La tía Milce y el coronavirus (el fuego purificador)

La tía Milce

La tía Milce

Es 10 de Marzo de 2020, víspera de que los hospitales de Madrid dejen de atender en consultas y operar todo lo que no sea urgente o grave por la amenaza del coronavirus, ese bichito que vino de Asia y lo ha trastocado todo. Todo parece normal aparte de alguna gente con mascarilla. Deambulando por el hospital, uno de los lugares que frecuento, me sorprendo pulsando los botones del ascensor con el dedo doblado o abriendo la manilla del aseo con el mango de la muleta o con el codo. Inevitablemente me acordé de tía Milce.

Himilce de la Calzada González, familiarmente tía Milce, era la segunda de los diez hijos que tuvieron mis abuelos maternos y desde que recuerdo siempre vivió con ellos, aunque recientemente he visto una foto con una indumentaria que no se correspondía con la habitual de Sosas del Cumbral y he sabido que hizo unos cursos de primeros auxilios y que trabajó en el hospital del Niño Jesús en Madrid, antecedentes que me cuadran con que fuera ella quien ponía las inyecciones en casa de los abuelos. No sé si fue durante esta época cuando comenzó su obsesión por la limpieza extrema, por la asepsia, o fue una reacción provocada por el contacto continuo con animales domésticos que eran auténticas fábricas de excrementos: boñigas inmensas de vaca, oblongas caballunas que se recogían para complementar la comida de los cerdos (ver Síndrome de Diógenes) y que ellos devolvían en forma de abundante estiércol que no recuerdo si tenía una denominación específica, las gallinazas de las aves de corral, cagalitas de cabras y ovejas, etc, etc. Unos daban leche, otros huevos, otros jamones, otros lana, otros….. y todos sin excepción producían mierda de todos los tamaños, colores y texturas con la que había que convivir, que a diario había que limpiar y almacenar en el estercolero pues sin tales sustancias las tierras de solano darían espigas de centeno muy magras, según el dicho “boñigas hacen espigas”. Es lógico pensar que tanta porquería con la que estaba obligada a convivir a todas horas, pudiera haber provocado un rechazo tan extremo.

Tía Milce era la encargada del ordeño y acudía cada mañana y cada noche a la cuadra llena de aprehensión, con un caldero, un paño blanco y una cañada para aliviar las ubres de las cuatro o cinco vacas del abuelo, a la luz vacilante de un precario farol de aceite. Calzaba madreñas que evitaban el contacto directo con el estiércol y un pañuelo negro en la cabeza que le cubría ambos mofletes para protegerse de los rabotazos, inevitablemente manchados de restos de boñiga y orín, que prodigaban las vacas incomodadas por los tirones acompasados con que tía Milce les exprimía los tetos. Cada vez que llenaba la cañada vertía la leche en el caldero tamizándola a través del paño blanco y que luego en la cocina volvería a colar de forma más minuciosa. Hiciera frío o calor, terminaba de ordeñar con prisa por acercarse a la cancilla de la huerta donde confluían los ríos Baltaín y Omaña para limpiarse a fondo de tanta inmundicia.

De tanto frotarse tenía el cutis brillante como un espejo y las manos hinchadas y agrietadas por los sabañones, inevitables de tanto lavarse en el agua helada del río hasta no sentirlas y que después de las abluciones intentaba reanimar acercándolas a la chapa de la cocina de leña. Era la misma agua helada donde lavaba la ropa de la casa incluso en invierno, con aquel jabón áspero que la abuela fabricaba con todo tipo de desperdicio graso, huesos y sosa cáustica, muy eficaz con la colada pero que agravaba aún más su ya maltratada piel.

El jabón no era suficiente para sentirse limpia. No lo presencié nunca pero parece que, con gran alarma de la abuela porque se quemase o provocase un incendio, a veces encendía papeles y pasaba las manos y los antebrazos por las llamas en un rito extremo de purificación. No sé si además de esterilizarse la piel, al modo en que la abuela desinfectaba las agujas con que extraía los pinchos de cardo o gatiña de las curtidas manos del abuelo, era una especie de entrenamiento para los rigores del Infierno del que toda la vida intentó huir a base de rezos. Con la duda permanente de si las oraciones serían suficiente para ganarse el salvoconducto hacia el Cielo o si tendría que comparecer ante Pedro Botero, amo de las calderas infernales, más valía estar entrenada en eso de la chamusquina. Cada vez que oí el chiste de un infierno donde los pecadores vivían en una piscina llena hasta al cuello de mierda y que cada poco un diablo pasaba una inmensa guadaña al ras por encima de las cabezas, me acordaba de tía Milce. Nunca se lo pregunté, pero probablemente a ella le hubiera aterrorizado más la piscina con mierda y la guadaña que obligaba a sumergir las cabezas, que las llamas con que nos pintaban el infierno como summum de los martirios.

Siempre la recuerdo trabajando, tejiendo, rezando o lavándose. Esas manos maltratadas por excesiva higiene y la esterilización a fuego, tenían que empuñar con fuerza el escavín para quitar las malas yerbas de los pies de la patata o la hoz para segar el centeno o sujetar el cepillo de raíces con el que blanqueaba las maderas de pisos y escaleras ayudándose de agua y lejía que le quemaban la piel indefensa pues los guantes de goma aún no se habían inventado.

Salvo en verano cuando los sobrinos la sustituíamos, también era la encargada de llevar a pastar a las vacas mañana y tarde, incluso sábados y domingos, ir a la fuente a por agua y todo tipo de recados más propios de niños. Además ayudaba al abuelo en las tareas del campo y era la encargada de subirse al carro para organizar las forcadas de yerba seca que nosotros le aupábamos hasta conseguir darle un volumen similar al autobús de línea. Entretenía las largas horas de pastoreo tejiendo a ganchillo cantidades ingentes de hexágonos o cuadrados con los que formaban primorosas colchas, tapetes y fundas de cojines o metros y metros de puntilla para ribetear servilletas y manteles o tejía artísticos paños para colocar en el respaldo de sillas y brazos de sillones o debajo de jarrones y candelabros de la iglesia.

Cuando llegaba a casa después de estar con las vacas o ayudando en otras tareas del campo, mientras los demás se daban un respiro, ella sucumbía a su necesidad de limpiar y de estar limpia. Se la veía atravesando a la carrera el corral y la huerta camino del río a lavarse o lavar algo. Cuando volvía evitaba mancharse abriendo las puertas con la mano usando el antebrazo o el codo (como hago yo ahora en el hospital por miedo al coronavirus), pero antes de llegar a casa ya había tocado algo con las manos y vuelta a lavarse al río, en un trajín interminable. Para ella tener las manos limpias era vital y se la podía ver de pie apoyando en las caderas la doblez de la mano y el antebrazo, una postura forzada que solo adoptamos los “normales” con las manos sucias de pintura o algo así.

En verano, cuando las tareas eran más intensas y el calor apretaba la necesidad de higiene se incrementaba y la sorprendíamos de vez en cuando en un rincón apartado del río bañándose en enaguas, el traje de baño habitual de las lugareñas que también vi usar a Mari la de Carola y alguna prima, con el consiguiente enfado por su parte al sentirse descubierta.

Esta obsesión por la limpieza provocaba que a veces la riñeran con una cierta severidad, lo que se traducía en un enfurruñamiento por su parte, pero no por ello desistía de la obsesión que no podía controlar. La limpieza extrema era una obligación más, una pesada tarea añadida a toda una vida dedicada a ayudar a sus padres, no sé si por decisión propia o por la obediencia debida a los progenitores, tan vigente entonces. Progenitores tirando a severos, a los que se trataba de usted y se profesaba un respeto y obediencia extremos, casi bíblicos. Mientras el resto de hermanos estudiaban, creaban familias y tenían trabajos más llevaderos, ella dedicó casi toda su vida a acompañar a los abuelos. El sacrificio de un hijo permaneciendo al lado de los padres y renunciando a su propia vida en beneficio de los demás hermanos, era algo habitual en las familias y seguramente no siempre reconocido y agradecido. Nunca la oí quejarse por ello, ni disputar o meterse con los demás. Trabajaba de forma incansable y solo necesitaba algo de tiempo para el aseo y para sus rezos.

Porque, siguiendo la tónica familiar, su otra obsesión era ser buena cristiana de misa diaria y rosario y estoy seguro que mientras tejía y vigilaba de reojo a las vacas, rezaba y meditaba sobre cómo ser mejor. Cuando por la noche, cansada de trajinar, se ponía a rezar o leer, tardaba horas en pasar una página o rezar un misterio pues se dormía y tenía que volver a comenzar. La recuerdo con mucho recogimiento, los ojos entrecerrados y musitando las oraciones con los labios como haciendo un puchero, en aquellos rosarios en penumbra en los que participábamos toda la familia. A la primera cabezada de tía Milce los sobrinos estábamos pendientes de cómo entraba en sucesivos trances de los que salía como con estupor y algo asustada por semejante flaqueza de espíritu y cómo recuperaba el aire de recogimiento mientras avanzaba las cuentas del rosario por las avemarías que calculaba se había saltado en la ensoñación. Los sobrinos malandrines intercambiábamos sonrisas maliciosas sin reparar en lo cansada que estaría del trabajo diario y seguro que alguna vez fuimos un poco injustos con nuestras bromas o tomaduras de pelo inmerecidas. Disculpa, tía.

