechábamos la ocasión.

En el mismo lugar donde la orquesta nos había inducido a mucho mirar y poco bailar, solía instalarse una pista de coches de choque con los altavoces a tal volumen que impedía oír lo que te decía el que tenías al lado, repitiendo machaconamente la canción “Oberena, es la peña de más alegría, la que no tiene rival….”, seguramente con intenciones anestesiantes. No sé si los dueños eran navarros o habían llegado a la conclusión de que aquel himno combinado con el efecto alucinógeno del chisporroteo que los coches provocaban en la malla metálica del techo, sumado a los gritos de las chicas, mezcla de excitación y agobio por el incesante entrechocar de los otros autos contra el suyo, provocaba en todos los mirones que circundábamos la pista la necesidad imperiosa de comprar otra ficha y demostrar que eras el mejor persiguiendo a las chicas con tu bólido. Aunque casi siempre era mucho mirar y poco perseguir chicas, allí dejé una buena parte de lo que ganaba como cobrador de anuncios de publicidad del periódico La Montaña Leonesa. El himno sanferminero me tenía clavado durante horas a la plataforma que circundaba la pista, contando al tacto las monedas que me quedaban en el bolsillo y manteniendo una lucha a muerte contra la pulsión que me pedía subirme a uno de aquellos trastos acosadores. Solo dejaba de ir por allí cuando en la lata de cigarrillos King Edward que me servía de hucha ya no quedaban caudales, pero aún así el himno sanferminero me perseguía inclemente hasta donde estuviera, al modo incitante de la musiquita con que las máquinas tragaperras recuerdan su vicio a los ludópatas.

Podría seguir contando otros muchos recuerdos que me asaltan, pero seguro repetiré cosas de las que ya he escrito y no quiero aburrir. El hoy desastrado edificio era testigo mudo e inútil del ocio de tanto mirón desocupado o cómo jugábamos al irio y al hinque. Es una paradoja que la antigua academia Carrasconte haya sido remozada y tenga una tercera vida (antes que academia fue cuartel de la Guardia Civil) como residencia de mayores y este edificio que siempre me pareció sólido y duradero se vea en la foto desastrado y algo inclinado hacia la derecha como si hubieran cedido los cimientos. Dicen que está al borde de ser derruido. Al ver la fotografía he tenido la misma sensación que cuando en el espejo me veo cascajoso y desnivelado. Haciendo de tripas corazón, me consuelo pensando que si sólidos edificios de granito se ven así con poco más de cincuenta años, no debería exigirles demasiado a mis propios huesos.

Imagen tomada de: nostalgiayeso.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Lanfrey, el mago (aquellas rifas de Navidad)

Reloj de la estación de Villablino que ahora, en vez de contar minutos, anota desastres.

No estoy seguro pero creo que allá por 1954 coincidí con Alfredo en el Instituto Laboral de Villablino. Yo iba a primero y él debía estar en el curso de los más mayores con Pío Almarza y otros, motivo más que suficiente para que gozara de mi admiración. Pero es que además Alfredo nos encandilaba a cada poco con sencillos trucos de magia de proximidad, haciendo desaparecer un cigarrillo o sacándonos una moneda de la oreja, que luego intentábamos reproducir con poco éxito.

Alfredo vivía en el del bar de la estación de ferrocarril, escenario habitual de correrías mías y de Juanjo “el Polisia” tan bulliciosa de viajeros y trabajadores del carbón y hoy escenario triste del desastre que sigue al cese de una industria pujante, y era usual verle ayudar acarreando cajas de cerveza y refrescos del almacenillo hasta el bar. Estatura media pero bien hecho, fisonomía agradable, a mí me parecía elegante, si es que en aquella época de indumentarias más bien toscas era apropiado usar el vocablo, incluso cuando se le veía subir de la estación con una bolsa de la compra para hacer algún encargo en el pueblo, imagen poco habitual entonces. Seguramente yo le asigné la cualidad de elegante quizá de forma inconsciente, tras haberle visto varias veces en el escenario completamente vestido de negro, asombrándonos con sus increíbles trucos donde no recuerdo que hubiera palomas ni conejos. Solo algún objeto sencillo como bolas, cajas, vasos, naipes, monedas, la varita de mago y sus vertiginosas manos que los escamoteaban o convertían en otra cosa mientras nos distraía con sus comentarios y bromas. Creo que le vi actuar en el mismo Instituto Laboral y en el cine viejo con motivo de alguna celebración, ocasiones en que dejaba de ser Alfredo y se transmutaba en el mago Lanfrey.

