Una ventana en la memoria (viejas neuronas de juventud)

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Villablino, plaza del. Ayuntamiento. Por la izquierda: Tino, José Luis, Manuel Lema Pose, Santiago, Manso y Armando López Suárez.

Tras seis años exprimiendo una memoria ya exhausta y con miedo a repetirme, este blog había entrado en una etapa casi vegetativa con escasa publicación que, además, yo percibía cada vez menos original, menos intensa. Seguía habiendo visitas pero sin que yo tuviera constancia de si eran lectores ocasionales o visitantes con la intención expresa de buscar los contenidos del blog. De repente, en Marzo y Abril de 2019, he visto una actividad inusitada de lectores que recorrían de forma compulsiva una entrada tras otra los post de Villablino y de Omaña. Este autor del blog no cabía en sí de satisfacción, claro.

Durante la Semana Santa, la actividad lectora se incrementó aún más e incluso los visitantes empezaron a interactuar con sus comentarios, el summum. Primero fue Lucas Losada González, de Cuevas del Sil y condiscípulo mío en segundo de bachillerato en la Academia Carrasconte de Villablino, sorprendido de que le citase en Buscando a doña Urraca. Faltaba más Lucas, destacabas mucho sobre los demás. Luego fue Manuel Lema Pose que había estado recientemente en Villablino y me aclaró en un comentario los nombres del pie de foto de los alumnos de cuarto de bachillerato. Gracias Manolo. Estaba claro que eran mis contemporáneos.

Ayer, mientras estaba atento al debate de los candidatos a presidir España, me llegó un correo de Manuel Tercero, un nombre que no me decía nada. Abrí la primera foto anexa, con ese precioso tono sepia de las instantáneas antiguas, y quedé en shock, ajeno a las mentiras de nuestros próceres en televisión. Fue como abrir una ventana al pasado, al Villablino de alrededor de mil novecientos sesenta. Era el pasado que me interpelaba. Parece una cursilada, pero así fue.

Allí estaban Armando, Pose, Santiago el de La Moderna, Manso a los que conocí y reconocí de inmediato y también Tino y José Luis que me eran muy familiares aunque no recordaba ni su nombre ni mi relación con ellos. Seguramente Piti el fotógrafo pasó por allí y, como tantas veces, al grupo de reunidos le pareció oportuno hacerse una foto sin motivo alguno especial, solo por el placer que proporcionaba la espera para ver cómo de bien habían quedado en la foto, que pagarían a escote cuando Piti la hubiera revelado. Había que aprovechar que estaban vestidos de domingo y que no había mucho más que hacer, un día lluvioso de invierno, quizá reunidos allí sin más objetivo común que resguardarse de la lluvia o intentar adivinar de qué iba la película a partir de unos pocos fotogramas que se exponían protegidos por una tela metálica de gallinero, entre la tienda de periódicos de Baquero y la frutería de la madre de mi amigo Tinito. ¿Cuántas veces habría hecho yo lo mismo? Lo mismo era pedir a Piti que nos tirara una foto porque sí o preguntarse ante la cartelera si la película merecería la pena o ponerme a cubierto en aquellos tediosos y lluviosos días de invierno. Fue como verme a mí mismo en aquel mismo sitio sesenta años atrás, con vestimenta similar, peinado parecido e igual de desocupado que ellos. Vamos, como si me hubiera subido a la máquina del tiempo. En la imagen todos miran a cámara salvo Armando que parece ignorar al fotógrafo, pero no es casual. En todas las fotos suyas de la época que conozco adopta la misma posición ladeada para ofrecer su perfil más favorecedor. No en vano era el Danny Zuko del pueblo, el mejor tupé de la comarca y jefe de la cuadrilla T-Birds de Villablino. Si la historia de Grease hubiera transcurrido en Villablino, Armando le habría birlado la chica al mismísimo Travolta.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil. Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta. De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

Alumnos de cuarto curso de la Academia Carrasconte de Villablino delante del atrio de la iglesia de Villarino del Sil.
Acompañaban a don Urbano para cantar la misa solemne del día de la fiesta.
De pie por la izquierda: Luisa Ribera López, Emilia, Constantino, Manuel Lema Pose asomando la cabeza, don Urbano, ¿Mercedes? y Felipe Fernández Magadán. Delante del cura Javier Martínez Cuadrado. Agachados: Ángel García González y Tomás.

La foto siguiente también me sacudió interiormente. Allí estaba la cara más que risueña del cura don Urbano, que tantas veces nos habló en la Academia Carrasconte de las fabulosas historias de la Biblia (ver Mane, Tecel, Fares), con un tono muy alejado del amenazante de don Gildo (ver Don Gildo y don Veribaldo), el interventor de nuestras almas que veía en cada uno de nosotros un firme candidato al Infierno. Sus sempiternas gafas oscuras, casi de ciego, no consiguen anular su aura optimista y de buena persona. Espero que me haya perdonado el calentón que le dimos a su moto (ver La Guzzi de don Urbano) en el campo de fútbol de Sierra Pambley intentando emular a Luisma el de la gasolinera. Si algún día me lo reprochara, diría en mi descargo que su hermano Mauro no nos lo puso nada difícil, más bien al contrario. Seguramente en la Guzzi se desplazaba a Villarino del Sil (creo que antes era del Escobio), escenario de la foto con el fondo del angosto valle del Sil tras haberse engullido las aguas del río de Los Bayos y Caboalles. Todas las caras me resultan familiares y reconocibles como los del curso siguiente, con un trato distante como correspondía al estatus que un año más aportaba. Algún percance académico de Felipe hizo que coincidiéramos en algún curso posterior. Con quien más me relacioné fue con Javier Martínez Cuadrado, el bailarín más estrambótico de nuestros guateques (ver Coplillas de ciego), sobre todo cuando los dos fuimos los únicos de la Academia Carrasconte en hacer Preuniversitario en León. Algunas tardes venía a estudiar conmigo a mi casa de Ramiro Valbuena. Luego le perdí la pista.

1959 Villablino, campo de fútbol de Sierra Pambley. Tradicional partido entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte el día de Santo Tomás de Aquino.
Equipo de la Academia. De pie por la izquierda: Conrado, Manolo “El Babiano”, Julio Martínez Pestaña, Manuel Lema Pose,  Ángel Valencia López y Alfredo González Chimeno.  Agachados: Tino, Quique Fdez Llanos, Armando López Suárez, Agustín Cosmen de Lama y ¿?.

El escenario de la última foto que Manuel Tercero sitúa en 1959 es el campo de fútbol de Sierra Pambley, el único que conozco con dos pendientes. Una transversal cayendo hacia el valle del Sil y otra longitudinal que descendía en dirección a Rioscuro, lo que seguramente hacía muy difícil discernir cuál de las dos porterías era más ventajosa. Pero con todo podía la juventud de aquellos futbolistas y la rivalidad entre el Instituto Laboral y la Academia Carrasconte que alcanzaba su clímax cada festividad de Santo Tomás de Aquino. De la Academia son los aguerridos futbolistas de la foto, que pone en evidencia que el material deportivo era escaso pues no había camisetas para todos, los calzones se los había traído cada cual de su casa y Manolo, “El Babiano”, tuvo que oficiar de portero con su pantalón de pana de diario y jersey de lana. Unos con botas de fútbol, otros con zapatos normales y hasta con deportivas. Un revoltijo de futbolistas de varios cursos. De mi curso eran Conrado, Manolo, Armando con los que conviví largas horas en clase y Agustín que, además, era amigo de los de a todas horas. Con los de los otros cursos compartí aula forzosamente pues era usual que en la misma hubiera un curso con un profesor dando clase y vigilando al otro curso mientras estudiaba. Eran situaciones en las que la última fila del curso que daba clase era fronteriza con la primera del otro curso y propiciaba la confraternización entre distintos y a veces la aparición de conflictos. Recuerdo haber coincidido en ocasiones con Chimeno que me enseñaba orgulloso su reloj Bulova y algunas veces compartí con él largos castigos arrodillados en el pasillo central, casi en penumbra, de la planta alta, para purgar alguna indisciplina colectiva. Con nuestros culos jóvenes aposentados en las duras piedras de la tapia, esperábamos impacientes a que el fotógrafo disparase la foto, pero debía tener alguna dificultad con el encuadre porque Armando, que está encajado entre dos compañeros que le dificultan ponerse de perfil como en todas sus fotos, no para de forzar el cuello intentando salir por su lado bueno. El duro Danny Zuko no baja la guardia nunca.

Manuel Tercero resultó ser Manuel Lema Pose y sus tres magníficas fotos un formidable motivo para recordar cosas que aparentemente había olvidado, pero que alguna vieja neurona mantenía latentes a la espera del estímulo adecuado. Gracias Manuel por tus fotos, que resumen muy bien cómo éramos.

Imágenes gentileza de Manuel Lema Pose.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

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Jirones XIX. PITI un alquimista de la fotografía

Autor: FEDE GARCÍA 9 de Abril de 2018

1964. El autor, Fede García El “Rubiajo”, con Ángela, hija de Piti.

Ha pasado algún tiempo – no en balde – desde que, JIRONES XVIII, vio la luz en la – quizá larga marcha de recuerdos prensados en una memoria que se niega a ser estéril – en “LEMBRANZAS”, una página prestada, que de manera amable, dispuso  el Sr. Calzada.

Fede: “EL Rubiajo”, tras este “lapsus temporal”, retoma la mini-serie de escritos que, intentan dar continuidad a unas experiencias escolar-bachilleradas, muy personales, en los límites de una adolescencia inverosímil y cuarteada por las realidades sobrevenidas en un mundo limitado, entre el Cueto-Nidio, las Rozas, el Sil, y las  humarradas del tren-carbonero Villaseca-Ponferrada…

Entre otras nieblas, se despeja la imagen de “PITI”, un fotógrafo autodidacto, que se liberó de sus trabajos de mecánico en los Talleres de la M.S.P, de reparación de material móvil en las cercanías de la estación de Villablino.

“PITI”, me dio cabida en su local de fotografía, en la calle———-, durante dos o tres años, a tiempo perdido, como aprendiz de fotógrafo y guaje de los recados, durante los cuáles recibí las lecciones básicas del misterio de la fotografía en Blanco y Negro.

Los sábados a la tarde y los domingos, acompañaba, casi siempre, a “PITI” a llevar a cabo algún trabajo esporádico, pero, las más de las veces, eran actuaciones al instante, en función de la visión de águila del maestro que cámara el hombro, enfocaba, disparaba y después avisaba, como experto captador de unas esencias y paisanajes en tránsito permanente.

Lo admirable para un adolescente semi-despierto, era la preocupación por descubrir el secreto de la alquimia de la fotografía: Un secreto, que suponía muy bien guardado, por aquél que lo poseía, dada la prudencia y solemnidad con las que administraba las dosis necesarias y útiles a la curiosidad insaciable del aprendiz de oportunidad de fotógrafo.

“PITI”, me concedió al honor, de reponer un carrete KODAK, de los de “veinte” en una máquina simple-Kodak, para una clienta en su Estudio, delante de él mismo, bajo la lupa de su mirada que fiscalizó todos los movimientos: “Rebobinar” el cliché ya utilizado” … “Comprobar que quedaba suelto y bien rebobinado, a fin de poder abrir la máquina y que no se velase el mismo” ; “ sacar el nuevo de la caja y colocarlo con mucho cuidado en la posición correcta, para una vez fijado, poder desenrollar el cliché necesario para fijarlo en la rodela de arrastre en sentido inverso, de tal modo, que en cada ocasión, que se disparara la máquina para una nueva fotografía, se pudiera arrastrar de forma debida, el siguiente tramo de cliché”… Naturalmente, fueron los nervios del principiante los que gobernaron la ocasión, conduciendo el experimento a la más completa ruina, ante el sonrojo y angustia de FEDE: No se cerró bien la tapa, se soltó el enganche de la rodela de arrastre, y quedó velado el cliché. Resumiendo: “PITI”, si corrigió el problema, invitándome a intentarlo de nuevo, sin su ayuda, naturalmente. Con mucho más cuidado, repetí la operación con otra carga-Kodak de veinte, quedando gestionado el tema, ante la clienta por el mismo precio, y el honor de FEDE a salvo.

El Señor “PITI”, tenía la capacidad de promover el interés de aquel rubiajo – hijo de Pedrosa “El Barrenista” -, que le acompañaba, y además, se interesaba, por las artes de un fotógrafo ¿Free Lance…? que hizo de su actividad extra-laboral, su medio de vida, en un medio casi inhóspito e insólito, desde su residencia en el barrio, donde estaba encajado el Cuartel de la Guardia Civil en Villablino. El pasillo de su casa estaba plagado de clichés colgantes sujetos con pinzas de madera de ropa, como si fueran telarañas adornando el techo, dado que, siendo todavía  niño tenía que ir a su casa a recoger alguna foto, o, en otras ocasiones a recoger la Radio de “Lámparas encendidas” que se había estropeado, porque, “PITI”, también hacía las veces de “Reparador de Radios de Bujías”.

Allí, en su casa, antes de instalar su “ESTUDIO PITI”, en la Avenida – prácticamente al lado, de lo que hoy es el Museo….., él hablaba de que, con unos líquidos nuevos había podido positivar fotografías en “COLOR”, pero, que no le quedaban muy bien…necesitaba más tiempo y mejores clichés. No se conformaba, con el Blanco y  Negro, en absoluto.

Lo cierto, es que no se cansaba de decir, que la fotografía, no solo era el arte de reproducir una escena, un hecho,  o un material inanimado; Hacía falta algo más: El encuadre, la luz, la velocidad, manejar el diafragma, como su fuera un lápiz, la composición, los contraluces, la oportunidad, el silencio, la naturalidad… nunca haría ¿Ni hizo…? una fotografía por exigencia de oportunidad …le molestaba, sin más.

Fede, le acompañaba, también en el Cuarto Oscuro, donde se producía el milagro de la alquimia: Los clichés tenían que ser positivados: Totalmente a oscuras – sin luz roja – destripaba el cliché de su carrete y lo introducía en una especia de fiambrera repleta de líquido, donde permanecía un tiempo indeterminado, para después, sacarlo y comprobar ante una luz tenue, si aparecían las imágenes del negativo, y, también, su calidad. En ocasiones, volvía a introducir, de nuevo en el mismo líquido el cliché un tiempo más, dado que no le gustaba el resultado.

Positivado el Cliché, lo ponía, o los ponía, cuando eran varios a secar de modo natural,  fijados como los calcetines del colgador de ropa a la “Pinza” de madera, ante una luz muy tenue.

Comprobado que los “Clichés” no tenían ni rastro de humedad alguna, se entraba al segundo nivel de la alquimia de la fotografía:

Ante una luz previa muy tenue ROJA, OBSERVABA, a contra luz, los fotograma en negativo, que tenía que positivar. Los analizaba, y comentaba, casi en voz en alto, el tiempo necesario de exposición de luz sobre el Papel-Kodak, en función de la calidad del cliché, que debía de utilizar. Habitualmente, si la fotografía se había tomado con poca exposición y poca luz – interiores – necesitaba entre diez o doce segundos. Si al contrario, la fotografía se hubiera tomado con alta velocidad ante mucha luz, la exposición, no pasaba de cinco o seis segundos. Incluía en el Proyector, el juego de manos, modulando la luz, mientras comentaba que el juego de luces y sombras, también se podía gestionar, haciendo que unas zonas del Papel-Kodak, que se iba a positivar, recibieran la luz, unas segundos más o, en otras ocasiones de menos.

Continuaba, con el milagro de las Las Cubetas de líquidos, que eran Tres: Cubeta UNO: Liquido positivador. Cubeta DOS: Líquido Fijador. Cubeta TRES: Agua para limpiar.

En las tres cubetas blancas rectangulares, y juntas, se  pasaba el papel procedente del Proyector, de modo automático. A la Cubeta UNO, donde tras un lapsus temporal discreto se empezaba a dibujar los contornos de lo que se emulsionaba, hasta que en pocos segundos, se distinguía con claridad, el fotograma impreso. Naturalmente ese primer paso, había que hacerlo con pinzas, porque el líquido – un ácido – dañaba los dedos. Comprobada a la luz roja- la calidad, o la ruina de la fotografía se continuaba o se desdeñaba la misma, repitiendo el proceso. Si, era válida la misma, se pasaba al Cubeta DOS, la del  líquido-FIJADOR, también un ácido, pero que tenía la función contraria: Retener y/o, paralizar el proceso de positivar el papel, fijándolo en los términos que le interesaba.

De acuerdo o no, con la opinión de FEDE, el aprendiz de brujo, a tiempo parcial, respecto de la calidad del trabajo, bajo la siempre vigilante, luz ROJA, se pasaban el papel-Kodak (Con brillo o Sin-Brillo), positivado a la Cubeta TRES, la del agua para lavarlas media docena de veces, y pasarlas a continuación al secadero de cuerda-bramante en la Sala, permaneciendo colgadas toda la noche, hasta que a la mañana siguientes estuvieran bien secas. No siempre se utilizaba un secador eléctrico que en poco tiempo secaba las mismas, aunque quedaban siempre un tanto arqueadas, sobre todo las de brillo. Este secador, donde podían secarse del orden de cuatro o seis fotografías, solo se utilizaba en ocasiones cuando la necesidad  dictaba.

La paciencia y rigurosidad de “PITI”, en su afición, dejó una profunda huella en su Aprendiz Temporal, al hilo del interés por las buenas imágenes, las buenas composiciones, los contrastes, y la artesanía en su sentido más real y humano: “PITI”: La fotografía es un arte, que jamás te aliviará, pero te alimentará las ganas de reflejar lo positivo de la vida a pesar de la sordidez de la misma que en demasiadas ocasiones romperá el encanto de la misma”

Nota: Último comentario, dedicado a “PITI”, en interpretación libre.

 Fede García: El “Rubiajo” hijo de Pedrosa “El Barrenista” y de “Isabel, la Andaluza.

Jirones III. Primer grado y Comunión.

Autor: FEDE GARCIA, 10 de Julio del 2014

1957. Fede García González el día de su Primera Comunión.

1957. Fede García González el día de su Primera Comunión.

Frío. Mucho frío. No recuerdo, si había calefacción con caldera, en los bajos de las Escuelas… Sí había carbonera y leñera, y la estufa de leña. Los niños, cabizbajos, ateridos, con los dedos de las manos entreabiertos, porque, solo el roce de uno con otro, ya causaba picores. Los sabañones era lo común. Calentarse las manos, para poder, orientar el pizarrín, o el plumín de tinta, con mango de madera puntiaguda, era todo un poema.

La tinta, negra siempre, no estaba congelada, pero casi, en unos pequeños tinteros, que, cada día, el Sr. maestro tenía que rellenar con una botella de tinta que tenía en el armario de cristales, al lado de su gran mesa de madera, con el plumero, útiles de escritorio, el puntero de avellano, y, una paciencia enorme, para, dictar a viva voz, las redacciones del día.

El “su maestro”. apócope infantilizado del Sr. Maestro, habitual, era, previo alzamiento de la mano oportuna, era una tregua esperada por el resto de los azorados niños (niñas no había) no estaban al lado de los niños. Estaban en el duplicado de las aulas, en el edificio común, en la parte derecha del mismo, separados, incluso los patios de recreo, por un muro de piedra de los “cal y canto”, que separaba, hasta las cancelas de la entrada y salida del niñerío.

El muro, era un muro sólido, eficaz en su objetivo. Tal como la separación de la educación por naturalezas, casi logró, fosilizar, la natural convivencia y crecimiento compartido de niños y niñas en términos de normalidad, cuyas consecuencias en el futuro próximo de cada niño y niña, han sido diezmadas.

Además, el Sr. Cura: Don Gildo. Nos visitaba una vez a la semana, y nos hablaba del Catecismo, de historias bárbaras, de lo malo que era no estar bautizado, de que teníamos que aprendernos de memoria las oraciones habituales: Ave María, Padre Nuestro, etc, El rosario, las cuaresmas, los ejercicios espirituales, las confesiones obligadas y necesarias, el terror a que cualquier pensamiento, obra, y también, por omisión, se podían sumar en el debe personal, pecaditos veniales, que por repetición se podían convertir en pecados mortales graves, o muy graves…, de difícil, reparación, ni incluso con las indescifrables “INDULGENCIAS”, que al parecer, podía ser PLENARIAS, y ¿Parciales…? No recuerdo bien.

Si recuerdo, que, debíamos de hacer la PRIMERA COMUNION, y para ello, había que recibir ¿Clases de apoyo-extraescolares…? La Catequesis, a la que era obligado asistir, atender, y además entender. Estas lecciones de orientaciones cristiano-católicas, eran ofertadas, por las llamadas y reconocidas “CATEQUISTAS”, bajo el control y complacencia del Sr. Cura Párroco, Don Gildo. (Hermenegildo Cachón Cordero), para más señas, que en tiempos de pre-comunión, comprobaba la marcha del entendimiento común en estas materias, en una pequeña ermita-capilla, que existía al lado del Cine Viejo de Villablino.

Las explicaciones prácticas, de las diferencias entre lo que era un pecado venial, o mortal, eran particularmente angustiosas, para mentalidades casi-infantiles, en pleno desarrollo. Por ejemplo: Un pecado venial, es como una pequeñita culebra, que te puede morder, pero no te mata; un pecado mortal, es como la mordedura de una víbora: te mata, sin más trámites…

Nuestras mentes salían espantadas de tales explicaciones. Esa noche, era imposible dormir, pensando en las culebras y las víboras.

Aún así, acababa, el Sr. Don Gildo, apaciguando nuestra natural ansiedad, con unos caramelos y un: ¡Os espero el viernes que viene…!

Hubo comunión, como no. En Mayo: La misa mayor de domingo, los trajes, el rosario, el librito de pastas brillantes y lecturas de historias viejas en letras rojas y papel cebolla. Fotos, familias agrupadas en torno a su vástago o vástaga, vestidos y vestidas, como jamás se había visto. Un exceso absoluto, al margen de las economías cuarteadas de las familias de base de toda la vida. Había que pedir prestado, para el vestido de la niña, para un solo día, o del niño. ¡Qué más da! Por cierto, a mí, me vistieron de capitán de marina, todo de blanco: El traje y sus abalorios, me los regaló mi abuela paterna Josefa Pedrosa Busquets, desde Jaén, con toda su buena fe, y aprecio por un nieto, que crecía y lo educaban muy lejos de ella.

Aunque eso, sí. Siempre, cabía la posibilidad de reestrenar los ajuares ejemplares del día, la próxima comunión en el siguiente año, porque en el escalón familiar extensivo, siempre existía el candidato o candidata de primer grado, que recogiera los arreos, en una, dos o más ocasiones.

Lo que era digno de mención y recuerdo era la chocolatada-comunal- que ponía la guinda a tal excepcional celebración: Una gran mesa común, alargada, con sillas de tijera de madera, con mantel blanco, tazones de loza, y chocolate a la taza, hirviendo siempre, con algunas pastas, baberos blancos o de cuadros, por aquello de las manchas en traje nuevo, más, el alboroto comunal, por haber superado todos y todas, con matrícula, el aquelarre anual de acogimiento a la comunidad cristiano-católica.

Por cierto, tardé años en entender la diferencia, entre cristianos y católicos, protestante y ortodoxos. Nadie nos lo explicó. Solo nos explicaron las guerras, los buenos y los malos, los moros y los cristianos, lo malo que era no confesarse por lo menos una vez al mes, o a la semana, o cada día, y cumplir con penitencias absurdas, que nunca eran suficientes, comunicadas en secreto, en la sombra de un Confesionario oscuro y en ocasiones, maloliente, a través de unos ventanucos de maderitas cruzadas, que daban miedo, y sin ver, a quien te ordenaba, siete ave-marías, tres padres-nuestros, un acto de contrición y, de propina, rezar el rosario un par de veces, por supuestos pecadillos de pensamiento, porque de obra, eso quedaba para los mayores…

1957. Chocolatada primera Comunión.

1957. Chocolatada Primera Comunión.

Autor fotografías: Piti

Piti el fotógrafo (entre Robert Capa y Gento)

Piti (primero por la izquierda), con otros fotógrafos de Laciana.

Cuando hace unos años revisé las fotografías de toda una vida, encontré bastantes fotos 4×4 o a lo sumo 5×5, de las que obteníamos con maquinuchas que solo tenía botón de disparar y una ruleta para avanzar el negativo. Eran tan pequeñas y sus lentes de tan poca calidad, que resultaba trabajoso reconocer las caras y hasta discernir lo que se había fotografiado. Al llegar a la época de Villablino ya había fotos de mayor formato, bien encuadradas y enfocadas, en las que todos los fotografiados eran perfectamente reconocibles. En el reverso todas tenían un sello redondo que decía “Foto Piti – Villablino”. No sé si Piti era nombre, apellido, alias o nombre de guerra, pero todos en Laciana sabían quién era Piti. Conocí a Piti allá por 1955, cuando él aún era trabajador en el taller que tenía La Minero en las Rozas. A los veinte minutos de haber oído la sirena que daba fin al turno de la mañana, veía aparecer por la calle que subía de El Cruce a quince o veinte hombres embutidos en monos azules, que ocupaban toda la calle y que caminaban con prisa pues el hambre ya apretaba. En la primera fila siempre estaba Piti, moviendo sus piernecillas con garbo y braceando para no quedarse rezagado y me daba la impresión que era él el que dirigía el curso de la conversación. Era pelirrojo y pecoso y cuando he visto a Dustin Hoffman en su época madura, me lo ha recordado por su forma de caminar y su gestualidad. Al llegar a la altura de Correos, él tiraba hacía su casa de Pérez Vega donde vivía y tenía sus trastos de fotógrafo, su segunda profesión que no debía dar lo suficiente para vivir solo de ella. Piti era imprescindible en bodas, bautizos, bailes de Nochevieja, fines de curso y cualquier acto social del que fuera preciso dejar constancia gráfica. Cambiaba el mono azul por un traje, con los bolsillos reventando de carretes y fotos recientes que esperaba entregar a los que se cruzara en la calle, una cartera de cuero en bandolera con las pilas del flash que llevaba en una mano y la máquina de fotos lista en la otra para disparar a novios, padrinos y cualquiera que se lo solicitara. Ejercía de director de escena con autoridad, colocando a cada cual en su sitio y los resultados solían ser excelentes. No había fiesta o acontecimiento que se preciara en que Piti no estuviera presente. Cuando un grupo de chavales le veíamos por la calle con sus trastos, era frecuente que le dijéramos que nos hiciera una foto, que pagábamos a escote, como la mayoría de las que he utilizado en los post referidos a Villablino. Estas fotos surgían sin ningún motivo aparente, eran fotos casuales, fruto de la casualidad de cruzarnos con Piti. La que encabeza este post se tomó, ya oscurecido, delante del bar de Blas mientras esperábamos turno para una partida en los futbolines. Vimos pasar a Piti y enseguida nos entraron ganas de que el fogonazo de su flash, con aspecto de casco de minero y lo único capaz en Villablino de hacer de la noche día, nos iluminara junto al castillo de nieve. Tal parecía que la sola presencia de Piti exacerbara nuestros deseos de aparecer en una foto. Ese era su truco. Aparecía por la sala de fiestas con sus achiperres de afotar y a todos los corrillos se les ocurría, de repente, que había que hacerse una foto. Piti salía de allí después de haber disparado innumerables veces su flash a diestro y siniestro, cuando se le habían acabado los carretes o las pilas del flash, frotándose las manos por la cosecha de negativos y con prisa para positivarlos y convertirlos en pesetas para su bolsillo. Tal era nuestra afición a las fotos, que Piti pudo abandonar su trabajo en el taller y dedicarse en exclusividad a dejar constancia de nuestras vidas en papel fotográfico. Su pasión era el fútbol y yo le vi jugar con el Laciana CF, tanto en el Campo Municipal como en el campo que se construyó en la carretera de San Miguel a la estación. Sus piernas cortas y musculadas, que más bien parecían jamones, eran como resortes que le permitían dar saltos impensables para su talla y correr la banda de forma fulgurante y centrar para que remataran los delanteros. Tenía gran ascendente sobre los demás jugadores, les daba órdenes y discutía acaloradamente las jugadas. No sé si me traiciona la memoria, pero creo recordar que también lo vi vestido de árbitro. Me gustaría haber tenido a mano su archivo fotográfico, que seguro me habría evocado infinidad de momentos olvidados de los que Piti dejó constancia. Los negativos de este Robert Capa lacianiego, contenían una buena parte de la historia de Laciana en el siglo veinte. Todo un compendio de imágenes donde se registraba cómo crecíamos, cómo nos vestíamos, cómo nos divertíamos y cómo nos relacionábamos. No sé si algún organismo local ha tomado la iniciativa de conservarlo, pero si no ha sido así, alguien debería hacerlo. En algún post he lamentado lo sucedido con el periódico La Montaña Leonesa, cuando nadie se creyó en la obligación de conservar al menos un ejemplar de cada uno de sus números, como muestra singular de cultura local. Con el archivo fotográfico de Piti, no debería repetirse semejante episodio de desidia. Hoy en día, que cada uno de nosotros llevamos en el bolsillo un chisme que hace fotos, Piti hubiera tenido que volver al taller de la Minero para ganarse la vida. De buena se ha librado. Otro oficio entrañable que se ha cargado este progreso nuestro.

Piti con la camiseta del Laciana CF y de árbitro.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Fotografías por gentileza de Luis Álvarez Pérez

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Apterigógenos, Arquípteros, Ortópteros…. (fin de curso)

Academia Carrasconte (Villablino). Foto fin de curso (1960 o 1961) realizada por Piti.

Ordenando las fotos de toda una vida, me he encontrado con esta de hace medio siglo. Es del curso de mi hermana Loli en la Academia Carrasconte (Villablino), allá por 1960 o 1961. Recuerdo como si fuera hoy todas las caras y sus peripecias vitales, pero solo algunos nombres: Armando, Emilita, Loli, Agustín, …. Costa, don Calixto, don Manuel el director. Al cabo de un par de días recordé otros: Lina La Babiana, la profesora Costa, Celita, Ildefonso en la última fila. No comprendo por qué después de tanto tiempo recuerdo al dedillo la ristra “apterigógenos, arquípteros, ortópteros, … y lepidópteros” y no soy capaz de recordar los nombres de gente con la que conviví durante años. Tres años después, en Febrero de 2009 con motivo de una cena de lacianegos que organizó Mercedes Cachafeiro en Madrid, Agustín me ayudó a completar los nombres que me faltaban: Avelino y Manolito Pol Vega. ¡Qué alivio!. Echo en falta a Katy, a Herminia “La Philips (mejores no hay)” y a otros. La foto es de Piti, el de Foto Piti, futbolista y cronista gráfico de entonces. El escenario, la casa de enfrente de la Academia Carrasconte, al otro lado de la carretera, donde vivían un par de familias que aguantaban estoicamente nuestras carreras y el bullicio que nos acompañaba al entrar y salir de clase y en el recreo. Se ve la escalera de la casa donde terminaban parándose los alumnos de los últimos cursos cuando esquiaban en el prado de detrás de la Academia. Si no conseguían frenar en la carretera, se subían con los esquíes hasta la escalera y alguno hubo que entró hasta la cocina de la planta baja. Todos miran a Piti, menos Armando y don Calixto. Armando mira no se sabe a dónde, pero seguro que intentando salir en la foto con el que consideraba su mejor ángulo. Don Calixto mira hacía Agustín, casi seguro que diciéndole que atienda a la foto y deje las bromas. Aunque la foto es en blanco y negro, recuerdo perfectamente el verde del musgo que colonizaba las paredes de la casa y el rojo intenso de los geranios, plantados en macetas de barro o en latas grandes de conserva. El cemento si que luce con el color sucio y carcomido que tenía en realidad. Salvo Ildefonso y los dos profesores, los chicos van despechugados y ellas, muy modositas con faldas tableadas y escotes hasta el cuello. Hoy llevarían un pantalón vaquero, bien ceñido y por debajo de las caderas, una camiseta que no les taparía el ombligo y mostrando un simulacro de bragas que ni tapan ni calientan. Y solo han pasado cincuenta años. Costa, algo vergonzosa, se esconde detrás de Celita (¿o se acerca a Don Calixto?). En clase de don Calixto, Costa recibía más capones y pellizcos que los demás y se decía que le gustaba don Calixto o que a don Calixto le gustaba ella. No sé cómo podíamos llegar a esa conclusión en base al reparto aleatorio de los capones de don Calixto. Pero debíamos estar en lo cierto, pues he sabido que se han casado. Me alegro por los dos, Costa siempre amable, risueña y buena amiga y don Calixto el mejor profesor que he tenido. Cada vez que me miro al espejo no veo nada que recuerde al muchacho que tenía la barriga salida para dentro. Me tranquilicé un poco en la cena de lacianiegos: entre los cincuenta y tantos que nos reunimos (de los de la foto, solo estaba Agustín), juntábamos un buen número de calvas y barrigas reglamentarias, tal como corresponde al medio siglo transcurrido. ¿Seguirá Armando teniendo ángulos buenos?

Alumnos de cuarto curso posando ante la fachada desconchada de la Academia Carrasconte de Villablino y las bicicletas con las que algunos llegaban a clase.
Desde la izquierda, chicos: Felipe Fernández Magadán de Villarino; Alfredo González Chimeno que tenía un reloj Bulova y era de San Miguel; Quique Fernández Llanos de Villager; Julio Martínez Pestaña de Caboalles; Manuel Lema Pose; Javier Martínez Cuadrado. Chicas: Luisa Ribera López, Emília y ¿Mercedes?
(Los nombres me los ha facilitado Manuel Lema Pose)

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

Autor fotografía cabecera: Foto Piti. Fotografía de cierre gentileza de Luis Álvarez Pérez.

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calza