Muerto el abuelo, la abuela y tía Milce fueron a vivir a León con las otras tres hermanas solteras y allí trabajó en una fábrica hasta la jubilación. Entre que tenía mucho tiempo ocupado, que el río no estaba tan a mano y que los excrementos se habían quedado en Vegarienza, parece que la manía por la limpieza remitió.

Los últimos diez o quince años los vivió en un ensimismamiento que no la impidió enterarse de todo lo que sucedía a su alrededor. Dedicaba buena parte del día a leer de manera repetitiva un libro de El hermano Rafael, monje trapense, que de tan releído se había desencuadernado y era un manojo de hojas sueltas. Si le dabas la entrada a una frase escogida al azar, ella la completaba de memoria. No sé si trataba de exprimir al límite las enseñanzas del fraile trapense o un método para mantener la cabeza ágil. No parecía consciente de lo mayor que era pues con noventa y muchos años cada vez que sus hermanas Pili y Tere, bastante más jóvenes que ella, salían de casa les preguntaba preocupada por si ellas no volvían, “¿Creéis que os volveré a ver?” Murió con 99 años como había vivido, mansamente, sin dar la mínima lata.

Si el malhadado coronavirus se hubiera encontrado de frente con la tía Milce, no creo que hubiera sido capaz de llevársela por delante, de tan limpia, bruñida y desinfectada como estaba siempre. Ciertamente el cuerpo de tía Milce era el espejo de su alma, obsesionada por su salvación pero limpia, sin dobleces, sin rencor. Si acaso algún resquemor con la vaca Garbosa por sus certeros rabotazos que la ponían perdida de boñiga cuando la ordeñaba. Tía, espero que al otro lado de la vida hayas encontrado por fin el reposo necesario en un sitio sin polvo ni manchas y por si acaso un río cerca, transparente como el Omaña y con aguas más templadas a poder ser, quizá lo más parecido al Cielo que pudiste desear en vida.

Mujer ordeñando.

Mujer ordeñando.

Imagen tomada de: botanical-online

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Pepe “el Portu” (filósofos de cantina)

Pepe "el Portu"

Pepe “el Portu”

Nunca he entendido como están organizados los foros de los pueblos de Omaña, Laciana y Babia de verpueblos.com. Entro cada vez que un email avisa que se ha publicado algo nuevo y allí estoy un rato husmeando entre fotos antiguas y comentarios. A veces doy un primer vistazo y dejo para más adelante leer con detenimiento los comentarios. Cuando vuelvo sobre el tema el enlace ya no apunta a la foto o comentario que me interesaba y soy incapaz de encontrarlo. O soy un torpe o este foro es muy enrevesado. También puede ser que cambie adrede la primera página para que salgan a la luz fotos y comentarios antiguos y así provocar nuevas reacciones de los visitantes. Me pasó la semana pasada cuando lo primero que vi en el foro de El Castillo fue una foto de “El Porto” que había sido publicada hacía cuatro años, junto a muchos comentarios elogiosos. Yo había incluido algún pasaje sobre él en varios puntos del blog, pero enseguida que vi la foto tuve claro que Pepe merecía tener su propia entrada en la galería de personajes omañeses.

Me chocó que todos los comentarios se refirieran a él como “El Porto”, porque yo siempre entendí que era “Pepe el Portu”, por su ascendencia portuguesa y así le nombraba yo. En el foro se decía que su padre participó en la construcción de la carretera. Pepe el Portu fue el único portugués que conocí por entonces, aparte de los maderadores que aparecían por allí cada vez que alguien les llamaba porque necesitaba vigas para rehacer el maderamen de un pajar quemado en las últimas majas, ya que dominaban la técnica de convertir un tronco de árbol en vigas y tablones (oficio que los franceses denominan scieur de long por su maestría para aserrar los troncos en toda su longitud), ayudándose de unas enormes tronzas y cuerdas teñidas de azul para marcar los cortes sobre el tronco. Siempre me parecieron discretos y habilidosos. Nada que ver con la fama de exagerados y torpes que los mayores se empeñaban en imbuirnos cuando contaban que para que aprendieran a desfilar en la mili de Portugal les colocaban una polaina de cuero en la pantorrilla derecha y que la orden de marcha era “o coiro, o non coiro, o coiro, o non coiro……”, mientras que a las lumbreras hispanas era suficiente con decirnos “izquierda, derecha, izquierda….”. Maledicencias de vecinos chismosos. Supongo que Pepe el Portu oiría esta broma infinidad de veces y maldita la gracia que le haría. Pude comprobar personalmente que los maderadores eran gente habilidosa, seria y muy cumplidores en el trabajo. En Los oficios describo con cierto detalle cómo recuerdo haberles visto realizar su trabajo en el prado de El Valle, camino de Sosas, preparando las vigas con las que Humberto convirtió la cocina vieja de casa de mis abuelos en una casita adosada a la principal.

Técnica de los maderadores portugueses para aserrar a lo largo

Técnica de los maderadores portugueses para aserrar a lo largo

El Portu tenía fama de buen pescador y yo lo veía muchas mañanas, poco antes del mediodía, pasar por delante de casa de mis abuelos en Vegarienza a caballo de una bicicleta que conducía con una sola mano mientras sujetaba con el codo doblado del otro lado la caña de bambú enteriza que llevaba al hombro y con la mano sujetaba un cigarro de picadura que acercaba a los labios cada poco. Alpargatas azules, boina calada hasta las cejas que a duras penas conseguía contener su abundante cabellera negra, cesta de mimbre al hombro y una indumentaria algo desastrada completaban su atuendo. El desnivel constante de la carretera, quizá unos pulmones más gastados de la cuenta y probablemente que sabía que a mediodía no era la mejor hora para pescar, hacía que su marcha fuera parsimoniosa. El esfuerzo carretera arriba hacía que su rostro pareciera más coloradote y congestionado de lo habitual. Vivía en Guisatecha y como el río estaba acotado hasta el puente de Vega, salvo que alguien le pagara un permiso de coto para que le pescara unas cuantas truchas para un convite, se veía obligado a desplazarse hasta Vega o Aguasmestas para pescar en la zona libre del río. Yo le vi pocas veces en el río y muchas en las cantinas.

Y tiene una cierta lógica, pues de todos es sabido lo voluble que es el apetito de las truchas omañesas y Pepe El Portu, que las conocía mejor que nadie, cuando veía que las truchas no entraban a sus engaños no se entretenía aporreando el río como hacíamos los aficionados. Entonces se plantearía la disyuntiva de sentarse en la orilla hasta ver cebarse de nuevo a las truchas o volver hasta su casa, echar un rato por allí y volver al río más tarde. Además que tanta humedad podía ser mala para la salud lo primero debía ser aburrido y lo segundo ni pensar en ello (porque…. ¡joder lo lejos que quedaba Guisatecha!), lo más sabio era esperar en casa Selima o en la venta de Aguasmestas donde siempre había alguien con quien pasar el rato hasta que fuera hora de volver al río. También tengo la impresión de que al pasar por delante de casa Selima muchas veces debió sucumbir a la invitación de sus colegas a hacer un alto, incluso antes de verificar si las truchas picaban o no. Después de casi una hora pedaleando desde Guisatecha y el último calentón de la cuesta entre la casa del herrero y la de Selima, a ver quién era el majo que resistía la tentación de refrescar el gaznate por el que ni siquiera habría pasado el desayuno.

En aquellos lugares además de contar y oír historias también se bebía y entre que él no debía comer mucho y que consideraba, según aseguran en el foro de El Castillo, que el vino “…le servía de comida, bebida y además le calentaba el cuerpo….”, ¿quién sería el guapo en resistirse a una dieta tan completa y condensada? Más de una vez debió olvidarse volver para el río, para suerte de las truchas. Tras tantos ratos dedicados a la conversación en la cantina, no sé cómo era capaz de encontrar el camino de vuelta a casa ni a qué hora volvía. Lo digo porque yo le vi subir carretera arriba muchas veces, pero no recuerdo haberle visto nunca volver hacia abajo. No sé si la conversación y el libamiento le retenían hasta tarde en la cantina o que acostumbraba a pescar al sereno hasta muy avanzada la noche, con lo que pasaría por delante de nuestra casa cuando todos dormíamos. Seguro que cualquier disculpa sería buena para demorar el regreso a su casa desvencijada y fría. Con lo calentito y acompañado que se estaba en las cocinas-cantina de Selima y Pacita.

En casa Selima se le veía alternando con Pepe el del Taruco, Eduardo el de Santos y otros. No en el bar que era para el público en general sino en la cocina, como la gente de confianza, mientras Selima trajinaba en el fogón, en una esquina de la mesa el cacharrero despachaba su cena y Maxi gateaba por allí pendiente de las gracietas que le hacían los mayores. Alguna vez vi como el Portu se despachaba un puñado de bicarbonato para acallar la acidez que le atormentaba de tan poco comer y mucho beber aquel vino cuya reciedumbre se reforzaba con la pez que sellaba los pellejos donde lo almacenaban.

Tomás, Pepe el de Faustino y yo solíamos salir a pescar a media tarde río arriba, con la intención de convertir las truchas en dinero y que Pepe lo multiplicara en la timba de casa Pacita en Aguasmestas y allí coincidimos muchas veces con Pepe el Portu. También se le podía ver por casa Sandalio en El Castillo, aunque quizá allí fuera más por afición que por una pausa obligada por la inapetencia de las truchas.

Nunca lo vi en casa de Joselín donde yo entraba solo cuando en casa Sandalio no tenían lo que me habían mandado comprar. Y las pocas veces que entré lo hice con la sensación de estar trasgrediendo una regla no escrita pero que siempre percibí muy vigente, que consistía en que si entrabas en casa de Sandalio no debías hacerlo en la de Joselín. Esta regla no estuvo tan clara en Vegarienza mientras el Secretario tuvo el bar abierto, pero en general el que iba al bar del Secretario no entraba en casa Selima y al revés. Mi percepción, seguramente errónea, era que las casas de Joselin y de Selima eran más para profesionales del bebercio, para los bebedores empedernidos, mientras que casa Sandalio y el bar del Secretario eran para gente más “normal”, menos dependientes del vinazo. Probablemente esta apreciación mía tenía algo que ver con el activismo moral imperante que obligaba a dividir a la gente entre buenos y pecadores, entre los que bebían basicamente agua y si acaso un vermut los domingos al salir de misa y los que necesitaban el vino como combustible vital.

Como apoyo de esta estrambótica teoría estaba que casi todos los días a última hora de la tarde veía partir de Vegarienza a Floro, don Pedro el médico y alguno otro que no recuerdo en dirección a El Castillo, pasaban de largo por delante de casa Sandalio y se aposentaban diez pasos más allá en casa Joselín. ¿Era esto una confirmación de la regla que mencionaba antes o es que el vino de Joselín era muy diferente o el trato muy distinto? No lo sé ni soy un experto en bares, pero siempre creí que esas distintas querencias por las cantinas eran ciertas. Probablemente Pepe el Portu habría sabido darme una documentada explicación.

En el foro de El Castillo se alababa justamente la pericia pescatoria de el Portu, atribuyéndole incluso la invención del arte de “la pesca al garbanzo” que se hacía con una forqueta, modalidad de la que nunca oí hablar y no me extrañaría que fuese una broma de el Portu. Según cuento en El río Omaña si sé que el Portu pescaba

…con cebo natural, lombriz, maraballo o gusarapa, y con mosquitos artificiales que el mismo fabricaba. Decían que cuando estaba pescando y veía volar una mosca de mayo, sacudía la caña y el nylon como si fuera una tralla y la mosca se posaba mansamente en la punta de la caña. Él la cogía, la ensartaba en el anzuelo y conseguía una trucha bien gorda, pues no había una sola que resistiera la tentación de tragarse aquel insecto transparente de color verde suave, que pataleaba y revoloteaba sobre el agua”.

No sé si el Portu dominaba las artes de pesca prohibidas como el trasmallo o la tiradera, si pescaba a mano con tanta pericia como lo hacía su madre según afirman en el foro o si usaba el ferpón. Quizá no, pues no recuerdo que tuviera incidente alguno con la Guardia Civil o con el guarda ríos, algo que terminaba sabiéndose. Ni a qué se dedicaría cuando las truchas empezaron a escasear en el río Omaña.

Por el foro sé que se llamaba José María Martínez Rabanal. Ni rastro de ascendencia portuguesa en sus apellidos, pero independientemente de la influencia de esta componente genética se podría decir que Pepe el Portu era omañés como el que más. De la misma Guisatecha, donde no recuerdo que hubiera cantina pero sí que el río estaba acotado, lo que le obligó a pescar por encima de Vegarienza. Y por el camino oía, insistentes, cantos de sirena que salían de las cantinas. Así fue como aquel maestro en el arte de la pesca también se convirtió en experto en cantinas. Lo uno y lo otro requería predisposición, ser un artista y dedicación. Y a las cantinas el Portu le dedicó media vida. Gabinete Caligari cantaba “…bares, que lugares….para conversar….Jefe…sirva otra copita más…”. Pero en aquellas cantinas el vino no lo servían en copita. Junto al bote de bicarbonato te dejaban el jarro delante para que te sirvieras tú mismo, y como las truchas no se iban a marchar del río aunque te entretuvieras un poco y ¡se estaba tan a gusto en la cocina de Selima!, que…… Tiempo había para que la bicicleta te llevara, solita, hasta el áspero jergón de Guisatecha!

De no estar acotado el río a su paso por Guisatecha, ¿qué habría sido de el Portu?

Pepe “el Portu” rodeado de chavales en la puerta de casa Sandalio

Pepe “el Portu” rodeado de chavales en la puerta de casa Sandalio

Imágenes tomadas de: verpueblos.com/foro el Castillo (OctavioGarcíaGonzález y Aude), pstrimoine.hpy.free.fr

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

El tío Emilio (un hombre ensimismado)

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

1948. Tio Emilio en el campamento de milicias universitarias.

El tío Emilio fue el sexto de los diez hermanos de la Calzada y, como todos, nació en Sosas del Cumbral, en la casa-escuela donde su padre era el maestro. Él fue el primero en ponernos un mote a los sobrinos: yo era Carcoma en alusión a mi apetito desmedido, Fernando era Tiriti sin que recuerde el por qué y Eduardo, el más pequeño, era Fardel porque llevaba los pañales siempre cargaditos. Loli era Lirila, pero no sé si el mote se lo puso tío Emilio o lo hicimos los hermanos para que no se fuera de rositas.

Él y mi madre, que le precedía, fueron los primeros hermanos que los abuelos mandaron a León con la finalidad expresa de estudiar. Como aún no disponían de lo que luego sería la cabeza de puente para el desembarco del resto de los hermanos, el piso de Ramiro Valbuena, tuvieron que estar de alquiler en casa de unos conocidos compartiendo una habitación de dos camas con dos hijos de JoaquínEl Tremoriego” de Sosas, chico y chica, una cama para las chicas y otra para los chicos, al puro estilo omañés: una cabeza en cada extremo de la cama. Al año siguiente Emilio cambió aquella precaria pensión por los rigores de un colegio de frailes.

Cuando llegó la hora de la universidad se fue a Madrid y no sé si que sus tíos Paco y Bernardino fueran médicos pudo tener alguna influencia en que cursara Medicina. Siempre he escuchado que era muy inteligente. Quizá el estar sobrado de aptitudes para el estudio le hizo entretenerse con algún tema ajeno a la carrera, incluido una cierta dedicación a la poesía. Estas distracciones alarmaron a tía María, era la encargada por los abuelos de mantener el orden y la autoridad sobre los sucesivos hermanos que salían del pueblo para estudiar, que viajó a Madrid a restablecer el sano orden de las cosas que parece ya no volvieron a descabalarse nunca más.

Recuerdo que al término de las prácticas de milicias universitarias que hizo en alguna plaza africana con el grado de alférez, nos visitó en Roa de Duero y le trajo como regaló a mi madre, con la que creo estaba muy unido, una bolsa moruna de cuero y base redonda que se cerraba con unos cordones también de cuero y que nos acompañó en nuestras compras durante muchos años, incluidas las incursiones veraniegas a la búsqueda de huevos en los pueblos próximos a Vegarienza (ver Guardianes del camino). También le regaló, posiblemente con los primeros dineros que ganó como médico, una máquina de coser Alfa con la que mi madre consiguió vestir a once hijos a lo largo de muchos años sin que sufriera percance mecánico alguno. Aún hoy sigue en perfecto uso, silenciosa eso sí, a la espera que alguna de mis hermanas la herede. Una maravilla técnica ajena a la obsolescencia programada y, sin duda, la pieza más importante del ajuar familiar.

Cuando acababa el curso el tío Emilio regresaba a Sosas, se despojaba de su pátina de universitario y participaba como uno más en los quehaceres de aquella familia de labradores, no exentos de riesgo como cuando estuvo a punto de que se lo comieran los lobos camino de Manzaneda (ver El lobo), y en los ritos y costumbres de aquella sociedad tan tradicional y adaptada al entorno rural, donde las trastadas (ver A nateras y quesos) eran una forma de incorporar alguna diversión a la rutina diaria, aunque fuera a costa del escarnio de algún convecino.

Creo que fue el primer miembro de la familia en disponer de cierta holgura económica y cuando venía por Vegarienza siempre traía algún artilugio que nos asombraba, lo que no era muy difícil en aquel entorno tan tradicional donde cualquier elemento del ajuar o las herramientas habían sido inventados siglos antes. Podía ser una maquinilla de afeitar eléctrica (que no solía funcionar por lo escasos voltios que producía el generador de la Sierra), o una de reserva y manual a rodillos con la que se desollaba la cara. También fue el primero que trajo un transistor a pilas con el que intentaba inutilmente oír, debido a las montañas que nos rodeaban, lo que decían Radio Pirenaica y Radio España Independiente del régimen de Franco y su inminente caída.

Yo creo que aquel empeño por oír la radio era porque si Franco moría él no quería demorarse en saberlo. Y es que creo que era un poco rojo y descreído, una auténtica oveja negra en una familia tan de orden y cristiana, que no desperdiciaba ocasión de tomar el pelo a sus hermanas cuando las veía tan dedicadas a rezos y visitas a la iglesia, empeñadas en ganarse la otra vida en la que seguramente él, tan conocedor del aspecto puramente físico del cuerpo humano, no creía. No es de extrañar que su paso por la universidad de finales de los años cincuenta del siglo veinte donde ya existía un fuerte movimiento de oposición, basicamente promovido por el partido comunista, al régimen franquista y al sindicato universitario oficial, el SEU, le hubiera impregnado de ideas anti franquistas. Yo viví en ese ambiente estudiantil unos cuantos años más tarde y lo entiendo perfectamente. Creo que ninguno de sus hermanos estuvo en contacto con un entorno tan politizado, de ahí que se mantuvieran hasta el final como creyentes y políticamente conservadores. No sé cómo valoraba la familia el distanciamiento del tío Emilio de los asuntos religiosos y sus ideas políticas, pero no recuerdo haber presenciado ni discusiones al respecto ni reproches.

También fue el primero de la familia en tener coche. Era un seiscientos en el que todos los que nos montamos pasamos mucho miedo porque teníamos conciencia de lo que significaba la velocidad (algunos habíamos experimentado lo peligroso que era afrontar en bicicleta las curvas demasiado deprisa y terminar en las zarzas) pero que al tío Emilio parecía traerle sin cuidado. Durante la carrera de Medicina tuvo que familiarizarse con conceptos físicos tales como la presión, la gravedad, la temperatura, etc. Nadie debió hablarle de la inercia que tiende a sacarte de las curvas o él por su cuenta había decidido prescindir de tan importante parámetro. Así que mientras los pasajeros apretábamos el culo en las frenadas viendo como nos echábamos encima de camiones y autobuses o nos mirábamos asustados sin atrevernos a rechistar en las curvas de Omaña o de la carretera de Ponferrada, el tío Emilio tiraba impasible del volante para mantener al bólido en la trayectoria, se ayudaba inclinando un poco el cuerpo como si fuera un motorista, y ajeno al canguelo de sus acompañantes. Pudiera ser que nosotros fuéramos unos miedosos inexpertos en la materia, acostumbrados como estábamos a la pachorra del manso autobús de Beltrán y al bicicleteo, y que él hubiera evolucionado a técnicas de conducción desconocidas para nosotros. Esto añadía a la atracción que en aquella época suponía subirse a un automóvil, el morbo de las sensaciones de una montaña rusa. O nosotros los autobuseros enjuiciábamos demasiado severamente su manera de conducir o tuvo mucha suerte, pues no recuerdo que tuviera incidente alguno en aquellas carreteras salvo un encontronazo leve con una vaca.

Recuerdo, como si fuera hoy, el día que llegó en el rápido de Beltrán con la que sería nuestra tía Quinita para presentarla en familia. Era una morena guapa, alta y delgada, labios pintados de rojo intenso, sombra de ojos y rímel en pestañas, falda blanca finamente tableada, un niqui de punto a rayas azules y blancas bastante ajustado y zapatos de tacón tan alto que no sé cómo pudo llegar desde casa de Selima hasta la de los abuelos sin torcerse un tobillo entre las desiguales piedras de la carretera. Tuve la sensación de que nunca habíamos visto por allí una mujer como ella, pues me pareció una reina. Yo estaba tan deslumbrado por mi nueva tía que no percibí o reparé en las reacciones de mis abuelos y tías, tan discretos en su atuendo y sobrios en sus manifestaciones, ante aquella mujer que parecía llegada de otro mundo en el que lucir bella y atractiva era lo normal. Pero presumo que, al menos, debieron quedar muy sorprendidos por aquel exceso de espontaneidad. Tuvieron tres hijos que casi nunca aparecieron por Vegarienza en aquellos veranos omañeses tan superpoblados de nietos. Vivieron en un chalecito en Ponferrada donde el tío ejerció de cirujano y fue director del hospital-residencia de la Seguridad Social.

Hoy día todo cirujano debe especializarse durante años en una porción mínima del cuerpo humano ya sea el hombro, la mano, columna, etc. Entonces un cirujano era un médico todoterreno que había superado la aprensión a la sangre y que no le temblaba el pulso ante escenarios quirúrgicos más propios de un matadero o de una guerra. Su campo de acción abarcaba todo el cuerpo, desde la coronilla a los dedos de los pies. Sin más ayuda que acaso una radiografía, todo empezaba cogiendo el bisturí para dejar al descubierto el órgano a reparar, decidir sobre la marcha que hacer ante lo que veía, cortar y unir para terminar recolocándolo todo y cosiendo lo mejor y más rápido posible aquel batiburrillo de vísceras y músculos, confiando en que su ojo clínico y sus manos hubieran resuelto la dolencia. Y a esperar que el paciente no se muriera. A mí me operó de la uña gorda de los dos pies, algo que seguro no venía en sus libros de Medicina pero que él supo cómo afrontar para que dejara de ser un problema para mí.

Salvo cuando estaba de broma o tomando el pelo a alguien, era frecuente verle pensativo y ensimismado, como ausente y poco participativo en las conversaciones, ejecutando algunos tics como estirar el cuello o tocarse la mandíbula con el hombro y moviendo las manos sin finalidad aparente. A veces he pensado que él ensimismamiento pudiera deberse a un proceso mental de elaboración de estrategias para la próxima cirugía complicada que tendría que afrontar; que con el gesto del hombro reproducía cómo detener una gota de sudor que descendía por la barbilla mientras operaba y que el estiramiento del cuello era una forma de aliviar la tensión que se vivía en el quirófano por el esfuerzo físico y la responsabilidad de tener en sus manos la vida del paciente. Sus movimientos de manos podían corresponder con el ritual de lavado estricto de manos y puesta de guantes quirúrgicos ayudado por una enfermera. Gestos repetidos en el quirófano miles de veces, que se habían convertido en tics en su día a día fuera de la sala de operaciones. Obviamente se trata de una especulación, pero encajaría con un entendimiento obsesivo de su trabajo de cirujano, que tengo entendido que le llevó alguna vez a coserse a sí mismo alguna herida que se produjo, con toda sangre fría.

Siguiendo en el terreno especulativo, otra posible explicación a esa actitud ausente y poco participativa, pudiera ser haber asumido que su posicionamiento en lo político y religioso era tan incompatible con el ideario familiar, que debía evitar a toda costa que afectase al buen clima reinante. Conozco estas situaciones familiares en las que discutir acerca de lo que cada uno cree solo produce, en el mejor de los casos, melancolía.

Con mis otros tíos yo tenía mucha familiaridad y seguro que a veces debí resultar un poco cargante intentando que me prestasen atención. Con el tío Emilio a veces tuve la incómoda sensación de que mis preguntas o comentarios de imberbe estaban de más, pues él estaba a lo suyo, dándole vueltas en el caletre a cosas que le preocupaban. Era la ecuación perfecta, un tío ensimismado y un sobrino tímido y apocado que hacía que a veces los silencios fueran casi dolorosos.

Su conocida tendencia política, tan poco saludable en aquella época, y que no disimulaba lo más mínimo, le trajo algún problema judicial. Por esas ironías del Destino, luego fue médico militar y tuvo un papel destacado como cirujano en un hospital militar de Madrid. Cuando Franco murió, algo que durante tantos años esperó impaciente que anunciara Radio Pirenaica, no sé cómo lo celebró o si cuando sucedió ya sus inquietudes políticas se habían sosegado.

Cuando murió, su cadáver fue velado en su hospital militar. El Destino está siempre ahí dispuesto a ponernos en evidencia y, en una última pirueta, hizo que el tío Emilio fuera despedido por familiares y amigos en una institución militar, algo que nunca debió imaginar en sus años de disidencia y rojería. Así somos, muy vehementes en ocasiones sin reparar en que quizá la vida nos ajustará cuentas y contradecirá a la primera ocasión. Como nos ha pasado a casi todos, que coqueteamos con el progresismo en la universidad y de mayores viramos hacia posiciones menos comprometidas. De lo que no tengo duda, a pesar de la relativa distancia que imponía su actitud introspectiva, es que el tío Emilio, al igual que sus otros hermanos varones, fue para mí alguien a quien quise, admiré y deseé parecerme de mayor.

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La derritaina (patatas, patatolas, patatas solas)

Chamuscando el gocho.

Chamuscando el gocho.

La gastronomía de Sosas del Cumbral, última aldea del curso del rio Baltaín (ver El fin del mundo), no se distinguía por su diversidad. Más bien al contrario como sintetizaba en su respuesta, creo que era el tío Josepín, cuando le preguntaban lo que comía “por la mañana patatas, a mediodía patatolas y por la noche patatas solas”. Esas patatas casi transparentes que cuando de tarde en tarde nos las topamos ahora en el plato de algún restaurante modesto, adornadas con un poco de chorizo o unas costillas o trozos de pimientos verdes en un alarde de simplicidad, nos saben a gloria. La frase del tío Josepín enfatizaba lo repetitivo de las comidas a partir de lo poco que se tenía a mano. Doy fe que se podría resumir con desayuno de leche con pan migado, comida a base de patatas con otras hortalizas (las patatolas) y si acaso algo de carne, y para cenar sopas de ajo, algún huevo y más leche con migote de pan o, como decía Josepin, patatas solas.

Porque lo que se tenía a mano era poco. El clima con fríos excesivos, la escasez de tierra de regadío y las horas del día que no daban más de sí, solo permitían cosechar en las linares próximas al río patatas, cebollas, berzas, lechugas, nabos, frejoles y garbanzos y guisantes en los eiros de secano y más arriba, en las tierras robadas al monte, el centeno, único cereal que aguantaba las heladas y conseguía medrar a pesar de la pobreza de aquellos suelos. Del centeno se obtenía un pan recio, casi negro, que se amasaba cada dos o tres semanas en grandes hogazas que ponían a prueba nuestra dentadura, sobre todo las piezas del final de la amasada. En verano los cerezos, guindales y ciruelos y los manzanos, perales y nogales en otoño añadían algo de color y vitaminas a la dieta. Algunas manzanas conservadas entre paja llegaban arrugaditas a Navidad, mientras las nueces podían durar años y constituir el regalo de Reyes como me sucedió a mí junto con mis primeros pantalones largos (ver La vida con los abuelos en Vegarienza).

Para ponerle algo de gracia a aquella monotonía alimentaria vegetal, estaban las proteínas animales obtenidas de diez o doce gallinas viejas al año, alguna perdiz o paloma torcaz apiolada cerca de la cabaña de Pico Pelao, quizá conejo si en la casa había conejera y el gocho, sin duda la estrella de aquel páramo alimentario. Salvo la pelambre del cerdo, que se eliminaba quemándola con antorchas de paja (diga lo que diga el Papa de turno sobre el Infierno, antes de convertirse en pitanza todos los gochos de Omaña pasaban un rato por ese sitio abrasador) y raspando con cuchillos la piel una vez escaldada con agua hirviendo, los cascos de las pezuñas que se desprendían con un hábil giro en medio de tanta chamusquina y el contenido de los intestinos (que en tan aciago amanecer para el cochino, no había tenido tiempo de convertirse en grasa o proteínas), todo se aprovechaba. Incluso del pene se podía obtener un vergajo para avivar el paso de las monturas y la vejiga inflada podía servir como flotador para aprender a nadar en el río. Tras un minucioso trabajo de de-construcción, clasificación y sabia administración de sal y adobo de pimentón, todo ello capitaneado por el ama de casa, aquella redondez con patas que había sido el cerdo tan sólo unas horas antes, terminaba convertido en sartas de chorizos y morcillas, botillos, lomos, planchas de tocino, paletillas y jamones y también el unto de cerdo que estaba siempre a mano de las cocineras. Esta parafernalia prudentemente dosificada a lo largo del año serviría para alegrar cualquier plato.

Por la gran diversidad de productos que de él se obtenían, el gocho de Omaña podía asemejarse a una mina con múltiples frentes y galerías donde extraer carbón, metales preciosos y minerales de todo tipo y utilidad. En la minería cerdil había vetas proteicas, filones grasos y otros entreverados que propiciaban una dieta cerdo-céntrica que podía resumirse en que se comía cualquier cosa con una pizca de cerdo. Tantas pizcas de cerdo como días tiene el año, sin olvidar la importancia que tenía en la dieta los derivados de vaca y los huevos de gallina. Para ser justos, un blasón representativo de Omaña debería contener alguna alusión a cerdos, vacas y gallinas.

Creo que podría considerarse al unto o manteca de cerdo como condimento, al mismo nivel que el pimentón, la sal, el laurel o el tomillo. Si el pimentón daba colorido a los guisos de patatas o los huevos fritos, el unto era responsable de que el más espartano de los guisos pareciera que tenía sustancia, cuando solo era un poco de grasa en forma de ojos flotando sobre las sopas de ajo o un guiso de berzas.

Alguna trucha muy de tarde en tarde y el bacalao en salazón que permitía cumplir con la prohibición de comer carne en los viernes de cuaresma, completaban la dieta en aquellos tiempos difíciles.

Todo aburrido y repetitivo. Mis tías recuerdan que alguien apareció un día con un invento que pudo suponer una innovación en la rutina de las patatas, patatolas, patatas solas. Era una máquina de hacer fideos que una vez elaborados se colgaban de los varales de la matanza para que secaran. Habría que ver aquellos fideos pardos de harina de centeno y renegridos del humo que subía de las trébedes. Nunca vi semejante invento por la casa. Probablemente tras los duros años de posguerra incluso hasta Sosas llegarían los fideos de harina de trigo y aquel engendro caería en desuso.

La anterior reflexión sobre la dieta omañesa surge al hilo de una reciente conversación en casa de mis tías Tere y Pili (que nacieron y vivieron en Sosas), sobre la cantidad y diversidad de alimentos que desfilan por las mesas navideñas de hoy día y que solo de pensarlo nos hace sentir empachados mucho antes del día de Nochebuena. Fue la primera vez que oí hablar de la derritaina que comían en Nochebuena y que ellas recordaban como algo delicioso y destacable en aquella dieta espartana y repetitiva. Y, faltaba más, la derritaina también tenía que ver con el gocho. Con el unto, en concreto. Se calentaba en una sartén manteca de cerdo y cuando estaba derretida, de ahí lo de derritaina, se echaban manzanas y cebollas enteras que se dejaban hacer a fuego lento hasta que casi se deshacían. Se servía caliente espolvoreando algo de azúcar por encima y lo recuerdan como manjar de dioses en aquellas míseras navidades posteriores a la guerra civil.

A primera vista parece una bomba alimentaria, pero comparándola con el carrusel de mariscos, asados, pescados al horno, embutidos, quesos, dulces y turrones que trasegamos hoy día, quizá fuese preferible para la cena de Navidad un guisote de patatas o unas sopas de ajo con ojos de unto y, para cerrar , una rica derritaina omañesa. De hecho, no recuerdo un solo gordo en Sosas del Cumbral y por aquí los hay a patadas. Seguramente el problema será encontrar, entre tanta abundancia de alimentos provenientes de todo el mundo que hoy ponen delante de nuestras narices los supermercados, el humilde unto de cerdo. Créanme, me está apeteciendo una derritaina.

Imagen tomada de: caminandoporparedes.com

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

La fuente del Valle (el último que apague la luz)

Acarreando agua en África.

Acarreando agua en África.

Dicen los que saben, que para 2050 el desierto habrá colonizado media península ibérica llegando hasta las estribaciones del Sistema Central, con lo que el túnel de Guadarrama será un pasillo para entrar en la zona aún algo verde. Al lado arenoso habrán llegado gentes con turbante y camellos para ocupar el territorio abandonado y en el otro estarán apelotonados los españolitos peleando por la poca agua disponible al estilo apocalíptico de la película Mad Max. Habrán regresado los curas con sotana que sacan a los santos en procesión implorando lluvia (ver Sacar el agua del río) y la ducha diaria estará reservada a los muy ricos que habrán añadido el agua a la lista de bienes acaparables y objeto de especulación. Castilla y León, Aragón, La Rioja, etc habrán dejado de formar parte de la España vaciada pues solo existirá la región de la España colmatada. Por fin se habrá resuelto el problema del abandono de las áreas rurales. No sé si sucederá así, pero nos lo habremos merecido por manirrotos. Seguramente no estaré aquí para verlo, pero quizá sea el escenario que les toque vivir a mis nietos.

Cada vez que veo en las noticias o en un reportaje las largas caminatas de mujeres africanas acarreando agua con la espalda doblada, me acuerdo de que también en Omaña el agua era un bien preciado que había que transportar a las casas para cocinar y asearse. Aunque el río Omaña solía traer agua abundante, en las casas no se desperdiciaba ni una pizca porque costaba traerla desde el río con calderos o el jarrón aguamanil y porque, como en todo, regía la norma general de aquella sociedad rural que era no despilfarrar. Había dos actividades que por sí mismas hubieran requerido disponer de gran cantidad de agua en las casas y que se desarrollaban allí donde el agua estaba. Una de ellas era la colada que las mujeres hacían directamente en el río, arrodilladas en un cajón de madera, con las manos agrietadas de sabañones si era invierno y con miedo a las culebras que se resguardaban bajo las piedras de la orilla si era verano. La otra era que las vacas, que siempre llegaban a casa bebidas, cuando en invierno estaban encerradas en la cuadra había que llevarlas a diario a beber al río.

Incluso el agua de boca se consumía con tino. No es que se pasase sed, pero un botijo de menos de tres litros solía durar todo un día para una familia de cuatro o cinco personas, lo que parece poco pues ahora se recomienda una tasa de dos litros diarios. No habíamos oído aún el término pero seguramente vivíamos algo deshidratados, desde luego que peor que los urbanitas de hoy atados a su inseparable botellita de agua. Quizá la explicación de tanto miramiento por el agua esté en que la de beber había que traerla de la fuente, que en el caso de Vegarienza estaba menos a mano que el río. Si en casa había chiquillos ellos eran los encargados de ir a la fuente, como me sucedió a mí cuando viví con mis abuelos en Vegarienza. No sé cuántas veces habré ido a la fuente del Valle con el botijo golpeándome la pantorrilla y cuidándome de las ortigas y zarzas que bordeaban el camino que arrancaba de casa de Corsino y por la ladera del campanario llegaba, río Baltaín arriba, hasta enfrente de la casa del Asturiano donde estaba la fuente entre helechos y zarzas. A través de un tubo de hierro manaba un chorrito de agua que salpicaba en una piedra plana hasta que asentábamos el botijo bajo el chorro. El eco del agua dentro del botijo nos iba indicando lo que faltaba para estar lleno y recuerdo que en verano nos impacientábamos porque el chorro era un hilito de agua.

Había que ir a la fuente a diario, incluso en invierno cuando no se veían las escobas de tanta nieve, y el miedo al lobo se me hacía muy patente cuando intentaba autoconvencerme de que aquellas pisadas recientes sobre la nieve helada en realidad eran de perro. Casi siempre solía buscar la compañía de alguno de los primos de casa de tía Blanca para que el camino se hiciera más ameno y ahuyentar miedos, a pesar de los riesgos que entrañaba la compañía. Podían entrechocar los botijos o romperlos por la prisas en ser el primero en llenarlo en la fuente o rodar por la ladera si se asentaba mal en el suelo mientras intentabas coger una flor de estallete o una mora o que el botijo llegara a casa medio vacío por las peleas entrecruzadas de buches de agua o los concursos de ver quién hablaba mejor mientras bebía agua a chorro o las peleas de chorros que producíamos impulsando el agua por el pitorro fino soplando con fuerza por el gordo. Había un extenso repertorio de formas de poner en peligro el botijo y romperlo era grave, no solo por la responsabilidad que se exigía hasta a los más pequeños en el desempeño de las labores que se les encomendaban sino porque en cada casa solo había un botijo y habría que esperar a que llegase el cacharrero para comprar otro que tardaría varios días en poder usarse pues había que someterlo al cuidadoso proceso de la cura del botijo. La abuela Honorina llenaba el botijo por primera vez con mucho cuidado para que ni una sola gota mojase la superficie exterior, porque se creía que entonces el botijo no enfriaría bien, y le añadía un poquito de anís para quitar el sabor a barro, dejándolo así durante varios días. Junto con el vino, el agua de beber era cosa muy seria y recuerdo que la abuela confeccionaba un caperuzón de hilo que se colocaba en el pitorro ancho para que no entraran impurezas al rozar con las escobas y arbustos camino de la fuente. Otra regla ineludible que nos recordaban a menudo era que antes de llenar el botijo había que enjuagarlo energicamente con un poco de agua.

Estaba claro que había que mirar por cada gota de agua que se acarreaba hasta casa. En la de mis abuelos era muy fácil acceder a uno de los dos ríos que se juntaban precisamente a la bajera de la huerta donde, además, teníamos un pozo con bomba manual que servía tanto para proveer de agua a la casa como para regar lo que había sembrado mi abuela con la ayuda de una canaleta de madera que se colocaba a la salida de la bomba y llevaba el agua hasta los surcos de las hortalizas. En alguna casa, creo que fue en Cirujales en casa de Arcadio el albañil, vi como grado máximo de sofisticación que tenían un pozo dentro de la misma casa y la bomba de mano estaba situada al lado del fregadero. Supongo que la dueña de la casa sería la envidia de todas sus vecinas al tener resuelto de forma tan sencilla una de las tareas diarias más esclavas, traer agua a la casa.

No puedo precisar si fue por los años sesenta cuando en casa de mis abuelos se puso agua corriente elevándola desde el pozo con una bomba eléctrica sumergible hasta un depósito en el desván que surtía a un cuarto de baño y al calderín de la cocina de leña. Lo que si recuerdo es que no supuso dar paso al despilfarro ya que el pozo manaba lo justo y un uso descuidado del agua habría excedido la capacidad de la fosa séptica. Aunque el agua estaba a golpe de grifo, continuamos haciendo un uso moderado del agua.

Con ayuda económica de la Diputación para la compra de materiales, años más tarde se comenzó a traer el agua corriente a los pueblos captándola de fuentes y arroyos, mediante obras en las que los vecinos participaban como mano de obra gratuita. Supongo que fue un alivio tener el agua a tiro de grifo, pero por lo que algunos veranos he oído en Vegarienza no todos conservan el antiguo sentido de la moderación en el uso del agua y la gastan regando el césped, que suena un poco cursi porque toda la vida por allí se había dicho yerba o simplemente verde, comprometiendo el abastecimiento a todo el pueblo en la época de verano. A menudo no se aprecia lo que no cuesta esfuerzo conseguir. Simultáneamente hubo que solucionar el problema de la evacuación de las aguas residuales ya que en los planes de la Diputación solo se contemplaba traer el agua a las casas y no cómo reintegrarla al medio natural. Se echó mano de las fosas sépticas y, como pude comprobar, de la picaresca.

Cuando mi madre se compró la última casa de Villaverde descubrimos adosado a una de las fachadas un pequeño recinto que debió utilizarse como retrete rudimentario, pero suficiente como para no tener que hacer esa actividad corporal al aire libre o en las cuadras como era habitual, detalle que junto a algunas fotografías y postales que encontramos en los arcones de la casa nos hizo pensar que los anteriores dueños podían haber sido algo más que simples campesinos y con hábitos quizá más refinados que el común. La casa no tenía agua corriente pero era relativamente fácil obtener agua para todo uso, excepto el de beber, pues por debajo de la cocina corría una presa de riego con agua del río. Al poco se empezó con la traída de agua desde el monte hasta un depósito que la distribuía a todo el pueblo.

Aquel verano coincidí en Villaverde con las obras de conducción de las aguas residuales hasta la fosa séptica en la bajera del pueblo, ya cerca del río del Valle Gordo, en las que participábamos gente de todas las casas, sin más dirección y conocimientos en el asunto que lo que a cada uno se nos podía ocurrir. Yo participé activamente en los trabajos, llevaba la cuenta de las horas con que contribuían las personas de cada casa, transporté algún material desde el almacén de Ferreras en Soto y Amío y discutí con los demás si hacer las cosas de tal o cual forma. La operativa no era complicada pues consistía en hacer una zanja poco profunda siguiendo la pendiente del terreno, donde se tendían los tubos de cemento prefabricados que se iban empalmando uno con otro sellando la junta con mortero de cemento. Recuerdo que yo me esmeraba mucho en la elaboración de la junta buscando que no se escapara nada de agua. Cuando me vio nuestro vecino Ángel, que participaba en la obra con mucho entusiasmo y que debía temer que reventara la fosa séptica como en casa de mis abuelos, medio me abroncó y me dijo que lo que había que hacer era dejar un poco separados los tubos como había visto hacer en otras obras similares de por allí. Estaba claro que donde no llegaba la capacidad de la fosa séptica y la ausente dirección técnica de la obra, se suplía con la buena voluntad de los vecinos y la picaresca.

Se me acabaron las vacaciones y no sé muy bien cómo se remató la obra hasta llegar con el alcantarillado a la fosa séptica, pero casi seguro que los tubos dejarían por el camino una parte de nuestros excedentes corporales a lo que se añadió que algunas cuadras empezaran a limpiarse a manguerazos en lugar del procedimiento clásico de amontonar el estiércol en los esterqueros para luego abonar tierras y prados (¿qué tierras y qué prados? se me dirá, con razón). Y probablemente (agradecería que alguien me asegurara que no fue así) cuando la fosa séptica se llenó, por algún sitio empezaría a salir un chorrito hediondo que impepinablemente acabaría en el río.

Volviendo al comienzo, entre todos la matamos y ella sola, la que llamamos madre Naturaleza, se murió o se está muriendo, muy deprisa. Empezamos llenando el vaso en el grifo en vez de tirar de botijo y duchándonos todos los días en lugar de una vez a la semana (no sé de nadie que se haya muerto por hacerlo así) y ahora estamos hablando de que igual nuestros tataranietos no tendrán donde llenar sus botijos. Claro que, ¿quién es el guapo que se resiste a las comodidades? Hubiéramos necesitado una mirada más larga y mucho más espíritu crítico para ser capaces de acompasar el abandono de condiciones de vida, que a veces hay que reconocer que eran realmente miserables y esclavas, y el progreso. Progreso sí, pero no a cualquier precio. Tendríamos que habernos cortado las manos antes que dejar que los tubos del alcantarillado de Villaverde fugasen a propósito y alguien con más conocimiento debió de supervisar nuestro trabajo, voluntarioso pero poco entendido, y haber tenido estudiado qué hacer cuando las fosas sépticas se colmatasen para evitar emponzoñar los ríos. Si de los ríos de aguas limpias de Omaña que yo conocí enviamos porquería aguas abajo, ¿cómo puede extrañarnos que dentro de treinta años las dunas hayan cubierto media península?

Si no se da un recio golpe de timón y nos lo tomamos en serio (Estados Unidos acaba de abandonar los acuerdos para luchar contra el cambio climático), algún día en las paredes de la España colmatada se empezará a ver pintadas que recordarán aquel genial graffiti de un aeropuerto uruguayo que advertía El último que apague la luz. Otro día de fuerte viento alguien dirá que ha visto flotar unos granos de arena en la boca norte del túnel de Guadarrama y se desatará la histeria colectiva. Compactas filas de gente avanzarán por los arcenes cargados con la cantimplora y lo más indispensable pues habrá comenzado la segunda migración hacia el norte para ganar unos pocos años al desierto. Los más avisados saben que el viaje será largo y entre sus bártulos llevan unos garfios para saltar la valla que Europa ha levantado a lo largo de los Pirineos. ¿Les suena? Los más débiles y los más sabios decidirán quedarse, unos porque están seguros que morirán por el camino o que no podrán traspasar la valla y los otros porque saben que el éxodo no terminará tras la valla pirenaica, que poco tiempo después habrá que volver a coger el hatillo de migrante, una y otra vez en dirección norte y que encontrarán nuevas vallas hasta llegar al Ártico, donde no quedará otra que tirarse al agua. Salada. Mejor leer algún libro sobre cómo los nómadas sobreviven en las dunas que ya remontan el Alto de los Leones.

Botijos usuales en Omaña.

Botijos usuales en Omaña.

Imágenes tomadas de: Ancorpiu/JavierAcebal, ferreterialospedros.com, artesaniasanjose, pinterest

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Historias inacabadas (tequilla quillo?)

Curso de inglés

Curso de inglés

Mi padre me decía de vez en cuando que yo era un indolente, no sé si porque realmente lo era y él creía que no me esforzaba en conseguir las cosas ordinarias o porque se había creado unas expectativas para mí de las que yo no era consciente o partícipe. Palabreja aparte, es posible que tuviera algo de razón aunque bien pudiera ser más culpable de mi poca iniciativa la gran timidez que me atenazaba de continuo y la sensación angustiosa de no saber que decir en los encuentros con otras personas. Lo cierto es que hay bastantes cosas en mi vida que no pasaron de la fase de proyecto y, en casi todos los casos, fue mi escasa habilidad para relacionarme con los demás la que dificultó llevarlos adelante.

Y es que los negocios no se realizan con uno mismo, hay que relacionarse con los demás y negociar cuál es tu parte en el asunto. O los idiomas que, salvo para leer un libro en soledad, sirven para comunicarse e interactuar con otras gentes. Claro que mal te vas a comunicar en inglés o ruso si no eres capaz de hacerlo en tu idioma materno porque tu inclinación natural es no gastar energía en parlotear. O el escaso resultado que da tener novia y que ella no lo sepa, porque no te atreves a decírselo.

El resultado de esta actitud tan poco facilitadora de las relaciones ha sido un cúmulo de planes inacabados e historias que no han llegado al final que me había propuesto.

Un ejemplo de ello ha sido el aprendizaje del inglés. Y no es que yo fuera un negado para los idiomas. A pesar de ser de ciencias, gracias a los sopapos de mi padre y de varios profesores de la Academia Carrasconte de Villablino, me defendía bastante bien con el latín después de tres años de darle a las conjugaciones, declinaciones, localizar ablativos absolutos y aprender algunas frases capciosas como “Mater tua mala burra est” o “Yovi flores secas” cuya primera traducción era siempre errónea o parecía innecesaria (ver Mater tua mala burra est). La cosa tenía su gracia pues no había que hablar con nadie en latín y, solo por eso, el latín me parecía interesante. Una vez hecho el examen de reválida, tiré el latín a una papelera y solo me sirvió en las visitas a algún monumento de la época romana para fardar ante mis hijos traduciendo lo que decían algunas inscripciones. A poco que se piense, impresiona ser capaz de entender frases que se habían grabado muchos siglos antes, igual que durante muchos siglos un clérigo o un simple bachiller pudiera viajar a cualquier europeo y entenderse con una buena parte de sus gentes en latín.

El idioma vivo que estudié hasta el ingreso en la universidad fue el francés, el lenguaje de la revolución y la ilustración, usado en aquella época por los diplomáticos y en todos los organismos internacionales. Bien pudo haber sido el inglés, pero era francés lo que habían estudiado los profesores de la Academia Carrasconte y que, sin ser especialistas en el idioma, nos empezaron a enseñar lo que hacía Voltaire con su chapeau mientras exclamaba “Au revoire”. La Academia Carrasconte era territorio francófono. Solo en preuniversitario, en el instituto de León, tuve un verdadero profesor de francés, irrespetuoso, insolente y déspota como ninguno, que consiguió que yo terminara con un conocimiento suficiente del francés. Pero ya el francés estaba en declive como idioma tecnológico y perdía terreno claramente ante el inglés. Jamás lo he utilizado salvo para olvidarlo o contestar a algún turista que siguiera a la main gauche o a la main droit. Otro esfuerzo en el área idiomática tirado a la misma papelera en la que ya estaba el latín.

Así me encontré a los dieciocho años en la universidad, viendo que lo que realmente necesitaba era conocer inglés si quería profundizar en la Física pues solo conocía palabras como rok-and-roll o aftershave, muy poco para mantener una conversación y poco útiles si quería optar al Nobel de Física. El inglés en la facultad tenía la misma categoría que la Educación Física, la Religión y la Formación del Espíritu Nacional, las tres Marías les decíamos. Su calidad docente estaba a la altura de la exigencia y todos aprobábamos inglés simplemente con presentarnos. Un amigo y compañero de clase que había vivido en Estados Unidos, se ofreció a darnos clase a los cuatro o cinco del grupo de amigos y un día a la semana intentaba instruirnos en inglés agrupados en una ventana de los pasillos de la facultad entre clase y clase. Digo que intentaba, pues el pasillo estaba muy concurrido y entre interrupciones y chascarrillos aquello fue imposible. Al final de la carrera, a mi acervo previo había añadido tres o cuatro palabras más, lo que tampoco era gran cosa.

En 1968 encontré trabajo, no como físico sino como informático, y lo primero con que tropecé fue unos soberbios manuales de IBM en inglés. Volví a reactivar el plan de estudiar inglés y me apunté a las clases que daban en la empresa. Allí me encontré con el profesor Frechilla que ya me había llamado la atención al cruzarme con él por los pasillos llevando un libro de gran formato y pastas verdes en los brazos como si fuera un niño. Le reconocí de inmediato ya que fue el profesor del primer curso de inglés que yo recuerdo se dio en la televisión y había adquirido gran notoriedad por ello. Mi empresa no reparaba en gastos para llevar a cabo su política de expansión haciendo obras en el extranjero para lo que necesitaba gente conocedora del inglés. En televisión no trascendían las aprensiones y manías de Frechilla, que estaba exageradamente preocupado por su salud y temía morir de tétanos que creía le amenazaba de continuo. En concreto temía sentarse en una silla y que una punta saliente le provocara una muerte aterradora. Tan obsesionado estaba con ello, que iba a todas partes con su libro verde, grande y de pastas duras, que colocaba en la silla a modo de cojín. De ahí que el libro presentase un aspecto abarquillado y mugriento. Mis condiscípulos fueron mi amigo el filósofo Abelardo, insigne y contestado fotógrafo en mi boda (ver Jugando a la lotería), y dos secretarías que querían trabajar en las obras del exterior. Una de ellas debió aprender más inglés que yo, porque sé que estuvo en alguna obra del norte de África con una vida amorosa tan intensa que se pasó por la piedra a todo lo que se movía dentro de unos pantalones. Las clases del profesor Frechilla no me aprovecharon mucho y cuando la empresa trasladó sus oficinas a las afueras de Madrid dejamos de ver al profesor y su libro antitetánico.

Aunque el inglés me habría venido muy bien para desentrañar los numerosos manuales que necesitaba utilizar para mi nuevo oficio de informático, ciertamente la necesidad no era acuciante. Cuando me trasladaron a Sevilla, aparqué el inglés con la disculpa de que por el momento era más práctico y sencillo aprender andaluz. Aunque a veces no fuera tan sencillo descifrar alguna de las frases que te disparaban por allí como “tequilla quillo?”, que se empleaba para mandar callar a alguien pesado y cargante, inmejorable ejemplo de síntesis que en castellano hubiera precisado la parrafada ¿te quieres ir ya, chiquillo?. Economía de lenguaje a tope. Otra ocasión perdida para poder ser considerado políglota.

A la vuelta de mi periplo por Andalucía y Levante ayudando a la construcción de autopistas, el inglés seguía estando en mi lista de cosas por hacer. Ahora había un profesor que se dedicaba a tiempo completo a instruir a directivos y empleados en el inglés. Era un caballero de pelo blanco, muy educado, al que nunca vi enfadarse o perder la paciencia con sus poco aplicados alumnos. Llegábamos a clase apurados, yo al menos, dándole vueltas en la cabeza al trabajo que traíamos entre manos y el profesor era realmente condescendiente con nuestra falta de celo en hacer los ejercicios y prácticas de lenguaje. No había exámenes ni controles de progreso y la clase de inglés era lo primero que se sacrificaba si había un apretón de trabajo. Era un buen sistema para que los que ya sabían inglés mantuvieran frescos sus conocimientos y practicaran hablando con el profesor. El hecho de que las clases fueran continuas a lo largo de todo el año nos daba la sensación, al menos a mí, de que había tiempo más adelante para retomar el asunto con intensidad renovada. Error craso, pues saqué poco provecho de aquella magnífica ocasión.

No debí ser el único en sacar poco provecho de aquel sistema, pues la empresa empezó a ofrecernos clases en academias en Madrid. Era la época en que yo tuve una segunda ocupación por las tardes y el resultado fue que disponía de menos tiempo del necesario para dedicarme con seriedad al aprendizaje del inglés. Siempre llegaba tarde a clase y pensando en algún problema sin resolver. Fue una experiencia peor que la anterior. Mi inglés era suficiente para desenvolverme con la documentación en el trabajo y el problema seguía sin ser acuciante. Y yo, poco consecuente con mis planes de aprender inglés.

En todo este tiempo dupliqué compulsivamente todo curso de inglés que caía en mis manos, ya fuera casetes de audio o video, como si la posesión de tanto inglés enlatado me acercara más a su conocimiento. Solo me faltó ensayar con alguno de los métodos que garantizaba aprender sin esfuerzo durante el sueño. El timo de los charlatanes de feria con la grasa de serpiente curalotodo (ver Charlatanes), ahora maquillado con un soporte tecnológico y sofisticado como la bocina de almohada que publicita el anuncio de cabecera.

Cuando tuve que hacerme cargo de la informática de una empresa del grupo, empecé a ver los inconvenientes de mi falta de seriedad anterior. Era una empresa de ingeniería con mayoría de clientes extranjeros siendo el inglés la lengua habitual en los contratos y, casi sin excepción, todos los programas de cálculo y gestión procedían del área anglosajona. Recuerdo que cuando tuve que hacer el primer pedido de un programa para cálculos de tuberías, tuve que pedirle a un compañero que me pasara el fax a inglés. Qué vergüenza, menos mal que el compañero era buen amigo. Acosado por la necesidad enseguida pedí plaza en los cursos de inglés.

También aquí pude comprobar que los profesores de inglés o se pasaban de condescendientes o eran algo estrambóticos. Recuerdo un profesor muy joven que iba de colega y se quitaba los calcetines en clase para ponerlos a secar en la salida del aire acondicionado. Trabajé mucho con el inglés, vocabulario, estructuras, etc, hasta el punto que cuando salía en bicicleta escribía las palabras más rebeldes en una pegatina que fijaba en el manillar y que repetía durante horas. Los fines de semana cogía la magnífica columna de Manuel Vicent en El País y la pasaba a inglés para que el profesor lo corrigiera. Cuando alguna vez uno de mis hijos leía las traducciones me decía, Eso no es inglés, papá, cosa que el profesor no se atrevió nunca a decirme. Trabajé mucho pero me faltaba la actitud de soltarme a hablar a tumba abierta aunque cometiera fallos de pronunciación o composición por una excesiva autocensura o falta de seguridad. No me veía dominando suficientemente las estructuras del lenguaje y la pronunciación y no terminaba de aceptar que el aprendizaje de un idioma consiste basicamente en equivocarse y aprender precisamente cuando te corrigen.

Cuando una empresa de ingeniería alemana compró la mitad de la compañía, el inglés fue el lenguaje de comunicación con los informáticos alemanes que hacían una cierta supervisión. Todos los años había una especie de convención en Alemania de todas las empresas filiales y cada responsable tenía que exponer los planes anuales. Allí había indios, australianos, centroeuropeos, sudamericanos y yo era el único que hablaba inglés como indio de película del Oeste. El año anterior a mi primer percance de salud, fui capaz de hacer una presentación de quince minutos que parecieron entender los alemanes, quizá más por las explícitas imágenes de Powerpoint que había preparado que por mi inglés. Por fin parecía que entraría en el club de los que conseguían hacerse entender en inglés, aunque fuera macarrónico.

De haber gozado de mejor salud no sé si la persistencia y duro trabajo de los últimos años, a la fuerza ahorcan, habría permitido desenvolverme con el inglés sin tanto sufrimiento. Pero pronto me jubilé y comunicarme en inglés terminó siendo una de las más clamorosas historias inacabadas de mi vida. Hay más, pero creo que ninguna tan dolorosa. No cabe disculparse en la incapacidad hispana para los idiomas o los dudosos métodos de enseñanza, es que he sido un zoquete. Pero…. ¿ cómo habría cambiado esta historia si los profesores de la Academia Carrasconte hubieran sabido inglés? Mecachis!

Imagen tomada de: flicker

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada

Mis primeros vaqueros (piel de quita y pon)

1850 Anuncio de vaqueros Levi Strauss - 1919 Victoria Federica.

1850 Anuncio de vaqueros Levi Strauss – 1919 Victoria Federica.

Acabo de ver la imagen de una nieta del rey emérito con unos vaqueros largos que parecían diseñados, y seguramente tuneados, para exhibir la pierna al completo salvo una tira de tejido a mitad de muslo. Probablemente han costado una fortuna y no precisamente por su eficacia en proteger de la inclemencia climática, sino porque aseguran a su portadora ser el centro de atención y exhibirse estilosa y envidiable allá donde vaya. Y es que la vestimenta, esa segunda piel de quita y pon que, después de tantos siglos de perfeccionamiento y hasta refinamiento, ahora es para muchos vehículo de exhibición, un medio de llamar la atención. Irremediablemente recordé mis primeros vaqueros.

En el Valle de Laciana no nos distinguíamos precisamente por nuestro atildamiento en el vestir. Alguno había con más posibles que quizá les permitían ser algo más elegantes como Raúl el de El Barato o Román el de la zapatería, que no parecían del pueblo por cómo vestían. Los demás éramos de vestimenta anodina y poco llamativa, sin colores estridentes ya que las madres preferían los tonos oscuros, “más sufridos” decían, más compatibles con el uso diario y casi único de la misma ropa durante semanas, solo interrumpida brevemente por el domingo o por el cambio estacional cuando llegaba el invierno o el verano. Jerséis de lana tejidos en casa y pantalones que las propias madres confeccionaban o encargaban a una costurera amiga. Además de la ropa de los domingos, así considerada solamente porque era más nueva, solíamos tener al uso un solo pantalón y un par de jerséis, de forma que cada uno teníamos nuestro uniforme habitual por el que se nos podía reconocer desde lejos sin riesgo a equivocarse.

Pero algo comenzó a cambiar al final de la década de los cincuenta del siglo pasado y que alteraría casi todo, incluso nuestro anodino modo de vestir. Empezamos a oír hablar de una moda en el vestir, de los pantalones vaqueros. Hasta entonces la mayor prueba de profesionalidad de modistas y sastres era que no se notasen las puntadas de las prendas que confeccionaban y, de repente, llegaron los pantalones vaqueros haciendo ostentación de sus costuras. Más que ostentación, las costuras eran consecuencia de su rudimentaria elaboración, originariamente como prendas de trabajo para granjeros y mineros donde primaba la resistencia y durabilidad, con costuras recias rematadas en su terminación por remaches metálicos, hasta el punto que la publicidad y etiquetas de los Levi Strauss mostraban cómo dos caballos tiraban en sentido opuesto de un pantalón sin conseguir romperlo. Entonces los pantalones vaqueros debían ser de importación y no recuerdo que abundaran en Villablino aunque si recuerdo especialmente a Pepín Vaquero que los llevaba habitualmente.

Que el tejido original de algodón azul jaspeado de blanco no fuera fácil de obtener, no fue óbice para que los avispados fabricantes hispanos pusieran en el mercado algún sucedáneo con el que colmar las apetencias de los primeros tontos afectados por la moda. En vez de la recia y azulada de los blue jeans, mis primeros vaqueros fueron de tela negra muy fina que bien podrían haberse hecho con tela excedente de la confección de vestidos de señora mayor o delantales, de ese tejido que cuando se desgasta es muy propenso a romperse en forma de siete al más mínimo enganchón y con unas costuras blancas que resaltaban más que tiza en pizarra de escuela. Por si acaso no quedaba claro que aquel engendro de tela negra eran unos vaqueros, tenían un par de remaches en los bolsillos que no eran los de cobre genuinos sino los típicos y reconocibles de los cinturones y tirantes de cuero. No quitaban el frío y las perneras eran tan anchas como los pantalones ordinarios, de forma que al caminar la tela ondeaba al viento y pasé de bolsos amplios donde cabían peonzas, canicas, cromos y todo tipo de achiperres a unos bolsillos donde a duras penas entraban las manos, pero yo fui uno de los tontos felices porque tenía unos vaqueros que ponerme. Hasta que los reiterados sietes en las rodillas y en la culera hicieron imposible su disimulo a pesar de los concienzudos repasos a que los sometía mi madre.

No recuerdo haber tenido vergüenza por mis luctuosos pantalones vaqueros, pero hoy me cruje el intelecto al intentar recordarme con un jersey de lana gruesa con tiras verticales de aquellos ochos tan barrocos que nuestras madres dibujaban alternando sabiamente puntos del derecho y del revés, holgados vaqueros negros con llamativas costuras blancas y calzado con cualquier cosa. Nadie medianamente avisado habría intentado compararme por mi indumentaria con Beau Brummell, un dandy inglés cuya obsesión por la elegancia le llevó a la indigencia según conocimos en el cine por aquella época, sino más bien considerarme un pringadillo o, directamente, un hortera, términos aún no acuñados entonces. Hagan un esfuerzo e imagínenlo.

Era la época en que la ropa podía ser humilde y poco agraciada, pero siempre debía llevarse sin rotos ni descosidos. Jamás una madre de entonces habría dejado a su hija salir con un roto y menos alardeando de ello como Victoria Federica, a la que el pie de foto califica de muy moderna y súper molona. No cabe duda que el mundo ha cambiado muy deprisa y no sé si para mejor si exhibirse con rotos en los pantalones se considera signo de distinción. Cuántos zurcidos se habrían ahorrado nuestras madres si los rotos que casi surgían espontáneamente en nuestros pantalones se hubieran considerado modernos y molones.

Tras muchos años vistiendo ropa casi tan oscura como mis primeros vaqueros, he sido capaz de ponerme ropa de tonos más alegres llegando incluso a atreverme con un niqui color pistacho. Y aún más. Los últimos pantalones cortos con los que me he sentido a gusto son unos Springfield que me regalaron mis hijos allá por 1998. Luego a las tiendas empezaron a llegar pantalones de bolsillos por todas partes, con diseños y tejidos novedosos con los que me veía extraño. Total, que estoy alargando tanto la vida de mis Springfield que lucen casi como los de Victoria Federica, con gran vergüenza de mi familia aunque solo me los ponga durante el verano, lejos de la gente que me conoce. Y no sé qué imagen es más deplorable, si la actual con los rotos y desflecados Springfield o la de mis apócrifos pantalones vaqueros combinados con los jerséis de lana de entonces. Una cosa está clara, nunca supe acompasarme a las modas y jamás se me podrá considerar un influencer, aunque últimamente mi look se aproxime al súper moderno y molón de Victoria Federica. Algo no va bien si la realeza abandona sus oropeles y yo convivo con mis rotos. A la vejez, viruelas.

Imágenes tomadas de: guioteca.com, glamour.es/Getty Images

(Seguramente, las cosas sucedieron casi tal como las recuerdo. De las sensaciones no tengo duda.)

EGªCalzada
Autor: Emilio García de la Calzada