Pero sin duda su mejor truco lo reservaba para la rifa. En ocasiones señaladas como podía ser el domingo anterior a Navidad, el descanso del espectáculo se aprovechaba para efectuar una rifa. El premio solía ser una vistosa cesta de Navidad con algo de turrón, un tarro de melocotón en almíbar, un salchichón, bolsas de peladillas y pasas, polvorones, una botella de anís de La Asturiana que serviría de instrumento musical navideño, más una de coñac y otra de licor 43, todo envuelto en papel de celofán y adornado con cintas de colores brillantes y doradas y hábilmente distribuido para que pareciera aún más suntuoso, que se exponía a la vista del público para incitarle a participar en el sorteo. Los números estaban impresos en tiras de papel que el mismo Lanfrey vendía. Se ataba a la cintura un mandil negro corto, acorde con su indumentaria de mago, con dos grandes bolsillos donde guardaba los mazos de rifas y el dinero que iba recaudando. Impacientes como estábamos por seguir con el espectáculo, recuerdo que la venta de papeletas se hacía interminable y no dejaba de vigilar el grosor del taco de rifas que mostraba Lanfrey, que cada poco insistía en que se terminaban. Cuando parecía que le quedaban dos o tres, un inapreciable golpe de muñeca y las tiras se multiplicaban en su mano como en los trucos de naipes y seguía vendiendo papeletas durante media hora con una insistencia exasperante. Al final, alguien elegido entre el público sacaba una bola de una bolsa de tela y la cesta pasaba a ser propiedad del afortunado poseedor del número premiado, entre los aplausos de unos y las envidias de otros. Dejando a un lado mi nula liquidez, nunca jugué en estas rifas porque pensaba que rompían el ritmo del espectáculo y yo quería volver a los prodigios del mago.

El interminable truco de las tiras de papel me exasperaba tanto que veía el resto del espectáculo con disgusto y algo de resentimiento hacia mí admirado Lanfrey. Si en los días siguientes a la rifa le veía acarrear cajas de cerveza del almacenillo hasta el bar, me preguntaba maliciosamente que qué tipo de mago era que no se le ocurría un truco para que las cajas aparecieran por sí mismas debajo de la barra del bar. Ya se sabe, hay momentos en que la adhesión inquebrantable a los héroes flojea.

Salvo el piano que tocaba en el Instituto doña Dolores el día de Santo Tomás de Aquino y las orquestas de las fiestas, Villablino era un erial musical con la única excepción de los tocadores de armónica muy en boga entonces, seguramente auspiciado por la escucha del Trío Biok y sus armónicas mágicas que casi a diario ponía en antena Radio Villablino. Este era otro pilar de mi admiración por Lanfrey que tocaba con mucha convicción una armónica de cambio. El fue el culpable de que yo me comprara una armónica Honner normal, que rápidamente puso de manifiesto mi torpeza de lengua y pocas dotes musicales. Tras mucha saliva y con los labios cortados, ni siquiera fui capaz de entonar los primeros compases de la facilona canción de moda, Doce cascabeles tiene mi caballo. Con poco discernimiento y menos autocrítica, terminé convencido que para tocar aquella cosa era preciso ser como Lanfrey, un poco mago.

No sé qué fue de Lanfrey, si como tantos jóvenes de la región buscó su vida en otro lugar o simplemente ha desaparecido de mi memoria como último truco. Casi todo es un truco. Como señala el reloj de la estación, los años de bonanza que trajo a Laciana el carbón sólo era un truco que duró mientras convino a los mandamases. En la foto de 1960 al pie de la farola de la estación, a Juanjo “el Polisia” y a mí nos parecía que podíamos ponernos el mundo por montera (ver Villablino, territorio comanche) pero no era más que un truco o, más bien, un espejismo. Cuando los años van pasándote por encima, el espejismo se va diluyendo y cada vez nos parecemos más al reloj de la estación.

1960. Juanjo “el Polisia” y el autor (Emilio García de la Calzada), en la farola de la estación de Villablino
2017. El autor. Una vida entre las dos imágenes.

Imagen tomada de: muxiven.blogspot.com, autor José.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada