Jirones XX. Garabatos mentales

Autor: FEDE GARCÍA 12 de Mayo de 2019

Villablino 2018. Lavadero de carbón cerca del río Sil.

Tras un cierto tiempo, desde el 9 de abril del pasado año 2018, se abre la puerta del interés personal a fin de continuar, esta especie de: monográfico a la intemperie de los hilvanes que dieron cuerpo a la niñez y adolescencia de un niño rubio – hoy adulto avanzado – al que le apodaban en “Las Colominas” FedeEl Rubiajo”. Se han olvidado en el calendario – 398 oportunidades de dar continuidad a esta especie de ¿revalida de la memoria…? que, puede incluir, algún garabato mental, producto de las neblinas que la lejanía del tiempo añade al repaso voluntario de septiembre-otoñal. Razones involuntarias y acontecimientos sobrevenidos, lograron silenciar de modo temporal la pluma, el palillero y la tinta “Waterman” de Fede – (sistema analógico de escritura en vías de extinción radical) –  a manos de las nuevas tecnologías, que no manchan los dedos de tinta, ni emborronan las cuartillas amarillas con restos de paja.

Estas visitas – recordatorio – a la memoria escondida, se volvieron a reactivar, tras una visita relámpago a Villablino con la familia, hace escaso tiempo. Apenas, unas semanas, nada más. Tiempo suficiente para re-andar unos caminos, unas veredas, y unas circunstancias que encajaron pieza a pieza el puzle de la imaginación, salvo algún imponderable irreparable que la realidad del devenir impone.

Pude comprobar el asesinato de las vegas y los prados, camino del puente de Hierro, para ir a las pozas de baño: “El Largo”… “La Concha”… etc, a  manos de un monstruo enorme de hierro y hormigón que había impuesto sus cimientos sobre unos prados, siempre verdes, con amapolas y margaritas sembradas a voleo. Habían sido esos prados el sustento de un ganado específico, y también, el tablero de juegos tras las siegas de verano, de unos niños y niñas – casi todos de “Las Colominas”, que se aventuraban a colonizar de modo temporal los mismos.

Ese monstruo colosal – hoy, en silencio – es una especie de esfinge frustrada en honor al horror del progreso al minuto. Sus desechos, por miles de toneladas – habían sido depositados a pie de ribera del siempre altivo Río Sil. Habían rellenado las graveras que la paciencia del rio en millones de años había construido, sin quejarse. El paso por la “Concha”, seguía siendo el mismo: estrecho, ondulado, peligroso, y la playa-rocosa a la altura de “El Molinón”, era una especie de espacio natural – sin proteger – adornado por las hierbas y flores, que habían hecho fortuna entre las rendijas y las entretelas de las rocas. El silencio dominante – ningún lacianiego, ni guaje, ni adulto, con caña o sin ella, perturbaba la melodía de fondo de las aguas – casi bravas – en su camino hacia el abrevadero reventón de la presa de “Las Rozas”.

Esa vereda – casi clandestina – porque, para ser paseada, es necesario hacerlo con cayado de boj, o vara de avellano verde, dispone de un pequeño y casi oculto acceso a la altura del hoy – extinto – puente colgante de las aguas potables de hace unas décadas, en la bajada del camino de “La Muela”. Camino, casi motorizado, aunque, aún se mantiene, el acceso natural a “La Muela”, por el sendero de cabras, que cruza el robledal, hasta el Castro, paralelo al arroyo que desciende desde el Nevadin.

Allí, se puede comprobar, como los artilugios mecánicos de traslado, de la reposición de los residuos impertinentes del “Carbón-negro antracita”, han sido depositados – capa a capa – como si de un rascacielos inverso se tratara, por decenas de miles de toneladas, y sin, por otra parte, disponer de Plan-B alguno de emergencia ambiental, ni presente ni futuro, por si Don Gildo, levantara la cabeza. Una pena. Pero, a la vez, una desgracia más, que ha pasado factura sin derecho a devolución, en cuanto al resarcimiento efectivo y la correspondiente reposición de los prados en su esplendor  milenario ya desaparecido.

Los sopletes ya habían desmontado, alguna parte del espinazo del ascensor de residuos industriales contaminantes. Allá estaban, volteados, oxidados, quizá a la espera, de que algún responsable, o empresa, o vaya usted a saber quién, los facture a la Fundición Auxiliar más próxima, sin explicaciones, por el momento.

Villablino 2018. Antiguas escuelas graduadas.

En otros momentos, en los paseos hacia el abismo de la memoria, alcancé y alcanzamos, por dos vías, las escaleras de piedra de acceso bilateral a las antiguas Escuelas Graduadas, en la carretera a San Miguel y Villager, y por la ronda/calle, hoy asfaltada, desde la Plaza de Villablino al Extinto- Cine Muxiven y a las Escuelas. En ambas vías, la “Suerte estaba echada”. Los patios de juego y expansión de las Escuelas Siamesas (Niños y Niñas) juntos, pero no revueltos, habían sido ajardinados sin demasiado esmero. Por tanto, se había acabado el griterío de tumulto imparable en las salidas al recreo y al finalizar las clases mañana y tarde. Un silencio catastrófico era el rey del tiempo.

Ni resbalones, ni empujones, ni meriendas volando, ni juegos naturales, ni tablet, ni smartphone inoportunos y alienantes. Se acabó, el yo soy el primero, porque me da la gana y además te puedo… recurso inapelable del más broncas de la clase, que siempre se arrugaba, ante otros de menor edad, que podían hacerle frente, y además, no le chivaban los deberes o las preguntas del So-Maestro.

Los colores de las Escuelas – su pintura – las paredes, habían sido restañadas en alguna ocasión. No demasiadas. El interior de las aulas estaba arrasado, como si hubiera pasado un ciclón natural. Algún pupitre volcado, y algún mapa desvencijado. Ruina, en definitiva. Abandono programado y desidia municipal en estado de insolvencia mental.

Villablino 2018. Antiguo cine Muxivén.

Respecto del Extinto-Cine Muxiven, había pasado de ser el centro de culto del paisanaje de Villablino, los sábados/noche, los domingos sesiones primera tarde/menores y tarde/noche, adultos, con películas muy al día del momento: Reestrenos, casi siempre, habiendo pasado previamente, por el Visto/Bueno, de Don Gildo. Cine – ruinas de cine – sellado a cal y canto, como un simple sarcófago, tal y como confirmó la vecina de enfrente. El cine Muxiven, había sido sacrificado para siempre, en su versión previa. Quedaban los ojos ovalados de respiración interior –siempre abiertos – como espantados de que su fin era irreversible – Dan la impresión de que no aceptan el veredicto de un sacrificio cultural ya añejo y olvidado. Quizá, alguna promotora, o entidad pública, se atreva a rehabilitar una ruina que enriquezca la memoria colectiva. A saber…

Autor fotografías: Fede García González

Fede García González
Autor: Fede García González

Jirones IX. Último tramo Escuelas Graduadas.

Autor: FEDE GARCÍA. 15 de Agosto de 2014

image

… y de nuevo me encontraba embarcado en la aventura de aprender aquello, que debían de ser las claves para ser ¿hombres de provecho…? – nos decía el Sr. Maestro. No se le notaba demasiada convicción al asegurar a aquellos niños pre-adolescentes, y adolescentes también, que perder el tiempo en clase era un dispendio personal y colectivo, porque aseguraba que el tiempo “Es oro”… que no lo perdiéramos nunca, que no debíamos desaprovecharlo… yo, siempre creí, que nos tomaba y me tomaba el pelo.

Eso de que el tiempo era “Oro”, y no se podía perder, era de difícil comprensión para unos alumnos más dados a sacar y contar chístes del ¿Sumastro…? por cualquier tontería: un pequeño tropiezo al pasar; un carraspeo a destiempo en una laboriosa explicación de las que no tenían fin conocido. Sirva solo como ejemplo: en gramática elemental, en las conjugaciones básicas, los nombres, los pronombres, el sexo de los artículos y demás entrañas del lenguaje; las conjugaciones, en sus extensas e infumables formas; los infinitivos, los participios, los presentes de indicativo o subjuntivo… en definitiva, memorizaciones a presión, sin entender nada de nada, porque al parecer no había nada que entender… Simplemente, había que recitar. Nada más.

Las acaloradas discusiones entre los compas de al lado, de delante y de atrás, por tener razón si ¡Ay…! era con hache o sin hache, con i latina o y griega, cuando nadie nos explicó por qué una simple vocal, había que dibujarla y escribirla de dos maneras distintas… El eterno ejemplo de tesis permanente del Sr. Maestro de: Ahí, hay, un niño que dice ¡Ay…! como fórmula magistral para hacernos entender, que para él, simplemente no entendíamos, y tenía razón: Fede “El Rubiajo”, tardó algún tiempo en aclararse qué claves eran las que contenía el repetido acertijo, y por qué una misma expresión o grito, había que escribirlo de tres maneras distintas

​Prestar atención durante las largas y frías jornadas escolares en unas aulas, dónde la segunda ley de la Termodinámica estaba extrañada por imposición de la climatología natural, era difícil… Si había adornos externos colgando del tejado en forma de pirulos, la clase, estaba como en una fresquera, a pesar de la estufa central radiante, que solo servía como elemento de despiste comunal. Si hacía buen tiempo, el Sr. Maestro, de vez en cuando sonreía, y tal sonrisa significaba, que esa tarde, nos iba a deleitar con la lectura y comentarios de algún pasaje especial de determinado libro, que parecía que elegía al azar… y que, por tanto, no se iban a revisar los trabajos escolares, produciéndose de modo natural una relajación general que dispensaba a los kolegas de las preocupaciones diarias de comprobar si iban a ser ellos, o los compas de al lado los tributarios de la oferta-orden recibida a través de un simple movimiento de barbilla y una mirada perdida del Sr. Maestro, siempre, como por casualidad.

En algunas ocasiones nos hablaba de la historia de los Romanos. Lo grave es que la identificábamos de manera automática con las correcciones regla en mano que hacía, cuando, equivocadamente, confundíamos el valor de la Letra L, con la D, o la barrita uno, o dos, o tres barritas: I latinas, claro, porque si llegan ser Y, griegas no hubiéramos entendido nada. Que dificultades para entender el por qué IX, era nueve, y no once, y por qué a la inversa XI, era once a secas. Si había que entender unas letras escritas en piedras, que no había que leerlas: como por ejemplo MDCX, era 1.610 y no EMEDECEEQUIS. No nos explicaron previamente, que la letra M, era como 1.000 cosas; la letra D, era como quinientas cosas y que unas cantidades se sumaban a otras. ¿No hubiera sido más fácil…?

​M:​         1.000.-
​D:            500.-
​C:            100.-
​X:​              10.-
​________________
​SUMA: 1.610.-

Aunque lo que en el fondo más impresionaba a nuestras infantiles mentes, era la atrevida explicación de que cuando los ROMANOS perdían una batalla, los diezmaban. Nos explicaba, que de cada diez soldados, mataban a uno, al décimo. O sea que solo quedaban nueve. Lo cual significaba, que además de los muertos en esas batallas de libros de colores y tebeos de 25 céntimos, añadían otros cuantos más por cuenta propia, sin explicaciones.. Espinoso tema para explicarlo y justificarlo ante una parroquia que escuchaba con la boca abierta y ciertos amagos de baba en la misma.

Y, con estos mimbres, había que lograr ser en el futuro – muy lejano hombres de provecho- siempre, después de las quintas de turno y el esperado servicio a la patria, por la cara.

Una tarde, de modo inesperado, el Sr. Maestro, nos comunicó, que se iba a convocar exámenes para entrar el Instituto de Villablino: INSTITUTO DE ENSEÑANZA MEDIA Y PROFESIONAL – ESPECIALIDAD INDUSTRIAL Y MINERA – OBISPO ARGUELLES.
Al parecer, dichos exámenes de ACCESO se les comunicaba a los compas del último grado. Todos tenían entre trece y catorce años, menos Fede “El Rubiajo” que tenía nueve.

Me dije a mi mismo: ¡Yo tengo nueve años, a mí no me va a tocar!

Nueva sorpresa. Al día siguiente, el conjunto de maestros de las Escuelas Graduadas de Villablino, nos comunicaron, quiénes y cuántos podríamos presentarnos a los exámenes en Junio, una vez terminado el curso 1958/1959. Tremenda sorpresa de nuevo: Fede, estaba en la lista, y no lo había pedido. ¿Cómo podía ser, si solo tenía nueve años…?

Con temor lo dije en casa, ese mismo día. Mis padres Pedrosa “El Barrenista” e Isabel “La Andaluza”, estaban contentos, pero serios, porque eso suponía muchos libros, cuadernos, lápices, plumínes, cartabones, escuadras, reglas, todas de madera marcadas de rayitas negras en una cenefa blanca.

Llegó el día del examen. Era mi primer examen oral ante un tribunal imponente. Tres señores desconocidos, muy serios, sentados en una mesa de roble, sobre una tarima de escalón alto, de pino veteado, nos hacían preguntas rápidas a cada uno de los elegidos para semejante prueba, por riguroso orden alfabético de apellidos, ante la presencia de los demás, incluidos maestros. Mi apellido GARCIA aseguraba, que no iba a ser el primero, y así fue. Las primeras víctimas salían, una vez pasada la prueba descompuestos, esperando fuera en el pasillo, impacientes.

Llegado mi turno, creo que respondí como debía; a las tres preguntas que me hicieron, una por cada examinador del tribunal, de modo acertado.

No fue al parecer acertado el modo de estar ante la presencia del Tribunal. Simplemente, había cometido la imprudencia y la osadía de ponerme de brazos cruzados, de pie y con la cabeza sujetada entre las manos, tan ricamente. Nadie me había explicado, que las formas SI IMPORTAN, y que en mi ignorancia infantil-escolar, no debiera de haber sido un problema el sentirse cómodo y responder de modo satisfactorio las preguntas del Tribunal. La verdad, es que mi estatura me obligó a subirme a la tarima, y apoyarme con los brazos cruzados en la mismísima mesa del tribunal examinador.

Las notas las enviaban a las casas de nuestros padres, y, de nuevo ¡Sorpresa! Me habían suspendido. Razones ninguna. Simplemente ¿Falta de respeto al Tribunal…? Ese verano, a las diez de la mañana, todos los días, pasaba clases particulares, en la Casona de Alberto “El Pellejero”, quien ofreció a mi padre Pedrosa “El Barrenista”, que una de sus hijas: Pacita, estudiante de derecho en la Uni de León, me orientara en el modo de comportarme y saber estar según las normas sociales de Urbanidad básica dominante. Lo hizo con fortuna, porque en los exámenes de ingreso especiales de Septiembre, obtuve una calificación de Sobresaliente, que tras el suspendo de Junio, se quedó en NOTABLE, ante el disgusto no disimulado en las Colominas de algunas otras madres, cuyos hijos sí habían aprobado en Junio… El Sr. Maestro – degradado – Don Elio, felicitó a mis padres, y se ofreció a seguir dando clases extra-escolares de SENTIDO COMUN a Fede “El Rubiajo de Ojos Azules·, porque sus enseñanzas no habían sido en balde. Había logrado ayudar a condensar en apenas tres años, entre los siete, ocho y nueve, lo que debía de haber aprendido su protegido en todo el ciclo de escolarización obligatoria, desde los seis a los catorce años, sin darse cuenta, Don Elio: ¡Muchas gracias para siempre…!.

Imagen tomada de: lafabuladeltiempo.blogspot.com

Jirones VIII. Cuarto Grado. Don Gildo: un cura de armas tomar

Autor: FEDE GARCÍA. 11 de Agosto de 2014

image

…las Reglas de Urbanidad que el Sr. Maestro del último grado en las E. Graduadas de Villablino , pregonaba a última hora de clase ante unas decenas de alumnos que ya empezaban a vestir pantalón largo y a dibujárseles encima del labio superior un amago de bello rebelde, que en poco tiempo la naturaleza transformaría en proyectos de pre-barbasafeitables por decreto biológico a cada uno en función de la edad: doce, trece, o catorce años. Estas modificaciones naturales incluían algo tan invisible, pero apreciable, como era el tono de voz. Eran premoniciones de que algo cambiaba, sin que nadie lo avisara. Eran misterios naturales de la adolescencia: palabrota indescifrable que todo el mundo utilizaba, pero que nadie se atrevía a explicar y, por supuesto, menos a los afectados. Afectadas no había, al menos en las aulas, segregadas por razón de sexo – ahora de género – en el sistema educativo tradicional impuesto, permitido y aplicado por la razón de la fuerza, que no por la fuerza de la razón, con la inestimable colaboración y control material incluido de la omnipresente y siempre visible Iglesia de toda la vida.

En el caso del Rubiajo de Ojos Azules de apenas nueve años – los diez los cumplía a principios del mismo, por tercera o en cuarta ocasión ya, se encontraba, una vez más, en franca minoría grupal: era el de menos edad, y además – sin ser consciente de ello – pasaba de curso y de grado, debido a circunstancias casi misteriosas: La historia indocumentada e imaginada de la Mula Francis; la lectura forzosa  – subido en una silla de haya encerada -del texto de G. y G. – “El embargo”- recitando el mismo, con la suficiente convicción, como para dejar bien sentado, a juicio del Sr. Maestro, que mi lugar ya no estaba en el tercer grado, sino que debiera de estar en el Grado y Curso siguiente. Por supuesto, sin considerar la edad, ni otras apreciaciones singulares, como por ejemplo: eran las de primar con cuidado a otros niños en función de la pertenencia al “stablisment” local. No era el caso del hijo de Pedrosa-El Barrenista, Fede “El Rubiajo”…

El curso fue pasando en el orden natural que imponía la dedicación mono-laboral de los padres de la mayoría de alumnos: el trabajo en las minas de la Minero Siderúrgica de Ponferrada de carbón: – hulla, antracita – que por miles de toneladas eran arrancadas de los pozos en condiciones muy duras – aunque a los niños nos parecían normales – en una época, donde el salario se abonaba mensualmente en metálico, con libramiento personalizado, donde se incluían los pluses de Puntos por Hijos, el jornal base, la antigüedad, la prima del destajo, y el plus por “Desgaste de Herramientas”, menos el anticipo , por las compras de productos de alimentación de primera necesidad, obligatoriamente debían de ser adquiridos en la COOPERATIVA de la MSP, que se encontraba en medio de las praderías y patatales de la vega entre la carretera de San Miguel a la estación del Ferrocarril de Villablino…

Lo cierto, es que el  Cuarto y último Grado, no fue aburrido. En absoluto.

Una vez a la semana, pasaba revista el Sr. cura Don Gildo, todo vestido de negro y tonsurado. Era un señor relativamente joven o mayor ¿40, 45 años? bien plantado, enérgico, sin ser  – al menos ante los ojos de los ya adolescentes escolares de pantalón largo y cintos de cuero crudo – especialmente humillante. Se paseaba paciente y lentamente entre las dos vacíos, que las tres filas de pupitres imponían por aplicación de las reglas de la Geometría Elemental, elucubrando sobre historias, epístolas, etimologías, deuteronomios, testamentos antiguos, nuevos, etc. Estaba claro, que esos libros del Viejo Testamento: Génesis, Pentateuco, etc, habían sido escritos por orden e inspiración divina, en unas épocas indefinidas, en las que al parecer, algunos elegidos ¿Visionarios del futuro..?: anticipaban castigos multitudinarios a los que incumplían la Ley de DIOS, en versión Mosaica: El Sr. Moises había recibido las tablas de piedra con XII órdenes concretas iluminado en una esquina perdida en un monte de nombre olvidado.

Las explicaciones excluyentes que justificaban la veracidad de la ¿propia y única verdad..? por ejemplo, eran del tipo de : “Matusalén, había vivido 200 ó 300 años, sin más explicaciones, por la gracia de no se sabía quién, cuando la existencia de cualquiera no era superior a los treinta o cuarenta años. Había que tener Fe, que traducido, quería decir, que había que creer por decreto, en aquello que carecía de lógica y de una explicación convincente para los adolescentes. Nunca nos explicaron, por qué razón las muy visibles Tablas de la Ley, estaban escritas en piedra y en números romanos, cuando el supuesto iluminado que las escribió, no sabía escribir y menos en números romanos, que por cierto, pertenecían a un futuro medido en cientos de años.

Siempre me pregunté, también con lógica implacable, que razón  obligaba a Don Gildo a llevar la coronilla afeitada y redonda con tanto esmero y rotundidad. Podría ser – pensaba – que por allí le entraba la ciencia infusa y la iluminación de que tanto hablaba. Se trataba del misterioso ¿Espiritu Santo…?

El librito del Catecismo era de manual de los de bolsillo, impreso en papel de color indescifrable, que se enrollaba como si fuera un artefacto que cabía en el bolsillo del pantalón, por la simple razón de que se llevaba encima el día en que se anunciaba previamente que Don Gildo iba a hacernos el honor de visitarnos. Leerlo y memorizarlo, era obligado, porque si las preguntas de control aleatorias que Don Gildo, no solo imaginaba, si no que lanzaba, con aviso de pescozón previo en la nuca del agraciado de turno – siempre por la espalda – no era contestada con convicción y convencimiento a su gusto, la sanción imaginada sería la de asistir a determinadas clases extraescolares en la Catequesis después de misa mayor de las Doce, en domingos y fiestas de guardar.

Don Gildo, era simplemente Don Gildo. Creo recordar que fuera del horario escolar, en el deambular por las calles y plaza de Villablino, devocionario en mano de los de piel oscura, canto y sobre cantos colorados, determinados alumnos, le besaban la contra-palma de la mano ¿izquierda o derecha? no lo recuerdo… Don Gildo iba siempre impecablemente vestido. La larga botonera corrida de la sotana– decenas de botoncitos redondos, todos ellos forrados de negro – eran, para el Rubiajo, un problema, porque la pregunta obligada era, ¿Cómo era capaz de abrocharse tanto botón sin equivocarse nunca…? Dudas y preguntas, que el tiempo y el sentido común fue aclarando, al comprobar por ejemplo, que debajo de aquellas sotanas siempre pulcras, llevaba unos pantalones como los demás. Eso sí, eran pantalones NEGROS, y además los botones estaban fijos y firmemente cosidos a la sotana. No era necesario desbrocharlos, porque la misma se ajustaba y se fijaba, con unos simples corchetes clandestinos. Dilema resuelto.

Una tarde de primavera de sol radiante y cielo azul  sin manchas de ningún tipo en el mismo – no recuerdo qué día de la semana era -, me quedé sentado en las escaleras de acceso a la Escuela. Eran de piedra, bastante inclinadas. Por el acceso de la izquierda subían los niños, por el acceso de la derecha subían las niñas. Esas Escaleras aún existen, y son las del acceso desde la carretera de Villablino a San Miguel de toda la vida al Colegio, donde me quedé sentado, rumiando sobre algún desencuentro previo con los compas de más edad, que en la mañana de ese mismo día se habría producido en el patio del Cole. Esa tarde, no entré al Cole. Hice por primera y única vez: ¿novillos…? pensando que mi padre: Pedrosa “ El Barrenista”, no se iba a enterar, porque él y el resto del relevo de mañana, pasaban andando desde el Pozo Calderón, al terminar el turno por la misma carretera, hacia las seis de la tarde. Me había hecho el firme propósito de retirarme a las cinco, antes de que pasaran los mineros de vuelta a sus casas – entre ellos, mi padre – No fue posible cumplir el mismo: simplemente me dormí.

Me despertó una voz muy familiar, que me decía; ¡Fede, despierta…!
Era mi padre, que me espabilaba, ante el silencio y miradas interrogantes del resto de sus compañeros…

Me dijo: ¡Coge la cartera y camina delante nuestro sin parar hasta casa! ¡Ya hablaremos…! Aún hoy, muchos años después, aún sigo esperando la necesaria reprimenda… El Sr. Pedrosa “El Barrenista” – hace ya algún tiempo que se olvidó de todos y de todo…- creo, que no se olvidó jamás de la reprimenda. La reprimenda estaba envuelta implícitamente en la orden: ¡Ya hablaremos…! en la propia imaginación del Rubiajo, a la espera de cómo me iba a castigar por haber hecho, con razón o sin ella, una vez “Novillos” en el Colegio de las Escuela Graduadas de Villablino, una tarde soleada de primavera…

Imagen tomada de: mscperu.org

Jirones VII. La ordalía del reloj Duward.

Autor: FEDE GARCÍA, 8 de Agosto de 2014

Reloj Duward.

Reloj Duward.

… el paso a Tercer Grado, tampoco fue tranquilo. La redacción alternativa sobre una mula, llamada Francis, fue – quizá – el pasaporte para acceder al Tercer Grado de las Escuelas Graduadas de Villablino, en situación de emergencia positiva, porque había tenido la imaginación suficiente viva, como para inventarme una historia imposible sobre una tal: MULA FRANCIS, con el inesperado resultado práctico, de pasar de curso y de grado de forma inesperada y categórica. Naturalmente el sentido de utilizar la propia imaginación en situación de emergencia, había sido un regalo del Sr. ex – maestro Don Elio, enviado al ostracismo minero por no ser adicto al Régimen y compañero de trabajo en el Pozo Calderón de mi padre “Pedrosa El Barrenista”.

​Por tercera vez, volvía a ser el más niño de la clase. El Sr. Maestro, el tercero de la lista, era un Señor estirado, alto, delgado, bien vestido con traje oscuro y voz convincente – no recuerdo su nombre – actuaba con energía en las explicaciones de los problemas. Los explicaba de modo solvente, adecuado a las capacidades de alumnos de doce, trece años. El Rubiajo de ojos azules, apenas había cumplido nueve, y en consecuencia, era el benjamín del aula, una vez más.

​La desigualdad era lo común: Los escolares de más edad hacían valer su prepotencia escudados en las tablas que les daba la permanencia habitual en unas aulas, donde ya había repetidores, y por tanto, rodados en las habilidades habituales de saber perder el tiempo, sin que el Sr. Maestro, aparentemente se diera cuenta.

​A estos compas del momento – a algunos al menos – siempre les quedaba en la reserva la seguridad del chivatazo oportuno del vecino de atrás, que casi siempre sabía la respuesta a la pregunta forzosa del Sr. Maestro, cuando era requerida su atención inmediata, tras alguna gracia comentada en voz baja, sobre cualquier excusa que sirviera de despiste al conjunto. En más ocasiones de las necesarias, el titular de los mensajes salvadores del naufragio personal del interrogado, era -Fede el Rubiajo-. No siempre era así. También, la necesaria y casi obligada colaboración solidaria a estos efectos, la hacían otros. Pero, eso sí: más tarde en el recreo, en general, pasaban la factura al beneficiario de los chivatazos salvadores, cobrándolos en especie, y casi en subasta pública: ¡Hoy me toca de delantero central…Ya sabes por qué…!

​El Rubiajo, jamás pasó factura alguna, a nadie.

​El Sr. Maestro, estaba interesado en comprobar el estado de las capacidades de comprensión de textos leídos, y en ocasiones recitados a capela. En una de las ocasiones, nos puso de deberes, un texto de Gabriel y Galán: “El Embargo”. Dio un tiempo prudencial para su asimilación previa por los cabizbajos alumnos, para después, como por casualidad, llamar a filas, – con la regla de metro y medio de madera de haya a modo de puntero – a los beneficiarios de su elección, para que demostraran al atento conjunto del resto de compañeros, las habilidades del elegido en cuestiones de dicción, de lectura rítmica y no sincopada, la comprensión del texto y la convicción en la expresión oral directa.

​Que recuerde en estos momentos, ninguno de los elegidos llegó a recitar el texto completo. Antes de terminarlo y tras unos pequeño silencios admonitorios de la sentencia “in voce” que se iba a dictar por el Sr. Maestro, eran enviados a sus humildes pupitres en la espera de que nunca más les iba a tocar pasar por semejante suplicio, porque simplemente ya les había tocado. Vana idea, por cierto.

​A Fede – El Rubiajo – , le tocó ser el último a los efectos de recitar el texto. Como era el de menos edad, y además era el de menor estatura, el Sr. Maestro, me indicó que cogiera una silla de las tres que había para ocasiones especiales, y que debía subirme en ella, como si fuera un estrado. Así lo hice con más temor que vergüenza. Las miradas inquisitivas de los resueltos compas que estaban a salvo – por el momento – de la tremenda ordalía escolar, como era hablar en público y al descubierto, no eran precisamente muy alentadoras. Más bien al contrario. Esa era mi impresión. No había, ni siquiera una cierta ¿empatía solidaria, entre iguales…? La percepción personal era que no, que no la había, o al menos eso creía.

​Una vez terminado el texto, el Sr. Maestro me envió al refugio, con un lacónico ¡Fede a tu pupitre!

​Esa imagen, y esa percepción, me han acompañado como una sombra permanente hasta al día de hoy, bastantes años después, superándolas, casi siempre con voluntad y esfuerzo, no exento de tiempos muertos y dudas razonables en función del momento y las circunstancias.

​Recuerdo, también, que una determinada mañana, era invierno y había nevado, un compa – hijo de un ingeniero que había entrado a trabajar en las Oficinas de la MSP – llevó al colegio en la mano izquierda un reloj de pulsera de niño, de los de cuerda de siempre. Hizo, alarde de ello ante todos, por aquello de pensar que tener un reloj un niño y además de pulsera -¿Marca Duward…? era un símbolo de prestigio y de además, aparentar ser superior. De hecho, este niño, cuyo nombre no recuerdo, estaba sentado en la primera fila del aula, junto a otros compas de la élite local.

​Todos los niños, antes de la entrada nos arremolinamos para comprobar que el reloj era de verdad, no era de juguete, como lo que nos traían los Reyes Magos, que eran de cartón duro, pero, sorprendentemente, tenían manecillas y horas en números romanos, que se movían, según le dábamos cuerda. Aquel niño tenía un reloj de verdad.

​Sin embargo, al salir al recreo, se lo quitó y lo guardó bajo el cajón de la tapa del pupitre. A la vuelta del recreo, el Reloj, había desparecido y nadie sabía cómo había sucedido. El Sr. Maestro se puso muy serio, nos ordenó a todos que nos pusiéramos en pie con las manos fuera de los bolsillos, firmes y en silencio. Nos dijo, que mientras no apareciera el Reloj, de manera voluntaria, permaneceríamos todos de pie y en silencio.
El Reloj, no apareció, por supuesto. Porque en realidad solo el que lo había sustraído lo sabía. El resto no sabíamos nada.

​El Sr. Maestro, convocó en conferencia consultiva al ¿Claustro Escolar del momento…? y se decidieron por informar a la Guardia Civil de forma inmediata al Cuartel que se encontraba en los bajos de las viviendas de al lado del Instituto Laboral de Villablino. Nos visitaron la Pareja de la G.C. – dos grandes tricornios, mauser al hombro, cara de circunstancias – y decidieron: que la gestión de la investigación sobre el paradero del Reloj-infantil había que llevarla a cabo en el Cuartelillo, citándonos de palabra a todos los sospechosos de semejante hurto/robo, y a nuestros padres también, ese mismo día a las tres de la tarde.

​Personados con puntualidad en el Cuartelillo, fuimos pasando, de uno en uno – no todos – siendo interrogados sobre el paradero del Reloj. Creíamos que íbamos a estar toda la tarde en aquella especie de Auto de Fé colectivo-escolar. No fue así, por fortuna. A la quinta o sexta comparecencia, ya no pasó nadie más. Nunca nos dijeron el por qué. Simplemente nos permitieron volver a casa con nuestros padres, sin ninguna explicación. Esa tarde no hubo clase. Al día siguiente, el hijo del Ingeniero, tenía su reloj de pulsera de los de verdad en la muñeca de la mano izquierda, bien sujetado con su correa negra…y bien visible, por si acaso…

​La impresión de unos niños que eran interrogados en el Cuartelillo, como si fueran delincuentes de mil cuentas pendientes, certificó a la largo plazo el rechazo casi natural hacia aquellos, que vestidos de verde, tricornio espantoso de charol negro, mauser al hombro y capas al estilo Eskilache, vigilaban las cercas, calechas, andurriales y las esquinas más escondidas a la espera de poder cazar al vuelo a algún paisano despistado, que les firmara voluntariamente el parte de auto-control diario para el Oficial del Puesto. Fede “El rubiajo de ojos azules”, no olvidó jamás, semejante impresión. Todavía pervive en la memoria el temor, a ser encerrado en la habitación de al lado, si no decía la verdad sobre el Reloj de pulsera nuevo – marca DUWARD – del hijo del Ingeniero…

​Tampoco olvido a aquellos Kolegas de clase, que venían de Rabanal de Arriba y de Abajo, o de San Miguel, también de la Corradina, el barrio alto de Villablino al que no llegaba la carretera asfaltada. Recuerdo bien, que tenían el cuello debajo de la barbilla y, al menos hasta donde el jersey de lana permitía entrever, una piel muy oscura, cuarteada, como de escamas de pescado. A mí siempre me pareció que llevaban collarín. No era collarín, era simplemente –falta de higiene- quizá por falta de agua corriente en sus casas, o por el frío, o por simplemente – tener que arreglar las cuadras del ganado antes de ir andando al Colegio, un par o tres de kilómetros, bajo las inclemencias del tiempo y del frío habitual. No eran todos, desde luego, los que, – entiendo ahora, que a su pesar -, acudían a clase en tales condiciones. Lo curioso, es que a los demás nos parecía normal, y que al Sr. Maestro también le parecía normal, porque jamás hizo algún comentario sobre normas de limpieza, educación o cuidados personales a todos los demás…

Imagen tomada de: todocolección.net

Jirones VI. Segunda transferencia a Tercer Grado.

Autor: FEDE GARCIA, 1 de Agosto del 2014

MulaFrancis

… los días pasaban fríos, grises, largos en las esperas, como siempre los niños acurrucados en las escaleras de acceso al aula, acumulados unos tras otros, obligados por el frío, permanecíamos en un silencio obligado, cabás, o cartera de cuero en mano soldada a la misma debido a los sabañones y la esperanza de que la espera no fuera demasiado larga para entrar en la fresquera comunal de todos los días.

Los que venían andando desde San. Miguel, o los de Llamas, o los de las Rozas – no recuerdo, si los de Rioscuro, también – eran los primeros en llegar, ocupando la zona a cubierto de las escaleras comunes. El resto – los de menor edad – quedaban a la intemperie, con lluvia, nieve, heladas de varios grados bajo cero, y la cara enrojecida de frío, adornada por las inevitables moqueras de primera hora, que eran eliminadas a base de sonoridades muy reconocibles, lenguetazos propios y restregones de manga izquierda de jersey de mil usos, color indeterminado. destejidos protegidos y remendados, en la trama, con la lana de ovillo añadida urdida con largas agujas de tejer de botón de nácar, que se acomodaban – una de ellas al menos – en la parte izquierda de la asila de la Madre de turno, para que, con la derecha, ésta dirigiera la aguja-pareja con precisión y contundencia, enhebrando la lana sin perder ni tiempo ni punzada. Los remiendos eran categóricos. No cabía, el “No me gusta…”. O te lo pones, o te hielas, ¡Tú verás…!

De golpe se abría el Portón de la entrada – Lo abría el maestro, con su llave de las de toda la vida, porque – no recuerdo, si había conserje. Creo que no. – En tropel rápida y de forma ruidosa cada niño, se acomodaba en los pupitres de asiento corrido y fijo – aunque había otros abatibles – que había que alzar o bajar como en el Cine Viejo de al lado del Cole, por supuesto en el Gallinero – para que, siempre se sentara, el que no se había sentado primero, y quería por supuesto, sentarse el último.

La algarabía diaria era de las varios decibelios fuera de control, hasta que llegaba la temida orden del Señor Maestro, ¡Niños; Silencio…! Orden que abatía en segundos las energías de los mismos: todos ellos de de diez, once y doce años. El “Rubiajo de ojos azules”, hijo de Pedrosa “El Barrenista”, tenía nueve, siendo encajado en el primer hueco vacío que había a mano. Resultó, que me tocó al lado del ventanal, con vistas al patio, en la mitad de la primea fila, desde donde en momentos de despiste general podía observar el progresión de la naturaleza reflejada en las acacias del patio, sobrevivientes, muy pocas, de los ataques diarios de las fuerzas naturales de la niñería en los recreos.

Los deberes extraescolares, empezaban a ser un poco serios. Siempre complicados. Había, por cierto, una Biblioteca de puertas de cristal con libros grandes y pequeños todos muy bien distribuidos por tamaños, anchuras, alturas, colores, que muy rara vez el Sr.Maestro la abría.

Había también unos enormes libros de mapas de colores con muchos nombres, puntos negros, pequeños y más grandes, con círculos. A veces, uno, o dos también, hilvanados todos mediante rayitas negras, rojas y de otros colores.

El Sr: Maestro nos decía que esos puntos negros grandes eran las capitales de provincia. También nos decía – sin suficiencia alguna- que aquellas rayitas finas, gordas, muy gordas y muy retorcidas todas ellas, eran las carreteras locales, provinciales y nacionales. Nunca lo entendí. Y no le entendí, ni lo entendieron el resto porque aquello de carretera NACIONAL sonaba al Parte Nacional de las Diez. Sonaba a “Los Nacionales”, a los Camisas Azules de mangas remangadas a lo James Dean – ¿O, J.D. llevaba la camisa remangada a lo falangista…? y botas de cuero negro-brillantes hasta las rodillas. También recordaba a los delegados del Frente de Juventudes, repeinados todos ellos, sin que se les moviera un solo cabello, atusados y repeinados siempre con fijador verde de Barbería común y brillantina de taberna.

Al niño que había sido cooptado – fuera del calendario escolar- desde el primer grado, por haber resuelto, tiza en mano un sencillo problema de aritmética elemental en la pizarra pública del aula, ni a los demás, nos explicaron nunca, porqué las Islas Canarias, Sido-Ifni, el Sahara, y Guinea Ecuatorial, estaban al Sur de las Baleares, como así aparecía claramente señalado y dibujado en el Mapa. No había error alguno. Estaba muy claro. Todos estos territorios estaban en el medio del Mar Mediterráneo.( Nota UNO)

Tampoco, el Sr. Maestro, se atrevió a explicarnos, que era aquello de la Escala: 1 a 1.000; 1 a 10.000, que aparecía bien claro, en el Mapa. ¿Quizá no tuvimos el arrojo de preguntárselo…? Quizá.

Los deberes extra-escolares de: Sábado tarde y Domingo – porque los sábados también había cole, por las mañanas – para clases de Urbanidad, Religión, etc. un buen día, el Sr. Maestro, nos dijo, muy serio que para el lunes: tenéis que traer una redacción de al menos dos hojas de cuaderno sobre ¿ LA MULA FRANCIS…?

Yo nunca supe, porque nadie me había informado, que en la sesión de tarde del sábado en el Cine Viejo, se proyectaba una película donde aparecía la dicha “MULA FRANCIS”. El Sr. Maestro supuso que todos los niños iban a ir a verla. Costaba la entrada “dos-cincuenta”, o un duro – no recuerdo – El problema, es que si yo iba al cine, mis hermanas también y eso ya resultaba una carga muy pesada para la familia de “Pedrosa, el Barrenista”.

Había sido tan convincente la orden-sugerencia del Sr: Maestro, sobre la redacción, que no tuve más remedido que inventarme sin referencia alguna, una historia imaginada sobre una Mula que se llamaba, además: ¡Francis!

Recogidas las redacciones de todos el lunes siguiente, el Sr. Maestro, sorprendentemente para mi, fui elegido para leer mi redacción delante de todos, en la convicción personal de que iba a ser objeto de burla por los otros compañeros, que si habían visto la película. Leí la redacción entre los cuchicheos, sonrisitas y casi burlas del resto. Mientras, el Sr. Maestro ,estaba muy callado y pensativo para cosa buena – pensaba para mí – con la cara apoyada en ambas manos.

No se enfadó, como yo esperaba. Simplemente dijo: Niños: Más vale un poco de imaginación,- señalándome con el puntero de avellano gastado – que redactar al dictado de películas o aventuras del Capitán Trueno, o el “Jabato”, de esos cuadernillos que escondéis debajo de la tapa del pupitre”

Delante de todos, ante mi sorpresa, y la del resto, me dijo: Fede; mañana, coge tus cosas, y te presentas en Tercer Grado, que estaba en la siguiente Portalón del edificio de las Escuelas Graduadas.

No había transcurrido el curso completo. El “Rubiajo de ojos azules! con nueve años, había sido transferido por segunda vez, al Tercer Grado en las Escuelas Graduadas de Villablino, sin explicaciones….

Nota UNO.- Aún hoy sigo sin entender, como en una economía pos-guerra civil, no había unos dineros para editar en papel de paja de centeno o trigo, unos mapas donde se señalara con respeto la ubicación real geográfica de las Islas Canarias y las demás provincias extra-peninsulares – Sáhara, Sidi Ifni, el Protectorado del Rif, Guinea, a las Islas Chafarinas,,, porque así se nos decía.

Imagen tomada de: abandomoviez.net

Jirones V. Segundo tramo escuelas graduadas. ¿Booling…..?

Autor: FEDE GARCIA, 25 de Julio del 2014

FedePradoColominas512

Fede García González en un prado de Colominas.

…la llegada al aula de segundo grado, fue tan deprimente como lo fue en su momento la entrega fuera de plazo por mi padre, a la enseñanza primaria-elemental, – no había parvularios…- No entendía nada, por segunda vez.

Un nuevo maestro más joven que Don Rafael Calzada, continuó en esta segunda ocasión alimentando las riendas de mi educación, tras ser añadido por decreto y sin consulta formal al segundo grado, en pleno curso. Las materias comunes pasaron de ser las previas – escritura – aritmética elemental – lectura ordenada del primer grado, a las que en aquel tiempo, y aún hoy, siguen siendo: ¿materias troncales…? del sistema educativo de siempre. Por cierto no había gimnasia, ni música: ¿estaría mal visto…? ni tampoco las “humanidades”, que eran de otro mundo.

Los niños podíamos ser castigados, por ejemplo, en función del número de faltas de ortografía cometidas en el dictado diario, detectadas de forma hábil, siempre por encima de los hombros, por la vista de halcón del Sr. Maestro de Segundo Grado. El Sr. Maestro se paseaba entre las líneas de aplicados alumnos perfectamente equilibradas por alturas, sin osar levantar la cabeza de la pizarra, o en su caso, del cuaderno de dictado – único cuaderno personalizado – porque, además, había de servir para todo, en todo tiempo y circunstancia.

Las tachaduras sobre las palabras con faltas de ortografía, destacaban en rojo-colorado, porque, – es bien sabido, que el color rojo estaba proscrito y desterrado del lenguaje inocente de la niñería en formación. También de la población en general – por voluntad expresa de un tal Franco – Casi siempre los desacuerdos se podían resolver con un pescozón, o un buen y largo tirón de orejas – la elección de la oreja sancionada, izquierda o derecha dependía del nivel de recuperación de los tirones anteriores aplicados por similares razones de desacuerdo, u otras distintas cualesquiera que estas fueran.

Los cuadernos manuscritos, los recogía el Sr. Maestro de forma metódica para a continuación mantenerlos agrupados por filas sobre la gran mesa de su hábitat-funcional. Eran corregidos con un lápiz octogonal de puntas azul-mar y colorado-bermellón, manejado siempre con la impronta y la habilidad manual de un batería de rock de bombo único.

Agrupaba los cuadernos y pizarras – todos desiguales – distintos colores, dimensiones, conservación, etc, en las tres dichas filas. Apenas una hora, era el tiempo que habitualmente concedía a la grey, para que mientras en absoluto silencio, fuéramos pensando en cómo escapar de aquella tregua de silencio, para que pudiéramos proponer al final, siempre en voz alta, sobre qué tema, o temas, nos parecía bien, que podrían ser abordados la próxima semana, aunque nunca se abordaban.

Con la cabeza del maestro inclinada sobre cada uno de los cuadernos recogidos. en su diaria labor de aplicar el Nihil Obstat de modo irrebatible, era capaz, sorprendentemente de mantener el dominio visual completo sobre las actividades clandestinas, que en cada pupitre-conyugal se llevaban a cabo, por ejemplo: jugando a los barquitos, mientras el tic-tac, del reloj de pared de los pie de estatua y de madera ennegrecida por el tiempo y el polvo, marcaba lentamente el consumo inexorable de la espera… los susurros del C4, y contestación D8, y la exacerbación natural del: ¡HUNDIDO! daba sentido a aquella interminable hora de penitencia grupal forzosa.

Los cuadernos – 40, quizá 45 – volaban entre sus ágiles manos, corrigiendo con aparente eficacia los desórdenes gramaticales cometidos por los escolares – entre nueve y diez años – en la reescritura del dictado a voz alzada previo.

Acababan los cuadernos en tres montones ordenados por número y gravedad de faltas de ortografía cometidas; menos de tres, más de tres, y los del grupo de “ vuelve niño mañana con el dictado repetido”, como deber extraescolar y sin faltas de ortografía.

Uno a uno íbamos pasando a por nuestro cuaderno o pizarra, recogiéndolos rápidamente previa identificación visual anticipada de la situación de los mismos, entre el barullo normal provocado por las prisas en salir los primeros de clase, sobre todo si hacía buen tiempo – también, si hacía mal tiempo o simplemente nevaba, que era lo común, excepto en primavera y verano.

Los recreos eran precipitados: media hora o tres cuartos. No recuerdo bien. Si recuerdo el patio polvoriento en cuesta, sin jardín y embarrado, porque la hierba había sido desahuciada por los cientos de pisadas, patadas y carreras de los niños en libertad vigilada y temporal. Las porterías para jugar el fútbol se señalaban por dos piedras arrancadas de los centenarios muros de cerca de los prados vecinos. Las mediciones de las distancias del diseño a tanto alzado del campo eran avaladas y aplicadas, por los escolares de más edad, o corpulencia, ya que el patio y los espacios para el recreo eran comunes: los de tercer grado, con los de segundo. Los de primer grado – seis – siete años – eran tratados aparte. En el partido entre grados, siempre ganaban los de tercero: el tiempo y el silbato o campana de la llamada a filas, calmaban las interminables discusiones, sobre si era, penalty, o hay que sacar la falta, que por supuesto era ¿córner…? o no era nada. Las dudas eran transcendentales para aquello niños que empleaban de oído unos términos de fútbol, sacados de los partidos radiados que no entendíamos – la Tele estaba por venir. Estaba en el futuro próximo-indefinido. Duda infantil muy importante, saber si la falta – patada en la espinilla – era córner, o vaya usted a saber qué era. La solución aparente, sin mediación alguna, estaba en la vuelta a filas para entrar al cole de nuevo. Nunca nadie llegó a explicarnos que “Korner” en inglés era esquina, y no falta de obra o de palabra: simplemente había que lanzar el balón desde la esquina…

A mí nunca me interesó ni mucho ni poco ser parte de aquello. Continuaba siendo el rubiajo de ojos muy azules y, en parte, el menos interesado en ser un “broncas” de oficio. Era el de menos edad del aula. Naturalmente pocas veces me invitaron a ser parte del equipo: siempre que lo hacían era por interés: Por la merienda: La llevaba en un pequeña talega de tela de cretona y sujetador fruncido de bota de vino. Era de los pocos niños que llevaba merendola al cole. En parte por ello se disputaban – algunos. los de más edad y estatura – la originalidad de probar lo ajeno sin pedir permiso alguno. No ceder por mi parte a aquel – ¿Booling..? colegial era acabar, sin poder jugar en el equipo.

Un buen día, mis padres descubrieron de modo accidental que la merendola, era comunitaria: La taleguilla de cretona que llevaba a casa a la vuelta del cole, siempre estaba limpia. No tenía ni migas de pan, ya que mi merienda, era la merienda de los más avispados o más “machos-decían ellos” del lugar. Mi padre: Pedrosa “El Barrenista” me dijo: Fede, tu verás lo que haces. Si te dejas quitar la merienda yo no voy a defenderte. Mi decisión, por “el soplo animador” de mi madre: Isabel “la Andaluza”, fue: Fede: hoy no llevas merienda de chocolate. Metes una piedra en la talega y espabilas. Así lo hice. Llegada la hora del patio, el comando de requisa – que cambiaba de componentes de un día pata otro – intentó probar el chocolate, pidiéndome de buenas formas pero con malas intenciones que compartiera el bocata – “Les dije que sí”. Que les daba la talega en el patio, pero en la esquina norte. Allá fuimos, y sin dudar un instante ni pensar en las consecuencias les entregué el botín en especie, estampándole la talega de la merienda con la piedra dentro, en la cabeza del más interesado en la presa. El efecto fue perturbador: “la brecha en el cabeza del compa fue espectacular. Creí asustado, que se la había roto porque se le llenó de sangre la parte derecha inmediatamente.

Intervino el Sr. Maestro: y se acabó el recreo. Llevó al Médico al herido, y al día siguiente el compa estaba en clase, con un espectacular remiendo en la cabeza. Sin duda no fue grave el efecto del talegazo en la solvencia física del dañado, pero sí fue efectiva en la dignidad del rubiajo de ojos azules. A partir de ese día siempre pude escoger de qué me apetecía jugar: central, defensa, o portero, etc. Siempre opté por ser portero, las veces que me apetecía jugar, que eran pocas. En general, prefería no hacerlo…

Prefería jugar al guá, con mis bolas de barro o de cristal. De acero no tenía, esas eran para los de tercer grado o de cuarto. Había también algunas bolas de piedra pulida, pero eran caras: una o dos “perronas” 10 céntimos de peseta, moneditas de las de aluminio y no se sabe qué componentes más eran todo un capital para el niño rubiajo de ojos azules y tres hermanas, – los de Colominas – que madrugaba todos los días, a por la leche para el desayuno, antes de ir al cole…

Autor fotografía: Piti

Jirones IV. Acceso involuntario a segundo grado.

Autor: FEDE GARCIA, 19 de Julio del 2014

EscuelasGraduadas512

Escuelas Graduadas de Villablino.

1957.
En un aula enorme, con los grandes ventanales, que informaban de los ciclos naturales en directo, porque las vistas que se ofrecían a los niños, eran las que correspondían a las estaciones habituales en el curso escolar; Otoño: tonos pardos, hojarasca en movimiento permanente, bosque repintado en tonos pardos, y aviso de Inviernos duros de nevadas inmensas que, aparentemente, podían paralizar, el cole, la vida normal del pueblo, más el frío habitual, seco, duro, implacable… Primavera, explosiva, de verdes botella, verdes mar, verdes hierba, verdes profundos… verdes permanentes…

Siempre acudimos al Colegio. No había excusas: ni catarros; ni sabañones, ni lluvia, ni nieve, ni heladas: jamás falté al Cole, como los demás.

El maestro de primero, Sr. Rafael Calzada, previa revista de control de limpieza de manos, dedos y cara – especialmente, control de uñas, discriminando con eficacia sin remilgos, a aquellos niños, que según él: tenían las uñas de luto, enviándoles automáticamente a los lavabos, donde el agua caliente, no es que fuera un lujo, es que no había, porque, estaban congeladas las cañerías, y del grifo de mano, por supuesto, solo sobresalía, un colgajo – tipo chupón de tejado – de los de toda la vida. Los niños con imaginación y un poco de ansiedad, restablecían el orden debido, en cuanto al control visual de la limpieza de manos y uñas, por el Sr. Maestro, se cumplía, siempre, por cualquier medio: A falta de agua, porque estaba helada, quedaba la saliva propia como sucedáneo de oportunidad y, además, mediante el frote de manos para la limpieza y secado natural, servían los costados y traseros de los pantalones de pana negra, donde, apenas se notaba el brillo del uso, por semejante práctica.

Los pupitres, eran compartidos porque eran dobles: dos asientos abatibles, y sobre-mesa común; doble tintero, y compañero forzoso. Aunque, sin embargo, los compañeros, podían ser, trasladados, a otro pupitre. Por ejemplo: por mal comportamiento: no callarse, no atender, decir tacos, insultar, escupir. También, en determinadas ocasiones, se alteraba el orden de convivencia normal con los vecinos de pupitre, si a juicio del Sr. Maestro, este creía detectar amagos de afinidad infantil natural… Inmediatamente: daba la orden de movilización: recoger los escasos bártulos personales de cada uno y los materiales escolares, y a la otra fila, (a cualquiera de las tres), en que estábamos insertados, los 30 o casi 40, escolares, salvo Fede, que continuaba extraditado en el último pupitre de la tercera fila, desde hacía meses.

Los métodos de enseñanza, eran los corrientes, en una época, oscura, sin medios materiales normales que motivaran a unos escolares – cuyo interés por la formación, o bien, era aparente, y casi siempre era escaso -. Los castigos a aplicar, por las más variadas y absurdas razones, era, en general, la norma: llegar tarde al Cole, y entrar sigilosamente, sin previa llamada a la puerta, esperando entrar, cuando alguien salía con permiso, para ir la baño; contestar al Sr. Maestro; escupir en el suelo de madera de la clase; alborotar de manera habitual: etc.

Los castigos, para los reincidentes, eran duros: dos o tres, golpes en las palmas de las manos abiertas, con la vara de avellano – que a su vez era el puntero de señalar en los mapas de geografía aplicada, colgados de las paredes; ponerse contra la pared, sin libros en las manos un determinado tiempo dependiendo de la gravedad de la falta, sin recurso previo de defensa del amonestado, juzgado y condenado; en otras ocasiones, el castigo era el mismo, pero agravada la pena, permaneciendo contra la pared, con los brazos en cruz, y un libro en cada mano: la sanción más grave, era la que se aplicaba, poniendo al titular de la falta cometida de rodillas, cinco o diez minutos, con una o dos bolas de cristal de las de jugar al Guá, debajo de las rodillas, mientras pudiera aguantar… Las faltas más leves se sancionaban, con no salir el recreo, una, dos o tres veces… según fuera la falta a criterio exclusivo del Sr. Maestro… Creo recordar, que jamás me castigaron, ni de rodillas, ni de cualquier otro modo. Era un niño: ¿Olvidado…? al final de todas las filas.¡Quizá…!

El Sr. Maestro, trataba de enseñar, a su manera, a leer, a escribir con plumines de chapa de a real, de aquellos que tenían un agujerito en el medio, de chapa dura, y flechas grabadas en una de las caras. Los plumines eran finos y gruesos para escribir en cuadernos de veinte páginas rayadas con tinta natural, que manchaba los dedos continuamente. Plumines, que por cierto, siempre se despuntaban, y no se podían afilar. La caligrafía era siempre poco afortunada. También nos enseñaba a hacer cálculos básicos, a resolver problemas sencillos, a conocer de memoria, las provincias, los ríos, la cordilleras: Un poco de todo, y un mucho de nada, dado que lo fundamental, que debiera de haber sido el enseñar a razonar y a pensar, a unos niños de seis-siete-ocho o, incluso nueve años, cuya atención principal, era la de escuchar la campana del recreo y la de salida para comer a medio día.

En la parte que me tocaba, todo ese mundo extraño, me parecía poco interesante: El Sr. Maestro, estaba muy lejos: y yo no entendía bien lo que explicaba, y además, estaba sentado siempre en una mesa grande, sin quitar ojo a la parroquia infantil, para que el orden militar del aula no se rompiera. ¡Silencio, Silencio y más silencio…!

Los días, los meses, un año, pasaron, sin sentir, pero también, sin aprender al ritmo de los demás.

Las primeras notas en la Cartilla Escolar (Que, por cierto, todavía conservo), fueron a juicio de mi padre, Ramón, insuficientes. No me dijo, nada. Solo me indicó, que ese verano, debía de ir una hora a clases particulares con Don Helio, a su casa, en las Colominas, que vivía en las casas unifamiliares bajas del barrio.

Para mi sorpresa, el Sr. Maestro: Don Helio, -Nota UNO- (por ese diminutivo le conocían. Su nombre era: Heliodoro…), se tomó en serio el encargo de mi padre, y siempre después de llegar del trabajo en el Pozo Calderón, juntos… porque al parecer, trabajaban en el mismo lugar… me daba las clases en la mesa de mármol de la cocina de su casa, al lado de un tazón de leche, o de chocolate…¿a mi solo…?

Él, me enseñó a resolver problemas de tipo aritmético de un modo simple, y eficaz: … Fede: Los problemas hay que escribirlos, una o dos o tres veces, hasta que los entiendas; una vez que los entiendas, los dibujas. porque sin entenderlos no los podrás dibujar, y una vez dibujados, podrás resolverlos, con simples operaciones aritméticas, o, en los casos más complicados, con simples reglas de tres… Decenas, quizá centenares de problemitas elementales, fueron resueltos, sin descanso.

Don Helio, sabía lo que hacía: Nunca me aburrí. Me enseñó a no desfallecer, y a que, cualquier problema tiene solución, porque sino, no sería un problema. Los progresos eran evidentes. Me sentía seguro, aunque seguía ubicado en el extrarradio del aula de Primero, hasta que un buen día, el Sr. Maestro; planteó un pequeño problema de aritmética elemental, que solo tenia solución con una simple regla de tres. Lo planteó a la clase: fue eligiendo a aquellos que le parecían más capacitados para salir a la pizarra, y no supieron, o no quisieron resolverlo. De nuevo animó a quien, de forma voluntaria, pudiera encontrar la solución: nadie salió. Por eliminación, quedaba yo. El maestro desde su púlpito, me dijo: ¡Federico, a la pizarra!… Venciendo a duras penas la timidez en estado puro que me acompañaba, y con la cara sonrojada por supuesto, recorrí el largo pasillo hasta la pizarra, y con una tiza de yeso de las de siempre, de las que dejan estela, cumplí a fondo empleando la fórmula mágica que Don Helio, me regaló, para resolver problemas: Todo el mundo guardó silencio, incluido el Maestro.

El problema – no recuerdo cual – fue dibujado y resuelto, con una regla de tres simple. Don Rafael Calzada, me preguntó: ¿Niño, dónde has aprendido esas cosas…? Porque yo no las he enseñado, eso corresponde a Segundo. El silencio fue mi respuesta. Don Rafael, pensativo, me envió al exilio aular-espacial. A la semana siguiente, me vino a recoger al Sr. Maestro de SEGUNDO GRADO, sin esperar a terminar el Primero Grado, porque al parecer lo había superado sin darme cuenta, ni yo, ni el Maestro…

De nuevo, en Segundo Grado, se volvió a repetir, la mala experiencia de la llegada al Primero: Fuera de plazo; niños de más edad, y pupitre al final de las filas…

Nota UNO: Don Heliodoro, al parecer, era un maestro represaliado y expulsado de la carrera, por ideas republicanas. Trabajaba en la MSP, de Ayudante.

Imagen tomada de: cepasierrapambley.centros.educa.jcyl.es

Jirones II. Entrada en la escuela.

Autor: FEDE GARCIA, 10 de Julio del 2014

Fede García González con sus hermanas en las Escuelas Graduadas.

Fede García González con sus hermanas en las Escuelas Graduadas de Villablino.

Entre un recuerdo y otro cualquiera, van surgiendo con claridad, trozos invertidos en el tiempo, que vuelven a poner cara a las sombras más insospechadas, desde la lejanía del espacio, del tiempo, de la geografía dibujada, quizá soñada…

Ese niño, rubiajo, de ojos azules. No encajaba, al parecer, en la antesala de esos otros niños, que, a cualquier hora, corrían, saltaban, jugaban entre los propios. Ese niño, nada convencional, era objeto de curiosidad infantil. Una curiosidad a veces un poco cruel, que invertía mucho tiempo y esfuerzo, en tratar de conocer, más que, en aceptar a uno más, en sus juegos habituales, sin más requisitos previos, que el de ser de la misma o parecida edad.

No fueron fáciles, los primeros momentos. Fede, era el hijo de Pedrosa el Barrenista, y de Isabel: la Andaluza que, además, tenía tres hermanas pequeñas, que siempre le acompañaban. Iban a comprar los mandados a la tienda de Chacón, o al Chigre que había en la cuesta de subida a la carretera que iba a la Plaza de Villablino. Siempre compraban cacahuetes. A veces iban de la mano de su padre, siempre serio, adusto y de pocas migas.

Jugaban, sí. Pero, en el grupo de guajes, no cabían las niñas. En los juegos del “Guá”, del “Burro”, de la “Pita”, del “Aro”, o a las “Tapas”, del cambio de cromos; del cambio de los chapas de tapa con ciclista o futbolista del momento, con la fijación de la rodela de cristal tallado a mano, con la piedra-esmeril-personalizada, – no se cambiaban – elegida en la cantera de los derrubios del Río Sil a gusto de cada cual, no cabían las niñas. No cabían, sin más.

Las niñas, con las niñas; era la norma no escrita, que en el universo infantil del tiempo vivido señalaba a fuego, lo admisible, de lo no aceptable. Así era. Yo, personalmente, no lo entendía. Jugaba con mis hermanas, y me rechazaban, si me acompañaban, porque nuestra madre me hacía responsable de ellas, siempre. Si no salíamos juntos no podíamos salir.

Naturalmente, si bajábamos a jugar, con la merienda de chocolate, la cuestión de la exclusión de las niñas, se convertía, por mero interés, – creo – automáticamente en un corro sin reparos, ni rechazos.

¿Qué marca es? ¿Cuántas onzas traéis…? ¿Repartimos… somos amigos, verdad…? Bueno. Este era el juego, compartir, por interés, o por necesidad, o porque los otros niños, merendaban, cuando iban a sus casas… ¡Quién sabe…!

Pero, rodando un día y otro, un buen día de primavera, estaba jugando en el prado vecino de las Colominas, entre el camino que iba hacia La Muela, recogiendo saltamontes, mi madre, me llamó: ¡FEDE, a casa! No sabía para qué. Simplemente, me desnudó, me quitó el pantalón corto con tirantes, y me metió en un barreño, con agua templada, restregándome todo el cuerpo con un estropajo y jabón-Lagarto. Me secó al natural, al sol, como a las sábanas que tendía en el prado, los domingos, después de lavar y darles color con azulete. Sábanas, que se secaban al Sol, previa fijación con piedras en las esquinas y vigilancia militar-infantil, por aquello de que un viento inoportuno del oeste, o del norte, no se las llevara.

Yo, inocente, no sabía a qué venía el lavarme un día de sol, con tanta rapidez. Me vistió, con otro pantalón corto de domingo, un jersey de punto, unas botas sin calcetines, y me puso de ropa interior, unas bragas de mis hermanas, porque hasta ese día, a mi no me habían puesto nunca unos calzoncillos.

No me sorprendí en absoluto. Yo creía que era la norma.

Después de comer, apareció mi padre Ramón, antes de la hora de la llegada habitual, que eran las cinco o seis de la tarde. Llegó a la una: había pedido permiso, para llevarme al parecer a la Escuela. Me cogió de la mano, y andando de prisa llegamos a la Escuelas Graduadas, allá, al lado del Cine Viejo. Habló, con el Maestro: Rafael Calzada, un señor que me pareció muy mayor, y allí, sin más explicaciones me dejó.

El Maestro, me presentó al resto de alumnos, todos niños, y para hacerlo, me puso delante de todos. Yo creía que me iba a sentar en la fila primera. No señor. No sé por qué razón – aún hoy – y me sentó, sin más argumentos: que ¡Hala…! al último pupitre niño, con las manos vacías, y, mi mundo hecho pedazos.

Solo veía las espaldas de los demás niños. Oía sus susurros y comentarios ininteligibles, supongo, que por la novedad de la llegada de un niño rubio de siete de edad, con las manos en los bolsillos y mirada angustiada. Mis hermanas y mis padres ya no estaban. Mi mundo feliz se deshilvanaba.

Poco a poco, me compraron una pizarra, de las festoneadas con maderitas blancas, muy pequeña, y unos pizarrines, que les llamaban de “manteca”, que dibujaban de manera muy clara en ella. Había que borrar con saliva, o el codo del jersey, para volver a dibujar, o repetir aquellos garabatos de las vocales, a, e, i, o, u, mil veces repetidas, y nunca bien aprendidas. El pupitre, por cierto, estaba con muchos rayajos y manchas azules. Tenía un agujero, sin tintero, y apenas, podía mirar por encima del pupitre. Tenía que ponerme de rodillas en el asiento, si quería ver al profesor en su mesa, vigilando a los otros niños como escribían en sus pizarras grandes con pizarrín duro, lo que estaba escrito en la enorme pizarra de la pared.

Había también, una estufa de leña en el centro, con una chimenea estrecha de tubo de chapa, que salía por el cristal de un ventanal, y que, por cierto, nunca pide explicarme como habían podido hacer un agujero redondo en un cristal sin romperlo. Misterio…

Nunca me extrañó, que el maestro nos recordara, que si podíamos, trajéramos de casa unas leñas, para reponer en la leñera común de primer grado, para cuando, casi siempre en invierno, había chupones en los tejados.

El frio, parecía como un juego, los dedos, generalmente, sin guantes, quedaban agarrotados. Las orejas se ponían rojas de los picores. Los guantes solo los llevaban los hijos de los ingenieros, capataces de las minas y algunos otros niños de familias con posibles. En general, yo mismo y mis hermanas, más tarde, llevábamos capas voladas de paño, de un poco más de tres cuartos, de botones los niños, y cruzadas por el interior, las niñas, generalmente de color azul o negras, con caperuza incluida. Las botas de cuero, de cordones, bien untadas, decían que de sebo de caballo, porque así escurría el agua y la nieve. Las niñas llevaban ¿katiuskas…?, que no entraba el agua en ningún caso. También, en ocasiones, cuando no llovía, pero había nieve, y eso duraba dos o tres meses al año, íbamos con madreñas de las de toda la vida, unas negras, con dibujitos en las punteras, otras de color claro, sin teñir o sin adornar. Hoy, es un vago recuerdo…

Las primeras letras, en una gran Pizarra Negra al fondo del aula, que me parecía como un túnel lejano. Dos enormes fotos en la pared: de un señor mal encarado y de mirada perdida, con gorra militar, creo, ¿o quizá no? y, otro señor, peinado hacia atrás, con camisa azul abierta y unas flechas en el bolsillo, brazos cruzados y mirando hacia no se dónde. Había también, unos mapas raros, colgados con marcos de madera, que el Maestro Sr. Rafael, punteaba con una especie de vara de avellano, con punta brillante, señalando, ríos, cordilleras, mares, cabos, islas, golfos y demás accidentes naturales. Había, no puedo olvidarlo, un crucifijo de madera oscura y un Sr. sin ropa, clavado en las maderas.

Creo recordar, que debíamos de hacer la señal de la cruz, ¿persignarnos…? al comenzar la clase a la mañana. (La memoria juega malas partidas…)

También, había un cuadro, de tripas dibujadas, de colores, que me daba mucho asco: ¡Intestino grueso y delgado!, estómago, y demás palabrotas que estaban fuera del alcance de mi entendimiento y comprensión de un niño de siete años.

La hora del recreo, salir de corrida, junto al resto, atropellándonos, y gritando. Bueno, yo gritaba poco. Pero todos previamente, pasábamos por los urinarios de niños, a hacer pis. Había, quienes hacían valer sus habilidades al orinar descaradamente, o al menos, eso a mi me parecía. No estaba acostumbrado a semejantes apuestas: quién llegaba más lejos u orinaba más alto, incluso mojando a los demás. Era un juego, sin ¿malicia…? supongo que sí. Esos juegos de habilidades urinarias, los protagonizaban los que para mí eran mayores: tenían, ocho, nueve y diez años. Yo tenía siete y además era el nuevo, sin más. Todo el interés de algunos era ver, como orinaba el niño rubiajo, y eso para mí, era un suplicio…

Después, vuelta, y a las 12 y media o – no recuerdo bien – a la una, salida de estampida, para ir a comer a casa, y volver para las dos y media, o las tres hasta las cinco. Daba igual, en invierno, que en verano. Nunca faltó nadie a clase. Quizá no era necesario, porque, un buen día visitó el Colegio, al parecer un Sr. Inspector Escolar, que informó, que una o dos veces a la semana, teníamos que traer de casa una rebanada de pan, y una taza o vaso, porque iban a traer queso de untar en unas latas grandes y leche en polvo.

El maestro: Rafael Calzada, navaja en mano, uno a uno, en rigurosa fila, por orden de pupitres, iba directamente sirviendo el queso untable en el pan y escanciando un sorbo de leche en polvo disuelta en agua, a cada niño. La verdad es que aquel queso, que no sabía a nada, era un queso, como de mantequilla endurecida, y la mal llamada leche, era una especie de me-junge para los gochos, porque, habiendo, yo mismo, recogido la leche en la casa del Sr, Alberto el Pellejero, de su vaca lechera recién ordeñada, y habiéndola hervido y retirado la nata de medio dedo, para mi y mis hermanas, me parecía, que todo eso era un juego, normal, pero un simple juego.

Muchos años después, supe, que aquel teatrillo, era un subproducto de aportaciones e intercambios militares por interés del Sr. Serio y cara de pan del cuadro de la escuela. Misterios, que no duran en el imaginario de un niño, más que un suspiro en el silencio…

Autor de la fotografía: Piti